Exaltación musical con Taddei e Ibarburu

Primero aclaro: Hoy necesito exorcisar un poco la locura. O sea, esto será desordenado. Es que a la locura no se la exorcisa con orden, amigos míos. Además, hoy pinta no mendigar libertad sino tomarla.

 

LPM, ¡qué genio que es NICO IBARBURU!!!!!!

Ustedes dirán: “¿Recién te das cuenta?”
Y les responderé: “No, no… pero de alguna manera, sí”. Porque lo de hoy fue diferente… al menos adentro mío.

¡El corazón casi me explota hoy con Nico! Escucharlo hoy fue algo MUY mágico.

Alternó temas instrumentales con temas cantados de una forma tan bien sentipensada que sucedió orgánico, fluido, cómodo y tremendamente emocionante… con momentos de éxtasis absoluto, durante los cuales deseé ser argentina y pertenecer a un público un poco más participativo. Y eso que yo siempre agradezco ser uruguaya y pertenecer a un público silencioso y atento. Pero hoy… hoy fue hoy y hubiese querido oír a toda la platea cantando “Si te escucho cantar” y “Mapa Tesoro”, o a todos haciendo la clave de candombe que solo nos animamos 3 o 4, y despacito, a desembuchar. Es que sépanlo: hay veces que participar de la gozadera en forma activa es una cuestión de vida o muerte. Si todavía no les ha tocado esa emoción desbocada, les faltan unos cuantos shows musicales por ir a ver o algunos cerrojos internos que abrir.

Este musicazo increíble, que tenemos la suerte demencial de poder escuchar en vivo en este paisito, hoy se mandó el mejor show que yo haya visto de él desde que empezó a cantar en vivo. Alineadísimo, gozándose la vida, nos deleitó con una voz duuuuuuulce a más no poder, con una ternura infinita, y con una cualidad de sonido de voz que se zarpó de hermosura.

Pero a ver, ustedes que no estuvieron ahí, déjenme ver si puedo explicarles esto: ¿Vieron que Nico siempre fue un genio absoluto con la guitarra? Pero genio, genio, posta, de veras, de esos que no hay dos iguales. Imagínense un toque en el que todo el tiempo había un balance perfecto de su canto, realmente mágico, conmovedor y deconstructor de almas, con pasajes insólitamente geniales y maravillosos en la guitarra. La emoción solo aumentaba. Y cuando creías que ya no dabas más, aumentaba más todavía. De pronto cantaba y sentías que el amor era demasiado. Y cuando estabas en medio de esa operación cardíaca, él agarraba carretera con el guitarrón o la guitarra eléctrica y fa, en serio, ¡muy fuerte!

¡¡¡El PRI-VI-LE-GIO que tenemos de poder verlo en vivo!!! Es uno de los grandes regalos de haber nacido en este país y vivir en este tiempo. De verdad. Yo lo vivo así.

Otra cosa muy impresionante de esta noche en El Solís fue que ¡en una noche vimos y escuchamos a los dos mejores bateristas uruguayos!!!!! Gustavo Cheche Etchenique y Martín Ibarburu. ¿Cómo se sobrevive a esa emoción? No muy bien; ya se estarán dando cuenta.

El gigante de Martín Ibarburu. Martín me hace feliz cuando lo oigo tocar. Es como si él tuviera la llave de mi centro cardíaco con sus ritmos y con su redoblante. Y con sus platos, y su tom de pie. Hasta hace unos años la felicidad para mí era un helado de dulce de leche. Ahora la felicidad es, sin lugar a dudas, escuchar en vivo a Martín tocando la batería. Listo. Todo el resto del mundo se puede autodestruir y a mí no me importa nada si Martín está tocando. Hoy, para variar, hizo lo que quiso con su instrumento. Hoy me llamó mucho la atención, además, su especial cuidado, todo el tiempo, de no tener nada de protagonismo [que con algunos seres de la audiencia es bastante imposible que lo logre] y para apoyar al hecho musical fenomenal que estaba pasando ahí. Su pulcritud y perfección son casi indecentes. El buen gusto y la flexibilidad para atravesar fronteras musicales son para pellizcarse infinitas veces. Hoy, por ejemplo, volvió a hacer eso de tocar en un mismo tema algo que tenés que catalogarlo de candombe, jazz, pop y folclore, todo a la vez, y que suene formidable. Nadie sabe cómo logra lo que hace. Estamos los que lagrimeamos escuchándolo, porque emociona más de lo sostenible sin algún tipo de liberación.

En el piano, Manuel Contrera, que es maravilloso. Ya saben que yo no puedo discernir como para contarles qué hace, pero lo que sí noto es que su elección de notas no es la típica… te lleva a lugares que otros no te llevan, y eso está buenísimo. Lo que sí puedo identificar es que tiene ese no sé qué de la nueva generación de músicos grossos. Hay algo que seguramente sea una elección de determinados intervalos y vaya Dios a saber qué, que insólitamente los identifica. Una escucha sin saber quién es y puede fácilmente decir: tiene menos de 30 años. Y por suerte eligió tocar el piano de cola del Solís, que amamos tanto. La participación del piano en ese todo pulsante, es un ingrediente que hace que toda la música sea más cercana y más íntima.

Fernando “Pomo” Vera es un músico que me intriga pila y algún día espero poder escuchar separado del resto de los otros instrumentos. Elige un registro que a mis oídos un poco les cuesta escucharlo… simplemente porque se ve que soy medio sorda de esa frecuencia, y vaya si lo lamento. Pero pongo un esfuerzo importante para identificarlo y lo logro la mayoría del tiempo. Cuando lo escucho bien, ¡me dan unas ganas de subirle el volumen que no puedo explicarles! Lo que toca es buenísimo, groovero a más no poder y con la misma impronta anímica de los Ibarburu, con todo ese aire entre notas, con toda esa comodidad con la que tocan ellos y hacen su magia. Se nota además que con Martín se llevan impresionante musicalmente… como que se adivinan uno al otro, y entonces se da esa química que cuando sucede en una base rítmica lleva al tren con maestría.

Para cerrar, dos veces el público se puso de pie para aplaudir a Nicolás, Martín, Pomo y Manuel. Dos veces. Eso en Uruguay significa mucho.

 

En este desbarajuste exorcístico en el que ando hoy, voy a terminar contándoles sobre la primera parte del toque: ROSSANA TADDEI y su banda. No, no es una crónica, es un relato desordenado. Un compartir de algarabía. Un saltar regocijada por la maravilla de show al que tuve el buen tino de ir.

Inicio del show: Un ritmo de rock y Rossana de espaldas al público en actitud rockera a full. Y ahí arranca, esta monstruita increíble, esta capa del arte del escenario.

Hoy más que nunca, quizás por la charla que habíamos tenido pocos días atrás, noté cómo su atención estaba en cada momento, en cada detalle, en cada músico, en cada movimiento suyo. Si fuera algo completamente preparado, el asombro sería total. Siendo que es algo no tan preparado y más improvisado, una no da crédito. Y a la vez se divierte estrepitosamente, e improvisa magias de todo tipo.  ¿Cómo hace? Y bueno, siendo ella y con sus dotes artísticas despegadas.

Rossana tiene tremenda comodidad para cantar cualquier cosa y un dominio rítmico apabullante. Y ella juega y se divierte. Y juega y se divierte más, y más, y más.

Vestida de rockera sexy (muy sexy), mostrando sus impresionantes piernas largas, con medias de gata y una minifalda de cuero negra, embrujó durante todo el show, demostrando que el rol de la mujer encima de un escenario es exactamente el que esa mujer quiere que sea. En este caso yo la interpreté poderosa y seductora, inteligente y muy atractiva, tremenda música, tremenda compositora, tremenda cantante y tremenda artista, con todas las letras.

Los temas “Fábrica” y “Destellos”, que me intrigaban, me parecieron geniales. La letra de “Fábrica” es brutal. Es que esta mujer tiene todo lo que un artista desearía tener: comodidad total en el escenario; diálogo fluido con el público; se va hacia los graves y agudos como quien se toma un vaso de agua; su timbre de voz que te envuelve y hechiza; su movilidad en el escenario; interactúa de manera relevante con los otros músicos; sus letras son obras de arte en sí mismas; sus musicalizaciones son originalísimas y maravillosas. Y encima es simpática y divertida, y se le ocurre chivear con la voz en el momento más inesperado… y eso hace bien. Te abre una puertita a que tú también te tomes libertades y disfrutes de la vida.

¡Rossana también tiene una banda de genios, de capos, de músicos cracks!

Para arrancar, tiene a Cheche, que no es de este planeta, y que es de los mejores bateristas que un cantante puede tener, porque está realmente por dentro del canto, de la letra, de la intención profunda del asunto. El gigante de Cheche Etchenique tiene esa habilidad, que no todos los bateristas tienen, de hacerte bailar [bueno, somos uruguayos y estábamos pegados con Novopren a las butacas, así que en vez de bailar como era debido, ahí estábamos cabeceando, moviendo las piernas, los dedos, las manos y hasta los dientes… pero no bailamos… ¡grrrr!]. Retomo. Decía, si le ponés atención a la batería, Cheche tiene gran parte de la responsabilidad de que tengas muchas ganas de saltar de la butaca. Él con sus miles de subdivisiones, su habilidad para tocar una música integral, completa, entera, íntegra, redondita en la batería, su relojito bestial, su sensibilidad infinita… sus patrones delicatessen, tan melódicos como rítmicos, su rock and roll apabullante, su candombe intravenoso… Cheche, ¡que es uno de los dos mejores bateristas de este país! [por no decir “del mundo”, que siento que lo es también… pero ahí me van a decir que soy una exagerada y no… aquí estoy mostrándoles mi siempre cabal mesura y centramiento a la hora de escuchar música] le puso a la noche eso que sólo él sabe. Porque los musicazos de este calibre aportan una impronta tan personal que no es reproducible, que va por un carril completamente distinto que su dominio técnico. Sí lo que logra hacer tiene todo que ver con su conocimiento musical, ese que hace que él sea parte profunda e importante de cualquier canción en la que participe. Pero hay un plus, una cosa personal, que es lo que hace que te emocione tanto escucharlo. Es una de esas antenas que te conectan con la divinidad. Solo queda hacerle reverencias cada vez que una se lo cruce.

Para seguir, cuenta con Santiago Montoro, que le puso tantísimo rock, finura y sabores exquisitos a los temas. El sonido de Santiago mata. Sus notas matan. Su alegría en el escenario mata. Su capacidad para meter 2 notas en el ángulo o despacharse con tremendo solo gozado mata. Al igual que Manuel Contrera, tengo la impresión de que sus elecciones musicales son distintas, inteligentes, muy muy interesantes [si supiera de notas, podría quizás contarles más, pero no sé].

Luego, a Alejandro Moya. Hoy se sentía notoriamente la complicidad, musical y también humana, de Moya con todos los músicos. Sus líneas de bajo dicen muchas cosas, cuentan historias con muchos personajes, arman una base sobre la cual es imposible decir bobadas y solo queda generar algo valioso y significativo.

El otro integrante de la banda, Gastón Ackermann, desde mi punto de vista hoy jugó un papel primordial con la trompeta. Tocó el teclado, pero me resultó difícil escucharlo pues el volumen no estaba muy bien balanceado, al menos desde donde yo estaba sentada. La trompeta fue esencial para darle al show de Rossana un matiz de carácter atrapante, sólido, con un cuerpo especial, de madurez y decisión.  Además, la textura del sonido de la trompeta combinaba perfectamente con la textura de la voz de Rossana. Había una amalgama mágica entre esos dos sonidos. Nota: se mandó un solo absolutamente espectacular, que no aplaudimos mucho solo por no romper el hechizo. [Ah, déjenme decir que a Cheche lo aplaudieron por un solo pero a Cheche habría que haberlo aplaudido también por todos los contratiempos, por los hi-hats de sonido mágico, por los fills aplanadores, por los patrones de métrica insondable… y por todo lo demás].

En fin… esto no iba a ser una reseña. De alguna manera no lo fue y fue más un exorcismo. Y como no lo fue, puedo darme el gustito de mandarles ¡abrazos gozados!!!

 

Fotos: Ivonne Morales

 

 

 

 

 

 

“Cada escenario es como un nuevo juego”. Entrevista a Rossana Taddei.

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¿Cómo surge este toque del Solís? ¿Tenés algún propósito especial para este show?

Este Solís surge de una manera muy sorpresiva, porque nos avisan en enero que disponemos de la sala para hacer el concierto que corresponde al Fortalecimiento de las Artes. Inclusive la idea es que todos los que nos hemos anotado para el Fortalecimiento para este año podamos hacer los conciertos antes del segundo llamado, que se hará este año. Así es que construyen esta modalidad, que me parece súper linda, que es la de las duplas. Por eso tuve esta gran suerte y alegría de que me tocara compartir escenario con Nico.

Como me enteré en enero, la información casi que me está cayendo ahora, inclusive cuando charlo contigo, y voy tomando conciencia rápidamente de que en febrero vamos a estar haciendo un Solís. Cuando en realidad a un Solís uno lo prepara con un año de anticipación. Ya tocamos dos veces ahí y tenés que pedir la sala y tener también la suerte de que justo haya disponibilidad e interés por parte de la programación en tu espectáculo. Entonces, que te la ofrezcan para el programa de Fortalecimiento de las Artes es como algo que cae del cielo de golpe, y que no te da mucho tiempo para toda la maquinaria de difundir, generar muchas entrevistas, o lo que sea para poder llenar esta sala. Me lo estoy tomando con muchísimo relax, como que es una fiesta, un encuentro con Nico y con la banda. Es un hermoso regalo, en una de las salas más lindas de Uruguay. En ese contexto vamos a estar tocando con la banda: Cheche en la batería, Alejandro Moya en el bajo, Santiago Montoro en la guitarra y Gastón Ackermann en trompeta y teclados. Al disco “Cuerpo Eléctrico” lo grabamos con dos guitarristas: con Santiago Montoro y con Alejandro “Cubano” Reyes, y vamos alternando en los shows en vivo, según su disponibilidad.

Seguimos presentando nuestro disco “Cuerpo Eléctrico”. Voy a disfrutar nuevamente de presentar las canciones del nuevo disco y algunas canciones del disco anterior, “Semillas”. Estos discos salieron muy cerca uno del otro y siguen coexistiendo, porque nos sigue emocionando tocar canciones del disco anterior que es muy fresco, y obviamente estamos con toda la energía para el disco nuevo.

¿Cuándo dejás de cantar una canción? ¿Cuando te deja de emocionar?

Sí, pero es difícil que ocurra. Salvo que uno haya cambiado mucho en su paisaje interno, como para que la canción ya no te emocione. Si son canciones de mi autoría, sucede que a veces no las siento en un momento determinado. Porque es un sentimiento muy puntual en el que deambula la poesía, o temática, o el texto, y a veces pasan los años y uno cambió tanto que se aleja de determinadas palabras, sensaciones, emociones.

¿Has, por ejemplo, reconstruido canciones viejas?

Sí, y a veces las modifico en el vivo. O canciones que están en construcción, se terminan de construir en el vivo. Me gusta el desafío o la adrenalina que genera eso. No ir con todo pronto. Es decir, tenés un repertorio que repetís, porque hay una médula de los conciertos que es un repertorio que vengo cantando hace muchos años, ¿verdad? pero dentro de ese concierto lo que mantiene la llama encendida es incorporar cosas nuevas, mías o de otros autores que nos gusta versionar, o a veces hacer directamente covers. O sea, tocar el tema entero como es. Eso me está pasando ahora con un tema de Gustavo Cerati, el tema “Magia”. Con esta canción me estoy sintiendo en una aventura nueva que es sacar el tema tal cual es. En general yo los saco como son pero rápidamente les busco una versión. En este estoy tratando de seguirlo porque me encanta el tema. En mi disco anterior hay otro tema de Cerati, “Cactus”. Hace un par de años que vengo escuchándolo mucho y profundizando en sus letras. Me conmueve mucho su música.

De las canciones que ya no me emocionan lo que me pasa es que o las reversiono, y trato de modificarles alguna cosa que me rechina, o le cambio la estructura, o le agrego una cita, por ejemplo. Pero no me pasa que haya canciones que dejé de tocar y no tocaría nunca. En general a las que fueron grabadas les conservo mucho afecto.

Cuando uno te ve en el escenario da la sensación de que sos una mujer completamente libre, que no permitís que las cosas te limiten. ¿Es tan así?

En el territorio escenario, territorio de arte, sí. Me nace funcionar de esa manera, y me gusta. Es un sitio también que transito desde muy niña. Empecé a los ocho años. Y creo que a los nueve tuve la primera aparición con un grupo frente a un público muy numeroso y en familia. Es como un territorio familiar. No me asusta, no es como el que llega a estas tareas con miedo, o más grande. Nunca tuve la oportunidad de poder sentir ese miedo que te puede paralizar o una de esas experiencias que te pueden traumatizar en los comienzos. Es un lugar que ya lo habito desde la libertad, desde la conexión con la niña, y me siento muy segura en ese espacio. Pienso que a muchos actores del palo del teatro les pasa, dentro de ese contexto, que es ese espacio en el que vos te podés permitir todo lo que tenés ganas de hacer.

Es cierto que siempre hay un observar la platea. Es como si hubieran varios hilitos conectando entre lo que estás haciendo, que es de un plano ligado a lo emocional y la energía, intangible, y la audiencia. Hay momentos de gran conexión en los que puedo llegar a decir: “Pah, estoy sintiendo a toda esta platea”. Hay como una medida de hasta dónde vos podés soltar toda esa libertad, para que haya un equilibrio y no haya una desmesura. Es un juego difícil de expresar con palabras porque ocurre en ese plano invisible. Entonces cada escenario es como un nuevo juego, una nueva experiencia. Pero siempre es desde ese lugar de disfrutar.

Si las condiciones técnicas son buenísimas, la posibilidad de improvisar y jugar en ese plano que estamos hablando se amplifican. Porque estás haciendo de canal entre la música y el otro que la recibe, que es un hecho de entrega, de amor, de energía a través de la música. Y si tenés todas las condiciones a favor (por poner un ejemplo, buen retorno, o sea que te escuchás bien), estás calmo a nivel técnico, en el otro plano de realizar tu acción artística estás mucho más libre y abierto que si no tenés eso. También influye si alguien de la banda no está bien. Son muchísimas piezas y cuanto mejor está todo, mucho mejor. Inclusive influye la disposición y apertura del público.

Si tuvieras que definir cuánto porcentaje de tu atención está en el público, en las letras y la guitarra, y en los demás músicos, ¿cuánto sería?

Va alternando y es algo que sucede. No es que yo ponga intención. Mi única acción es estar atenta a eso, abriendo los canales. Y los canales van pasando según los momentos. Presto mucha atención, sí, a cómo está el equipo. Por eso el dúo funciona con tanta fluidez, porque son dos personas. Cuando son tres ya son más almas ahí. Cuanto más grande es el marco quizás yo estoy más repartida en la atención. A veces pienso que debería cortar esos canales pero no podés, porque es un hecho colectivo, y vos estás al timón, porque estás manejando el barquito, pero estás pensando hasta qué está haciendo el iluminador.

¡Siempre me pregunté si los músicos eran conscientes de lo que hacía el iluminador!

Sí, con los años se van abriendo más canales. En el primer concierto te diré que no sabía ni que había un iluminador, obviamente. Pero a medida que vas avanzando vas entendiendo que aquello es un colectivo y que no termina donde estás parado. Es un colectivo que tiene muchas ramificaciones. Y a ese colectivo se le suma la platea. O sea, el hecho de la música en vivo reúne un montón de partes. Y cuando todas están en su mejor momento, es “aquel concierto”. Esas cosas suceden.

Bueno, sucedió cuando presentamos “Cuerpo Eléctrico” en el Auditorio del Sodre, que es una sala con toda la técnica. El sonido lo hizo Gonzalo Novoa y las luces Claudia Sánchez, que siempre trabajo con ella. Y también proyecciones, que están relacionadas, que sostienen el arte del disco, que las hizo Vika Fleitas.

¿Es cierta la anécdota del colibrí?

Sí, el colibrí entró en nuestro ensayo en casa, y revoloteó y revoloteó hasta que se cansó y se agarró de un tapiz, y se empezó a caer y se desmayó en mi mano. Yo justo había preparado para él un agua con azúcar, pensando en poder asistirlo cuando bajara, y después lo llevé al jardín a ver si libaba alguna de las campanitas que tengo por ahí… pero nada. De a poquito empezó a tomar agua y agarró energía enseguida, porque ellos tienen que tomar cada 20 minutos, porque con el aleteo consumen mucha energía. Ahí ya se recuperó. Y justo estaba Camilo, que sacó fotos, y esas son las fotos del arte del disco.

Al otro día puse un bebedero y vino y siguió viniendo. Esto pasó hace un año y pico ya y a ese bebedero siguen viniendo. No sé si es él, porque después se trajo a otros y se hizo una comunidad.

Nico Ibarburu comentó que compusieron un par de temas juntos.

Sí, son dos temas: “Si se diera” y “Quise todo”. La letra es mía y la música es de Nico. Cuando compusimos “Quise todo” él tocó unas cosas maravillosamente elaboradas, que después cuando yo lo seguí tocando sola lo simplifiqué. Él no tocó en la grabación pero la música es de él. Y claro que cuando la tocaba él tenía mucho más vuelo, porque es una bestia.

¿Ya tocaron juntos en algún show antes?

Sí, tocamos. Lo invité muchas veces. Hubo un momento que tocó bastante conmigo. Tengo el recuerdo de que tocamos en El Notariado presentando un disco; en el disco “Alas de Mariposa” tocaron él y el hermano; y muchas participaciones como invitado en discos. Tengo recuerdos de esos momentos cuando componíamos, tomando tecito de Cedrón.

Soy muy fan de los hermanos. Los voy a ver siempre que puedo. Ahora los acabo de ir a ver a Punta del Este. ¡Te explota el cerebro! Tocan la primera nota y ya estás colgado en una estrella volando, y después bajan del escenario y vos seguís en la estrella y les vas a decir algo y ellos te dicen “Hola, ¿cómo te va?”, como diciendo “no pasa nada”. Y vos estás dando vueltas en el universo. Qué fuerte. Qué belleza.

¿Cuerpo eléctrico qué carácter tiene?

Bueno, es rock and roll. En el 88, después de la dictadura, aparecen todas las bandas de rock and roll. Ese movimiento fue muy intenso y fue lo que yo viví en mi juventud. Nosotros recién veníamos saliendo del folclore y estábamos empezando a componer cosas influenciados también por el rock argentino, y empezamos con la banda Camarón Bombay. A las canciones las componía Claudio. Yo componía pero todavía no me animaba mucho a mostrarlas, y las guardaba. Esa banda era una banda de rock and roll con cierto corte latino. Tenía guitarras con distorsiones, batería rockera, viola con muchos riffs y aquellas congas. Fue la primera banda aquí sonando con esa cosa de caños y latino, tirando para ese lado. Este disco, “Cuerpo eléctrico”, tiene toda esa energía, un volver a, o un fractal, de ese momento. Así que vengo trabajando el homenaje a “Semillas” y a la veta más rockera.

Sucede que donde vivo hace tres años hay mucha paz. En invierno es súper calmo y hay mucho silencio. Y salimos de un “Semillas” que es bastante minimalista en cuanto al concepto. Entonces, empecé a componer con las ganas de hacer un poco más de ruido, con distorsión. Y claro, ya cuando componés con la guitarra eléctrica cambia todo, y con un poquito de distorsión ya empiezan a funcionar los riffs, y melodías un poco más acotadas en cuanto a la tesitura, no jugando mucho ni en graves ni en agudos, y textos que mezclan la ciudad y el entorno más natural.

¿Pintás?

Sí, pinto y hago bordado. Y me gusta comparar estos procesos porque tienen cosas parecidas. Si bien en la música a veces es más difícil entenderlo porque no es tangible. Pero hacés una melodía, que es en el aire y es una energía. Pero cuando lo querés ver o visualizar si esa melodía es un color o un trazo, o una pintura: ¿Qué pintura es? ¿Es un acrílico o un óleo? ¿Es una composición donde tenés que hacer capas y esperar que sequen o es una composición que es un acrílico, que vos lo podés sobrepasar con otro color porque seca muy rápido. O es como un óleo en el que tenés que estar un mes esperando a que seque y ver ¿qué hago con esta letra? ¿La cambio? ¿La conservo? Y pasa todo eso junto, según con qué elemento te ponés a crear. Así, con la guitarra distorsionada y las impresiones y sensaciones, fue saliendo. Pero si agarrás un charanguito, un ukelele, o un xilofón, sale para otro lado.

A mí me gusta esto. Por ejemplo yo no domino el piano pero componiendo con un piano salió “Anémona” que canto con Sarita [Sara Sabah] en el disco, y ese tema no es rockero. Quedó otra cosa, una mezcla que parece un clavicémbalo y una melodía que parece una mezcla de Levrero y Leo Maslíah. A ese tema lo quise incluir porque estuvo en la camada de todos pero la diferencia es que fue parido con un piano.

En el disco además de invitar a Sarita en ese tema, invité a Mandrake Wolf en “Fábrica”, y tengo dos temas en coautoría con el Moya: “Fábrica” y “Destellos”.

En esas dos pasaron cosas muy mágicas. Un día estaba en Facebook mirando muros, que viste que entrás como en un túnel, y termino en el muro de Moya, que me encantan las cosas que publica. Ese día él publicó: “Nuestra mente es como una fábrica abandonada, con recovecos, pasillos y pisos enteros que desconocemos. Nos movemos a tientas con el ritmo permanente de pisar vidrios rotos o caer por la escalera”. Y dije: “¡esto es genial!”. Empecé a escribirlo y después seguí: “Las canciones son flores, lámparas iluminando emociones…” y se arma “Fábrica”. Esos días nos juntamos mucho a tallerear. Entonces llega Moya y le digo: “tengo un tema nuevo, ¿a ver si te gusta? Y arranco. Y me quedó mirando… claro, le sonaba, ¡si lo escribió él! El Moya es como un hermano. Llevamos toda la vida laburando juntos. ¡Él tocó en “Tu luz violeta”!

Con “Destellos”, en una de esas juntadas, él empieza a tocar una línea de bajo. Yo volvía de caminar por la playa y había anotado toda una letra, ¡y coincidió perfecto! Esto me ha pasado en otras coautorías o coproducciones, que lo que toca tu amigo coincide perfectamente con lo que escribiste. Yo piro. Y me emociona mucho. Cuando estás en armonía con el equipo ocurren estos milagros, cosas que parece que se armaran en el inconsciente colectivo.

Con Gustavo Etchenique pasarán esas cosas también, ¿no?

Claro. Con él pasan esas cosas multiplicadas, porque hay un convivir, entonces a nivel inconsciente estamos en contacto.

¿En la convivencia está la música o la música es solo en el estudio y no en el cotidiano?

La música está siempre. Pasa, por ejemplo, que estamos preparando un almuerzo pero estamos hablando de música y de todo lo que tiene que ver con eso. Viste todas las patas que tiene el hecho de ser músico, ¿no? Está la parte donde vos construís un espectáculo, hacés la producción, contactás con quiénes vas a tocar, organizás los horarios de ensayo, las entrevistas, etc. Y al mismo tiempo hay una agenda para el año, que hay que ir organizando. Este año vamos a estar tocando en Santiago de Cuba, en un festival donde vamos a representar con otros colegas a Uruguay, vamos México, luego volvemos, y después, en octubre, nos vamos a París.

 

Como dijo Rossana, “podríamos hablar horas”. Pero en la habitación de al lado la esperaban para ensayar, así que le pusimos un punto final a esa charla que ofrecía muchísimas puntas para seguir intercambiando.

El encuentro musical con Rossana Taddei y Nicolás Ibarburu es el sábado 9 de febrero en el Teatro Solís. Sin lugar a dudas será una fiesta.

 

Foto de portada: gentileza de la producción.

 

La música no es para entenderla, es para sentirla. Entrevista a Nicolás Ibarburu.

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En el Teatro Solís, el 9 de febrero, a las 20:00 horas, en el marco de “MVD de las Artes, del Programa Fortalecimiento de las Artes del Departamento de Cultura”, en coordinación con la Asociación Uruguaya de Músicos (AUDEM) y el Sindicato de Músicos y Afines (Agremyarte), se presentará el show: Nicolás Ibarburu & Rossana Taddei. La curiosidad sobre este espectáculo fue el disparador de esta conversación, con uno de los músicos más maravillosos que tiene este bendito país: el gran Nicolás Ibarburu.

 

¿Qué te resulta interesante de este show que van a hacer en El Solís el 9 de febrero?

Por un lado, la instancia de compartir con Rossana, que es una amiga querida de hace muchos años. De hecho tenemos un par de temas que hicimos juntos. Y por otro, seguir haciendo lo que vengo haciendo, que por suerte le vengo agarrando cada vez más el gusto.

En esta oportunidad va a ser un formato más reducido: un cuarteto. En realidad me siento más cómodo. Porque al principio uno trata de cubrir sus inseguridades con más amigos y obviamente que la banda grande es un swing, porque dos guitarras, flauta, dos teclas y percu te abre un montón el abanico sonoro. Al no tener tremenda potencia vocal, uno cree que está más resguardado llenándose de músicos… pero no es tan así. Ahora estoy explorando algo diferente, un poco más de aire.

¿Ese aire qué te da a vos?

Me gusta tener más aire para lo que pueda tocar en la guitarra y me gusta la sonoridad un poco más minimalista, digamos.

¿Esta vez quiénes tocan contigo?

Martín Ibarburu en la batería, Fernando “Pomo” Vera en el bajo y Manuel Contrera en las teclas. Vamos a hacer las canciones de “Casa Rodante”, algunas de “Anfibio” y también algunas músicas nuevas que venimos cocinando para un próximo disco.

También es la excusa para encontrarnos, porque es la banda pero también son hermanos de la vida y siempre es un festejo juntarnos.

¿Cómo es que te surgen las ganas de cantar en un primer momento?

Bueno, uno siempre canta en situaciones, como los asados y eso. El canto es de todos los seres humanos. Eso es algo que tuve que reaprender. Porque hubo un momento en que yo mismo me censuré para cantar. Creo que mi peor enemigo fui yo mismo, como nos pasa mucho a los seres humanos. Pero siempre sentí el disfrute de la sensación física de cantar. A la vez, siempre mi mayor autocrítica fue con el canto. Que a la vez es algo que nos ocurre a todos. ¿Viste que la primera vez que te sentís la voz grabada es terrible? Como hablaba con un amigo que es foniatra, cuando uno cambia la voz, en la adolescencia, uno trata de seguir dando la voz aguda que tenés cuando sos niño, pero las cuerdas vocales se engrosaron. Y a mí me pasó eso con el canto.

Aunque al principio no cantaba en público, siempre compuse canciones cantadas. En un momento me di cuenta de que las hacía re agudas y me quedaban re tirantes. Claro, quería mantener esa voz de los 12 o 13 años. Cuando encontré el guitarrón fue alucinante porque con él naturalmente bajás todas las tonalidades.

Tengo muchos recuerdos relativos al canto, por ejemplo, con la banda de Jaime Roos. Antes de salir a tocar, siempre cantábamos dos o tres murgas viejas en el camarín, como de camaradería. Y me acuerdo de estar cantando y sentir esa emoción, esa mística increíble que se da al cantar. También mi viejo salió en una murga de joven y conectaba mucho con todo eso y yo lo disfrutaba. Siempre sentí el disfrute y la profundidad de expresar con el canto… pero con demasiada autocrítica. Ahora, de a poquito, vengo bajando esa autocrítica y aceptándome más.

Cuando componías con letras, ¿no las cantabas? ¿Las cantaban otros?

Claro, o se las cantaba solo a mis amigos. De hecho en el segundo disco de Pepe González (“Febrero”), que yo tenía veinte años, canto en dos o tres temas. O sea que ya me estaba mandando algún paso en este sentido, aunque como estaba muy mal con mi aceptación, canté en los temas a medias con algún amigo. Con los años, cantar se me fue volviendo una necesidad. Se trata de no renunciar a ciertos sueños de uno. No se trataba de que fuera un éxito. También por dar lo mejor de uno e ir mejorando. Aceptarse no es solo cuestión de ampliar tu aceptación sino también de estudiar y mejorar tu performance.

En la Balzo, cuando cantaste en el show con Chapital, lloré de principio a fin de tu canción. Fue increíble el salto que diste con el canto en unos meses. ¿Qué pasó ahí?

Fui encontrándole el disfrute. También fui aprendiendo algunas cosas, como por ejemplo a manejar el micrófono. Además pasó que toqué tanto fondo que en un momento me dije: “Vo, si quiero tocar mis canciones, es ahora”. Te juro, hubo un momento en que pensé en no cantar más.

¿Cuál fue ese fondo?

Tristeza. Este año pasado fue muy fuerte para mí: separación, mudanza, se murió mi abuela que era muy querida, y los cuarenta. Ahora voy a cumplir 44.

[Risas] Yo tengo 49… impresionan pero en verdad adentro no se sienten.

Claro, para nada. Y creo que es ahora, estamos en la flor de la edad [más risas] pero a veces caen fichas como “no tengo todo el tiempo que quiero para hacer algunas cosas”.

También durante muchos años tuve una contradicción muy extraña: me daba cuenta de que necesitaba cantar mis canciones pero no sabía si iba a poder disfrutarlo.

Pero cuando cantás solo en tu casa lo re disfrutás, porque si no, ni se te ocurriría.

Sí, claro. Es eso.

¿Y cuando estás en el escenario qué pasa?

Pah, pasan muchas cosas. Me hiciste acordar a la película “Roma Amor”, de Woody Allen, en la que el loco canta bien en la ducha pero no en el escenario y le llevan una ducha al escenario. [Risas] Por ahí necesitaría eso, ¡una ducha! Hay que intentar hacerlo adentro, como una ducha interna.

También se aprende mucho de grandes maestros. Por ejemplo, tipos como Mandrake, que no son perfectos cantando pero a mí me encanta como canta. Tiene una soltura y a nivel de expresión es buenísimo. Lo prefiero a algunos cantantes súper técnicos que no te mueven nada.

¿Podrías tomar algo de tu relación con la guitarra y pasarlo a tu relación con el canto?

Tremenda pregunta. ¿Sabés? Me di cuenta de algo que me sirvió para desbloquear. Vi un tributo a Buscaglia que hicimos en la televisión, donde toqué dos temas de él. Con la guitarra muy seguido agarro la melodía y cambio la métrica, la hago a mi aire. Si vos la hacés tuya, muchas limitaciones se desvanecen. Y eso es lo que estoy tratando de hacer. Tratar de hacer en la voz esa adaptación que hago en la guitarra.

Cuando te veo con la guitarra, no parece que sean dos entidades. Son una sola. ¿Vos lo vivís así?

Sí, por momentos lo vivo así. La guitarra para mí es como parte de mí. Por ejemplo, cuando me siento algo desbalanceado, o enojado o triste, o re eufórico, agarro la viola. Con un amigo bromeábamos con el concepto de “guitairbag”. Cuando te vas a dar contra algo, agarrás la guitarra. Y sí… sin duda esa naturalidad que me pasa con la guitarra es completamente diferente con la voz. ¿Viste que para dormir hay gente que cuenta ovejas? Yo sigo tocando la viola.

Cuando logro eso mismo, esa conexión, con la voz me hace mucho bien. Es terapéutico, sanador.

Con la viola me pasa que me voy. Con la voz me voy dando cuenta de pequeñas cosas. En realidad lo importante termina siendo no estorbar. Es confiar y sin querer que te salga perfecto.

Hay una película alucinante, llamada “Contacto”. Una novela de Carl Sagan que la hicieron película. A los tipos les llega un plano para hacer una nave espacial y como ven que no tiene asientos, le ponen a la mina, que es Jodie Foster, una silla con un cinturón. Bueno, el cinto casi la mata. Es eso, a veces querer aferrarse, estar más seguro, es lo que más te obstaculiza.

Vos hablaste de tener éxito. ¿Qué más éxito se puede pedir que el que ya tenés vos con la música?

Estoy muy agradecido. Si a mí me hubieran dicho hace diez años que yo iba a tener dos discos míos e iba a poder tocar ahora en El Solís con Rossana como dos propuestas de cancioneros, a la par, más allá de que Rossana es una genia, que me lleva años luz en un montón de cosas… Para mí es alucinante.

Porque está el falso éxito, que nos tratan de encajar en la cabeza: que ser exitoso es hacer guita con la música, o la cantidad de personas que te van a ver, que seas masivo. A mí me importa el respeto de mis amigos, de mis colegas y las devoluciones que he tenido de la gente. Estar logrando cosas de a poquito, cantando, me llena de felicidad. En ese sentido sin duda me siento exitoso.  Y nunca transé ni transaré con hacer música que no me gusta, porque me haría muy infeliz. Imaginate que lo peor que puede pasarte es meter un hit con algo que no te gusta. Ahí te arruinás la vida, porque después tenés que volver a hacer esa fórmula.

Esta canción que termina y uno la tiene que volver a poner: “Mapa Tesoro”. ¿De qué habla?

En realidad está hecha para mi hijo y con mi hijo. Él me tiró un par de frases y todo. La hice desde un lugar de mucha tristeza, que atravesaba en aquel momento. Y a la vez habla también de la amistad, de parejas, pero primordialmente de mi hijo. Cuando dice “el mapa que encontré se volvió tesoro, se fundió en el oro de los ojos que te vieron crecer” es para mi hijo. Y también es para uno mismo. Cuando te ves crecer. El premio de poder usar lo malo para crecer.

¿Y el viento?

Bueno, la búsqueda de las canciones como para poder transitar las tormentas. Dice “aprendí a escuchar la canción del viento, por necesidad, como respirar, y eso que escuché se volvió velero”… o sea, para poder surfar el tsunami. En un momento entendí que venía por ahí, que yo inconscientemente tocaba para eso. Escuché canciones que había hecho antes y noté eso. Como una canción que le hice a una casa queridísima en Atlántida, otras que le hice a amores. Y cuando lo ves así, claro, pasa a ser una forma de vida.

Es muy fácil cuando pasa como nos pasó a nosotros cuando empezamos a tocar con Jaime, que haya veinte lucas de gente, te arman la viola, los pedales… en parte empezamos así. Y después de haber vivido todo eso, vas a hacer lo tuyo y con suerte hay dos mesas. Entonces te planteás por qué tocás. Y a la vez, la satisfacción es muy grande a medida que vas logrando que a alguien le guste un tema tuyo o que se acerque más gente a tus toques.

¿Y qué hay de tocar en el exterior?

Bueno, ahora estamos moviéndonos un poco en ese sentido. Incluso aprovechar que la imagen internacional de Uruguay ha cambiado mucho, en forma positiva (algo para reconocerles a los gobiernos del Frente, inclusive también al Maestro Tabárez). Pero también generar cosas desde acá.

En la época de Fito también era muy tentador quedarme allá. Sin embargo, me gusta vivir acá.

¿Cómo fue que Fito Páez te llamó para tocar con él? Vos eras un chiquilín.

Surreal. Fue en el 99 y 2000. Tenía 24, 25 años. Claro, ahí yo me había ido a la casa de Martín, que vivía en Holanda. Me llamó el manager de Fito a la casa de Martín. Creí que era joda. En un momento me pasó con Fito, que me tiró terrible onda. Para mí era como un sueño; no podía entender.

En aquel momento Fito era zarpado. Justo después de “Euforia”. Él había sacado “El Amor después del Amor”, “Circo Beat” y “Euforia”, que son los dos discos más zarpados de Fito. Y el tercero, que fue una recopilación en vivo de todo. Yo toqué en las presentaciones en vivo de los dos discos siguientes: “Abre” y “Rey Sol”. En estudio grabé en 9 temas del disco “Mi vida con ellas”. Fueron dos años increíbles.

¿Y Martín?

Martín hizo los últimos 15 shows, en el 2000. Ahí fue cuando Fito se abrió de la música unos meses y nos volvimos a tocar acá, con Jaime y demás. Pero fue increíble todo. Conocer a Guillermo Vadalá, Claudio Cardone (que tocaba también con Spinetta) y trabajar así, como en primera, en Argentina. Tremenda experiencia.

¿Cuánto público había en los shows?

El más zarpado que recuerdo fueron 120.000 personas. Además Fito de locatario, en Rosario. Era todo como muy delirante.

Hoy me siento muy identificado con la cosa más artesanal, de autogestión. Porque esas giras son muy impersonales. Inclusive toqué en muchas ciudades que no pude conocer. Ahora, en las giras de autogestión, vas y compartís. Siempre hacés talleres, te quedás en la casa de la gente, cocinás con ellos, te reciben con otro cariño, y eso ¡sabés cómo te alimenta! Obviamente tratando de cobrar lo que uno merece pero para mí ahora eso tiene más sentido que los contratos.

[Se hace el primer breve silencio en una hora de conversación… y Nico retoma una idea sobre el show del Solís]

Con respecto a este show, que vamos a hacer en El Solís, me gustaría aclararte que es un show de la banda de Rossana y de mi banda. Algún tema vamos a hacer juntos también pero la idea es que toquen las dos bandas.

[La banda de Rossana Taddei en esta oportunidad estará integrada por Gustavo Etchenique, Santiago Montoro, Alejandro Moya y Gastón Ackermann, y presentarán el trabajo “Cuerpo Eléctrico“]

¿Tocarán una banda primero y luego la otra o un poco y un poco?

Bueno… en realidad tuvimos una pelea porque los dos queríamos tocar primero [risas]. Al revés de siempre, ¿no? Es que para mí Rossana es alucinante. Tiene una conecta tremenda con la gente. ¡Cómo la hace cantar! Y con el Cheche, que es una hermosura verlos juntos. Un superpoder, porque es el amor y la música en su máximo esplendor. Cheche, que es uno de los mejores bateristas de la historia…

Bueno, vos también tenés a uno de los mejores bateristas de la historia.

¡Que fue alumno de Cheche! Yo no me puedo quejar [se ríe]. Ando flojito de batero.

¿Puedo hacerte otra pregunta con respecto a la guitarra?

Sí, claro.

Cuando estás tocando uno de esos solos que desarman el alma. Ahí algo tenés que pensar, ¿no? Pero… ¿estás pensando o no estás pensando?

Buena pregunta. Son como momentos. Yo puedo, por un tema de oficio y de muchos años de tocar, tocar un solo que esté más o menos bueno sin estar re colocado. Pero hay veces que logro otra cosa, que es como un viaje astral. Y ahora me doy cuenta de las cosas que me llevan ahí. Por ejemplo, hacer una especie de diálogo conmigo mismo. Tocar una frase y contestar esa frase yo mismo.

O cuando estoy en ese coloque, que no es siempre, a veces veo imágenes. Por suerte cada vez sé mejor cómo llegar. Es con el sentido melódico. Lo que me lleva ahí es escuchar a los demás instrumentos, estar conectado en esa sintonía, y viajar.

¿Qué tipo de imágenes ves?

A veces veo como los dibujos de la viola [hace gestos como que está tocando] pero como proyectados en colores, o en otras cosas.

¿En serio? [asombro de mi parte]

[Se ríe]. Bueno, debo reconocer que fumo bastante también [se ríe más].

¿Fumar para vos es necesario?

No, no es imprescindible. Es como un aliado en algunas situaciones. Por ejemplo, fuimos a tocar a La Cúpula de La Tahona, que es una cúpula de barro. Ahí tenés que entrar descalzo, se toca acústico, no hay amplificación, y veníamos de un día en que habíamos hecho meditación y para mí fue un viaje increíble, sin haber fumado nada. Pero cuando estás tocando en un boliche en el que prenden la licuadora… son sistemas para amortiguar.

¿Los músicos se conectan con un sentido diferente a los cinco?

Sí, yo creo que la música es una de las pruebas de que existe la telepatía. Obviamente en Occidente, con todo el escepticismo hemos retrocedido en ese tipo de potencialidades que hay en el ser humano. Cuando podemos cortar un poco el ego, el ¿qué piensan de mí?, ¿qué pienso de lo que piensan de mí?, si te podés alinear, afloran cosas que uno ni se imagina.

Y ahí el que te está escuchando se muere, porque si vos te conectás, podés ayudar al que escucha a conectarse también.

Fa, sí, lo que pasa con la música en ese sentido es muy fuerte. La música no es para entenderla, es para sentirla.

 

Entrevista por Patricia Schiavone
Fecha: 31 de enero de 2019

Publicada también en COOLTIVARTE.com.

Hubo show. Wooten, Chambers y Franceschini.

El viernes 14 de diciembre de 2018 se presentaron en La Trastienda estos tres músicos consagrados que para los amantes del jazz no necesitan presentación. Una oye sus nombres y automáticamente suenan sus sonidos característicos.

De los tres, al que vi más recientemente en vivo fue a Bob Franceschini, en aquel toque fabuloso hace ya tres años. A Chambers lo había escuchado en aquel otro toque digno de pellizcarse hace más años de los que quisiera admitir. Esta fue mi primer experiencia de ver en vivo a Wooten, a pesar de que supo venir otras veces a Montevideo.

Aunque teóricamente tengo claro que las expectativas son algo a descartar, admito que me había hecho grandes expectativas con este concierto. He sabido ver y rever la charla TED de Wooten, que considero magistral; me he gozado la vida con un disco en particular en el que Chambers hace mucha magia musical –The Heart of Things–. Sumando esto al recuerdo de Franceschini, el nivel de adrenalina pre toque era importante.

Me fascinó una de las primeras frases que dijo Wooten:  que cuando era pequeño quería ser como otros bajistas, como Stanley Clarke, como Jaco Pastorius…, pero que esta noche solo sería él, el Sr. Victor Wooten, y que esperaba que eso nos pareciera bien.

Estas palabras de él que sirvan para poner en contexto esta opinión mía acerca del concierto. O sea, lo que yo opine acerca del show no es más que la opinión de alguien que no sabe tocar música, a quien por cierto le gustaría saber tocar buena música, y que si tuviera las habilidades musicales de cualquiera de los tres, estaría tocando el cielo con mis manos.

La gran culpable de que el show me haya desilusionado evidentemente fui yo al hacerme tantas expectativas. Es mucho más sano andar por la vida abierto a lo que llegue, con el mayor grado posible de aceptación por lo que es, tal cual es. Y en general resulta en que lo que es nos colma. Pero si andamos por la vida esperando cosas, nos pasan este tipo de asuntos.

Entendámonos: el viernes los tres demostraron que son grandes instrumentistas. Hubo un gran despliegue de conocimiento de todos los ámbitos: rítmico, armónico y melódico, y creativo. También nos otorgaron un ingrediente que no siempre está presente: la diversión y la alegría.

Lo que a mí me desilusionó fue sentir que no había escuchado música. Yo sentí –y me hago cargo del error de percepción en el que pueda haber incurrido– que no había ido a un concierto sino a un muestrario de chops, de proezas digitales y de demostración de habilidades musculares. Me faltó que los sonidos me emocionaran. Me faltó que todo ese manejo impresionante de los instrumentos fuera puesto al servicio de decir algo con la música que me llegara más cerca del corazón.

Los gustos son muy variados y el comentario a la salida del show era unánime y diferente al mío. Se oyó que estuvo impresionante, que son unos genios. Así que admito que este comentario está teñido completamente por mi propio gusto musical. Pero si no escribo desde ahí, ¿de dónde?

Déjenme contarles lo que sí me gustó del show:

Un tema que tocó y cantó Victor Wooten. Buenísima letra, buenísima energía, y muy agradable la combinación de timbres del bajo y su voz.

En todo el toque, mucho groove, todo sonaba con mucha onda. Cada nota metida en el ángulo. Con métricas extrañas y con acentuaciones diferentes.

Los desplazamientos de los instrumentos entre sí eran algo de alquilar balcones. Daban ganas de poner pausa y repetir a ver si por casualidad se podía llegar a descubrir la movida.

Las charlas entre los tres, en combinaciones tomadas de a dos. Pero charlas formadas por chops. Se sentían como conversaciones de gente fumada. Comenzaban con un tema pero sin terminarlo, seguían con otro y con otro diferente. Todo quedaba inconcluso. Era un salto permanente a otra cosa.

Insólitamente para esta amante de la batería, lo que más me gustó del show fue la participación de Franceschini. Fue quien sí logró por momentos que yo sintiera que estaba escuchando música, y que me interesara lo que tenía para contar.

El tema de Béla Fleck fue buenísimo.

Y el último tema de todos, bis, sonó como me hubiera gustado que sonara todo el toque: funky, groovero a full y con toda la musicalidad compactada en esos breves minutos.

Si vuelven a este país cualquiera de los tres, iremos a escucharlos otra vez, por supuesto. Son enormes músicos. Eso sí, trataré de recordar no crearme expectativas.

En cuanto a ti, si no los has escuchado, tendrás que hacerlo para formarte tu propia opinión y no quedarte con esta impresión ajena.

Posdata: Un amigo me dijo: ‘hubo todo lo que pedís, pero de otra manera’. Es muy factible, sí, que yo no haya estado en sintonía esta vez. La música se trata un poco de ese azar que hace que en un mismo momento y lugar se encuentren un emisor y un receptor de mensaje que estén en el mismo canal. Muchas veces ocurre y por eso quizás lo tomamos como algo esperable pero si observamos más detenidamente, ese encuentro es algo asombroso por la cantidad de coincidencias que implica. El hecho musical es un acontecimiento mágico y se lo debemos a estos seres que dedican su música a compartir sonidos. El agradecimiento en ese sentido es muy grande.

 

 

 

 

Dos Orientales en Uruguay: intercambio con Tomohiro Yahiro

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Todavía suena en algunos de nosotros el toque, tremendo, de Hugo Fattoruso en La Trastienda. Por eso recibimos con el alma abierta la noticia de que el dúo “Dos Orientales“, formado por Hugo Fattoruso y Tomohiro Yahiro, hará una serie de presentaciones en nuestro país en este mes de noviembre.

La colaboración entre Hugo Fattoruso y Tomohiro Yahiro ha sido llamativamente extensa en años, teniendo en cuenta la distancia en kilómetros que los separa. Comenzaron a hacer música juntos en el año 2005. Hasta el momento hicieron 13 giras y grabaron 3 discos:

  • Dos Orientales” – (2007, ganador de Premio Graffiti y pre-nominado al Latin Grammy en 2012).
  • Orienta” – (2011, ganador de Premio Graffiti)

(Ambos editados en Japón, Uruguay y Argentina)

  • Tercer Viaje” – (2016) editado en Japón y próximo a editarse en Uruguay.

En Montevideo, el 19 de noviembre Tomohiro Yahiro dará una clínica de percusión en AUDEM (Maldonado 983, Montevideo).

En los días anteriores, los Dos Orientales se presentarán en Paysandú (16 de noviembre), Fray Bentos (17 de noviembre) y Florida (18 de noviembre).

A continuación compartimos un intercambio con Tomohiro Yahiro, que tuvimos por correo electrónico.

 

¿Cómo y cuándo conociste a Hugo Fattoruso?

Antes de conocer a Hugo personalmente ya lo había escuchado, en los 70. Lo conocí personalmente en Japón en 1986, cuando vino a Japón con Djavan.

¿Qué es lo que te atrae de hacer música con Hugo?

Todo es posible con Hugo e incluso me guía a ayudarme a tocar mejor y crear nuevas ideas rítmicas y musicales, siempre con alegría.

¿Con qué otros músicos latinoamericanos has tocado?

En los 80 tuve chance de acompañar a artistas brasileros como Joyce, Toninho Horta, Joan Bosco o Nara Leon cuando venían a Japón.
Desde mediados de los 90 empecé a montar mi propio proyecto musical y empecé a invitar músicos latinoamericanos: Jorge Cumbo, Gladston Galliza y en esos proyectos siempre participaba Hugo.

Actualmente tengo 3 proyectos con músicos latinoamericanos: Dos Orientales (con Hugo), Gaia Cuatro (con músicos argentinos que viven en Europa) y Florencia Ruiz (cantautora argentina).

¿Qué hace que estés tan abierto a relacionarte con músicos de esta región?

Porque muchos de ellos están abiertos a colaborar y crear intercambio musical con Japón.

También sucede que los japoneses son muy curiosos, siempre andan buscando algo nuevo. El candombe o Uruguay mismo es un nuevo interés para muchos japoneses que están interesados en Latinoamérica.

¿Cómo es tu relación con el candombe? ¿Qué tipo de emociones te genera?

Para mí el candombe es justo lo que buscaba, con la raíz de ritmo africano pero sin raíz religiosa.

No hay palabras para expresar la emoción cuando estoy tocando el tambor chico. Tengo que estudiar más español para poder expresar esa pasión. Jajajá.

Si a un uruguayo le preguntan qué tipo de música es típica de este país, contestamos el tango y el candombe. ¿Qué estilos de música son típicos de Japón?

En Japón hay de todo pero mucho es superficial. Hay varias músicas típicas de Japón, tradicionales, pero quedan totalmente conservadas y totalmente afuera de lo que es fashion o modernización.

De tus trabajos musicales hasta el momento, ¿cuáles son tus favoritos? ¿Por qué?

Todos, porque tengo la suerte de poder crear música con músicos muy destacados y todos son excelentes profesionales. Pero permíteme decir que Dos Orientales o, mejor dicho, tocar con Hugo en dúo, es algo muy, muy especial para mí.

¿Qué se prioriza en Japón cuando se estudia percusión? 

Si es percusion occidental, lo primero es a base del sistema americano, rudimentos, stick control, etc. Pero como estamos informados superficialmente, aquí pueden estudiar cualquier ritmo étnico (ojo!! superficialmente).

¿Qué tipo de clínica vas a dar en Montevideo? ¿Qué pueden esperar quienes vayan?

Más que clínica, me gustaría tener un momento de intercambio cultural con ustedes. Yo no puedo enseñarles a los uruguayos el ritmo latino pero puedo mostrar cómo un japonés va aprendiendo los códigos rítmicos de África, Brasil, Cuba, etc.

Muchos músicos que hacen giras opinan que cada público tiene sus características. Si estás de acuerdo con esto, ¿cuáles son las principales diferencias entre el público japonés y el público uruguayo?

Son muy diferentes. En Japón el público es demasiado tranquilo. Muchos musicos sienten “¿estarán aburridos?” pero a último momento aplauden con toda emoción. O sea, si al final recibimos el mismo aplauso que al principio, querría decir que esa musica estuvo más o menos. Jajajá.

En cambio en Uruguay ¡me trataron como a una estrella! Incluso alguien me gritó a la cara: “Vooo, ponjaaaa, ¡te estábamos esperando!!!” ¡Todo muy alegre!

 

Biografía de Tomohiro Yahiro:

Nacido en Tokyo de 1961, pasó su infancia en Islas Canarias (Palmas de Gran Canaria, España), donde comenzó su carrera musical, tocando con bandas de rock locales. Vuelve a Japón en 1979, debutando profesionalmente en 1980. En ese entonces, fue miembro de bandas rockeras como Jagatara, S-Ken y Hot Bomboms.

Simultáneamente, tocó con varios artistas japoneses muy representativos del jazz: Yosuke Yamashita, Kazumi Watanabe, Kazutoki Umezu, Shigeharu Mukai, Fumio Itabashi, Shuichi Ponta Murakami, etc.

Participó en muchas grabaciones y giras, como Masashi Sada, Joe Hisaishi, Lisa Ono, Taeko Ohnuki, Yasuko Agawa, etc. Fue miembro de uno de los grupos más destacados de fusión-brasilera, Spick and Span. Tocó con artistas brasileros como Joyce Moreno, Toninho Horta, Joan Bosco, Leila Pinheiro, Alcione, etc.

En 1998 fue productor del grupo de percusión de África “Sophie Ker Gui” cuando se realizó la Copa Mundial de Fútbol en Japón. A partir de ese momento, fue invitado incontables veces a ceremonias relacionadas a la copa mundial de fútbol.

Desde los años 90 a la actualidad crea y desarrolla giras en Japón (en ocasiones, incluyendo otro país) en conjunto con artistas internacionales, enfatizando en Latinoamérica. Hugo Fattoruso, Osvaldo Fattoruso, Francisco Fattoruso, Toninho Horta, Jorge Cumbo, Pedro Aznar, Horacio Burgos, Daniel Maza, Martín Ibarburu, Gladston Galliza, entre otros, son algunos de los músicos que ya participaron en sus proyectos.

En la actualidad, tiene endorsement de Pearl y Korg.

En el año 2013 se comenzó a rodar un documental sobre el dúo bajo las cámaras de SADHU producciones, el cual fue filmado en Uruguay y Japón. El mismo se pre-estrenó en ambos países, en octubre de 2017, y está próximo a estrenarse en 2018.

En el año 2016 la Embajada de Japón en Uruguay hace entrega de una distinción, junto al deportista Diego Forlán, por la contribución y lazos de amistad que ambos han cultivado, enorgulleciendo a ambos países.

 

Repetimos las fechas y lugares de las presentaciones en Uruguay durante el mes de noviembre:

– 16/11 Teatro Florencio Sánchez – Paysandú

– 17/11 Teatro Young – Fray Bentos

– 18/11 Teatro 25 de agosto – Florida

– 19/11 Clínica de percusión, AUDEM (Maldonado 983) – Montevideo

 

¡A disfrutarlos!

Dos palabras: Hugo Fattoruso

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Una dice “Hugo Fattoruso” y ya siente sonidos. Además de los sonidos, solo con nombrarlo, se siente una energía, una impronta especial, que me hace pararme más derecha, abrir el pecho, estar más receptiva… con oídos muy dispuestos y con certezas de todo tipo.

Saber a priori que un toque será excelente tiene un efecto claro en las células: por un lado las ordena a todas de golpe; por otro, genera una excitación anticipante, un burbujeo emocional que es disfrutable en sí mismo. Así, una Trastienda hasta las manos (sí, leíste bien: llenísima, ¡repleta!) se embarcó en la presentación de Hugo Fattoruso y Barrio Opa, el sábado 20 de octubre de 2018. Sabíamos que íbamos a gozar pero, así y todo, nos sorprendió el nivel de genialidad musical.

La cantidad de músicos que son identificables al escucharles unas pocas notas no son tantos en la historia de la música. Hugo Fattoruso tiene la característica asombrosa de ser uno de ellos. Apenas arrancar sus primeras notas en el teclado, ya estábamos inmersos en su hechizo. Él ha logrado poner en sonidos algo que lo atraviesa y algunos tenemos esta suerte increíble de haber nacido en su mismo espacio-tiempo y poder presenciar y participar de este fenómeno. Escucharlo emociona y punto. Le podremos buscar las mil y una explicaciones mentales pero lo que se vive al escuchar su música es una conmoción colosal. Todo lo demás, son vericuetos.

Pero como ustedes probablemente esperen algún vericueto mental, intentaré relatarles algo, con la esperanza de que por un lado, puedan acompañar lo que sucedió y, por otro, que a la próxima oportunidad que encuentren de ir a ver en vivo a este fenómeno, no vayan a perdérselo. Porque si les tocó coexistir con él en tiempo y espacio, se pueden considerar afortunados.

Melodía, armonía y ritmo confabulan en Hugo. Y también confabula la dimensión tiempo… porque simultáneamente, en cada instante, habitan los años de experiencia musical y una juventud sonora fascinante que hace que cada concierto suyo sea una novedad. No escuchamos a un músico de los 70 repitiéndose en 2018, sino que escuchamos a un músico que ya en los 70 era un genio y que continuó desarrollándose de manera tal que hoy su música es revolucionaria. Este hombre no hace música, es música. Él y su piano son una unidad indivisible.

La razón para este concierto fue presentar el disco “Hugo Fattoruso y Barrio Opa”, que grabaron en Montevideo, en Estudio Sondor, con un productor inglés, Joe Davis, un apasionado de la música brasileña.

Los músicos que tocaron en La Trastienda son: Albana Barrocas (batería y percusión), Francisco Fattoruso (bajo), Nicolás Ibarburu (guitarra), Andrés (Tato) Bolognini (batería), los hermanos Silva (MathíasGuillermo y Wellington) (tambores), Rubén Rada y Matías Rada (guitarra). Invitada: Luanda Fattoruso (voz).

El nivel musical de este show fue equivalente a la suma de la maestría musical que tienen todos estos músicos. Fue sideral la genialidad y cómo manejaron el lenguaje Fattoruso de la manera más auténtica y sentida.

El dominio musical de Albana Barrocas ha venido en aumento permanente desde hace años. Es impresionante escucharla y verla. Su marca personal le aporta a la música de Hugo un condimento que quizás no tenía antes de comenzar a tocar con ella. Hugo siempre tuvo su componente “electrónico” pero Albana subió esa perilla un poco más todavía y desde un ángulo distinto al que conocíamos antes de ella. Su conocimiento rítmico maravilla y su nivel técnico se va de tema. Tocó uno de los últimos temas con el berimbau y ¡la rompió de una forma! Cada instante de cocreación suya con Hugo tiene una cualidad particular, hay una sinergia mágica sucediendo entre los sonidos de uno y otro y una comprensión mutua que genera estabilidad y solidez rotundas.

Ya que llegué aquí, les cuento que fue un concierto en el que encontré muchas díadas dignas de reverencia. Esa es una cualidad particular del jazz, funk, candombe: la dinámica que se forma entre los instrumentos tomados de a dos, o de a tres, y cómo eso se inserta en un plan mayor que incluye a todos los instrumentos. Pero hay conciertos en los que hay un protagonismo clarísimo y no hay tanto lugar al despliegue de todos. Bueno, en este caso, siendo Hugo Fattoruso la figura principal se podría haber esperado que se robara toda la atención y, sin embargo, para mi deleite, hicieron música, se dejaron atravesar por la magia musical y eso, por supuesto, siempre es democrático. Y como estos músicos tenían con qué, pasaron cosas increíbles.

Cada diálogo de Tato y Albana fue de alquilar balcones. Daban ganas de ponerle pausa, retroceder, y “play” otra vez. ¡Fue una de repartir palos! Aquello era como una locomotora que de un empujón te podía dejar directo en Alaska. Y todo con un disfrute gigante y una razón musical de peso. Si me meto a escribir sobre Tato corro el riesgo de escribir tres horas. No lo haré, pero sí déjenme decir que llevar así al tren arrollador que fue este toque es de genios. Además, ¡siempre metiéndole esa alegría desbordante que transmite con sus palos!

Hugo y Francisco son un caso aparte. Francisco se toca todo desde siempre pero cada toque me deja con la boca más abierta. Aquí sentí que era como si ellos dos se leyeran la mente todo el tiempo. Ambos sabían lo que estaba por tocar el otro… era casi como si fueran uno solo tocando, solo que desde los dos extremos del escenario. Genialidad musical compartida y mucha gozadera mutua.

Nicolás Ibarburu es otro extraterrestre más. Al igual que Hugo, y que Francisco, una no siente que agarra una guitarra y se pone a tocarla sino que parece que él y la guitarra son una misma cosa. Y de esa unidad sale una magia sonora que genera un disfrute profundo, de tinte nostálgico y serio con recodos de optimismo y ternura. En este concierto estaba en su salsa y fue obvio todo el toque que entre Hugo y él había un entendimiento perfecto.

En un par de momentos Hugo, Nicolás y Francisco tocaron unas melodías al unísono, los tres. Creo que esa sería una buena manera de morir: con un éxtasis como ese.

Y así, tomándolos a todos de a dos, era un deleite atrás de otro. Ibas sumando eso de a 3 y a de a 4 y quizás puedas imaginar lo que estoy intentando transmitir: un alto viaje.

Vieron que por las venas uruguayas pasa sangre pero también candombe. Muchos conciertos uruguayos no tienen la participación de tambores y sin embargo los tambores de Barrio Sur están implícitos en muchísima música nuestra. Pero una cosa es que estén implícitos y otra cosa es la maravilla de tener al chico, repique y piano formando parte del desbunde sonoro. Los hermanos Silva vienen tocando con Hugo y Albana hace tiempo ya, con lo cual la sinergia colectiva es buenísima. Hubo un respeto notorio entre los tambores y los demás instrumentos en cuanto a la presencia y volúmenes de cada uno y un banquete de combinaciones rítmicas y tímbricas.

Un capítulo aparte fue la presencia de Rubén Rada en el escenario. Apareció con su simpatía y desparpajo de siempre, improvisando y haciendo surgir en todo el público las palmas y la algarabía, como solo él sabe hacer. Este genio pone un pie en el escenario y ya estamos todos, arriba y abajo, con una sonrisa de oreja a oreja y moviendo alguna parte del cuerpo. Y su voz… esa también anda por las venas de todos nosotros y se siente muy bien. Por ese rato nos hicimos todos la cabeza de estar escuchando a OPA, sí.

En algunos temas participó también Matías Rada, quien también tiene una personalidad firme y cada vez más definida en la guitarra.

Una invitada especial fue Luanda Fattoruso quien nos regaló su voz dulce, profunda e interesante. Un auténtico toque de distinción.

El concierto terminó con todos los músicos tocando candombe en los tambores. En ese momento una se pellizca y agradece haber nacido en este país. Y recuerda que ha sido un regalo tan increíble como inmerecido el que nos hizo la gente que vino de África. Vinieron por razones que avergüenzan y nos regalaron esta felicidad desbordante. Cuando decimos que el candombe es uruguayo, dediquémosle un momento a agradecerles a los africanos que nos regalaron algo que ha demostrado ser el vehículo perfecto para expresar una forma particular de ver la vida: mitad alegre, mitad nostálgica. Me queda un poco la duda de si vemos la vida así y el candombe nos calzó como un guante o si el candombe con el que crecemos en este país nos hace ver la vida como la vemos. Sea como sea, ya somos indivisibles.

Permítanme agregar aquí, porque así lo siento, una reverencia a Osvaldo Fattoruso también. Lo recordé mucho y sentí que si por las vueltas de las dimensiones, estuvo ahí escuchando, se tiene que haber gozado con lo que pasó esa noche. Elijo creer que así fue.

Al salir, muchos tarareaban la melodía de Goldenwings y había un sentimiento de unidad entre desconocidos palpable. De La Trastienda hasta mi casa hay unas cuadritas. Cuando iba llegando a mi hogar, por calles bastante vacías, oigo que una cuadra adelante iba un ser silbando Goldenwings otra vez. Es muy fuerte lo que significa Hugo Fattoruso y OPA. Los llevamos en el alma. Yo agradezco infinitamente.

Foto: Cortesía de Natalia Rovira.

Entrada escrita para COOLTIVARTE. En la entrada original encontrarán más fotos.

Secret Story

Cuando recién arrancaba este blog, con mis amigos Pepe y Napi hicimos otro blog para conversar más privadamente. Y ahí hablamos largo y tendido de los conciertos que a cada uno le habían impactado más.

Uno de los míos fue el concierto de Pat Metheny, de la Secret Story Tour. Por muchas razones, entre otras que este músico era quien más sonaba en mi casa desde hacía cuatro años para ese entonces.

En esa oportunidad pasé por Londres apenas una semanita, de la cual estuve dos días en Edinburgh. Estando allá, vi el cartel de que esa misma noche tocaba Pat Metheny… pero las localidades estaban agotadas. Por suerte, tocaría en Londres tres días después. Así que tuve la enorme dicha de verlo en vivo por primera vez, y en ¡tremendo concierto!

 

 

 

Hoy ha sido un día diferente y se podría decir que difícil. Así que se ve que la vida ha querido premiarme encontrando, bastante casualmente, un concierto entero de esa misma tour en Youtube.

Por si mis killos queridos pasan por acá en algún momento, dejo el video. Ha sido una emoción gigante poder verlo. ¡25 años después!

 

 

Este concierto incluye (min 46:37) el tema “Always and Forever”, que tanto me gusta. Ya que estoy, les dejo ese tema por Gustavo Villalba con la Big Band de AUDEM, de estas latitudes. También ahí estuve y soy testigo de que la atención de la audiencia era absoluta y completa. Daba miedo respirar y quebrar el hechizo.

 

 

Para cuando sea que pasen por aquí, killos queridos: un abrazo. Y Sivadselim, que seguramente sí pases pronto: ¡date el gusto de escuchar a Pat!

 

 

Visita al planeta Sara Sabah, en el Ciclo Cuerdas

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Apenas sentarse, llamaba la atención la cantidad de lugares musicales dispuestos y la cantidad de micrófonos. A vuelo de pájaro, conté 9 lugares y 14 mics. Ese dato a secas no implica algo necesariamente, pero como sabíamos un poco de la trastienda de este concierto, ver eso desató un frotarme de manos ilusionado. Entonces, empecé a percibir que había algo diferente en estos minutos pre-show. Sentí que aquello vibraba a expectativa feliz generalizada, a algarabía. Más tarde, durante el toque, me fascinaría la atención sin distracciones, que no volara una mosca cuando no tenía que volar, que a nadie se le ocurriera hablar o comentar mientras sonaba la música. En resumen, el mejor público que un artista puede llegar a tener para una propuesta como esta.

Esto fue un viaje de principio a fin, con un código de belleza original: hubo dulzura que no empalagaba; fue impredecible y, sin embargo, se sintió cercano. El repertorio incluyó –pero no se limitó a– las canciones sefaradíes contenidas en el disco “Arvolera” (que actualmente puede escucharse en la página web http://www.sarasabah.com ).

Me asombró cómo desde el segundo uno la afinación de Sara Sabah fue perfecta y su centramiento musical, total, y a pesar del esfuerzo que seguramente eso le demandará, lo que transmitió desde el primer instante fue comodidad, sensibilidad, muchísimo sentimiento y alegría, diversión, disfrute del momento que se estaba generando y viviendo. Para mejor, la primera canción, “Tres ermanikas” ¡es una canción con una expansión vocal astronómica!

Ya desde aquí, desde el primer tema, la concentración de todos fue perfecta. El lugar desde el que arrancaron generando la vivencia colectiva fue de respeto, profesionalismo y esa mezcla justa de entregar y entregarse que logran quienes son músicos de corazón y tienen la suficiente maestría para confiar.

Y en cuanto a este corazón sentado en la butaca, alternó estos primeros minutos entre la alegría de un festejo y una tristeza que quizás sea ancestral, quién sabe. La combinación de una y otra, cambiando de instante a instante, durante buena parte del toque, fue una experiencia, y sacudida, nueva para mí.

El segundo tema, “Arvolera”, le infundió a ese recinto una fuerza abrumadora. El despliegue instrumental fue tan enorme que sentí la dificultad de poder prestarle la atención deseada a cada instrumento. Cuando mi atención se quería detener en el clarinete de Andrés Rubinstein, Nicolás Parrillo y Vittorio Bacchetta estaban haciendo una magia percutiva delirante, y Matías Craciun estaba descosiéndola en el violín, y Fede Righi marcando el carácter en forma magistral en el bajo, y las guitarras de Martín Ibarra y Gonzalo Durán entretejiéndose sabiamente… a veces complementándose, otras sonando juntas… y así todo el tiempo con todos los instrumentos. Tanto que fueron varias las veces que cerré los ojos para ver mejor.

Permítanme el atrevimiento de comentar que me cautivó la actitud profesional de Sara como música. Me refiero aquí al lugar desde el que hace su música en relación con los demás músicos: el relacionamiento en el escenario durante las canciones, los volúmenes al cantar, el cuidado con los sonidos que emanaban de todos los rincones…, en definitiva, la actitud de co-creación sinérgica, donde si bien hay un par de líderes (Sara y Fede), la performance es con el mismo espíritu, digamos, de una big band: nadie es más que nadie. Y todo con felicidad.

La contribución de todos los músicos fue increíble. ¡Los climas creados por todos! Matías Craciun con el violín transportó la sala entera a otra dimensión en muchísimas oportunidades. Lo mismo Andrés Rubinstein con el clarinete, y otros detalles. Fueron especiales los momentos en que tocaron juntos violín y clarinete, en esos registros de dulzura y profundidad. Gonzalo Durán y Martín Ibarra también fueron construyendo un universo de ondas, alternando entre ellos la tierra y el aire algunas veces o generando juntos corrientes impactantes. Del mismo modo los dos percusionistas aportaron un arte muy balanceado, no sobrecargando jamás, no tocando ni una sola nota superflua, y generando capas y subcapas rítmicas, afectivas. Debajo de todo y todos, el bajo alegre, profundo, decidido, groovy y cool de Righi. Y, evidentemente, detrás de toda esa magia, los arreglos hechos con amor y calidad, por Sara y Fede.

Íbamos unos 15 minutos de show, que habían sido exultantes, cuando Sara invitó a Juan Pablo Chapital a tocar con ella, a dúo, “Ríos furientes”. Él con su guitarra calada, con sus notas dulces y nostálgicas, realmente tocadas y sentidas, y ella con el sentimiento del mundo volcado en su voz magistral, haciendo unos malabares vocales maravillosos, nos conectaron, ahí mismo, con galaxias distantes.

En ese estado de éxtasis en el que nos tenían para ese entonces, llegó la siguiente invitada, con su voz privilegiada: Carmen Pi. Lo que hicieron estas dos mujeres fue una genialidad. Divinamente ajustadas entre sí, luciéndose a más no poder, desplegando todo el arte y toda la magia que se pueda desear escuchar.

El tema siguiente, que creo que se llamaba “Altísimo” (aunque para mí será “toma y bebe”) era como un rompecabezas musical, un desafío rítmico desde donde lo miraras, y sin embargo, no solo lo hicieron fluir cómodamente sino que además fue uno de los temas en que hicieron cantar al público.

Luego, Sara presentó a los músicos:

Matías Craciun (violín), Gonzalo Durán (guitarra), Martín Ibarra (guitarra), Nicolás Parrillo (percusión), Vittorio Bacchetta (percusión), Andrés Rubinstein (clarinete) y Federico Righi (bajo eléctrico).

A “Morenika” la conocía bien. La había escuchado muchas veces en los días anteriores al show y otra vez confirmé: un toque en vivo es una vivencia mucho más completa que una grabación, aunque sea una excelente, o aunque sea un video visualmente rico. Creo yo, puedo equivocarme, que cuando estamos en la misma sala que los instrumentos sonando, nos llegan al cuerpo las ondas vibratorias mucho más completamente que en un disco. No tengo prueba de esto… pero bueno, en resumen, las guitarras de Morenika me enamoraron completamente y quedé extasiada tratando de acomodar todo lo que sentía… pero no me darían mucho tiempo a acomodar nada porque poquito después entraba el siguiente invitado.

Pinocho Routin y Sara cantaron, con muchísimo amor, “Brisas” (compuesta por Hugo Fattoruso) acompañados divinamente por percusiones varias y las homenajeadas cuerdas, todo con una delicadeza superior.

Al momento siguiente, todos los músicos, incluido Pinocho Routin, cantaron sin micrófonos una canción de bodas, llamada “La Novia”, muy alegre y divertida.

El vaivén emocional continuaría con una canción de cuna, compuesta por Sara y Fede, y tocada por ellos y el enorme Nicolás Ibarburu. Me sigue impactando el poder emotivo que tienen las notas de una guitarra tocada así, como toca Nicolás. ¡No esperen que les explique lo inexplicable! Es algo que solo puede experimentarse, gozarse y quedarse admirado de cómo hace este ser para tener esa personalidad musical arrolladora.

A “Todas las palabras” también lo tenía muy escuchado pero, de nuevo, tomó una dimensión mucho más enorme en vivo. Martín Ibarra en la guitarra, Fede en bajo y Sara en voz lograron un entretejido de las tres sonoridades que no dejó ni un rincón del cuerpo inalterado.

Retornaron todos al escenario para tocar “La mal kazada del pastor”, que fue un festín en todo sentido: rítmico y melódico, para empezar, y el banquete de sonidos: el violín y el clarinete, cada uno por separado y al unísono, la percusión increíble de Parrillo y Bacchetta, más tantos detalles, como ser el triángulo, tocado aquí por Rubinstein… y todo sostenido por el bajo y las guitarras.

Como si a la noche le faltara pluralidad musical, ¡apareció un berimbau entre los chiches de Parrillo! ¡Fantástico! Así arrancó una nueva canción de bodas, a tres guitarras, para la que invitaron nuevamente a Nicolás Ibarburu. Gonzalo Durán sostuvo con una solidez impresionante esta canción en la que Martín Ibarra y Nicolás Ibarburu hicieron una especie de duelo maravilloso. La verdad que este tema le hizo mucho honor al nombre del Ciclo Cuerdas: tres guitarras, violín, bajo y berimbau. Simple: no queríamos que el tema terminara nunca.

El último tema, onda klezmer, fue otro festejo más, de la voz, de la música, de la vida, en el que Sara se lució a pleno.

Una mención aparte merece el equipo a cargo de Pablo Avellino. La paleta era enorme y sutil a la vez y se oyó absolutamente cada detalle con claridad y perfección. Los volúmenes entre instrumentos y cantantes suelen ser un desafío para los sonidistas uruguayos y Sara, para mejor, manejó una cantidad enorme de matices de volumen. Pues, lo cierto es que todo sonó como si fuera una grabación en el mejor estudio del mundo y mil veces masterizada.

Hubo bis, claro, y fue esa bonita canción que hemos venido escuchando en las redes: “La mar está en fortuna”. La generosidad sonora del planeta Sara Sabah se mantuvo hasta el último segundo y también la emocionalidad a tope, la delicadeza, la exquisitez, el cuidado, el amor hecho música.

Nada se repite jamás, por más que suceda dos veces. Lo que queda es agradecimiento real por la experiencia, admiración rotunda por cada uno de esos seres que pueden transmitir en forma de sonidos verdades humanas eternas, para algunas de las cuales ni siquiera tenemos palabras, pero sin duda laten en nosotros y hace muchísimo bien poder observarlas de esta manera.

Esta reseña fue escrita originalmente para COOLTIVARTE.

Foto: cortesía de Bruno Pesce.

 

Entrevista a Sara Sabah

Foto: Ian Elizondo

 

Entre los músicos Sara Sabah es considerada como una de las mejores cantantes uruguayas. La mención de su nombre por sus colegas viene siempre acompañada por un tono de respeto y admiración. Cantó durante muchos años con Rubén Rada, integró y dirigió el cuarteto vocal “La Otra”, ha cantado acompañada por Hugo Fattoruso, ha grabado con Urbano Moraes, Fernando Cabrera y Jorge Schellemberg, entre otros. Se ha dedicado, además, a la preparación vocal de actores. Tiene cuatro discos propios: Álbum (2008), Conexión (2010), Cerca (2015) y Arvolera (2017). En el marco del Ciclo Cuerdas, en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre, Sara Sabah dará un show que promete ser especial y diferente dentro de la cada vez más multifacética escena musical montevideana. Puede llegar a ser una de las últimas oportunidades para escuchar un proyecto ambicioso, muy bien logrado, que emociona profundamente y que puede considerarse un privilegio tener la oportunidad de vivirlo en vivo. Los músicos que acompañarán a Sara Sabah serán Federico Righi (bajo, sas y oud); Nicolás Parrillo y Vittorio Bacchetta (percusión); Gonzalo Durán y Martín Ibarra (guitarras); Andrés Rubinstein (clarinete) y Matías Craciun (violín). Este ciclo se ha caracterizado por las invitaciones cruzadas. En esta oportunidad participarán Carmen Pi, Pablo “Pinocho” Routin, Juan Pablo Chapital y Nicolás Ibarburu.

La mayoría de los temas que escucharemos en la Hugo Balzo pertenecen al disco Arvolera, que recopila canciones sefaradíes, con arreglos y sonidos exquisitos, y fue grabado en Israel con músicos de aquí y de allá.

A continuación comparto una charla distendida, de domingo.

 

Sara Sabah: El disco Arvolera necesita muchos músicos y vamos a aprovechar este toque, en la Sala Hugo Balzo, para hacerlo en el formato completo. Yo no soy de prever mucho si un proyecto es práctico. Soy apasionada y me lancé a grabar el disco. Pero claro, después no es tan fácil tocarlo, por ejemplo en boliches.

A algunos músicos no los conocía antes. Por ejemplo a Andrés Rubinstein. Y a Matías Craciun lo conocía un poco, pero no teníamos un vínculo muy cercano. Al Colo tampoco. Fue un grupo que se formó desde la búsqueda de los instrumentos, lo cual era arriesgado. El resultado fue que se armó un equipo divino y ahora me da pena que no es un formato fácil de trabajar. Por suerte en este toque del Ciclo Cuerdas, que se hace en esta sala divina, podemos hacerlo.

P.S.: ¿Se te ocurrió invitar al crowdfunding (mecenazgo colectivo) como una manera de obligarte a terminar el proyecto?

No, no lo pensé así de antemano. No soy una persona muy organizada pero soy tesonera. En la plataforma del crowdfunding les prometés a personas que no conocés que a cambio de su aporte les vas a entregar un disco, o si aportan un poco más les vas a dar un disco y una entrada al show… de un disco que todavía no se grabó. Cuando leí todas las condiciones de la plataforma, me di cuenta de que iba a ser un disparate de trabajo. Pero por suerte, por esas cosas que suceden, me encontré con una amiga, que se llama Laura Barzilai, con quienes somos amigas desde muy jóvenes, y le pregunté si quería ayudarme con el crowdfunding. Ella habla inglés perfecto y era una plataforma norteamericana, o sea que toda la logística la tenía que hacer alguien que se manejara mejor que yo con ese tema. Además es muy organizada y fue una bendición. Porque se dedicó a hacer todo lo que yo no podría hacer. Entonces me sentí más aliviada.

¿Ella hizo la página web?

No, pero ella me ayudó a actualizarme en todas esas cosas. En la página está el ojo de Gerardo Goldwasser y la calidad de Martín Tisnés, que armaron una tremenda dupla. El video de las tacitas, por ejemplo, es la estética de Gerardo. A mí me gusta mucho su obra. Le dije que hiciera y eligiera lo que a él le pareciera para la página. Porque todo el tema estético no es tanto lo mío. Lo que a mí me importa es que la música esté ahí, que los arreglos me rompan la cabeza… que yo sea feliz musicalmente.

¿Para ser feliz musicalmente no se necesita que la música llegue a mucha gente?

Más o menos. Mi meta con este disco era poder grabarlo. No sabía qué iba a suceder con estas músicas. Obviamente me pone contenta que la gente lo escuche, pero no era el motor.

¿Cuál era el motor para grabarlo?

Traer ese sonido acá a Uruguay y ver qué sucedía con eso de traer una música muy antigua, anónima, a nuestros días. Y me encantó ver lo que pasó con esas canciones. Yo quería darle ese toque cuando conocí a estos músicos. Que el sonido fuera súper moderno y que los instrumentos no fueran de acá… quería que lo hicieran ellos. En principio me pareció un delirio. Y me llevó cuatro años terminarlo. Los músicos que trabajaron en el disco son músicos que hicieron eso. Que traen música incluso litúrgica a un escenario. Esas melodías no son ajenas a mi oído porque en Israel estás todo el tiempo en contacto con la música árabe. Y cuando escuchaba estas canciones siempre me parecía que el tratamiento no era suficiente. Es que eran canciones cantadas por ejemplo por la señora de la casa, que se juntaba con otras y la cantaban con una pandereta. No hay mucha vuelta.

¿Qué sentís que les aportaste a estas canciones?

No sé si la palabra es aportar. Lo que sé es que me atravesaron. Yo siempre decía “estas músicas las voy a hacer después, cuando tenga cuarenta, cuarenta y pico”. Porque podía apreciar la melodía pero el sentido del texto lo he ido comprendiendo mejor con los años. Con este proyecto atravesé repertorios que están muy vinculados y comprendí cosas, por ejemplo, sobre el movimiento de los trovadores y la similitud que tiene esta música con eso. No fue que yo haya decidido hacer todo eso sino que lo fui cursando. También con la ayuda de amigos, que me fueron recomendando que escuchara determinadas músicas. Yo tengo una cierta inquietud constante y eso me hace hurgar. Pero no soy obsesiva. Por ejemplo, estaba cantando las canciones sefaradíes, sumamente involucrada con lo que significan, pero en el mismo momento componía otras músicas.

Por ahora no me absorben tanto las cosas. Incluso me sucede así en lo afectivo. No me ha pasado muchas veces en la vida de ahogarme en una tristeza muy profunda. Intento fluir de la mejor manera posible, aunque a veces las cosas no sean fáciles. Y con la música me pasa que no tengo una preferencia marcada. Me gusta muchísima música diferente. ¡Ahora se escucha tanta música! Igual, con el programa de Babel en el que me invitaron a elegir música, me detuve a mirar qué sacás afuera y qué elegís conservar. Ahí me di cuenta de que a pesar de que hoy no tenés una sola influencia, hay un punto de base en el que plantás una semilla de lo que sí y de lo que no. Eso es un inicio de algo. A pesar de lo diversificado y variado del universo musical, uno elige. Inclusive cuando uno navega por plataformas en las que se puede buscar cosas como “Cantante armenia pop”, uno selecciona. Y, bueno, retiene en la memoria algo que quizás luego puede ser usado en una clase de arte escénico, por ejemplo.

El teatro habilita mucha libertad, así que ahí puedo proponer cosas diferentes. Aprendo mucho con los actores. Ellos son muy, muy generosos. El actor recibe un texto y por dos o tres meses es una persona distinta. Admiro a los actores. Tienen una vida sacrificada y están muy abiertos al diálogo. En la música hay muchas cosas que ya están listas, como por ejemplo lo que tiene que ver con el tiempo. En lo escénico no.

Cuando hiciste el show de presentación de Arvolera, ¿qué efecto emocional tuvo en ti?

Ahí hubo una conjunción de emociones dadas por haber cerrado el ciclo, tener el disco en la mano, que mi papá haya cantado de invitado en una canción, también. Él es cantor litúrgico en una sinagoga. Mis padres se fueron a vivir a un kibutz por un tema ideológico, para vivir en un sistema igualitario. En el kibutz la vida no es religiosa. El contacto que teníamos con lo religioso estaba más ligado a la historia. Pero cuando yo tenía once años volvimos a Uruguay y un día fui con mi padre a la sinagoga y me sorprendí muchísimo al oírlo porque no sabía que mi papá sabía rezar, que sabía cantar el oficio.

El repertorio de Arvolera es popular, no religioso. Lo popular tiene una herencia cultural. Es como un tratamiento que tiene que ver con la espiritualidad de la música y la tradición pero no con la religión. Hay algo que me emociona muchísimo en este repertorio pero más por el lado de la tradición.

En España tuvimos una experiencia fuerte, cuando abrimos un festival sefaradí en Córdoba con Fede Righi, José San Martín, Tato Moraes y Federico Nathan. Una de las cosas que me enseñó mi maestra de canto, Nelly Pacheco, es que tenés que tener la medida justa entre decir para el otro y decir para ti. Ella dice: “hay que tener pecho frío porque si no, lloramos”. Y al pecho frío lo aprendí de chiquita, porque entendí que no puedo involucrarme a un nivel tal de no poder cantar. Pero lo que me pasó en Córdoba es que llegué ya con un nudo en la garganta, porque había amapolas y eso me trajo el recuerdo de la infancia en Israel, donde estaba lleno de estas flores. También influyó que me di cuenta de que iba a cantar ese repertorio en el lugar donde nació ese repertorio. Para mejor, nosotros abrimos el festival y se espera que quien lo abre diga algunas palabras. Así que tuve que decir unas palabras pero fue decir “Buenas noches, Sefarad” (que quiere decir España en hebreo), y me corrió toda una cosa… ahí no pude hacer pecho frío. El primer tema lo canté más o menos porque la emoción era mucha.

Antes de despedirnos, ¿estás trabajando en algo nuevo?

Sí, en un proyecto que es bien diferente a este. Es solo bajo y voz. Así que de alguna manera este show va a marcar un momento de cambio. Este proyecto nuevo es con Fede Righi. Fede tiene una precisión rítmica increíble… él me ordena mucho y aprendo mucho con él. También confío mucho en él. Puedo adelantar que esta vez no voy a hacer un disco; el resultado va a ser un objeto pero no un disco.

 

Foto de portada: Ian Elizondo

 

 

José San Martín – Parte 1: “En esta esquina”

en esta esquina

Que te venga a visitar alguien que hace muchos años que no ves es de por sí emocionante. Que además te regale cinco CDs, en formato físico, es algo impactante. Que encima ese alguien sea un excelente baterista hace que la cosa se torne paradisíaca.

Lo loco es el tiempo que tardé en escuchar estos cinco discos. Estuve mucho esperando el momento ideal, reservándolos inclusive en sus envoltorios, esperando ese día perfecto. Bueno, ese día fue hoy. Este sábado lluvioso y frío de principios de agosto de 2018.

Pero antes de escucharlos me quedé un ratito sintiendo y pensando toda la simpatía y cercanía que genera José. Hacía veintitantos años de la última vez que nos habíamos visto y su visita y toda la charla fue como si nos hubiésemos visto el día anterior, súper amena y muy cálida. Desde ese sentimiento de sorpresa y agradecimiento, fue que empecé a indagar en el orden de los discos.

  • “En esta esquina” – 1999
  • “Artesano” – 2006
  • “Triovivo” – 2007
  • “Tres calles” – 2014
  • “Otros palos”  – 2015

Los músicos de “En esta esquina” son:

Nicolás Mora – Guitarra

Juan San Martín – Bajo

José San Martín – Batería

Temas:

  1. Vino y casera
  2. Camino al abrevadero
  3. Ese aire (Bulerdombe)
  4. Sarunga
  5. Vilariño
  6. Candombe diciembre
  7. El estelazo
  8. Ahora sí
  9. La esperanza rochense

Ya los primeros segundos de “Vino y casera” me fascinaron. Tremenda emoción escuchar esta amalgama preciosa de estilos que me son queridos y que en mi corazón los identifico, por mi propia historia, como la unión entre Montevideo y Boston: el candombe y el jazz. Una guitarra nítida, clara, de sonidos dulces y decididos, con aires que amo profundamente, un bajo despierto y corpulento y una batería riquísima en sus detalles y con esa impronta feliz, tremendamente rítmica y creativa característica de José.

Entonces voy a mirar el librillo del CD: “Todos los temas de José San Martín. Grabado en Madrid”. Lo que es este mundo globalizado. Esta mixtura africano-bostoniense se graba en Madrid con músicos de Uruguay. Y a la vez se siente tan pero tan propio que es una demencia.

Me detengo antes de escuchar el segundo, para disfrutar un poco la reminiscencia del primero. José evidentemente viene del linaje de Roy Haynes, Tony Williams, Jack DeJohnette y demás, quienes se han caracterizado por llevar el tiempo de la manera más creativa posible. Su ride tocado con una delicadeza total contrasta bellamente con la decisión y firmeza de los cuerpos de la batería. El sonido seco, que me encanta, del HH. La elección del silencio con salpicaduras de platos acompañando momentos protagónicos de la guitarra y la unión perfecta entre candombe y jazz como clímax.

¿Ustedes qué dicen? A este paso, ¿cuán largo puede llegar a quedar este texto sobre cinco CDs? Siendo que la atención promedio de un lector de estos días es de tres líneas, estamos en problemas. Ustedes y yo. Ya veremos como sorteamos ese detalle.

Si en el primer tema José dio cátedra de independencia y creatividad musical, en el segundo, “Camino al abrevadero”, impresiona la aplicación musicalísima de los queridos rudimentos. Este es un ejemplo de cómo usar una técnica virtuosa para lo que la música pida… y con buen gusto. Aquí la guitarra protagoniza quizás un poco más pero con una impronta reflexiva, más profunda, menos festiva, muy sentida.

“Ese aire” es bastante diferente. Aunque la batería es potente, aquí fue el bajo el que me atrapó la escucha. En realidad los tres tienen protagonismo pero yo sentí como si tanto guitarra como batería estuvieran para condimentar las notas del bajo. Un placer escucharlo a Juan. Me da la impresión de que hay una madurez especial en el ataque y llega una dosis de confianza que siempre hace bien.

“Sarunga” baja las revoluciones que venían bastante altas. Es una canción dulce pero no melosa. Tiene el tipo de ánimo que identifico con una tardecita calma, en la que el mundo gira a buen ritmo y una se siente en paz con la existencia. Aquí el trío se da un espacio donde los sonidos y los silencios danzan sin urgencia, con gozo, con presencia.

A “Vilariño” lo percibí más pensado que sentido. Si bien es compacto, con una buena dinámica entre el trío, fue el primero de los temas hasta ahora que no sentí la necesidad de escuchar por segunda vez. Hubo también algún acorde que sentí incómodo.

“Candombe diciembre” me resultó un banquete de calidez, belleza, dulzura, groove y sensibilidad. Y de nuevo siento fundirse el candombe con el estilo de jazz que supe escuchar durante una década sin parar y que de alguna manera me identifica y me regala imágenes de jams y noches estrelladas de verano. Desde acá les envío un gracias enorme a estos tres músicos por este regalito, que mi alma recibe con agradecimiento total. Es seguro que esta pasará a estar en mi lista de músicas para escuchar cada pocos días.

Me parece apasionante la dinámica que se da con este fenómeno de la música. El que compone un tema lo hace por sus propias necesidades. Veinte años después alguien lo escucha, como es mi caso hoy, y esas notas traen asociaciones concretas, que hasta tienen imágenes, olores y sensaciones físicas. Entonces surge el agradecimiento por la oportunidad de recordar memorias que el compositor ni siquiera imaginó. Es un mecanismo extraño y bello.

“El estelazo” arranca con un caminante más convencional y por unos momentos no me impresiona tanto. También es cierto que le toca competir con los sentimientos generados por el tema anterior que fueron fuertes. Y como escribo esto para compartir lo que siento, me doy la libertad de decirles que a este en realidad me lo perdí, porque estoy todavía resonando con el anterior. Lo que hago en estos casos es: la siguiente vez que escucho el disco arranco por esos tracks que no me llamaron tanto la atención, para poder individualizarlos mejor y realmente escuchar lo que tienen para decirme, sin interferencias. Así que “El estelazo” tendrá que esperar a mi próxima escucha para poder vivirlo mejor. Pero eso sí, por el minuto 5 pasa algo impresionante.

Con “Ahora sí” retomé mi capacidad de sorpresa y enamoramiento. El trío suena compactísimo y crean algo muy hermoso, magnífico. El corazón se expande. Se siente idéntico que cuando en medio de un día muy gris aparece ese arcoíris enorme y nítido: esperanza, certeza de vida, fe.

Y con pena de que se termine, llego a “La esperanza rochense”, que veo que está dedicada a Pollo Píriz, ese musicazo que logra emocionar desde un lugar de pura humanidad. Esta pieza es una mezcla perfecta de cortesía, ternura, sencillez y afabilidad. Tiene el ritmo más lento de las ciudades del interior y un poco de su nostalgia también. Al menos de esa nostalgia que nos viene a quienes vivimos en el interior y desde Montevideo recordamos el ritmo pausado y los cielos más despejados. Es una ofrenda suave que me deja en un ánimo especialmente armonioso.

Por poner en tres líneas aquello que no se puede explicar de ninguna forma, “En esta esquina” es un disco de alto nivel musical, de muy buen gusto, tocado por un trío que sabe lo que hace, muy sensible, y que tiene algo con sentido para decir, tanto en forma individual como en conjunto.

Somos varios los amantes del formato trío y son discos como este los que refuerzan esa preferencia.

Por hoy les cuento hasta aquí pero esto continuará, porque es evidente que lo que tengo conmigo es un tesoro musical. El cofre ya fue abierto y la curiosidad es total. Espero que ustedes puedan conseguir “En esta esquina” y disfrutarlo también.

5 de agosto de 2018.

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