Chapital Quinteto en Inmigrantes

chapital-quinteto-inmigrantes

Foto: Carlos Cossi

Tú tendrás tus razones por las que te gusta Montevideo. La mía es la posibilidad que me regala muy seguido de escuchar y ver, a metro y medio, a músicos que me generan un estado emocional que justifica pasar por esta experiencia 3D.

La cita de anoche fue en Inmigrantes (en la esquina de Paullier y Guaná), donde Juan Pablo Chapital tocó temas de su autoría, y algunas versiones exquisitas de temas de otros grandes músicos (Mandrake y Rada, por ejemplo).

El quinteto está formado por:

Juan Pablo Chapital en guitarra y voz

Martín -Dios- Ibarburu en la batería

Fernando “Pomo” Vera en el bajo eléctrico

Hernán Peyrou en teclados

Guillermo Olivera en trombón

Les cuente lo que les cuente, caeré en repetirme, pues lo que me generan Chapital e Ibarburu es algo que ya describí mil veces. O sea, seré brevísima para no aburrir.

Sí quiero contarles algunas cosillas:

La combinación de sonidos del trombón  y la guitarra está buenísima. Guillermo le mete mucha alegría, pero también un gran cuidado a no aplastar a todo el mundo con ese sonido fuerte que tiene el trombón. Un placer su contribución.

La base rítmica (y, obvio, no solo rítmica) de Fernando Vera y Martín Ibarburu fue perfecta, también muy respetuosa y con momentos de brillantez, que son como codazos en las costillas que te ponen súper alerta y te aceleran el ritmo cardíaco (ta, codazos que no duelen).

Hernán, con el teclado, aportó mucho a generar el clima místico de la noche.

Juan Pablo presentó dos temazos nuevos, alucinantes. Tanto que cuando el público le pidió “otra”, le pidió justamente su nuevo tema “Bushido”. ¿Cuántas veces creen que pasa que se pida de bis un tema nuevo? ¡Ninguna!!!! Solo Juan Pablo logra eso.

Mi foco de atención suele irse siempre hacia la batería, y anoche fue brutal verles las caras de goce a Pomo Vera y a Juan Pablo Chapital cuando Martín tocaba una genialidad. Martín logra eso, que el resto de los músicos disfruten especialmente de las notas de la batería, que es algo que tampoco es tan común de observar. Justamente en el tema “Bushido” el aporte de la batería fue algo endemoniadamente disfrutable.

Al presentar a Martín, Juan Pablo dijo: “Tocar con el mejor baterista del mundo es…” No completó la frase, pero seguro que el final era algo parecido a “impagable”, “fascinante”, “algo de no creerse”.

¿Que resuma qué me gusta de la música de Juan Pablo? Es muy sencillo:

  • Que sus temas no son demostraciones de virtuosismo sino que son expresiones de emociones y son significativos para el corazón
  • Que cuando toca cada nota la hace sonar como si fuera la única nota que va a tocar en su vida, que la sostiene, que su sonido es límpido, vibrante, amoroso. Anoche en particular, algunas notas no le sonaron, quién sabe por qué. Y sin embargo esos silencios no fueron nada incómodos. Es como si la música anoche hubiese necesitado pausitas extras.
  • Que si bien son temas instrumentales, tienen mucho de canciones, por las melodías hermosas
  • Y creo que lo que más me toca el alma es la actitud general de veneración hacia la música

Esperemos que sigan presentando estos temas. Es un regalo que yo les agradezco.

Gracias a Carlos Cossi tenemos estos recuerdos gráficos de la noche:

 

 

 

Jardín de folclore, rock y jazz: Entrevista a Santiago Montoro

Santiago-Montoro-foto-Victoria-Gimenez

Foto: Victoria Giménez

 

Cuando la entrevistadora practica cada vez más libertad y está genuinamente interesada en conocer más del entrevistado y coincide que el entrevistado es un ser muy amable y generoso con su tiempo, se corre el riesgo, para mí hermoso, de que la entrevista se parezca mucho a una conversación y con una extensión considerable. Dudo qué acto será más piadoso con ustedes, lectores, si recortarles la conversación sensiblemente, como para que puedan terminar rapidísimo de leer esta nota y puedan saltar de inmediato a leer sobre los cangrejos clonados de Groenlandia o, en cambio, compartir cada momento de esta larga conversación. Concluyo que tomaré una posición salomónica: recortaré algo pero, también, tendré en cuenta la opinión que recibí del gran Hugo Fattoruso cuando durante una entrevista le comenté que sería mejor no extendernos mucho, para que la nota fuera leída. Palabras más o menos me dijo: “En una época, si los temas musicales duraban 3 minutos y 20 segundos, te los hacían cortar. Podían durar máximo 3 minutos. Pero en algún momento se empezaron a escuchar temas de 15 minutos. Todo depende del arte que le pongas”. Les pediré que sean ustedes quienes hoy hagan un acto artístico: permítanse leer esta charla sin apuro. Es entre los renglones que se perciben los ingredientes más sabrosos.

 

Ya no grabás CDs físicos pero hiciste un álbum digital de tus canciones al que llamaste “Jardín”. ¿Cuánto hace que estás trabajando en él?

Vengo preparándolo desde hace tiempo. Tenía reservada la sala hace un año. Cuando la reservé no había grabado el álbum todavía… lo grabé enero.

¡Qué raro!

No es tan raro, porque en una sala como la Hugo Balzo te dan fecha para muy adelante, entonces tenés que hacerlo con tiempo. Pero es algo que no voy a hacer más. No voy a reservar una sala para presentar un trabajo que todavía no hice. Porque es un estrés. Es algo que he hecho muchas veces, algo que me autoimpongo, porque me ayuda tener una fecha límite. En este trabajo estoy haciendo todo yo. Desde la composición, los arreglos, grabarlo, producirlo, mezclarlo. Por suerte ahora Rafa Hofstadter está haciendo el máster y está buenísimo, porque yo ya no podía más de la subjetividad del asunto.

Entonces ahora estoy metido en un evento que se programó hace un año más o menos. Todo esto es el resultado. Todavía estoy haciendo correcciones de las mezclas, o sea que el álbum no está terminado [Nota: Esta conversación sucedió hace una semana; hoy sí está terminado]. Pienso que en el futuro voy a hacer las cosas diferentes.

Antes de adentrarnos más en Jardín, permitime preguntarte: ¿Por qué te viniste de España? Siendo músico ¿no tenés mejores posibilidades en cualquier otro país que en este?

Bueno, depende de cómo se mire. Económicamente, por supuesto. Yo me fui en el 2001 y me volví en el 2010. Me fui con mi pareja del momento, tuve una hija allá, tuve un cierto arraigo. Yo ya tenía estudio acá pero rearmé un estudio allá, toqué con mucha gente, viví de la música esos 10 años, exclusivamente, y la realidad es que fue una decisión familiar la de volver, fue más que nada una cuestión afectiva y era un buen momento porque nuestra hija tenía siete años. Después no iba a querer venir, o sea que había que hacerlo en ese momento. Y bueno, vine. En realidad acá yo vivo de la música y creo que las cosas que hago me gustan más acá que allá. El problema es que la remuneración es mucho peor acá y vivo mucho peor acá que allá. Pero musicalmente me interesa mucho más lo que hago acá. Es otra cosa. Allá yo con mi proyecto tenía una banda y tocaba habitualmente. No te digo que tocara todos los días, pero tocaba acá y allá y no tenía que andar arreando gente a los conciertos porque eso sucedía naturalmente. No era una panacea pero iba funcionando. Esa realidad acá no tiene nada que ver. Pero bueno, yo qué sé, acá tengo la posibilidad de colaborar con gente que me interesa mucho lo que hace, aprender muchísimo de ellos. Acá en el estudio tengo la posibilidad de que todo el tiempo esté viniendo gente que me copa. Eso no tiene mucho precio, la verdad. Allá también tocaba con músicos muy buenos pero es diferente.

Te he visto colaborando muchas veces con Rossana y Cheche. Cuando entrás en escena, entra una polenta impresionante con vos y tu guitarra. ¿Hay una intención consciente de agregarle polenta a ese toque o es lo que surge de ti naturalmente?

Cuando toco me gusta en lo posible entregar todo lo que pueda entregar. O sea que lo vivo con intensidad, en general, y me gusta estar haciéndolo con gusto y copado. Por eso me gusta tocar con músicos que me interesen. Yo hago lo que me sale, obviamente.

Pero he escuchado otras cosas tuyas que son mucho más dulces y menos rockeras, por eso me intriga.

No soy un músico virtuoso pero sí creo que he aprendido con el tiempo a trabajar sobre una canción tratando de darle lo que yo pienso que precisa y no adaptar la canción a lo que yo quiero hacer o lo que yo sé hacer. De alguna manera siempre pongo esa cabeza.

Hoy estuve escuchando “Carta para un fantasma” y me sorprendió justamente eso: que la canción tiene lo que necesita y nada más.

Sí, es curiosa esa canción porque no tiene nada. Lo único que tiene es la guitarra y un coro de muchas voces.

Pero con esa guitarra generaste muchas cosas. Por ejemplo las últimas notas, que acompañan la última frase de la canción, me parecieron impecables. Llevan una intención cargada de significado.

Bueno, esa canción es especial. Es una canción de amor para alguien que ya no está. Frente a un hecho que en general produce un poco de miedo.

A ti te produjo un poco de miedo, ¿no?

Sí, sobre todo porque después me vine a vivir acá [risas]. Dije: “¿Para qué le habré hecho la canción a este?” [más risas]. Pero no se quiso manifestar. Pero no, hablando en serio, fue desde un punto de confianza, de apertura, de luminosidad. Entonces lo que intenté transmitir con el arreglo fue eso, un poco ese punto de vista diferente de un hecho que habitualmente a mí me produciría una reacción diferente, digamos. Lo del coro es la parte más cómo mística, espiritual, pero el pedido es directo, es personal y es con amor.

Cuando vos definís que querés dar determinada intención, ¿ya sabés que determinados acordes o armonías van a generar eso y entonces las usás o es algo que te surge? ¿Es más mental o más directo?

Hay muchos elementos para uno poder definir eso pero yo soy muy intuitivo. Al tocar, al componer, en todo. No racionalizo demasiado las cosas sino que más bien intento generar que las cosas fluyan de una manera. Con el tiempo de tocar me he dado cuenta de que si yo genero un cierto estado, en el momento en que toco o compongo, hay algo que baja, que no sé de dónde viene, pero fluye y es maravilloso. Entonces quiero cuidar y enfocar eso. A veces se puede, a veces no. A veces es más, a veces es menos. Eso es como controlar algo mágico que no sabés cómo va a salir. Pero desde que me di cuenta de que era así, tengo mucha más seguridad. A ver, me puedo tirar al vacío tocando en un lugar y sin miedo, porque tengo confianza en que va a estar eso. Es un poco raro.

No, no. ¡Está buenísimo! En “Carta para un fantasma” hay una frase que es: “Siempre arruino todo buscándole una explicación” y en “Te alimenta” hay otra que dice “Prefiero una emoción a un pensamiento”.

Ahí va. Eso describe un poco eso.

¿Es una búsqueda personal tuya concreta?

En el caso de “Carta para un Fantasma”, sí, porque es eso de darle a la cabeza tanto y al final no llegás a profundizar ni a entender nada de lo que pasa. En el caso de “Te alimenta” es más una cuestión que si bien es un poco eso, también es una presentación de intenciones respecto a lo que pienso que pasa hoy por hoy en general en la sociedad y en todo lo que me rodea. Pienso que esa confianza en la intuición y en entender lo que uno siente, en toda la parte emocional, y saber manejar eso uno mismo, puede ser mucho más valioso en general que la racionalización. Ojo, digo que prefiero pero no digo que no debería estar. Obviamente que el pensamiento es una cosa maravillosa también. Pero la emoción es algo que viene y que uno por lo general lo maneja o lo gestiona de una manera u otra. Y en eso se derivan diferentes actitudes o formas de ser. Por poner un ejemplo, si yo siento que hay que hacer una cosa que es absurda, no es rentable, por ejemplo esto de dedicarme a la música [risas], lo hago porque lo siento, no porque lo piense. Si lo pienso, capaz que no lo hago. O capaz que lo hago igual… pero posiblemente no.

La gestión de las emociones condiciona todo lo que pasa. La relación entre las personas, contigo mismo, entender lo que te pasa. Hasta se relacionan con enfermedades físicas.

Folclore, rock y jazz. ¿Cómo viven adentro tuyo esas tres corrientes musicales?

El folclore viene de mi infancia. Porque yo nací en el campo y empecé a tocar de niño. Mi primer profesor se llamaba Adolfo Santurio, que era el guitarrista de Los Carreteros. Creo que Ayuí publicó hace poco algo de ellos. Era una agrupación folclórica de San José. Yo vivía en Progreso. Él fue mi influencia folclórica. Él me tiró mucho para adelante. Tengo que agradecerle eso. Él ya falleció. Por ejemplo, él tenía un programa de radio en Las Piedras, y no me llevaba a la radio pero me grababa tocando y cantando y me pasaba. Imaginate, yo con 7, 8 años, salía en Progreso, que era un pueblo chiquito, y todo el mundo sabía que yo salía por la radio. También organizaba kermesses y me llevaba a tocar.

Después hubo un proceso intermedio en el que yo vivía en el campo pero venía todos los días a estudiar acá, lo cual era matador; unos viajones tremendos. En esa etapa dejé de tocar la guitarra. Y después emigré a la ciudad.

Cuando retomo la guitarra, allá por el año 83, ¿por qué la retomo? Por el rock. Porque veo a gente que toca y me gusta. En ese momento me compré una guitarra eléctrica. En el 85, cuando empezó la democracia, más allá de las razias y todo eso, había una efervescencia impresionante, se tocaba por todos lados. Y ahí empecé a tocar y de ahí viene el rock en mi música. Mi actitud de ese momento era sobre todo punky. Yo no era punky porque siempre escuché de todo. Cuando empecé a tocar la guitarra eléctrica me interesaba el rock más clásico, escuchaba Led Zeppelin, Pink Floyd, todas esas cosas.

Ah, esa influencia es lo que se te oye a veces.

Sí, Pink Floyd fue, por ejemplo, un grupo de cabecera durante años. Y bueno, con el tiempo se mezclan esas cosas.

El lado jazzístico es el lado que me interesó después. Primero empecé a conocer la Bossa Nova y toda la música de Brasil, que me apasionó. En esa época no había internet pero tuve la suerte de que yo tenía un amplificador de guitarra que se lo prestaba a Pablo Notaro para ensayar los sábados. El padre tenía una colección de vinilos impresionante. Entonces yo le decía: “Vos vení a buscar el equipo pero traeme un par de vinilos” y yo me los copiaba. Y así conocí a Gilberto Gil, a Caetano, Hermeto Pascoal, Milton Nascimento, Djavan.

Fue en esa misma época que empezamos a curtir esas músicas de manera conjunta con otro músico que va a tocar justo ahora, José Luis Yabar, que es el guitarrista de Santullo actualmente. Era compañero de liceo y nos juntábamos a tocar. Había también otros compañeros de liceo que hoy también están en la música, como Marcelo el de Los Buenos Muchachos, el Topo y otros. Pero principalmente “el Jota” era el bastión. Le caíamos todos en la casa. Era el que tenía la mejor guitarra eléctrica e íbamos todos a tocar. Y el tema del jazz empezó sobre todo cuando escuché OPA. Porque escuché primero a Mateo, y me enfermé. Tendría que haberlo conocido antes pero lo conocí a los 16 o 17 años y me partió la cabeza. No podía entender. Me enfermé. Quería escuchar más. Y a partir de ahí me fui interesando por otros artistas. Conocía a Fernando Cabrera, que tocaba en ese momento, que me encantaba. También a Jaime Roos. Había muchos artistas fuera del rock estrictamente, que me interesaban. Pero cuando conocí a Mateo, ta. Por suerte lo pude ver muchas veces. Al Darno también, por suerte. Está buenísimo que eso no me quede en el debe.

Nunca me dediqué a tocar jazz. Tuve cierta preparación para hacerlo, porque tuve, por ejemplo, de profesor a Alberto Magnone, que siempre me tiró para adelante, pero yo ya estaba determinado para otro lado, para el lado de la canción. Escuché mucho jazz. Miles Davis, por ejemplo, es uno de mis artistas favoritos. Esa influencia capaz que no se nota tanto en los trabajos anteriores y creo que en este se nota un poquito más. No es ni de cerca un disco de jazz, por supuesto. Pero tiene esos tintes.

¿De chico vivías en contacto con la naturaleza?

Vivía en una chacra, en una bodega, además. Había vid. Vivía bastante solo, en el sentido que los amigos de mi edad no estaban cerca.

¿Vos sentís que la música te acerca un poquito a la naturaleza?

Sí, pienso que sí. Desde hace un tiempo tengo como una vuelta a la naturaleza. De la manera que puedo. De hecho acá arriba tengo una huerta.

¡Qué bueno! Ojo no vayas a vender semillas. Ahora hay un revuelo bárbaro con que para vender semillas tenés que cumplir con cierta reglamentación y hay varios viveros que están complicados con eso.

Sí, pero viste que las semillas de Monsanto sí se pueden vender, ¿no?

La verdad que no puedo entender qué pasa con nuestros gobiernos. Supongo que no tienen hijos, ni nietos…

Mirá, me asombran muchísimas cosas. Al final yo pienso que los políticos de alguna manera son títeres y marionetas del poder económico. Hacen lo que les digan. Y ya está. Entonces los cambios no van a venir por ahí. Lamentablemente lo veo así. ¿Qué se puede hacer? Yo creo que lo único es tratar de tener una actitud personal acorde con lo que pensás y tener la esperanza de que todo el mundo haga lo mismo a ver si cambian las cosas. Porque otra cosa no sé.

Sí, tiene que venir del individuo, que cuando sean muchos sumados…

Sí. Cuando yo digo eso me miran como diciendo que soy muy iluso, pero bueno, yo no veo otra manera.

¿Qué más podés contarme de “Jardín”?

“Jardín” es un trabajo introspectivo, muy personal, porque es la primera vez que cumplo todos esos roles en un trabajo mío. Porque siempre quería tener la seguridad y el apoyo de un Productor Artístico que lo haga conmigo. En “Vida Breve” fueron Daniel Carini y Fernando Ulivi, en “Trampolín” fue Nacho Mateu. Y acá, de alguna manera quería demostrarme varias cosas. Por eso es introspectivo. Por ejemplo, no invité a un montón de músicos que podría haber invitado, que hubiera estado buenísimo, como lo hice en “Trampolín”, pero en este álbum quería estar yo ahí; sentía la necesidad.

Y cuando invitás a muchos músicos a grabar, ¿cómo lo presentás en vivo?

Ah, bueno, los invitás a todos. A la presentación, claro, después ya no. Pero ahora es lo mismo: yo grabé más de una guitarra en casi todos los temas.

¡Ah! ¿Y cómo hacés?

Bueno, a la presentación van a ir invitados, a tocar mis guitarras, pero además las versiones van a ser diferentes. En lo esencial son lo mismo pero adapto. Porque también pienso que una grabación y un concierto son cosas diferentes. Si bien es muy válido presentar un trabajo tal cual fue grabado, me parece que no es necesario, no hay por qué. Entonces algunos temas van a quedar un poco más rockeros de lo que son en el álbum, porque no hay guitarra acústica, que había, y después hay otros que quizás queden un poco más íntimos y pasa lo contrario. Y está buenísimo, porque va a existir otra cosa.

¿El disco ya está a la venta? 

Pienso ponerlo para que se pueda escuchar unos días antes de la presentación. Y con la entrada del concierto va la descarga de regalo.

¿Podrías contarme cómo fue que te diste cuenta que una composición tuya le quedaba perfecto a un poema de Eduardo Nogareda?

Por un lado, tenía la canción compuesta y Sebastián Petruchelli, que toca el violín en esa canción, que ahora vive en España, cae acá por el estudio, es un amigo, y lo lié, digamos, usando el modismo español, para grabarla. Entonces grabamos ese tema como tema instrumental, la guitarra y el violín. Ahora otros músicos le añadieron contrabajo, batería y otras cosas. Entonces tenía esa idea guardada. Me pongo a musicalizar los poemas de Nogareda y empiezo a coparme con eso. Porque me metí y no podía parar. En realidad musicalicé casi todo ese libro, lo que pasa es que elegí cinco. En principio pensé que quizás hacía dos álbumes pero después elegí y seleccioné. De repente, no sé cómo fue, me di cuenta. Es curioso, sí. Me sentí muy bien musicalizando esos textos. No tuve que modificar nada. Nogareda me decía que otras personas por lo general le pedían alguna licencia para modificar alguna cosa. Yo no cambié nada. Algunas cosas se las cambié sin querer pero porque me iba acordando de la letra de memoria y con el tiempo la iba deformando.

¿Sos de leer poesía?

No soy un lector súper ávido que se pasa el día leyendo. Me encanta leer pero no leo demasiado. Me encanta la poesía pero tampoco tengo un conocimiento literario de poesía muy amplio.

¿Qué se te dio?

Porque es un amigo y me interesa mucho lo que hace. He trabajado con él. En España toqué con él en un espectáculo que tenía y hay una relación afectiva. Es como el abuelo de mi hija en España, una cosa así. Por ahí viene el conocimiento de su obra.

Vos sabés que yo uso mucho ese ejercicio de musicalizar a nivel docente. Nunca lo había hecho para algo que yo fuera a publicar.

El proceso de composición mía en general tiene una parte que para mí es muy fácil, fluye muy bien, que es la parte musical. Y una parte que me torturo, me cuestiono todo, tiro y voy para atrás y para adelante, que es la parte letrística. Porque soy muy inseguro con eso, porque no estoy formado para escribir. Siento más legitimado el yo mostrar algo musical. Y de hecho, mal o bien, no estoy incómodo con las cosas que he escrito. Pero musicalizar los textos de Eduardo, además de que están muy bien escritos, fue muy liberador. Viste que en la creación, cuando acotás uno de los aspectos, definís una línea mucho más rápido que si tenés todo el universo y no sabés por dónde ir.

Y además la poesía tiene música, ¿no?

Sí. Yo en algunos casos aproveché esa musicalidad. En otros casos la rompí. Y creo que cualquiera de las dos cosas fueron interesantes.

Yo presenté estas músicas en la Felisberto el año pasado. Eran los temas compuestos, todavía muy en pañales, porque todavía no había empezado a grabar el álbum, ni yo sabía que iba a hacer el álbum. Y por ejemplo hubo un tema que no le gustó a él y era porque yo no había captado la intención de lo que quería decir. Por supuesto que ese tema no lo incluí.

Qué interesante debe de ser que te musicalicen tus textos, ¿no?

Sí, y en este caso él me decía que a él en general le musicalizan sus textos músicos más del folclore. Y aquí hay mucha cosa experimental también. Por ejemplo el tema “Pregunta” es un tema que está en 11. Muchos temas tienen estructuras rítmicas raras.

¿Y por qué quedó en 11? ¿Por la letra?

Porque yo soy medio enfermo con esas cosas. Me encanta. Ese es el tema que era instrumental antes. Hay temas en 5, en 7, en 11.

¿Es por experimentar?

Sí, siempre fui de experimentar con ritmos no convencionales o con claves rítmicas no convencionales. Es una investigación que me hace feliz, simplemente.

¿Pero es mental o emocional?

Creo que es las dos cosas. Yo suelo estar en la búsqueda de algo original y suelo ir por ese lado porque me encanta. Estoy todo el día haciendo percusión en todo. Los que están al lado mío me odian en ese aspecto. Entonces también diariamente estoy jugando con esas cosas. Para mí es un juego. En “Trampolín” pasa también, aunque no tanto. La canción “Trampolín”, por ejemplo, es un juego métrico entre compases de 2 y de 3, subdivididos de distintas maneras, y estructuras que son muy raras. En realidad me odian después cuando hay que tocarlo.

Bueno, pero tocás con Cheche así que no tenés ningún problema.

No, Cheche es un genio. Y con Nino y con Nacho, con cualquiera de ellos, que son unos cracks. Gracias a que cuento con ellos es que puedo tocar esos temas.

 

La presentación del álbum digital “Jardín”, de Santiago Montoro, será el martes 24 de octubre en la Sala Hugo Balzo. Las entradas se venden en Tickantel y en la Boletería de la sala. Lo mágico de estas instancias musicales es que no hay dos iguales. Ni siquiera cuando tocan los mismos músicos y tocan las mismas canciones.

 

 

Entrevista a Popo Romano

Popo-Romano-entrevista-Patricia-Schiavone.jpg

La música de Popo Romano ha sido gran compañía en varias etapas de mi vida y es de los músicos a los que más veces he ido a escuchar en vivo. Por esta razón cuando supe que se abría la oportunidad para entrevistarlo sentí que se me abría una ventana muy grande: la posibilidad de conocer un poco más sobre el ser que compone y toca músicas que me emocionan tanto. Los invito a ustedes a mirar a través de esta ventana de palabras y luego, sin duda alguna, los animo a que vayan a ver “En Esencia”, el 21 de octubre, en la Sala Hugo Balzo. No ha habido un solo toque de Popo Romano en el que no me haya emocionado muchísimo. Poder verlo en vivo es uno de los privilegios que tenemos los montevideanos que vivimos en este tiempo.

 

Te he oído contar cómo de jovencito te encerrabas a oscuras a escuchar música y viajabas con eso. ¿Qué condimento le agrega a tu viaje el tocar en vivo?

Me gusta tocar; amo tocar. Y es como compartir una película que te gustó ver. Creo que debe de ser muy aburrido ir al cine solo, ver algo bueno y no tener a quién codear, a quién hacerle una guiñada o un comentario. Una película o un concierto… lo que sea. Tocar para mí es un día de fiesta. Es como compartir ese viaje muy íntimo con todos, con la gente de escenario, con el iluminador, el sonidista, con el público y con los músicos. Es hacerlos partícipes de algo que yo disfruto mucho y de comprometerlos a vivirlo de una forma más abierta pero muy íntima también. Porque la condición que implica un concierto, independientemente de la cantidad de gente que haya, siempre tiene esa cuota de sacar los pañales al sol.

Cuando vos te ponés a componer un tema muy íntimo, ¿calculás si a ese tema lo vas a mostrar?

En realidad no. Cuando estoy haciendo eso no tengo mucha conciencia de lo que está pasando. Donde vivo tengo todas las herramientas para que cerca de mi mano, y sin mucha complicación, yo pueda estar prendiendo un grabador o tomando un instrumento.

Como para poner un ejemplo de algo más cotidiano, es como cuando nos levantamos y decimos “algo va a pasar hoy” y no sabemos bien qué. Es un estado en el cual yo disfruto mucho estar y donde las personas que conviven conmigo han aprendido a respetarlo, porque es mi vida y lo necesito. Puedo pasar un par de días sin eso pero inmediatamente algo sucede que necesito irme a ese lugar. Mis hijas, de chiquititas, tenían muy claro que a veces el padre estaba físicamente ahí sentado pero no estaba. No podían llamarme fuerte. Ellas venían, me observaban y tenían que llamarme muy suave. Era como despertarme de un sueño profundo. Siendo chiquititas habían aprendido a ver el botón rojo del “rec” prendido. Si estaba prendido, tenía que venirse la casa abajo para interrumpir.

Y después me tengo que aprender lo que grabé. Tengo que escuchar y volver a sacarlo. Viste que hay muchos comentarios de lo que es la “toma cero”, que por ejemplo Jaime habla mucho de Hugo. En mi caso, cuando me invitan a grabar yo también valoro mucho la primera pasada de la música, pues ahí hay un estado muy natural, en lo que tiene que ver con la interpretación o la improvisación, o el arreglo, dependiendo de lo que uno tenga que hacer. Porque después uno se aprende a sí mismo, se repite. La toma cero está cargada de una cantidad de afecto, emoción, rabia, tristeza, todo. Después de que vos pasaste varias veces eso empieza a decantar. Puede estar buenísimo, ser calificado altísimo analíticamente pero emocionalmente a mí no me cuelga tanto. Hasta la propia imperfección de lo que produce eso está bueno. Tengo que aprenderme las cosas y eso produce otro resultado. Y después juntarme con los colegas y pasarles las músicas que quiero tocar en vivo es otro delay, otro tiempo de lo que fue ese estado. Afortunadamente cada una de las veces vuelvo a revivir parte de ese estado emocional, o cuando estoy solo, tocando para mí nomás. Está buenísimo que eso pase.

Cuando estás en tu casa, ¿te ponés a tocar temas viejos tuyos?

Ahora tengo menos tiempo del que desearía tener para dedicarle a tocar, pero sí. Y toco como cuando toco en el escenario: toco lo que tengo ganas. Y no es irrespetuoso, sino muy natural. Nunca tengo muy definido el repertorio. Tocando solo se ha potenciado esa característica, porque me tengo que poner de acuerdo conmigo mismo y es mucho más fácil. Me subo al escenario y mi cabeza o mi estado dice: “vamos para acá”. Y voy para ahí.

¿Esas decisiones pueden tener algo que ver con lo que recibís del público?

Tienen mucho que ver, sí. La meditación es un ejercicio que uno puede practicar en el ómnibus o caminando por 18 de Julio en una manifestación rodeado de muchas personas. Vos sí que te metés en ti mismo pero seguro que somos seres sociables, por más huraños que pretendamos ser. Todo el entorno nos contamina para bien o para mal. Entonces el estado en el que esté la gente que esté escuchando influye.

La faceta jazzera promueve la invitación a ir a tocar en lugares donde la gente está comiendo, por ejemplo. Toco muy poco en lo que puede ser restaurantes. No es que lo haya dejado del todo pero lo hago menos. Porque se producen dos situaciones. Una es el hecho de que yo esté mostrando mi trabajo y lo que implica si recibo el silencio de quien está en ese lugar, comiendo con unos amigos. Eso potencia mi concentración. De la misma forma que si alguien está hablando potencia otra cosa. No la incomodidad de que esa persona esté hablando sino que yo me siento incómodo de que estoy molestando a alguien que está en otro viaje distinto al mío. Eso me afecta también. Intento hacer este ejercicio de meditar en el ómnibus, meterme en mí y no hacer mucho caso de lo que sucede afuera porque eso me contamina emocionalmente para abajo.

Toqué la semana pasada en un lugar así y dentro de lo que es el jazz hubo mucha atención. La gente aplaudía los solos, los temas. Pero había un sector mínimo donde la gente obviamente estaba en otra. Y sí, con el tiempo adquirís herramientas de seducción para conquistar. Y se produce pero no deja de ser una distracción de lo que sería tu propio viaje si no tuvieras que focalizarte en intentar conquistar a esas personas con tu trabajo. ¿Sabés lo que hago? Toco bien bajito. En lugar de subir el volumen, empiezo a bajar, a meterme más en mí. Y produce un efecto interesante. Porque se escuchan mucho hablando y hacen que presten atención a lo que está sucediendo. Pero me gusta mucho más tocar en salas donde el público va expresamente a escuchar esa propuesta.

Tengo una anécdota divertida. Fuimos a tocar jazz a un evento. Que el jazz se presta más para que la gente esté comiendo, charlando. Que la música sea el recibimiento de una fiesta. Esa música, el jazz, tiene esa característica, que funciona como música de película. La película está y los tipos están tocando. Nos contrataron para un evento muy importante en Las Cumbres, el hotel en la sierra. Y estaba de invitado Danilo Astori, un individuo melómano. Yo lo conozco a Danilo desde cuando tocaba con Jaime de ir él a saludar a los músicos al camerino, con una cultura musical y general muy grande. No me acuerdo si en ese entonces era ministro. Y ¿qué pasó? Era una cena. No era un concierto. Cuando él ve que estoy yendo yo al escenario, se para, me saluda y en vez de sentarse en su mesa se puso de espalda a la mesa y de frente al escenario. La nuestra era una música funcional, no era un concierto. Entonces los mozos quedaron desconcertados. Mientras yo tocaba y veía a Danilo escuchándonos con toda atención, había un alboroto con los mozos, porque no sabían si servir o no [risas]. Tocamos 30 o 40 minutos, Danilo aplaudía todos los temas y eso contagió a los demás. Estuvo divino. Cuando terminamos de tocar, él se puso en su lugar, y ahí los mozos corrieron para servir la cena. En el segundo set ya sabían, entonces vinieron a decirme: “Popo, esperá, todavía no empieces que todavía están comiendo”. Eso habla de lo que significa la música, a nivel general, según el lugar donde lo estés haciendo.

Por mi actividad me encuentro con gente que me dice que grabó un disco y me lo da para que lo escuche. Les aclaro “mirá que no soy crítico de música”. Y me dicen “Bueno, pero me gustaría tener tu opinión”. Y entonces les aviso: “Bueno, tené paciencia porque yo lo voy a escuchar el día y en el momento en que tenga tiempo para dedicarle atención a lo que vos me estás dando. Entonces cuando escucho música, yo escucho música. No hago otra cosa. Y tiene que ver con el estado mío aquel, al que vos hacías referencia. Silencio, música, y me voy del planeta. Y así escucho también las cosas que me traen. Pero tienen que esperar.

¿Cuántos años de carrera musical estás celebrando?

Cuarenta y cinco.

En esta etapa, luego de tantos años, ¿hay más búsqueda o más hallazgo?

Yo no busco nada con la música. Sí he encontrado. Al día de hoy creo que la sensación que tengo es la misma que cuando tenía 10 años. Lo que me producía, esa energía que se mueve por el aire, que son los sonidos. Sinceramente no busco nada. Estoy bien, quizás por ahí va la búsqueda.  Yo me sigo poniendo nervioso antes de un concierto. Un nervio lindo, ¿no? De alerta, de atención. Que además me gusta que suceda, porque me confirma que todavía tengo ganas, que todavía está en mí una cuota de preocupación de querer tener una buena performance. El día que yo no sienta ese nervio me cuestionaré si estoy para subir a un escenario. De la misma forma que tengo la manía de grabar el concierto entero con cámara fija, y luego de que se termina, me siento a verlo. Es la evaluación única que hago del concierto desde la perspectiva afuera de mí. Viste que nosotros podemos ejercitar eso, tener la fantasía o la capacidad de salir de uno y mirarte de afuera. Y ahí vos analizás las cosas de otra perspectiva, en todo sentido en la vida. Es bastante más sencillo darle un consejo a un amigo o a un alumno que a vos mismo. Cuando salís, ahí sí, ya es otro ese y podés decirte cosas a vos mismo. Miro el concierto, todavía tengo la adrenalina de haberme bajado del escenario y entonces me doy cuenta: “pah, esto sí y esto no”. Y punto. Después no lo veo más; no lo escucho más. Pero espero no sentirme cómodo ni seguro.

A mí me encanta encontrarme defectos y considero que está bueno porque me muestra que todavía tengo mucho más para seguir creciendo. No sé si crecí mucho o poco, pero espero nunca escuchar algo tocado por mí y pensar: “fa, qué bueno que está esto; me toqué todo”. Hay como dos tipos ahí. Yo estoy buscando si algo me emociona y si puedo llegar al estado ese y está el otro, el analítico en mí que dice por qué me metí por este lado si podía haber ido por el otro. O, por ejemplo, si estoy pisando muy fuerte.

La dulzura con la que vos tocás las cuerdas del bajo ¿es una decisión consciente o sucede porque las amás? Porque las cuerdas del bajo precisan de cierta presión para sonar pero uno te ve y siente que es todo muy suave y con dulzura.

Hay una cosa física que te la da las horas de estudio y el entrenamiento. Eso te hace mucho más amigo del instrumento en lo que tiene que ver con lo concreto, la fuerza que implica apretar esas cuerdas y que suenen. Sin duda que los años y el tiempo que vos estás con el instrumento en la mano ayudan. Cuando yo era niño mi padre trabajaba en televisión y entonces en casa había aparatos, por ejemplo grabadores a cinta, a cassette (¡mirá lo que te estoy diciendo!), muy vanguardistas. Y yo grababa los ensayos cuando tocaba con la banda. Una de las primeras cosas que yo recuerdo de niño es haber grabado algo que estábamos zapando y haberme quedado colgado con una frase de bajo que había tocado yo y repetirla muchas veces preguntándome qué pasaba ahí, por qué esa frase de bajo a mí me producía ese efecto. Y trataba de copiarlo tocando lo que había hecho antes y no podía conseguirlo. Tu pregunta iba por…

Uno te ve tocando muy dulce un instrumento que es un poco percutivo también pero que vos tocás con gran suavidad.

Pero mirá que también piso fuerte a veces. No sé… es muy difícil hablar de uno mismo. Lo agradezco porque lo siento como un elogio. Pero bueno, si bien yo estoy con un bajo en la mano, yo no toco la función clásica de un bajista. Por eso es que en las bandas hay otro bajo que cumple esa función. Y el bajo, sobre todo el de seis cuerdas, se mueve en un registro muy similar al de la voz humana y yo me muevo en una parte melódica en la que el instrumento o yo estaría cantando. Yo creo que lo que vos visualizás es una vida con ese instrumento.  Es una parte de mi cuerpo.

Si un extranjero te preguntara cómo es la música uruguaya, ¿qué le dirías?

La música uruguaya implica un espectro amplísimo, pero lo que está al día de hoy más reconocido, que es el candombe, la murga y el tango, nos identifica. Eso es lo que le impresiona a la gente que viene de afuera. Todavía nos falta muchísimo más reconocer las cualidades y hermosura de lo que aquí se hace. Porque es una característica del uruguayo decir “No, qué va a tocar si se toma el ómnibus en la esquina de casa”. ¿Y el candombe? “No, pero si se tocan los tambores ahí en el Barrio Sur”. Hasta que de afuera se ganan premios, o Jorge se gana un Oscar, o los NTVG y El Cuarteto de Nos reciben ese reconocimiento en el exterior.  Tocar bien cualquier instrumento requiere de mucho esfuerzo. Por más que ves tocar a Hugo y parece que no les da ningún trabajo hacerlo, pero hay una vida con ese instrumento. No hay una conciencia muy grande del esfuerzo que eso implica. Y sí, tocar bien jazz, Debussy, Mozart, Bach, una plena, una vidalita, una milonga implica un esfuerzo.  Pero frente a eso, ¿dónde nos destacamos nosotros? En la originalidad de esa combinación de sonidos, en la particularidad que tiene frente a otras propuestas. A mí me ha pasado de salir de gira con Rada o con Jaime, o de ir a Europa y tocar algo que aquí tocamos todos los días y gente, público o músicos muy salados para mí, quedar maravillados. ¿Por qué? Porque acá se toca de una forma que no se toca en otros lados. Te dije que eso ha cambiado pero si pudiéramos potenciar todavía más esa cualidad que tenemos… Porque el planeta es enorme y está lleno de músicas. Por eso es una bendición que en este país tan chiquito donde nosotros vivimos además haya estilos que nos identifican perfecto. Por más que después tengamos que estar compartiendo cosas porque tenemos hermanos grandes, poderosos, que se mimetizan de las cosas buenas, afortunadamente, y muchas veces se adueñan. Pero eso es de aquí. Es divino. Entonces a cualquier extranjero le puedo decir que vaya a Las Llamadas, o si es verano, al Teatro de Verano, o a una Milonga.

Cuando alguien desconocido viene y te dice que le gusta tu música, ¿para vos es menos desconocido o no?

Sin duda que sí. A través de los sonidos yo estoy hablando con el corazón, expresando cosas que siento muy profundo. Claro, vos me hacés esta pregunta y yo digo “claro, si hay un individuo que escuchando eso se identifica o gusta de eso que está pasando, está gustando de algo que sale muy de adentro mío, ¿no?” Yo tendría que hacer como una regresión muy grande en toda mi vida y tratar de buscar algún hecho en el que me haya encontrado con alguien que se haya aproximado a mí por la música y que yo no haya tenido feeling… por la contraria, ¿no?

¿A vos te pasa que escuchando la música hecha por alguien te parece que un poco lo conocés a ese músico?

Mirá, lo primero que se me viene a la mente es la música de Jaco Pastorius. Cuando se murió yo estaba muy enojado con él. Porque lo matan muy joven y yo decía: “¿Cómo puede ser? Un individuo que toca así, con ese talento, con ese don, que haya desperdiciado su futuro, su vida, todo lo que nos podría haber dado si no hubiese pasado eso”. Y en mí, algo muy personal, lo perdoné cuando me enteré que tenía una patología. Ahí sentí que yo había sido muy injusto. Y me pregunto, ¿yo habría sido amigo de Jaco? Sé que conocí al hijo y que en un disco sacado por Neil Weiss hay un tema en el que toco yo y en otro toca el hijo de Jaco. Y el gurí es divino… No sé, a mí me gusta Miles Davis y he leído cosas de él que no me copan mucho. Es reflexiva la pregunta. No sé si todos. Al menos en ese tipo de lenguaje sí hay afinidad.

Cuando tocás con Miguel, ¿qué sentís que aporta a tu música?

Nos peleamos pila.

Sé que se pelean pila [Risas]. Pero imagino que por algo le decís que toque contigo.

Hay una sincronía con Miguel única. Nos sabemos todo los dos. Miguel es un año y medio menor que yo. Entonces, obviamente, nos criamos juntos. Ahora últimamente ya no nos estamos peleando [más risas]. En el escenario, en lo que tiene que ver con la música, él es el batero. Y es al tipo al que convoco primero. Si en la banda no está Miguel es porque Miguel no puede, no porque yo no lo haya llamado.

Creo recordar una Zitarrosa en la que Miguel metió palo a lo loco y vos ponías cara de que se le había ido la mano.

Dentro de lo que tiene que ver con esto que hablamos de las peleas, tenemos peleas como cualquier hermano, pero en lo musical tuve mucho debate con Miguel en lo que era la dinámica y el volumen. Aquel atorrante se pone algodones en los oídos desde hace pila, cuidándose los oídos, y después pide monitoreo fuertísimo y nos mata a palos. Entonces yo le decía: “Vo, ¡sacate los algodones de los oídos; nos estás matando a palos!”. Con todo el amor, ¿viste? Así. Pero en la última Zitarrosa, del año pasado, yo le pedí lo contrario: “Vo, loco, quiero que repartas, que toques fuerte. Y cuando hicimos la prueba de sonido le decía: “No, Miguel. Más fuerte, repartí, repartí”.  Pero bueno, en mi trabajo manejo mucho las dinámicas. La batería es un instrumento con un volumen natural fuerte. Hay individuos que tienen muchas cualidades rítmicas y todo pero de repente tocan a un volumen muy parejo y yo necesito dinámicas.

Miguel suele tener que leer mucho con los demás músicos que toca. Me imagino que cuando toca contigo debe de disfrutar no tener que leer.

Tocamos juntos la semana pasada y pasamos fantástico, divino. Y él me conoce. Conoce todo mi repertorio pero me conoce a mí. Puedo estar tocando algo nuevo que él ve mi cara, mi postura o mi gesto y ya sabe, telepáticamente.

¿Y Julieta qué le aporta a tu música?

¿Tenés tiempo? [Risas]. Yo empiezo a hablar de Juli y… cuando veo que la gente ya empezó a mirar para otro lado o a bostezar tengo que parar. Mirá, Juli hoy está tocando mucho guitarra. Empezó tocando percusión; sigue siendo bajista. Y ahora arrancó a aprenderse mis temas, pero no para ser parte del concierto, que ha sido ya, como bajista, sino que me pide las cosas como las toco yo. Cuando hablábamos de identidad y hablábamos de búsqueda, de repente es eso lo que me seduce. No cuando veo un bajista que puedo calificarlo como impresionante porque tira fuegos artificiales. Lo que más me seduce es cuando veo a alguien que toca algo que no lo vi en otro lado. Creo que de la forma que yo compongo con el bajo tiene una particularidad, al punto que uno de los mejores elogios que puedo recibir es que alguien me diga: “Escuché el disco de fulano, ¿vos sos el que tocás el bajo?”, sin haber leído la ficha técnica. Y puede sonar un poco pillado pero con objetividad te digo que sé que la manera en que yo hago las inversiones, cuando no estoy como bajista, cuando estoy haciendo acordes, la manera que tengo de invertir y de mover mis dedos, tanto la mano izquierda como la derecha, tiene esa cuota de originalidad. Y cuando toca Juli toca igual que yo. Y no hay un esfuerzo de mi lado. Yo jamás le pasé nada. Es ella que me pregunta y yo veo su atención y su aspiradora prendida. Después ella se va y labura sola, y me manda las filmaciones de lo que está haciendo.

Hace bien poquito tocamos en la Plaza de los Olímpicos, en Malvín. Reflotamos ese dúo Juli y Popo. Y tocamos muchos temas a dúo pero donde no era la función que yo hago habitualmente cuando toco con el grupo y Juli haciendo lo que ella hace cuando toca como bajista. No, era Juli haciendo lo que yo hacía. Es más, ella me sacó mi bajo de seis cuerdas y yo me llevé uno de cinco cuerdas con la misma afinación. Y me impresiona eso… Hay una emoción que tiene que ver con la inmortalidad. Somos finitos. Nuestros trabajos pueden perdurar un mes, dos meses, o nada. Con Juli tenemos, sin dudas, un amor incondicional gigantesco el uno del otro pero me emociona que ella está tocando esas cosas que no sé si alguien más se va a tomar el trabajo de estudiarlas y analizarlas e interpretarlas así. Ahora está pasando esto. Cumplí 60 años y me aporta ver reflejado en un ser que adoro esa cosa de “bueno, al menos cuando yo palme, va a haber alguien que va a seguir tocando esas cosas de la misma forma que yo”. La emoción que me produce es muy grande.

***

Como decía al comienzo de esta nota, Popo Romano se presentará el 21 de octubre a las 21 horas en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre. El espectáculo se llama “En Esencia”. Las entradas se venden en Tickantel y atentos que hay descuentos para anticipadas y otros beneficios.

Foto de portada: cortesía de la producción.

Pedro Aznar: Resonancia

Pedro-Aznar-Teatro-Opera-foto-Alexandra-Monges.jpg

Foto: Alexandra Monges

 

He tenido la fortuna de haber cruzado el charco y que mi cruce coincidiera con el show “Resonancia – 35 años” de Pedro Aznar, en el Teatro Ópera de Buenos Aires. La invitación ahora es a detenernos un momento en aquello particular que tuvo el show del sábado 30 de septiembre. Esa “p” va en honor a Aznar; los uruguayos solemos ahorrárnosla.

Fue un show doblemente especial. En primer lugar, porque fue mi primera experiencia de poder verlo en vivo con banda. En Montevideo siempre lo he visto solo, a excepción del año 1989, cuando vino a Laskina con Suna Rocha y Julio Gordillo, pero evidentemente me faltaba experimentar el formato quinteto. La expectativa de ver a la banda me generaba una insistente ebullición adrenalínica que al fin ha sido saciada. Por otra parte, si llegase a ser mi única oportunidad, es posible que haya sido el show más disfrutable de todos en este formato, pues el repertorio incluyó un repaso por absolutamente toda su carrera musical, desde el año 1982 hasta el presente, en orden cronológico.

Si bien yo sabía que repasaría su carrera, a mis células las alteró completamente el comienzo del show. “Conduciendo una locomotora” y “Septiembre” fueron dos temas que gasté en el año 1988, cuando tuve mi primer contacto con el disco Pedro Aznar, editado en 1982. Fue con ellos que comenzó la noche. ¡Qué impacto! Y qué maravilla poder sentir la interpretación con esos años de diferencia. Quien los ejecuta no es el mismo y yo tampoco, evidentemente. “Conduciendo una locomotora” trajo el mismo arrojo y vitalidad de la juventud pero la interpretación derrochó una cuota extra de solidez musical y emocional que me puso la piel de gallina. Qué maravilla poder vivir esa presencia y firmeza de cada nota. “Septiembre”, por su lado, quizás me llegó con un poquito menos de la enorme dulzura del disco pero, también, impactó desde otro lugar, quizás más real o, mejor dicho, más cercano a mi presente.

No reseñaré tema por tema, como he hecho en otras oportunidades, porque esta vez tengo ganas de transmitir desde otro lente. Es posible que el haber estado sentada bastante arriba y lejos me haya dado esta perspectiva algo diferente.

La banda de Pedro de esta gira está formada por:

Coqui Rodríguez (guitarra)

Federico Arreseygor (teclado y voz)

Alejandro Oliva (percusión) [¡Un genio!]

Julián Semprini (batería) [¡Solo Dios sabe cuánto yo quería tener la oportunidad de verlo en vivo!]

De la banda como un todo hay que decir que es como una máquina suiza. Si se miran, es más para gozarse juntos que por necesidad de coordinación; da la impresión de que los músicos hubieran tocado estos mismos temas durante milenios. Suenan como si fueran diez y no cinco. A su vez, cada uno por su lado es perfecto. Cada nota tiene la intención y el matiz exactos. No sobra ni falta nada de nada.

Disfruté muy especialmente de la dupla Oliva-Semprini. De Semprini me admiró la efectividad para generar todo lo imaginable y en particular la versatilidad de actitud e intención al pasar de un tema a otro, sosteniéndolos a rajatabla por la duración del tema. De Oliva, la enorme atención y cuidado al detalle, y el buen gusto en cada instante. Creo que de la interacción de ambos emergía una cuota enorme de la eficacia, emocionalidad y contundencia del show. Del teclado y la guitarra se sostuvieron buena parte de los climas de la noche.

A Pedro Aznar lo noté especialmente cómodo y pareció disfrutar mucho de sus temas. Quizás fuera mi perspectiva distante, pero me llamó la atención cuánto acompañó con su cuerpo y, en particular, cómo su movimiento corporal era fluido. De alguna manera me resultó contradictorio –nada incómodo; solo interesante– su movimiento con respecto a las notas del bajo, como si su cuerpo generara una onda más expandida sobre la cual el bajo cumplía su rol, obligatoriamente algo más rígido.

No quiero contar mucho del show para no arruinarle la sorpresa a quien todavía no lo haya visto. Apenas quiero mencionar que su trabajo para películas estuvo presente y me resultó un elemento emotivo muy importante.

Durante todo el toque se proyectaron imágenes encima del escenario. Por momentos las sentí excesivas y en ocasiones me descubrí ante la disyuntiva de prestarle atención a la música o a las imágenes. A pesar de este sentir algo tirante, el complemento visual resultó muy efectivo para acompasar los mensajes de ciertas canciones. Es muy difícil que puedas escuchar la canción “La Trampa” y que no te sacuda pero si a la música y letra le sumás la imagen que se mostró mientras la tocaban, la movilización es aún mayor.

Admiré el trabajo de iluminación de todo el show y cuatro días después me sigo sacando el sombrero con el efecto logrado al final de cada una de las canciones con cada postura física de Pedro y su correspondiente juego de luces. Si bien ya no necesito más confirmaciones de que es excepcional, me sigue sorprendiendo que pueda estar en ese tipo de detalles con esa exactitud al mismo tiempo que disfruta su fiesta musical e interpreta cada tema con el corazón en la mano.

Pedro-Aznar-Teatro-Opera-foto-Alexandra-Monges.jpg

Foto: Alexandra Monges

Fotos: Alexandra Monges Fotografía.

 

Joni Mitchell

Joni-Mitchell-photo-by-Dan-Beach

Foto: Dan Beach.

 

A través de vericuetos asociativos, hoy volví a escuchar a Joni Mitchell y me está resultando tan pero tan adictiva que intentaré la estrategia de escribir una entrada, a ver si logro soltarla.

Este es el tema que suena por aquí ahora:

 

¡Qué mujer tan especial, por favor! Su música me viene acompañando desde ¡hace 29 años! Y en todo ese tiempo, siempre me ha pasado lo mismo: si hago sonar alguna de sus canciones, luego no puedo parar de escucharla.

Siempre se dice de ella que fue revolucionaria en usar la voz como si fuera un instrumento más. Es cierto, pero asombra con la maestría que lo usa.

 

 

Me quedo pensando que las dificultades que enfrentó en su vida personal solo pueden haber contribuido con toda esa carga emocional que nos llega al escucharla. [Si aún no lo hiciste, te recomiendo ver la documental “Woman of Heart and Mind”.] Aunque no entendiéramos una palabra de sus letras, la emoción que se recibe es gigante, en cada nota que sale de su garganta y en cada nota tocada por ella en la guitarra o en el piano. En una misma canción me llega tristeza, ilusión, esperanza, enojo. Me llega su inocencia y su madurez, su fuerza y su fragilidad, su disposición a los otros y su encierro en sí misma.

¿Cómo será que las notas pueden llevar toda esa información? ¿Será que viene con la vibración del sonido o será que recibimos, de algún modo misterioso, la propia emoción del cantante, atravesando espacio y tiempo?

Pasé recién por Wikipedia a ver su discografía. Su producción es algo bestial. Copio y pego:

Álbumes

Singles

(Wikipedia)

Y fue también ahí que me enteré que la insólita variedad de sonidos está dada por la afinación abierta de la guitarra y no tanto por la complejidad de lo que tocaba. Eso para mí es una sorpresa. Siempre me imaginé que ella generaba acordes y melodías con una libertad bestial. De todos modos sí que lo logró, pero con otro sistema, con afinar la guitarra de maneras diferentes.

En fin… faltaba Joni en este rinconcito atresillado.

 

Carmen Pi y Tato Bolognini: alquimistas musicales

Carmen-Pi-Tato-Bolognini
Carmen Pi y Tato Bolognini en la Sala Podestá, anoche, 20 de setiembre de 2017, fue una experiencia tan emocionante que si bien no estaba en los planes contarles nada, aquí estoy escribiendo, especialmente para yo misma poder volver a pasarlo por el corazón en el futuro.

Admito que dudé si ir otra vez más a ver a Carmen. Luego de anoche, no vuelvo a dudarlo. Siempre hay que ir, porque, aunque parezca tan difícil, cada vez se revelan nuevas capas de genialidad.

A la derecha del escenario nos esperaba un despliegue llamativo de instrumentos de percusión, batería incluida.  En el centro, un par de guitarras y a la derecha el piano de Carmen.

Para poder ponerse en mi piel tienen que saber que a los dos CDs de Carmen los tengo gastados. Amo todas sus canciones y la amo a ella también, pues es un ser querible de acá a Saturno. Y, para mejor, estaría acompañada por Tato, ese gran músico, con un gusto y una energía excepcionales. Así que iba a ver a estos dos monstruos pero con una expectativa muy medida, debido a la cantidad de veces que los he escuchado e, ilusa yo, pues pensaba que no podrían sorprenderme demasiado.

El show comenzó poniéndonos a todos a escuchar con todos nuestros sentidos y toda la atención: dúo de flauta y voz, entretejiendo con todo cuidado sonidos atrapantes con resonancias árabes. Que una cantante pueda comenzar así una noche musical no es nada común. Se puede esperar ese despliegue vocal quizás sobre la mitad del toque, pero ¿al comienzo? Solo Carmen puede hacer algo así. Bueno, Carmen y Tato, que no hace nada tocaba sus primeras notas en la flauta y ahora está tocando ese instrumento melódico con toda la musicalidad del mundo, con mucha dulzura y, claro, esa alegría que es su marca registrada. Ese primer minuto y medio o dos hubiese sido razón suficiente para ir. Pero obviamente era apenas el aperitivo.

Lo de anoche fue una muestra de alquimia musical. Como jugando, con mucha simpatía, y a la vez cuidando cada detalle, transmutando el silencio en mil y un sonidos bellos que, elegidos a conciencia por parte de los dos, crearon una textura mágica, con hilos multicolores de sinergia sin fin.

En este toque descubrí que si por momentos cerraba los ojos, encontraba una frescura y una vitalidad muy amplificada en relación a las grabaciones. Sí, dicho es obvio. Claro que un toque en vivo es más fresco y más vital que una grabación. Bueno, pero una cosa es la obviedad teórica y otra cosa es vivirlo. Aquí yo percibí en todas mis células cómo mi amado “Puntos Cardinales” me generaba, asombrosamente, emociones nuevas.

Tato siempre se pasa, digamos la verdad. No ha de haber un solo toque suyo en el que alguien pueda haber dicho que no fue musical. Lo que asombra, de todas formas, es cómo se supera a sí mismo. Viene a ser un Chomsky de la batería, digamos. Cada año es un músico más completo, más enorme. Es un enorme deleite escucharlo.

En esta noche tocó la flauta a la vez que tocaba el bombo y el HH y una máquina de efectos. Cantó mientras tocaba en la batería asuntos que estaban muy lejos de ser patrones automatizables. No se puede decir que acompañó, pues fue tanto lo que embelleció cada canción que por esta noche, para mí, él fue coautor de los temas de Carmen.

El tema “Buen día”, esa maravilla de canción que Carmen compuso para su hijita Nina, tiene una particularidad: alterna momentos de enorme dulzura con momentos un poco más enérgicos. La diferencia de intención, volumen y sensibilidad del toque de Tato, siempre con las escobillas, en una y otra parte de la canción fue algo impresionante. Y así, millones de magias, que obviamente no se han hecho para narrar sino para vivir, para escuchar.

Carmen desborda calidez hacia el público. Y su buena química con Tato es evidente. Otra cosa que siempre me llama mucho la atención es lo bien que se acompaña con la guitarra y con el piano mientras con la voz genera tanto, tanto amor.

Anoche, por fin, me fui a verla sin maquillaje. A Don Prudencio Navarro sigue haciéndome lagrimear. Igual voy mejor… ayer no lloré durante horas sino apenas se cayeron un par de lagrimitas.

En lo personal tuve un regalo extra. Carmen cantó dos temas que son composiciones hermosas de Dany López: Baguala de la Piedra y Completely Wasted. Ambos son muy introspectivos; te sensibilizan aunque estés hecho de hielo. El presente especial que me tenía preparado la vida fue tener a Dany López sentado al lado mío y oír su canto en algunos momentos de sus propios temas, muy bajito pero audible para mí que estaba tan cerca. La emoción venía de todas las direcciones, me atravesaba sin piedad, y luego de dar vueltas por todos lados, se reacomodaba en mi alma… donde pienso conservarla por todo el tiempo que mi memoria celular me lo permita. La emoción de Carmen cantando el tema de Dany, que estaba presente; la emoción de Dany escuchando esas versiones maravillosas de sus propios temas; y yo ahí pudiendo vivirlo todo. La verdad que si la vida me amara más, me destrozaría en mil pedazos con su abrazo.

Cada uno de mis aplausos fueron la mano derecha para Carmen y la mano izquierda para Tato.

Que se repita esta maravilla mil y una veces. Yo me prometo que seguiré yendo.

Xa compartir belleza: Galemire

Tierra llamando a Atresillados… ¿queda alguno por ahí? Me sospecho que no, pero igual hago el intento. Como decía Wayne Dyer: “Nunca nos arrepentimos de lo que hacemos. A menudo nos arrepentimos de lo que no hicimos”.

Hoy ando arrepentida de no haber ido a ver más seguido a Galemire. De hecho lo fui a ver cuando todavía no podía valorarlo en su justa medida… allá por los años 88 – 89 – 90, algo así. Con 18 ó 20 años todavía me faltaba vivir alguna cosita para que resonara en mí su belleza.

Ir a verlo en vivo ya no me es posible, porque tuvo la mala idea de cambiar de plano muy temprano. A pesar de todo, por fortuna, Youtube me permite deleitarme con esta belleza y sentí ganas de compartirla por acá.

 

Un abrazo en forma de

tresillo

Espero que anden muy bien,

Patricia

 

Chapital Grooving the Blues: ¡Gozado!

Abajo les cuento algo de una propuesta musical que les recomiendo de corazón.

Chapital Grooving the Blues está formado por:

Juan Pablo Chapital (guitarra eléctrica y coros)

Camila Ferrari (voz)

Sebastián Zinola (teclado)

Valentín Cabrera (bajo eléctrico)

Gerónimo de León (batería)

 

 

Subasta imperdible para músicos y melómanos a beneficio de Fede Righi

 

Estén muy atentos pues se viene una subasta de:

un bajo Yamaha autografiado por Billy Sheehan

y

una guitarra Ovation autografiada por Eduardo Larbanois, Mario Carrero y Pepe Guerra,

a beneficio de Federico Righi.

Del 28 de agosto al 03 de setiembre (7 días) se estarán subastando dos instrumentos autografiados para colaborar, con todo lo recaudado, con la operación de columna que Federico Righi se realizará próximamente en Alemania.  La subasta será por Mercado Libre y agregaremos a esta nota el link en cuanto esté disponible. Pero quisimos adelantarnos para que vayan sabiendo que esto estará sucediendo y que pueden y deben ser parte.

Por un lado, se trata de una gran oportunidad de obtener estos instrumentos autografiados por enormes referentes musicales y por otro lado, y tan o más importante, es una oportunidad para ayudar a alguien que además de ser un excelente músico es una persona verdaderamente querida por sus cualidades humanas y está necesitando de la ayuda de todos nosotros.

El bajo estará autografiado nada más ni nada menos que por Billy Sheehan. Billy Sheehan es un bajista legendario que ha tocado con el trío Talas (años 70), David Lee Roth (ex Van Halen), Steve Vai y Gregg Bissonette. En 1987 fundó Mr. Big con Eric Martin, Paul Gilbert y Pat Torpey y tocaron juntos hasta 2002. También tocó con Dennis Chambers en el trío de fusión/blues “Niacin”. En 2009 Mr. Big vuelve a unirse, con gran éxito en las tours y en la venta de discos. En 2013 funda “The Winery Dogs” junto a Mike Portnoy y Richie Kotzen. Hoy, 24 de agosto de 2017, Billy Sheehan se presenta con su banda Mr. Big, en Montevideo Music Box, y ha aceptado contribuir con su autógrafo para que esta subasta sea aún más interesante y se pueda reunir una suma de dinero que pueda ser significativa.

El ganador de la guitarra estará llevándose consigo una pieza que cualquier músico o amante de la música popular desearía tener en su casa, pero también cualquier museo de la música popular uruguaya.

Larbanois & Carrero casi que no precisan presentación en nuestro país pero haciendo un gran resumen, podemos decir que desde fines del año 1977 son parte esencial de la música popular uruguaya, tocando permanentemente en festivales nacionales y representándonos de la mejor manera fuera del país. Han llevado su música a un gran número de países extranjeros (por ej. Australia,  Argentina, Brasil, Canadá, Cuba, España, Estados Unidos, Rusia, etc.). Hasta el momento han editado más de 20 discos.

José Luis Guerra, conocido como Pepe Guerra, tampoco precisa presentación para los uruguayos. Canta desde sus 13 años y es uno de los más reconocidos compositores, cantantes y guitarristas de la música popular uruguaya, habiendo formado Los Olimareños, con Braulio López. A partir de 1990 hizo su carrera solista. La discografía con Los Olimareños supera los cuarenta títulos y en solitario ha sido también muy abundante. Sin lugar a duda un referente importantísimo de nuestro canto popular.

Estos músicos de tamaña magnitud han ofrecido sus autógrafos para coronar los instrumentos a subastarse la próxima semana, en apoyo a Federico Righi.

Federico Righi es uno de esos bajistas que emociona muchísimo escuchar. Tiene un sonido muy, muy especial, y una entrega total a la hora de hacer música, que hace que escucharlo sea una de esas experiencias mágicas de la noche montevideana. Junto a los hermanos Ibarburu y Gustavo Montemurro fue parte de una banda que es admirada por los músicos y melómanos: Pepe González. Tocó durante mucho tiempo con Rúben Rada, tocó y toca con Fernando Cabrera, acaba de grabar un disco con Sara Sabah en Israel, y es parte de una infinidad de proyectos que quienes andamos a la caza de deleitarnos los oídos, sabemos distinguir entre las muchas ofertas musicales. Hace muy poco nos dejó boquiabiertos a quienes nos acercamos a escucharlo tocar con Jorge Armani (argentino), Martín Ibarburu y Juan Pablo Chapital.

Como sabemos, los ingresos de los músicos uruguayos no cubren este tipo de necesidades y es por esa razón que hay una gran movida de parte de todos los que lo conocen para ayudarlo con el aspecto económico, que obviamente es apenas uno de los aspectos complejos de una operación de estas características.

Debemos agradecer esta propuesta y esta oportunidad de ayudar a La Zapada y Todo Música, y por supuesto a los músicos Billy Sheehan, Pepe Guerra, Eduardo Larbanois y Mario Carrero.

Nota adicional: Si querés ayudar a Fede Righi por otras vías, tenés otras posibilidades:

1) Este domingo 27 de agosto a las 20 horas en la Sala Zitarrosa, habrá un show llamado “Una mano para Fede”, donde se presentarán Larbanois Carrero, Fernando Cabrera, Nacho Mateu Quinteto y Daniel Magnone. Todo lo recaudado será a beneficio de Righi.

2) Depósito en BROU. Caja de ahorro en USD.

Sucursal: 191

Cuenta número: 0409633

A nombre de: Nicolás y/o Germán Parrillo

3) Colectivo en ABITAB: número 77873

 

La invitación es a hacer entre todos algo de lo que nos podamos sentir orgullosos como colectivo solidario.

Agustina Canavesi Cuarteto

 

 

Dando mis primeros pasos en el mundo del budismo, hoy fui a escuchar enseñanzas de un gran Instructor. Al salir de ahí, tenía más ánimo de volverme a mi casa a seguir elaborando todo lo recibido que de ir a escuchar música. Sin embargo hubo una fuerza que me empujó a ir a ver a Agustina Canavesi Cuarteto.

Esta formación con la que tocó hoy Agustina es muy reciente y yo iba con poca expectativa. Sin embargo, este toque me resultó un enorme y muy placentero disfrute.

Les conté de dónde venía porque quizás eso les dé una pauta de mi ánimo al llegar: la voluntad de ser amorosa y compasiva con todos los seres y con una actitud introspectiva importante. Pues, sucedió que la música del cuarteto me acompañó en mi estado anímico.

La música de Agus es súper delicada, muy sentida, hecha con muchísimo cariño. También es muy “craneada”. O sea, es evidente que cada nota fue elegida a conciencia a la hora de componer y de arreglar los temas.

Me impactó pero no me sorprendió la gran sensibilidad que Agus está teniendo y transmitiendo al tocar la guitarra. Me impactó porque la conozco hace tiempo y lo que ha mejorado como música es algo grandioso. Y no me sorprendió nada porque he sido testigo de sus búsquedas y trabajos internos a través de la meditación y técnicas varias y evidentemente todo su crecimiento interior se plasma en su creación musical de la mejor manera.

El sonido de Agustina, y también sus composiciones, transmite un montón de su personalidad y esencia. Sus notas hoy eran dulces, alegres, arriesgadas, valientes, cariñosas, pensativas y con chispazos de inocencia y de sex appeal. También poderosas.

Los músicos con los que está tocando son perfectos para su creación. Tanto de Damián Taveira (batería), como de Juan Correa (bajo) y Germán Carceles (flauta) me sorprendió especialmente la sensibilidad y la creatividad. Porque de alguna manera la música que escuché hoy fue “femenina”, dicho en el sentido de con mucha delicadeza y sensibilidad. Y los hombres se plegaron muy cómodamente a eso.

Damián tocó toda la noche con un gran cuidado y con mucha creatividad y diversión. No fue a los lugares esperables y manejó los volúmenes y las intensidades de la mejor manera para la creación que estaba teniendo lugar. Germán le puso a todo un toque de dulzura y sensibilidad impresionante. Y Juan Correa generó algo muy hermoso con su sonido limpio, claro, cómodo y muy alegre.

Por momentos daba miedo aplaudir porque sentía que se rompería la magia.

Hubo varias instancias en las que la música fue muy optimista, muy alegre, sin dejar de ser introspectiva. Como por ejemplo el tema precioso “Nostálgica montevideana”, de autoría de Agustina.

Por la mitad del toque Agustina invitó al escenario a Karen Martínez (clarinete) y ellas dos, solas, a guitarra y clarinete, tocaron “Candombe p’al Piti”, un tema que ya conocía y que me gusta un montón. Y un segundo tema, que tocaron con todos los músicos, que no conocía y que me pareció genial: “Felipe”.  En este tema por momentos parecía haber un tren, por otros olas de mar golpeándose contra el casco de un barco. Tuvo algo que me hizo pensar en música circense. Y aunque en sí no se parecía, también me hizo pensar en música country. Sin duda un tema muy original y muy fascinante, con mucho ritmo y con algo muy especial. Hay que escucharlo.

El contrabajo de Juan le da a toda la música mucha vida, mucha alegría. Era un placer ver la actitud suya y de Damián: la estaban pasando muy bien y eso llegaba hasta el público. En este tema me impactaron especialmenten las escobillas en el tambor. ¡Precioso sonido logró Damián! Y otra cosa que me encantó de este tema fue escuchar (y ver) a Karen y Germán tocando juntos. Busqué cómo describirlo y solo me surge la palabra “amor”. Ya verán ustedes si me comprenden a lo que me refiero.

Luego invitó a Gabriela Cohen (voz), quien cantó “I Fall in Love Too Easily”, de Chet Baker. ¡Muy buena su participación! Fue el toque que se necesitaba para que la noche fuera perfecta. Me encantó la actitud de Gabriela, que combinaba perfecto con el resto de la banda y con el espíritu general, de humildad frente a la música y de deseo de co-construir magia. Su voz tierna, sensible, delicada, tranquila combinó perfecto con el ánimo general.

Y finalmente anunciaron el último tema: “Summertime”. Yo pensé que la elección era rara. Me imaginé que me iba a tirar un poco para abajo pero me equivoqué de acá a Saturno. La versión que hicieron de Summertime fue muy genial. Tanto que fui a preguntarle después al baterista qué ritmo era y me dijo que era el ritmo tradicional de New Orleans. La verdad que justamente me sorprendió como un “Summertime negro”, muy, muy cool, muy, muy groovy. Gabriela Cohen en Summertime hizo mucha magia.

Ante la insistencia del público, tocaron un bis: “Blues for Alice” (el standard de Charlie Parker). En este tema en particular me pareció escuchar, escondido entre las cuerdas de Agustina, a Django Reinhardt.

Van desde acá mis muchas felicitaciones a Agustina por su evolución musical y a toda la banda porque hicieron algo muy, muy hermoso. También les agradezco, pues lejos de sacarme de mi estado anímico tan agradable, lo profundizaron y lo condimentaron bellamente.

Nota: las fotos son de Gabriela Cohen y yo. Hicimos lo que pudimos con humildes celulares. Más fotos en el álbum: https://www.facebook.com/luna.llena.568294/media_set?set=a.701793803340055&type=3&pnref=story

« Older entries