NauMay: un disco colosal

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Hoy estoy admirada por la creatividad, los significados y las dimensiones que puede encerrar un objeto circular de 12 cms de diámetro y 3 mm de espesor. Cuando en el primer minuto del primer tema encontrás una realidad multidimensional que te atrapa, no queda otra chance que abandonar toda distracción y sumergirte a experimentar el embrujo hasta las últimas consecuencias. Te invito a acompañarme en la escucha de “NauMay”, de Juan Ibarra.

Juan es un excelente baterista. Quienes sentimos afinidad por el instrumento sabemos que un disco de baterista corre un riesgo claro: para empezar, que haya sonidos percutivos de más. Así que cuando le ponemos “play” por primera vez a un disco de batero, lo hacemos con ese temorcillo conocido. Lo genial sucede cuando el disco sí tiene una razón musical para existir y además es de un baterista. Esa para mí, y para varios seres que conozco, es la mejor combinación del mundo.

“NauMay” es un disco para escucharlo con dedicación, porque si se lo permites, te llevará por caminos emocionales múltiples y con varios niveles de profundidad.

Este viaje arranca con el tema “REM”. Es una aventura en sí misma observar las elecciones tomadas para el orden de los temas y que REM abra el disco es un indicador notable de qué tipo de experiencia te propone. Intentaré llevarte un poco por los caminos que yo anduve, a sabiendas de que solo podrás vivir algo parecido si lo haces sonar y resuelves escucharlo de verdad.

El primer contacto se establece a través de unos arpegios en el piano, a los que gradualmente se suman la batería y el saxo tenor. No sé qué te estarás imaginando, pero seguro que estás lejos de adivinar la magia de los primeros segundos. El sonido de estas primeras notas del piano te transmite una cierta inquietud, energía y decisión. Entra un plato expansivo que podría quizás invitarte a un ánimo exultado si no fuera porque enseguida ingresa el saxo, guiándote irremediablemente hacia un lugar íntimo y profundo. Entre los tres comienzan una danza cuidada pero vital, en la que Juan arpegia también y entra en el diálogo con las notas de sus toms, y se va generando un clima que contiene todas esos espacios: inquietud, curiosidad, vitalidad, intriga, profundidad y conversación. Entonces se van incorporando el contrabajo y la guitarra… y suenan los platos del hi-hat y es imposible no notar la belleza en ese sonido, al volumen perfecto. La aventura comienza, con sensibilidad y decisión. La técnica exquisita de Juan puesta al completo servicio de la música es algo que te impacta ya al primer minuto de disco, cuando apoya y estira unas frases de guitarra y saxo con unos “mini rulos” o rebotes en el redoblante. O sea, está claro que tiene en sus manos la posibilidad de extender tu éxtasis lo que a él se le antoje.

En este primer tema, a la altura de 1 minuto 20, comienza a darse algo que es bastante poco típico y me resultó atrapante: el bajo, el piano y los vientos pujan una base rítmica con insistencia y la batería es la que endulza y colorea, aportando capas y capas de significado con todo tipo de sutilezas musicales. Luego siguen una serie de solos, en los que se repite esta misma forma y cada vez con resultados emocionales diferentes: los instrumentos que no solean hacen una base muy rítmica y bastante enérgica y el solista si bien se destaca con soltura, siempre dialoga con creatividad con los demás instrumentos.

“REM” tiene un balance no tan común: por un lado, te coloca, ¡eureka!, en un lugar emocional de optimismo, por otro en un lugar intelectual nada frívolo, de interés y curiosidad. Su duración de 9 minutos no se sufre sino que se agradece.

Aunque cuesta soltar a “REM”, llega un momento en el que pasamos a “Angkor”. Este segundo tema empieza con una lógica muy similar: primero el piano, luego entra la batería… y una teme que la cosa se vuelva un poco aburrida. Sin embargo, a los 50 segundos sucede algo muy estimulante: una melodía muy llamativa, tocada por el saxo, que no cae en ningún lugar común, y que de base tiene una locura de batería, algo insólitamente mágico. Como una clase magistral de qué significa hacer música desde la bata. Y eso sigue sucediendo y multiplicándose durante el solo del saxo. Este solo es genial en todos los sentidos: un sonido espectacular, una intención llena de energía explosiva, pura certeza, que se siente fantástico. Y encima enmarcado de esa manera por la bata, el bajo, el piano… Es aquí que me detengo a observar la dupla bajo-batería. La comunicación entre ellos asombra, máxime a esa velocidad. “Qué demonios”, pienso, y justo cuando la emoción se sentía subir muchísimo, pasa un ángel y todo se detiene. Lo agradezco y pienso: “esta pausa fue un gesto muy amable, para poder saborear un poquito eso que acabo de escuchar”. Luego, tímidamente, se asoma la guitarra, muy dulce, muy cálida. Como si fuera un tren aumentando lentamente su velocidad, retoma un ritmo y un lugar vibratorio intenso, liderado por la guitarra y con toda una realidad mágica detrás, que va en aumento, incluyendo un saxo que dialoga con la guitarra y una batería, piano y bajo que entre sí generan un bosque encantado. Llega un solo de batería que combina a la perfección con el solo anterior de la guitarra: dulce, cálido y muy bello. Asombrada veo que dura 10 minutos y que no los noté. Sin duda eso quiere decir mucho.

La pista 3 se llama “Índigo”. La introducción se me hace un poco larga y con demasiadas notas pero luego entiendo que fue la mejor introducción para que yo disfrutara más de lo que sigue: un solo de contrabajo muy sentido, muy calmo, muy hermoso… que sin apremio te acaricia el corazón. Y termina el solo y vuelvo a escucharlo otra vez. Ahí noto el piano condimentando también con calma centrada y aportando unos agudos que hacen resaltar más los graves del bajo. Los platos de la batería aportan un brillo moderado sobre el final del solo. A lo que sigue lo asocio con la música de la película “Underground”, de Kusturica. No porque sea igual pero sí por el espíritu: una base muy ágil, con notas que evocan una alegría nada superficial, y una melodía que narra toda una historia de personajes y tiempos que se despliegan en mil capas. A ese momento eufórico sigue un solo de piano maduro, con el virtuosismo puesto al servicio del significado musical. Entonces el piano, desde su misión percutiva, hace una base enérgica y la batería vuela a gusto… y la oreja con ella. El tema termina calmo, amable, con una sencillez apacible.

La pista 4, que se llama “Océanos”, le aporta a lo que va del disco un matiz más introspectivo, con más espacios entre nota y nota. Me quedo pensando en el título del tema y siento que la composición es acerca de las profundidades de los océanos, donde llegan apenas unos pocos rayos de luz. Paradójicamente se me viene también la imagen de una chimenea encendida en una noche de invierno. Cada nota de este tema resuena con mi nostalgia y me envuelve de tal forma que en la primera escucha prefiero quedarme con la globalidad sonora, con la sensación de un abrazo envolvente.

Es al escucharlo por segunda vez que comienzo fascinándome con los matices de Juan con sus escobillas. El barrido es muy, muy dulce y los golpes son firmes y decididos. Esa capacidad para hacer convivir dos emociones diferentes y volcarlo a la música es, probablemente, uno de los generadores de las múltiples capas emocionales que se generan al escuchar NauMay. A la guitarra le agradezco con todo mi ser la elección de notas, pocas en cantidad y bellas en su cualidad, que luego empuja al saxo y al piano en la misma dirección. Me detengo en el contrabajo y me saco el sombrero de cómo Antonino Restuccia, con ese sonido tan fantástico, sostiene a lo largo de todo el disco esta máquina arrolladora. Con una sutileza que solo la música puede lograr, me encuentro en medio de un solo, impresionantemente hermoso, de Ignacio Labrada, con quien Juan Ibarra y la batería murmuran con delicadeza, apoyando y generando, otra vez, la multidimensionalidad. El sonido y las elecciones musicales de Juan en la batería son algo tan bello que por momentos dudo si resistiré una nota más. Hablo de esa fascinación extática que solo los grandes músicos logran en nosotros. Mencionar la hermosura de los platos en todo el disco, su sonido, cada colocación, cada aporte, es una obviedad que sería imperdonable no comentar.

“Pepper Blade” es la pista 5. Al empezar a escucharla me cae la ficha de que este es un disco con composiciones desafiantes: intimistas, elaboradas y maduras, con una paleta emocional maravillosa. Los temas no tienen nada de predecibles y a la vez da satisfacción ir acompañándolos. Los varios cambios de dirección, tanto en los temas como a lo largo del disco, tienen alguna cosa que no los hace violentos. Una va aquí y allá cómodamente, con alegría, algunos toques de intriga y pizcas de sorpresa. La conclusión a la que llego a esta altura del disco es que es una obra increíblemente elaborada, con un gusto musical majestuoso. Este disco no se merece quedar archivado en los cajones uruguayos, ¿eh? Porque si se queda acá, lo escuchamos ¿cuántos?… un puñado. Sí o sí hay que hacerlo llegar a lugares más poblados. “Pepper Blade” es hermosísimo y de nuevo me abre la imagen de múltiples capas de conocimiento, de emociones, de profundidad y diversión, alegría, introspección, etcétera. No dejes que yo te cuente este tema… escúchalo sin más, que me lo vas a agradecer. Hay una melodía por ahí que bien podría haber sido creada por un Herbie Hancock, de la que otro compositor podría haberse colgado y no soltar pero que Juan, dando cátedra de estabilidad emocional, la deja ser, meterse en uno por unos momentos breves, y sigue hacia caminos mucho más intrincados. Pero esa melodía no te suelta y sentís la imperiosa necesidad de volver. Este tema, con saxo y trompeta, es un estallido de belleza, digno también de ser tocado en formato big band. ¡Por momentos suena a big band en este formato!

Luego llega el primero de los únicos dos temas del disco que no fueron compuestos por Juan Ibarra: “Te abracé en la noche” (como sabemos, de Fernando Cabrera). Hacía un tiempo que no se me caían lágrimas escuchando un disco… me pasa más seguido en vivo. Me pudo la ternura y hondura de esta versión y encontré sublime la elaboración que conjuga una sencillez aparente, que es característica necesaria de esta canción, con toda una construcción sofisticada encima de la estructura. Al comienzo, la guitarra expresa con todo el arte del mundo la contradicción inherente a esta obra maestra, que nos desgarra y nos enamora al mismo tiempo. Después el saxo toma el lugar central pero con una gozadera de interacción con la batería, el bajo, el piano y la guitarra. El viaje continúa con una infinidad de elementos sutiles en los que el pecho se expande y contrae, dándole un sentido mayor a la experiencia de gozar gracias a los oídos.

“Nair” es una composición de Martín Ibarra. Escuchándola recordé las palabras de uno de mis dioses de la batería en una clínica que dio hace tiempo, en la que mencionó a Juan Ibarra como alguien que estaba llevando el candombe a otro nivel. Vaya que sí. Este tema me impresionó como una amalgama perfecta entre el jazz y el candombe y como una de esas composiciones que pasan a ser parte de la historia de la música. Lo que toca Juan en este tema es algo insólito, algo verdaderamente virtuoso y con un gusto exquisito, finísimo, extraordinario.

El último tema del disco se llama “Pataskala”. Lo escucho y re-escucho pensando que la próxima vez que vuelva a poner el disco voy a empezar por este tema, para poder dedicarle una atención más plena. Aquí me atrapan tanto la guitarra como el saxo y todo el interjuego del bajo, batería y piano pasando detrás de ellos. El final es impredecible, generando en una las ganas de volver a ponerle play, quizás al tema, quizás al disco todo.

Me detengo a notar que en todo el disco Juan no se salió ni en una sola nota de la zona de musicalidad plena. No hay una sola nota suya que no sea demandada por ese ente, de algún modo misterioso, llamado Música.

“Pataskala” ejemplifica en sí mismo una característica llamativa de “NauMay”: la convivencia perfecta de melodías bonitas y elaboradas y el ritmo atrapante y gozado.

Para terminar quiero compartir mi entusiasmo de que este disco tenga la particularidad de tener un ánimo festivo y a la vez hondo, intenso, penetrante.

Para terminar quiero avisarte que este disco es esencial y que no será de los que escuches una vez, ni dos, ni tres.

Para terminar quiero aseverar, convencida y exaltada, que este será un disco escuchado por muchas generaciones.

Para terminar quiero expresar que este disco me hechizó como pocos.

Comparto para que puedas escuchar y comprar:

https://www.juanibarramusic.com

http://juanibarra.bandcamp.com/album/naumay

 

Juan Ibarra Quinteto está formado por:

Antonino Restuccia – Contrabajo

Ignacio Labrada – Piano

Martín Ibarra – Guitarra

Gonzalo Levin – Saxos tenor, soprano y alto

Juan Ibarra – Batería

 

Invitados:

Benjamín Barreiro – Saxo tenor en temas 1 y 5

Federico Lazzarini – Trompeta en 1 y 5

 

Grabado por Gastón Ackermann en Mastodonte, los días 2 y 3 de diciembre de 2017.

Mezclado por G. Ackermann y J. Ibarra.

Masterizado por Dave Darlington en Bass Hit Studios, New York.

El tema Angkor obtuvo el primer puesto en los Premios Nacionales de Música, convocatoria 2017, séptima edición, categoría jazz.

Foto y diseño del disco: Marcos Mezzottoni.

Producido por Juan Ibarra.

Juan Pablo Chapital en abril 2018

 

¿Ya escuchaste en vivo a Juan Pablo Chapital?
Si sí y tenés gustos similares a los míos, me vas a amar por esta información. Si no, podrías aprovechar que en los próximos días tenés la oportunidad.

En lo personal encuentro que su música es de las más bellas que nos regala este paisito querido y considero que somos verdaderamente afortunados de poder escucharlo en espacios reducidos y con entradas muy accesibles o incluso gratuitamente.

Entrevista a Mateo Ottonello: “Tocar lo que la oreja te dice que toques”

Foto: Rafael González

A continuación compartimos una conversación por demás disfrutada con el músico, baterista y compositor, Mateo Ottonello. La excusa para la misma fue conocer sobre su proyecto Mateo Ottonello Grupo, que se presentará en Inmigrantes el próximo 23 de marzo de 2018. El interés personal en esta charla involucraba aspectos de su formación y manera de encarar la música. Pasen y lean, y disfruten.

 

¿De qué se trata este proyecto que presentás el 23 de marzo?

Bueno, es mi banda, que recién ahora la pude concretar.

¿Son músicas tuyas?

Sí, son todas músicas mías. Yo compongo en el piano, todo de oído. Obviamente amigos como Manuel [Contrera] o el Chancho [Peyrou], que son pianistas y estamos en bandas juntos, me pasaron piques y me ayudaron en muchas cosas. Las melodías son todas mías, muchas armonías son mías también y otras me las mejoran, o aportan sus colores. En la banda toca Marcos [Caula], que es de mis mejores amigos, y siempre aporta mucho.

¿Cómo te nace un tema?

Siempre que compuse fue porque me salió. Muchas veces me encuentro cantando una melodía. Un par de veces me pasó de sentarme a componer. Por ejemplo hubo uno que quise componer en 7 e inspirado en un pianista, Brad Mehldau, con la forma de componer de él. Es como un tema para él en el que quise generar eso. Pero tengo temas que me llevaron dos años terminarlos. De hacerlos y dejarlos ahí, y al otro año, porque me pasó algo, lo terminé.

Por ejemplo, cuando me fui a trabajar en un crucero compuse dos de los temas que van a estar en el disco. Y los compuse justo en un momento en que estaba mal, me sentía un poco solo, pensando en cómo me sentía. Uno se llama “Día de mar”. En un momento el barco se fue de Alaska para Hawaii y fueron como cuatro días en el mar… ya un día arriba del barco sin tocar tierra te volvés loco, y cuatro fue como mucho. El otro se llama “Solo quedan las gaviotas”. El barco repetía el recorrido cada semana. Yo fui en el verano de Alaska pero en las últimas semanas estaba llegando el otoño y había menos gente, todo estaba solitario… y solo quedaban las gaviotas. También tenía que ver con cómo estaba yo.

Tengo otro que se llama “Cicatrices”. Ese tema tuvo que ver con cosas que me pasaron de guacho, que me marcaron en la forma de ser, aprendizajes. Primero tenía una melodía, con una intro, pero no estaba del todo cerrado. Pasaron dos años, fui cambiando, y hubo un momento en que se cerró la cicatriz. En este tema, por ejemplo, primero me imaginé el riff de bajo, un afro en 5.

¿Cuántos años tenés?

22.

¿Estudiaste batería?

Empecé a tocar la batería a los 3 años. Pero estudié a partir de los 16 años. Hasta los dieciséis toqué todo de oído. Ta, porque todo el tiempo veía tocar a mi viejo. Ese era mi aprendizaje, porque con él nunca pudimos tener clase.

¿A qué edad te juntaste por primera vez con gente para tocar?

En la escuela. Iba a la escuela 83, Dr. Martín Etchegoyen. En fin de año siempre se tocaba porque muchos alumnos de ahí tenían padres músicos. Algunos de los padres eran Gustavo Ripa, Nelson Cedrez, y mi viejo, Rúben Ottonello. Entonces llegaba fin de año y las maestras invitaban a algún padre a tocar con alumnos. Yo tenía de profesor de música a Benjamín, que fue uno de los coristas de Jaime. En la última fiesta de 6º armamos una bandita con la banda y esa fue la primera vez que ensayé con niños de mi edad. Después por un tiempo dejé de tocar la batería, de los 13 a los 15. Y a los 15 o 16 tuve mi primera banda, con gente más grande. Se llamaba “La tapa del libro”. Tocábamos murga, rock, música de Jaime, de Rada. Como trabajo, salí a tocar a los 17. Ahí empecé y no paré. Yo había empezado UTU de Ingeniería en Sistemas. Me estaba yendo muy bien y cuando estábamos por terminar el año estaba charlando con una profesora, le dije que quería tocar la batería y no quería estar más ahí, y ella llamó a mi vieja… una crack. Ahí empecé a cursar el liceo y ya sabía que esto era a lo que me quería dedicar. Me quedaron dos materias para terminar el liceo… las tengo que terminar… es un debe.

¿Con quién empezaste a estudiar a los 16?

Con Juan Ibarra. Me lo presentó mi hermano Camilo, que también es baterista, y que fue quien me llevó a Jazz a la Calle a los 15. Y en Jazz a la Calle me volví loco. No podía creer cómo estaban mezclando el candombe con el jazz y la bossa nova… Por el lado de mi viejo yo venía re del palo del rock; también toqué metal. Ahí me volví loco; no lo pude creer. Me volví loco con el candombe funk, que nunca lo curtí en vivo porque era chico y no iba tanto a los toques. Y en la adolescencia, de los 12 a los 15, entré en la bobera de los bailes, cumbiancha, y cuando escuché eso no lo podía creer. Ahí quise tocar candombe y funk, porque el jazz realmente no lo podía tocar porque no lo entendía. Pero siempre tenía esa pica con el estilo, quería tocarlo. Ahí empecé clases con Juan, que me ayudó muchísimo. Al principio yo era medio boludo, iba de vez en cuando, dejaba de ir. Después empecé a ir más seguido y Juan me empezó a decir “Ey, estudie”, y llegó un momento en que me empezó a pasar piques de laburos y todo. Y en un momento me dijo: “No vengas más”. Aunque yo cada tanto le digo que tengamos alguna clase, porque siempre se aprende.

A eso de los 18 dejé de ir a clase y ya estaba laburando, y a los 19-20, empecé clases con Santiago Lenoble, gran jazzero. Santiago me dijo: “está buenísimo todo lo que tocás pero tenés que ordenarte” [se ríe]. Y ahí empezó a pasar el borrador, a limpiar la hoja, y sentí que me ayudó muchísimo para seguir, para el enfoque.

En un momento, más de chico, quise tomar clases con Martín [Ibarburu] pero no pudimos coincidir. Ahora nos juntamos cuando podemos. La semana pasada se vino y estuvimos tocando y charlando. Fue una clase de filosofía.

Se dio también que conocí a un baterista argentino que es uno de mis ídolos: Sergio Verdinelli. Sergio es magia. Me lo presentó Pepe Canedo, que lo trajo a dar unas clínicas, y lo llevó a la jam de candombe que teníamos. Pintó tremenda onda con Sergio. Tomé una clase con él. En la clase solo me pasó un ejercicio: tocar swing e improvisar en el tambor con máximo tres corcheas. Después hablamos del cosmos de la música… una locura.

Es que cuando ya estás en un cierto nivel, ¿qué ejercicio te van a pasar?

Claro, es la forma de cómo ver la música, me parece.

En una le pregunté “¿Cómo hacés para ser híbrido sin intoxicarte de las músicas o perder el norte? ¿Cómo hacías para ir a tocar con el flaco Spinetta a un estadio lleno de gente, tocar a un volumen descomunal, con piques de Bonham, y al otro día ir a tocar con Ernesto Jodos a un bolichito, con todo el lenguaje de jazz del mundo, o tocar free, todo abierto, improvisar?” Y el loco me dice: “Pasa que yo veo la música de la misma manera. La música es una. No seas prejuicioso. Es todo lo mismo. Para mí es lo mismo tocar un groove, que es una melodía, repetirla las veces que la tenga que repetir, que el momento de improvisar”. Me dijo: “Yo conseguí poder meterme en el momento, sea con quien sea que esté tocando, y sea la música que sea”. Y te das cuenta de eso cuando él toca.

¿Y vos lograste eso, Mateo?

Todavía no. Yo siento que no.

Pensando, por ejemplo, en el toque de GAS en el Solís, ¿en qué estaba tu atención?

Bueno, creo que lo logro en algunos lugares y otros no. Todavía no puedo lograrlo en cualquier situación. Justo en esos toques, en el de GAS y en el de Marcos [Caula], estuve muy enfocado. Fueron toques buenos. Pero muchas veces depende del día y de las condiciones. Hay días que siento que no puedo ser el canal, que no puedo conectar. Y a veces me pasa antes de salir para el lugar, tanto en un sentido como en el otro. Antes de ayer ya al salir de casa presentí que iba a estar todo bien, fue muy loco.

¿Puede ser algo a trabajar el lugar de dónde colocarse antes de un toque?

Bueno, esto de cómo entrar nos lo venimos cuestionando mucho entre varios amigos músicos. Nos estamos empezando a tomar la música de un lado más espiritual. Obviamente nos tenemos que matar estudiando para poder tener todas las herramientas para poder tocar esa música que se genera ahí, para poder ser un buen canal para transmitir. El otro día, con mi amigo Nino Restuccia, nos pusimos a hablar de un pianista que se llama Kenny Werner, que tiene unas charlas acerca de algo así como la yoga en la música. Y dice que capaz que hace un mes que no tocaste, o no tocás hace dos horas, no importa, la primera nota y todo lo que vayas a tocar tiene que ser lo más hermoso que escuchaste en la vida, como cualquier persona que está escuchando. O sea, no le hagas un juicio a lo que estás tocando. Tocá y sentilo como lo más hermoso que estás haciendo, que es el momento sagrado de hacer música. Entonces yo ya fui así al último toque. Son cosas que vas empezando a darte cuenta y empezás a ver cómo podés trabajarlas. También cerrar los ojos, borrar los pensamientos, realmente escuchar todo lo que está sonando. ¿Cuántas veces escuchamos todos, todos los instrumentos? Son pocos.

Otra frase, que creo que me la dijo Juan: “Cuando estés tocando, pensá qué es lo que te gustaría escuchar a vos”.

Y otra cosa que me dijo Sergio, que me mató realmente, fue: “Vos tenés que escuchar lo que tocás y tocar lo que escuchás”. O sea, realmente tocar lo que te está diciendo la oreja que toques.

También se dan toques mágicos. Hace pocos días, una jam con un saxofonista estadounidense fue impresionante. Todos conectados. Mucha magia.

¿Hay un estudio aparte para hacer ahí, sobre ese aspecto de la conexión? Que parece que fuera individual y colectivo.

Totalmente. Claro. Vos podés estar muy conectado pero si el solista no está escuchando… ahí estábamos todos enfocados, era como una flecha, que iba para adelante, e íbamos todos juntos.

¿Y con tu banda cómo van con este tema?

Bueno, estamos en eso. Como la música es de batero, tiene muchas cosas rítmicas y los estoy volviendo un poco locos. Pero por suerte en el grupo todos pensamos de esta manera y queremos generar esto.

¿Quiénes son los músicos?

Son Marcos Caula en guitarra, Antonino Restuccia en contrabajo, Ignacio Labrada en teclados. Y van a tocar dos invitados: Santiago Coby Acosta en percusión y Hernán Peyrou, que va a tocar el acordeón y va a cantar un tema. Mi banda es Mateo Ottonello Grupo. La idea es que la banda según la ocasión se agrande o achique. O sea, Coby es parte de la banda pero en este toque va a tocar en un par de temas. Yo lo amo. Le digo: “Avisale a tu mujer que también sos mío” [risas]. Y Hernán es como mi tío segundo, algo así. La idea es esa, que el formato se adapte, siempre buscando entrar en ese viaje.

Cuando decís “entrar en ese viaje”, relativo a lo que venimos hablando, ¿con o sin marihuana?

Bueno, ahora cada vez le tengo más respeto. Antes fumaba siempre para tocar, siempre. Y ahora dejé de fumar para tocar y también dejé de tomar. Ahora dejé de tomar alcohol no solo en los toques sino en la vida. Como muchos nos estamos cuestionando estas cosas… La otra vez lo hablaba con músicos más grandes y decíamos que las generaciones más jóvenes están tomando más conciencia.

Esa búsqueda de conexión de la que vos estás hablando me la imagino sin ningún estupefaciente. 

Es que es así. Totalmente. Dejé de fumar para tocar. Capaz que si estamos en una jam, me fumo una pitada y subo, pero tranquilo. No es que lo necesite para el viaje. Y cada vez le tengo más respeto. No fumo cuando quiero tocar bien y meterme de determinada manera, cuando quiero estar claro, realmente sintiendo todo. Muchas veces cuando fumaba me colgaba a escuchar un instrumento y podía pasar que nos perdiéramos un poco.

¿Vos sos de escuchar música?

Sí, todo el tiempo. Y de todo.

¿Tu escucha es analítica o más afectiva?

Según. Hoy, por ejemplo, puse una banda de rock, que se llama Beck, mientras hacía mis cosas, y yo estaba de fiesta, disfrutándolo, sin analizar nada. Me lo pedía el cuerpo. Otro día me puse Zeppelin, porque tenía ganas de escucharlo. Otras veces mientras armo la batería me puedo poner un disco de Chet Baker, o también pongo música antes de dormir. Según. También me gusta escuchar música antes de estudiar, para ya estar enfocado en lo que quiero. Ahí sí pongo un disco de jazz.

¿Y qué bateristas de jazz admirás?

Me gustan de todos los tiempos. Soy fan de Elvin Jones. La forma de tocar, la forma de agarrar los palos, el sonido, la energía, lo escuchás gritar en los discos de Coltrane, lo que innovó tocando jazz… todos venían tocando de una manera y él ya cambió la llevada del ride para otro lado. De los jefes es mi favorito. Después obviamente Tony Williams y muchos otros.

Paul Motian es un batero que me gusta mucho. Él venía tocando todo muy limpito, muy tremendo y después empezó a agarrar su camino para el lado free y era como un niño tocando la batería. Ya dejaba la técnica de lado, le pegaba a los aros, los solos eran todos desarmados, solo tímbrica, muy intuitivo. Estaba realmente improvisando. El viaje es el cambio de cómo venía todo prolijito y cuando arranca con la banda de él, es un demonio, muy personal.

Bonham también. Después ya salto a modernos. Tengo varios. Ahora estoy como loco con Mark Guiliana, soy megafan. Empecé a tocar candombe desde ese lado. Desde las tímbricas a tocar todo muy subdividido, como hace él. Brian Blade también, a morir, que es todo lo contrario. Brian Blade es todo aire y canción. Los dos polos opuestos. Tengo varios de los que soy fan. Ari Hoenig, que es otro viaje totalmente diferente a ellos dos. Todo polirritmias y melodías en la batería.

Me estoy volviendo loco con la cantidad de información que hay. Pero soy de escuchar un disco mucho tiempo, para entenderlo realmente.

¿Dónde van a tocar el 23?

En Inmigrantes, que queda en Paullier y Guaná. Es un boliche que está bueno, porque además de ir a escuchar jazz podés sentarte a comer y tomar algo rico. Y suena bien.

Estamos muy contentos de que este toque lo vamos a compartir con Patricio Carpossi, que es un violero argentino, tremendo, clase A, que toca con gente como Mariano Otero, Guillermo Klein o Sergio Verdinelli. Primero vamos a tocar sus composiciones con el formato Patricio, Nino y yo. Después tocamos con mi grupo.

¿Dónde se compran las entradas?

Las tengo yo a la venta, me pueden contactar por Facebook, y también se pueden comprar en el bar.

 

 

Heart Stained View by Magaluna Ramos

I am fascinated by this new CD I’ve been fortunate to listen to:

Heart Stained View, by Magaluna Ramos.

The CD starts with “Opening”, a track that is far shorter than I’d wish it to be. The piano intro anticipates three characteristics of this selection of songs: maturity, introspection and assertiveness, in measures that greatly exceed what I would expect from someone so young. When at second 54 Magaluna starts singing, impact is such that I clicked “stop” and went to search for my earphones, so as not to miss absolutely anything.

What a voice! Honestly, it blew my mind! I find it hard to associate that voice, depth and connection to someone so young. But I think we’d better get used to it. Without a shadow of a doubt, I’d better follow each of Magaluna’s steps, because I already know that her music reaches me, makes my heart feel true joy, and it resonates with important emotional fibers of mine.

The second track is called “Broken Art”. You’ll love it! I’m sure you’ll fall in love with this song forever. And with Magaluna! My suggestion: although you may listen to her in Youtube, you’d better click on the Soundcloud link I’m pasting below, because the audio quality is a thousand times better. You do find her lyrics in Youtube, though.  I’ll paste you this one, for you to take a look at its beauty and how melody and lyrics become a magical textile, with a very personal and beautiful touch.

deep beneath my skin
there’s a secret kept within
and a key
to lock your smile where it is

hungry for the feeling of
a spoken sense of fate
and the pieces of my emptiness
filled by all better days

with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
cause with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another work of art
another, another
no no

under all the makeup
there are things you’ll never know
other than this song you’ll never hear me speak of so

my past seen from the dark
you’ll find my hidden scars
of writing and from the edges of my broken heart

with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
cause with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another work of art
with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another
work of
art

 

Other tracks are:

  1. Dream
  2. Your Sweater
  3. Get Me
  4. Star
  5. Snow Globe
  6. Needed this (live)

My intention here is not to give you an account of each sensation I had when listening to each track but to invite you to have your own experience with this music, which I find wonderful and essential. Let’s remember Joni Mitchell’s advice: “People will tell you where they’ve gone; They’ll tell you where to go; But till you get there yourself you never really know”.

Let me share with you that I felt these songs really original. There is something new in them that feels good. If you put me under pressure to answer what is it that you don’t anticipate and where talent is more evident to me, I must say that I was impressed by the comfort with which her voice is handled (beautiful low, high and intermediate sounds), her phrasing, lyrics’ content, and the original taste when choosing the phrases’ length. Also the spectacular intertwining of melodies and phrases –which transmit experiences and feelings with which I easily empathize.

Its instrumental content, and also Magaluna’s voice, is fully at the service of songs. There is not one single exceeding note nor any moment of egocentric emotional overflow, which had it appeared, could have taken us out of that magical place in which the whole CD places us. It feels comfortable, authentic and, what strikes me most, you make it your own at first listen! This music opens the door itself and installs in you, at ease.

Track “Star” is an strikingly beautiful example of the brilliant use of the voice to make a bundle out of your soul. Here you can also confirm my earlier point about the authenticity of the transmitted feeling and how instruments participate from the most adequate place.

I was astonished to learn a few facts about these compositions and the playing itself. All compositions as well as all the lyrics are by Magaluna, and so are all arrangements and all musical decisions. Ukelele in “Snow Globe” was recorded by Magaluna too. All other instruments were recorded by Federico Ramos, following Magaluna’s precise instructions regarding tones, character, etc. From this corner of the world, I’d like to congratulate Federico too for having interpreted Magaluna’s wishes with such art. And I add a special bow for that piano intro in “Opening”.

Now, can you believe Magaluna Ramos is 17 years old right now? It’s impressive that she has reached this level at her age. I feel an inner bubbling of delight: music has in Magaluna a especially eager and talented vehicle to enable us, beings who get pleasure from listening to sound beauties, to keep getting surprised and keep enjoying new wonderful music.

But, and I mean it: don’t believe what I tell you! Rather, go listen! Here you are. This is the link to the full CD: https://soundcloud.com/magaluna-ramos/sets/heart-stained-view

You’ll love it!

Heart Stained View – Magaluna Ramos

Estoy fascinada con este CD de Magaluna Ramos, que tuve la suerte de escuchar: Heart Stained View.

El CD comienza con el tema “Opening”, que dura un brevísimo y ¡tacaño! minuto y veintisiete segundos. La intro, de piano, adelanta tres características de este conjunto de canciones: aplomo, introspección y firmeza, en medidas que exceden por mucho lo que una esperaría de alguien tan joven. Cuando al segundo 54 Magaluna empieza a cantar, el impacto es tal que puse “stop” y fui a buscar los auriculares, para no perderme absolutamente nada. ¡Qué voz! ¡Auténticamente me voló la cabeza! Me resulta difícil asociar esa voz, profundidad y conexión con un ser tan jovencito. Pero bueno, habrá que acostumbrarse y sin sombra de dudas, habrá que seguirle cada paso a Magaluna, porque ya sé que su música me llega, me gusta, me llena y me hace resonar fibras emocionales importantes.

El segundo tema es “Broken Art”. ¡Te morís! ¡Te enamorás para siempre de esta canción! ¡Y de Magaluna! Sugerencia: si bien podés escucharla en Youtube, te recomiendo que la escuches en Soundcloud, porque la calidad de audio es mil veces mejor. Pero las letras sí están en Youtube. Copio esta, para que observes la belleza de la letra, de la melodía y cómo se entrelazan una y otra con una magia diferente, un toque muy personal y bonito.

deep beneath my skin
there’s a secret kept within
and a key
to lock your smile where it is

hungry for the feeling of
a spoken sense of fate
and the pieces of my emptiness
filled by all better days

with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
cause with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another work of art
another, another
no no

under all the makeup
there are things you’ll never know
other than this song you’ll never hear me speak of so

my past seen from the dark
you’ll find my hidden scars
of writing and from the edges of my broken heart

with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
cause with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another work of art
with everything you rip away from me
catch me replacing it for something better
with every broken heart
comes another work of art
another broken heart
another
work of
art

Las canciones siguientes son:

3. Dream

4. Your Sweater

5. Get Me

6. Star

7. Snow Globe

8. Needed this (live)

Hoy mi intención no es narrarte cada sensación que tuve al escuchar cada tema sino invitarte a que tú también tengas tu experiencia con esta música que yo encuentro hermosa e imperdible. Por aquello de que “People will tell you where they’ve gone; They’ll tell you where to go; But till you get there yourself you never really know” (La gente te cuenta adónde fue; Te dice adónde ir; Pero hasta que vayas ahí nunca podrás saber – Joni Mitchell – trad. Pedro Aznar).

Sí me gustaría comentar que sentí que las canciones son verdaderamente originales. Hay algo nuevo en ellas, que se siente muy bien. Si me presionás para que cuente qué es lo no anticipable y dónde me parece que radica el talento, te diría que me llaman la atención el manejo comodísimo de la voz (hermosos graves, agudos y sonidos intermedios), el fraseo, el contenido de las letras, el juego original con la longitud de las frases, y la forma espectacular en que melodías y letras –que transmiten vivencias y sentimientos con los que es fácil empatizar– se entrelazan.

Lo instrumental, ¡y ni qué hablar la voz! está completamente al servicio de la canción. No hay una nota de más ni un momento de desborde de entusiasmo egocéntrico que pudiera quitarte de ese lugar mágico en el que te coloca el disco entero. Se siente cómodo, se siente auténtico y, lo más impactante para mí: ¡te lo apropiás en la primera escucha! Se abre paso solo y se instala.

El tema “Star” es un ejemplo especialmente hermoso del uso brillante de la voz para hacerte el alma de trapo, también de lo que decía antes acerca de la autenticidad del sentimiento transmitido y de cómo los instrumentos participan desde el lugar más adecuado posible.

Anduve averiguando un poquito acerca de las composiciones y los instrumentos y quedé muy asombrada. Todas las composiciones son de Magaluna y todas las letras son suyas, pero también absolutamente todos los arreglos y todas las decisiones musicales. Todos los instrumentos, con la única excepción del Ukelele en “Snow Globe” que fue grabado por Magaluna, fueron grabados por Federico Ramos siguiendo instrucciones precisas de Magaluna acerca de los tonos, el carácter, etc. etc. Va desde aquí también un reconocimiento a Federico por haber sabido interpretar los deseos de Magaluna con el arte que lo hizo. Y me doy el gusto de hacerle una reverencia especial por esa intro de “Opening” en el piano.

Ahora, ¿podrás creer que Magaluna Ramos tiene 17 años? Es emocionante que a esta edad tenga este nivel. Me genera algarabía interna saber que La Música tiene en ella un vehículo especialmente dispuesto y talentoso para que quienes gozamos de escuchar bellezas sonoras podamos seguir sorprendiéndonos y deleitándonos.

Foto tomada de Soundcloud.

Pero bueno, no me creas lo que te digo. Mejor escuchalo. Aquí está el link al disco completo: https://soundcloud.com/magaluna-ramos/sets/heart-stained-view

Y si tenés ganas, dedicale un segundito a escribir abajo un comentario para que yo sepa que del otro lado alguien recibió esto que me hizo mucha ilusión compartir.

“Nadie sabe lo que va a pasar” – Dany López

La invitación hoy es a detenernos juntos en la canción “Nadie sabe lo que va a pasar” de Dany López. Cuando digo “juntos”, digo: ustedes, el autor de la canción y yo. Espero que se enganchen tanto como yo. Y si pueden, sacúdanse esa timidez y comenten abajo. Si son amables, todo comentario es bienvenido.

Antes de que arranquemos el tren, sugiero darle click a la canción, para que todos sintonicemos la misma frecuencia.

 

¿Cuál es la primera sensación que les genera? ¿Y la segunda? Sería ideal que se lo preguntaran antes de seguir leyendo.

Ahora les voy a contar mi viaje de escucha y luego lo más preciado: la mirada del autor. Si se aburren con mi viaje, lo bueno de un texto escrito es que se pueden saltar líneas. 😉

En mi caso cuando escucho por primera vez una canción casi nunca entiendo el mensaje global de la letra. Oigo quizás combinaciones de palabras que me llaman la atención pero solo leyendo la letra logro hincarle cerebro al mensaje de la palabra. El acercamiento que me resulta natural es prestarle atención más que nada a cómo me hace sentir y luego empezar a desmenuzar los elementos sonoros que me lo generan.

Con esta canción lo primero que siento es una combinación bastante balanceada de alegría e introspección. Es como si tuviera el potencial para desbocar el sentimiento de alegría pero aparecieran elementos que te la contienen, con algún matiz de tristeza, y con otros tintes de aceptación y despreocupación.

El siguiente nivel de escucha al que fui es la voz de Dany y la batería juntos. Es como si en esta instancia fueran una unidad indivisible. Y ahí empiezo a comprender un poco más cómo es que me genera todo eso.

La voz de Dany tiene en sí esa misma mezcla de emociones: dulzura e introspección por un lado, optimismo y liviandad por otro. O será mi interpretación, que ya sabemos que es lo único con lo que contamos los seres humanos.

Todas las voces son particulares, claro, en su timbre, en todas sus características, pero la de Dany a mí me impacta especialmente. Me paré a tratar de comprender un poco más su efecto y lo que vi fue que por un lado me llega como con un deseo de comunicación muy honesto, muy directo, como si no estuviera midiendo ni retaceando nada. También recibo inexistencia de miedo y eso me resulta sanador… como si por lo que dura la canción yo pudiera deshacerme del miedo también. En cuanto al sonido en sí, es muy, muy cercano y agradable, es entrañable, es dulce y sincero. Tiene una cualidad amorosa hacia todo: hacia la canción, hacia él mismo, y de algún modo hacia la vida toda. Es como si en una nota se condensara la existencia humana. Sé que suena exagerado pero realmente lo siento así y me emociona.

El mismo doble efecto de disfrute y profundidad introspectiva me llega desde la batería con tres elementos sonoros.

Primeramente, hay un impacto directo al centro del pecho con la apertura de los platos del charleston. Aquí ese sonido es maravilloso porque cumple dos funciones. Por un lado, te moviliza nada más ni nada menos que el centro del pecho, te abre a sentir, casi que a la fuerza. Por otro lado te genera a la perfección esa sensación de algo “que pasa”… casi como si uno estuviera sentado en una ventanilla de un coche o tren atravesando el campo uruguayo y viera pasar un árbol, un poste, una vaca, una casa. Me resulta fascinante que eso lo logra con dos platillos que se abren, disimulando el golpe del palillo que ni se adivina, con un efecto similar al de las escobillas pero mucho más brillante y decidido. Si hubiesen sido escobillas, pasaba a tener un tinte completamente introspectivo y con mucha menos vitalidad. Y, no puedo obviarlo, esos palos que sí se sienten en algunas subdivisiones aquí y allí en el HH me maravillan… le ponen un toque de polvo mágico, a lo Campanita de Peter Pan, que conjuga perfecto con la ternura de la voz de Dany.

En segundo lugar, cada golpe del palo en el redoblante tiene, fíjense, ¡la mismísima intención sonora que la voz de Dany! Sospecho que comparten armónicos porque la semejanza es enorme. Además, esos golpes en el tambor son grandes responsables de la sensación de alegría y vitalidad. Ese “backbeat” de Ibarburu es buen responsable de mi fascinación por muchísimos temas. Tiene un efecto sensorial muy específico e identificable.

En tercer lugar, el gran toque introspectivo lo recibo del sonido del bombo. Ese sonido -mezcla perfecta de grave y agudo- me conecta hacia adentro.

A esta altura, me abro a los demás sonidos de la canción.

El bajo de Gerardo Alonso le da contundencia de principio a fin y, por ejemplo, acompaña genialmente esas aperturas del HH. Pero al escucharlo más detenidamente descubro que el bajo tiene la misma textura sonora del bombo de la batería y me genera una clara excitación, en algunos momentos por el groove y en otros también por el sonido. Y me cuelgo con algo: noto que es el bajo el que me genera un anclaje a la tierra… ¿será gran responsabilidad del bajo que mi alegría no se desboque y se vuelva insoportable? Por momentos creo que sí pero hay otros en los que es lo opuesto: por ejemplo cuando quedan solo el bajo y la voz, el bajo es el que me sigue empujando hacia una zona exaltada.

Entonces voy a prestarle atención a las guitarras. No soy capaz de identificar claramente qué guitarra es la de quién a excepción de algunas notas que tienen un nombre y apellido clarísimo: Palito Elissalde. Y entonces creo sentir su impronta de energía poderosa atravesando toda la canción. Identifico “momentos Elissalde” que en esta escucha a nivel micro me dejan con las ganas de más, pero que en la escucha a nivel macro queda claro que están en la medida justa.

Como paso siguiente busco las voces femeninas, que las encuentro aparentemente muy sutiles, aunque sabemos que esas sutilezas pueden ser definitivas a la hora del efecto final. [Un paréntesis: ¿Vieron la peli “Twenty Feet from Stardom”? Si no, tienen que.] El efecto del teclado es de alguna manera similar al de las voces: para notarlo tengo que poner empeño y una vez que lo descubro digo: “Fa, ¡cómo aporta!”

En fin… todo eso sucedió conmigo antes de saber genuinamente de qué iba la letra. Aquí la comparto:

Pasa algo mientras prendo el fuego
pasan cosas que no sé explicar
pasatiempos de un duende noruego
fin de año y viene Navidad

Pasa un tren y te corta el aliento
pasó el día ni cuenta te das
todo cambia mientras va pasando
nadie sabe lo que va a pasar

Pasa un árbol y allá viene un perro
oigo un tango saliendo de un bar
pasamanos y pasamontañas
pasaplatos y publicidad

Mientras cambias algo va pasando
lo que fue ya nunca más será
pestañás y lo perdés de nuevo
otro tren ya volverá a pasar

Pasa algo que detiene el tiempo
pasa algo que lo pone a andar
las agujas van blanqueando el pelo
mi tatuaje biomolecular
el reloj se anuncia en el espejo
y el espejo también cambiará

Algo raro debe andar pasando
si no algo raro pasará 
todo cambia mientras va pasando
solo es cierto que habrá novedad

Nadie sabe lo que va a pasar

Del CD Acuario – del año 2007

Músicos:

Batería: Martín Ibarburu
Bajo: Gerardo Alonso
Guitarras eléctricas y acústica: Palito Elissalde
Percusión, guitarra eléctrica: César Lamschtein
Teclados, programaciones y voz: Dany López
Voz: Carmen Pi, Inés Saavedra y María José Bentancur
Guitarra acústica y voz: Dany López
Ingeniero de sonido: César Lamschtein

 

Letra hermosa, ¿eh? Pero no me voy a detener en ella, no por falta de interés, porque verdaderamente me colgué con esta letra mucho más que con otras, sino porque prefiero ahora darle paso a las impresiones de Dany López acerca de su canción.

 

Filosóficamente y del modo que vivo la vida, veo la cosa bastante así. No tengo un librito que me explique el universo. Me desapego de querer comprender el misterio y me entrego bastante a eso. Trato de vivir una vida con una ética que se corresponda con esa forma de ver las cosas.

Hay varios libritos de esos por ahí (desde el 3.000 ac). Son todos lindos, muy poéticos y con su porción de sabiduría. Uno aprende cosas de ellos. Pero conservo una distancia prudencial y me atengo a mi religión personal, a mi forma de re-ligar con lo trascendente, que es absolutamente personal y muy agnóstica. 

Uno va cambiando de perspectiva. Yo con 18 o 20 años tenía un cristianismo liberal y a mi modo, por llamarlo de alguna manera. Había visto “Jesucristo Superstar” siete veces. El Nuevo Testamento era libro de cabecera y tenía una versión de un neocristianismo que en definitiva quería parecerse a lo que supongo sería la verdadera filosofía de Jesús, no la de los concilios a partir del siglo II, que empezaron a hacer mierda todo lo que el tipo realmente pensaba, por lo menos en lo que dejan entrever los evangelios.

Luego se me pasó el cristianismo. Me quedé con algunos cuantos valores rectores que aún conservo: el amor al prójimo, la empatía, el no sentirse mejor que el otro, no tirar la primera piedra (tolerancia), el desapego, etc.

Desde que se me pasó el cristianismo soy agnóstico (con algunas ideas borderline con el budismo).

Pero esta canción habla más de cómo tomar la vida en general, sin sentir todo acabado, predefinido o predestinado. Da libertad.

Una de las cosas que más me divierte de esta canción es la estructura. Se sale del formato clásico A B A B. Es A A2 A3 A4 A5 A6 B 2 B2 B3 B4 B5, etc. La propia estructura habla como el texto: no es predecible. Todas las estrofas son distintas rítmicamente, muda el groove, la escena poética, los riffs… Musicalmente está construida sobre un riff groove en 3 x 4
toda la primera parte. Hay un slow down como en la estrofa 6, donde cambia a 4 x 4. 

El final también podría ser pensado en 12, quién sabe, pero lo importante es que tiene un punto de partida minimalista: la celula de groove de la guitarra de nylon, medio folky, en 3. Luego se va deformando: entran riffs rock, arreglos. 

El groove tiene el bombo en el tiempo 1 y el redoblante en el 3.

El tipo de poesía, más allá de lo filosófico, toma prestado del concretismo usar la propia palabra como objeto sonoro, la palabra cosa, que es algo que también uso mucho en mis canciones. Y la permanente tensión de opuestos
dentro de los propios versos, o entre las estrofas.

Lo otro que hago es no tratar de dar lecciones de vida. Más allá de que acá hay una generalización: ¨Nadie sabe lo que va a pasar¨, no pienso aleccionar a nadie acerca de qué hacer con su vida. 

Mis canciones por lo general escarban en:

mí mismo
mis propios monstruos
mis fantasmas
mis paraísos
mis visiones

 

Bueno, suena el silbato de la locomotora y el tren va frenando. Llegamos a la estación de destino. Ojalá hayan disfrutado el viaje. Si lo desean, pueden tomar el espacio para comentarios como si fuera un cuaderno en el que compartir impresiones con futuros pasajeros.

Sepan que la música de Dany López se puede comprar o regalar a través de Bandcamp. Aquí el link a esta canción:

https://danylopez.bandcamp.com/track/nadie-sabe-lo-que-va-a-pasar

Blues a todo trapo con Chris Cain y Chapital Grooving the Blues

Chris-Cain-Chapital-Grooving-The-Blues-Camacua-foto-Daniel-Arregui

 

El 16 de noviembre se presentaron Chris Cain y Chapital Grooving the Blues en la Sala Camacuá.

Tuvimos una suerte bastante increíble, pues habíamos podido vivir un show genial de estos musicazos en mayo y apenas seis meses después, ahí estábamos otra vez, preparados para lo mejor.

La banda formada por Juan Pablo Chapital (en guitarra), Camila Ferrari (en voz), Valentín Cabrera (en bajo), Sebastián Zinola (en teclado) y Gerónimo de León (en batería) abrió el show, con muchísima calidad. Desde la primera nota, ya estaban colocados ahí, en ese lugar misterioso en el que viven los buenos músicos. Camila Ferrari se pasó. Cantó esos dos temas con una musicalidad y actitud muy impresionantes. Ya he dicho esto, pero lo repito para quienes no lo hayan leído antes: Camila está por dentro de la cosa y en la banda es un músico más. Su actitud es de respeto total por la música. Chapeau para Camila, por escuchar como escucha, por su voz, por su actitud, su garra bluesera y por su profesionalismo adentro de la banda.

Luego de esos dos temas impecables, muchas palmas emocionadas recibieron al gran Chris Cain, quien saludó con su simpatía y amabilidad características y arrancó de una, junto con la Chapital Grooving the Blues, la locomotora a vapor que nos tendría viajando por el resto del show.

Esta vez lo que más me impactó fue su relación con la guitarra. Sin mirar ni una sola vez, sus dedos caían perfectos, sin titubeo alguno, en acordes, melodías y escalas, como si se tratara de un miembro más de su cuerpo. Esta unidad increíble entre músico e instrumento me asombró toda la noche. Por otro lado, fue notoria la montaña rusa de emociones que nos fue generando: por momentos, la tristeza más desgarrada, y al instante siguiente estábamos a punto de ebullición con el acúmulo de tensión eufórica.

Dio todo arriba de ese escenario: volvió a desbordar simpatía con el público y con los demás habitantes del escenario; se cantó y tocó todo; y estuvo muy atento a todo lo que pasaba arriba y abajo del escenario… siempre acompañado de una tocaya mía de 250 ml, con la cual de a ratos hablaba, poniéndosela en la oreja como si fuera un teléfono.

La sinergia generada entre Cain y la Chapital Grooving the Blues es bonita de vivir. Da gusto estar ahí sintiendo el respeto entre todos, la actitud de entrega total y la preocupación por ofrecer un show verdaderamente pro. Zinola nuevamente le metió toda su alegría musical, que dialogó muchísimo con Cain. De León estuvo al firme con la batería, logrando que todo se mantuviera en su cauce y sosteniendo con muchísimo control un caballo que sin él tendría grandes chances de salir desbocado quién sabe adónde. Cabrera otra vez me dejó boquiabierta con lo que nos hace bailar en la butaca y con su capacidad para percibir todo lo que le llega y traducirlo en magia con su bajo. Y Chapital, definitivamente mi guitarrista uruguayo preferido, con su sensibilidad y ese algo inexplicable que acontece cuando toca. Camila también participó en algunos temas con Cain, haciendo un excelente papel.

Si bien en Montevideo venimos recibiendo a muchos músicos extranjeros, no es tan común recibir blueseros de este nivel. Las oportunidades de tener a un embajador del blues como él en una sala de tamaño tan amigable como es la Camacuá, que además tiene una acústica privilegiada, hacen que podamos sentirnos bendecidos y las aprovechemos con agradecimiento.

Fue una noche en la que nos transportaron al sur de Estados Unidos. Al salir del toque, daba trabajo entender cómo era que íbamos caminando por la calle Juncal y que no veíamos el delta del río Mississippi.

 

Foto: Cortesía de Daniel Arregui

 

 

 

COSSI: una banda para escuchar

COSSI_Tractatus_nov_2017_foto_soledad_avila

 

Los integrantes son:

Carlos Cossi: composiciones, voz y guitarra

Waldo Melgar: bajo eléctrico

Pablo Nión: batería

Nacho Imbellone: guitarra eléctrica

También estuvieron de invitados:

Dany López: teclado y guitarra (Productor del disco de COSSI que está por salir)

Carmen Pi: voz

Fernando Cortizo (telonero)

La noche abrió con Fernando Cortizo tocando algunos de sus temas, a quien también escuché por primera vez. En ese contacto relativamente fugaz, lo sentí cómodo y cercano, con un sonido nítido de guitarra y con un toque muy rítmico e interesante.

Luego comenzó el show de Cossi. No con afán de etiquetar sino con el interés de ubicar estilísticamente a quienes no los han escuchado, cuento que es una banda de rock. El sonido general tiene algo de rock inglés, aunque tiene algunos ingredientes de latitudes más cercanas. Como buena parte de la música uruguaya tiene ese no sé qué ya conocido y ese otro no sé qué nuevo e intrigante.

Una de las cosas que más admiré fue lo empastados que suenan, siendo que son una banda que está empezando (este era uno de sus primeros toques en vivo).

La batería (Pablo Nión) y el bajo (Waldo Melgar) tienen, para mi deleite, una presencia destacada y desde el mejor lugar: la contundencia del sonido, la confianza y el engranaje cómodo entre ambos. A esta dupla potente se suma Nacho Imbellone con un sonido poderoso y con unas intervenciones especiales que dan tremenda fuerza y riqueza musical.

Todos los temas son de Carlos Cossi, quien me sorprendió en varios sentidos. Por un lado, los temas están buenísimos. Bueno, nobleza obliga, a mí hay uno que no me gusta, pero que de una banda de rock haya un solo tema que no me guste es que la banda me gusta un disparate. Son temas con la elaboración justa, con melodías no tan predecibles y amigables, y con un aprovechamiento de cada instrumento que me pareció ideal. Por el momento los dos temas que más me conmovieron fueron “Diez mil pies” y “Cinemascope”, aunque hay otros como “Espía” que me llaman mucho la atención. Por otro lado, Carlos Cossi canta requete bien. Tiene una cualidad maravillosa: canta cómodo, sin estrés aparente, y ¡proyecta su voz con confianza! Cómo se agradece esto último desde la butaca. Es eso que si no está, le quita buena parte del disfrute a la experiencia musical. Carlos canta para compartirse, para realmente llegarle al otro y, encima, canta bien. Por eso les digo, de verdad: estén atentos a COSSI y vayan a escucharlos, que está buenísimo lo que hacen.

Dany López contribuyó tanto con el teclado como con la guitarra y con la voz. Disfrutó muchísimo y metió gozadera a full, aquí y allá, en cada tema. Su versatilidad musical no deja de asombrarme. Lo vi dos veces esta semana y lejos de repetirse, se adaptó como un guante a ambas propuestas, que no eran similares.

La genia de Carmen Pi fue invitada en un tema. Cantaron con ella el tema “Completely Wasted”, de Dany López. Fa, fue un momento potente, superlativo. Carmen Pi y Dany López generan algo especial juntos y las voces de Carmen y Carlos son muy compatibles. Este es un temazo de López que si el mundo fuera justo, ya estaría entre los número más altos de los charts internacionales. Es una canción que me tiene agarrada por completo durante todo el tema y que cuando termina, indefectiblemente, quiero que empiece otra vez.

Waldo Melgar me fascinó con el bajo eléctrico. Es la primera vez que lo veo en vivo y ya lo puse en la lista de bajistas a tener en cuenta para ir a escuchar. Toca con alegría y con creatividad y, lo menciono de nuevo, con el baterista hicieron una dupla muy genial. Waldo también hizo algunos coros que quedaron buenísimos. Para mejor, contribuyó con una actitud distendida y alegre, que generaba una buena vibra general.

Detrás del escenario hubo proyecciones. Vengo deteniéndome en este tema pues lo siento delicado: si son pocas, quedan descolgadas; si son demasiadas, la atención se dispara para ahí y lo musical pierde protagonismo. Las proyecciones estuvieron bien elegidas y dosificadas. En definitiva, fueron un condimento que además de aportar estímulos visuales, hablan de los intereses del compositor y a los que tenemos más de cuarenta años nos genera un acercamiento emocional nada menor.

La iluminación del toque fue especialmente buena. Como público a veces me incomoda que los focos me den de lleno en la cara pero el juego de luces, a pesar de tener eso cada tanto, estuvo creativo y realmente le aportó belleza de ambiente y de color.

El sonido de la sala de Tractatus estuvo bien también y la sala en sí es cómoda y de un tamaño ideal para bandas que estén comenzando. Anoche estaba llena con un público por demás colaborador, respondió algunas preguntas que les llegaban del escenario y también acompañó efusivamente con palmas.

Fue un toque sorprendentemente disfrutado para ser una banda que casi no se conoce y cuyos temas estamos empezando a incorporar. Habrá que seguir yendo a verlos, porque si arrancan así, dentro de un par de años van a ser algo increíble.

Foto de portada: gentileza de Soledad Ávila

Presentación de UNO, de Daniel Drexler

Daniel_Drexler_UNO_nov_2017

 

Genera una gran expectativa estar sentada unos minutos en medio de las butacas vacías, con los instrumentos en silencio pero tan alertas que alguno brilla su lucecita roja. Es el instante antes de la eternidad, ese que contiene todas las infinitas posibilidades. “Espero que este sea uno de esos shows que me acomode todas las células”, pedí… y confié.

En el centro, Daniel Drexler. A mi derecha, Nicolás Parrillo, Gonzalo Gutiérrez, Camila Ferrari y Analía Parada. A mi izquierda al fondo, Eduardo Mauris; más adelante, Dany López. Detrás nuestro, en el sonido, Paio Robles.

La noche abrió con la misma canción que UNO: “La rambla de Montevideo”. Es aquella que cuando termina el disco, tenés que poner de nuevo, para escucharla aunque sea una vez más. Es un tributo muy genial a nuestra rambla, con sus muchas capas. Por un lado, es facilísimo identificarse con la letra. En lo personal recuerdo que fue al regresar de mi primer viaje largo a un lugar sin costa que tomé conciencia de su belleza. Musicalmente, es un candombe indudable pero tiene otros ingredientes, algo electrónicos quizás. La canción resulta muy uruguaya pero ¡eureka! la nostalgia no está y sí aparecen rasgos de juventud y aventura. Los sonidos aquí generan imágenes en movimiento: las luces de los autos pasando, las olas de temporal pegando sobre el paredón y las palmeras sacudiéndose con el viento fuerte del sur. Por supuesto una no puede dejar de ver a las parejas abrazadas, a los amigos tomando mate, a los niños en bicicleta. Todo está misteriosamente contenido en esta canción.

He aquí la pista en Soundcloud. Pónganle “play” y fíjense qué ven, qué oyen, qué sienten: https://soundcloud.com/danieldrexlerofficial/la-rambla-de-montevideo

Durante la mayoría del show el público estuvo bastante iluminado. Por eso, los ojos de los músicos se posaban en unos y otros oyentes, en un contacto muchísimo más cercano al típico de un show. Cada tanto alguno de ellos asentía un saludo hacia alguno de los rincones de la platea, siempre con una sonrisa. Se sintió la comunión entre los músicos y el público. En el escenario, la alegría y camaradería burbujeaba en cada pequeña vuelta de tuerca sonora.

Hubo proyecciones gráficas detrás del escenario muy bien pensadas y utilizadas con buen ritmo y con una dosificación que me resultó cómoda.

Me sorprendió un montón que la voz de Daniel Drexler sonó muy similar a su sonido en el disco. Su voz me llega cariñosa, dulce, optimista, íntima y profunda y no cambió un ápice en el show en vivo. Apuesto que el buen trabajo de Paio Robles en el sonido habrá influido en eso. También constatar esa similitud sonora a mí me habló de honestidad artística, y sentí agradecimiento por eso.

En “La rambla”, además, fue notorio el arte para que una canción que en su versión grabada tiene varias percusiones no perdiera ni un ápice de carácter, con Nicolás Parrillo en la batería. Él tiene una energía divina al hacer música. Aporta vitalidad y positivismo. Me traje del toque el sonido precioso del aro del tambor (por ejemplo en la canción “Palermitana” y en la versión bis de “Febril Remanso”), sus candombes hermosos, cómodos y libres, su bonito cajón con escobillas, y el sonido del jarrón. Me dio la impresión de que el cambio musical al pasar de la bata al jarrón va más allá del instrumento en sí… es como que su actitud pasa a ser otra, mucho más intimista, donde aparecen gran dulzura y cariño. Todo el toque tuvo muchos matices y dinámicas, lo cual es un lindo desafío para el baterista. Otro detalle que se quedará conmigo es la dulzura increíble de los ¿caracoles? ¿o semillas? al final de “El misterio del Mburucuyá”.

Camila Ferrari y Analía Parada le agregaron colores importantes a la noche con sus coros bellos y con el toque femenino en el escenario. Es brutal cómo cambia el sentimiento de un toque cuando hay hombres y mujeres y cuando hay solo personas de un género. Inclusive se notaba esa diferencia cuando en algunas canciones ellas no participaban. Su actitud acompasó el espíritu de todo el toque. Le aportaron algo muy valioso al show.

Otra complementación que fue notoria y bienvenida fue el sonido del piano acústico contribuyendo a todo lo eléctrico. La sensación corporal de esas notas en particular es de caricia, de abrazo. En la canción “Palermitana”, y no solamente en esta, fue un goce especial el diálogo y la construcción compartida entre Dany López y Eduardo Mauris. El sonido amoroso del piano y el sonido impresionantemente dulce de la guitarra de Mauris fueron algo que me encantaría recordar durante muchos años.

En este show me quedó claro que Daniel Drexler tiene muy buen gusto sonoro y una visión musical admirable. Desde los músicos que convocó hasta cada arreglo, diálogo, solo y detalle se vivió desde la audiencia como un producto sentido, cuidado, querido y muy respetado. Y ya sabemos, así como nace del escenario, llega a la butaca. Sería injusto no mencionar que Gonzalo Gutiérrez y Dany López son coproductores de UNO, por lo cual seguramente tengan también su cuota de responsabilidad en ese producto tan bello. Ahora, el material de base, las composiciones de Drexler son hermosas. No son canciones para pasar el rato sino para sentirlas y dejarlas trabajar en los corazones.

El bajo es el principal responsable de que una mueva la cabeza, que sienta la necesidad desesperante de pararse y bailar, y también de que algunas canciones lleguen a lo más profundo del corazón. Gonzalo Gutiérrez nos hizo bailar en la butaca. Me encantó sentirme acompañada en el movimiento inevitable. Bailamos con todos los ritmos y disfrutamos de un sonido de bajo de los que me gustan: claro y profundo, y tendiendo a agudo. Clarísimo, ¿no? Ja. Traten de explicar cómo suena un bajo y después me critican, ¿ta? Explicar qué es lo que me mueve tanto de un bajo es la parte más desafiante para mí de narrar estas instancias mágicas. Es parte de lo “indecible” que sucede al exponerse a la magia musical.

La noche tuvo invitados especiales: Andrés Rubinstein en clarinete, Pato Olivera en trompeta y desde Argentina, Pablo Grinjot en piano y voz. Los tres aportaron mucho valor.

Los vientos en “Los peones de la guerra” fueron para mi gusto muy importantes. Dicho sea de paso, ¡definitivamente es un tango, Drexler! Tremenda polenta tiene ese tema y cala hondo en el alma también. Incomoda un poco, también, porque la guerra desgarra incluso siendo mención en una canción.

Andrés Rubinstein hizo mucha belleza con el clarinete. En la canción “Sheiko”, que si bien tiene un toque de optimismo a mí me genera una tristeza especial, el clarinete le puso una dulzura positiva, un toque extra de esperanza, que me hizo bien. En “El misterio del Mburucuyá” él y Nico Parrillo (con escobillas) hicieron algo muy mágico y muy dulce juntos.

Pablo Grinjot al piano y Daniel Drexler en la guitarra cantaron “Lo que siempre fue”. Pablo aportó una inyección interesante de energía diferente, con una impronta algo más extrovertida y algo más impulsiva. Me fascinó ese contraste entre él y Daniel al cantar. Queda la reflexión de cómo los contrastes humanos pueden ser enriquecimiento si se aprovechan con arte y se tratan con amor.

Hubo mil otros momentos destacables pero, con la mano en el corazón, son para vivirlos, no para narrarlos, y seguramente mucho menos para leerlos. ¿Cómo hago para explicarte con palabras cómo Eduardo Mauris con su guitarra estuvo todo el toque creando maravillas? ¿Cómo hago para narrarte el solo endiablado y maravilloso que se mandó Dany López con el teclado en el último de los bises? ¿Cómo transmitirte en blanco y negro la sensibilidad que se te incorpora en la piel al recibir la palpable honestidad y sensibilidad de Daniel Drexler con su canto y su guitarra? ¿Cómo te explico el tremendo trabajo rítmico de Drexler con su mano derecha en “Mar Abierto”? ¿Cómo hago para que vivas en tu piel la sofisticación y poderío del tema “Dinero”? ¿Cómo hago que te llegue la amplificación de conciencia esencial que sucede cuando escuchás la frase “feliz al menos un segundo”… y cuando te quedás sintiendo que si se puede asir la felicidad de un segundo, UNO mediante, podemos asir la felicidad eterna?

“¿Fueron felices al menos un segundo durante el show?”, preguntó Daniel. Lo fuimos muchísimo más tiempo que eso. Seguramente por la iluminación de la sala los músicos pudieron verlo. Por si acaso la concentración los distrajo, yo les cuento que hubo abrazos, besos, muchas sonrisas, mucho bailoteo en la butaca y coreamos lo mejor que pudimos, resonando con la alegría que venía del escenario. Dos días después, seguimos tarareando internamente “de poema en poema”.

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Entrevista a Daniel Drexler: composición y unicidad en dimensión poética

Foto: Santiago Epstein

 

Hoy los invito a leer sin apuro una entrevista que resultó en lo mejor que, desde mi preferencia, puede resultar: una auténtica y ensimismada conversación. Mi deseo para quien la lea es que la disfrute tanto como la disfruté yo.

 

¿En qué ha cambiado tu forma de componer a lo largo de tu trayectoria musical?

Cambió bastante. Porque cuando empecé a componer fue de una manera un poco inconsciente. Lo cual me parece que está bueno. Cuando quise ver, estaba con una guitarra en la falda y estaba tratando de hacer una canción yo con los tres acordes de la primera canción que había aprendido, que era “Girl” de los Beatles. De atrevido. Después me di cuenta de que el atrevimiento en la composición es necesario, porque vos vas caminando por un camino que nadie antes transitó. Cada canción, cada hecho compositivo, cada hecho creativo es un evento único y absolutamente novedoso en la historia del universo. [Se ríe y aclara:] Le estoy dando una trascendencia grande pero es realmente así. No tenés a quién preguntarle: “Che, y ahora en esta encrucijada, ¿qué elijo?” Y eso exige tener espíritu de aventura y ser un poquito desfachatado. Cuando daba clases de música siempre les decía a mis alumnos: “no esperen saber todo lo que hay que saber para componer, porque si toman esa actitud, no van a componer nunca”. La composición es mayoritariamente un evento en el que uno está saltando a lo desconocido.

Al principio básicamente encontraba secuencias de acordes, arriba de eso empezaba a tararear una melodía, y a embocar palabras en esas melodías, casi como con calzador. A ver qué palabra podía enganchar en lo que yo estaba tratando de tararear. [Se ríe]. Ahora que lo miro para atrás, es una forma rara de componer. Ahora empecé a componer de una forma diferente: a partir de ideas. Por ejemplo en este disco, “Uno”, empecé a pensar en la unicidad de todo lo que existe. Fue una revelación medio epifánica, en una noche de verano, estar viendo las estrellas y de golpe —es una sensación rara de explicar, porque no es racional— tenés esa sensación de “yo formo parte de algo que me trasciende”. Dicho con palabras suena raro pero a veces uno lo siente. Entonces a partir de esa idea que aparece, empiezo a componer. De ahí se van desprendiendo varias canciones del disco: “El más laico catequismo”, “Uno”, “Amo”. Y, de una manera ya no tan directa, cinco o seis canciones más que están incluidas en el disco, que están relacionadas con ese concepto.

Lo otro que también cambió mucho es que empecé a componer a partir de la melodía. Me entré a dar cuenta —tarde por cierto— que la canción es básicamente melodía y la música es básicamente melodía. Eso es una constatación de los últimos diez años. Fijate que la música existe para la humanidad desde que la humanidad es humanidad. Estamos hablando de más de cien mil años, de los Sapiens. Durante la gran mayoría la música es solo melodía. Melodía y ritmo, pero la superposición de notas, la formación de acordes es algo que por ejemplo en la música occidental empieza recién en la Edad Media. Entonces si lo pensás desde el punto de vista evolutivo, como un concepto medio darwiniano, es raro saltearte algo que estuvo y está tan presente en tu genoma.

¿Por qué te parece que pasa eso?

A mí me pasó por ignorancia. Me pasó porque desde mis diez años —que fue cuando empecé a componer canciones— hasta mis treinta no entendí que esto para mí era una cosa central. Me daba cuenta de que me fascinaba, que no lo podía evitar. Era una especie de “Puertita del Señor López”, en la que yo entraba y respiraba aire. Imaginate que estaba por ejemplo estudiando para un examen seis meses, no sé cuántas horas por día… cuando agarraba la guitarra era una sensación de vértigo, de emoción, de adrenalina. Pero no me imaginaba viviendo de esto. No imaginaba centrando mi vida y armando mis vínculos sociales, mis relaciones amorosas, todo alrededor de la música. Ahora estoy mucho más involucrado, mirando con más calma, con más reposo. Estoy estudiando de otra manera las cosas que hago y, bueno, llegué a esas conclusiones de una forma un poco tardía. En realidad en los últimos años llegué a dos conclusiones grandes en cuanto a lo compositivo. Una, la importancia central de la melodía. Una canción se reconoce por la melodía, no por la armonía. Y también me di cuenta de que muchas veces las melodías que funcionan bien son aquellas que respetan la propia prosodia del lenguaje. Nosotros no nos damos cuenta cuando hablamos entre nosotros pero cuando hablás con un cordobés, por ejemplo, ahí decís, “¡estás cantando!”. Y el cordobés te dice que sos vos el que estás cantando. Si escuchás lo que estás diciendo con oído musical, te das cuenta de que sí, que hay música en lo que decimos.

¿También te fijás en los sonidos que integran una palabra?

Muchas veces te pasa que ponés una palabra en un lugar y no emboca. Y ponés otra en ese mismo lugar y todo enganchó. Ahora intento explicar ese fenómeno por el lado de que cada palabra tiene su música interna, tiene su propio color, su propia tímbrica, y cuando uno logra que los acordes, la melodía y el ritmo estén en consonancia con ese germen semántico que tiene la palabra y aporten dimensiones… Que no resten, ¿no? Porque a veces cuando generás contradicciones, se generan cancelaciones y la palabra termina perdiendo poder. Pero si vos lográs que se genere una consonancia entre lo que tiene adentro la palabra y lo que le estás poniendo alrededor, bueno ahí pasan cosas preciosas.

Cuando vos decís que ahora tenés más calma para la música, ¿en qué se traduce esa mayor calma en términos concretos?

No sé en qué se traduce en la música. Porque la estoy mirando demasiado desde adentro y a veces no me doy cuenta. Además son procesos muy dinámicos y a veces uno entiende lo que está pasando diez años después. Ahora escucho mis discos de hace diez años y entiendo cosas que en ese momento no sabía. Y que ya estaban dichas adentro del disco. Tengo canciones que, por ejemplo, anuncian separaciones bastante antes de que pasaran. Tengo canciones que me anuncian a mí mismo qué va a pasar más adelante. Canciones como “Full Time”, por ejemplo. Son canciones que ahora las miro y digo: “Mirá, era esto lo que estaba queriendo decir”. De la letra de “Vacío”, por ejemplo, que es una canción fundacional de mi tercer disco, una canción muy importante en muchos sentidos para mí, terminé de entender varios aspectos diez años después.

En cierta manera cuando uno compone entra en contacto con esferas de la psiquis con las que habitualmente no tenés un diálogo muy fluido. Y a veces la composición te abre un canal para entrar en contacto con cosas y para poder volcar arriba de un papel, ya te digo, necesidades, que a veces son fuerzas psíquicas que están operando en el silencio, en la oscuridad, y vos todavía no las estás viendo. Te están diciendo cosas a través del papel y vos demorás todavía un tiempo en comprender. Tengo un caso para mí muy llamativo, que es “Linda”, una canción que le hice a una pareja que tuve en el momento en el que nos estábamos conociendo, en el pico máximo de enamoramiento, y adentro de la canción, cuando leés la letra, está anunciando que eso va a terminar mal, que va a haber dolor, y una separación, y que no va a ser dentro de mucho tiempo. Y así fue.

¿Sabiendo eso ahora estás aprovechando tus canciones actuales de otra manera?

No, no. No, porque aprendí que de las canciones, no solo en la composición sino también en cómo las producís, hay que saber soltarse. Porque cuando uno pone demasiada maquinaria racional, en particular yo que tengo una tendencia grande a tratar de controlar lo que está pasando, hay algo que se muere.

Este disco para mí fue todo un acto de confianza. Me subí a un avión, me fui a Rio de Janeiro, a grabar con una persona a la que admiro hace años: un productor muy importante para mí y en general. Lo llamé dos meses antes, cuando ya sabía que íbamos a trabajar juntos, y le pregunté si le mandaba maquetas. Me respondió que no, que él no trabajaba de esa manera. Me dijo: “Yo trabajo con la espontaneidad. Vení y cuando estemos acá vemos qué hacemos”. Yo tomé aire y dije: “Bueno, vamos, a ver con qué me encuentro” [risas]. Y fueron veinte días de montaña rusa. Yo me levantaba de mañana, entraba al estudio y él me decía: “Bueno, justo está este amigo acá, vamos a grabar esta canción con él” y así se fue llevando. Los primeros días yo estaba dejando las uñas marcadas sobre la mesa, tratando de frenar aquello. Al tercer o cuarto día dije: “Pero, por favor, soltemos”. Y solté y, realmente, lo que estaba buscando en el disco, que era una dosis de espontaneidad, frescura, algo con la sensación de cosa viva, lo escucho en el disco.

Al escucharlo también se encuentra mucha cosa muy pensada. ¿Cómo hacés para balancear esa cantidad importante de pensamiento con lo que te hace componer, que evidentemente va por el lado del sentimiento?

En particular en este disco yo quise resaltar la esfera más emocional, ya desde la apertura del disco.

Ah, qué precioso tema “La rambla de Montevideo”. Sorprende que la música da esa sensación de dinamismo que tiene la rambla, con su gente corriendo y los autos pasando.

Vos sabés que yo ya había hecho una canción que se llama “La rambla de Montevideo” en “Micromundo” (dos discos para atrás). Pero me di cuenta de que la rambla es un lugar tan, tan importante en mi vida, que siempre estuvo presente. Es un lugar fundacional. Entonces dije: “¿Qué pasa? Voy a escribirle veinte canciones a la rambla… las que haya que escribirle”. Esta es la segunda pero ya tengo la sensación de que van a venir más. Mi productor brasileño me decía que no la sentía adentro del disco. Y cuando la grabamos en Brasil, fue raro. Claro, podría haberla ahogado si la hubiese hecho demasiado montevideana. La grabamos en Brasil con Kassin tocando el bajo, Danilo Andrade tocando el clavinet, Leo Reis y Suzano en percusiones y se armó una cosa candombe pero muy funk al mismo tiempo. Después, cuando vinimos a Montevideo, me di el enorme placer de sumar a Martín Ibarburu en la batería y a Jhonny Neves tocando tambores de candombe, y mezclar esos dos mundos y ver que hablaban bien entre sí. Después sumamos los coros de Carmen Pi y Camila Ferrari. Y de golpe la canción empezó a tomar gran espesor y terminamos poniéndola de primera. O sea, cuando uno decide con qué canción abrir un disco es un tema.

Yo coincido contigo que en el disco conviven dos universos. Lo que pasa es que para mí no es difícil construir densidad racional. Es una cosa para la cual estoy entrenado. Quizás por eso me fui para Brasil. Porque necesitaba que apareciera también la otra ala. Por ejemplo, “Febril Remanso”, que es el corte de difusión del disco, es una canción compleja, que tiene muchos acordes, una veintena, pero no me interesaba que quedara en el disco como una canción rebuscada. Y Kassin logró darle un aire pop, bien liviano, desde que arranca hasta el final. A no ser que uno le preste mucha atención, no se da cuenta de la complejidad que tiene atrás esa canción. Y esa era la idea. Cada vez detesto más la complejidad como ostentación. Cada vez lo simple me llama más la atención y en este disco la idea era esa.

¿Quién produjo “Uno”?

Mis dos primeros discos los produje con Gonzalo Gutiérrez. Después a “Vacío” y “Micromundo” los grabé con Matías Cella en Buenos Aires, y “Mar Abierto” y “Tres Tiempos”, a pesar de que fueron grabados en Buenos Aires y Porto Alegre, con Dany López. En este disco trabajé con los cuatro, lo cual sinceramente lo considero un orgullo. “Uno” está producido por Kassin y coproducido por Gonzalo Gutiérrez, Dany López y Matías Cella. Y logré armar un puente entre Montevideo, Buenos Aires y Rio de Janeiro. Siento que inclusive Kassin, que lo acabo de conocer, es un amigo que va a durar en el tiempo. Y bueno, Gonzalo, Dany y Matías son hermanos. Entonces estoy contento, porque en buena medida de eso también se trataba “Uno”, de unificar cosas que en la apariencia están separadas.

Yo viví quince, veinte años de mi vida en dos mundos aparentemente irreconciliables y recién en los últimos diez, doce años, me entré a dar cuenta de que las mejores cosas que me pasaron en ciencia y en medicina estuvieron relacionadas con la música y que las mejores cosas que me pasaron en la música estuvieron relacionadas con la ciencia y la medicina también. En cierta medida, estar parado en una encrucijada no era lo que yo percibía como un sufrimiento y una flaqueza de carácter, de no saber decidir para dónde iba. De golpe vi que quien está en una encrucijada ve las dos calles. Lo vi como una bendición.

Musicalmente, ¿tenés un ideal? ¿Adónde te gustaría llegar?

En los próximos cuarenta años —ojalá que los tenga— me gustaría mantener este equilibrio que tengo ahora. Esto incluye: poder seguir teniendo una disponibilidad importante de tiempo, porque creo que el bien más preciado de todos es el tiempo, y poder seguir teniendo una libertad creativa absoluta. Quizá sí me gustaría poder abrir un canal de comunicación un poquito más amplio con el público.

¿En qué sentido?

Siempre tuve un canal de comunicación muy limitado. Siempre me dirigí a públicos muy pequeños y muy frágiles. Lo que me permitió vivir de la música es que tengo un público pequeño en diferentes ciudades: en Buenos Aires, San Pablo, Porto Alegre, en el DF, en Lima, Medellín, Santiago de Chile, otro más pequeño en Madrid, y otro más pequeño todavía en Barcelona. Pero todo ese circuito me permite funcionar. Bueno, si eso se pudiera acrecentar un poco, la verdad que me gustaría. Pero no mucho más que eso.

¿Tu pasión mayor es grabar o tocar en vivo?

Creo que lo que me terminó metiendo en la música es que me gusta todo el proceso. Por ejemplo de la ciencia me encanta la idea, el debate, la confrontación de ideas pero el proceso en sí de trabajo en ciencia me resulta aburrido. Este disco, justamente, es una declaración de deseo de vivir en dimensión poética.

Te quiero consultar sobre una de las canciones. ¿Cómo se te ocurrió ponerle esa música a la letra “Los peones de la guerra”? 

Es la canción más bizarra.

¡Es tanguera!

Bueno, mirá, eso que acabás de decir ya me pasó en no menos de cinco entrevistas y la canción no es un tango. Te diste cuenta, ¿no?

Pero tiene un aire de tango.

Mirá, te voy a decir una cosa. Si la escuchás, no tiene ninguna intención de ser un tango. El universo armónico de la canción, y esto te va a sorprender, tiene todo que ver con los Beach Boys.

¡No! ¿En serio?

Sí. Escuchá la canción “God Only Knows”. Pero dejame contarte esto primero: el arreglo que estamos preparando para el show del 23 es un tango, con lo cual me sorprende más todavía lo que me decís. El guitarrista me dijo: “esto es un tango”. Él toca muy bien tango. Empezó a tocarla y yo a cantar arriba y todo encajó.

Esta fue una canción particular. Por ejemplo, es la única canción de todo el disco que canté de un tirón y la única que canté en Rio de Janeiro. A todas las demás las canté acá.

Bueno, es una temática que uno tiene frente a los ojos todo el tiempo. Primero me di cuenta de que vos llegás a una ciudad en Europa y llegás inmediatamente a la ciudad. En América del Sur primero llegás a la periferia, y atravesás un cinturón de exclusión, de violencia… también de mucha vitalidad; recién después llegás a la ciudad. También estaba leyendo un libro de Mario Delgado Aparaín, que se llama “No robarás las botas de los muertos”, sobre el sitio de Paysandú. Describe todo ese episodio espantoso. Y cuando termina el sitio de Paysandú, después de que los tipos se mataron, sufrieron, con el calor del verano en Paysandú —no me quiero ni imaginar lo que debe de haber sido eso—, el ejército de Venancio Flores fusila a los oficiales, entre ellos a Leandro Gómez, y a la tropa la incorpora al ejército colorado y se van a la guerra del Paraguay. Entonces vos decís: “¿Y esa gente no valía nada?” Imaginate, yo me estuve jugando la vida en un ejército y cuando termina la guerra, me incorporan en otro y me llevan. Por eso lo de “vida sin valor”, ¿no? Como si fueran los peones del ajedrez: los que van adelante que se sacrifican. Entonces escribí la letra y pensé qué hacía con ella… podía ser un rap, y hubiera funcionado, de hecho al final pasa eso. Pero ta, no me convencía; parecía una salida fácil. Y seguí probando cosas. Hasta que un día estábamos volviendo de La Paloma con Zelito, que es con quien hice la canción “Febril Remanso”, y empezamos a escuchar, obsesivamente, “God Only Knows”. Prácticamente escuchamos solo esa canción los doscientos diez kilómetros. Veníamos hablando de la secuencia armónica de la canción: cómo en el estribillo baja, que es algo que también remarcó mucho McCartney, que dice que esa es su canción favorita de todos los tiempos. Es algo que pasa también en Penny Lane [tararea]. En un momento, veníamos cruzando el puente de Parque del Plata, me di cuenta de que esa era la estructura para “Los Peones”, que volviera para abajo. Y de hecho la forma en que sale, que sale a través del séptimo grado para volver al estribillo, es el mismo acorde que utiliza “God Only Knows”. Hace el mismo recorrido.

¡Y qué fuerza que tiene eso cuando baja!

Para mí es una cuestión taoísta. ¿Viste que Lao Tsé decía: “si querés que te escuchen, no grites”? Uno a veces piensa que si el estribillo va para arriba… y a veces es al revés. Agarra un dramatismo el estribillo que no tendría si hubiera resuelto para arriba, ¿no?

Mirá, es una canción rara en muchos aspectos. Porque es la primera vez que escribí una canción entera en partitura antes de tenerla hecha. [Me muestra la partitura, que es todo un librillo]. Es un cuarteto de violín, viola, cello…

¿Vos ya las pensás con los instrumentos?

Esto es nuevo. Yo llegué al estudio con la canción afuera del disco. Sobre todo porque mi productor y yo estábamos de acuerdo que no iba. Y el último día antes de irme del estudio de Kassin, él me dijo: “¿No tenías una canción más?” Me pidió que se la mostrara y saqué este cuadernito. Le expliqué: aquí entra el trombón, acá más adelante…

¿Pero ya te viene así la canción a vos? ¿Te la imaginás con todo eso cuando la estás componiendo?

No, yo la compuse desde la guitarra. Mirá, si no te aburre, te lo muestro.

¡Qué me va a aburrir! Me fascina.

En realidad lo que hice fue agarrar la guitarra. Lo que tenía hecho era esto [toca unos compases en la guitarra] y se me ocurrió hacer un movimiento cromático…  escuchá los bajos, por semitonos. Y esto, que a vos te suena a tango, ¿conocés Eleanor Rigby? Es ese pulso. Y es el pulso de “God Only Knows”. Y como estaba tomando un curso de contrapunto, le dije al profesor que iba a intentar armar algo para tres voces. Y de repente empecé a sumar voces y empecé a jugar con total inconsciencia. Me llevó un mes de trabajo, porque no tengo oficio de compositor en esta área. Y fue completamente inesperado cómo se resolvió, porque Kassin me preguntó si lo tenía en midi. Entonces lo pasó por un procesador con sonido de melotrón. Y le encantó. Lo grabamos en melotrón. Después en Buenos Aires grabamos con un cuarteto de cuerdas, y clarinete, y flauta traversa. Entonces la canción va todo el tiempo oscilando entre una cuestión orquestal y una cuestión electrónica. Pero en ningún momento juega con el tango y sin embargo la gente la escucha como un tango. Yo estoy muy sorprendido. Es una cuestión que me agrada.

Es que también al tango por acá lo tenemos incorporado hasta sin darnos cuenta.

Totalmente.

[Daniel pone “play” en su computadora y me muestra cómo era el archivo original de la composición, hecho con un programa de computadora. Y explica:]

Entonces, le llevo esto a Kassin y se le ocurrió pasarla por unos filtros de voces rarísimos. Mirá. [Me muestra la grabación y me va indicando dónde hay más filtro y menos filtro de la voz, a la que se le agrega un sonido fantasma, por momentos y más y por momentos menos notorio].

Esta canción tiene otro detalle: es de tiempo variable. Arranca en 120, baja a 108 y sube a 150. Todo el tiempo se está moviendo.

¡Pero eso en vivo no lo podés hacer!

No, no. Obviamente. En vivo es otro capítulo.

Mmm. Pero vos componés canciones que luego grabás y luego presentás en vivo. ¿Vos grabás el disco como se te canta y después ves cómo las presentás en vivo?

Sí.

¿Y eso es inteligente?

No. [Risas]

[Yo me quedo pensando lo fascinante que es todo ese largo proceso desde la composición hasta la presentación en vivo y las muchas adaptaciones entre medio].

Comentaste que te encantó escribir prosa cuando acompañaste el DVD “Tres Tiempos” con un libro. Me intriga, ¿seguís escribiendo?

Vos sabés que había agarrado impulso para sacar un libro sobre “Uno” también. Y ahora lo perdí. Quedó no sé dónde.

¿Pero siempre tenés unida la prosa a tus discos? ¿No se te ocurre escribir un libro de cualquier otra cosa?

Tengo un par de temas de novelas en la cabeza, dándome vueltas. Uno de ellos apareció hace una semana. No sé si algún día lo haré. Calculo que en algún momento pero me parece que no va a ser pronto. Ahora tengo un envión muy fuerte con las canciones y con tocarlas.

La experiencia de escribir “Tres tiempos” fue un regalo. Yo pensé que iba a ser un librito que iba a acompañar un DVD y terminó siendo un libro que está acompañado casualmente por un DVD. Pensaba escribirlo en quince días en La Paloma y estuve tres meses encerrado en un living, en silencio, escribiendo… y fue increíble.

¿Te pareció que es la misma conexión cielo-tierra que te genera una canción cuando empezás a crearla?

Me pareció que en algunos aspectos es más fuerte.

 

Si no fuese por la variable tiempo, le habría seguido preguntando cómo compuso cada tema de los del disco. Quedé enormemente agradecida por la generosidad de Daniel, justamente con lo que él considera más preciado.

A ustedes que han leído esta charla, les sugiero que vayan a ver la presentación del disco “Uno” el día 23 de noviembre en la Sala Zavala Muniz y que en cuanto encuentren el disco, obtengan un ejemplar. El objeto físico está hecho con un cuidado increíble, con un papel de buenísima calidad y un nivel de diseño que me resultó extraordinario. En cuanto a la música, puedo decirles que es un disco que los mantiene atentos, que sorprende para bien, que nutre en varios niveles y que siendo muy uruguayo, es también cosmopolita.

 

Foto de portada: Santiago Epstein.

Entrevistadora: Patricia Schiavone

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