Homenaje a Chris Cornell en Inmigrantes

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El clima gélido montevideano del miércoles 5 de julio de 2018 a las 22:00 horas era un espejismo para ocultar una velada acalorada y con un nivel alto de frecuencia celular.

Calculé a qué distancia me pararía para que el volumen no fuera demasiado e incluso evalué la posibilidad de una huida discreta. Sin embargo terminé, por elección, en primera fila, recibiendo todo con las tripas, y gozándome la vida durante las dos brevísimas horas que duró el homenaje a Chris Cornell de Llambo (Alejandro Llambías), Tote FernándezJuan Eiraldi y Fernando “El Rengo” López.

Un Inmigrantes completamente lleno (“up to the balls”, como bromearon) se mantuvo al firme con mucho respeto, atención plena y satisfacción justificada.

Qué privilegiados los que estuvimos ahí. Fue un concierto compacto en su excelencia, con un nivel de energía sostenido hasta el último segundo. Inclusive la participación de varios invitados sucedió cómoda y coherente con esa unidad.

Llambo se pasa de genio. Cantó las dos horas con esa calidad que lo caracteriza. Lo más obvio y lo primero que atrapa es su dominio técnico para llegar a notas súper agudas o a un registro mucho más grave sin disminuir para nada la textura del sonido ni la afinación. Pero lo que a mí me embriaga es la convivencia en una sola voz de una buena dosis de garra, de potencia, también de tristeza, y una enorme porción de dulzura, suavidad, cordialidad. Llambo está al mismo nivel de cantantes gigantes como Chris Cornell o Myles Kennedy pero tiene un ángel especial que lo identifica y diferencia de cualquier otro. Él despierta una constelación de emociones y nos permite poner a la vista aspectos contradictorios que conviven en nuestro interior. Escucharlo no es algo que convenga hacer a la ligera… hay que saber que uno se está entregando a una transformación potente. Después de la experiencia es como si la filigrana de la vida tuviera hilos de más colores y todo brillara más.

Juan Eiraldi en la guitarra sostuvo el mundo melódico y armónico de la noche de manera admirable, con un toque optimista y corpulento, sensato pero vivaracho, alegre e inquieto. Me llamó la atención su genial ubicación para despegar cuando así convenía y para generar una base adecuada cuando otros tenían el protagonismo. Su sonido es limpio, decidido y su impronta es calma, segura y gozada. Sin duda un gran guitarrista.

A la izquierda del escenario, regocijado, Fernando “El Rengo” López llevó, sabio e incansable, la batuta con el bajo. La máxima “menos es más” se resignificó aquí para mí. Si bien por momentos aparecían más, me sorprendió -para bien- su efectividad con pocas notas. De la mano con esto disfruté tanto de los sonidos no tocados pero implícitos que sí sonaban en mi cerebro como de las notas sostenidas y saboreables durante tiempos completos. La buenísima comunicación con la batería fue otro de los hitos.

Lo que me lleva a situar la mirada en Tote Fernández. Antes de que comenzaran le pregunté qué le atrapaba más de este proyecto. Me respondió algo así: “Son las canciones que escuché durante toda una época, esta música corre por mí, y lo que más me gusta es tratar de generar lo mismo que los bateros de las canciones originales, que tienen sus diferencias”. [Matt Cameron, Brad Wilk y otros]. Durante el show fue fascinante presenciar ese cambio de energía entre los temas, con los diferentes vocabularios y enfoques, y sin embargo, detrás, en el fondo de esas variaciones, encontrar el sonido tan personal de Tote, que tiene una solidez extrema pero cómoda, una contundencia bestial y creativa, un gusto de chef francés al elegir sus fills y también sus silencios. Admiración total me generó su habilidad para disfrutar a tope, permitirse emocionar y excitar notoriamente por la energía de la música y a la vez mantener el tiempo y el temple con maestría. Si lo han visto, saben que es bastante alto. Para que se hagan una idea del volumen que hubo por momentos, déjenme contarles que subía los palos hasta encima de su cabeza para tomar impulso. “¿A vos no se te rompieron los oídos?”, me preguntó Llambo. Y no, porque me pasé el toque entero poniéndome y sacándome los protectores. Cada vez que él decía “vamos a tocar una baladita”, yo volaba a protegerme estos órganos de los que dependo para ser feliz. Y, nobleza obliga, hubo lapsos más calmos en los que fue muy placentero estar desprotegida.

Hubo varios invitados: Sebastian Casafúa (Voz), Leo Varga (Batería), Emiliano Pérez Saavedra (Batería), Gonzalo de Lizarza (Guitarra), Claudio Pintos (Guitarra), Diego Bustamante (Voz), Marcelo Leoni (Bajo) y Rosendo Saralegui (Bajo). Todos aportaron su color personal que combinaron a la perfección con la paleta de la noche.

En este encuentro de tributo sonaron, con todo el respeto del mundo, temas de Soundgarden, Temple of the Dog y Audioslave. Es doloroso detenerse a ver que un ser tan creativo y genial como Chris Cornell llegó a no encontrar motivación para continuar viviendo teniendo aún unos cuántos años por delante. También es emotivo que su obra continúe renovándose con músicos que le rinden homenaje de esta manera tan profesional.

 

Si te interesó esta reseña, puede interesarte leer también nuestra entrevista a Llambo.

Foto de portada: facilitada por la Producción.

 

Respeto y veneración musical: Ibarburu-Chapital en Ciclo de Cuerdas

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Se apagaron las luces y se sostuvieron apagadas un poco más de lo acostumbrado. La calidad de ese lapso de silencio, visual y auditivo, nos hizo saber que por esa noche el público estaba a la altura de los músicos. Atención plena, evidente expectativa y mucho respeto. Alguien aventuró un silbido y un aplauso apretado les dio la bienvenida a Nicolás Ibarburu y Juan Pablo Chapital. Desde el suelo, dos focos blancos y tímidos iluminaban justo lo suficiente, generando un efecto íntimo, que invitaba a agudizar el oído y toda la kinestesia.

A partir de la primera nota de la primera canción que ofrecieron hasta que se volvió inaudible el último sonido de la noche, vivimos un maridaje de profesionalismo, enorme cuidado, profundo amor y total veneración a la música.

Tanto de la grabación “Amanecer en Tandil” como de este show de presentación en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre me impresionó que siendo la mitad de temas de uno y la mitad de temas compuesto por el otro el disco tiene una unidad y personalidad indiscutible. No es para nada un rejunte de canciones sino que se siente como si hubiese sido una obra creada como una unidad. Si a eso le agregamos que estamos hablando de dos guitarristas profesionales que ya tienen sus carreras individuales muy desarrolladas, resulta muy destacable que se hayan conjugado de tal forma como para que resulte esta obra tan uniforme y por cierto muy hermosa, que se asienta en nuestro interior como pocos discos instrumentales de estos lares.

De alguna manera me trajo a la memoria el “Friday Night in San Francisco” (de John McLaughlin, Paco de Lucía y Al Di Meola). No porque sean discos similares, que no lo son, sino por esa cualidad de guitarras amalgamadas de tal manera que uno siente un efecto celular que no es “ni Ibarburense ni Chapitalteco”, sino otro, nuevo, e increíblemente hermoso.

El concierto entero fue una delicadeza amorosa, una reverencia a la creatividad sensitiva. Me encantaría, aunque sé que es difícil, que entre líneas pudieran oír las notas sostenidas, apoyadas con garra y misticismo; el recogimiento de los silencios… y el homenaje implícito a la sensibilidad humana.

Juan Pablo iba presentando los temas y él y Nicolás nos hicieron reír muchas veces con sus comentarios. Con ambos sucede que siendo esos gigantes musicales que son para algunos de nosotros, al oírlos hablar en el mismo tono que podríamos oír en un amigo o vecino, nos resulta sorprendente y divertido. A mí me genera admiración que sean así de cercanos siendo que a la vez están a años luz de nosotros los terrícolas.

En medio de la noche invitaron a Pablo Pinocho Routin a cantar un tema de Atahualpa Yupanqui. La presencia de Routin aportó un color diferente a la noche y creo que fue muy acertado, dándonos la oportunidad de un pequeño cambio de frecuencia que nos permitiría retomar la segunda parte con curiosidad renovada. Pinocho también se presentará en este ciclo, cerrándolo, el día 7 de noviembre.

En el público se encontraban Carmen Pi (que se presentará en este ciclo el día 8 de agosto) y Sara Sabah (que se presentará el 10 de octubre). Por su parte Nico Ibarburu el 5 de setiembre participará nuevamente con su banda.

Al llegar a los agradecimientos, que incluyeron a todos los involucrados en el CD y en el show, me conmovió especialmente la mención a Evaristo Martínez y Gastón Gauna, quienes fueron instrumento para la magia. Las palabras del Chapa fueron más o menos así: “Queremos agradecer especialmente a un amigo que está en la sala, que fue un poco el que se dio manija para que hiciéramos el disco, que se vino a mitad de semana de la ciudad de Azul: Evaristo Martínez. Todo surgió así. En un show que hicimos con Nico en la Sala Zitarrosa hace un par de años, donde los dos presentábamos el proyecto de cada uno y en un momento del show presentábamos algo a dos guitarras. Cuando Evaristo se enteró de eso dijo: ‘Yo los voy a traer acá y vamos a grabar el disco’. Y nos armó una gira que terminaba en la ciudad de Tandil, donde conocimos a otro loco de la guerra, amigo, que se llama Gastón Gauna, que es el dueño de Nido Records, que es su estudio, todo hecho a mano por él. Todo lo que ves fue puesto por él, todo de madera, increíble. Y el día del show Gastón vino a presentarse y nos dijo que teníamos las puertas abiertas para grabar. Y ahí estuvimos dos días amaneciendo en Tandil. Así que bueno, Gastón Gauna fue también fundamental en este proyecto“.

Por suerte nos regalaron algunos temas más. Uno de ellos fue “Quiero” de Chapital, que es la primera canción cantada por él que ha grabado hasta ahora. Es una canción súper bonita, muy sensible y muy introspectiva, con una melodía que queda sonando y resonando por días.

Después Nico cantó su canción “Mapa Tesoro”, que ha recibido una avalancha de crítica positiva de parte de los músicos. Su canto me conmovió de principio a fin y me fascinó ver su evolución en su actitud al cantar en apenas unos meses. Lo que empezó con una cuota de timidez está desarrollándose en un sentido muy generoso. Está pasando eso que era esperable que sucediera: que su voz nos sacudiera las células parecido a sus notas en la guitarra. El contenido de dulzura y amor que trajeron esas notas me desarmó por completo y logró eso que considero lo máximo al escuchar música: me detuvo todo pensamiento. Sonreí feliz, de principio a fin de la canción, y solo sentía el corazón transformándose bajo un embrujo nuevo.

Una belleza de concierto. Un par de guitarristas y compositores que tanto individualmente como en conjunto son un deleite absoluto.

Ahora tenemos “Amanecer en Tandil” que nos acompañará toda la vida. De corazón espero que no sea el último disco de esta yunta genial.

Reseña escrita para COOLTIVARTE, donde pueden encontrar las fotos del show tomadas por Ricardo Gómez.

Radios on-line de todo el mundo

Esta entrada será brevísima, solo para contarles o recordarles que en el siguiente sitio pueden escuchar radios, que transmiten on-line, de todo el mundo.

¡Me parece tan fascinante esto!

Pueden alejarse y acercarse, rotar el mundo, etc. Donde hay puntos verdes, están las radios. Abajo a la derecha aparecen los nombres de las radios de esa ciudad (puede haber solo una o varias).

http://radio.garden/live/

¡Que se diviertan tanto como yo!

No te lo querés perder: “Amanecer en Tandil” de Ibarburu y Chapital

Una de las maravillas de vivir en Uruguay es tener la oportunidad de ver en vivo conciertos como este que tendremos en pocos días.

Nicolás Ibarburu y Juan Pablo Chapital presentarán su disco “Amanecer en Tandil” en la Sala Hugo Balzo, siendo la suya la primera presentación del Ciclo de Cuerdas organizado por el Auditorio Nacional del Sodre. Esto sucederá el próximo miércoles 13 de junio a las 20:30h.

Siento una gran responsabilidad sobre mis hombros: por un lado, necesito contarles un poco acerca de este disco, para que por nada del mundo se pierdan esta presentación que sin duda será única, y por otro lado deseo que se sorprendan y deleiten como yo al escucharlo por primera vez. La única manera que se me ocurre de lograr eso es contarles apenas un poco de mi experiencia personal al escucharlo, y permitirles que descubran el resto directamente. Espero sin embargo poder transmitirles mi entusiasmo, como para que ni uno de quienes disfrutan de este tipo de delicatessen musical se lo vaya a pasar por alto por falta de información.

Mis amigos y yo lo diríamos así: si estos dos guitarristas fueran europeos y a este disco lo escuchara el sello ECM, inmediatamente los incluiría en el catálogo de sus artistas. Entre paréntesis aclaro que el 90% de los discos que edita ECM me fascinan. En este caso quien notó el potencial sonoro de esta dupla genial fue Gastón Gauna, dueño de un estudio de grabación en Tandil, Argentina, a quien aquí le agradezco que tengamos esta joya musical. Con orgullo y felicidad incluiremos “Amanecer en Tandil” en nuestras discotecas personales.

El disco tiene la misma cantidad de composiciones de Chapital que de Ibarburu y una versión de una canción de Eduardo Mateo.

No hay bajo, no hay batería. Los sonidos son principalmente de guitarras, seleccionadas con un gusto excelente, y con notoria cuota de dedicación y de amor. Es un disco que te arropa, que te mima el corazón, que te hace respirar más lento y profundo. Es un disco que siento que me hacía falta. Es un disco que sí o sí tenía que existir.

La primera canción del disco, que se llama “Quiero”, es una composición de Chapital con una letra hermosa también cantada por Juan Pablo. Es su primera incursión en cantar uno de sus temas. El efecto de su canto es como una caricia al alma. Es cercano, con una voz muy cálida y muy sincera, que resulta inocente y madura a la vez y me generó comodidad y un sentimiento de naturalidad y transparencia. Esta canción cuenta con la bellísima participación en el acordeón del gran Hugo Fattoruso, que entrelaza sus sonidos a los de Nicolás y Juan Pablo con la calidad que ya conocemos y con una cuota redoblada de dulzura y cariño.

Juan Pablo toca la guitarra de acero y Nicolás la de nylon en todo el disco. Lo que me impacta mucho es cómo conviven las dos personalidades clarísimas de ambos en su instrumento, sin mimetizarse una con la otra, y cómo la combinación de ambas genera además una tercera realidad sonora, y por lo tanto también emocional, que es paradisíaca.

Me parecería extraño pero supongo que alguno de ustedes puede no haber escuchado todavía a alguno de los dos. Así que intentaré contarles lo incontable. Los dos tienen un sonido increíblemente personal en la guitarra. El alma del sonido de Nicolás Ibarburu tiene una garra especial, una tensión que, aunque esté tocando algo dulce o muy melódico, te hace mantenerte atento sí o sí, cala hondo, metiéndose derecho en tu cuerpo energético, sin pedir permiso ninguno y generándote el deseo de que dure para siempre. El sonido de Nicolás te impulsa a arriesgarte a vivir, es poderoso, es impulsor de realidades nuevas. En cuanto a Juan Pablo Chapital, lo que me llega a mí cuando toca él es una combinación 50/50 de amor y poder. La imagen que se me viene en este momento es un cielo de Cabo Polonio con fuertes rayos intermitentes anunciando tormenta y debajo un mar sereno llenísimo de noctilucas. Cada nota suya existe para desarmarte, para que hagas un camino hacia tus confines interiores y, si lográs sobrevivir a la emoción, el goce es grandioso.

Más o menos así es la experiencia de escuchar el segundo tema, el temún “Huella Digital” de Ibarburu. No les cuento más para que puedan experimentarlo de primera mano y sin expectativas concretas. Aunque, pensándolo bien, es imperioso contarles que una guitarra y otra se van entrelazando mágicamente y el efecto de las vibraciones en el cuerpo abarca todos los doce chakras, sin saltarse ni uno solo. Es un pasaje directo a un amanecer de esperanza, de confianza, de existencia.

Podría seguir contándoles sobre los demás temas del disco pero no sería un buen gesto de mi parte. Es de corazón que les recomiendo que vayan a escuchar esta maravilla en vivo. Yo esperaré pacientemente hasta después de esta presentación para quizás comentarles más. Lo que sí, insisto: es un disco que querrás tener, que te hará bien tener, que escucharás muchísimas veces, porque te resultará una compañía fantástica y sanadora.

En el EPK, que puedes ver aquí, Hugo Fattoruso comenta: “Hay mucha alma ahí, mucho sentimiento, mucha verdad, así… de amor”. Suscribo completamente. Es un disco lleno de todo eso, un discazo precioso.

Mateo x 6, o por siete

Hay conciertos que despiertan toda la verborragia y hay otros que te dejan tartamudeando impresiones fuertes.

Mi primer resumen de lo vivido es así:

  • Respetuoso, cuidado, elegante, solemne.
  • Maduro y humilde.
  • Natural y orgánico.
  • Dulce, sentido, cómodo.

En la celebración de los 25 años de Mateo x 6, en el Auditorio Nacional del Sodre, el martes 29 de mayo de 2018, la esencia de Eduardo Mateo estuvo presente en el escenario, y de a ratos también sentado entre las butacas, seguramente agradecido, admirado y emocionado por la dedicación, los arreglos hermosos y la fidelidad, musical y humana.

Hay teorías que dicen que el tiempo no es lineal como creemos, sino circular. Que pasado, presente y futuro conviven simultáneamente y que solo es nuestra percepción la que es lineal. Buda, por su lado, dijo que lo que alguna vez existió no puede dejar de existir, sino que pasa a formar parte del todo. Que no lo podamos percibir es apenas un tema de limitaciones. En las dos horas del concierto, sin embargo, las capacidades humanas se expandieron y fue muy evidente la convivencia en tiempo-espacio de Mateo, estos seis músicos y el público.

Hace mucho tiempo que entro a los conciertos como a un templo pero no hace tanto que comprendí por qué. La conexión que les sucede a algunos músicos con su propio espíritu tiene un efecto bellísimo y poderoso sobre los que escuchamos. Se da esa comunicación entre lo terrenal y divino en el músico, entre todos ellos, y en nosotros que estamos resonando. En Mateo x 6 pasó todo eso y además estuvo presente esa conexión con este ser tan excepcional llamado Eduardo Mateo, que para este país significa nada más ni nada menos que una de nuestras identidades musicales.

Como sabemos, Mateo x 6 son:

Ney Peraza – guitarra y voz

Alberto “Mandrake” Wolf – guitarra y voz

Jorge Schellemberg – guitarra y voz

Popo Romano – bajo, guitarra y voz

Edú “Pitufo” Lombardo – percusión, guitarra y voz

Martín Ibarburu – batería

Todo el toque fue un placer, con un sinfín de detalles especiales. Compartiré algunos, pero sepan que hubo muchos más.

La noche abrió con “Canción para Renacer”. Me enamoró por completo la dulzura de la voz de Mandrake. Él suele usar una postura más rebeldona, que también tiene su atractivo, pero anoche lo sentí diferente, más cercano que nunca, esparciendo abundante amor y tocando desde un lugar de enorme respeto y cariño.

En esta primera canción, Pitufo generaba el sentimiento de anclaje a la Tierra y Martín aportaba el aire. Eso para mí fue llamativo, porque esos roles suelen estar al revés, y sentí cómo el efecto celular de esa combinación particular fue novedoso y muy agradable.

Las últimas notas de esta primera canción fueron del bajo. Pero no hay caso; el público no ha aprendido a darle el lugar al bajo. Ese final tan sentido se perdió entre un aplauso efusivo que yo hubiese querido “mutear” por unos segundos. Permítanme decirles que el mejor aplauso, siempre, siempre, es el que se ofrece esperando que se haya extinguido la última nota.

Las tres guitarras tocando juntas tienen un efecto muy expansivo, de plenitud en todo sentido. Asombran la cantidad de arreglos diferentes. La alternancia de acordes entre unos y otros, la rotación del protagonismo melódico, el manejo genial de los volúmenes y la habilidad increíble para que, entre tantas, no haya una sola nota redundante.

También me llamó muchísimo la atención, durante todo el toque, que cada uno de los seis se puso al hombro por igual la responsabilidad rítmica y melódica de la banda. El resultado fue algo exquisito, que desde la dulzura y cariños extremos, con volúmenes muy medidos y cuidadosos, resulta con un nivel de fuerza y poder de aplanadora. Fue muy bueno vivir en la piel esa aparente contradicción entre algo delicado y suave que a la vez te atraviesa y desarma.

Otro punto a destacar es cómo podían cantar hasta cuatro, y a veces cinco, voces a la vez con la mejor regulación de los volúmenes, la coordinación perfecta de tiempos, el fraseo, la intención, la proyección, absolutamente todo amalgamado. El rol del sonidista evidentemente también estuvo muy bien desempeñado por Daniel Canoura.

Hubo temas como “Lalá” en el que la excelencia musical de todos se pudo apreciar multiplicada: la voz de Jorge, que me llega tan profundo, con esa mezcla de graves y agudos tan especial, que se siente como “estar en casa”. Hacía tiempo que no lo escuchaba y el rencuentro con su voz fue hermoso. Noté que la siento parte de mi historia. Me emocionó especialmente cuando cantó al unísono con la guitarra de Popo y en otros momentos con el bajo… en esas combinaciones sucedía gran magia. También siento que a través de Jorge el candombe es, sin vueltas, feliz.

El aporte de Popo fue de alquilar balcones. Principalmente tocó el bajo pero también la guitarra en varios momentos. Con ambos instrumentos aportó esa dulzura sensible que evidentemente era parte de Mateo también. Su base rítmica hecha principalmente de melodía me conmovió muchísimo. Y la combinación musical de esa melodía rítmica con las guitarras y la percusión para mí fue una obra maestra en sí misma.

Hablando de ritmo, el manejo rítmico de Ney Peraza en la guitarra es atrapante. El despliegue creativo de esa mano derecha… ¡no hay palabras que puedan describirlo! Y siempre por dentro de la música y en consonancia perfecta con los demás instrumentos, dialogando con guitarras, voces, bajo, percusión y batería. Las canciones cantadas por él también se sintieron muy especialmente emotivas. Me animo a aventurar que en esos momentos, como en “Voz de Diamantes” o en “El Tartamudo”, Mateo estaba parado a su lado, quizás pasándole un brazo por el hombro. Su canto llegó derecho al corazón, sorteando a la mente, al ego, y a todo lo que pudiera interponerse.

Mandrake, Pitufo y Martín le pusieron a buena parte del toque un ingrediente más liviano, que podríamos decir de diversión.

En “Espíritu Burlón” Mandrake nos regaló toda su genialidad expresiva e histrionismo fascinante. A Popo le agradecimos los slaps maravillosos. Martín tocó un patrón candombero de los suyos con perfecta consistencia y una homogeneidad insólita durante todo el tema. Aquí todo se multiplicó: el ritmo, las capas de voces, la intensidad… y las ganas de bailar.

Pitufo lleva la música puesta en su cuerpo y tanto con la guitarra como cantando, o con la percusión, es un manantial de ideas no predecibles y riquísimas, que a mí me llegan como una combinación de alegría de estar vivo y gran diversión por un lado y por otro, la inmensa seriedad y responsabilidad musical. O sea, la receta perfecta para un show profesional y creativo. Nos cautivó con su versión unipersonal y archiexpresiva de “Los Yuyitos”.

Uno de los hitos de la noche para mí fue “La Mama Vieja” a percusión y bajo únicamente. Por contar apenas un detalle, cualquier otro percusionista habría abusado del crash, ya que era el sonido más agudo de su set y el que más resaltaba junto al bajo. Pitufo lo administró a la perfección. Creo que lo tocó en cuatro momentos apenas. Fue una mama vieja tan candombera como rockera y maravillosa. Y déjenme contarles algo que sé que será difícil imaginar sin haberlo escuchado ahí: tanto uno como el otro dio cátedra de cómo manejar los silencios para lograr la emoción más profunda.

Martín es Martín… si él toca la batería, el show es excelente, conmovedor y con un nivel aumentado. Porque la música lo atraviesa como la estela de una varita mágica y él tiene siempre ese detalle sonoro que marca la diferencia. Que su llevada con la mano derecha en la chancha, o sus grooves “martinísticos”, candomberos, con un toque rockero por aquí, popero por allá, el detalle disco, y el otro folclórico. Y una auténtica maestría, aquí compartida con Pitufo, en la convivencia sonora, respetuosa y significativa, entre la bata y la percusión. Debe de ser el único baterista uruguayo, y quizás de un área mucho mayor del planeta, que no se equivoca y que jamás se emociona metiendo un palo de más… ni de menos. Mi eterna reverencia ante su maestría musical que a mi gusto en este toque llegó a su cúspide con ese tema que tocaron chiquito, chiquito… terminando casi en susurro y que solo un master de ese instrumento puede lograr de esa manera.

Es seguro que estoy olvidando algún detalle memorable pero como mencioné antes, este toque me entró directo a un espacio sensorial no tan conectado con la mente y sí mucho con el corazón.

Ah, sí, quería contarles también que los seis cerraron el concierto con “Cuerpo y Alma”, ese mantra que te agarra y no te suelta, y trabaja en ti mientras se sigue repitiendo muchas horas después de terminado el concierto.

Reseña escrita por Patricia para COOLTIVARTE, donde también pueden ver las fotos sacadas por Ivonne Morales.

Cautivado por el Hard Rock. Entrevista a Llambo.

Llambo, cantante de Hard Rock, es de las mejores voces masculinas uruguayas. Es imposible escuchar un tema suyo y no ponerle “play again”. Sus videos en Youtube tienen cientos de comentarios de admiradores internacionales. Luego de esta charla, que comparto a continuación, también puedo afirmar que es un ser humano muy cálido y generoso.

Gracias por hacerte el tiempo para esta entrevista, Llambo. Sabemos que estás muy ocupado y es un honor poder conversar un poco contigo. Sos un referente muy admirado y querido del Hard Rock en Uruguay.

Para mí es un gusto poder compartir sobre música.

¿Cómo fue que empezó todo?

Yo ya venía escuchando bandas como AC/DC desde niño, desde que tenía diez años, pero fue una noche escuchando el “ranking 100.3” en la radio cuando todo cambió. Pasaron “Welcome to the jungle” de Guns N’ Roses y escuchar aquello me provocó algo especial. Esa música me hacía sacar algo que estaba en mí y me hacía bien. Así fue que me hice una guitarra de cartón y empecé a sacar los temas.

¿Sacabas los temas con una de cartón?

¡No! (risas). Esa guitarra me la hice antes de tener una guitarra de verdad pero con esa guitarra no sacaba los temas, solo la usaba para hacer mímica de rockero sin saber tocar. Empecé a sacar temas ya cuando mi tío me prestó su guitarra para aprender y luego mis padres me compraron mi primera Les Paul a los 14 años.

¿En aquel tiempo te imaginabas que algún músico de Guns N’ Roses pudiera escucharte?

No, la verdad que no.

Antes de meternos en ese capítulo, ¿nos contarías un poco cómo fue la experiencia con Gotthard?

A partir de un video mío que vieron en Youtube, me escribió Marc Lynn, bajista de Gotthard. Estaban seleccionando un nuevo cantante porque Steve Lee había fallecido en un accidente el año anterior. Les había gustado mi voz y me escribieron diciendo que si me interesaba, me pusiera en contacto con su manager.

Gotthard es la banda número uno de Suiza, y la parte rockera de su música se alineaba con la música que a mí me gusta. Primero me pidieron que cantara encima de unas pistas que me mandaron, también quisieron escuchar material mío y finalmente quisieron que fuera a audicionar a Suiza. La experiencia fue buenísima y quedé entre los tres finalistas de más de cuatrocientos cantantes. Me enteré que competí, por ejemplo, con Jeff Scott Soto, que es tremendo cantante.

¿Y cómo fue que Steven Adler entró en contacto contigo?

Al volver de Suiza, me llegó un e-mail de alguien que trabajaba con Steven Adler, que fue batero de Guns N’ Roses, diciéndome que Steven había visto un video mío que le había encantado y quería que fuera allá a cantar con él en una banda suya, en la que tocan temas de Guns N’ Roses. Poco después empecé a recibir mensajes diciéndome que Steven Adler había twitteado uno de mis videos, preguntándole a sus seguidores qué les parecía, así que empecé a recibir comentarios en mi video de gente que llegaba a él por Steven Adler. Pero si bien recibí esa invitación, no fui porque la propuesta no terminó de concretarse en los aspectos logísticos y me pareció arriesgado, porque no me daba mucha garantía. Pero fue interesante porque me dijeron que ya estaba seleccionado, sin audición ni nada. Unos años después lo contacté cuando estuve por Los Ángeles y llegué a audicionar con él pero tampoco esa vez se concretó una colaboración, por otros motivos.

¿Por qué te dedicás a tocar Hard Rock?

Es que yo siempre vibré con esa música. Me cautivó la expresividad, la fuerza. Por ejemplo el Rock más suave también me gusta pero no me moviliza tanto. Si bien empecé queriendo cantar Hard Rock no fue tan directo como todo sucedió, ya que yo estudiaba y tocaba la guitarra y ya había formado una banda. Cuando quise cantar, vi que tenía que estudiar canto para hacerlo mejor. Así fue que busqué una profesora de canto y terminé estudiando canto lírico durante ocho años y medio, con Alicia Pietrafesa. Ella me enseñó la técnica y vi que podía aplicarlo a lo que quisiera. El canto lírico tenía mucho de lo que me gustaba, sobre todo esa expresividad máxima. Inclusive entré al coro del Sodre allá por el año 97… pero me quedé muy poco. No era lo mío.

Luego ya me dediqué al Hard Rock y por suerte he participado de varios proyectos.

¿Cuánto has compuesto en esos proyectos?

Bastante. Los temas de la banda que tuve antes de Doberman, Muromets, son todos míos. Y con Doberman, cuando me contactaron porque buscaban cantante, una de las condiciones que puse fue que no quería ir sólo como suplente a cantar las canciones anteriores de la banda. Así que hicimos un disco nuevo, que se llamó “Insoportable”, que lo fuimos armando en mi estudio. Muchas veces los muchachos venían con ideas armadas o riffs sueltos y de ahí se iban definiendo las ideas y se iban transformando en canciones. Yo fui creando las melodías de los temas, escribí algunas de las letras y hay solamente un track que lo compuse entero yo.

También participé en varios otros proyectos en los que canto canciones de otros artistas donde lo único que pongo es mi voz y mi interpretación.

Y también he grabado varios jingles, unos sesenta hasta el momento, como por ejemplo el comercial de Pepsi que se filmó con Luis Suárez y se pasó durante el último mundial de fútbol.

Volviendo a tu música favorita, ¿qué es lo que hace que noche tras noche tengas ganas de cantar Hard Rock?

Es cómo me siento en el momento en que lo estoy haciendo. Para mí este estilo es como una válvula que me permite liberar emociones contenidas.

Cuando por ejemplo estás cantando una nota grave y le sigue una nota muy aguda, desde afuera se ve que vas hacia esa nota con una enorme confianza.

Eso lo gané con muchos años de estudio, y sigo estudiando. Soy profesor de canto hace muchos años y siempre les digo a mis alumnos que estudiar no se termina nunca. Siempre estás buscando cómo hacerlo mejor y más fácil.

¿Hay un aprendizaje muscular?

Sí, tenés al instrumento adentro tuyo. Tenés que aprender a conocer tu cuerpo. Hay un trabajo muscular para tener apoyo o soporte de aire, pero todo se trata de soltar la voz para que fluya, de no tensar los músculos de la mandíbula y cuello, mantener abierta la garganta. El músculo que realmente hay que utilizar es el diafragma, que es el que va a mover tu “combustible”, que es el aire.

¿Y cómo llegás a una nota en particular?

Las pienso, las imagino, las visualizo. También las podés buscar en el momento, pero esa manera es menos precisa.

Cuando te vemos cantar parece que para ti fuera increíblemente cómodo y fácil.

La gente me dice eso pero no es tan así. Depende de lo que vaya a hacer. La gente me dice que llego a las notas agudas con una comodidad tremenda y eso no es así. Cuando canto una nota aguda y con cierta potencia tengo que apoyarla bien con el diafragma para que no se quiebre o se debilite. A medida que se consume el aire cuesta cada vez más, y muchas veces termino haciendo una fuerza tremenda acá abajo para completar alguna frase. Lo que busco constantemente es la manera de hacerlo lo más fácil posible, que no quiere decir que sea fácil. Cantar estilos como el Hard Rock o la Ópera requiere de cierta fortaleza física en ciertos músculos, justamente para no tener que forzar otros músculos mas delicados que pueden terminar arruinándote la voz.

¿Y dónde te parece que está el secreto de realmente llegarle a la gente con lo que hacés?

Hace unos 27 años que canto. En un momento me di cuenta de que cantaba como si tuviera un vidrio adelante. Me grababa, lo encontraba bien técnicamente pero no me gustaba tanto como otros cantantes. Me di cuenta que me faltaban detalles que son los que hacen a la expresividad. [Canta una frase primero sin tanta expresividad y luego con mucha más expresividad].

¿Qué es lo que estás haciendo cuando lográs más expresividad?

Trato de transformar notas musicales, sonidos en belleza. Trato de que me genere algo a mí y transmitirlo. Si no me genera nada, no sirve.

Cuando estás cantándolo y buscando generar algo, ¿a su vez te está transformando a vos?

Sí. Por decirlo de alguna manera, es como que me hago un masaje a mí mismo pero cerebral, o al alma.

¿Energético quizás?

Sí, sin duda. En un caso no se mueve energía y en el otro sí. Algo que he hablado con varios músicos es que cuando dejás de pensar, abrís como un canal, y te conectás con, llamale como quieras: Universo, Ser Superior, lo que sea. Todo se empieza a hacer solo y ahí no te podés equivocar.

¿Entonces vos hacés esa conexión?

Sí, es lo que más busco, siempre. A veces sale mejor y otras no tanto. Pero tomé conciencia de eso.

¿Y cómo escuchás cuando estás tocando con la banda?

Antes escuchaba con detenimiento qué tocaba cada uno y luego fui aprendiendo a aflojar. Es como nadar en un fluido. Vos tenés que transformarte en parte de. Se canta, se toca para la canción. Hay que escuchar a los demás músicos y participar de eso.

Gracias de nuevo, Llambo. Hasta pronto.

Hasta pronto. Gracias a ustedes.


Sugerencia: ¡hacé click aquí abajo!

 

Entrevista hecha para COOLTIVARTE.

Chango Spasiuk: bella conexión cielo-tierra

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Anoche, 12 de mayo de 2018, Chango Spasiuk se presentó en Montevideo con su grupo y ofreció un concierto generoso y memorable.

Hay varias formas emocionales de llegar a un toque. A veces llego expectante, entusiasmada o escéptica. Otras cansada o distraída, o pasada de rosca. Anoche llegué a la querida Sala Zitarrosa con calma y con la única expectativa de aprovechar la experiencia Chango Spasiuk en toda su dimensión.

Por otra parte, hay dos grandes maneras de salir a un escenario: conectado con uno mismo y con la puerta a las estrellas, o no. Es cierto que hay quienes conectan más tarde pero cuando un músico ya inicia su presentación desde ese espacio vacío y fértil, la experiencia suele ser genial.

Hay un tercer elemento en esta fórmula química de la magia: el público como unidad, ese conjunto de individuales energéticas que se amalgaman más o menos armónicamente, entre sí y con el artista, y que de principio a fin interactuarán contribuyendo más o menos con lo que suceda.

El gran cuarto elemento de un show musical es el sonidista y sus habilidades para que estés donde estés sentado en la sala, escuches cada sonido con la nitidez y el volumen más conveniente.

Anoche, para regocijo de todos, conjugaron las cuatro condiciones de la mejor manera.

Como público, los uruguayos somos poco expresivos, pero se puede reconocer la admiración en la calidad y duración de los aplausos. A la entrada de Chango el aplauso fue compacto y extenso y al terminar el primer tema el público aplaudió intensamente por largos veinticinco segundos. Eso en términos montevideanos implica fascinación.

Comenzó el viaje con su “Tristeza”, a dos guitarras (Diego Arolfo y Marcos Villalba), violín (Juan Pablo Farhat) y acordeón. Una música intensa, profunda, que te acoge y te desgarra a la vez. Hubo un momento de protagonismo de una de las guitarras que fue especialmente bonito e inmediatamente una comunión gozosa del violín y el acordeón, que juntos generaron una cualidad de sonido a la que no nos exponemos tan seguido y que es muy placentera.

A medida que avanzaba, la trama sonora iba conformando diferentes paisajes, manteniendo siempre ese carácter introspectivo y a la vez festivo, nostálgico y jovial, íntimo y radiante. A lo largo del concierto la antorcha líder fue pasándose de músico a músico, lo que derivó en una experiencia rica y no predecible.

Marcos Villalba en la percusión es gran responsable del espíritu y la energía del show. Lo que gesta en el cajón me genera mucha admiración. Con escobillas, manos, puños, dedos este hombre logra una enorme paleta de colores sonoros que impulsan el barco con arte y decisión. ¡Tiene una energía arrolladora con efecto hechizante! Me fascinó escuchar cómo su impronta personal sigue intacta cuando pasa a la guitarra y cuando canta. Cambia de instrumentos, cambian los sonidos en sí, pero el efecto profundo es muy similar, lo cual para mí es una prueba más de que lo que sucede en estas instancias musicales tiene además de la sonora, la dimensión energética.

Diego Arolfo en la guitarra tiene un papel importante también en el componente rítmico del grupo. Llaman la atención los arreglos rítmicos entre ambas guitarras cuando tocan juntas y entre la guitarra de Arolfo y los demás instrumentos en la mayoría del show. El trabajo armónico de toda la banda sorprende por su riqueza y originalidad. Es una música diferente pero que se siente cómoda y es bienvenida desde el corazón. Arolfo cantó un par de canciones y en su voz podía sentirse la misma impronta de generosidad y honestidad de todo el resto de los sonidos de la noche. Hay una pureza de intención en el regalo de esta banda que es compacta encima del escenario y que llega nítidamente a las butacas.

A modo de apunte entre paréntesis, me resultó llamativa la ausencia del bajo y notar que en verdad, aquí, no hacía falta.

La participación de Juan Pablo Farhat con su violín fue otra genialidad. Nos trasladó a un tiempo-espacio diferente. Elijo recordar para siempre su diálogo con el acordeón, algunos únisonos, ciertas melodías, una nota aguda que cual flecha encendida desató toda la festividad de forma magistral por el cuarto tema, y los punteos con los dedos que generaban unos sonidos mágicamente profundos.

A la media hora de comenzar, Chango Spasiuk explicó que tocaría músicas que había compuesto para películas y que no habían sido tocadas en vivo ni editadas hasta que sacó el CD “Otras músicas”. Para esta segunda parte convocó al escenario al pianista Matías Martino, quien participaría de todo el resto del concierto, al principio tocando el piano acústico de la sala y más adelante un piano eléctrico.

La calidez y amabilidad de los sonidos de Martino en el piano fueron un deleite aparte. Le agregó a toda la convivencia ese ingrediente tan particularmente cálido y gentil que dan las cuerdas y la madera, con un toque de su parte muy cuidadoso y respetuoso pero distendido y feliz.

Estas composiciones hechas para películas te inundan de emociones y paisajes. Por un lado, se las siente más pensadas que las canciones chamameceras y por otro lado tienen un vuelo diferente y generan múltiples realidades.

En esta sección del show tocaron una canción, con aire de cuna, en la que un mismo motivo, descendente, iba pasando por los diferentes instrumentos, inundando todo con amor. Me resultó brevísimo. Al terminar, el hombre delante mío le pasa el brazo por el hombro a su compañera y esta apoya su cabeza en él. ¡Cuánto bien nos hace lo que surge del lugar adecuado!

Luego siguió un momento con mucho aire, a dos guitarras, piano, violín y acordeón, con unos arreglos preciosos y muchos paisajes de la naturaleza llegándonos en forma de notas.

“En Uruguay algunos andan con el termo y el mate y otros andan con el acordeón”, bromeó Chango Spasiuk, y presentó al gran Hugo Fattoruso.

Lo que se divirtieron esos dos, no tiene nombre. Se los notaba a ambos en su salsa, disfrutando a más no poder del encuentro, con cara de felicidad extrema. Fue un privilegio y una gozadera ese instante compartido, exultante, probablemente irrepetible y maravilloso.

Al comenzar el siguiente tema, con una intro de piano tranquilísima, dulce, introspectiva, amorosa, luego el violín y el acordeón con la más alta dulzura imaginables, surge mi reverencia absoluta a esa versatilidad emocional que tienen los grandes músicos que les permite pasar de un universo a otro en cuestión de segundos. Al finalizar, un señor sentado atrás mío comenta: “mañana voy a buscar la guitarra”. Yo continúo observando las capas y más capas de efectos disparados porque a un ser humano se le ocurre expresarse con un instrumento musical y hacerlo desde la honestidad y la coherencia.

Sigue el tema “Infancia”, donde otra vez quedo boquiabierta con Villalba, el jarrón, el shaker y el cajón, y los matices geniales de volumen y sentimiento de todos los músicos. El sentimiento profundo con el que toca Chango, las sonrisas, la complicidad, la hermosura de la generosidad y del deseo colectivo de compartir.

Al momento siguiente, visiblemente emocionado, Chango Spasiuk presentó a su siguiente invitada: Ana Prada, quien aportó, con su actitud y voz bellas, un precioso toque de alegría, ternura y confianza. Cantó una canción de cuna con música de Spasiuk y una letra con historia interesante, “Sueños de niñez”, y su propia canción, “Brillantina de agua”. La letra de “Sueños de niñez” fue escrita por un niño en situación de calle, en el marco de un taller literario organizado por una ONG.

Todo seguiría desplegándose por muy diferentes áreas: zonas tangueras, un solo de percusión arrollador y fascinante y mucha más inspiración de sentimientos.

Para mi regocijo, Chango Spasiuk nos regaló también algunas palabras durante el toque. Sobre el final, le pidieron que volviera pronto a Montevideo y él respondió:

“Ojalá. Realmente es un momento del mundo interesante y todos necesitamos vernos más seguido. Como dice Atahualpa, tenemos que tratar de encontrar la sombra que el corazón ansía. Eso se hace colectivamente, viendo la diversidad no como un problema sino como un tesoro. En América todos tenemos sangre de indios en las venas y otros las tienen en las manos. La diversidad en muchos lugares del mundo parece que es un problema. Acá tenemos que aprender que es un tesoro del cual nos podemos nutrir todos. Estamos hechos de diversidad. El problema a veces es la ignorancia, el profundo desconocimiento. Cuando aparece el conocimiento, echa luz y ve que hay tantos vasos comunicantes. Y la música crea esa oportunidad, nos da esa posibilidad”.

Presenciar un concierto de Chango Spasiuk es muchísimo más que disfrutar de la maestría musical. La maestría y el buen gusto son características intrínsecas de Spasiuk pero también lo es su habilidad personal para conectar al cielo con la tierra. El espacio desde el que él crea y ejecuta tiene para nosotros, audiencia, un valor adicional y esencial: nos ayuda a conectar mejor con nuestro interior y con nuestro gozo, y nos abre la puerta para que podamos expandir nuestra propia conciencia, instalándonos en ese espacio de amplia riqueza emocional, de autenticidad, disfrute expansivo y existencia significativa.

Escuchando sonidos que hacen emerger en nosotros, simultáneamente, de forma palpable, emociones variadas, a veces inclusive contradictorias, es más fácil poder observar nuestro mundo interior multifacético. Lo cual deriva, necesariamente, en eso que Spasiuk suele mencionar: “sentirse un poco más a salvo”. ¿Cómo no agradecer tal regalo? Gracias sentidas.

Patricia Schiavone

NauMay: un disco colosal

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Hoy estoy admirada por la creatividad, los significados y las dimensiones que puede encerrar un objeto circular de 12 cms de diámetro y 3 mm de espesor. Cuando en el primer minuto del primer tema encontrás una realidad multidimensional que te atrapa, no queda otra chance que abandonar toda distracción y sumergirte a experimentar el embrujo hasta las últimas consecuencias. Te invito a acompañarme en la escucha de “NauMay”, de Juan Ibarra.

Juan es un excelente baterista. Quienes sentimos afinidad por el instrumento sabemos que un disco de baterista corre un riesgo claro: para empezar, que haya sonidos percutivos de más. Así que cuando le ponemos “play” por primera vez a un disco de batero, lo hacemos con ese temorcillo conocido. Lo genial sucede cuando el disco sí tiene una razón musical para existir y además es de un baterista. Esa para mí, y para varios seres que conozco, es la mejor combinación del mundo.

“NauMay” es un disco para escucharlo con dedicación, porque si se lo permites, te llevará por caminos emocionales múltiples y con varios niveles de profundidad.

Este viaje arranca con el tema “REM”. Es una aventura en sí misma observar las elecciones tomadas para el orden de los temas y que REM abra el disco es un indicador notable de qué tipo de experiencia te propone. Intentaré llevarte un poco por los caminos que yo anduve, a sabiendas de que solo podrás vivir algo parecido si lo haces sonar y resuelves escucharlo de verdad.

El primer contacto se establece a través de unos arpegios en el piano, a los que gradualmente se suman la batería y el saxo tenor. No sé qué te estarás imaginando, pero seguro que estás lejos de adivinar la magia de los primeros segundos. El sonido de estas primeras notas del piano te transmite una cierta inquietud, energía y decisión. Entra un plato expansivo que podría quizás invitarte a un ánimo exultado si no fuera porque enseguida ingresa el saxo, guiándote irremediablemente hacia un lugar íntimo y profundo. Entre los tres comienzan una danza cuidada pero vital, en la que Juan arpegia también y entra en el diálogo con las notas de sus toms, y se va generando un clima que contiene todas esos espacios: inquietud, curiosidad, vitalidad, intriga, profundidad y conversación. Entonces se van incorporando el contrabajo y la guitarra… y suenan los platos del hi-hat y es imposible no notar la belleza en ese sonido, al volumen perfecto. La aventura comienza, con sensibilidad y decisión. La técnica exquisita de Juan puesta al completo servicio de la música es algo que te impacta ya al primer minuto de disco, cuando apoya y estira unas frases de guitarra y saxo con unos “mini rulos” o rebotes en el redoblante. O sea, está claro que tiene en sus manos la posibilidad de extender tu éxtasis lo que a él se le antoje.

En este primer tema, a la altura de 1 minuto 20, comienza a darse algo que es bastante poco típico y me resultó atrapante: el bajo, el piano y los vientos pujan una base rítmica con insistencia y la batería es la que endulza y colorea, aportando capas y capas de significado con todo tipo de sutilezas musicales. Luego siguen una serie de solos, en los que se repite esta misma forma y cada vez con resultados emocionales diferentes: los instrumentos que no solean hacen una base muy rítmica y bastante enérgica y el solista si bien se destaca con soltura, siempre dialoga con creatividad con los demás instrumentos.

“REM” tiene un balance no tan común: por un lado, te coloca, ¡eureka!, en un lugar emocional de optimismo, por otro en un lugar intelectual nada frívolo, de interés y curiosidad. Su duración de 9 minutos no se sufre sino que se agradece.

Aunque cuesta soltar a “REM”, llega un momento en el que pasamos a “Angkor”. Este segundo tema empieza con una lógica muy similar: primero el piano, luego entra la batería… y una teme que la cosa se vuelva un poco aburrida. Sin embargo, a los 50 segundos sucede algo muy estimulante: una melodía muy llamativa, tocada por el saxo, que no cae en ningún lugar común, y que de base tiene una locura de batería, algo insólitamente mágico. Como una clase magistral de qué significa hacer música desde la bata. Y eso sigue sucediendo y multiplicándose durante el solo del saxo. Este solo es genial en todos los sentidos: un sonido espectacular, una intención llena de energía explosiva, pura certeza, que se siente fantástico. Y encima enmarcado de esa manera por la bata, el bajo, el piano… Es aquí que me detengo a observar la dupla bajo-batería. La comunicación entre ellos asombra, máxime a esa velocidad. “Qué demonios”, pienso, y justo cuando la emoción se sentía subir muchísimo, pasa un ángel y todo se detiene. Lo agradezco y pienso: “esta pausa fue un gesto muy amable, para poder saborear un poquito eso que acabo de escuchar”. Luego, tímidamente, se asoma la guitarra, muy dulce, muy cálida. Como si fuera un tren aumentando lentamente su velocidad, retoma un ritmo y un lugar vibratorio intenso, liderado por la guitarra y con toda una realidad mágica detrás, que va en aumento, incluyendo un saxo que dialoga con la guitarra y una batería, piano y bajo que entre sí generan un bosque encantado. Llega un solo de batería que combina a la perfección con el solo anterior de la guitarra: dulce, cálido y muy bello. Asombrada veo que dura 10 minutos y que no los noté. Sin duda eso quiere decir mucho.

La pista 3 se llama “Índigo”. La introducción se me hace un poco larga y con demasiadas notas pero luego entiendo que fue la mejor introducción para que yo disfrutara más de lo que sigue: un solo de contrabajo muy sentido, muy calmo, muy hermoso… que sin apremio te acaricia el corazón. Y termina el solo y vuelvo a escucharlo otra vez. Ahí noto el piano condimentando también con calma centrada y aportando unos agudos que hacen resaltar más los graves del bajo. Los platos de la batería aportan un brillo moderado sobre el final del solo. A lo que sigue lo asocio con la música de la película “Underground”, de Kusturica. No porque sea igual pero sí por el espíritu: una base muy ágil, con notas que evocan una alegría nada superficial, y una melodía que narra toda una historia de personajes y tiempos que se despliegan en mil capas. A ese momento eufórico sigue un solo de piano maduro, con el virtuosismo puesto al servicio del significado musical. Entonces el piano, desde su misión percutiva, hace una base enérgica y la batería vuela a gusto… y la oreja con ella. El tema termina calmo, amable, con una sencillez apacible.

La pista 4, que se llama “Océanos”, le aporta a lo que va del disco un matiz más introspectivo, con más espacios entre nota y nota. Me quedo pensando en el título del tema y siento que la composición es acerca de las profundidades de los océanos, donde llegan apenas unos pocos rayos de luz. Paradójicamente se me viene también la imagen de una chimenea encendida en una noche de invierno. Cada nota de este tema resuena con mi nostalgia y me envuelve de tal forma que en la primera escucha prefiero quedarme con la globalidad sonora, con la sensación de un abrazo envolvente.

Es al escucharlo por segunda vez que comienzo fascinándome con los matices de Juan con sus escobillas. El barrido es muy, muy dulce y los golpes son firmes y decididos. Esa capacidad para hacer convivir dos emociones diferentes y volcarlo a la música es, probablemente, uno de los generadores de las múltiples capas emocionales que se generan al escuchar NauMay. A la guitarra le agradezco con todo mi ser la elección de notas, pocas en cantidad y bellas en su cualidad, que luego empuja al saxo y al piano en la misma dirección. Me detengo en el contrabajo y me saco el sombrero de cómo Antonino Restuccia, con ese sonido tan fantástico, sostiene a lo largo de todo el disco esta máquina arrolladora. Con una sutileza que solo la música puede lograr, me encuentro en medio de un solo, impresionantemente hermoso, de Ignacio Labrada, con quien Juan Ibarra y la batería murmuran con delicadeza, apoyando y generando, otra vez, la multidimensionalidad. El sonido y las elecciones musicales de Juan en la batería son algo tan bello que por momentos dudo si resistiré una nota más. Hablo de esa fascinación extática que solo los grandes músicos logran en nosotros. Mencionar la hermosura de los platos en todo el disco, su sonido, cada colocación, cada aporte, es una obviedad que sería imperdonable no comentar.

“Pepper Blade” es la pista 5. Al empezar a escucharla me cae la ficha de que este es un disco con composiciones desafiantes: intimistas, elaboradas y maduras, con una paleta emocional maravillosa. Los temas no tienen nada de predecibles y a la vez da satisfacción ir acompañándolos. Los varios cambios de dirección, tanto en los temas como a lo largo del disco, tienen alguna cosa que no los hace violentos. Una va aquí y allá cómodamente, con alegría, algunos toques de intriga y pizcas de sorpresa. La conclusión a la que llego a esta altura del disco es que es una obra increíblemente elaborada, con un gusto musical majestuoso. Este disco no se merece quedar archivado en los cajones uruguayos, ¿eh? Porque si se queda acá, lo escuchamos ¿cuántos?… un puñado. Sí o sí hay que hacerlo llegar a lugares más poblados. “Pepper Blade” es hermosísimo y de nuevo me abre la imagen de múltiples capas de conocimiento, de emociones, de profundidad y diversión, alegría, introspección, etcétera. No dejes que yo te cuente este tema… escúchalo sin más, que me lo vas a agradecer. Hay una melodía por ahí que bien podría haber sido creada por un Herbie Hancock, de la que otro compositor podría haberse colgado y no soltar pero que Juan, dando cátedra de estabilidad emocional, la deja ser, meterse en uno por unos momentos breves, y sigue hacia caminos mucho más intrincados. Pero esa melodía no te suelta y sentís la imperiosa necesidad de volver. Este tema, con saxo y trompeta, es un estallido de belleza, digno también de ser tocado en formato big band. ¡Por momentos suena a big band en este formato!

Luego llega el primero de los únicos dos temas del disco que no fueron compuestos por Juan Ibarra: “Te abracé en la noche” (como sabemos, de Fernando Cabrera). Hacía un tiempo que no se me caían lágrimas escuchando un disco… me pasa más seguido en vivo. Me pudo la ternura y hondura de esta versión y encontré sublime la elaboración que conjuga una sencillez aparente, que es característica necesaria de esta canción, con toda una construcción sofisticada encima de la estructura. Al comienzo, la guitarra expresa con todo el arte del mundo la contradicción inherente a esta obra maestra, que nos desgarra y nos enamora al mismo tiempo. Después el saxo toma el lugar central pero con una gozadera de interacción con la batería, el bajo, el piano y la guitarra. El viaje continúa con una infinidad de elementos sutiles en los que el pecho se expande y contrae, dándole un sentido mayor a la experiencia de gozar gracias a los oídos.

“Nair” es una composición de Martín Ibarra. Escuchándola recordé las palabras de uno de mis dioses de la batería en una clínica que dio hace tiempo, en la que mencionó a Juan Ibarra como alguien que estaba llevando el candombe a otro nivel. Vaya que sí. Este tema me impresionó como una amalgama perfecta entre el jazz y el candombe y como una de esas composiciones que pasan a ser parte de la historia de la música. Lo que toca Juan en este tema es algo insólito, algo verdaderamente virtuoso y con un gusto exquisito, finísimo, extraordinario.

El último tema del disco se llama “Pataskala”. Lo escucho y re-escucho pensando que la próxima vez que vuelva a poner el disco voy a empezar por este tema, para poder dedicarle una atención más plena. Aquí me atrapan tanto la guitarra como el saxo y todo el interjuego del bajo, batería y piano pasando detrás de ellos. El final es impredecible, generando en una las ganas de volver a ponerle play, quizás al tema, quizás al disco todo.

Me detengo a notar que en todo el disco Juan no se salió ni en una sola nota de la zona de musicalidad plena. No hay una sola nota suya que no sea demandada por ese ente, de algún modo misterioso, llamado Música.

“Pataskala” ejemplifica en sí mismo una característica llamativa de “NauMay”: la convivencia perfecta de melodías bonitas y elaboradas y el ritmo atrapante y gozado.

Para terminar quiero compartir mi entusiasmo de que este disco tenga la particularidad de tener un ánimo festivo y a la vez hondo, intenso, penetrante.

Para terminar quiero avisarte que este disco es esencial y que no será de los que escuches una vez, ni dos, ni tres.

Para terminar quiero aseverar, convencida y exaltada, que este será un disco escuchado por muchas generaciones.

Para terminar quiero expresar que este disco me hechizó como pocos.

Comparto para que puedas escuchar y comprar:

https://www.juanibarramusic.com

http://juanibarra.bandcamp.com/album/naumay

 

Juan Ibarra Quinteto está formado por:

Antonino Restuccia – Contrabajo

Ignacio Labrada – Piano

Martín Ibarra – Guitarra

Gonzalo Levin – Saxos tenor, soprano y alto

Juan Ibarra – Batería

 

Invitados:

Benjamín Barreiro – Saxo tenor en temas 1 y 5

Federico Lazzarini – Trompeta en 1 y 5

 

Grabado por Gastón Ackermann en Mastodonte, los días 2 y 3 de diciembre de 2017.

Mezclado por G. Ackermann y J. Ibarra.

Masterizado por Dave Darlington en Bass Hit Studios, New York.

El tema Angkor obtuvo el primer puesto en los Premios Nacionales de Música, convocatoria 2017, séptima edición, categoría jazz.

Foto y diseño del disco: Marcos Mezzottoni.

Producido por Juan Ibarra.

Juan Pablo Chapital en abril 2018

 

¿Ya escuchaste en vivo a Juan Pablo Chapital?
Si sí y tenés gustos similares a los míos, me vas a amar por esta información. Si no, podrías aprovechar que en los próximos días tenés la oportunidad.

En lo personal encuentro que su música es de las más bellas que nos regala este paisito querido y considero que somos verdaderamente afortunados de poder escucharlo en espacios reducidos y con entradas muy accesibles o incluso gratuitamente.

Entrevista a Mateo Ottonello: “Tocar lo que la oreja te dice que toques”

Foto: Rafael González

A continuación compartimos una conversación por demás disfrutada con el músico, baterista y compositor, Mateo Ottonello. La excusa para la misma fue conocer sobre su proyecto Mateo Ottonello Grupo, que se presentará en Inmigrantes el próximo 23 de marzo de 2018. El interés personal en esta charla involucraba aspectos de su formación y manera de encarar la música. Pasen y lean, y disfruten.

 

¿De qué se trata este proyecto que presentás el 23 de marzo?

Bueno, es mi banda, que recién ahora la pude concretar.

¿Son músicas tuyas?

Sí, son todas músicas mías. Yo compongo en el piano, todo de oído. Obviamente amigos como Manuel [Contrera] o el Chancho [Peyrou], que son pianistas y estamos en bandas juntos, me pasaron piques y me ayudaron en muchas cosas. Las melodías son todas mías, muchas armonías son mías también y otras me las mejoran, o aportan sus colores. En la banda toca Marcos [Caula], que es de mis mejores amigos, y siempre aporta mucho.

¿Cómo te nace un tema?

Siempre que compuse fue porque me salió. Muchas veces me encuentro cantando una melodía. Un par de veces me pasó de sentarme a componer. Por ejemplo hubo uno que quise componer en 7 e inspirado en un pianista, Brad Mehldau, con la forma de componer de él. Es como un tema para él en el que quise generar eso. Pero tengo temas que me llevaron dos años terminarlos. De hacerlos y dejarlos ahí, y al otro año, porque me pasó algo, lo terminé.

Por ejemplo, cuando me fui a trabajar en un crucero compuse dos de los temas que van a estar en el disco. Y los compuse justo en un momento en que estaba mal, me sentía un poco solo, pensando en cómo me sentía. Uno se llama “Día de mar”. En un momento el barco se fue de Alaska para Hawaii y fueron como cuatro días en el mar… ya un día arriba del barco sin tocar tierra te volvés loco, y cuatro fue como mucho. El otro se llama “Solo quedan las gaviotas”. El barco repetía el recorrido cada semana. Yo fui en el verano de Alaska pero en las últimas semanas estaba llegando el otoño y había menos gente, todo estaba solitario… y solo quedaban las gaviotas. También tenía que ver con cómo estaba yo.

Tengo otro que se llama “Cicatrices”. Ese tema tuvo que ver con cosas que me pasaron de guacho, que me marcaron en la forma de ser, aprendizajes. Primero tenía una melodía, con una intro, pero no estaba del todo cerrado. Pasaron dos años, fui cambiando, y hubo un momento en que se cerró la cicatriz. En este tema, por ejemplo, primero me imaginé el riff de bajo, un afro en 5.

¿Cuántos años tenés?

22.

¿Estudiaste batería?

Empecé a tocar la batería a los 3 años. Pero estudié a partir de los 16 años. Hasta los dieciséis toqué todo de oído. Ta, porque todo el tiempo veía tocar a mi viejo. Ese era mi aprendizaje, porque con él nunca pudimos tener clase.

¿A qué edad te juntaste por primera vez con gente para tocar?

En la escuela. Iba a la escuela 83, Dr. Martín Etchegoyen. En fin de año siempre se tocaba porque muchos alumnos de ahí tenían padres músicos. Algunos de los padres eran Gustavo Ripa, Nelson Cedrez, y mi viejo, Rúben Ottonello. Entonces llegaba fin de año y las maestras invitaban a algún padre a tocar con alumnos. Yo tenía de profesor de música a Benjamín, que fue uno de los coristas de Jaime. En la última fiesta de 6º armamos una bandita con la banda y esa fue la primera vez que ensayé con niños de mi edad. Después por un tiempo dejé de tocar la batería, de los 13 a los 15. Y a los 15 o 16 tuve mi primera banda, con gente más grande. Se llamaba “La tapa del libro”. Tocábamos murga, rock, música de Jaime, de Rada. Como trabajo, salí a tocar a los 17. Ahí empecé y no paré. Yo había empezado UTU de Ingeniería en Sistemas. Me estaba yendo muy bien y cuando estábamos por terminar el año estaba charlando con una profesora, le dije que quería tocar la batería y no quería estar más ahí, y ella llamó a mi vieja… una crack. Ahí empecé a cursar el liceo y ya sabía que esto era a lo que me quería dedicar. Me quedaron dos materias para terminar el liceo… las tengo que terminar… es un debe.

¿Con quién empezaste a estudiar a los 16?

Con Juan Ibarra. Me lo presentó mi hermano Camilo, que también es baterista, y que fue quien me llevó a Jazz a la Calle a los 15. Y en Jazz a la Calle me volví loco. No podía creer cómo estaban mezclando el candombe con el jazz y la bossa nova… Por el lado de mi viejo yo venía re del palo del rock; también toqué metal. Ahí me volví loco; no lo pude creer. Me volví loco con el candombe funk, que nunca lo curtí en vivo porque era chico y no iba tanto a los toques. Y en la adolescencia, de los 12 a los 15, entré en la bobera de los bailes, cumbiancha, y cuando escuché eso no lo podía creer. Ahí quise tocar candombe y funk, porque el jazz realmente no lo podía tocar porque no lo entendía. Pero siempre tenía esa pica con el estilo, quería tocarlo. Ahí empecé clases con Juan, que me ayudó muchísimo. Al principio yo era medio boludo, iba de vez en cuando, dejaba de ir. Después empecé a ir más seguido y Juan me empezó a decir “Ey, estudie”, y llegó un momento en que me empezó a pasar piques de laburos y todo. Y en un momento me dijo: “No vengas más”. Aunque yo cada tanto le digo que tengamos alguna clase, porque siempre se aprende.

A eso de los 18 dejé de ir a clase y ya estaba laburando, y a los 19-20, empecé clases con Santiago Lenoble, gran jazzero. Santiago me dijo: “está buenísimo todo lo que tocás pero tenés que ordenarte” [se ríe]. Y ahí empezó a pasar el borrador, a limpiar la hoja, y sentí que me ayudó muchísimo para seguir, para el enfoque.

En un momento, más de chico, quise tomar clases con Martín [Ibarburu] pero no pudimos coincidir. Ahora nos juntamos cuando podemos. La semana pasada se vino y estuvimos tocando y charlando. Fue una clase de filosofía.

Se dio también que conocí a un baterista argentino que es uno de mis ídolos: Sergio Verdinelli. Sergio es magia. Me lo presentó Pepe Canedo, que lo trajo a dar unas clínicas, y lo llevó a la jam de candombe que teníamos. Pintó tremenda onda con Sergio. Tomé una clase con él. En la clase solo me pasó un ejercicio: tocar swing e improvisar en el tambor con máximo tres corcheas. Después hablamos del cosmos de la música… una locura.

Es que cuando ya estás en un cierto nivel, ¿qué ejercicio te van a pasar?

Claro, es la forma de cómo ver la música, me parece.

En una le pregunté “¿Cómo hacés para ser híbrido sin intoxicarte de las músicas o perder el norte? ¿Cómo hacías para ir a tocar con el flaco Spinetta a un estadio lleno de gente, tocar a un volumen descomunal, con piques de Bonham, y al otro día ir a tocar con Ernesto Jodos a un bolichito, con todo el lenguaje de jazz del mundo, o tocar free, todo abierto, improvisar?” Y el loco me dice: “Pasa que yo veo la música de la misma manera. La música es una. No seas prejuicioso. Es todo lo mismo. Para mí es lo mismo tocar un groove, que es una melodía, repetirla las veces que la tenga que repetir, que el momento de improvisar”. Me dijo: “Yo conseguí poder meterme en el momento, sea con quien sea que esté tocando, y sea la música que sea”. Y te das cuenta de eso cuando él toca.

¿Y vos lograste eso, Mateo?

Todavía no. Yo siento que no.

Pensando, por ejemplo, en el toque de GAS en el Solís, ¿en qué estaba tu atención?

Bueno, creo que lo logro en algunos lugares y otros no. Todavía no puedo lograrlo en cualquier situación. Justo en esos toques, en el de GAS y en el de Marcos [Caula], estuve muy enfocado. Fueron toques buenos. Pero muchas veces depende del día y de las condiciones. Hay días que siento que no puedo ser el canal, que no puedo conectar. Y a veces me pasa antes de salir para el lugar, tanto en un sentido como en el otro. Antes de ayer ya al salir de casa presentí que iba a estar todo bien, fue muy loco.

¿Puede ser algo a trabajar el lugar de dónde colocarse antes de un toque?

Bueno, esto de cómo entrar nos lo venimos cuestionando mucho entre varios amigos músicos. Nos estamos empezando a tomar la música de un lado más espiritual. Obviamente nos tenemos que matar estudiando para poder tener todas las herramientas para poder tocar esa música que se genera ahí, para poder ser un buen canal para transmitir. El otro día, con mi amigo Nino Restuccia, nos pusimos a hablar de un pianista que se llama Kenny Werner, que tiene unas charlas acerca de algo así como la yoga en la música. Y dice que capaz que hace un mes que no tocaste, o no tocás hace dos horas, no importa, la primera nota y todo lo que vayas a tocar tiene que ser lo más hermoso que escuchaste en la vida, como cualquier persona que está escuchando. O sea, no le hagas un juicio a lo que estás tocando. Tocá y sentilo como lo más hermoso que estás haciendo, que es el momento sagrado de hacer música. Entonces yo ya fui así al último toque. Son cosas que vas empezando a darte cuenta y empezás a ver cómo podés trabajarlas. También cerrar los ojos, borrar los pensamientos, realmente escuchar todo lo que está sonando. ¿Cuántas veces escuchamos todos, todos los instrumentos? Son pocos.

Otra frase, que creo que me la dijo Juan: “Cuando estés tocando, pensá qué es lo que te gustaría escuchar a vos”.

Y otra cosa que me dijo Sergio, que me mató realmente, fue: “Vos tenés que escuchar lo que tocás y tocar lo que escuchás”. O sea, realmente tocar lo que te está diciendo la oreja que toques.

También se dan toques mágicos. Hace pocos días, una jam con un saxofonista estadounidense fue impresionante. Todos conectados. Mucha magia.

¿Hay un estudio aparte para hacer ahí, sobre ese aspecto de la conexión? Que parece que fuera individual y colectivo.

Totalmente. Claro. Vos podés estar muy conectado pero si el solista no está escuchando… ahí estábamos todos enfocados, era como una flecha, que iba para adelante, e íbamos todos juntos.

¿Y con tu banda cómo van con este tema?

Bueno, estamos en eso. Como la música es de batero, tiene muchas cosas rítmicas y los estoy volviendo un poco locos. Pero por suerte en el grupo todos pensamos de esta manera y queremos generar esto.

¿Quiénes son los músicos?

Son Marcos Caula en guitarra, Antonino Restuccia en contrabajo, Ignacio Labrada en teclados. Y van a tocar dos invitados: Santiago Coby Acosta en percusión y Hernán Peyrou, que va a tocar el acordeón y va a cantar un tema. Mi banda es Mateo Ottonello Grupo. La idea es que la banda según la ocasión se agrande o achique. O sea, Coby es parte de la banda pero en este toque va a tocar en un par de temas. Yo lo amo. Le digo: “Avisale a tu mujer que también sos mío” [risas]. Y Hernán es como mi tío segundo, algo así. La idea es esa, que el formato se adapte, siempre buscando entrar en ese viaje.

Cuando decís “entrar en ese viaje”, relativo a lo que venimos hablando, ¿con o sin marihuana?

Bueno, ahora cada vez le tengo más respeto. Antes fumaba siempre para tocar, siempre. Y ahora dejé de fumar para tocar y también dejé de tomar. Ahora dejé de tomar alcohol no solo en los toques sino en la vida. Como muchos nos estamos cuestionando estas cosas… La otra vez lo hablaba con músicos más grandes y decíamos que las generaciones más jóvenes están tomando más conciencia.

Esa búsqueda de conexión de la que vos estás hablando me la imagino sin ningún estupefaciente. 

Es que es así. Totalmente. Dejé de fumar para tocar. Capaz que si estamos en una jam, me fumo una pitada y subo, pero tranquilo. No es que lo necesite para el viaje. Y cada vez le tengo más respeto. No fumo cuando quiero tocar bien y meterme de determinada manera, cuando quiero estar claro, realmente sintiendo todo. Muchas veces cuando fumaba me colgaba a escuchar un instrumento y podía pasar que nos perdiéramos un poco.

¿Vos sos de escuchar música?

Sí, todo el tiempo. Y de todo.

¿Tu escucha es analítica o más afectiva?

Según. Hoy, por ejemplo, puse una banda de rock, que se llama Beck, mientras hacía mis cosas, y yo estaba de fiesta, disfrutándolo, sin analizar nada. Me lo pedía el cuerpo. Otro día me puse Zeppelin, porque tenía ganas de escucharlo. Otras veces mientras armo la batería me puedo poner un disco de Chet Baker, o también pongo música antes de dormir. Según. También me gusta escuchar música antes de estudiar, para ya estar enfocado en lo que quiero. Ahí sí pongo un disco de jazz.

¿Y qué bateristas de jazz admirás?

Me gustan de todos los tiempos. Soy fan de Elvin Jones. La forma de tocar, la forma de agarrar los palos, el sonido, la energía, lo escuchás gritar en los discos de Coltrane, lo que innovó tocando jazz… todos venían tocando de una manera y él ya cambió la llevada del ride para otro lado. De los jefes es mi favorito. Después obviamente Tony Williams y muchos otros.

Paul Motian es un batero que me gusta mucho. Él venía tocando todo muy limpito, muy tremendo y después empezó a agarrar su camino para el lado free y era como un niño tocando la batería. Ya dejaba la técnica de lado, le pegaba a los aros, los solos eran todos desarmados, solo tímbrica, muy intuitivo. Estaba realmente improvisando. El viaje es el cambio de cómo venía todo prolijito y cuando arranca con la banda de él, es un demonio, muy personal.

Bonham también. Después ya salto a modernos. Tengo varios. Ahora estoy como loco con Mark Guiliana, soy megafan. Empecé a tocar candombe desde ese lado. Desde las tímbricas a tocar todo muy subdividido, como hace él. Brian Blade también, a morir, que es todo lo contrario. Brian Blade es todo aire y canción. Los dos polos opuestos. Tengo varios de los que soy fan. Ari Hoenig, que es otro viaje totalmente diferente a ellos dos. Todo polirritmias y melodías en la batería.

Me estoy volviendo loco con la cantidad de información que hay. Pero soy de escuchar un disco mucho tiempo, para entenderlo realmente.

¿Dónde van a tocar el 23?

En Inmigrantes, que queda en Paullier y Guaná. Es un boliche que está bueno, porque además de ir a escuchar jazz podés sentarte a comer y tomar algo rico. Y suena bien.

Estamos muy contentos de que este toque lo vamos a compartir con Patricio Carpossi, que es un violero argentino, tremendo, clase A, que toca con gente como Mariano Otero, Guillermo Klein o Sergio Verdinelli. Primero vamos a tocar sus composiciones con el formato Patricio, Nino y yo. Después tocamos con mi grupo.

¿Dónde se compran las entradas?

Las tengo yo a la venta, me pueden contactar por Facebook, y también se pueden comprar en el bar.

 

 

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