Meditaciones para Ser, Sentir y Hacer

Queridos amigos:

Comparto este CD que contiene nueve ejercicios de meditación.

La inspiración para esta grabación vino justamente meditando, por lo cual no hubo forma de hacerme la distraída.

Tuve la suerte grandiosa de que Juan Pablo Chapital  y Gastón Ackermann quisieran aportar su música a este proyecto. Los sonidos que surgen de ambos siempre me emocionan, así que podrán imaginarse lo que fue esta experiencia.

Los músicos no sabían de antemano cómo serían las meditaciones. La música fue improvisada en el momento, todo grabado en una sola toma.

En la grabación tuvimos la presencia esencial de Estefanía Mari, quien contribuyó meditando, para que los ejercicios tuvieran un sentido real.

El deseo es que aporte al bienestar de los que se dispongan a hacer estos ejercicios.

Un abrazo,

Patricia

Patricia Schiavone

Juan Pablo Chapital

Gastón Ackermann

Con Estefanía

Estafanía

Estefanía, Patricia, Juan Pablo y Gastón

Pedro Aznar: Resonancia en Montevideo

 

Presenciar un show de Pedro Aznar es una experiencia espiritual. Lo comparo a la lectura de un libro transformador y la percepción del cambio propio a medida que avanzan las páginas. Del mismo modo, repetir la experiencia profundiza la toma de conciencia.

La inmediatez de su concentración quedó demostrada en la primera nota. Hombre e instrumento como unidad. Coherencia notoria de presencia, intención y acción.

Eligió comenzar con su versión de “Because”. Eso me habla de la confianza y el respeto que le tiene a su público. Hay artistas que transmiten confianza hacia sí mismos únicamente; él confía claramente en tres direcciones: hacia adentro, hacia afuera y hacia lo invisible, y eso marca una diferencia.

Con cada zona de resonancia que elige para su voz se despliegan infinitas texturas, que en forma de vibración nos atraviesan y modifican, haciéndonos compartir asuntos humanos tales como la curiosidad o la dulzura, la incredulidad, el dolor o la rabia, la generosidad, el amor… y otros demonios, diría G.G.M.

Al hablar, su caja de resonancia es esa que no falla: el centro del pecho, y ahí uno se entrega, porque siente que no hay nada que temer.

“Les traigo un espectáculo que para mí es muy emocionante llevar adelante. Hace ya más de año y medio que estamos haciendo esta gira. Es una celebración importante. Treinta y cinco años de carrera como solista”, dijo.

Seguramente muchos del público habrán conectado inmediatamente con el primer contacto que tuvieron con su música. Si bien lo había escuchado antes, esa frase me llevó directo a la primera vez que lo vi en vivo, cuando me emocionó tanto que lloré de principio a fin: él con Suna Rocha en Laskina, hace la friolera de veintinueve años.

Continuó contando del trabajo profundo que hizo de remasterización y reedición de sus discos y de la publicación del libro. Luego, agregó, con esa elegancia y gentileza que lo caracterizan: “El título ‘Resonancia’ está elegido de manera muy deliberada. Porque sentí que todo este viaje no habla solamente ni de mí ni de la música que yo hice en este tiempo, sino que remite a una interacción. Cuando dos cuerpos resuenan, uno genera y el otro resuena a su manera, con sus propios armónicos, color, característica, y siento que eso es lo que nos pasa –y me pongo yo también como oyente y como degustador de la música– con el arte en general y con la música en particular: cuando nos dejamos atravesar por una música, la hacemos parte de nuestra vida pero ya empieza a resonar con nuestros propios armónicos, empieza a hacerse carne en nuestra propia historia y pasa a ser otra cosa. Y esa interacción es lo hermoso que tiene esto. ‘Resonancia’ habla de nuestra música, así que es también una forma de agradecimiento a ustedes”.

Entonces presentó la joya “Fotos de Tokyo”, diciendo: “Es una de mis favoritas. Es además una canción que quiero mucho porque abrió para mí una nueva manera de escribir en cuanto a las letras, una canción crudamente honesta”.

Y ahí es imposible no preguntarse cuántos niveles de resonancia hay en realidad o cómo una canción puede generar tal nivel de sintonización humana, tal desgarro, tal conexión con el misterio y a la vez tal inquietud intelectual y tanta admiración por su virtuosismo musical. Agradezco estas oportunidades de escucharlo a él a solas, sin banda, para poder apreciar completamente su tarea colosal con la voz, la dulzura en los agudos, las muchas capas de profundidad en los graves, sus momentos cristalinos y esos otros que te ayudan a exteriorizar tu propio desgarro y tu propia asfixia.

¿Con qué se asfixia tu alma? La mía se asfixia y avergüenza al escuchar las letras de “Los chicos de la calle” y “Barrio Marginal”. Imposible no tomar diez centímetros de distancia y no pensar: “yo, cómodamente aquí sentada, disfrutando de un hecho artístico, y ahí, a tres pasos, los montevideanos que viven en la calle se multiplican cada día”. Son canciones hechas al menos hace veinte años y en este sentido la realidad argentina y uruguaya lejos de mejorar, empeora amparada por nuestra falta de empatía. ¿De quién son hoy los ojos de piedra? Sacudo afirmativamente la cabeza al escucharlo cantar: “No nos une el amor sino el espanto”. Aunque él hablaba de él y su ciudad Buenos Aires, en lo que refiere a la situación de pobreza de buena parte de la población, el mundo entero está hermanado por la falta de amor.

“Son el baterista; no se pueden ir”, nos conminó. Y cumplimos tan bien que nos halagó. Era el tema “Traición”, que forma parte de su disco “Cuerpo y Alma”, con el que Uruguay tiene un par de cosas, o mejor dicho un par de seres, que ver.

El momento más sagrado para mí fue su interpretación de “Romance de la luna tucumana”. Esa canción tocó alguna fibra de mi alma quebrada. Alguna relación vibratoria habrá habido entre esas notas y mi dolor profundo del último mes. Juro que la belleza de la voz de Pedro aquí, la maravilla de sus notas en la guitarra, y la combinación de una y otras, desarmaron por completo el andamio que venía sosteniendo mis días luego de una catástrofe personal. Es que de todo está hecha la vida y la música que nace desde un lugar auténtico resulta un vehículo de observación y sanación, que se inmiscuye en nuestras realidades individuales. Si resonaremos con el arte… y si será importante la labor del artista.

Me encantó que tocara y cantara “A cada hombre, a cada mujer” porque es una de mis favoritas. Como me moría de ganas de cantar, cosa que hice lo más bajito posible, noté el silencio del público uruguayo. El año pasado en Buenos Aires no hubo ni una sola canción que Aznar cantara sin un coro de cientos. Aquí en Montevideo todo es silencio. Ambas experiencias están buenas; solo comento que me impresiona lo diferentes que son y me pregunto cómo lo vivirá el que está sobre el escenario. Esperemos que sea consciente de que el móvil es el respeto y no vaya a creer que es desconexión.

Y como Aznar adivina pensamientos, al tema siguiente nos pidió que cantáramos con él “Tan alta que está la luna”. Y por una vez en nuestra historia, los uruguayos cantamos… por tres minutos… nada de exagerar.

Hubo más, claro. Hubo mucho más de lo que podría narrar, porque el universo artístico titulado “Pedro Aznar” es multidimensional e incluye cuestiones que intuimos, que se perciben, que se vibran y resuenan, pero que no se ponen en palabras, pues hay cosas que no resisten pronunciación sin hacerse añicos.

Sí puedo, y me hace enormemente feliz, darles la mejor noticia de todas: Pedro Aznar vuelve a Montevideo, a La Trastienda, el día 12 de julio. Y estaríamos locos si nos lo perdiéramos.

 

Patricia Schiavone

CD Steppin’ de Chester Thompson

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Hola a todos. Hoy voy a compartir mis impresiones sobre una nueva joya musical: Steppin’, un CD del que me enamoré, del gran baterista Chester Thompson.

Luego de la reconocida e impresionante carrera musical de Thompson con Frank Zappa, Weather Report, Genesis, Phil Collins, y su participación en muchos otros proyectos musicales, su trabajo en este CD nos permite llegar a conocer las capas más profundas de su contribución personal a la música.

Steppin’ es un disco que hace que te sientas realmente respetado como audiencia y te recuerda que la vida merece ser vivida y disfrutada. El sentimiento general luego de escuchar el disco completo es armonía personal profunda, coloreada con un optimismo radical y un entusiasmo honesto.

Los músicos que hicieron esta obra de arte junto con Chester Thompson son: Alphonso Johnson (bajo), Joe Davidian (piano y teclados), Roderick McGaha (trompeta), Tony Carpenter (percusión) y Akil Thompson (guitarra).

La combinación de Chester Thompson y Alphonso Johnson es mágica en sí misma, y le genera al que escucha una experiencia de alegría, dulzura y fascinación. Su combinación se siente increíblemente cómoda, como un hogar seguro, cálido, amoroso… y ¡tan brillante! La juventud y energía que transmiten es una bendición. Su música para mí es la definición de júbilo sonoro, “cool” y “groovy”.

Como si eso no fuera suficiente, la escena va completándose hasta el éxtasis con Joe Davidian en piano y teclados, Rod McGaha en trompeta, Tony Carpenter en percusión y Akil Thompson en guitarra.

Tony Carpenter y Chester Thompson son auténticos maestros del arte de tocar batería y percusión de forma musical. No hay ni un solo sonido que sea innecesario para la música y juntos, con el resto de la banda, dibujan un paisaje que en mi mente se representa como un follaje verde, con árboles muy altos, cascadas y mucha fauna… algo así como un destino tropical y pintoresco.

Akil Thompson contribuye con el ritmo y la atmósfera en los temas 1 y 4. Su guitarra le aporta al todo un toque importante de liviandad y felicidad. Me llamó la atención lo divinamente impredecible que fueron sus elecciones durante el solo de bajo en el primer tema.

Los sonidos de la trompeta de McGaha son cálidos y maravillosamente intrusivos en nuestros corazones abiertos, lo que le agregó matices que me hicieron mirar hacia adentro, con algunos instantes de nostalgia y otros de celebración. Por ejemplo, en el track “You and Me” la trompeta te desmonta cualquier armadura que puedas haberte puesto por cualquier razón y en “My Beautiful Rae” te convence de que el agradecimiento y la alegría son las únicas opciones para tu día.

Ya sea creando la atmósfera o proveyendo varias conversaciones celestiales, la contribución de Joe Davidian con el piano y el teclado es simplemente perfecta, adaptándose a los diferentes ánimos con belleza y calidez. Su solo en el track “Inversion” es uno de varios momentos en los que uno agradece que esto sea un disco y que se pueda escuchar otra vez.

En el track “Emmanuel”, McGaha y Davidian son los responsables de recordarte que elijas el equilibrio entre la alegría y la paz, con Johnson y el resto de la tripulación agregando su soporte gozoso.

Otro aspecto que me gustó del CD Steppin’ es que aunque virtuosos, los solos no son una exhibición de virtuosismo estéril sino la expresión natural de voces que realmente tienen algo que decir, y que amorosamente te movilizan cuerpo y alma, mientras todos los músicos se escuchan mutuamente, sacándole el mayor provecho a la música, ese regalo maravilloso para todos los involucrados en su magia.

La estructura de este disco de 14 pistas incluye una sorpresa especial para nosotros, los amantes de los tambores: cinco “interludes”, que son pistas cortas de percusión, que creativamente te transportan desde un matiz musical al siguiente y son regalos para aquellos de nosotros que tenemos en nuestros corazones un lugar reservado para el ritmo.

El toque de Chester Thompson hace que el mío dé saltos y me fascinó cómo este disco otra vez despliega sus rasgos más característicos: la feroz y al mismo tiempo amable llevada del tiempo en forma creativa, su backbeat súper cool, sus breaks y fills 100% musicales con sus toms cautivadores, y todo sostenido por el maravilloso toque del bombo, que no deja lugar ni a un nanosegundo de duda, llevándote a un viaje sólido, confiado, celestial y a la vez enraizado.

También amo cómo toca los platos. Lo considero uno de los maestros del hi-hat. Por ejemplo, en la pista “Morning” escuchen lo delicioso que suena el HH tanto abierto como cerrado, y en el track “The New Four” escuchen esas subdivisiones, que siendo complejas suenan increíblemente naturales y cómodas. Y sus elecciones al respecto del resto de los platos siempre son pertinentes, equilibradas, agregando la cantidad exacta de vigor pero nunca exagerando. Solo por mencionar uno de mis momentos favoritos de platos, en el track “Amari” pueden escuchar el ride más dulce del mundo… ¡y también el cross-stick más dulce!

El track “Conflagration” de alguna manera nos da la oportunidad de zambullirnos en el toque de Thompsony saborear a gusto su maravilla percutiva. El dominio que tiene de los volúmenes es, para mis oídos, algo fuera de este mundo.

Considero a Chester Thompson un baterista sabio, que hace lo que pregona: de verdad escucha cuando toca y el resultado de eso es música que uno quiere escuchar una y otra vez, por horas.

Este disco completo es una expresión de interconexión. En él se encuentra una buena representación de la vida con sus muchas capas, resaltando aquellas instancias de alegría y confianza, y sentimientos dulces y amorosos.

 

STEPPIN’

Lista de pistas y sus compositores:

Steppin’ – Chester Thompson, Joe Davidian

Inversion – Chester Thompson, Joe Davidian

Interlude 1 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Morning – Chester Thompson, Joe Davidian

Interlude 2 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Emmanuel – Rosalind Clark Thompson

Interlude 3 – Chester Thompson, Anthony Carpenter, Roderick McGaha

Conflagration – Chester Thompson

You and Me – Joe Davidian

My Beautiful Rae – Roderick McGaha

Interlude 4 – Chester Thompson, Anthony Carpenter, Roderick McGaha

The New Four – Joe Davidian

Interlude 5 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Amari – Roderick McGaha

 

Este CD se lanza hoy, 1º de mayo de 2019.
https://store.cdbaby.com/cd/chesterthompson

CD Steppin’ by Chester Thompson

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Hi everyone. Today I’ll share my impressions on a musical jewel: Steppin’, a CD I have fallen in love with, by the great drummer Chester Thompson.

After Thompson’s renown outstanding musical career with Frank Zappa, Weather Report, Genesis, Phil Collins, and his participation in several other music projects, his work in this CD enables us to get to know the deepest layers of his personal contribution to music.

Steppin’ is a record that makes you feel truly respected as a listener and reminds you that life deserves being lived and enjoyed. The general feeling after listening to the whole CD is deep personal harmony colored with radical optimism and honest excitement.

Musicians who made this piece of art together with Chester Thompson are Alphonso Johnson (bass), Joe Davidian (piano and keyboards), Roderick McGaha (trumpet), Tony Carpenter (percussion) and Akil Thompson (guitar).

The combination of Chester Thompson and Alphonso Johnson is magical in itself, generating a joyful, sweet, and mesmerizing time to the listener. Their combination feels amazingly comfortable, like a secure, warm, loving home… and crazily brilliant! The youth and energy they transmit is a blessing and their playing is to me the definition of cool, groovy, sound elation.

As if that was not enough, everything builds up to an ecstatic scene with Joe Davidian on piano and keyboards, Rod McGaha on trumpet, Tony Carpenter on percussion and Akil Thompson in guitar.

Tony Carpenter and Chester Thompson really master the art of playing drums and percussion in a musical way. There’s not one sound that is unnecessary for the music and they, together with the rest of the band, design a landscape that keeps forming in my mind as rich in green foliage, with very high trees, cascades and lots of fauna… kind of a tropical picturesque destination.

Akil Thompson contributes to the rhythm and atmosphere in songs 1 and 4. His guitar gives an important touch of lightness, of happiness to the whole thing. It called my attention how beautifully unpredictable were the choices of the guitarist during the bass solo in song one.

McGaha’s trumpet sounds are warm and wonderfully intrusive into our welcoming hearts, which added shades that make me look within, with instants of both longing and celebration. For example, on track “You and Me” the trumpet dismantles any armor you may have put around for any reason and on “My Beautiful Rae” it convinces you that gratefulness and joy are the only options for your day.

Either creating the atmosphere or providing a thousand divine conversations, Joe Davidian’s contribution with the piano and keyboards is just perfect, blending into different moods with beauty and warmth. His solo on track “Inversion” is one of the several moments when one thanks this is a record and replaying is possible.

On track “Emmanuel”, McGaha and Davidian are responsible for reminding you to choose balance between joy and peace, with Johnson and the rest of the crew adding his cheerful support.

Another aspect I liked about CD Steppin’ is the fact that though virtuous, solos in it are not an exhibition of sterile virtuosity but the natural expression of voices that really have something to say, lovingly moving your body and soul, while all musicians listen to one another, making the most out of music, such marvelous gift to all involved in its magic.

The structure of this 14-track record includes a special treat for us, drum lovers: five so called “interludes”, short tracks of percussion only, which creatively lead you from one musical hue to the next and are gifts for those who have a distinct place for rhythm in their hearts.

Chester Thompson’s drumming makes mine jump of excitement and I loved how this record again displays his characteristic traits: creative, fierce yet gentle time keeping,  super cool backbeat, one hundred percent musical breaks and fills with his enthralling toms, and all supported by the great bass drum playing which gives no room to a nanosecond of doubt, taking you into a solid, confident, heavenly yet grounded ride.

I also love how he uses all cymbals. I consider him one of the masters of hi-hat playing. Check, for example, track “Morning” and listen how delightful the open and closed HH sound, and to track “The New Four” and listen to those subdivisions, which being complex, sound amazingly natural and comfortable. And his choices when it comes to the rest of cymbals are always pertinent, balanced, adding just the right amount of stamina but never overreacting. Just to mention one of my favorite cymbal moments, on track “Amari” you may listen to the sweetest ride playing… and the sweetest cross-stick playing too!

Track “Conflagration” somehow gives you the opportunity to plunge into Thompson’s drumming and fully savoring his drum wonder. His command of volumes is, to my ears, something out of this world.

I consider Chester Thompson a wise drummer who does what he preaches: he really listens when he plays, the result being music you want to play again and again for hours.

This whole record is an expression of interconnectedness. In it you find a good representation of life with its many layers and highlighting those instances of joy and confidence and sweet, loving feelings.

STEPPIN’

List of tracks and composers:

Steppin’ – Chester Thompson, Joe Davidian

Inversion – Chester Thompson, Joe Davidian

Interlude 1 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Morning – Chester Thompson, Joe Davidian

Interlude 2 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Emmanuel – Rosalind Clark Thompson

Interlude 3 – Chester Thompson, Anthony Carpenter, Roderick McGaha

Conflagration – Chester Thompson

You and Me – Joe Davidian

My Beautiful Rae – Roderick McGaha

Interlude 4 – Chester Thompson, Anthony Carpenter, Roderick McGaha

The New Four – Joe Davidian

Interlude 5 – Chester Thompson, Anthony Carpenter

Amari – Roderick McGaha

This CD is being released today, on May 1st, 2019.

https://store.cdbaby.com/cd/chesterthompson

Exaltación musical con Taddei e Ibarburu

Primero aclaro: Hoy necesito exorcisar un poco la locura. O sea, esto será desordenado. Es que a la locura no se la exorcisa con orden, amigos míos. Además, hoy pinta no mendigar libertad sino tomarla.

 

LPM, ¡qué genio que es NICO IBARBURU!!!!!!

Ustedes dirán: “¿Recién te das cuenta?”
Y les responderé: “No, no… pero de alguna manera, sí”. Porque lo de hoy fue diferente… al menos adentro mío.

¡El corazón casi me explota hoy con Nico! Escucharlo hoy fue algo MUY mágico.

Alternó temas instrumentales con temas cantados de una forma tan bien sentipensada que sucedió orgánico, fluido, cómodo y tremendamente emocionante… con momentos de éxtasis absoluto, durante los cuales deseé ser argentina y pertenecer a un público un poco más participativo. Y eso que yo siempre agradezco ser uruguaya y pertenecer a un público silencioso y atento. Pero hoy… hoy fue hoy y hubiese querido oír a toda la platea cantando “Si te escucho cantar” y “Mapa Tesoro”, o a todos haciendo la clave de candombe que solo nos animamos 3 o 4, y despacito, a desembuchar. Es que sépanlo: hay veces que participar de la gozadera en forma activa es una cuestión de vida o muerte. Si todavía no les ha tocado esa emoción desbocada, les faltan unos cuantos shows musicales por ir a ver o algunos cerrojos internos que abrir.

Este musicazo increíble, que tenemos la suerte demencial de poder escuchar en vivo en este paisito, hoy se mandó el mejor show que yo haya visto de él desde que empezó a cantar en vivo. Alineadísimo, gozándose la vida, nos deleitó con una voz duuuuuuulce a más no poder, con una ternura infinita, y con una cualidad de sonido de voz que se zarpó de hermosura.

Pero a ver, ustedes que no estuvieron ahí, déjenme ver si puedo explicarles esto: ¿Vieron que Nico siempre fue un genio absoluto con la guitarra? Pero genio, genio, posta, de veras, de esos que no hay dos iguales. Imagínense un toque en el que todo el tiempo había un balance perfecto de su canto, realmente mágico, conmovedor y deconstructor de almas, con pasajes insólitamente geniales y maravillosos en la guitarra. La emoción solo aumentaba. Y cuando creías que ya no dabas más, aumentaba más todavía. De pronto cantaba y sentías que el amor era demasiado. Y cuando estabas en medio de esa operación cardíaca, él agarraba carretera con el guitarrón o la guitarra eléctrica y fa, en serio, ¡muy fuerte!

¡¡¡El PRI-VI-LE-GIO que tenemos de poder verlo en vivo!!! Es uno de los grandes regalos de haber nacido en este país y vivir en este tiempo. De verdad. Yo lo vivo así.

Otra cosa muy impresionante de esta noche en El Solís fue que ¡en una noche vimos y escuchamos a los dos mejores bateristas uruguayos!!!!! Gustavo Cheche Etchenique y Martín Ibarburu. ¿Cómo se sobrevive a esa emoción? No muy bien; ya se estarán dando cuenta.

El gigante de Martín Ibarburu. Martín me hace feliz cuando lo oigo tocar. Es como si él tuviera la llave de mi centro cardíaco con sus ritmos y con su redoblante. Y con sus platos, y su tom de pie. Hasta hace unos años la felicidad para mí era un helado de dulce de leche. Ahora la felicidad es, sin lugar a dudas, escuchar en vivo a Martín tocando la batería. Listo. Todo el resto del mundo se puede autodestruir y a mí no me importa nada si Martín está tocando. Hoy, para variar, hizo lo que quiso con su instrumento. Hoy me llamó mucho la atención, además, su especial cuidado, todo el tiempo, de no tener nada de protagonismo [que con algunos seres de la audiencia es bastante imposible que lo logre] y para apoyar al hecho musical fenomenal que estaba pasando ahí. Su pulcritud y perfección son casi indecentes. El buen gusto y la flexibilidad para atravesar fronteras musicales son para pellizcarse infinitas veces. Hoy, por ejemplo, volvió a hacer eso de tocar en un mismo tema algo que tenés que catalogarlo de candombe, jazz, pop y folclore, todo a la vez, y que suene formidable. Nadie sabe cómo logra lo que hace. Estamos los que lagrimeamos escuchándolo, porque emociona más de lo sostenible sin algún tipo de liberación.

En el piano, Manuel Contrera, que es maravilloso. Ya saben que yo no puedo discernir como para contarles qué hace, pero lo que sí noto es que su elección de notas no es la típica… te lleva a lugares que otros no te llevan, y eso está buenísimo. Lo que sí puedo identificar es que tiene ese no sé qué de la nueva generación de músicos grossos. Hay algo que seguramente sea una elección de determinados intervalos y vaya Dios a saber qué, que insólitamente los identifica. Una escucha sin saber quién es y puede fácilmente decir: tiene menos de 30 años. Y por suerte eligió tocar el piano de cola del Solís, que amamos tanto. La participación del piano en ese todo pulsante, es un ingrediente que hace que toda la música sea más cercana y más íntima.

Fernando “Pomo” Vera es un músico que me intriga pila y algún día espero poder escuchar separado del resto de los otros instrumentos. Elige un registro que a mis oídos un poco les cuesta escucharlo… simplemente porque se ve que soy medio sorda de esa frecuencia, y vaya si lo lamento. Pero pongo un esfuerzo importante para identificarlo y lo logro la mayoría del tiempo. Cuando lo escucho bien, ¡me dan unas ganas de subirle el volumen que no puedo explicarles! Lo que toca es buenísimo, groovero a más no poder y con la misma impronta anímica de los Ibarburu, con todo ese aire entre notas, con toda esa comodidad con la que tocan ellos y hacen su magia. Se nota además que con Martín se llevan impresionante musicalmente… como que se adivinan uno al otro, y entonces se da esa química que cuando sucede en una base rítmica lleva al tren con maestría.

Para cerrar, dos veces el público se puso de pie para aplaudir a Nicolás, Martín, Pomo y Manuel. Dos veces. Eso en Uruguay significa mucho.

 

En este desbarajuste exorcístico en el que ando hoy, voy a terminar contándoles sobre la primera parte del toque: ROSSANA TADDEI y su banda. No, no es una crónica, es un relato desordenado. Un compartir de algarabía. Un saltar regocijada por la maravilla de show al que tuve el buen tino de ir.

Inicio del show: Un ritmo de rock y Rossana de espaldas al público en actitud rockera a full. Y ahí arranca, esta monstruita increíble, esta capa del arte del escenario.

Hoy más que nunca, quizás por la charla que habíamos tenido pocos días atrás, noté cómo su atención estaba en cada momento, en cada detalle, en cada músico, en cada movimiento suyo. Si fuera algo completamente preparado, el asombro sería total. Siendo que es algo no tan preparado y más improvisado, una no da crédito. Y a la vez se divierte estrepitosamente, e improvisa magias de todo tipo.  ¿Cómo hace? Y bueno, siendo ella y con sus dotes artísticas despegadas.

Rossana tiene tremenda comodidad para cantar cualquier cosa y un dominio rítmico apabullante. Y ella juega y se divierte. Y juega y se divierte más, y más, y más.

Vestida de rockera sexy (muy sexy), mostrando sus impresionantes piernas largas, con medias de gata y una minifalda de cuero negra, embrujó durante todo el show, demostrando que el rol de la mujer encima de un escenario es exactamente el que esa mujer quiere que sea. En este caso yo la interpreté poderosa y seductora, inteligente y muy atractiva, tremenda música, tremenda compositora, tremenda cantante y tremenda artista, con todas las letras.

Los temas “Fábrica” y “Destellos”, que me intrigaban, me parecieron geniales. La letra de “Fábrica” es brutal. Es que esta mujer tiene todo lo que un artista desearía tener: comodidad total en el escenario; diálogo fluido con el público; se va hacia los graves y agudos como quien se toma un vaso de agua; su timbre de voz que te envuelve y hechiza; su movilidad en el escenario; interactúa de manera relevante con los otros músicos; sus letras son obras de arte en sí mismas; sus musicalizaciones son originalísimas y maravillosas. Y encima es simpática y divertida, y se le ocurre chivear con la voz en el momento más inesperado… y eso hace bien. Te abre una puertita a que tú también te tomes libertades y disfrutes de la vida.

¡Rossana también tiene una banda de genios, de capos, de músicos cracks!

Para arrancar, tiene a Cheche, que no es de este planeta, y que es de los mejores bateristas que un cantante puede tener, porque está realmente por dentro del canto, de la letra, de la intención profunda del asunto. El gigante de Cheche Etchenique tiene esa habilidad, que no todos los bateristas tienen, de hacerte bailar [bueno, somos uruguayos y estábamos pegados con Novopren a las butacas, así que en vez de bailar como era debido, ahí estábamos cabeceando, moviendo las piernas, los dedos, las manos y hasta los dientes… pero no bailamos… ¡grrrr!]. Retomo. Decía, si le ponés atención a la batería, Cheche tiene gran parte de la responsabilidad de que tengas muchas ganas de saltar de la butaca. Él con sus miles de subdivisiones, su habilidad para tocar una música integral, completa, entera, íntegra, redondita en la batería, su relojito bestial, su sensibilidad infinita… sus patrones delicatessen, tan melódicos como rítmicos, su rock and roll apabullante, su candombe intravenoso… Cheche, ¡que es uno de los dos mejores bateristas de este país! [por no decir “del mundo”, que siento que lo es también… pero ahí me van a decir que soy una exagerada y no… aquí estoy mostrándoles mi siempre cabal mesura y centramiento a la hora de escuchar música] le puso a la noche eso que sólo él sabe. Porque los musicazos de este calibre aportan una impronta tan personal que no es reproducible, que va por un carril completamente distinto que su dominio técnico. Sí lo que logra hacer tiene todo que ver con su conocimiento musical, ese que hace que él sea parte profunda e importante de cualquier canción en la que participe. Pero hay un plus, una cosa personal, que es lo que hace que te emocione tanto escucharlo. Es una de esas antenas que te conectan con la divinidad. Solo queda hacerle reverencias cada vez que una se lo cruce.

Para seguir, cuenta con Santiago Montoro, que le puso tantísimo rock, finura y sabores exquisitos a los temas. El sonido de Santiago mata. Sus notas matan. Su alegría en el escenario mata. Su capacidad para meter 2 notas en el ángulo o despacharse con tremendo solo gozado mata. Al igual que Manuel Contrera, tengo la impresión de que sus elecciones musicales son distintas, inteligentes, muy muy interesantes [si supiera de notas, podría quizás contarles más, pero no sé].

Luego, a Alejandro Moya. Hoy se sentía notoriamente la complicidad, musical y también humana, de Moya con todos los músicos. Sus líneas de bajo dicen muchas cosas, cuentan historias con muchos personajes, arman una base sobre la cual es imposible decir bobadas y solo queda generar algo valioso y significativo.

El otro integrante de la banda, Gastón Ackermann, desde mi punto de vista hoy jugó un papel primordial con la trompeta. Tocó el teclado, pero me resultó difícil escucharlo pues el volumen no estaba muy bien balanceado, al menos desde donde yo estaba sentada. La trompeta fue esencial para darle al show de Rossana un matiz de carácter atrapante, sólido, con un cuerpo especial, de madurez y decisión.  Además, la textura del sonido de la trompeta combinaba perfectamente con la textura de la voz de Rossana. Había una amalgama mágica entre esos dos sonidos. Nota: se mandó un solo absolutamente espectacular, que no aplaudimos mucho solo por no romper el hechizo. [Ah, déjenme decir que a Cheche lo aplaudieron por un solo pero a Cheche habría que haberlo aplaudido también por todos los contratiempos, por los hi-hats de sonido mágico, por los fills aplanadores, por los patrones de métrica insondable… y por todo lo demás].

En fin… esto no iba a ser una reseña. De alguna manera no lo fue y fue más un exorcismo. Y como no lo fue, puedo darme el gustito de mandarles ¡abrazos gozados!!!

 

Fotos: Ivonne Morales

 

 

 

 

 

 

“Cada escenario es como un nuevo juego”. Entrevista a Rossana Taddei.

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¿Cómo surge este toque del Solís? ¿Tenés algún propósito especial para este show?

Este Solís surge de una manera muy sorpresiva, porque nos avisan en enero que disponemos de la sala para hacer el concierto que corresponde al Fortalecimiento de las Artes. Inclusive la idea es que todos los que nos hemos anotado para el Fortalecimiento para este año podamos hacer los conciertos antes del segundo llamado, que se hará este año. Así es que construyen esta modalidad, que me parece súper linda, que es la de las duplas. Por eso tuve esta gran suerte y alegría de que me tocara compartir escenario con Nico.

Como me enteré en enero, la información casi que me está cayendo ahora, inclusive cuando charlo contigo, y voy tomando conciencia rápidamente de que en febrero vamos a estar haciendo un Solís. Cuando en realidad a un Solís uno lo prepara con un año de anticipación. Ya tocamos dos veces ahí y tenés que pedir la sala y tener también la suerte de que justo haya disponibilidad e interés por parte de la programación en tu espectáculo. Entonces, que te la ofrezcan para el programa de Fortalecimiento de las Artes es como algo que cae del cielo de golpe, y que no te da mucho tiempo para toda la maquinaria de difundir, generar muchas entrevistas, o lo que sea para poder llenar esta sala. Me lo estoy tomando con muchísimo relax, como que es una fiesta, un encuentro con Nico y con la banda. Es un hermoso regalo, en una de las salas más lindas de Uruguay. En ese contexto vamos a estar tocando con la banda: Cheche en la batería, Alejandro Moya en el bajo, Santiago Montoro en la guitarra y Gastón Ackermann en trompeta y teclados. Al disco “Cuerpo Eléctrico” lo grabamos con dos guitarristas: con Santiago Montoro y con Alejandro “Cubano” Reyes, y vamos alternando en los shows en vivo, según su disponibilidad.

Seguimos presentando nuestro disco “Cuerpo Eléctrico”. Voy a disfrutar nuevamente de presentar las canciones del nuevo disco y algunas canciones del disco anterior, “Semillas”. Estos discos salieron muy cerca uno del otro y siguen coexistiendo, porque nos sigue emocionando tocar canciones del disco anterior que es muy fresco, y obviamente estamos con toda la energía para el disco nuevo.

¿Cuándo dejás de cantar una canción? ¿Cuando te deja de emocionar?

Sí, pero es difícil que ocurra. Salvo que uno haya cambiado mucho en su paisaje interno, como para que la canción ya no te emocione. Si son canciones de mi autoría, sucede que a veces no las siento en un momento determinado. Porque es un sentimiento muy puntual en el que deambula la poesía, o temática, o el texto, y a veces pasan los años y uno cambió tanto que se aleja de determinadas palabras, sensaciones, emociones.

¿Has, por ejemplo, reconstruido canciones viejas?

Sí, y a veces las modifico en el vivo. O canciones que están en construcción, se terminan de construir en el vivo. Me gusta el desafío o la adrenalina que genera eso. No ir con todo pronto. Es decir, tenés un repertorio que repetís, porque hay una médula de los conciertos que es un repertorio que vengo cantando hace muchos años, ¿verdad? pero dentro de ese concierto lo que mantiene la llama encendida es incorporar cosas nuevas, mías o de otros autores que nos gusta versionar, o a veces hacer directamente covers. O sea, tocar el tema entero como es. Eso me está pasando ahora con un tema de Gustavo Cerati, el tema “Magia”. Con esta canción me estoy sintiendo en una aventura nueva que es sacar el tema tal cual es. En general yo los saco como son pero rápidamente les busco una versión. En este estoy tratando de seguirlo porque me encanta el tema. En mi disco anterior hay otro tema de Cerati, “Cactus”. Hace un par de años que vengo escuchándolo mucho y profundizando en sus letras. Me conmueve mucho su música.

De las canciones que ya no me emocionan lo que me pasa es que o las reversiono, y trato de modificarles alguna cosa que me rechina, o le cambio la estructura, o le agrego una cita, por ejemplo. Pero no me pasa que haya canciones que dejé de tocar y no tocaría nunca. En general a las que fueron grabadas les conservo mucho afecto.

Cuando uno te ve en el escenario da la sensación de que sos una mujer completamente libre, que no permitís que las cosas te limiten. ¿Es tan así?

En el territorio escenario, territorio de arte, sí. Me nace funcionar de esa manera, y me gusta. Es un sitio también que transito desde muy niña. Empecé a los ocho años. Y creo que a los nueve tuve la primera aparición con un grupo frente a un público muy numeroso y en familia. Es como un territorio familiar. No me asusta, no es como el que llega a estas tareas con miedo, o más grande. Nunca tuve la oportunidad de poder sentir ese miedo que te puede paralizar o una de esas experiencias que te pueden traumatizar en los comienzos. Es un lugar que ya lo habito desde la libertad, desde la conexión con la niña, y me siento muy segura en ese espacio. Pienso que a muchos actores del palo del teatro les pasa, dentro de ese contexto, que es ese espacio en el que vos te podés permitir todo lo que tenés ganas de hacer.

Es cierto que siempre hay un observar la platea. Es como si hubieran varios hilitos conectando entre lo que estás haciendo, que es de un plano ligado a lo emocional y la energía, intangible, y la audiencia. Hay momentos de gran conexión en los que puedo llegar a decir: “Pah, estoy sintiendo a toda esta platea”. Hay como una medida de hasta dónde vos podés soltar toda esa libertad, para que haya un equilibrio y no haya una desmesura. Es un juego difícil de expresar con palabras porque ocurre en ese plano invisible. Entonces cada escenario es como un nuevo juego, una nueva experiencia. Pero siempre es desde ese lugar de disfrutar.

Si las condiciones técnicas son buenísimas, la posibilidad de improvisar y jugar en ese plano que estamos hablando se amplifican. Porque estás haciendo de canal entre la música y el otro que la recibe, que es un hecho de entrega, de amor, de energía a través de la música. Y si tenés todas las condiciones a favor (por poner un ejemplo, buen retorno, o sea que te escuchás bien), estás calmo a nivel técnico, en el otro plano de realizar tu acción artística estás mucho más libre y abierto que si no tenés eso. También influye si alguien de la banda no está bien. Son muchísimas piezas y cuanto mejor está todo, mucho mejor. Inclusive influye la disposición y apertura del público.

Si tuvieras que definir cuánto porcentaje de tu atención está en el público, en las letras y la guitarra, y en los demás músicos, ¿cuánto sería?

Va alternando y es algo que sucede. No es que yo ponga intención. Mi única acción es estar atenta a eso, abriendo los canales. Y los canales van pasando según los momentos. Presto mucha atención, sí, a cómo está el equipo. Por eso el dúo funciona con tanta fluidez, porque son dos personas. Cuando son tres ya son más almas ahí. Cuanto más grande es el marco quizás yo estoy más repartida en la atención. A veces pienso que debería cortar esos canales pero no podés, porque es un hecho colectivo, y vos estás al timón, porque estás manejando el barquito, pero estás pensando hasta qué está haciendo el iluminador.

¡Siempre me pregunté si los músicos eran conscientes de lo que hacía el iluminador!

Sí, con los años se van abriendo más canales. En el primer concierto te diré que no sabía ni que había un iluminador, obviamente. Pero a medida que vas avanzando vas entendiendo que aquello es un colectivo y que no termina donde estás parado. Es un colectivo que tiene muchas ramificaciones. Y a ese colectivo se le suma la platea. O sea, el hecho de la música en vivo reúne un montón de partes. Y cuando todas están en su mejor momento, es “aquel concierto”. Esas cosas suceden.

Bueno, sucedió cuando presentamos “Cuerpo Eléctrico” en el Auditorio del Sodre, que es una sala con toda la técnica. El sonido lo hizo Gonzalo Novoa y las luces Claudia Sánchez, que siempre trabajo con ella. Y también proyecciones, que están relacionadas, que sostienen el arte del disco, que las hizo Vika Fleitas.

¿Es cierta la anécdota del colibrí?

Sí, el colibrí entró en nuestro ensayo en casa, y revoloteó y revoloteó hasta que se cansó y se agarró de un tapiz, y se empezó a caer y se desmayó en mi mano. Yo justo había preparado para él un agua con azúcar, pensando en poder asistirlo cuando bajara, y después lo llevé al jardín a ver si libaba alguna de las campanitas que tengo por ahí… pero nada. De a poquito empezó a tomar agua y agarró energía enseguida, porque ellos tienen que tomar cada 20 minutos, porque con el aleteo consumen mucha energía. Ahí ya se recuperó. Y justo estaba Camilo, que sacó fotos, y esas son las fotos del arte del disco.

Al otro día puse un bebedero y vino y siguió viniendo. Esto pasó hace un año y pico ya y a ese bebedero siguen viniendo. No sé si es él, porque después se trajo a otros y se hizo una comunidad.

Nico Ibarburu comentó que compusieron un par de temas juntos.

Sí, son dos temas: “Si se diera” y “Quise todo”. La letra es mía y la música es de Nico. Cuando compusimos “Quise todo” él tocó unas cosas maravillosamente elaboradas, que después cuando yo lo seguí tocando sola lo simplifiqué. Él no tocó en la grabación pero la música es de él. Y claro que cuando la tocaba él tenía mucho más vuelo, porque es una bestia.

¿Ya tocaron juntos en algún show antes?

Sí, tocamos. Lo invité muchas veces. Hubo un momento que tocó bastante conmigo. Tengo el recuerdo de que tocamos en El Notariado presentando un disco; en el disco “Alas de Mariposa” tocaron él y el hermano; y muchas participaciones como invitado en discos. Tengo recuerdos de esos momentos cuando componíamos, tomando tecito de Cedrón.

Soy muy fan de los hermanos. Los voy a ver siempre que puedo. Ahora los acabo de ir a ver a Punta del Este. ¡Te explota el cerebro! Tocan la primera nota y ya estás colgado en una estrella volando, y después bajan del escenario y vos seguís en la estrella y les vas a decir algo y ellos te dicen “Hola, ¿cómo te va?”, como diciendo “no pasa nada”. Y vos estás dando vueltas en el universo. Qué fuerte. Qué belleza.

¿Cuerpo eléctrico qué carácter tiene?

Bueno, es rock and roll. En el 88, después de la dictadura, aparecen todas las bandas de rock and roll. Ese movimiento fue muy intenso y fue lo que yo viví en mi juventud. Nosotros recién veníamos saliendo del folclore y estábamos empezando a componer cosas influenciados también por el rock argentino, y empezamos con la banda Camarón Bombay. A las canciones las componía Claudio. Yo componía pero todavía no me animaba mucho a mostrarlas, y las guardaba. Esa banda era una banda de rock and roll con cierto corte latino. Tenía guitarras con distorsiones, batería rockera, viola con muchos riffs y aquellas congas. Fue la primera banda aquí sonando con esa cosa de caños y latino, tirando para ese lado. Este disco, “Cuerpo eléctrico”, tiene toda esa energía, un volver a, o un fractal, de ese momento. Así que vengo trabajando el homenaje a “Semillas” y a la veta más rockera.

Sucede que donde vivo hace tres años hay mucha paz. En invierno es súper calmo y hay mucho silencio. Y salimos de un “Semillas” que es bastante minimalista en cuanto al concepto. Entonces, empecé a componer con las ganas de hacer un poco más de ruido, con distorsión. Y claro, ya cuando componés con la guitarra eléctrica cambia todo, y con un poquito de distorsión ya empiezan a funcionar los riffs, y melodías un poco más acotadas en cuanto a la tesitura, no jugando mucho ni en graves ni en agudos, y textos que mezclan la ciudad y el entorno más natural.

¿Pintás?

Sí, pinto y hago bordado. Y me gusta comparar estos procesos porque tienen cosas parecidas. Si bien en la música a veces es más difícil entenderlo porque no es tangible. Pero hacés una melodía, que es en el aire y es una energía. Pero cuando lo querés ver o visualizar si esa melodía es un color o un trazo, o una pintura: ¿Qué pintura es? ¿Es un acrílico o un óleo? ¿Es una composición donde tenés que hacer capas y esperar que sequen o es una composición que es un acrílico, que vos lo podés sobrepasar con otro color porque seca muy rápido. O es como un óleo en el que tenés que estar un mes esperando a que seque y ver ¿qué hago con esta letra? ¿La cambio? ¿La conservo? Y pasa todo eso junto, según con qué elemento te ponés a crear. Así, con la guitarra distorsionada y las impresiones y sensaciones, fue saliendo. Pero si agarrás un charanguito, un ukelele, o un xilofón, sale para otro lado.

A mí me gusta esto. Por ejemplo yo no domino el piano pero componiendo con un piano salió “Anémona” que canto con Sarita [Sara Sabah] en el disco, y ese tema no es rockero. Quedó otra cosa, una mezcla que parece un clavicémbalo y una melodía que parece una mezcla de Levrero y Leo Maslíah. A ese tema lo quise incluir porque estuvo en la camada de todos pero la diferencia es que fue parido con un piano.

En el disco además de invitar a Sarita en ese tema, invité a Mandrake Wolf en “Fábrica”, y tengo dos temas en coautoría con el Moya: “Fábrica” y “Destellos”.

En esas dos pasaron cosas muy mágicas. Un día estaba en Facebook mirando muros, que viste que entrás como en un túnel, y termino en el muro de Moya, que me encantan las cosas que publica. Ese día él publicó: “Nuestra mente es como una fábrica abandonada, con recovecos, pasillos y pisos enteros que desconocemos. Nos movemos a tientas con el ritmo permanente de pisar vidrios rotos o caer por la escalera”. Y dije: “¡esto es genial!”. Empecé a escribirlo y después seguí: “Las canciones son flores, lámparas iluminando emociones…” y se arma “Fábrica”. Esos días nos juntamos mucho a tallerear. Entonces llega Moya y le digo: “tengo un tema nuevo, ¿a ver si te gusta? Y arranco. Y me quedó mirando… claro, le sonaba, ¡si lo escribió él! El Moya es como un hermano. Llevamos toda la vida laburando juntos. ¡Él tocó en “Tu luz violeta”!

Con “Destellos”, en una de esas juntadas, él empieza a tocar una línea de bajo. Yo volvía de caminar por la playa y había anotado toda una letra, ¡y coincidió perfecto! Esto me ha pasado en otras coautorías o coproducciones, que lo que toca tu amigo coincide perfectamente con lo que escribiste. Yo piro. Y me emociona mucho. Cuando estás en armonía con el equipo ocurren estos milagros, cosas que parece que se armaran en el inconsciente colectivo.

Con Gustavo Etchenique pasarán esas cosas también, ¿no?

Claro. Con él pasan esas cosas multiplicadas, porque hay un convivir, entonces a nivel inconsciente estamos en contacto.

¿En la convivencia está la música o la música es solo en el estudio y no en el cotidiano?

La música está siempre. Pasa, por ejemplo, que estamos preparando un almuerzo pero estamos hablando de música y de todo lo que tiene que ver con eso. Viste todas las patas que tiene el hecho de ser músico, ¿no? Está la parte donde vos construís un espectáculo, hacés la producción, contactás con quiénes vas a tocar, organizás los horarios de ensayo, las entrevistas, etc. Y al mismo tiempo hay una agenda para el año, que hay que ir organizando. Este año vamos a estar tocando en Santiago de Cuba, en un festival donde vamos a representar con otros colegas a Uruguay, vamos México, luego volvemos, y después, en octubre, nos vamos a París.

 

Como dijo Rossana, “podríamos hablar horas”. Pero en la habitación de al lado la esperaban para ensayar, así que le pusimos un punto final a esa charla que ofrecía muchísimas puntas para seguir intercambiando.

El encuentro musical con Rossana Taddei y Nicolás Ibarburu es el sábado 9 de febrero en el Teatro Solís. Sin lugar a dudas será una fiesta.

 

Foto de portada: gentileza de la producción.

 

La música no es para entenderla, es para sentirla. Entrevista a Nicolás Ibarburu.

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En el Teatro Solís, el 9 de febrero, a las 20:00 horas, en el marco de “MVD de las Artes, del Programa Fortalecimiento de las Artes del Departamento de Cultura”, en coordinación con la Asociación Uruguaya de Músicos (AUDEM) y el Sindicato de Músicos y Afines (Agremyarte), se presentará el show: Nicolás Ibarburu & Rossana Taddei. La curiosidad sobre este espectáculo fue el disparador de esta conversación, con uno de los músicos más maravillosos que tiene este bendito país: el gran Nicolás Ibarburu.

 

¿Qué te resulta interesante de este show que van a hacer en El Solís el 9 de febrero?

Por un lado, la instancia de compartir con Rossana, que es una amiga querida de hace muchos años. De hecho tenemos un par de temas que hicimos juntos. Y por otro, seguir haciendo lo que vengo haciendo, que por suerte le vengo agarrando cada vez más el gusto.

En esta oportunidad va a ser un formato más reducido: un cuarteto. En realidad me siento más cómodo. Porque al principio uno trata de cubrir sus inseguridades con más amigos y obviamente que la banda grande es un swing, porque dos guitarras, flauta, dos teclas y percu te abre un montón el abanico sonoro. Al no tener tremenda potencia vocal, uno cree que está más resguardado llenándose de músicos… pero no es tan así. Ahora estoy explorando algo diferente, un poco más de aire.

¿Ese aire qué te da a vos?

Me gusta tener más aire para lo que pueda tocar en la guitarra y me gusta la sonoridad un poco más minimalista, digamos.

¿Esta vez quiénes tocan contigo?

Martín Ibarburu en la batería, Fernando “Pomo” Vera en el bajo y Manuel Contrera en las teclas. Vamos a hacer las canciones de “Casa Rodante”, algunas de “Anfibio” y también algunas músicas nuevas que venimos cocinando para un próximo disco.

También es la excusa para encontrarnos, porque es la banda pero también son hermanos de la vida y siempre es un festejo juntarnos.

¿Cómo es que te surgen las ganas de cantar en un primer momento?

Bueno, uno siempre canta en situaciones, como los asados y eso. El canto es de todos los seres humanos. Eso es algo que tuve que reaprender. Porque hubo un momento en que yo mismo me censuré para cantar. Creo que mi peor enemigo fui yo mismo, como nos pasa mucho a los seres humanos. Pero siempre sentí el disfrute de la sensación física de cantar. A la vez, siempre mi mayor autocrítica fue con el canto. Que a la vez es algo que nos ocurre a todos. ¿Viste que la primera vez que te sentís la voz grabada es terrible? Como hablaba con un amigo que es foniatra, cuando uno cambia la voz, en la adolescencia, uno trata de seguir dando la voz aguda que tenés cuando sos niño, pero las cuerdas vocales se engrosaron. Y a mí me pasó eso con el canto.

Aunque al principio no cantaba en público, siempre compuse canciones cantadas. En un momento me di cuenta de que las hacía re agudas y me quedaban re tirantes. Claro, quería mantener esa voz de los 12 o 13 años. Cuando encontré el guitarrón fue alucinante porque con él naturalmente bajás todas las tonalidades.

Tengo muchos recuerdos relativos al canto, por ejemplo, con la banda de Jaime Roos. Antes de salir a tocar, siempre cantábamos dos o tres murgas viejas en el camarín, como de camaradería. Y me acuerdo de estar cantando y sentir esa emoción, esa mística increíble que se da al cantar. También mi viejo salió en una murga de joven y conectaba mucho con todo eso y yo lo disfrutaba. Siempre sentí el disfrute y la profundidad de expresar con el canto… pero con demasiada autocrítica. Ahora, de a poquito, vengo bajando esa autocrítica y aceptándome más.

Cuando componías con letras, ¿no las cantabas? ¿Las cantaban otros?

Claro, o se las cantaba solo a mis amigos. De hecho en el segundo disco de Pepe González (“Febrero”), que yo tenía veinte años, canto en dos o tres temas. O sea que ya me estaba mandando algún paso en este sentido, aunque como estaba muy mal con mi aceptación, canté en los temas a medias con algún amigo. Con los años, cantar se me fue volviendo una necesidad. Se trata de no renunciar a ciertos sueños de uno. No se trataba de que fuera un éxito. También por dar lo mejor de uno e ir mejorando. Aceptarse no es solo cuestión de ampliar tu aceptación sino también de estudiar y mejorar tu performance.

En la Balzo, cuando cantaste en el show con Chapital, lloré de principio a fin de tu canción. Fue increíble el salto que diste con el canto en unos meses. ¿Qué pasó ahí?

Fui encontrándole el disfrute. También fui aprendiendo algunas cosas, como por ejemplo a manejar el micrófono. Además pasó que toqué tanto fondo que en un momento me dije: “Vo, si quiero tocar mis canciones, es ahora”. Te juro, hubo un momento en que pensé en no cantar más.

¿Cuál fue ese fondo?

Tristeza. Este año pasado fue muy fuerte para mí: separación, mudanza, se murió mi abuela que era muy querida, y los cuarenta. Ahora voy a cumplir 44.

[Risas] Yo tengo 49… impresionan pero en verdad adentro no se sienten.

Claro, para nada. Y creo que es ahora, estamos en la flor de la edad [más risas] pero a veces caen fichas como “no tengo todo el tiempo que quiero para hacer algunas cosas”.

También durante muchos años tuve una contradicción muy extraña: me daba cuenta de que necesitaba cantar mis canciones pero no sabía si iba a poder disfrutarlo.

Pero cuando cantás solo en tu casa lo re disfrutás, porque si no, ni se te ocurriría.

Sí, claro. Es eso.

¿Y cuando estás en el escenario qué pasa?

Pah, pasan muchas cosas. Me hiciste acordar a la película “Roma Amor”, de Woody Allen, en la que el loco canta bien en la ducha pero no en el escenario y le llevan una ducha al escenario. [Risas] Por ahí necesitaría eso, ¡una ducha! Hay que intentar hacerlo adentro, como una ducha interna.

También se aprende mucho de grandes maestros. Por ejemplo, tipos como Mandrake, que no son perfectos cantando pero a mí me encanta como canta. Tiene una soltura y a nivel de expresión es buenísimo. Lo prefiero a algunos cantantes súper técnicos que no te mueven nada.

¿Podrías tomar algo de tu relación con la guitarra y pasarlo a tu relación con el canto?

Tremenda pregunta. ¿Sabés? Me di cuenta de algo que me sirvió para desbloquear. Vi un tributo a Buscaglia que hicimos en la televisión, donde toqué dos temas de él. Con la guitarra muy seguido agarro la melodía y cambio la métrica, la hago a mi aire. Si vos la hacés tuya, muchas limitaciones se desvanecen. Y eso es lo que estoy tratando de hacer. Tratar de hacer en la voz esa adaptación que hago en la guitarra.

Cuando te veo con la guitarra, no parece que sean dos entidades. Son una sola. ¿Vos lo vivís así?

Sí, por momentos lo vivo así. La guitarra para mí es como parte de mí. Por ejemplo, cuando me siento algo desbalanceado, o enojado o triste, o re eufórico, agarro la viola. Con un amigo bromeábamos con el concepto de “guitairbag”. Cuando te vas a dar contra algo, agarrás la guitarra. Y sí… sin duda esa naturalidad que me pasa con la guitarra es completamente diferente con la voz. ¿Viste que para dormir hay gente que cuenta ovejas? Yo sigo tocando la viola.

Cuando logro eso mismo, esa conexión, con la voz me hace mucho bien. Es terapéutico, sanador.

Con la viola me pasa que me voy. Con la voz me voy dando cuenta de pequeñas cosas. En realidad lo importante termina siendo no estorbar. Es confiar y sin querer que te salga perfecto.

Hay una película alucinante, llamada “Contacto”. Una novela de Carl Sagan que la hicieron película. A los tipos les llega un plano para hacer una nave espacial y como ven que no tiene asientos, le ponen a la mina, que es Jodie Foster, una silla con un cinturón. Bueno, el cinto casi la mata. Es eso, a veces querer aferrarse, estar más seguro, es lo que más te obstaculiza.

Vos hablaste de tener éxito. ¿Qué más éxito se puede pedir que el que ya tenés vos con la música?

Estoy muy agradecido. Si a mí me hubieran dicho hace diez años que yo iba a tener dos discos míos e iba a poder tocar ahora en El Solís con Rossana como dos propuestas de cancioneros, a la par, más allá de que Rossana es una genia, que me lleva años luz en un montón de cosas… Para mí es alucinante.

Porque está el falso éxito, que nos tratan de encajar en la cabeza: que ser exitoso es hacer guita con la música, o la cantidad de personas que te van a ver, que seas masivo. A mí me importa el respeto de mis amigos, de mis colegas y las devoluciones que he tenido de la gente. Estar logrando cosas de a poquito, cantando, me llena de felicidad. En ese sentido sin duda me siento exitoso.  Y nunca transé ni transaré con hacer música que no me gusta, porque me haría muy infeliz. Imaginate que lo peor que puede pasarte es meter un hit con algo que no te gusta. Ahí te arruinás la vida, porque después tenés que volver a hacer esa fórmula.

Esta canción que termina y uno la tiene que volver a poner: “Mapa Tesoro”. ¿De qué habla?

En realidad está hecha para mi hijo y con mi hijo. Él me tiró un par de frases y todo. La hice desde un lugar de mucha tristeza, que atravesaba en aquel momento. Y a la vez habla también de la amistad, de parejas, pero primordialmente de mi hijo. Cuando dice “el mapa que encontré se volvió tesoro, se fundió en el oro de los ojos que te vieron crecer” es para mi hijo. Y también es para uno mismo. Cuando te ves crecer. El premio de poder usar lo malo para crecer.

¿Y el viento?

Bueno, la búsqueda de las canciones como para poder transitar las tormentas. Dice “aprendí a escuchar la canción del viento, por necesidad, como respirar, y eso que escuché se volvió velero”… o sea, para poder surfar el tsunami. En un momento entendí que venía por ahí, que yo inconscientemente tocaba para eso. Escuché canciones que había hecho antes y noté eso. Como una canción que le hice a una casa queridísima en Atlántida, otras que le hice a amores. Y cuando lo ves así, claro, pasa a ser una forma de vida.

Es muy fácil cuando pasa como nos pasó a nosotros cuando empezamos a tocar con Jaime, que haya veinte lucas de gente, te arman la viola, los pedales… en parte empezamos así. Y después de haber vivido todo eso, vas a hacer lo tuyo y con suerte hay dos mesas. Entonces te planteás por qué tocás. Y a la vez, la satisfacción es muy grande a medida que vas logrando que a alguien le guste un tema tuyo o que se acerque más gente a tus toques.

¿Y qué hay de tocar en el exterior?

Bueno, ahora estamos moviéndonos un poco en ese sentido. Incluso aprovechar que la imagen internacional de Uruguay ha cambiado mucho, en forma positiva (algo para reconocerles a los gobiernos del Frente, inclusive también al Maestro Tabárez). Pero también generar cosas desde acá.

En la época de Fito también era muy tentador quedarme allá. Sin embargo, me gusta vivir acá.

¿Cómo fue que Fito Páez te llamó para tocar con él? Vos eras un chiquilín.

Surreal. Fue en el 99 y 2000. Tenía 24, 25 años. Claro, ahí yo me había ido a la casa de Martín, que vivía en Holanda. Me llamó el manager de Fito a la casa de Martín. Creí que era joda. En un momento me pasó con Fito, que me tiró terrible onda. Para mí era como un sueño; no podía entender.

En aquel momento Fito era zarpado. Justo después de “Euforia”. Él había sacado “El Amor después del Amor”, “Circo Beat” y “Euforia”, que son los dos discos más zarpados de Fito. Y el tercero, que fue una recopilación en vivo de todo. Yo toqué en las presentaciones en vivo de los dos discos siguientes: “Abre” y “Rey Sol”. En estudio grabé en 9 temas del disco “Mi vida con ellas”. Fueron dos años increíbles.

¿Y Martín?

Martín hizo los últimos 15 shows, en el 2000. Ahí fue cuando Fito se abrió de la música unos meses y nos volvimos a tocar acá, con Jaime y demás. Pero fue increíble todo. Conocer a Guillermo Vadalá, Claudio Cardone (que tocaba también con Spinetta) y trabajar así, como en primera, en Argentina. Tremenda experiencia.

¿Cuánto público había en los shows?

El más zarpado que recuerdo fueron 120.000 personas. Además Fito de locatario, en Rosario. Era todo como muy delirante.

Hoy me siento muy identificado con la cosa más artesanal, de autogestión. Porque esas giras son muy impersonales. Inclusive toqué en muchas ciudades que no pude conocer. Ahora, en las giras de autogestión, vas y compartís. Siempre hacés talleres, te quedás en la casa de la gente, cocinás con ellos, te reciben con otro cariño, y eso ¡sabés cómo te alimenta! Obviamente tratando de cobrar lo que uno merece pero para mí ahora eso tiene más sentido que los contratos.

[Se hace el primer breve silencio en una hora de conversación… y Nico retoma una idea sobre el show del Solís]

Con respecto a este show, que vamos a hacer en El Solís, me gustaría aclararte que es un show de la banda de Rossana y de mi banda. Algún tema vamos a hacer juntos también pero la idea es que toquen las dos bandas.

[La banda de Rossana Taddei en esta oportunidad estará integrada por Gustavo Etchenique, Santiago Montoro, Alejandro Moya y Gastón Ackermann, y presentarán el trabajo “Cuerpo Eléctrico“]

¿Tocarán una banda primero y luego la otra o un poco y un poco?

Bueno… en realidad tuvimos una pelea porque los dos queríamos tocar primero [risas]. Al revés de siempre, ¿no? Es que para mí Rossana es alucinante. Tiene una conecta tremenda con la gente. ¡Cómo la hace cantar! Y con el Cheche, que es una hermosura verlos juntos. Un superpoder, porque es el amor y la música en su máximo esplendor. Cheche, que es uno de los mejores bateristas de la historia…

Bueno, vos también tenés a uno de los mejores bateristas de la historia.

¡Que fue alumno de Cheche! Yo no me puedo quejar [se ríe]. Ando flojito de batero.

¿Puedo hacerte otra pregunta con respecto a la guitarra?

Sí, claro.

Cuando estás tocando uno de esos solos que desarman el alma. Ahí algo tenés que pensar, ¿no? Pero… ¿estás pensando o no estás pensando?

Buena pregunta. Son como momentos. Yo puedo, por un tema de oficio y de muchos años de tocar, tocar un solo que esté más o menos bueno sin estar re colocado. Pero hay veces que logro otra cosa, que es como un viaje astral. Y ahora me doy cuenta de las cosas que me llevan ahí. Por ejemplo, hacer una especie de diálogo conmigo mismo. Tocar una frase y contestar esa frase yo mismo.

O cuando estoy en ese coloque, que no es siempre, a veces veo imágenes. Por suerte cada vez sé mejor cómo llegar. Es con el sentido melódico. Lo que me lleva ahí es escuchar a los demás instrumentos, estar conectado en esa sintonía, y viajar.

¿Qué tipo de imágenes ves?

A veces veo como los dibujos de la viola [hace gestos como que está tocando] pero como proyectados en colores, o en otras cosas.

¿En serio? [asombro de mi parte]

[Se ríe]. Bueno, debo reconocer que fumo bastante también [se ríe más].

¿Fumar para vos es necesario?

No, no es imprescindible. Es como un aliado en algunas situaciones. Por ejemplo, fuimos a tocar a La Cúpula de La Tahona, que es una cúpula de barro. Ahí tenés que entrar descalzo, se toca acústico, no hay amplificación, y veníamos de un día en que habíamos hecho meditación y para mí fue un viaje increíble, sin haber fumado nada. Pero cuando estás tocando en un boliche en el que prenden la licuadora… son sistemas para amortiguar.

¿Los músicos se conectan con un sentido diferente a los cinco?

Sí, yo creo que la música es una de las pruebas de que existe la telepatía. Obviamente en Occidente, con todo el escepticismo hemos retrocedido en ese tipo de potencialidades que hay en el ser humano. Cuando podemos cortar un poco el ego, el ¿qué piensan de mí?, ¿qué pienso de lo que piensan de mí?, si te podés alinear, afloran cosas que uno ni se imagina.

Y ahí el que te está escuchando se muere, porque si vos te conectás, podés ayudar al que escucha a conectarse también.

Fa, sí, lo que pasa con la música en ese sentido es muy fuerte. La música no es para entenderla, es para sentirla.

 

Entrevista por Patricia Schiavone
Fecha: 31 de enero de 2019

Publicada también en COOLTIVARTE.com.

Hubo show. Wooten, Chambers y Franceschini.

El viernes 14 de diciembre de 2018 se presentaron en La Trastienda estos tres músicos consagrados que para los amantes del jazz no necesitan presentación. Una oye sus nombres y automáticamente suenan sus sonidos característicos.

De los tres, al que vi más recientemente en vivo fue a Bob Franceschini, en aquel toque fabuloso hace ya tres años. A Chambers lo había escuchado en aquel otro toque digno de pellizcarse hace más años de los que quisiera admitir. Esta fue mi primer experiencia de ver en vivo a Wooten, a pesar de que supo venir otras veces a Montevideo.

Aunque teóricamente tengo claro que las expectativas son algo a descartar, admito que me había hecho grandes expectativas con este concierto. He sabido ver y rever la charla TED de Wooten, que considero magistral; me he gozado la vida con un disco en particular en el que Chambers hace mucha magia musical –The Heart of Things–. Sumando esto al recuerdo de Franceschini, el nivel de adrenalina pre toque era importante.

Me fascinó una de las primeras frases que dijo Wooten:  que cuando era pequeño quería ser como otros bajistas, como Stanley Clarke, como Jaco Pastorius…, pero que esta noche solo sería él, el Sr. Victor Wooten, y que esperaba que eso nos pareciera bien.

Estas palabras de él que sirvan para poner en contexto esta opinión mía acerca del concierto. O sea, lo que yo opine acerca del show no es más que la opinión de alguien que no sabe tocar música, a quien por cierto le gustaría saber tocar buena música, y que si tuviera las habilidades musicales de cualquiera de los tres, estaría tocando el cielo con mis manos.

La gran culpable de que el show me haya desilusionado evidentemente fui yo al hacerme tantas expectativas. Es mucho más sano andar por la vida abierto a lo que llegue, con el mayor grado posible de aceptación por lo que es, tal cual es. Y en general resulta en que lo que es nos colma. Pero si andamos por la vida esperando cosas, nos pasan este tipo de asuntos.

Entendámonos: el viernes los tres demostraron que son grandes instrumentistas. Hubo un gran despliegue de conocimiento de todos los ámbitos: rítmico, armónico y melódico, y creativo. También nos otorgaron un ingrediente que no siempre está presente: la diversión y la alegría.

Lo que a mí me desilusionó fue sentir que no había escuchado música. Yo sentí –y me hago cargo del error de percepción en el que pueda haber incurrido– que no había ido a un concierto sino a un muestrario de chops, de proezas digitales y de demostración de habilidades musculares. Me faltó que los sonidos me emocionaran. Me faltó que todo ese manejo impresionante de los instrumentos fuera puesto al servicio de decir algo con la música que me llegara más cerca del corazón.

Los gustos son muy variados y el comentario a la salida del show era unánime y diferente al mío. Se oyó que estuvo impresionante, que son unos genios. Así que admito que este comentario está teñido completamente por mi propio gusto musical. Pero si no escribo desde ahí, ¿de dónde?

Déjenme contarles lo que sí me gustó del show:

Un tema que tocó y cantó Victor Wooten. Buenísima letra, buenísima energía, y muy agradable la combinación de timbres del bajo y su voz.

En todo el toque, mucho groove, todo sonaba con mucha onda. Cada nota metida en el ángulo. Con métricas extrañas y con acentuaciones diferentes.

Los desplazamientos de los instrumentos entre sí eran algo de alquilar balcones. Daban ganas de poner pausa y repetir a ver si por casualidad se podía llegar a descubrir la movida.

Las charlas entre los tres, en combinaciones tomadas de a dos. Pero charlas formadas por chops. Se sentían como conversaciones de gente fumada. Comenzaban con un tema pero sin terminarlo, seguían con otro y con otro diferente. Todo quedaba inconcluso. Era un salto permanente a otra cosa.

Insólitamente para esta amante de la batería, lo que más me gustó del show fue la participación de Franceschini. Fue quien sí logró por momentos que yo sintiera que estaba escuchando música, y que me interesara lo que tenía para contar.

El tema de Béla Fleck fue buenísimo.

Y el último tema de todos, bis, sonó como me hubiera gustado que sonara todo el toque: funky, groovero a full y con toda la musicalidad compactada en esos breves minutos.

Si vuelven a este país cualquiera de los tres, iremos a escucharlos otra vez, por supuesto. Son enormes músicos. Eso sí, trataré de recordar no crearme expectativas.

En cuanto a ti, si no los has escuchado, tendrás que hacerlo para formarte tu propia opinión y no quedarte con esta impresión ajena.

Posdata: Un amigo me dijo: ‘hubo todo lo que pedís, pero de otra manera’. Es muy factible, sí, que yo no haya estado en sintonía esta vez. La música se trata un poco de ese azar que hace que en un mismo momento y lugar se encuentren un emisor y un receptor de mensaje que estén en el mismo canal. Muchas veces ocurre y por eso quizás lo tomamos como algo esperable pero si observamos más detenidamente, ese encuentro es algo asombroso por la cantidad de coincidencias que implica. El hecho musical es un acontecimiento mágico y se lo debemos a estos seres que dedican su música a compartir sonidos. El agradecimiento en ese sentido es muy grande.

 

 

 

 

Dos Orientales en Uruguay: intercambio con Tomohiro Yahiro

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Todavía suena en algunos de nosotros el toque, tremendo, de Hugo Fattoruso en La Trastienda. Por eso recibimos con el alma abierta la noticia de que el dúo “Dos Orientales“, formado por Hugo Fattoruso y Tomohiro Yahiro, hará una serie de presentaciones en nuestro país en este mes de noviembre.

La colaboración entre Hugo Fattoruso y Tomohiro Yahiro ha sido llamativamente extensa en años, teniendo en cuenta la distancia en kilómetros que los separa. Comenzaron a hacer música juntos en el año 2005. Hasta el momento hicieron 13 giras y grabaron 3 discos:

  • Dos Orientales” – (2007, ganador de Premio Graffiti y pre-nominado al Latin Grammy en 2012).
  • Orienta” – (2011, ganador de Premio Graffiti)

(Ambos editados en Japón, Uruguay y Argentina)

  • Tercer Viaje” – (2016) editado en Japón y próximo a editarse en Uruguay.

En Montevideo, el 19 de noviembre Tomohiro Yahiro dará una clínica de percusión en AUDEM (Maldonado 983, Montevideo).

En los días anteriores, los Dos Orientales se presentarán en Paysandú (16 de noviembre), Fray Bentos (17 de noviembre) y Florida (18 de noviembre).

A continuación compartimos un intercambio con Tomohiro Yahiro, que tuvimos por correo electrónico.

 

¿Cómo y cuándo conociste a Hugo Fattoruso?

Antes de conocer a Hugo personalmente ya lo había escuchado, en los 70. Lo conocí personalmente en Japón en 1986, cuando vino a Japón con Djavan.

¿Qué es lo que te atrae de hacer música con Hugo?

Todo es posible con Hugo e incluso me guía a ayudarme a tocar mejor y crear nuevas ideas rítmicas y musicales, siempre con alegría.

¿Con qué otros músicos latinoamericanos has tocado?

En los 80 tuve chance de acompañar a artistas brasileros como Joyce, Toninho Horta, Joan Bosco o Nara Leon cuando venían a Japón.
Desde mediados de los 90 empecé a montar mi propio proyecto musical y empecé a invitar músicos latinoamericanos: Jorge Cumbo, Gladston Galliza y en esos proyectos siempre participaba Hugo.

Actualmente tengo 3 proyectos con músicos latinoamericanos: Dos Orientales (con Hugo), Gaia Cuatro (con músicos argentinos que viven en Europa) y Florencia Ruiz (cantautora argentina).

¿Qué hace que estés tan abierto a relacionarte con músicos de esta región?

Porque muchos de ellos están abiertos a colaborar y crear intercambio musical con Japón.

También sucede que los japoneses son muy curiosos, siempre andan buscando algo nuevo. El candombe o Uruguay mismo es un nuevo interés para muchos japoneses que están interesados en Latinoamérica.

¿Cómo es tu relación con el candombe? ¿Qué tipo de emociones te genera?

Para mí el candombe es justo lo que buscaba, con la raíz de ritmo africano pero sin raíz religiosa.

No hay palabras para expresar la emoción cuando estoy tocando el tambor chico. Tengo que estudiar más español para poder expresar esa pasión. Jajajá.

Si a un uruguayo le preguntan qué tipo de música es típica de este país, contestamos el tango y el candombe. ¿Qué estilos de música son típicos de Japón?

En Japón hay de todo pero mucho es superficial. Hay varias músicas típicas de Japón, tradicionales, pero quedan totalmente conservadas y totalmente afuera de lo que es fashion o modernización.

De tus trabajos musicales hasta el momento, ¿cuáles son tus favoritos? ¿Por qué?

Todos, porque tengo la suerte de poder crear música con músicos muy destacados y todos son excelentes profesionales. Pero permíteme decir que Dos Orientales o, mejor dicho, tocar con Hugo en dúo, es algo muy, muy especial para mí.

¿Qué se prioriza en Japón cuando se estudia percusión? 

Si es percusion occidental, lo primero es a base del sistema americano, rudimentos, stick control, etc. Pero como estamos informados superficialmente, aquí pueden estudiar cualquier ritmo étnico (ojo!! superficialmente).

¿Qué tipo de clínica vas a dar en Montevideo? ¿Qué pueden esperar quienes vayan?

Más que clínica, me gustaría tener un momento de intercambio cultural con ustedes. Yo no puedo enseñarles a los uruguayos el ritmo latino pero puedo mostrar cómo un japonés va aprendiendo los códigos rítmicos de África, Brasil, Cuba, etc.

Muchos músicos que hacen giras opinan que cada público tiene sus características. Si estás de acuerdo con esto, ¿cuáles son las principales diferencias entre el público japonés y el público uruguayo?

Son muy diferentes. En Japón el público es demasiado tranquilo. Muchos musicos sienten “¿estarán aburridos?” pero a último momento aplauden con toda emoción. O sea, si al final recibimos el mismo aplauso que al principio, querría decir que esa musica estuvo más o menos. Jajajá.

En cambio en Uruguay ¡me trataron como a una estrella! Incluso alguien me gritó a la cara: “Vooo, ponjaaaa, ¡te estábamos esperando!!!” ¡Todo muy alegre!

 

Biografía de Tomohiro Yahiro:

Nacido en Tokyo de 1961, pasó su infancia en Islas Canarias (Palmas de Gran Canaria, España), donde comenzó su carrera musical, tocando con bandas de rock locales. Vuelve a Japón en 1979, debutando profesionalmente en 1980. En ese entonces, fue miembro de bandas rockeras como Jagatara, S-Ken y Hot Bomboms.

Simultáneamente, tocó con varios artistas japoneses muy representativos del jazz: Yosuke Yamashita, Kazumi Watanabe, Kazutoki Umezu, Shigeharu Mukai, Fumio Itabashi, Shuichi Ponta Murakami, etc.

Participó en muchas grabaciones y giras, como Masashi Sada, Joe Hisaishi, Lisa Ono, Taeko Ohnuki, Yasuko Agawa, etc. Fue miembro de uno de los grupos más destacados de fusión-brasilera, Spick and Span. Tocó con artistas brasileros como Joyce Moreno, Toninho Horta, Joan Bosco, Leila Pinheiro, Alcione, etc.

En 1998 fue productor del grupo de percusión de África “Sophie Ker Gui” cuando se realizó la Copa Mundial de Fútbol en Japón. A partir de ese momento, fue invitado incontables veces a ceremonias relacionadas a la copa mundial de fútbol.

Desde los años 90 a la actualidad crea y desarrolla giras en Japón (en ocasiones, incluyendo otro país) en conjunto con artistas internacionales, enfatizando en Latinoamérica. Hugo Fattoruso, Osvaldo Fattoruso, Francisco Fattoruso, Toninho Horta, Jorge Cumbo, Pedro Aznar, Horacio Burgos, Daniel Maza, Martín Ibarburu, Gladston Galliza, entre otros, son algunos de los músicos que ya participaron en sus proyectos.

En la actualidad, tiene endorsement de Pearl y Korg.

En el año 2013 se comenzó a rodar un documental sobre el dúo bajo las cámaras de SADHU producciones, el cual fue filmado en Uruguay y Japón. El mismo se pre-estrenó en ambos países, en octubre de 2017, y está próximo a estrenarse en 2018.

En el año 2016 la Embajada de Japón en Uruguay hace entrega de una distinción, junto al deportista Diego Forlán, por la contribución y lazos de amistad que ambos han cultivado, enorgulleciendo a ambos países.

 

Repetimos las fechas y lugares de las presentaciones en Uruguay durante el mes de noviembre:

– 16/11 Teatro Florencio Sánchez – Paysandú

– 17/11 Teatro Young – Fray Bentos

– 18/11 Teatro 25 de agosto – Florida

– 19/11 Clínica de percusión, AUDEM (Maldonado 983) – Montevideo

 

¡A disfrutarlos!

Dos palabras: Hugo Fattoruso

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Una dice “Hugo Fattoruso” y ya siente sonidos. Además de los sonidos, solo con nombrarlo, se siente una energía, una impronta especial, que me hace pararme más derecha, abrir el pecho, estar más receptiva… con oídos muy dispuestos y con certezas de todo tipo.

Saber a priori que un toque será excelente tiene un efecto claro en las células: por un lado las ordena a todas de golpe; por otro, genera una excitación anticipante, un burbujeo emocional que es disfrutable en sí mismo. Así, una Trastienda hasta las manos (sí, leíste bien: llenísima, ¡repleta!) se embarcó en la presentación de Hugo Fattoruso y Barrio Opa, el sábado 20 de octubre de 2018. Sabíamos que íbamos a gozar pero, así y todo, nos sorprendió el nivel de genialidad musical.

La cantidad de músicos que son identificables al escucharles unas pocas notas no son tantos en la historia de la música. Hugo Fattoruso tiene la característica asombrosa de ser uno de ellos. Apenas arrancar sus primeras notas en el teclado, ya estábamos inmersos en su hechizo. Él ha logrado poner en sonidos algo que lo atraviesa y algunos tenemos esta suerte increíble de haber nacido en su mismo espacio-tiempo y poder presenciar y participar de este fenómeno. Escucharlo emociona y punto. Le podremos buscar las mil y una explicaciones mentales pero lo que se vive al escuchar su música es una conmoción colosal. Todo lo demás, son vericuetos.

Pero como ustedes probablemente esperen algún vericueto mental, intentaré relatarles algo, con la esperanza de que por un lado, puedan acompañar lo que sucedió y, por otro, que a la próxima oportunidad que encuentren de ir a ver en vivo a este fenómeno, no vayan a perdérselo. Porque si les tocó coexistir con él en tiempo y espacio, se pueden considerar afortunados.

Melodía, armonía y ritmo confabulan en Hugo. Y también confabula la dimensión tiempo… porque simultáneamente, en cada instante, habitan los años de experiencia musical y una juventud sonora fascinante que hace que cada concierto suyo sea una novedad. No escuchamos a un músico de los 70 repitiéndose en 2018, sino que escuchamos a un músico que ya en los 70 era un genio y que continuó desarrollándose de manera tal que hoy su música es revolucionaria. Este hombre no hace música, es música. Él y su piano son una unidad indivisible.

La razón para este concierto fue presentar el disco “Hugo Fattoruso y Barrio Opa”, que grabaron en Montevideo, en Estudio Sondor, con un productor inglés, Joe Davis, un apasionado de la música brasileña.

Los músicos que tocaron en La Trastienda son: Albana Barrocas (batería y percusión), Francisco Fattoruso (bajo), Nicolás Ibarburu (guitarra), Andrés (Tato) Bolognini (batería), los hermanos Silva (MathíasGuillermo y Wellington) (tambores), Rubén Rada y Matías Rada (guitarra). Invitada: Luanda Fattoruso (voz).

El nivel musical de este show fue equivalente a la suma de la maestría musical que tienen todos estos músicos. Fue sideral la genialidad y cómo manejaron el lenguaje Fattoruso de la manera más auténtica y sentida.

El dominio musical de Albana Barrocas ha venido en aumento permanente desde hace años. Es impresionante escucharla y verla. Su marca personal le aporta a la música de Hugo un condimento que quizás no tenía antes de comenzar a tocar con ella. Hugo siempre tuvo su componente “electrónico” pero Albana subió esa perilla un poco más todavía y desde un ángulo distinto al que conocíamos antes de ella. Su conocimiento rítmico maravilla y su nivel técnico se va de tema. Tocó uno de los últimos temas con el berimbau y ¡la rompió de una forma! Cada instante de cocreación suya con Hugo tiene una cualidad particular, hay una sinergia mágica sucediendo entre los sonidos de uno y otro y una comprensión mutua que genera estabilidad y solidez rotundas.

Ya que llegué aquí, les cuento que fue un concierto en el que encontré muchas díadas dignas de reverencia. Esa es una cualidad particular del jazz, funk, candombe: la dinámica que se forma entre los instrumentos tomados de a dos, o de a tres, y cómo eso se inserta en un plan mayor que incluye a todos los instrumentos. Pero hay conciertos en los que hay un protagonismo clarísimo y no hay tanto lugar al despliegue de todos. Bueno, en este caso, siendo Hugo Fattoruso la figura principal se podría haber esperado que se robara toda la atención y, sin embargo, para mi deleite, hicieron música, se dejaron atravesar por la magia musical y eso, por supuesto, siempre es democrático. Y como estos músicos tenían con qué, pasaron cosas increíbles.

Cada diálogo de Tato y Albana fue de alquilar balcones. Daban ganas de ponerle pausa, retroceder, y “play” otra vez. ¡Fue una de repartir palos! Aquello era como una locomotora que de un empujón te podía dejar directo en Alaska. Y todo con un disfrute gigante y una razón musical de peso. Si me meto a escribir sobre Tato corro el riesgo de escribir tres horas. No lo haré, pero sí déjenme decir que llevar así al tren arrollador que fue este toque es de genios. Además, ¡siempre metiéndole esa alegría desbordante que transmite con sus palos!

Hugo y Francisco son un caso aparte. Francisco se toca todo desde siempre pero cada toque me deja con la boca más abierta. Aquí sentí que era como si ellos dos se leyeran la mente todo el tiempo. Ambos sabían lo que estaba por tocar el otro… era casi como si fueran uno solo tocando, solo que desde los dos extremos del escenario. Genialidad musical compartida y mucha gozadera mutua.

Nicolás Ibarburu es otro extraterrestre más. Al igual que Hugo, y que Francisco, una no siente que agarra una guitarra y se pone a tocarla sino que parece que él y la guitarra son una misma cosa. Y de esa unidad sale una magia sonora que genera un disfrute profundo, de tinte nostálgico y serio con recodos de optimismo y ternura. En este concierto estaba en su salsa y fue obvio todo el toque que entre Hugo y él había un entendimiento perfecto.

En un par de momentos Hugo, Nicolás y Francisco tocaron unas melodías al unísono, los tres. Creo que esa sería una buena manera de morir: con un éxtasis como ese.

Y así, tomándolos a todos de a dos, era un deleite atrás de otro. Ibas sumando eso de a 3 y a de a 4 y quizás puedas imaginar lo que estoy intentando transmitir: un alto viaje.

Vieron que por las venas uruguayas pasa sangre pero también candombe. Muchos conciertos uruguayos no tienen la participación de tambores y sin embargo los tambores de Barrio Sur están implícitos en muchísima música nuestra. Pero una cosa es que estén implícitos y otra cosa es la maravilla de tener al chico, repique y piano formando parte del desbunde sonoro. Los hermanos Silva vienen tocando con Hugo y Albana hace tiempo ya, con lo cual la sinergia colectiva es buenísima. Hubo un respeto notorio entre los tambores y los demás instrumentos en cuanto a la presencia y volúmenes de cada uno y un banquete de combinaciones rítmicas y tímbricas.

Un capítulo aparte fue la presencia de Rubén Rada en el escenario. Apareció con su simpatía y desparpajo de siempre, improvisando y haciendo surgir en todo el público las palmas y la algarabía, como solo él sabe hacer. Este genio pone un pie en el escenario y ya estamos todos, arriba y abajo, con una sonrisa de oreja a oreja y moviendo alguna parte del cuerpo. Y su voz… esa también anda por las venas de todos nosotros y se siente muy bien. Por ese rato nos hicimos todos la cabeza de estar escuchando a OPA, sí.

En algunos temas participó también Matías Rada, quien también tiene una personalidad firme y cada vez más definida en la guitarra.

Una invitada especial fue Luanda Fattoruso quien nos regaló su voz dulce, profunda e interesante. Un auténtico toque de distinción.

El concierto terminó con todos los músicos tocando candombe en los tambores. En ese momento una se pellizca y agradece haber nacido en este país. Y recuerda que ha sido un regalo tan increíble como inmerecido el que nos hizo la gente que vino de África. Vinieron por razones que avergüenzan y nos regalaron esta felicidad desbordante. Cuando decimos que el candombe es uruguayo, dediquémosle un momento a agradecerles a los africanos que nos regalaron algo que ha demostrado ser el vehículo perfecto para expresar una forma particular de ver la vida: mitad alegre, mitad nostálgica. Me queda un poco la duda de si vemos la vida así y el candombe nos calzó como un guante o si el candombe con el que crecemos en este país nos hace ver la vida como la vemos. Sea como sea, ya somos indivisibles.

Permítanme agregar aquí, porque así lo siento, una reverencia a Osvaldo Fattoruso también. Lo recordé mucho y sentí que si por las vueltas de las dimensiones, estuvo ahí escuchando, se tiene que haber gozado con lo que pasó esa noche. Elijo creer que así fue.

Al salir, muchos tarareaban la melodía de Goldenwings y había un sentimiento de unidad entre desconocidos palpable. De La Trastienda hasta mi casa hay unas cuadritas. Cuando iba llegando a mi hogar, por calles bastante vacías, oigo que una cuadra adelante iba un ser silbando Goldenwings otra vez. Es muy fuerte lo que significa Hugo Fattoruso y OPA. Los llevamos en el alma. Yo agradezco infinitamente.

Foto: Cortesía de Natalia Rovira.

Entrada escrita para COOLTIVARTE. En la entrada original encontrarán más fotos.

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