Blues a todo trapo con Chris Cain y Chapital Grooving the Blues

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El 16 de noviembre se presentaron Chris Cain y Chapital Grooving the Blues en la Sala Camacuá.

Tuvimos una suerte bastante increíble, pues habíamos podido vivir un show genial de estos musicazos en mayo y apenas seis meses después, ahí estábamos otra vez, preparados para lo mejor.

La banda formada por Juan Pablo Chapital (en guitarra), Camila Ferrari (en voz), Valentín Cabrera (en bajo), Sebastián Zinola (en teclado) y Gerónimo de León (en batería) abrió el show, con muchísima calidad. Desde la primera nota, ya estaban colocados ahí, en ese lugar misterioso en el que viven los buenos músicos. Camila Ferrari se pasó. Cantó esos dos temas con una musicalidad y actitud muy impresionantes. Ya he dicho esto, pero lo repito para quienes no lo hayan leído antes: Camila está por dentro de la cosa y en la banda es un músico más. Su actitud es de respeto total por la música. Chapeau para Camila, por escuchar como escucha, por su voz, por su actitud, su garra bluesera y por su profesionalismo adentro de la banda.

Luego de esos dos temas impecables, muchas palmas emocionadas recibieron al gran Chris Cain, quien saludó con su simpatía y amabilidad características y arrancó de una, junto con la Chapital Grooving the Blues, la locomotora a vapor que nos tendría viajando por el resto del show.

Esta vez lo que más me impactó fue su relación con la guitarra. Sin mirar ni una sola vez, sus dedos caían perfectos, sin titubeo alguno, en acordes, melodías y escalas, como si se tratara de un miembro más de su cuerpo. Esta unidad increíble entre músico e instrumento me asombró toda la noche. Por otro lado, fue notoria la montaña rusa de emociones que nos fue generando: por momentos, la tristeza más desgarrada, y al instante siguiente estábamos a punto de ebullición con el acúmulo de tensión eufórica.

Dio todo arriba de ese escenario: volvió a desbordar simpatía con el público y con los demás habitantes del escenario; se cantó y tocó todo; y estuvo muy atento a todo lo que pasaba arriba y abajo del escenario… siempre acompañado de una tocaya mía de 250 ml, con la cual de a ratos hablaba, poniéndosela en la oreja como si fuera un teléfono.

La sinergia generada entre Cain y la Chapital Grooving the Blues es bonita de vivir. Da gusto estar ahí sintiendo el respeto entre todos, la actitud de entrega total y la preocupación por ofrecer un show verdaderamente pro. Zinola nuevamente le metió toda su alegría musical, que dialogó muchísimo con Cain. De León estuvo al firme con la batería, logrando que todo se mantuviera en su cauce y sosteniendo con muchísimo control un caballo que sin él tendría grandes chances de salir desbocado quién sabe adónde. Cabrera otra vez me dejó boquiabierta con lo que nos hace bailar en la butaca y con su capacidad para percibir todo lo que le llega y traducirlo en magia con su bajo. Y Chapital, definitivamente mi guitarrista uruguayo preferido, con su sensibilidad y ese algo inexplicable que acontece cuando toca. Camila también participó en algunos temas con Cain, haciendo un excelente papel.

Si bien en Montevideo venimos recibiendo a muchos músicos extranjeros, no es tan común recibir blueseros de este nivel. Las oportunidades de tener a un embajador del blues como él en una sala de tamaño tan amigable como es la Camacuá, que además tiene una acústica privilegiada, hacen que podamos sentirnos bendecidos y las aprovechemos con agradecimiento.

Fue una noche en la que nos transportaron al sur de Estados Unidos. Al salir del toque, daba trabajo entender cómo era que íbamos caminando por la calle Juncal y que no veíamos el delta del río Mississippi.

 

Foto: Cortesía de Daniel Arregui

 

 

 

COSSI: una banda para escuchar

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Los integrantes son:

Carlos Cossi: composiciones, voz y guitarra

Waldo Melgar: bajo eléctrico

Pablo Nión: batería

Nacho Imbellone: guitarra eléctrica

También estuvieron de invitados:

Dany López: teclado y guitarra (Productor del disco de COSSI que está por salir)

Carmen Pi: voz

Fernando Cortizo (telonero)

La noche abrió con Fernando Cortizo tocando algunos de sus temas, a quien también escuché por primera vez. En ese contacto relativamente fugaz, lo sentí cómodo y cercano, con un sonido nítido de guitarra y con un toque muy rítmico e interesante.

Luego comenzó el show de Cossi. No con afán de etiquetar sino con el interés de ubicar estilísticamente a quienes no los han escuchado, cuento que es una banda de rock. El sonido general tiene algo de rock inglés, aunque tiene algunos ingredientes de latitudes más cercanas. Como buena parte de la música uruguaya tiene ese no sé qué ya conocido y ese otro no sé qué nuevo e intrigante.

Una de las cosas que más admiré fue lo empastados que suenan, siendo que son una banda que está empezando (este era uno de sus primeros toques en vivo).

La batería (Pablo Nión) y el bajo (Waldo Melgar) tienen, para mi deleite, una presencia destacada y desde el mejor lugar: la contundencia del sonido, la confianza y el engranaje cómodo entre ambos. A esta dupla potente se suma Nacho Imbellone con un sonido poderoso y con unas intervenciones especiales que dan tremenda fuerza y riqueza musical.

Todos los temas son de Carlos Cossi, quien me sorprendió en varios sentidos. Por un lado, los temas están buenísimos. Bueno, nobleza obliga, a mí hay uno que no me gusta, pero que de una banda de rock haya un solo tema que no me guste es que la banda me gusta un disparate. Son temas con la elaboración justa, con melodías no tan predecibles y amigables, y con un aprovechamiento de cada instrumento que me pareció ideal. Por el momento los dos temas que más me conmovieron fueron “Diez mil pies” y “Cinemascope”, aunque hay otros como “Espía” que me llaman mucho la atención. Por otro lado, Carlos Cossi canta requete bien. Tiene una cualidad maravillosa: canta cómodo, sin estrés aparente, y ¡proyecta su voz con confianza! Cómo se agradece esto último desde la butaca. Es eso que si no está, le quita buena parte del disfrute a la experiencia musical. Carlos canta para compartirse, para realmente llegarle al otro y, encima, canta bien. Por eso les digo, de verdad: estén atentos a COSSI y vayan a escucharlos, que está buenísimo lo que hacen.

Dany López contribuyó tanto con el teclado como con la guitarra y con la voz. Disfrutó muchísimo y metió gozadera a full, aquí y allá, en cada tema. Su versatilidad musical no deja de asombrarme. Lo vi dos veces esta semana y lejos de repetirse, se adaptó como un guante a ambas propuestas, que no eran similares.

La genia de Carmen Pi fue invitada en un tema. Cantaron con ella el tema “Completely Wasted”, de Dany López. Fa, fue un momento potente, superlativo. Carmen Pi y Dany López generan algo especial juntos y las voces de Carmen y Carlos son muy compatibles. Este es un temazo de López que si el mundo fuera justo, ya estaría entre los número más altos de los charts internacionales. Es una canción que me tiene agarrada por completo durante todo el tema y que cuando termina, indefectiblemente, quiero que empiece otra vez.

Waldo Melgar me fascinó con el bajo eléctrico. Es la primera vez que lo veo en vivo y ya lo puse en la lista de bajistas a tener en cuenta para ir a escuchar. Toca con alegría y con creatividad y, lo menciono de nuevo, con el baterista hicieron una dupla muy genial. Waldo también hizo algunos coros que quedaron buenísimos. Para mejor, contribuyó con una actitud distendida y alegre, que generaba una buena vibra general.

Detrás del escenario hubo proyecciones. Vengo deteniéndome en este tema pues lo siento delicado: si son pocas, quedan descolgadas; si son demasiadas, la atención se dispara para ahí y lo musical pierde protagonismo. Las proyecciones estuvieron bien elegidas y dosificadas. En definitiva, fueron un condimento que además de aportar estímulos visuales, hablan de los intereses del compositor y a los que tenemos más de cuarenta años nos genera un acercamiento emocional nada menor.

La iluminación del toque fue especialmente buena. Como público a veces me incomoda que los focos me den de lleno en la cara pero el juego de luces, a pesar de tener eso cada tanto, estuvo creativo y realmente le aportó belleza de ambiente y de color.

El sonido de la sala de Tractatus estuvo bien también y la sala en sí es cómoda y de un tamaño ideal para bandas que estén comenzando. Anoche estaba llena con un público por demás colaborador, respondió algunas preguntas que les llegaban del escenario y también acompañó efusivamente con palmas.

Fue un toque sorprendentemente disfrutado para ser una banda que casi no se conoce y cuyos temas estamos empezando a incorporar. Habrá que seguir yendo a verlos, porque si arrancan así, dentro de un par de años van a ser algo increíble.

Foto de portada: gentileza de Soledad Ávila

Presentación de UNO, de Daniel Drexler

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Genera una gran expectativa estar sentada unos minutos en medio de las butacas vacías, con los instrumentos en silencio pero tan alertas que alguno brilla su lucecita roja. Es el instante antes de la eternidad, ese que contiene todas las infinitas posibilidades. “Espero que este sea uno de esos shows que me acomode todas las células”, pedí… y confié.

En el centro, Daniel Drexler. A mi derecha, Nicolás Parrillo, Gonzalo Gutiérrez, Camila Ferrari y Analía Parada. A mi izquierda al fondo, Eduardo Mauris; más adelante, Dany López. Detrás nuestro, en el sonido, Paio Robles.

La noche abrió con la misma canción que UNO: “La rambla de Montevideo”. Es aquella que cuando termina el disco, tenés que poner de nuevo, para escucharla aunque sea una vez más. Es un tributo muy genial a nuestra rambla, con sus muchas capas. Por un lado, es facilísimo identificarse con la letra. En lo personal recuerdo que fue al regresar de mi primer viaje largo a un lugar sin costa que tomé conciencia de su belleza. Musicalmente, es un candombe indudable pero tiene otros ingredientes, algo electrónicos quizás. La canción resulta muy uruguaya pero ¡eureka! la nostalgia no está y sí aparecen rasgos de juventud y aventura. Los sonidos aquí generan imágenes en movimiento: las luces de los autos pasando, las olas de temporal pegando sobre el paredón y las palmeras sacudiéndose con el viento fuerte del sur. Por supuesto una no puede dejar de ver a las parejas abrazadas, a los amigos tomando mate, a los niños en bicicleta. Todo está misteriosamente contenido en esta canción.

He aquí la pista en Soundcloud. Pónganle “play” y fíjense qué ven, qué oyen, qué sienten: https://soundcloud.com/danieldrexlerofficial/la-rambla-de-montevideo

Durante la mayoría del show el público estuvo bastante iluminado. Por eso, los ojos de los músicos se posaban en unos y otros oyentes, en un contacto muchísimo más cercano al típico de un show. Cada tanto alguno de ellos asentía un saludo hacia alguno de los rincones de la platea, siempre con una sonrisa. Se sintió la comunión entre los músicos y el público. En el escenario, la alegría y camaradería burbujeaba en cada pequeña vuelta de tuerca sonora.

Hubo proyecciones gráficas detrás del escenario muy bien pensadas y utilizadas con buen ritmo y con una dosificación que me resultó cómoda.

Me sorprendió un montón que la voz de Daniel Drexler sonó muy similar a su sonido en el disco. Su voz me llega cariñosa, dulce, optimista, íntima y profunda y no cambió un ápice en el show en vivo. Apuesto que el buen trabajo de Paio Robles en el sonido habrá influido en eso. También constatar esa similitud sonora a mí me habló de honestidad artística, y sentí agradecimiento por eso.

En “La rambla”, además, fue notorio el arte para que una canción que en su versión grabada tiene varias percusiones no perdiera ni un ápice de carácter, con Nicolás Parrillo en la batería. Él tiene una energía divina al hacer música. Aporta vitalidad y positivismo. Me traje del toque el sonido precioso del aro del tambor (por ejemplo en la canción “Palermitana” y en la versión bis de “Febril Remanso”), sus candombes hermosos, cómodos y libres, su bonito cajón con escobillas, y el sonido del jarrón. Me dio la impresión de que el cambio musical al pasar de la bata al jarrón va más allá del instrumento en sí… es como que su actitud pasa a ser otra, mucho más intimista, donde aparecen gran dulzura y cariño. Todo el toque tuvo muchos matices y dinámicas, lo cual es un lindo desafío para el baterista. Otro detalle que se quedará conmigo es la dulzura increíble de los ¿caracoles? ¿o semillas? al final de “El misterio del Mburucuyá”.

Camila Ferrari y Analía Parada le agregaron colores importantes a la noche con sus coros bellos y con el toque femenino en el escenario. Es brutal cómo cambia el sentimiento de un toque cuando hay hombres y mujeres y cuando hay solo personas de un género. Inclusive se notaba esa diferencia cuando en algunas canciones ellas no participaban. Su actitud acompasó el espíritu de todo el toque. Le aportaron algo muy valioso al show.

Otra complementación que fue notoria y bienvenida fue el sonido del piano acústico contribuyendo a todo lo eléctrico. La sensación corporal de esas notas en particular es de caricia, de abrazo. En la canción “Palermitana”, y no solamente en esta, fue un goce especial el diálogo y la construcción compartida entre Dany López y Eduardo Mauris. El sonido amoroso del piano y el sonido impresionantemente dulce de la guitarra de Mauris fueron algo que me encantaría recordar durante muchos años.

En este show me quedó claro que Daniel Drexler tiene muy buen gusto sonoro y una visión musical admirable. Desde los músicos que convocó hasta cada arreglo, diálogo, solo y detalle se vivió desde la audiencia como un producto sentido, cuidado, querido y muy respetado. Y ya sabemos, así como nace del escenario, llega a la butaca. Sería injusto no mencionar que Gonzalo Gutiérrez y Dany López son coproductores de UNO, por lo cual seguramente tengan también su cuota de responsabilidad en ese producto tan bello. Ahora, el material de base, las composiciones de Drexler son hermosas. No son canciones para pasar el rato sino para sentirlas y dejarlas trabajar en los corazones.

El bajo es el principal responsable de que una mueva la cabeza, que sienta la necesidad desesperante de pararse y bailar, y también de que algunas canciones lleguen a lo más profundo del corazón. Gonzalo Gutiérrez nos hizo bailar en la butaca. Me encantó sentirme acompañada en el movimiento inevitable. Bailamos con todos los ritmos y disfrutamos de un sonido de bajo de los que me gustan: claro y profundo, y tendiendo a agudo. Clarísimo, ¿no? Ja. Traten de explicar cómo suena un bajo y después me critican, ¿ta? Explicar qué es lo que me mueve tanto de un bajo es la parte más desafiante para mí de narrar estas instancias mágicas. Es parte de lo “indecible” que sucede al exponerse a la magia musical.

La noche tuvo invitados especiales: Andrés Rubinstein en clarinete, Pato Olivera en trompeta y desde Argentina, Pablo Grinjot en piano y voz. Los tres aportaron mucho valor.

Los vientos en “Los peones de la guerra” fueron para mi gusto muy importantes. Dicho sea de paso, ¡definitivamente es un tango, Drexler! Tremenda polenta tiene ese tema y cala hondo en el alma también. Incomoda un poco, también, porque la guerra desgarra incluso siendo mención en una canción.

Andrés Rubinstein hizo mucha belleza con el clarinete. En la canción “Sheiko”, que si bien tiene un toque de optimismo a mí me genera una tristeza especial, el clarinete le puso una dulzura positiva, un toque extra de esperanza, que me hizo bien. En “El misterio del Mburucuyá” él y Nico Parrillo (con escobillas) hicieron algo muy mágico y muy dulce juntos.

Pablo Grinjot al piano y Daniel Drexler en la guitarra cantaron “Lo que siempre fue”. Pablo aportó una inyección interesante de energía diferente, con una impronta algo más extrovertida y algo más impulsiva. Me fascinó ese contraste entre él y Daniel al cantar. Queda la reflexión de cómo los contrastes humanos pueden ser enriquecimiento si se aprovechan con arte y se tratan con amor.

Hubo mil otros momentos destacables pero, con la mano en el corazón, son para vivirlos, no para narrarlos, y seguramente mucho menos para leerlos. ¿Cómo hago para explicarte con palabras cómo Eduardo Mauris con su guitarra estuvo todo el toque creando maravillas? ¿Cómo hago para narrarte el solo endiablado y maravilloso que se mandó Dany López con el teclado en el último de los bises? ¿Cómo transmitirte en blanco y negro la sensibilidad que se te incorpora en la piel al recibir la palpable honestidad y sensibilidad de Daniel Drexler con su canto y su guitarra? ¿Cómo te explico el tremendo trabajo rítmico de Drexler con su mano derecha en “Mar Abierto”? ¿Cómo hago para que vivas en tu piel la sofisticación y poderío del tema “Dinero”? ¿Cómo hago que te llegue la amplificación de conciencia esencial que sucede cuando escuchás la frase “feliz al menos un segundo”… y cuando te quedás sintiendo que si se puede asir la felicidad de un segundo, UNO mediante, podemos asir la felicidad eterna?

“¿Fueron felices al menos un segundo durante el show?”, preguntó Daniel. Lo fuimos muchísimo más tiempo que eso. Seguramente por la iluminación de la sala los músicos pudieron verlo. Por si acaso la concentración los distrajo, yo les cuento que hubo abrazos, besos, muchas sonrisas, mucho bailoteo en la butaca y coreamos lo mejor que pudimos, resonando con la alegría que venía del escenario. Dos días después, seguimos tarareando internamente “de poema en poema”.

Quizás pueda interesarte leer la entrevista a Daniel Drexler.

Entrevista a Daniel Drexler: composición y unicidad en dimensión poética

Foto: Santiago Epstein

 

Hoy los invito a leer sin apuro una entrevista que resultó en lo mejor que, desde mi preferencia, puede resultar: una auténtica y ensimismada conversación. Mi deseo para quien la lea es que la disfrute tanto como la disfruté yo.

 

¿En qué ha cambiado tu forma de componer a lo largo de tu trayectoria musical?

Cambió bastante. Porque cuando empecé a componer fue de una manera un poco inconsciente. Lo cual me parece que está bueno. Cuando quise ver, estaba con una guitarra en la falda y estaba tratando de hacer una canción yo con los tres acordes de la primera canción que había aprendido, que era “Girl” de los Beatles. De atrevido. Después me di cuenta de que el atrevimiento en la composición es necesario, porque vos vas caminando por un camino que nadie antes transitó. Cada canción, cada hecho compositivo, cada hecho creativo es un evento único y absolutamente novedoso en la historia del universo. [Se ríe y aclara:] Le estoy dando una trascendencia grande pero es realmente así. No tenés a quién preguntarle: “Che, y ahora en esta encrucijada, ¿qué elijo?” Y eso exige tener espíritu de aventura y ser un poquito desfachatado. Cuando daba clases de música siempre les decía a mis alumnos: “no esperen saber todo lo que hay que saber para componer, porque si toman esa actitud, no van a componer nunca”. La composición es mayoritariamente un evento en el que uno está saltando a lo desconocido.

Al principio básicamente encontraba secuencias de acordes, arriba de eso empezaba a tararear una melodía, y a embocar palabras en esas melodías, casi como con calzador. A ver qué palabra podía enganchar en lo que yo estaba tratando de tararear. [Se ríe]. Ahora que lo miro para atrás, es una forma rara de componer. Ahora empecé a componer de una forma diferente: a partir de ideas. Por ejemplo en este disco, “Uno”, empecé a pensar en la unicidad de todo lo que existe. Fue una revelación medio epifánica, en una noche de verano, estar viendo las estrellas y de golpe —es una sensación rara de explicar, porque no es racional— tenés esa sensación de “yo formo parte de algo que me trasciende”. Dicho con palabras suena raro pero a veces uno lo siente. Entonces a partir de esa idea que aparece, empiezo a componer. De ahí se van desprendiendo varias canciones del disco: “El más laico catequismo”, “Uno”, “Amo”. Y, de una manera ya no tan directa, cinco o seis canciones más que están incluidas en el disco, que están relacionadas con ese concepto.

Lo otro que también cambió mucho es que empecé a componer a partir de la melodía. Me entré a dar cuenta —tarde por cierto— que la canción es básicamente melodía y la música es básicamente melodía. Eso es una constatación de los últimos diez años. Fijate que la música existe para la humanidad desde que la humanidad es humanidad. Estamos hablando de más de cien mil años, de los Sapiens. Durante la gran mayoría la música es solo melodía. Melodía y ritmo, pero la superposición de notas, la formación de acordes es algo que por ejemplo en la música occidental empieza recién en la Edad Media. Entonces si lo pensás desde el punto de vista evolutivo, como un concepto medio darwiniano, es raro saltearte algo que estuvo y está tan presente en tu genoma.

¿Por qué te parece que pasa eso?

A mí me pasó por ignorancia. Me pasó porque desde mis diez años —que fue cuando empecé a componer canciones— hasta mis treinta no entendí que esto para mí era una cosa central. Me daba cuenta de que me fascinaba, que no lo podía evitar. Era una especie de “Puertita del Señor López”, en la que yo entraba y respiraba aire. Imaginate que estaba por ejemplo estudiando para un examen seis meses, no sé cuántas horas por día… cuando agarraba la guitarra era una sensación de vértigo, de emoción, de adrenalina. Pero no me imaginaba viviendo de esto. No imaginaba centrando mi vida y armando mis vínculos sociales, mis relaciones amorosas, todo alrededor de la música. Ahora estoy mucho más involucrado, mirando con más calma, con más reposo. Estoy estudiando de otra manera las cosas que hago y, bueno, llegué a esas conclusiones de una forma un poco tardía. En realidad en los últimos años llegué a dos conclusiones grandes en cuanto a lo compositivo. Una, la importancia central de la melodía. Una canción se reconoce por la melodía, no por la armonía. Y también me di cuenta de que muchas veces las melodías que funcionan bien son aquellas que respetan la propia prosodia del lenguaje. Nosotros no nos damos cuenta cuando hablamos entre nosotros pero cuando hablás con un cordobés, por ejemplo, ahí decís, “¡estás cantando!”. Y el cordobés te dice que sos vos el que estás cantando. Si escuchás lo que estás diciendo con oído musical, te das cuenta de que sí, que hay música en lo que decimos.

¿También te fijás en los sonidos que integran una palabra?

Muchas veces te pasa que ponés una palabra en un lugar y no emboca. Y ponés otra en ese mismo lugar y todo enganchó. Ahora intento explicar ese fenómeno por el lado de que cada palabra tiene su música interna, tiene su propio color, su propia tímbrica, y cuando uno logra que los acordes, la melodía y el ritmo estén en consonancia con ese germen semántico que tiene la palabra y aporten dimensiones… Que no resten, ¿no? Porque a veces cuando generás contradicciones, se generan cancelaciones y la palabra termina perdiendo poder. Pero si vos lográs que se genere una consonancia entre lo que tiene adentro la palabra y lo que le estás poniendo alrededor, bueno ahí pasan cosas preciosas.

Cuando vos decís que ahora tenés más calma para la música, ¿en qué se traduce esa mayor calma en términos concretos?

No sé en qué se traduce en la música. Porque la estoy mirando demasiado desde adentro y a veces no me doy cuenta. Además son procesos muy dinámicos y a veces uno entiende lo que está pasando diez años después. Ahora escucho mis discos de hace diez años y entiendo cosas que en ese momento no sabía. Y que ya estaban dichas adentro del disco. Tengo canciones que, por ejemplo, anuncian separaciones bastante antes de que pasaran. Tengo canciones que me anuncian a mí mismo qué va a pasar más adelante. Canciones como “Full Time”, por ejemplo. Son canciones que ahora las miro y digo: “Mirá, era esto lo que estaba queriendo decir”. De la letra de “Vacío”, por ejemplo, que es una canción fundacional de mi tercer disco, una canción muy importante en muchos sentidos para mí, terminé de entender varios aspectos diez años después.

En cierta manera cuando uno compone entra en contacto con esferas de la psiquis con las que habitualmente no tenés un diálogo muy fluido. Y a veces la composición te abre un canal para entrar en contacto con cosas y para poder volcar arriba de un papel, ya te digo, necesidades, que a veces son fuerzas psíquicas que están operando en el silencio, en la oscuridad, y vos todavía no las estás viendo. Te están diciendo cosas a través del papel y vos demorás todavía un tiempo en comprender. Tengo un caso para mí muy llamativo, que es “Linda”, una canción que le hice a una pareja que tuve en el momento en el que nos estábamos conociendo, en el pico máximo de enamoramiento, y adentro de la canción, cuando leés la letra, está anunciando que eso va a terminar mal, que va a haber dolor, y una separación, y que no va a ser dentro de mucho tiempo. Y así fue.

¿Sabiendo eso ahora estás aprovechando tus canciones actuales de otra manera?

No, no. No, porque aprendí que de las canciones, no solo en la composición sino también en cómo las producís, hay que saber soltarse. Porque cuando uno pone demasiada maquinaria racional, en particular yo que tengo una tendencia grande a tratar de controlar lo que está pasando, hay algo que se muere.

Este disco para mí fue todo un acto de confianza. Me subí a un avión, me fui a Rio de Janeiro, a grabar con una persona a la que admiro hace años: un productor muy importante para mí y en general. Lo llamé dos meses antes, cuando ya sabía que íbamos a trabajar juntos, y le pregunté si le mandaba maquetas. Me respondió que no, que él no trabajaba de esa manera. Me dijo: “Yo trabajo con la espontaneidad. Vení y cuando estemos acá vemos qué hacemos”. Yo tomé aire y dije: “Bueno, vamos, a ver con qué me encuentro” [risas]. Y fueron veinte días de montaña rusa. Yo me levantaba de mañana, entraba al estudio y él me decía: “Bueno, justo está este amigo acá, vamos a grabar esta canción con él” y así se fue llevando. Los primeros días yo estaba dejando las uñas marcadas sobre la mesa, tratando de frenar aquello. Al tercer o cuarto día dije: “Pero, por favor, soltemos”. Y solté y, realmente, lo que estaba buscando en el disco, que era una dosis de espontaneidad, frescura, algo con la sensación de cosa viva, lo escucho en el disco.

Al escucharlo también se encuentra mucha cosa muy pensada. ¿Cómo hacés para balancear esa cantidad importante de pensamiento con lo que te hace componer, que evidentemente va por el lado del sentimiento?

En particular en este disco yo quise resaltar la esfera más emocional, ya desde la apertura del disco.

Ah, qué precioso tema “La rambla de Montevideo”. Sorprende que la música da esa sensación de dinamismo que tiene la rambla, con su gente corriendo y los autos pasando.

Vos sabés que yo ya había hecho una canción que se llama “La rambla de Montevideo” en “Micromundo” (dos discos para atrás). Pero me di cuenta de que la rambla es un lugar tan, tan importante en mi vida, que siempre estuvo presente. Es un lugar fundacional. Entonces dije: “¿Qué pasa? Voy a escribirle veinte canciones a la rambla… las que haya que escribirle”. Esta es la segunda pero ya tengo la sensación de que van a venir más. Mi productor brasileño me decía que no la sentía adentro del disco. Y cuando la grabamos en Brasil, fue raro. Claro, podría haberla ahogado si la hubiese hecho demasiado montevideana. La grabamos en Brasil con Kassin tocando el bajo, Danilo Andrade tocando el clavinet, Leo Reis y Suzano en percusiones y se armó una cosa candombe pero muy funk al mismo tiempo. Después, cuando vinimos a Montevideo, me di el enorme placer de sumar a Martín Ibarburu en la batería y a Jhonny Neves tocando tambores de candombe, y mezclar esos dos mundos y ver que hablaban bien entre sí. Después sumamos los coros de Carmen Pi y Camila Ferrari. Y de golpe la canción empezó a tomar gran espesor y terminamos poniéndola de primera. O sea, cuando uno decide con qué canción abrir un disco es un tema.

Yo coincido contigo que en el disco conviven dos universos. Lo que pasa es que para mí no es difícil construir densidad racional. Es una cosa para la cual estoy entrenado. Quizás por eso me fui para Brasil. Porque necesitaba que apareciera también la otra ala. Por ejemplo, “Febril Remanso”, que es el corte de difusión del disco, es una canción compleja, que tiene muchos acordes, una veintena, pero no me interesaba que quedara en el disco como una canción rebuscada. Y Kassin logró darle un aire pop, bien liviano, desde que arranca hasta el final. A no ser que uno le preste mucha atención, no se da cuenta de la complejidad que tiene atrás esa canción. Y esa era la idea. Cada vez detesto más la complejidad como ostentación. Cada vez lo simple me llama más la atención y en este disco la idea era esa.

¿Quién produjo “Uno”?

Mis dos primeros discos los produje con Gonzalo Gutiérrez. Después a “Vacío” y “Micromundo” los grabé con Matías Cella en Buenos Aires, y “Mar Abierto” y “Tres Tiempos”, a pesar de que fueron grabados en Buenos Aires y Porto Alegre, con Dany López. En este disco trabajé con los cuatro, lo cual sinceramente lo considero un orgullo. “Uno” está producido por Kassin y coproducido por Gonzalo Gutiérrez, Dany López y Matías Cella. Y logré armar un puente entre Montevideo, Buenos Aires y Rio de Janeiro. Siento que inclusive Kassin, que lo acabo de conocer, es un amigo que va a durar en el tiempo. Y bueno, Gonzalo, Dany y Matías son hermanos. Entonces estoy contento, porque en buena medida de eso también se trataba “Uno”, de unificar cosas que en la apariencia están separadas.

Yo viví quince, veinte años de mi vida en dos mundos aparentemente irreconciliables y recién en los últimos diez, doce años, me entré a dar cuenta de que las mejores cosas que me pasaron en ciencia y en medicina estuvieron relacionadas con la música y que las mejores cosas que me pasaron en la música estuvieron relacionadas con la ciencia y la medicina también. En cierta medida, estar parado en una encrucijada no era lo que yo percibía como un sufrimiento y una flaqueza de carácter, de no saber decidir para dónde iba. De golpe vi que quien está en una encrucijada ve las dos calles. Lo vi como una bendición.

Musicalmente, ¿tenés un ideal? ¿Adónde te gustaría llegar?

En los próximos cuarenta años —ojalá que los tenga— me gustaría mantener este equilibrio que tengo ahora. Esto incluye: poder seguir teniendo una disponibilidad importante de tiempo, porque creo que el bien más preciado de todos es el tiempo, y poder seguir teniendo una libertad creativa absoluta. Quizá sí me gustaría poder abrir un canal de comunicación un poquito más amplio con el público.

¿En qué sentido?

Siempre tuve un canal de comunicación muy limitado. Siempre me dirigí a públicos muy pequeños y muy frágiles. Lo que me permitió vivir de la música es que tengo un público pequeño en diferentes ciudades: en Buenos Aires, San Pablo, Porto Alegre, en el DF, en Lima, Medellín, Santiago de Chile, otro más pequeño en Madrid, y otro más pequeño todavía en Barcelona. Pero todo ese circuito me permite funcionar. Bueno, si eso se pudiera acrecentar un poco, la verdad que me gustaría. Pero no mucho más que eso.

¿Tu pasión mayor es grabar o tocar en vivo?

Creo que lo que me terminó metiendo en la música es que me gusta todo el proceso. Por ejemplo de la ciencia me encanta la idea, el debate, la confrontación de ideas pero el proceso en sí de trabajo en ciencia me resulta aburrido. Este disco, justamente, es una declaración de deseo de vivir en dimensión poética.

Te quiero consultar sobre una de las canciones. ¿Cómo se te ocurrió ponerle esa música a la letra “Los peones de la guerra”? 

Es la canción más bizarra.

¡Es tanguera!

Bueno, mirá, eso que acabás de decir ya me pasó en no menos de cinco entrevistas y la canción no es un tango. Te diste cuenta, ¿no?

Pero tiene un aire de tango.

Mirá, te voy a decir una cosa. Si la escuchás, no tiene ninguna intención de ser un tango. El universo armónico de la canción, y esto te va a sorprender, tiene todo que ver con los Beach Boys.

¡No! ¿En serio?

Sí. Escuchá la canción “God Only Knows”. Pero dejame contarte esto primero: el arreglo que estamos preparando para el show del 23 es un tango, con lo cual me sorprende más todavía lo que me decís. El guitarrista me dijo: “esto es un tango”. Él toca muy bien tango. Empezó a tocarla y yo a cantar arriba y todo encajó.

Esta fue una canción particular. Por ejemplo, es la única canción de todo el disco que canté de un tirón y la única que canté en Rio de Janeiro. A todas las demás las canté acá.

Bueno, es una temática que uno tiene frente a los ojos todo el tiempo. Primero me di cuenta de que vos llegás a una ciudad en Europa y llegás inmediatamente a la ciudad. En América del Sur primero llegás a la periferia, y atravesás un cinturón de exclusión, de violencia… también de mucha vitalidad; recién después llegás a la ciudad. También estaba leyendo un libro de Mario Delgado Aparaín, que se llama “No robarás las botas de los muertos”, sobre el sitio de Paysandú. Describe todo ese episodio espantoso. Y cuando termina el sitio de Paysandú, después de que los tipos se mataron, sufrieron, con el calor del verano en Paysandú —no me quiero ni imaginar lo que debe de haber sido eso—, el ejército de Venancio Flores fusila a los oficiales, entre ellos a Leandro Gómez, y a la tropa la incorpora al ejército colorado y se van a la guerra del Paraguay. Entonces vos decís: “¿Y esa gente no valía nada?” Imaginate, yo me estuve jugando la vida en un ejército y cuando termina la guerra, me incorporan en otro y me llevan. Por eso lo de “vida sin valor”, ¿no? Como si fueran los peones del ajedrez: los que van adelante que se sacrifican. Entonces escribí la letra y pensé qué hacía con ella… podía ser un rap, y hubiera funcionado, de hecho al final pasa eso. Pero ta, no me convencía; parecía una salida fácil. Y seguí probando cosas. Hasta que un día estábamos volviendo de La Paloma con Zelito, que es con quien hice la canción “Febril Remanso”, y empezamos a escuchar, obsesivamente, “God Only Knows”. Prácticamente escuchamos solo esa canción los doscientos diez kilómetros. Veníamos hablando de la secuencia armónica de la canción: cómo en el estribillo baja, que es algo que también remarcó mucho McCartney, que dice que esa es su canción favorita de todos los tiempos. Es algo que pasa también en Penny Lane [tararea]. En un momento, veníamos cruzando el puente de Parque del Plata, me di cuenta de que esa era la estructura para “Los Peones”, que volviera para abajo. Y de hecho la forma en que sale, que sale a través del séptimo grado para volver al estribillo, es el mismo acorde que utiliza “God Only Knows”. Hace el mismo recorrido.

¡Y qué fuerza que tiene eso cuando baja!

Para mí es una cuestión taoísta. ¿Viste que Lao Tsé decía: “si querés que te escuchen, no grites”? Uno a veces piensa que si el estribillo va para arriba… y a veces es al revés. Agarra un dramatismo el estribillo que no tendría si hubiera resuelto para arriba, ¿no?

Mirá, es una canción rara en muchos aspectos. Porque es la primera vez que escribí una canción entera en partitura antes de tenerla hecha. [Me muestra la partitura, que es todo un librillo]. Es un cuarteto de violín, viola, cello…

¿Vos ya las pensás con los instrumentos?

Esto es nuevo. Yo llegué al estudio con la canción afuera del disco. Sobre todo porque mi productor y yo estábamos de acuerdo que no iba. Y el último día antes de irme del estudio de Kassin, él me dijo: “¿No tenías una canción más?” Me pidió que se la mostrara y saqué este cuadernito. Le expliqué: aquí entra el trombón, acá más adelante…

¿Pero ya te viene así la canción a vos? ¿Te la imaginás con todo eso cuando la estás componiendo?

No, yo la compuse desde la guitarra. Mirá, si no te aburre, te lo muestro.

¡Qué me va a aburrir! Me fascina.

En realidad lo que hice fue agarrar la guitarra. Lo que tenía hecho era esto [toca unos compases en la guitarra] y se me ocurrió hacer un movimiento cromático…  escuchá los bajos, por semitonos. Y esto, que a vos te suena a tango, ¿conocés Eleanor Rigby? Es ese pulso. Y es el pulso de “God Only Knows”. Y como estaba tomando un curso de contrapunto, le dije al profesor que iba a intentar armar algo para tres voces. Y de repente empecé a sumar voces y empecé a jugar con total inconsciencia. Me llevó un mes de trabajo, porque no tengo oficio de compositor en esta área. Y fue completamente inesperado cómo se resolvió, porque Kassin me preguntó si lo tenía en midi. Entonces lo pasó por un procesador con sonido de melotrón. Y le encantó. Lo grabamos en melotrón. Después en Buenos Aires grabamos con un cuarteto de cuerdas, y clarinete, y flauta traversa. Entonces la canción va todo el tiempo oscilando entre una cuestión orquestal y una cuestión electrónica. Pero en ningún momento juega con el tango y sin embargo la gente la escucha como un tango. Yo estoy muy sorprendido. Es una cuestión que me agrada.

Es que también al tango por acá lo tenemos incorporado hasta sin darnos cuenta.

Totalmente.

[Daniel pone “play” en su computadora y me muestra cómo era el archivo original de la composición, hecho con un programa de computadora. Y explica:]

Entonces, le llevo esto a Kassin y se le ocurrió pasarla por unos filtros de voces rarísimos. Mirá. [Me muestra la grabación y me va indicando dónde hay más filtro y menos filtro de la voz, a la que se le agrega un sonido fantasma, por momentos y más y por momentos menos notorio].

Esta canción tiene otro detalle: es de tiempo variable. Arranca en 120, baja a 108 y sube a 150. Todo el tiempo se está moviendo.

¡Pero eso en vivo no lo podés hacer!

No, no. Obviamente. En vivo es otro capítulo.

Mmm. Pero vos componés canciones que luego grabás y luego presentás en vivo. ¿Vos grabás el disco como se te canta y después ves cómo las presentás en vivo?

Sí.

¿Y eso es inteligente?

No. [Risas]

[Yo me quedo pensando lo fascinante que es todo ese largo proceso desde la composición hasta la presentación en vivo y las muchas adaptaciones entre medio].

Comentaste que te encantó escribir prosa cuando acompañaste el DVD “Tres Tiempos” con un libro. Me intriga, ¿seguís escribiendo?

Vos sabés que había agarrado impulso para sacar un libro sobre “Uno” también. Y ahora lo perdí. Quedó no sé dónde.

¿Pero siempre tenés unida la prosa a tus discos? ¿No se te ocurre escribir un libro de cualquier otra cosa?

Tengo un par de temas de novelas en la cabeza, dándome vueltas. Uno de ellos apareció hace una semana. No sé si algún día lo haré. Calculo que en algún momento pero me parece que no va a ser pronto. Ahora tengo un envión muy fuerte con las canciones y con tocarlas.

La experiencia de escribir “Tres tiempos” fue un regalo. Yo pensé que iba a ser un librito que iba a acompañar un DVD y terminó siendo un libro que está acompañado casualmente por un DVD. Pensaba escribirlo en quince días en La Paloma y estuve tres meses encerrado en un living, en silencio, escribiendo… y fue increíble.

¿Te pareció que es la misma conexión cielo-tierra que te genera una canción cuando empezás a crearla?

Me pareció que en algunos aspectos es más fuerte.

 

Si no fuese por la variable tiempo, le habría seguido preguntando cómo compuso cada tema de los del disco. Quedé enormemente agradecida por la generosidad de Daniel, justamente con lo que él considera más preciado.

A ustedes que han leído esta charla, les sugiero que vayan a ver la presentación del disco “Uno” el día 23 de noviembre en la Sala Zavala Muniz y que en cuanto encuentren el disco, obtengan un ejemplar. El objeto físico está hecho con un cuidado increíble, con un papel de buenísima calidad y un nivel de diseño que me resultó extraordinario. En cuanto a la música, puedo decirles que es un disco que los mantiene atentos, que sorprende para bien, que nutre en varios niveles y que siendo muy uruguayo, es también cosmopolita.

 

Foto de portada: Santiago Epstein.

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Nico Ibarburu juntando dos universos musicales

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Dentro del ciclo “Encuentros con el Jazz 2017, Made in Uruguay”, organizado por Jazz Tour, el 31 de octubre se presentó Nicolás Ibarburu en la Sala Zavala Muniz del Teatro Solís.

 

Lo acompañaron:

Juan Pablo Di Leone (flauta, armónica y voces)

Manuel Contrera (teclado y voces)

Hernán Peyrou (teclado, acordeón y voces)

Valentín Ibarburu (voz)

Fernando “Pomo” Vera (bajo eléctrico y voces)

Federico Blois (percusión)

Martín Ibarburu (batería)

 

Este toque estuvo principalmente habitado por las canciones del segundo disco solista de Nicolás, “Casa Rodante”, al cual no le encontré la fecha en la tapa pero que creo que salió editado a fines de 2016, pues tuve la suerte de recibirlo de regalo de cumpleaños, el último diciembre. También hubo unos poquitos temas instrumentales, del disco Ultramarino (discazo del Trío Ibarburu).

Lo viví como una experiencia nueva, en esta querida Montevideo que nunca nos dejará de sorprender con su manantial permanente de creatividad musical. Lo nuevo para mí fue percibir, por primera vez con esa evidencia, que estaba teniendo lugar la expresión de una necesidad interna muy profunda, a la que casi se la podía ver burbujeando y desbordando. Muchas veces durante el toque sentí una gran admiración por el gesto de honestidad creativa de Nico. Un músico que ha llegado quizás a la cima, o muy cerca, de lo que se puede llegar en la ejecución de su instrumento, se corre a un lugar completamente nuevo, de cancionista, y no siendo cantante se entrega en cuerpo y alma a llevar a cabo la expresión de lo que le pide ser expresado. Fue impresionante ser testigo de eso y me alegro muchísimo de haberlo vivido.

En cuanto a las canciones, son evidentemente canciones de un gran músico. Cada elemento sonoro colocado “en el ángulo”, con un cuidado impecable, con matices (de volumen y dinámicas) profesionales y con una preciosa combinación de timbres. El sonido más agudo y dulce fue el de la flauta; el timbre más grave de la guitarra me resultó muy, muy agradable; la combinación de ambos, un deleite. Y así cada combinación de los instrumentos. A su vez me sorprendió bastante que siendo canciones de un músico tan virtuoso, acompañado a su vez de más músicos virtuosos, no abusó en ninguna medida de esas cualidades y no hubo notas que las canciones no necesitaran.

Ustedes dirán que lo que les comentaré ahora suele suceder, pero algo lo destacó para mí en este toque. Me impresionó observar la capacidad de todos los músicos de saltar de un mundo emocional a otro al pasar de tema a tema. Por ejemplo, al tocar los dos bises, primero Juan Pablo Di Leone y Nicolás hicieron un tema a dúo, increíblemente introspectivo y dulce, e inmediatamente después estaban sumergidos en un mundo de ánimo completamente diferente, exultante, con todo el septeto. Los grandes músicos tienen una capacidad admirable de habitar el presente.

Cada uno tuvo sus oportunidades de lucirse, con solos, y ese alternar entre momentos típicos de canción con momentos típicos de música instrumental resultó novedoso y muy bueno.

Juan Pablo Di Leone volvió a poner su impronta de dulzura y creatividad tanto con la flauta como con la armónica. Es impactante cómo domina la armónica, ese instrumento que a primera vista parecería que no ofrece tantas posibilidades pero él lo “hace de goma”. Y con la flauta es un viaje las maravillas sonoras que construye y que generan grandes emociones en quienes estamos escuchando. Además se lo siente muy feliz cuando toca con Nico y eso se contagia.

Los momentos de protagonismo de Fede Blois y Martín Ibarburu fueron para mí hitos de la noche. Se complementaron de manera grandiosa, embelleciendo toda la música con gran calidad y sabiduría, con una naturalidad y calma admirables, y no cayendo en ningún exceso adrenalínico que pudiera resultar infiel al espíritu general del concierto. Por ejemplo Fede soleaba y Martín le “conversaba” con la batería, sin invadirlo pero complementando divino. (Martín en “modo canción” es una caricia al alma). Pomo Vera en el bajo tiene un tempo tremendamente preciso y toca unos fraseos y unos grooves impecables, con un tempo de roca. La verdad que con esa base rítmica, de selección, seguramente se facilita que el todo sea memorable.

Hernán Peyrou fue alternando entre el teclado, la voz y el acordeón y desde todos esos espacios aportó un ingrediente hermoso de alegría y musicalidad. Fueron muy especialmente disfrutables dos de sus solos: uno en diálogo con Di Leone en el tema “Vendaval” y otro en el tema “Sham Time” de Eddie Harris.

En este concierto me di cuenta de que me estoy acostumbrando a la originalidad de Manuel Contrera y que me empieza a resultar familiar. Pero hay que tener cuidado con eso, porque si bien nos acostumbramos muy fácilmente a lo bueno, no sería aconsejable perder de vista que se trata de un tecladista muy personal y con un gusto exquisito, que le está dando a la música de estos lares un sello muy marcado de calidad.

En esta noche hubo una participación muy especial: Valentín Ibarburu. Para quienes estuvimos ahí ya no tenemos duda alguna de que se trata de un gran músico. Con sus 10 añitos, cantó e hizo tremendas voces con una hermosa afinación, con una voz divinamente cristalina y con una concentración que muchos músicos no logran en años y años de carrera. Para mejor, con tremenda soltura, divirtiéndose y visiblemente sintiendo la música con todo su cuerpo. Les recomiendo que vayan preparándose para escuchar los futuros discos de Valentín. Un capo.

Es imposible en una reseña contarles cada momento de maravilla que se da en todas las combinaciones posibles entre los músicos. Uno que recuerdo especialmente fue a Manuel Contrera con la batería y la percusión, creo que en “Sham Time”. Otro, cuando la mayoría de los músicos cantaba la letra de la canción “Mapa Tesoro” y no en el micrófono. Me pareció muy simbólico eso de que les naciera cantarla al tocarla. Otro momento: la intro instrumental del tema “Amainará” (del CD “Anfibio”)… una polenta impresionante.

Al detenerme en las letras me impacta la presencia insistente de la naturaleza: el mar, la noche, las estrellas, las dunas, las semillas, la lluvia. También está presente el tiempo, los pensamientos y el amor. En realidad, si lo pienso, en todas las letras se siente gran amor. Son letras sentidas… tan simple y tan bello como eso.

Si me pregunto si me gusta cómo canta Nico la respuesta honesta es que todavía no demasiado. Qué pasa: en los momentos netamente instrumentales a Nico le baja un ángel muy salado, todo su ser se conecta con un canal cielo-tierra y una es succionada en ese espiral mágico. Cuando arranca a cantar hay un cambio de modo, digamos. El viaje pasa a ser mucho más introspectivo, mántrico y me impresionó a mí como muy privado. Sin embargo las canciones son muy hermosas y esa combinación de ni una nota de más con su genialidad musical es algo tremendamente gozado. También es un honor poder presenciar esa expresión de lo que necesita ser expresado. Es algo que no quisiera que se detuviera por nada del mundo. No tengo dudas de que cuando salga su próximo disco querré escucharlo y que iré cuando lo presente. Tampoco tengo dudas de que es solo cuestión de tiempo para que su canto me dé vuelta como a una media. Lo que no sé es si será porque yo aprenderé a meterme mejor en su canto o porque él se acercará más con su voz a ese canal que se abre cuando solea con la guitarra. Los misterios abiertos son buena parte de la sal de la vida, que yo agradezco de antemano. Y repito: se sintió muy saladamente que esas canciones tenían que ver la luz. Es una fortuna para todos que así haya sido y que dos universos musicales, la canción y la música instrumental, se hayan unido en algo que genera cosas nuevas.

 

Foto de portada: Guillermo Giansanti y equipo.

Corea/Gadd Band en el Teatro de Verano: magistral

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Foto: Ricardo Gómez

 

El show de la banda de Corea y Gadd en el Teatro de Verano…

Esperen. Vuelvan atrás y lean eso de nuevo: “el show de la banda de Corea y Gadd en el Teatro de Verano”. ¿No se les sacuden de éxtasis todas las células? A mí sí. El corazón bombea a mil por hora. Respiro profundo y vuelvo a empezar.

Amo con toda mi alma cuando voy a escuchar música y estoy rodeada de músicos que admiro. Hay algo en el hecho de que los músicos vayan a escuchar música que me genera una alegría especial, desbordante. Ha de ser porque sospecho que los músicos deben de disfrutar el triple que yo de estar presentes en estos momentos religiosos. Anoche, miraras para donde miraras veías músicos, y todos con su adrenalina a todo trapo, con ese cosquilleo energético que precede a ver un show de quienes fueron tus ídolos toda la vida. Ese paisaje humano, de corazones musicales ilusionados, tiene para mí un impacto y un valor de gran significado emocional. Es casi como si hubiera un show debajo del escenario y otro arriba. Y, por supuesto, es impagable la experiencia energética de ver una música que te fascina cuando alrededor tuyo todo el mundo está exactamente en la misma sintonía.

Algo muy gracioso de anoche fue que según con quién te cruzaras te hablaba de “él”. Por ejemplo: “¡Al fin lo voy a ver!”, o “Lo vi hace 20 años”, o “¡Qué bueno que vino!”. Entonces tenías que detenerte un segundo y razonar: “es pianista, habla de Corea” o “es baterista, obvio que habla de Gadd”. Eso fue muy genial de vivir. A la salida hubo un instante en que nos cruzamos tres personas. Dos hablábamos de cuándo “lo” habíamos visto por última vez y el tercero compartía fervorosamente. De repente se dio cuenta, paró, nos miró y dijo: “ahh, ustedes hablan de Gadd… claro”. ¡Qué absolutamente genial que haya un concierto en el que pase esto!

El momento en que la banda apareció en el escenario tuvo una particularidad: la actitud terrenal y humilde de esos seres que saludaban y se iban acomodando a sus instrumentos. Ahí estaba Corea, sacándole fotos al público, ahí estaba Gadd, quien en mi imaginario es tanto más gigante físicamente que en la tridimensionalidad física. Entonces Corea tomó el micrófono y saludó: “Gracias”, dijo en un buen español, y luego presentó a cada uno de los músicos de la banda:

Steve Gadd en la batería

Luisito Quintero en percusión

Steve Wilson en saxos y flauta

Carlitos del Puerto en bajo

Lionel Loueke en guitarra

Ya ahí, en ese momento de presentaciones, se respiró el ánimo que habría durante todo el toque: relajación, simpatía, alegría, diversión.

El primer regalo que nos hicieron estos seres fue el tema “Night Streets”, del disco “My Spanish Heart”. Pero al acercarse al piano y antes de comenzar, Corea llamó a uno de los asistentes de escenario y le pidió que encendieran las luces para poder ver al público. Ese gesto me pareció alucinante. Aunque en ese momento no lo sabía, luego me di cuenta de que fue el primer indicio de una actitud que sería muy marcada toda la noche y que hizo una gran diferencia: Chick Corea estaba plenamente atento a lo que pasaba encima del escenario, al acto de creación con el resto de los músicos, y muy, muy atento al público, a quienes nos incluyó todo el tiempo con miradas, gestos y, sobre el final, invitándonos a cantar sus melodías. Así arrancó la noche, que para mejor tenía una temperatura perfecta y, lo más importante para escucharlos bien, sin pizca de viento.

Un hurra especial a quienes definieron el volumen: era ideal como para poder escuchar con claridad cada elemento de la música. Quizás habría subido un poco la voz de Loueke, pero todo lo demás estaba al volumen exacto.

Ya que lo mencioné, pongo mi foco primero en el guitarrista. Loueke, quien nació en Benin (país africano que queda al lado de Nigeria, Niger, Togo y Burkina Faso) y estudió en la Berklee College of Music, es una pieza extraordinaria en el tablero que configura esta banda. Sus elecciones son muy personales. Desde los sonidos que eligió, que eran más de sintetizador que de guitarra, la personalidad de sus intervenciones, y su voz que tiene una impronta conmovedora, su presencia musical fue un aporte muy marcado para la cualidad del show en su conjunto. Cuando soleaba él todos los sentidos se agudizaban.

Loueke ha tocado en los discos Possibilities (2006) y River: The Joni Letters (2007), ambos de Herbie Hancock y ha trabajado, entre otros, con Alphonso Johnson, Jack de Johnette, Kenwood Dennard, George Garzone, Bob Hurst, Angelique Kidjo, Dianne Reeves, Cassandra Wilson, Wayne Shorter, Jeff ‘Tain’ Watts, Charlie Haden, Nathan East, Vinnie Colaiuta, Marcus Miller, Sting, Brian Blade, John Patitucci, Terri Lyne Carrington, Kenny Garrett, Roy Hargrove, Santana y Dennis Chambers. Como líder tiene seis discos, cuatro de los cuales son del sello Blue Note.

El frente y centro del escenario lo compartió con Steve Wilson. Wilson es un músico muy reconocido en el mundo del jazz. Ha participado hasta el momento en más de 150 discos liderados por artistas de la talla de Chick Corea, George Duke, Michael Brecker, Dave Holland, Dianne Reeves, Bill Bruford, Gerald Wilson, Maria Schneider, Joe Henderson, Charlie Byrd, Billy Childs, Karrin Allyson, Don Byron, y Mulgrew Miller. Hasta hoy grabó ocho discos como líder y actualmente está presentando su último álbum con el cuarteto integrado por Bill Stewart, Orrin Evan y Ugonna Okegwo. Anoche tocó saxo alto y soprano y flauta, con un sonido espectacular y aportando al todo con un gusto exquisito. Me encantó también cómo Wilson estuvo durante todo el show disfrutando de cada uno de los acontecimientos musicales con un grado importante de conexión con cada uno de los integrantes. Hubo, particularmente, momentos de diálogo musical con Corea que fueron una maravilla.

Al fondo del escenario, sobre nuestra derecha, estaba Luis Quintero, con tremendo kiosco, como decimos por acá. Quintero nació en Caracas donde desde muy temprana edad se dedicó a la música en forma profesional. Luego se instaló en Nueva York y ha tocado y grabado con una lista impresionante de músicos reconocidos: Celia Cruz y Tito Puente, The Rolling Stones, Vanessa Williams, Paul Simon, Santana, Jack De Johnette, David Sanborn, George Benson, Joe Sample, Bill Cosby, Eddie Palmieri, Marc Anthony, Gloria Estefan, Richard Bona, Ravi Coltrane, Nathalie Cole, Diana Krall, Giovanni Hidalgo, Toshiko Akiyoshi, Spanish Harlem, Willie Colon y muchos otros grandes músicos. Tiene al menos tres álbumes grabados como líder. En el show de anoche Quintero y Gadd se complementaron de maravilla, generando un espíritu general de alegría, de felicidad y dando cátedra de cómo conviven la batería y la percusión sin avasallarse y co-construyendo algo significativo.

Antes de que comenzara el show, le comenté a alguien que los bajistas solían ser inexpresivos, bastante inmóviles, y que algunas veces me dan ganas de sacudirlos un poco. El bajista de la banda, Carlitos del Puerto, me regaló poder escuchar a un bajista que siente con todo su cuerpo la gozadera de música que toca. ¡Tremendo disfrute! Carlitos del Puerto es cubano y ha tocado y grabado con artistas tales como Bruce Springsteen, Quincy Jones, Stevie Wonder y Herbie Hancock, entre muchos otros. Su contribución a la alegría y genialidad de la noche fue, desde mi perspectiva, muy destacada, con un swing impresionante y con un gusto excelente. Habrá que seguir escuchándolo y habrá que buscar más material suyo para conocerlo mejor, porque es excepcional.

Tener a la izquierda a Chick Corea y a la derecha a Steve Gadd fue infartante.

Corea tocó en un piano Yamaha y también en un piano acústico, de cola. Tanto en uno como en el otro lo suyo fue sublime, siempre con esa actitud de disfrute y de liviandad, donde inexplicablemente para la razón, cada intervención fue virtuosa y sencilla a la vez.

Hubo tres aspectos que, si me siguen, me gustaría destacar.

Por un lado, la cantidad de “subdiálogos” entre los músicos, de co-creaciones de a dos en varios momentos del show, y cómo esos subdiálogos agrupados formaban una gran conversación que era perfecta y deliciosa. Para quienes no estuvieron, imagínense a la izquierda a Corea y Wilson dialogando entre sí y a la derecha a del Puerto con Gadd y Quintero en una charla perfecta. Y todo en conjunto formando algo absolutamente grandioso y exquisito para los oídos y el corazón. Así fue toda la noche… algo espectacular.

En segundo lugar, hay un arte de doble cara en esta realidad de las giras internacionales: por un lado, y quizás más obvio, tocar tanto el mismo repertorio les da un dominio y un ensamble impresionante. Pero del otro lado, algo que anoche me resultó muy llamativo: cómo tocando tan seguido el mismo repertorio pueden presentarlo en cada escenario con una frescura tal que parece que fuera la primera vez y divertirse en esa creación como si estuvieran recién descubriendo las composiciones.

En tercer lugar me impactó el gusto exquisito, auténticamente magistral. El show de anoche nos colocó a todos automáticamente en un lugar aristocrático, en un lugar de exclusividad al que quizás no pertenezcamos todos los días de la vida pero que del que anoche pudimos vivir una muestra.

A la derecha y adelante, bellísimamente colocado a la vista de todos, estaba ese gran ídolo de muchos de nosotros: Steve Gadd. Si le preguntás a cualquier baterista experiente cuáles le parecen los mejores cinco bateristas del mundo, hay grandes chances de que todos incluyan a Gadd en su respuesta. Su aporte a la música ha sido tan enorme que es auténticamente imposible resumirlo. Siento que decir cualquier cosa acerca de su música sería una perogrullada. Vengan, impresiónense: hagan click aquí y vean la discografía de Steve Gadd que aparece en su página web.

Abstrayéndonos de toda esa historia incomensurable, lo que anoche impresionó muchísimo fue su contundencia y la profundidad de su toque por un lado, el arte insólito que demuestra tocando con las escobillas, y la genialidad musical a la hora de co-construir con los demás músicos. Algo de todo lo que me impactó fue cómo al final de los solos de los otros músicos él tocaba los compases más maravillosos, justo cuando todos estaban aplaudiendo al solista. Sería fascinante poder extraer todos esos grupos de pocos compases y repetirlos hasta el infinito. Gadd también se apiadó de nuestra desesperación por tener el mayor contacto posible con él y presentó uno de los temas, transmitiendo también el mismo espíritu de comodidad que Chick Corea. ¡Impresiona que se muevan y hablen como seres terrenales! Porque en realidad todos sabemos que ni son de este planeta ni de esta galaxia.

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Foto: Ricardo Gómez

Al final del toque muchos coincidimos en que el show pareció de veinte minutos. Qué corto que se nos hizo, a pesar de haber durado lo normal.

Sobre el final, Corea nos invitó a cantar breves melodías. El 90% de la audiencia eran músicos, así que, gracias al cielo, a pesar de la típica timidez uruguaya, cantamos y creo que se puede decir que cantamos bastante bien.

Este será uno de los shows que comentaremos durante muchos años, cuando nos juntemos con amigos melómanos. Algunos, con orgullo, diremos: “Yo lo vi ¡dos! veces”. Y el otro en la conversación tendrá que detenerse un segundo y evaluar si estamos hablando de Corea o de Gadd. En lo personal, y disculpen la fanfarronería, estaré hablando de los dos.

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Foto: Ricardo Gómez

 

Para ver el álbum completo de fotos, de Ricardo Gómez, hacer CLICK AQUÍ

 

 

 

Santiago Montoro presentó su álbum Jardín en un show impecable

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Santiago Montoro presentó su álbum “Jardín” en un show impecable, con una calidad de sonido fantástica y con el volumen perfecto, lo que permitió apreciar el todo y cada parte de la mejor manera.

Sus canciones tienen una particularidad fascinante: son obras de arte musicales, con un entretejido sonoro muy, muy cuidado, muy pensado también, con características rítmicas si se quiere extrañas, a veces muy variables, y sin embargo uno se abstrae muy fácilmente de la “cocina” de la cosa y se descubre acompañando el show entero con la cabeza, el pie, o inclusive sintiendo la necesidad de bailar algunas de las canciones. Desde mi punto de vista esto habla de una cuota extra de arte musical.

Este álbum tiene cinco canciones que son musicalizaciones de poemas de Eduardo Nogareda. El resultado de esa combinación del arte de un poeta más el arte de un músico dio en este caso un producto que se siente natural y que fluye con comodidad y belleza. En esta presentación Nogareda participó leyendo algunos de sus otros poemas otorgándole al show un toque diferente, disfrutable y muy cómodo.

El concierto fue dinámico. Santiago iba presentando cada tema con una simpatía muy especial y entregando una cuota de energía y alegría que se sintió genial. Lo acompañaron varios músicos que iban alternando su participación:

Gustavo Etchenique en batería

Antonino Restuccia en bajo eléctrico y contrabajo

Álvaro Fenocchi en coros

José Luis Yabar en guitarra

Rafael Hofstadter en teclado

Sebastián Cannavo en violín

Camila Montoro en voz

Rossana Taddei en voz

Todos los músicos jugaron un rol súper importante y súper creativo en este show. No hubo nada que pudiera ser prescindible.

Cuando uno ve tocar a Antonino Restuccia, quizás porque aparenta una gran calma, parece que lo que toca es muy sencillo. Pero la música de hoy tenía todo menos sencillez y su contribución con el bajo fue espectacular, haciendo una yunta perfecta con la batería.

Los coros de Álvaro Fenocchi complementaron súper bien el canto de Santiago. Él también tocó un tema en bajo eléctrico y estuvo buenísimo.

La participación de José Luis Yabar en guitarra fue muy exquisita. Los sonidos de las guitarras de él y de Santiago se complementaban hermosamente y no hubo ni por un momento ninguna nota, de ninguno de los dos, que no fuera una necesidad musical. Además, verlos mientras tocaban, transmitía gran aplomo y confianza.

Rafael Hofstadter tocó órgano en un par de temas. Santiago contó que su participación en el álbum fue muy importante, pues se ocupó del master. Creo que su participación en estos temas les dio un carácter diferente, que completa la propuesta general del álbum.

Para mi gusto fue genial el ingrediente dado por Sebastián Cannavo en el violín. Los sonidos del violín de Sebastián y la guitarra de Santiago formaron una combinación muy, muy hermosa. Y entre otros, tocaron juntos un tema que a mí me gusta especialmente: “Sin paz”.

En varias canciones participó Camila Montoro, la hija de Santiago, en la voz. ¡Canta muy bonito! Y le puso un toque de ternura muy hermoso. Entre otras canciones, cantó en “Carta para un Fantasma”, que es un tema que a la primera escucha ya te atrapa por completo.

 

Otra invitada de lujo fue Rossana Taddei, quien cantó con Santiago el tema “Paraguas”, del cual es co-autora, que es parte del CD anterior de Santiago, llamado “Trampolín”. Fue espectacular la inyección de fuerza que le metió Rossana a ese tema y el solo de guitarra que “tocó” con la voz. Es una artista increíblemente talentosa, que brilla de una forma extraordinaria sobre un escenario.

Tener a Cheche en la batería son palabras mayores. Destila musicalidad a un nivel imposible de explicar con palabras. Me limito acá a comentar dos aspectos que me hicieron volar la cabeza. En primer lugar, cómo a través suyo fluyen las polirritmias transformándose en ríos cristalinos tan fácilmente abrazables para seres occidentales acostumbrados al 4/4. Lo otro que me hizo pellizcarme fue el arte que tuvo para en un tema en particular (puedo errarle pero me parece que su título es “Náufrago”) inyectarle una tensión rockera y aguerrida a la música, ¡tocando con escobillas y a un volumen bajo! La emocionalidad genial de esa canción estuvo dada principalmente por el carácter de la guitarra y la maestría de Cheche en trasladar una intención rockera a un sonido relativamente contradictorio con esa intención. Una genialidad más de las de este ser extraterrestre. Y por supuesto estuvo presente lo que ya hemos presenciado tantas otras veces: su sonido impecable, sus unísonos perfectos, su amor al Hi-hat, sacándole un sonido hermosísimo, sus combinaciones nuevas que suenan a patrones perfectos y su perfección en el tiempo, en los remates y en cada fill. Admiración total.

Hoy se notó mucho que el show estaba liderado por un productor musical. Cada sonido estaba en su lugar exacto, con el volumen exacto, con la cualidad exacta. Dicho así quizás pueda parecer acartonado, pero para nada. Santiago se divirtió, conversó, bailó… me atrevo a decir que se gozó todo, presentándole al público sus canciones bellas, interesantes, nada predecibles y muy, muy hermosas. Su voz tiene un brillo precioso; toca la guitarra con una impronta archi personal, archi interesante y archi movilizante; y se entrega con cuerpo y alma al acto de creación.

Mi recomendación a los lectores es que si saben que toca Montoro, vayan a escucharlo, porque se van a sorprender y los va a movilizar. Su álbum digital “Jardín” se encuentra a la venta en Bandcamp, en el siguiente enlace: https://santiagomontoro.bandcamp.com/album/jard-n

 

Si te interesó leer esto, quizás te interese leer esta entrevista a Santiago Montoro.

 

 

Chapital Quinteto en Inmigrantes

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Foto: Carlos Cossi

Tú tendrás tus razones por las que te gusta Montevideo. La mía es la posibilidad que me regala muy seguido de escuchar y ver, a metro y medio, a músicos que me generan un estado emocional que justifica pasar por esta experiencia 3D.

La cita de anoche fue en Inmigrantes (en la esquina de Paullier y Guaná), donde Juan Pablo Chapital tocó temas de su autoría, y algunas versiones exquisitas de temas de otros grandes músicos (Mandrake y Rada, por ejemplo).

El quinteto está formado por:

Juan Pablo Chapital en guitarra y voz

Martín -Dios- Ibarburu en la batería

Fernando “Pomo” Vera en el bajo eléctrico

Hernán Peyrou en teclados

Guillermo Olivera en trombón

Les cuente lo que les cuente, caeré en repetirme, pues lo que me generan Chapital e Ibarburu es algo que ya describí mil veces. O sea, seré brevísima para no aburrir.

Sí quiero contarles algunas cosillas:

La combinación de sonidos del trombón  y la guitarra está buenísima. Guillermo le mete mucha alegría, pero también un gran cuidado a no aplastar a todo el mundo con ese sonido fuerte que tiene el trombón. Un placer su contribución.

La base rítmica (y, obvio, no solo rítmica) de Fernando Vera y Martín Ibarburu fue perfecta, también muy respetuosa y con momentos de brillantez, que son como codazos en las costillas que te ponen súper alerta y te aceleran el ritmo cardíaco (ta, codazos que no duelen).

Hernán, con el teclado, aportó mucho a generar el clima místico de la noche.

Juan Pablo presentó dos temazos nuevos, alucinantes. Tanto que cuando el público le pidió “otra”, le pidió justamente su nuevo tema “Bushido”. ¿Cuántas veces creen que pasa que se pida de bis un tema nuevo? ¡Ninguna!!!! Solo Juan Pablo logra eso.

Mi foco de atención suele irse siempre hacia la batería, y anoche fue brutal verles las caras de goce a Pomo Vera y a Juan Pablo Chapital cuando Martín tocaba una genialidad. Martín logra eso, que el resto de los músicos disfruten especialmente de las notas de la batería, que es algo que tampoco es tan común de observar. Justamente en el tema “Bushido” el aporte de la batería fue algo endemoniadamente disfrutable.

Al presentar a Martín, Juan Pablo dijo: “Tocar con el mejor baterista del mundo es…” No completó la frase, pero seguro que el final era algo parecido a “impagable”, “fascinante”, “algo de no creerse”.

¿Que resuma qué me gusta de la música de Juan Pablo? Es muy sencillo:

  • Que sus temas no son demostraciones de virtuosismo sino que son expresiones de emociones y son significativos para el corazón
  • Que cuando toca cada nota la hace sonar como si fuera la única nota que va a tocar en su vida, que la sostiene, que su sonido es límpido, vibrante, amoroso. Anoche en particular, algunas notas no le sonaron, quién sabe por qué. Y sin embargo esos silencios no fueron nada incómodos. Es como si la música anoche hubiese necesitado pausitas extras.
  • Que si bien son temas instrumentales, tienen mucho de canciones, por las melodías hermosas
  • Y creo que lo que más me toca el alma es la actitud general de veneración hacia la música

Esperemos que sigan presentando estos temas. Es un regalo que yo les agradezco.

Gracias a Carlos Cossi tenemos estos recuerdos gráficos de la noche:

 

 

 

Jardín de folclore, rock y jazz: Entrevista a Santiago Montoro

Santiago-Montoro-foto-Victoria-Gimenez

Foto: Victoria Giménez

 

Cuando la entrevistadora practica cada vez más libertad y está genuinamente interesada en conocer más del entrevistado y coincide que el entrevistado es un ser muy amable y generoso con su tiempo, se corre el riesgo, para mí hermoso, de que la entrevista se parezca mucho a una conversación y con una extensión considerable. Dudo qué acto será más piadoso con ustedes, lectores, si recortarles la conversación sensiblemente, como para que puedan terminar rapidísimo de leer esta nota y puedan saltar de inmediato a leer sobre los cangrejos clonados de Groenlandia o, en cambio, compartir cada momento de esta larga conversación. Concluyo que tomaré una posición salomónica: recortaré algo pero, también, tendré en cuenta la opinión que recibí del gran Hugo Fattoruso cuando durante una entrevista le comenté que sería mejor no extendernos mucho, para que la nota fuera leída. Palabras más o menos me dijo: “En una época, si los temas musicales duraban 3 minutos y 20 segundos, te los hacían cortar. Podían durar máximo 3 minutos. Pero en algún momento se empezaron a escuchar temas de 15 minutos. Todo depende del arte que le pongas”. Les pediré que sean ustedes quienes hoy hagan un acto artístico: permítanse leer esta charla sin apuro. Es entre los renglones que se perciben los ingredientes más sabrosos.

 

Ya no grabás CDs físicos pero hiciste un álbum digital de tus canciones al que llamaste “Jardín”. ¿Cuánto hace que estás trabajando en él?

Vengo preparándolo desde hace tiempo. Tenía reservada la sala hace un año. Cuando la reservé no había grabado el álbum todavía… lo grabé enero.

¡Qué raro!

No es tan raro, porque en una sala como la Hugo Balzo te dan fecha para muy adelante, entonces tenés que hacerlo con tiempo. Pero es algo que no voy a hacer más. No voy a reservar una sala para presentar un trabajo que todavía no hice. Porque es un estrés. Es algo que he hecho muchas veces, algo que me autoimpongo, porque me ayuda tener una fecha límite. En este trabajo estoy haciendo todo yo. Desde la composición, los arreglos, grabarlo, producirlo, mezclarlo. Por suerte ahora Rafa Hofstadter está haciendo el máster y está buenísimo, porque yo ya no podía más de la subjetividad del asunto.

Entonces ahora estoy metido en un evento que se programó hace un año más o menos. Todo esto es el resultado. Todavía estoy haciendo correcciones de las mezclas, o sea que el álbum no está terminado [Nota: Esta conversación sucedió hace una semana; hoy sí está terminado]. Pienso que en el futuro voy a hacer las cosas diferentes.

Antes de adentrarnos más en Jardín, permitime preguntarte: ¿Por qué te viniste de España? Siendo músico ¿no tenés mejores posibilidades en cualquier otro país que en este?

Bueno, depende de cómo se mire. Económicamente, por supuesto. Yo me fui en el 2001 y me volví en el 2010. Me fui con mi pareja del momento, tuve una hija allá, tuve un cierto arraigo. Yo ya tenía estudio acá pero rearmé un estudio allá, toqué con mucha gente, viví de la música esos 10 años, exclusivamente, y la realidad es que fue una decisión familiar la de volver, fue más que nada una cuestión afectiva y era un buen momento porque nuestra hija tenía siete años. Después no iba a querer venir, o sea que había que hacerlo en ese momento. Y bueno, vine. En realidad acá yo vivo de la música y creo que las cosas que hago me gustan más acá que allá. El problema es que la remuneración es mucho peor acá y vivo mucho peor acá que allá. Pero musicalmente me interesa mucho más lo que hago acá. Es otra cosa. Allá yo con mi proyecto tenía una banda y tocaba habitualmente. No te digo que tocara todos los días, pero tocaba acá y allá y no tenía que andar arreando gente a los conciertos porque eso sucedía naturalmente. No era una panacea pero iba funcionando. Esa realidad acá no tiene nada que ver. Pero bueno, yo qué sé, acá tengo la posibilidad de colaborar con gente que me interesa mucho lo que hace, aprender muchísimo de ellos. Acá en el estudio tengo la posibilidad de que todo el tiempo esté viniendo gente que me copa. Eso no tiene mucho precio, la verdad. Allá también tocaba con músicos muy buenos pero es diferente.

Te he visto colaborando muchas veces con Rossana y Cheche. Cuando entrás en escena, entra una polenta impresionante con vos y tu guitarra. ¿Hay una intención consciente de agregarle polenta a ese toque o es lo que surge de ti naturalmente?

Cuando toco me gusta en lo posible entregar todo lo que pueda entregar. O sea que lo vivo con intensidad, en general, y me gusta estar haciéndolo con gusto y copado. Por eso me gusta tocar con músicos que me interesen. Yo hago lo que me sale, obviamente.

Pero he escuchado otras cosas tuyas que son mucho más dulces y menos rockeras, por eso me intriga.

No soy un músico virtuoso pero sí creo que he aprendido con el tiempo a trabajar sobre una canción tratando de darle lo que yo pienso que precisa y no adaptar la canción a lo que yo quiero hacer o lo que yo sé hacer. De alguna manera siempre pongo esa cabeza.

Hoy estuve escuchando “Carta para un fantasma” y me sorprendió justamente eso: que la canción tiene lo que necesita y nada más.

Sí, es curiosa esa canción porque no tiene nada. Lo único que tiene es la guitarra y un coro de muchas voces.

Pero con esa guitarra generaste muchas cosas. Por ejemplo las últimas notas, que acompañan la última frase de la canción, me parecieron impecables. Llevan una intención cargada de significado.

Bueno, esa canción es especial. Es una canción de amor para alguien que ya no está. Frente a un hecho que en general produce un poco de miedo.

A ti te produjo un poco de miedo, ¿no?

Sí, sobre todo porque después me vine a vivir acá [risas]. Dije: “¿Para qué le habré hecho la canción a este?” [más risas]. Pero no se quiso manifestar. Pero no, hablando en serio, fue desde un punto de confianza, de apertura, de luminosidad. Entonces lo que intenté transmitir con el arreglo fue eso, un poco ese punto de vista diferente de un hecho que habitualmente a mí me produciría una reacción diferente, digamos. Lo del coro es la parte más cómo mística, espiritual, pero el pedido es directo, es personal y es con amor.

Cuando vos definís que querés dar determinada intención, ¿ya sabés que determinados acordes o armonías van a generar eso y entonces las usás o es algo que te surge? ¿Es más mental o más directo?

Hay muchos elementos para uno poder definir eso pero yo soy muy intuitivo. Al tocar, al componer, en todo. No racionalizo demasiado las cosas sino que más bien intento generar que las cosas fluyan de una manera. Con el tiempo de tocar me he dado cuenta de que si yo genero un cierto estado, en el momento en que toco o compongo, hay algo que baja, que no sé de dónde viene, pero fluye y es maravilloso. Entonces quiero cuidar y enfocar eso. A veces se puede, a veces no. A veces es más, a veces es menos. Eso es como controlar algo mágico que no sabés cómo va a salir. Pero desde que me di cuenta de que era así, tengo mucha más seguridad. A ver, me puedo tirar al vacío tocando en un lugar y sin miedo, porque tengo confianza en que va a estar eso. Es un poco raro.

No, no. ¡Está buenísimo! En “Carta para un fantasma” hay una frase que es: “Siempre arruino todo buscándole una explicación” y en “Te alimenta” hay otra que dice “Prefiero una emoción a un pensamiento”.

Ahí va. Eso describe un poco eso.

¿Es una búsqueda personal tuya concreta?

En el caso de “Carta para un Fantasma”, sí, porque es eso de darle a la cabeza tanto y al final no llegás a profundizar ni a entender nada de lo que pasa. En el caso de “Te alimenta” es más una cuestión que si bien es un poco eso, también es una presentación de intenciones respecto a lo que pienso que pasa hoy por hoy en general en la sociedad y en todo lo que me rodea. Pienso que esa confianza en la intuición y en entender lo que uno siente, en toda la parte emocional, y saber manejar eso uno mismo, puede ser mucho más valioso en general que la racionalización. Ojo, digo que prefiero pero no digo que no debería estar. Obviamente que el pensamiento es una cosa maravillosa también. Pero la emoción es algo que viene y que uno por lo general lo maneja o lo gestiona de una manera u otra. Y en eso se derivan diferentes actitudes o formas de ser. Por poner un ejemplo, si yo siento que hay que hacer una cosa que es absurda, no es rentable, por ejemplo esto de dedicarme a la música [risas], lo hago porque lo siento, no porque lo piense. Si lo pienso, capaz que no lo hago. O capaz que lo hago igual… pero posiblemente no.

La gestión de las emociones condiciona todo lo que pasa. La relación entre las personas, contigo mismo, entender lo que te pasa. Hasta se relacionan con enfermedades físicas.

Folclore, rock y jazz. ¿Cómo viven adentro tuyo esas tres corrientes musicales?

El folclore viene de mi infancia. Porque yo nací en el campo y empecé a tocar de niño. Mi primer profesor se llamaba Adolfo Santurio, que era el guitarrista de Los Carreteros. Creo que Ayuí publicó hace poco algo de ellos. Era una agrupación folclórica de San José. Yo vivía en Progreso. Él fue mi influencia folclórica. Él me tiró mucho para adelante. Tengo que agradecerle eso. Él ya falleció. Por ejemplo, él tenía un programa de radio en Las Piedras, y no me llevaba a la radio pero me grababa tocando y cantando y me pasaba. Imaginate, yo con 7, 8 años, salía en Progreso, que era un pueblo chiquito, y todo el mundo sabía que yo salía por la radio. También organizaba kermesses y me llevaba a tocar.

Después hubo un proceso intermedio en el que yo vivía en el campo pero venía todos los días a estudiar acá, lo cual era matador; unos viajones tremendos. En esa etapa dejé de tocar la guitarra. Y después emigré a la ciudad.

Cuando retomo la guitarra, allá por el año 83, ¿por qué la retomo? Por el rock. Porque veo a gente que toca y me gusta. En ese momento me compré una guitarra eléctrica. En el 85, cuando empezó la democracia, más allá de las razias y todo eso, había una efervescencia impresionante, se tocaba por todos lados. Y ahí empecé a tocar y de ahí viene el rock en mi música. Mi actitud de ese momento era sobre todo punky. Yo no era punky porque siempre escuché de todo. Cuando empecé a tocar la guitarra eléctrica me interesaba el rock más clásico, escuchaba Led Zeppelin, Pink Floyd, todas esas cosas.

Ah, esa influencia es lo que se te oye a veces.

Sí, Pink Floyd fue, por ejemplo, un grupo de cabecera durante años. Y bueno, con el tiempo se mezclan esas cosas.

El lado jazzístico es el lado que me interesó después. Primero empecé a conocer la Bossa Nova y toda la música de Brasil, que me apasionó. En esa época no había internet pero tuve la suerte de que yo tenía un amplificador de guitarra que se lo prestaba a Pablo Notaro para ensayar los sábados. El padre tenía una colección de vinilos impresionante. Entonces yo le decía: “Vos vení a buscar el equipo pero traeme un par de vinilos” y yo me los copiaba. Y así conocí a Gilberto Gil, a Caetano, Hermeto Pascoal, Milton Nascimento, Djavan.

Fue en esa misma época que empezamos a curtir esas músicas de manera conjunta con otro músico que va a tocar justo ahora, José Luis Yabar, que es el guitarrista de Santullo actualmente. Era compañero de liceo y nos juntábamos a tocar. Había también otros compañeros de liceo que hoy también están en la música, como Marcelo el de Los Buenos Muchachos, el Topo y otros. Pero principalmente “el Jota” era el bastión. Le caíamos todos en la casa. Era el que tenía la mejor guitarra eléctrica e íbamos todos a tocar. Y el tema del jazz empezó sobre todo cuando escuché OPA. Porque escuché primero a Mateo, y me enfermé. Tendría que haberlo conocido antes pero lo conocí a los 16 o 17 años y me partió la cabeza. No podía entender. Me enfermé. Quería escuchar más. Y a partir de ahí me fui interesando por otros artistas. Conocía a Fernando Cabrera, que tocaba en ese momento, que me encantaba. También a Jaime Roos. Había muchos artistas fuera del rock estrictamente, que me interesaban. Pero cuando conocí a Mateo, ta. Por suerte lo pude ver muchas veces. Al Darno también, por suerte. Está buenísimo que eso no me quede en el debe.

Nunca me dediqué a tocar jazz. Tuve cierta preparación para hacerlo, porque tuve, por ejemplo, de profesor a Alberto Magnone, que siempre me tiró para adelante, pero yo ya estaba determinado para otro lado, para el lado de la canción. Escuché mucho jazz. Miles Davis, por ejemplo, es uno de mis artistas favoritos. Esa influencia capaz que no se nota tanto en los trabajos anteriores y creo que en este se nota un poquito más. No es ni de cerca un disco de jazz, por supuesto. Pero tiene esos tintes.

¿De chico vivías en contacto con la naturaleza?

Vivía en una chacra, en una bodega, además. Había vid. Vivía bastante solo, en el sentido que los amigos de mi edad no estaban cerca.

¿Vos sentís que la música te acerca un poquito a la naturaleza?

Sí, pienso que sí. Desde hace un tiempo tengo como una vuelta a la naturaleza. De la manera que puedo. De hecho acá arriba tengo una huerta.

¡Qué bueno! Ojo no vayas a vender semillas. Ahora hay un revuelo bárbaro con que para vender semillas tenés que cumplir con cierta reglamentación y hay varios viveros que están complicados con eso.

Sí, pero viste que las semillas de Monsanto sí se pueden vender, ¿no?

La verdad que no puedo entender qué pasa con nuestros gobiernos. Supongo que no tienen hijos, ni nietos…

Mirá, me asombran muchísimas cosas. Al final yo pienso que los políticos de alguna manera son títeres y marionetas del poder económico. Hacen lo que les digan. Y ya está. Entonces los cambios no van a venir por ahí. Lamentablemente lo veo así. ¿Qué se puede hacer? Yo creo que lo único es tratar de tener una actitud personal acorde con lo que pensás y tener la esperanza de que todo el mundo haga lo mismo a ver si cambian las cosas. Porque otra cosa no sé.

Sí, tiene que venir del individuo, que cuando sean muchos sumados…

Sí. Cuando yo digo eso me miran como diciendo que soy muy iluso, pero bueno, yo no veo otra manera.

¿Qué más podés contarme de “Jardín”?

“Jardín” es un trabajo introspectivo, muy personal, porque es la primera vez que cumplo todos esos roles en un trabajo mío. Porque siempre quería tener la seguridad y el apoyo de un Productor Artístico que lo haga conmigo. En “Vida Breve” fueron Daniel Carini y Fernando Ulivi, en “Trampolín” fue Nacho Mateu. Y acá, de alguna manera quería demostrarme varias cosas. Por eso es introspectivo. Por ejemplo, no invité a un montón de músicos que podría haber invitado, que hubiera estado buenísimo, como lo hice en “Trampolín”, pero en este álbum quería estar yo ahí; sentía la necesidad.

Y cuando invitás a muchos músicos a grabar, ¿cómo lo presentás en vivo?

Ah, bueno, los invitás a todos. A la presentación, claro, después ya no. Pero ahora es lo mismo: yo grabé más de una guitarra en casi todos los temas.

¡Ah! ¿Y cómo hacés?

Bueno, a la presentación van a ir invitados, a tocar mis guitarras, pero además las versiones van a ser diferentes. En lo esencial son lo mismo pero adapto. Porque también pienso que una grabación y un concierto son cosas diferentes. Si bien es muy válido presentar un trabajo tal cual fue grabado, me parece que no es necesario, no hay por qué. Entonces algunos temas van a quedar un poco más rockeros de lo que son en el álbum, porque no hay guitarra acústica, que había, y después hay otros que quizás queden un poco más íntimos y pasa lo contrario. Y está buenísimo, porque va a existir otra cosa.

¿El disco ya está a la venta? 

Pienso ponerlo para que se pueda escuchar unos días antes de la presentación. Y con la entrada del concierto va la descarga de regalo.

¿Podrías contarme cómo fue que te diste cuenta que una composición tuya le quedaba perfecto a un poema de Eduardo Nogareda?

Por un lado, tenía la canción compuesta y Sebastián Petruchelli, que toca el violín en esa canción, que ahora vive en España, cae acá por el estudio, es un amigo, y lo lié, digamos, usando el modismo español, para grabarla. Entonces grabamos ese tema como tema instrumental, la guitarra y el violín. Ahora otros músicos le añadieron contrabajo, batería y otras cosas. Entonces tenía esa idea guardada. Me pongo a musicalizar los poemas de Nogareda y empiezo a coparme con eso. Porque me metí y no podía parar. En realidad musicalicé casi todo ese libro, lo que pasa es que elegí cinco. En principio pensé que quizás hacía dos álbumes pero después elegí y seleccioné. De repente, no sé cómo fue, me di cuenta. Es curioso, sí. Me sentí muy bien musicalizando esos textos. No tuve que modificar nada. Nogareda me decía que otras personas por lo general le pedían alguna licencia para modificar alguna cosa. Yo no cambié nada. Algunas cosas se las cambié sin querer pero porque me iba acordando de la letra de memoria y con el tiempo la iba deformando.

¿Sos de leer poesía?

No soy un lector súper ávido que se pasa el día leyendo. Me encanta leer pero no leo demasiado. Me encanta la poesía pero tampoco tengo un conocimiento literario de poesía muy amplio.

¿Qué se te dio?

Porque es un amigo y me interesa mucho lo que hace. He trabajado con él. En España toqué con él en un espectáculo que tenía y hay una relación afectiva. Es como el abuelo de mi hija en España, una cosa así. Por ahí viene el conocimiento de su obra.

Vos sabés que yo uso mucho ese ejercicio de musicalizar a nivel docente. Nunca lo había hecho para algo que yo fuera a publicar.

El proceso de composición mía en general tiene una parte que para mí es muy fácil, fluye muy bien, que es la parte musical. Y una parte que me torturo, me cuestiono todo, tiro y voy para atrás y para adelante, que es la parte letrística. Porque soy muy inseguro con eso, porque no estoy formado para escribir. Siento más legitimado el yo mostrar algo musical. Y de hecho, mal o bien, no estoy incómodo con las cosas que he escrito. Pero musicalizar los textos de Eduardo, además de que están muy bien escritos, fue muy liberador. Viste que en la creación, cuando acotás uno de los aspectos, definís una línea mucho más rápido que si tenés todo el universo y no sabés por dónde ir.

Y además la poesía tiene música, ¿no?

Sí. Yo en algunos casos aproveché esa musicalidad. En otros casos la rompí. Y creo que cualquiera de las dos cosas fueron interesantes.

Yo presenté estas músicas en la Felisberto el año pasado. Eran los temas compuestos, todavía muy en pañales, porque todavía no había empezado a grabar el álbum, ni yo sabía que iba a hacer el álbum. Y por ejemplo hubo un tema que no le gustó a él y era porque yo no había captado la intención de lo que quería decir. Por supuesto que ese tema no lo incluí.

Qué interesante debe de ser que te musicalicen tus textos, ¿no?

Sí, y en este caso él me decía que a él en general le musicalizan sus textos músicos más del folclore. Y aquí hay mucha cosa experimental también. Por ejemplo el tema “Pregunta” es un tema que está en 11. Muchos temas tienen estructuras rítmicas raras.

¿Y por qué quedó en 11? ¿Por la letra?

Porque yo soy medio enfermo con esas cosas. Me encanta. Ese es el tema que era instrumental antes. Hay temas en 5, en 7, en 11.

¿Es por experimentar?

Sí, siempre fui de experimentar con ritmos no convencionales o con claves rítmicas no convencionales. Es una investigación que me hace feliz, simplemente.

¿Pero es mental o emocional?

Creo que es las dos cosas. Yo suelo estar en la búsqueda de algo original y suelo ir por ese lado porque me encanta. Estoy todo el día haciendo percusión en todo. Los que están al lado mío me odian en ese aspecto. Entonces también diariamente estoy jugando con esas cosas. Para mí es un juego. En “Trampolín” pasa también, aunque no tanto. La canción “Trampolín”, por ejemplo, es un juego métrico entre compases de 2 y de 3, subdivididos de distintas maneras, y estructuras que son muy raras. En realidad me odian después cuando hay que tocarlo.

Bueno, pero tocás con Cheche así que no tenés ningún problema.

No, Cheche es un genio. Y con Nino y con Nacho, con cualquiera de ellos, que son unos cracks. Gracias a que cuento con ellos es que puedo tocar esos temas.

 

La presentación del álbum digital “Jardín”, de Santiago Montoro, será el martes 24 de octubre en la Sala Hugo Balzo. Las entradas se venden en Tickantel y en la Boletería de la sala. Lo mágico de estas instancias musicales es que no hay dos iguales. Ni siquiera cuando tocan los mismos músicos y tocan las mismas canciones.

 

 

 

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Entrevista a Popo Romano

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La música de Popo Romano ha sido gran compañía en varias etapas de mi vida y es de los músicos a los que más veces he ido a escuchar en vivo. Por esta razón cuando supe que se abría la oportunidad para entrevistarlo sentí que se me abría una ventana muy grande: la posibilidad de conocer un poco más sobre el ser que compone y toca músicas que me emocionan tanto. Los invito a ustedes a mirar a través de esta ventana de palabras y luego, sin duda alguna, los animo a que vayan a ver “En Esencia”, el 21 de octubre, en la Sala Hugo Balzo. No ha habido un solo toque de Popo Romano en el que no me haya emocionado muchísimo. Poder verlo en vivo es uno de los privilegios que tenemos los montevideanos que vivimos en este tiempo.

 

Te he oído contar cómo de jovencito te encerrabas a oscuras a escuchar música y viajabas con eso. ¿Qué condimento le agrega a tu viaje el tocar en vivo?

Me gusta tocar; amo tocar. Y es como compartir una película que te gustó ver. Creo que debe de ser muy aburrido ir al cine solo, ver algo bueno y no tener a quién codear, a quién hacerle una guiñada o un comentario. Una película o un concierto… lo que sea. Tocar para mí es un día de fiesta. Es como compartir ese viaje muy íntimo con todos, con la gente de escenario, con el iluminador, el sonidista, con el público y con los músicos. Es hacerlos partícipes de algo que yo disfruto mucho y de comprometerlos a vivirlo de una forma más abierta pero muy íntima también. Porque la condición que implica un concierto, independientemente de la cantidad de gente que haya, siempre tiene esa cuota de sacar los pañales al sol.

Cuando vos te ponés a componer un tema muy íntimo, ¿calculás si a ese tema lo vas a mostrar?

En realidad no. Cuando estoy haciendo eso no tengo mucha conciencia de lo que está pasando. Donde vivo tengo todas las herramientas para que cerca de mi mano, y sin mucha complicación, yo pueda estar prendiendo un grabador o tomando un instrumento.

Como para poner un ejemplo de algo más cotidiano, es como cuando nos levantamos y decimos “algo va a pasar hoy” y no sabemos bien qué. Es un estado en el cual yo disfruto mucho estar y donde las personas que conviven conmigo han aprendido a respetarlo, porque es mi vida y lo necesito. Puedo pasar un par de días sin eso pero inmediatamente algo sucede que necesito irme a ese lugar. Mis hijas, de chiquititas, tenían muy claro que a veces el padre estaba físicamente ahí sentado pero no estaba. No podían llamarme fuerte. Ellas venían, me observaban y tenían que llamarme muy suave. Era como despertarme de un sueño profundo. Siendo chiquititas habían aprendido a ver el botón rojo del “rec” prendido. Si estaba prendido, tenía que venirse la casa abajo para interrumpir.

Y después me tengo que aprender lo que grabé. Tengo que escuchar y volver a sacarlo. Viste que hay muchos comentarios de lo que es la “toma cero”, que por ejemplo Jaime habla mucho de Hugo. En mi caso, cuando me invitan a grabar yo también valoro mucho la primera pasada de la música, pues ahí hay un estado muy natural, en lo que tiene que ver con la interpretación o la improvisación, o el arreglo, dependiendo de lo que uno tenga que hacer. Porque después uno se aprende a sí mismo, se repite. La toma cero está cargada de una cantidad de afecto, emoción, rabia, tristeza, todo. Después de que vos pasaste varias veces eso empieza a decantar. Puede estar buenísimo, ser calificado altísimo analíticamente pero emocionalmente a mí no me cuelga tanto. Hasta la propia imperfección de lo que produce eso está bueno. Tengo que aprenderme las cosas y eso produce otro resultado. Y después juntarme con los colegas y pasarles las músicas que quiero tocar en vivo es otro delay, otro tiempo de lo que fue ese estado. Afortunadamente cada una de las veces vuelvo a revivir parte de ese estado emocional, o cuando estoy solo, tocando para mí nomás. Está buenísimo que eso pase.

Cuando estás en tu casa, ¿te ponés a tocar temas viejos tuyos?

Ahora tengo menos tiempo del que desearía tener para dedicarle a tocar, pero sí. Y toco como cuando toco en el escenario: toco lo que tengo ganas. Y no es irrespetuoso, sino muy natural. Nunca tengo muy definido el repertorio. Tocando solo se ha potenciado esa característica, porque me tengo que poner de acuerdo conmigo mismo y es mucho más fácil. Me subo al escenario y mi cabeza o mi estado dice: “vamos para acá”. Y voy para ahí.

¿Esas decisiones pueden tener algo que ver con lo que recibís del público?

Tienen mucho que ver, sí. La meditación es un ejercicio que uno puede practicar en el ómnibus o caminando por 18 de Julio en una manifestación rodeado de muchas personas. Vos sí que te metés en ti mismo pero seguro que somos seres sociables, por más huraños que pretendamos ser. Todo el entorno nos contamina para bien o para mal. Entonces el estado en el que esté la gente que esté escuchando influye.

La faceta jazzera promueve la invitación a ir a tocar en lugares donde la gente está comiendo, por ejemplo. Toco muy poco en lo que puede ser restaurantes. No es que lo haya dejado del todo pero lo hago menos. Porque se producen dos situaciones. Una es el hecho de que yo esté mostrando mi trabajo y lo que implica si recibo el silencio de quien está en ese lugar, comiendo con unos amigos. Eso potencia mi concentración. De la misma forma que si alguien está hablando potencia otra cosa. No la incomodidad de que esa persona esté hablando sino que yo me siento incómodo de que estoy molestando a alguien que está en otro viaje distinto al mío. Eso me afecta también. Intento hacer este ejercicio de meditar en el ómnibus, meterme en mí y no hacer mucho caso de lo que sucede afuera porque eso me contamina emocionalmente para abajo.

Toqué la semana pasada en un lugar así y dentro de lo que es el jazz hubo mucha atención. La gente aplaudía los solos, los temas. Pero había un sector mínimo donde la gente obviamente estaba en otra. Y sí, con el tiempo adquirís herramientas de seducción para conquistar. Y se produce pero no deja de ser una distracción de lo que sería tu propio viaje si no tuvieras que focalizarte en intentar conquistar a esas personas con tu trabajo. ¿Sabés lo que hago? Toco bien bajito. En lugar de subir el volumen, empiezo a bajar, a meterme más en mí. Y produce un efecto interesante. Porque se escuchan mucho hablando y hacen que presten atención a lo que está sucediendo. Pero me gusta mucho más tocar en salas donde el público va expresamente a escuchar esa propuesta.

Tengo una anécdota divertida. Fuimos a tocar jazz a un evento. Que el jazz se presta más para que la gente esté comiendo, charlando. Que la música sea el recibimiento de una fiesta. Esa música, el jazz, tiene esa característica, que funciona como música de película. La película está y los tipos están tocando. Nos contrataron para un evento muy importante en Las Cumbres, el hotel en la sierra. Y estaba de invitado Danilo Astori, un individuo melómano. Yo lo conozco a Danilo desde cuando tocaba con Jaime de ir él a saludar a los músicos al camerino, con una cultura musical y general muy grande. No me acuerdo si en ese entonces era ministro. Y ¿qué pasó? Era una cena. No era un concierto. Cuando él ve que estoy yendo yo al escenario, se para, me saluda y en vez de sentarse en su mesa se puso de espalda a la mesa y de frente al escenario. La nuestra era una música funcional, no era un concierto. Entonces los mozos quedaron desconcertados. Mientras yo tocaba y veía a Danilo escuchándonos con toda atención, había un alboroto con los mozos, porque no sabían si servir o no [risas]. Tocamos 30 o 40 minutos, Danilo aplaudía todos los temas y eso contagió a los demás. Estuvo divino. Cuando terminamos de tocar, él se puso en su lugar, y ahí los mozos corrieron para servir la cena. En el segundo set ya sabían, entonces vinieron a decirme: “Popo, esperá, todavía no empieces que todavía están comiendo”. Eso habla de lo que significa la música, a nivel general, según el lugar donde lo estés haciendo.

Por mi actividad me encuentro con gente que me dice que grabó un disco y me lo da para que lo escuche. Les aclaro “mirá que no soy crítico de música”. Y me dicen “Bueno, pero me gustaría tener tu opinión”. Y entonces les aviso: “Bueno, tené paciencia porque yo lo voy a escuchar el día y en el momento en que tenga tiempo para dedicarle atención a lo que vos me estás dando. Entonces cuando escucho música, yo escucho música. No hago otra cosa. Y tiene que ver con el estado mío aquel, al que vos hacías referencia. Silencio, música, y me voy del planeta. Y así escucho también las cosas que me traen. Pero tienen que esperar.

¿Cuántos años de carrera musical estás celebrando?

Cuarenta y cinco.

En esta etapa, luego de tantos años, ¿hay más búsqueda o más hallazgo?

Yo no busco nada con la música. Sí he encontrado. Al día de hoy creo que la sensación que tengo es la misma que cuando tenía 10 años. Lo que me producía, esa energía que se mueve por el aire, que son los sonidos. Sinceramente no busco nada. Estoy bien, quizás por ahí va la búsqueda.  Yo me sigo poniendo nervioso antes de un concierto. Un nervio lindo, ¿no? De alerta, de atención. Que además me gusta que suceda, porque me confirma que todavía tengo ganas, que todavía está en mí una cuota de preocupación de querer tener una buena performance. El día que yo no sienta ese nervio me cuestionaré si estoy para subir a un escenario. De la misma forma que tengo la manía de grabar el concierto entero con cámara fija, y luego de que se termina, me siento a verlo. Es la evaluación única que hago del concierto desde la perspectiva afuera de mí. Viste que nosotros podemos ejercitar eso, tener la fantasía o la capacidad de salir de uno y mirarte de afuera. Y ahí vos analizás las cosas de otra perspectiva, en todo sentido en la vida. Es bastante más sencillo darle un consejo a un amigo o a un alumno que a vos mismo. Cuando salís, ahí sí, ya es otro ese y podés decirte cosas a vos mismo. Miro el concierto, todavía tengo la adrenalina de haberme bajado del escenario y entonces me doy cuenta: “pah, esto sí y esto no”. Y punto. Después no lo veo más; no lo escucho más. Pero espero no sentirme cómodo ni seguro.

A mí me encanta encontrarme defectos y considero que está bueno porque me muestra que todavía tengo mucho más para seguir creciendo. No sé si crecí mucho o poco, pero espero nunca escuchar algo tocado por mí y pensar: “fa, qué bueno que está esto; me toqué todo”. Hay como dos tipos ahí. Yo estoy buscando si algo me emociona y si puedo llegar al estado ese y está el otro, el analítico en mí que dice por qué me metí por este lado si podía haber ido por el otro. O, por ejemplo, si estoy pisando muy fuerte.

La dulzura con la que vos tocás las cuerdas del bajo ¿es una decisión consciente o sucede porque las amás? Porque las cuerdas del bajo precisan de cierta presión para sonar pero uno te ve y siente que es todo muy suave y con dulzura.

Hay una cosa física que te la da las horas de estudio y el entrenamiento. Eso te hace mucho más amigo del instrumento en lo que tiene que ver con lo concreto, la fuerza que implica apretar esas cuerdas y que suenen. Sin duda que los años y el tiempo que vos estás con el instrumento en la mano ayudan. Cuando yo era niño mi padre trabajaba en televisión y entonces en casa había aparatos, por ejemplo grabadores a cinta, a cassette (¡mirá lo que te estoy diciendo!), muy vanguardistas. Y yo grababa los ensayos cuando tocaba con la banda. Una de las primeras cosas que yo recuerdo de niño es haber grabado algo que estábamos zapando y haberme quedado colgado con una frase de bajo que había tocado yo y repetirla muchas veces preguntándome qué pasaba ahí, por qué esa frase de bajo a mí me producía ese efecto. Y trataba de copiarlo tocando lo que había hecho antes y no podía conseguirlo. Tu pregunta iba por…

Uno te ve tocando muy dulce un instrumento que es un poco percutivo también pero que vos tocás con gran suavidad.

Pero mirá que también piso fuerte a veces. No sé… es muy difícil hablar de uno mismo. Lo agradezco porque lo siento como un elogio. Pero bueno, si bien yo estoy con un bajo en la mano, yo no toco la función clásica de un bajista. Por eso es que en las bandas hay otro bajo que cumple esa función. Y el bajo, sobre todo el de seis cuerdas, se mueve en un registro muy similar al de la voz humana y yo me muevo en una parte melódica en la que el instrumento o yo estaría cantando. Yo creo que lo que vos visualizás es una vida con ese instrumento.  Es una parte de mi cuerpo.

Si un extranjero te preguntara cómo es la música uruguaya, ¿qué le dirías?

La música uruguaya implica un espectro amplísimo, pero lo que está al día de hoy más reconocido, que es el candombe, la murga y el tango, nos identifica. Eso es lo que le impresiona a la gente que viene de afuera. Todavía nos falta muchísimo más reconocer las cualidades y hermosura de lo que aquí se hace. Porque es una característica del uruguayo decir “No, qué va a tocar si se toma el ómnibus en la esquina de casa”. ¿Y el candombe? “No, pero si se tocan los tambores ahí en el Barrio Sur”. Hasta que de afuera se ganan premios, o Jorge se gana un Oscar, o los NTVG y El Cuarteto de Nos reciben ese reconocimiento en el exterior.  Tocar bien cualquier instrumento requiere de mucho esfuerzo. Por más que ves tocar a Hugo y parece que no les da ningún trabajo hacerlo, pero hay una vida con ese instrumento. No hay una conciencia muy grande del esfuerzo que eso implica. Y sí, tocar bien jazz, Debussy, Mozart, Bach, una plena, una vidalita, una milonga implica un esfuerzo.  Pero frente a eso, ¿dónde nos destacamos nosotros? En la originalidad de esa combinación de sonidos, en la particularidad que tiene frente a otras propuestas. A mí me ha pasado de salir de gira con Rada o con Jaime, o de ir a Europa y tocar algo que aquí tocamos todos los días y gente, público o músicos muy salados para mí, quedar maravillados. ¿Por qué? Porque acá se toca de una forma que no se toca en otros lados. Te dije que eso ha cambiado pero si pudiéramos potenciar todavía más esa cualidad que tenemos… Porque el planeta es enorme y está lleno de músicas. Por eso es una bendición que en este país tan chiquito donde nosotros vivimos además haya estilos que nos identifican perfecto. Por más que después tengamos que estar compartiendo cosas porque tenemos hermanos grandes, poderosos, que se mimetizan de las cosas buenas, afortunadamente, y muchas veces se adueñan. Pero eso es de aquí. Es divino. Entonces a cualquier extranjero le puedo decir que vaya a Las Llamadas, o si es verano, al Teatro de Verano, o a una Milonga.

Cuando alguien desconocido viene y te dice que le gusta tu música, ¿para vos es menos desconocido o no?

Sin duda que sí. A través de los sonidos yo estoy hablando con el corazón, expresando cosas que siento muy profundo. Claro, vos me hacés esta pregunta y yo digo “claro, si hay un individuo que escuchando eso se identifica o gusta de eso que está pasando, está gustando de algo que sale muy de adentro mío, ¿no?” Yo tendría que hacer como una regresión muy grande en toda mi vida y tratar de buscar algún hecho en el que me haya encontrado con alguien que se haya aproximado a mí por la música y que yo no haya tenido feeling… por la contraria, ¿no?

¿A vos te pasa que escuchando la música hecha por alguien te parece que un poco lo conocés a ese músico?

Mirá, lo primero que se me viene a la mente es la música de Jaco Pastorius. Cuando se murió yo estaba muy enojado con él. Porque lo matan muy joven y yo decía: “¿Cómo puede ser? Un individuo que toca así, con ese talento, con ese don, que haya desperdiciado su futuro, su vida, todo lo que nos podría haber dado si no hubiese pasado eso”. Y en mí, algo muy personal, lo perdoné cuando me enteré que tenía una patología. Ahí sentí que yo había sido muy injusto. Y me pregunto, ¿yo habría sido amigo de Jaco? Sé que conocí al hijo y que en un disco sacado por Neil Weiss hay un tema en el que toco yo y en otro toca el hijo de Jaco. Y el gurí es divino… No sé, a mí me gusta Miles Davis y he leído cosas de él que no me copan mucho. Es reflexiva la pregunta. No sé si todos. Al menos en ese tipo de lenguaje sí hay afinidad.

Cuando tocás con Miguel, ¿qué sentís que aporta a tu música?

Nos peleamos pila.

Sé que se pelean pila [Risas]. Pero imagino que por algo le decís que toque contigo.

Hay una sincronía con Miguel única. Nos sabemos todo los dos. Miguel es un año y medio menor que yo. Entonces, obviamente, nos criamos juntos. Ahora últimamente ya no nos estamos peleando [más risas]. En el escenario, en lo que tiene que ver con la música, él es el batero. Y es al tipo al que convoco primero. Si en la banda no está Miguel es porque Miguel no puede, no porque yo no lo haya llamado.

Creo recordar una Zitarrosa en la que Miguel metió palo a lo loco y vos ponías cara de que se le había ido la mano.

Dentro de lo que tiene que ver con esto que hablamos de las peleas, tenemos peleas como cualquier hermano, pero en lo musical tuve mucho debate con Miguel en lo que era la dinámica y el volumen. Aquel atorrante se pone algodones en los oídos desde hace pila, cuidándose los oídos, y después pide monitoreo fuertísimo y nos mata a palos. Entonces yo le decía: “Vo, ¡sacate los algodones de los oídos; nos estás matando a palos!”. Con todo el amor, ¿viste? Así. Pero en la última Zitarrosa, del año pasado, yo le pedí lo contrario: “Vo, loco, quiero que repartas, que toques fuerte. Y cuando hicimos la prueba de sonido le decía: “No, Miguel. Más fuerte, repartí, repartí”.  Pero bueno, en mi trabajo manejo mucho las dinámicas. La batería es un instrumento con un volumen natural fuerte. Hay individuos que tienen muchas cualidades rítmicas y todo pero de repente tocan a un volumen muy parejo y yo necesito dinámicas.

Miguel suele tener que leer mucho con los demás músicos que toca. Me imagino que cuando toca contigo debe de disfrutar no tener que leer.

Tocamos juntos la semana pasada y pasamos fantástico, divino. Y él me conoce. Conoce todo mi repertorio pero me conoce a mí. Puedo estar tocando algo nuevo que él ve mi cara, mi postura o mi gesto y ya sabe, telepáticamente.

¿Y Julieta qué le aporta a tu música?

¿Tenés tiempo? [Risas]. Yo empiezo a hablar de Juli y… cuando veo que la gente ya empezó a mirar para otro lado o a bostezar tengo que parar. Mirá, Juli hoy está tocando mucho guitarra. Empezó tocando percusión; sigue siendo bajista. Y ahora arrancó a aprenderse mis temas, pero no para ser parte del concierto, que ha sido ya, como bajista, sino que me pide las cosas como las toco yo. Cuando hablábamos de identidad y hablábamos de búsqueda, de repente es eso lo que me seduce. No cuando veo un bajista que puedo calificarlo como impresionante porque tira fuegos artificiales. Lo que más me seduce es cuando veo a alguien que toca algo que no lo vi en otro lado. Creo que de la forma que yo compongo con el bajo tiene una particularidad, al punto que uno de los mejores elogios que puedo recibir es que alguien me diga: “Escuché el disco de fulano, ¿vos sos el que tocás el bajo?”, sin haber leído la ficha técnica. Y puede sonar un poco pillado pero con objetividad te digo que sé que la manera en que yo hago las inversiones, cuando no estoy como bajista, cuando estoy haciendo acordes, la manera que tengo de invertir y de mover mis dedos, tanto la mano izquierda como la derecha, tiene esa cuota de originalidad. Y cuando toca Juli toca igual que yo. Y no hay un esfuerzo de mi lado. Yo jamás le pasé nada. Es ella que me pregunta y yo veo su atención y su aspiradora prendida. Después ella se va y labura sola, y me manda las filmaciones de lo que está haciendo.

Hace bien poquito tocamos en la Plaza de los Olímpicos, en Malvín. Reflotamos ese dúo Juli y Popo. Y tocamos muchos temas a dúo pero donde no era la función que yo hago habitualmente cuando toco con el grupo y Juli haciendo lo que ella hace cuando toca como bajista. No, era Juli haciendo lo que yo hacía. Es más, ella me sacó mi bajo de seis cuerdas y yo me llevé uno de cinco cuerdas con la misma afinación. Y me impresiona eso… Hay una emoción que tiene que ver con la inmortalidad. Somos finitos. Nuestros trabajos pueden perdurar un mes, dos meses, o nada. Con Juli tenemos, sin dudas, un amor incondicional gigantesco el uno del otro pero me emociona que ella está tocando esas cosas que no sé si alguien más se va a tomar el trabajo de estudiarlas y analizarlas e interpretarlas así. Ahora está pasando esto. Cumplí 60 años y me aporta ver reflejado en un ser que adoro esa cosa de “bueno, al menos cuando yo palme, va a haber alguien que va a seguir tocando esas cosas de la misma forma que yo”. La emoción que me produce es muy grande.

***

Como decía al comienzo de esta nota, Popo Romano se presentará el 21 de octubre a las 21 horas en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre. El espectáculo se llama “En Esencia”. Las entradas se venden en Tickantel y atentos que hay descuentos para anticipadas y otros beneficios.

Foto de portada: cortesía de la producción.

Entrevistadora: Patricia Schiavone

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