Entrevista a Nandor Nácar

Foto Nandor Nácar

¿Quiénes forman la banda Nandor Nácar?

En la actualidad, la formación de Nandor Nácar está compuesta por:
Agustín Cáceres (guitarra y voz)
Gabriela Cano (voz, flauta traversa y saxofón)
Flavio Giordano (bajo) y
Marcos Berón (batería).

¿De dónde surge el nombre de la banda?

Surge a partir de dos palabras con un gran contenido espiritual. La palabra “Nandor” es extraída del libro “El Silmarillion”; representa a unos seres mitológicos, que rechazan la vida en la ciudad para vivir en pleno contacto con la naturaleza. Es a partir de esa vida natural y de plena búsqueda espiritual donde desarrollan saberes relacionados a la curación a partir de hierbas. Además, los Nandor eran seres que hacían una música que se podía oír hasta abajo del agua.

La palabra “Nácar” representa la regeneración y potencia la sensibilidad. Representa la conjunción armónica entre la Luna y Venus.

La unión de estas dos palabras de alto poder espiritual nos representa, ya que nuestro sonido se encuentra enraizado con la música de nuestra región, sumada a la música de nuestra principales influencias, volviendo a esos sonidos pero trayendo algo nuevo, regenerando esa raíz musical, desde nuestro propio sentir y nuestro propio camino musical y poético.

¿Qué tipo de música hacen?

Tal vez la mejor respuesta para esta pregunta sea definir el estilo de la banda como una especie de “Rock Influenciado”. Las canciones contienen un sonido rockero, en su gran mayoría, pero cada una de ellas, guarda una interesante relación con otros estilos, tal vez fuera del rock tradicional. Por ejemplo, la canción “París” tiene una variación rítmica muy particular, que lleva a la canción a la estructura de un vals. O la canción “Dos Sanduceros en Praga”, que tiene un corte rítmico que se puede entender como chacarera. Pero a la vez la textura armónica de las canciones está construida desde conceptos muy jazzeros. Por esto mismo es que es bueno definirnos como un estilo de “Rock influenciado”.

¿Quiénes son sus influencias musicales más notorias?

Son muchas. Cada uno de nosotros tenemos una amplia lista de música y músicos que influyen en nuestro sonido. Pero a la hora de nombrar algunas ponemos énfasis en la música que ha ido construyendo el sonido de nuestra región y el sonido de Paysandú. Uno de los principales artistas que marca el sonido de nuestro lugar es Aníbal Sampayo, por esto es que en cada presentación de Nandor Nácar, tocamos una versión de algunas de sus canciones. También bandas como “Aprenda Electrónica en15 Días”, “Desolángeles”, entre otros.

En cuanto al sonido que la banda despliega actualmente, hay una gran influencia del rock progresivo y sinfónico. El sonido rockero característico de los años 60 y 70, con bandas como “Invisible” y todo el gran legado que nos dejó Spinetta en sus diferentes etapas. Y tal vez la incorporación del sonido de una flauta traversa en el sonido rockero, hable claramente de influencias como Jethro Tull.

¿Cómo empezaron a tocar juntos? ¿Hace cuánto tiempo?

La banda surge a comienzos del año 2015, siendo fundada por los integrantes Agustín Cáceres y Flavio Giordano, en el marco de una comprometida búsqueda de conocer a fondo los sonidos que nos representaban como seres y como región. En esta etapa de inicio de la banda, el sonido era acústico, integrando por una guitarra acústica, violoncello, saxofón, cajón peruano y dos voces. Pero a lo largo de estos años, como resultado del camino creativo que fue generándose en la banda, actualmente, en abril de este año, llegamos a este formato eléctrico.

¿Tienen grabaciones en formato de disco o video?

Ahora estamos en el proceso de grabación del primer disco, en el estudio “La Colina Records” de Paysandú. Pero tenemos en nuestro canal de YouTube, algunos videos de algunos conciertos en vivo.

¿Qué de la experiencia musical es lo que los impulsa a dedicarse a esto?

Los que realmente nos impulsa es el amor eterno a la música. La experiencia nos va alimentando ese amor constantemente y nos reafirma en este sueño de vivir transmitiendo a partir de nuestras canciones, desde una transparencia absoluta. Sentimos que cada vez que estamos sobre un escenario nos podemos mostrar tal como somos y eso es algo hermoso y profundamente mágico. Por eso mismo es que estamos muy felices de esta oportunidad de mostrarnos desde nuestra música en Montevideo, en una hermosa sala, como es la sala Hugo Balzo del SODRE.

¿Desde qué lugar emocional componen los temas?

Desde varios puntos emocionales diferentes. Pero sin dudas que el máximo desafío se encuentra en una apuesta incondicional a la belleza y la esperanza. Si bien hay canciones que tal vez surgieron en momentos de enojo, buscamos la transmutación de esa energía y transmitir nuestro sentir posicionándonos en un lugar que aporte a la belleza universal y a las emociones puras de esperanza y cambio. Creo que el lugar donde más nos encontramos identificados a la hora de componer y transmitir es desde el amor, sintiendo al amor como la fuerza más poderosa y cristalina, siendo la fuerza que de verdad puede producir cambios en nosotros y en los demás.

¿Hay alguno de ustedes que es más responsable que otros de la composición, de los arreglos o de las letras?

Si bien las canciones del repertorio son escritas por Agustín Cáceres, esta etapa de composición y de arreglos se va generando entre toda la banda. Los ensayos son momentos de intercambio puro. Cuando trabajamos sobre una canción van surgiendo sugerencias por parte de cualquier integrante de la banda, y se van viendo y trabajando. Es apropiado decir que cada uno de los integrantes de la banda trabaja en pro de la música, para que esta sea la total protagonista y las canciones luzcan la belleza que merecen y que se merecen las personas que nos van a escuchar.

¿A qué aspectos de la música le ponen especial cuidado al preparar un toque en vivo?

Ponemos énfasis en generar un espectáculo sólido, que tenga un hilo conductor de comienzo a fin. En este momento nuestro espectáculo tiene una equilibrada relación entre la poesía, la música y aspectos audiovisuales que colaboran en la generación de un ambiente interesante en todo el show.

 

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“Paysandú en la Balzo” es una propuesta integradora que prestigiará y dará más visibilidad a muchos artistas talentosos, y que permitirá además el reencuentro con otros músicos que ya son referentes, y que están comprometidos con el crecimientos artístico de Paysandú.

El Ciclo es gestionado por la Intendencia Departamental de Paysandú y el Auditorio Nacional del Sodre. Con el apoyo de la Dirección de Cultural de MEC, a través de la Usina Cultural de Paysandú.

Fotos: gentileza de la producción.

Entrevista por: Patricia Schiavone

Fecha: Setiembre 2019.

“Cada escenario es como un nuevo juego”. Entrevista a Rossana Taddei.

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¿Cómo surge este toque del Solís? ¿Tenés algún propósito especial para este show?

Este Solís surge de una manera muy sorpresiva, porque nos avisan en enero que disponemos de la sala para hacer el concierto que corresponde al Fortalecimiento de las Artes. Inclusive la idea es que todos los que nos hemos anotado para el Fortalecimiento para este año podamos hacer los conciertos antes del segundo llamado, que se hará este año. Así es que construyen esta modalidad, que me parece súper linda, que es la de las duplas. Por eso tuve esta gran suerte y alegría de que me tocara compartir escenario con Nico.

Como me enteré en enero, la información casi que me está cayendo ahora, inclusive cuando charlo contigo, y voy tomando conciencia rápidamente de que en febrero vamos a estar haciendo un Solís. Cuando en realidad a un Solís uno lo prepara con un año de anticipación. Ya tocamos dos veces ahí y tenés que pedir la sala y tener también la suerte de que justo haya disponibilidad e interés por parte de la programación en tu espectáculo. Entonces, que te la ofrezcan para el programa de Fortalecimiento de las Artes es como algo que cae del cielo de golpe, y que no te da mucho tiempo para toda la maquinaria de difundir, generar muchas entrevistas, o lo que sea para poder llenar esta sala. Me lo estoy tomando con muchísimo relax, como que es una fiesta, un encuentro con Nico y con la banda. Es un hermoso regalo, en una de las salas más lindas de Uruguay. En ese contexto vamos a estar tocando con la banda: Cheche en la batería, Alejandro Moya en el bajo, Santiago Montoro en la guitarra y Gastón Ackermann en trompeta y teclados. Al disco “Cuerpo Eléctrico” lo grabamos con dos guitarristas: con Santiago Montoro y con Alejandro “Cubano” Reyes, y vamos alternando en los shows en vivo, según su disponibilidad.

Seguimos presentando nuestro disco “Cuerpo Eléctrico”. Voy a disfrutar nuevamente de presentar las canciones del nuevo disco y algunas canciones del disco anterior, “Semillas”. Estos discos salieron muy cerca uno del otro y siguen coexistiendo, porque nos sigue emocionando tocar canciones del disco anterior que es muy fresco, y obviamente estamos con toda la energía para el disco nuevo.

¿Cuándo dejás de cantar una canción? ¿Cuando te deja de emocionar?

Sí, pero es difícil que ocurra. Salvo que uno haya cambiado mucho en su paisaje interno, como para que la canción ya no te emocione. Si son canciones de mi autoría, sucede que a veces no las siento en un momento determinado. Porque es un sentimiento muy puntual en el que deambula la poesía, o temática, o el texto, y a veces pasan los años y uno cambió tanto que se aleja de determinadas palabras, sensaciones, emociones.

¿Has, por ejemplo, reconstruido canciones viejas?

Sí, y a veces las modifico en el vivo. O canciones que están en construcción, se terminan de construir en el vivo. Me gusta el desafío o la adrenalina que genera eso. No ir con todo pronto. Es decir, tenés un repertorio que repetís, porque hay una médula de los conciertos que es un repertorio que vengo cantando hace muchos años, ¿verdad? pero dentro de ese concierto lo que mantiene la llama encendida es incorporar cosas nuevas, mías o de otros autores que nos gusta versionar, o a veces hacer directamente covers. O sea, tocar el tema entero como es. Eso me está pasando ahora con un tema de Gustavo Cerati, el tema “Magia”. Con esta canción me estoy sintiendo en una aventura nueva que es sacar el tema tal cual es. En general yo los saco como son pero rápidamente les busco una versión. En este estoy tratando de seguirlo porque me encanta el tema. En mi disco anterior hay otro tema de Cerati, “Cactus”. Hace un par de años que vengo escuchándolo mucho y profundizando en sus letras. Me conmueve mucho su música.

De las canciones que ya no me emocionan lo que me pasa es que o las reversiono, y trato de modificarles alguna cosa que me rechina, o le cambio la estructura, o le agrego una cita, por ejemplo. Pero no me pasa que haya canciones que dejé de tocar y no tocaría nunca. En general a las que fueron grabadas les conservo mucho afecto.

Cuando uno te ve en el escenario da la sensación de que sos una mujer completamente libre, que no permitís que las cosas te limiten. ¿Es tan así?

En el territorio escenario, territorio de arte, sí. Me nace funcionar de esa manera, y me gusta. Es un sitio también que transito desde muy niña. Empecé a los ocho años. Y creo que a los nueve tuve la primera aparición con un grupo frente a un público muy numeroso y en familia. Es como un territorio familiar. No me asusta, no es como el que llega a estas tareas con miedo, o más grande. Nunca tuve la oportunidad de poder sentir ese miedo que te puede paralizar o una de esas experiencias que te pueden traumatizar en los comienzos. Es un lugar que ya lo habito desde la libertad, desde la conexión con la niña, y me siento muy segura en ese espacio. Pienso que a muchos actores del palo del teatro les pasa, dentro de ese contexto, que es ese espacio en el que vos te podés permitir todo lo que tenés ganas de hacer.

Es cierto que siempre hay un observar la platea. Es como si hubieran varios hilitos conectando entre lo que estás haciendo, que es de un plano ligado a lo emocional y la energía, intangible, y la audiencia. Hay momentos de gran conexión en los que puedo llegar a decir: “Pah, estoy sintiendo a toda esta platea”. Hay como una medida de hasta dónde vos podés soltar toda esa libertad, para que haya un equilibrio y no haya una desmesura. Es un juego difícil de expresar con palabras porque ocurre en ese plano invisible. Entonces cada escenario es como un nuevo juego, una nueva experiencia. Pero siempre es desde ese lugar de disfrutar.

Si las condiciones técnicas son buenísimas, la posibilidad de improvisar y jugar en ese plano que estamos hablando se amplifican. Porque estás haciendo de canal entre la música y el otro que la recibe, que es un hecho de entrega, de amor, de energía a través de la música. Y si tenés todas las condiciones a favor (por poner un ejemplo, buen retorno, o sea que te escuchás bien), estás calmo a nivel técnico, en el otro plano de realizar tu acción artística estás mucho más libre y abierto que si no tenés eso. También influye si alguien de la banda no está bien. Son muchísimas piezas y cuanto mejor está todo, mucho mejor. Inclusive influye la disposición y apertura del público.

Si tuvieras que definir cuánto porcentaje de tu atención está en el público, en las letras y la guitarra, y en los demás músicos, ¿cuánto sería?

Va alternando y es algo que sucede. No es que yo ponga intención. Mi única acción es estar atenta a eso, abriendo los canales. Y los canales van pasando según los momentos. Presto mucha atención, sí, a cómo está el equipo. Por eso el dúo funciona con tanta fluidez, porque son dos personas. Cuando son tres ya son más almas ahí. Cuanto más grande es el marco quizás yo estoy más repartida en la atención. A veces pienso que debería cortar esos canales pero no podés, porque es un hecho colectivo, y vos estás al timón, porque estás manejando el barquito, pero estás pensando hasta qué está haciendo el iluminador.

¡Siempre me pregunté si los músicos eran conscientes de lo que hacía el iluminador!

Sí, con los años se van abriendo más canales. En el primer concierto te diré que no sabía ni que había un iluminador, obviamente. Pero a medida que vas avanzando vas entendiendo que aquello es un colectivo y que no termina donde estás parado. Es un colectivo que tiene muchas ramificaciones. Y a ese colectivo se le suma la platea. O sea, el hecho de la música en vivo reúne un montón de partes. Y cuando todas están en su mejor momento, es “aquel concierto”. Esas cosas suceden.

Bueno, sucedió cuando presentamos “Cuerpo Eléctrico” en el Auditorio del Sodre, que es una sala con toda la técnica. El sonido lo hizo Gonzalo Novoa y las luces Claudia Sánchez, que siempre trabajo con ella. Y también proyecciones, que están relacionadas, que sostienen el arte del disco, que las hizo Vika Fleitas.

¿Es cierta la anécdota del colibrí?

Sí, el colibrí entró en nuestro ensayo en casa, y revoloteó y revoloteó hasta que se cansó y se agarró de un tapiz, y se empezó a caer y se desmayó en mi mano. Yo justo había preparado para él un agua con azúcar, pensando en poder asistirlo cuando bajara, y después lo llevé al jardín a ver si libaba alguna de las campanitas que tengo por ahí… pero nada. De a poquito empezó a tomar agua y agarró energía enseguida, porque ellos tienen que tomar cada 20 minutos, porque con el aleteo consumen mucha energía. Ahí ya se recuperó. Y justo estaba Camilo, que sacó fotos, y esas son las fotos del arte del disco.

Al otro día puse un bebedero y vino y siguió viniendo. Esto pasó hace un año y pico ya y a ese bebedero siguen viniendo. No sé si es él, porque después se trajo a otros y se hizo una comunidad.

Nico Ibarburu comentó que compusieron un par de temas juntos.

Sí, son dos temas: “Si se diera” y “Quise todo”. La letra es mía y la música es de Nico. Cuando compusimos “Quise todo” él tocó unas cosas maravillosamente elaboradas, que después cuando yo lo seguí tocando sola lo simplifiqué. Él no tocó en la grabación pero la música es de él. Y claro que cuando la tocaba él tenía mucho más vuelo, porque es una bestia.

¿Ya tocaron juntos en algún show antes?

Sí, tocamos. Lo invité muchas veces. Hubo un momento que tocó bastante conmigo. Tengo el recuerdo de que tocamos en El Notariado presentando un disco; en el disco “Alas de Mariposa” tocaron él y el hermano; y muchas participaciones como invitado en discos. Tengo recuerdos de esos momentos cuando componíamos, tomando tecito de Cedrón.

Soy muy fan de los hermanos. Los voy a ver siempre que puedo. Ahora los acabo de ir a ver a Punta del Este. ¡Te explota el cerebro! Tocan la primera nota y ya estás colgado en una estrella volando, y después bajan del escenario y vos seguís en la estrella y les vas a decir algo y ellos te dicen “Hola, ¿cómo te va?”, como diciendo “no pasa nada”. Y vos estás dando vueltas en el universo. Qué fuerte. Qué belleza.

¿Cuerpo eléctrico qué carácter tiene?

Bueno, es rock and roll. En el 88, después de la dictadura, aparecen todas las bandas de rock and roll. Ese movimiento fue muy intenso y fue lo que yo viví en mi juventud. Nosotros recién veníamos saliendo del folclore y estábamos empezando a componer cosas influenciados también por el rock argentino, y empezamos con la banda Camarón Bombay. A las canciones las componía Claudio. Yo componía pero todavía no me animaba mucho a mostrarlas, y las guardaba. Esa banda era una banda de rock and roll con cierto corte latino. Tenía guitarras con distorsiones, batería rockera, viola con muchos riffs y aquellas congas. Fue la primera banda aquí sonando con esa cosa de caños y latino, tirando para ese lado. Este disco, “Cuerpo eléctrico”, tiene toda esa energía, un volver a, o un fractal, de ese momento. Así que vengo trabajando el homenaje a “Semillas” y a la veta más rockera.

Sucede que donde vivo hace tres años hay mucha paz. En invierno es súper calmo y hay mucho silencio. Y salimos de un “Semillas” que es bastante minimalista en cuanto al concepto. Entonces, empecé a componer con las ganas de hacer un poco más de ruido, con distorsión. Y claro, ya cuando componés con la guitarra eléctrica cambia todo, y con un poquito de distorsión ya empiezan a funcionar los riffs, y melodías un poco más acotadas en cuanto a la tesitura, no jugando mucho ni en graves ni en agudos, y textos que mezclan la ciudad y el entorno más natural.

¿Pintás?

Sí, pinto y hago bordado. Y me gusta comparar estos procesos porque tienen cosas parecidas. Si bien en la música a veces es más difícil entenderlo porque no es tangible. Pero hacés una melodía, que es en el aire y es una energía. Pero cuando lo querés ver o visualizar si esa melodía es un color o un trazo, o una pintura: ¿Qué pintura es? ¿Es un acrílico o un óleo? ¿Es una composición donde tenés que hacer capas y esperar que sequen o es una composición que es un acrílico, que vos lo podés sobrepasar con otro color porque seca muy rápido. O es como un óleo en el que tenés que estar un mes esperando a que seque y ver ¿qué hago con esta letra? ¿La cambio? ¿La conservo? Y pasa todo eso junto, según con qué elemento te ponés a crear. Así, con la guitarra distorsionada y las impresiones y sensaciones, fue saliendo. Pero si agarrás un charanguito, un ukelele, o un xilofón, sale para otro lado.

A mí me gusta esto. Por ejemplo yo no domino el piano pero componiendo con un piano salió “Anémona” que canto con Sarita [Sara Sabah] en el disco, y ese tema no es rockero. Quedó otra cosa, una mezcla que parece un clavicémbalo y una melodía que parece una mezcla de Levrero y Leo Maslíah. A ese tema lo quise incluir porque estuvo en la camada de todos pero la diferencia es que fue parido con un piano.

En el disco además de invitar a Sarita en ese tema, invité a Mandrake Wolf en “Fábrica”, y tengo dos temas en coautoría con el Moya: “Fábrica” y “Destellos”.

En esas dos pasaron cosas muy mágicas. Un día estaba en Facebook mirando muros, que viste que entrás como en un túnel, y termino en el muro de Moya, que me encantan las cosas que publica. Ese día él publicó: “Nuestra mente es como una fábrica abandonada, con recovecos, pasillos y pisos enteros que desconocemos. Nos movemos a tientas con el ritmo permanente de pisar vidrios rotos o caer por la escalera”. Y dije: “¡esto es genial!”. Empecé a escribirlo y después seguí: “Las canciones son flores, lámparas iluminando emociones…” y se arma “Fábrica”. Esos días nos juntamos mucho a tallerear. Entonces llega Moya y le digo: “tengo un tema nuevo, ¿a ver si te gusta? Y arranco. Y me quedó mirando… claro, le sonaba, ¡si lo escribió él! El Moya es como un hermano. Llevamos toda la vida laburando juntos. ¡Él tocó en “Tu luz violeta”!

Con “Destellos”, en una de esas juntadas, él empieza a tocar una línea de bajo. Yo volvía de caminar por la playa y había anotado toda una letra, ¡y coincidió perfecto! Esto me ha pasado en otras coautorías o coproducciones, que lo que toca tu amigo coincide perfectamente con lo que escribiste. Yo piro. Y me emociona mucho. Cuando estás en armonía con el equipo ocurren estos milagros, cosas que parece que se armaran en el inconsciente colectivo.

Con Gustavo Etchenique pasarán esas cosas también, ¿no?

Claro. Con él pasan esas cosas multiplicadas, porque hay un convivir, entonces a nivel inconsciente estamos en contacto.

¿En la convivencia está la música o la música es solo en el estudio y no en el cotidiano?

La música está siempre. Pasa, por ejemplo, que estamos preparando un almuerzo pero estamos hablando de música y de todo lo que tiene que ver con eso. Viste todas las patas que tiene el hecho de ser músico, ¿no? Está la parte donde vos construís un espectáculo, hacés la producción, contactás con quiénes vas a tocar, organizás los horarios de ensayo, las entrevistas, etc. Y al mismo tiempo hay una agenda para el año, que hay que ir organizando. Este año vamos a estar tocando en Santiago de Cuba, en un festival donde vamos a representar con otros colegas a Uruguay, vamos México, luego volvemos, y después, en octubre, nos vamos a París.

 

Como dijo Rossana, “podríamos hablar horas”. Pero en la habitación de al lado la esperaban para ensayar, así que le pusimos un punto final a esa charla que ofrecía muchísimas puntas para seguir intercambiando.

El encuentro musical con Rossana Taddei y Nicolás Ibarburu es el sábado 9 de febrero en el Teatro Solís. Sin lugar a dudas será una fiesta.

 

Foto de portada: gentileza de la producción.

 

La música no es para entenderla, es para sentirla. Entrevista a Nicolás Ibarburu.

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En el Teatro Solís, el 9 de febrero, a las 20:00 horas, en el marco de “MVD de las Artes, del Programa Fortalecimiento de las Artes del Departamento de Cultura”, en coordinación con la Asociación Uruguaya de Músicos (AUDEM) y el Sindicato de Músicos y Afines (Agremyarte), se presentará el show: Nicolás Ibarburu & Rossana Taddei. La curiosidad sobre este espectáculo fue el disparador de esta conversación, con uno de los músicos más maravillosos que tiene este bendito país: el gran Nicolás Ibarburu.

 

¿Qué te resulta interesante de este show que van a hacer en El Solís el 9 de febrero?

Por un lado, la instancia de compartir con Rossana, que es una amiga querida de hace muchos años. De hecho tenemos un par de temas que hicimos juntos. Y por otro, seguir haciendo lo que vengo haciendo, que por suerte le vengo agarrando cada vez más el gusto.

En esta oportunidad va a ser un formato más reducido: un cuarteto. En realidad me siento más cómodo. Porque al principio uno trata de cubrir sus inseguridades con más amigos y obviamente que la banda grande es un swing, porque dos guitarras, flauta, dos teclas y percu te abre un montón el abanico sonoro. Al no tener tremenda potencia vocal, uno cree que está más resguardado llenándose de músicos… pero no es tan así. Ahora estoy explorando algo diferente, un poco más de aire.

¿Ese aire qué te da a vos?

Me gusta tener más aire para lo que pueda tocar en la guitarra y me gusta la sonoridad un poco más minimalista, digamos.

¿Esta vez quiénes tocan contigo?

Martín Ibarburu en la batería, Fernando “Pomo” Vera en el bajo y Manuel Contrera en las teclas. Vamos a hacer las canciones de “Casa Rodante”, algunas de “Anfibio” y también algunas músicas nuevas que venimos cocinando para un próximo disco.

También es la excusa para encontrarnos, porque es la banda pero también son hermanos de la vida y siempre es un festejo juntarnos.

¿Cómo es que te surgen las ganas de cantar en un primer momento?

Bueno, uno siempre canta en situaciones, como los asados y eso. El canto es de todos los seres humanos. Eso es algo que tuve que reaprender. Porque hubo un momento en que yo mismo me censuré para cantar. Creo que mi peor enemigo fui yo mismo, como nos pasa mucho a los seres humanos. Pero siempre sentí el disfrute de la sensación física de cantar. A la vez, siempre mi mayor autocrítica fue con el canto. Que a la vez es algo que nos ocurre a todos. ¿Viste que la primera vez que te sentís la voz grabada es terrible? Como hablaba con un amigo que es foniatra, cuando uno cambia la voz, en la adolescencia, uno trata de seguir dando la voz aguda que tenés cuando sos niño, pero las cuerdas vocales se engrosaron. Y a mí me pasó eso con el canto.

Aunque al principio no cantaba en público, siempre compuse canciones cantadas. En un momento me di cuenta de que las hacía re agudas y me quedaban re tirantes. Claro, quería mantener esa voz de los 12 o 13 años. Cuando encontré el guitarrón fue alucinante porque con él naturalmente bajás todas las tonalidades.

Tengo muchos recuerdos relativos al canto, por ejemplo, con la banda de Jaime Roos. Antes de salir a tocar, siempre cantábamos dos o tres murgas viejas en el camarín, como de camaradería. Y me acuerdo de estar cantando y sentir esa emoción, esa mística increíble que se da al cantar. También mi viejo salió en una murga de joven y conectaba mucho con todo eso y yo lo disfrutaba. Siempre sentí el disfrute y la profundidad de expresar con el canto… pero con demasiada autocrítica. Ahora, de a poquito, vengo bajando esa autocrítica y aceptándome más.

Cuando componías con letras, ¿no las cantabas? ¿Las cantaban otros?

Claro, o se las cantaba solo a mis amigos. De hecho en el segundo disco de Pepe González (“Febrero”), que yo tenía veinte años, canto en dos o tres temas. O sea que ya me estaba mandando algún paso en este sentido, aunque como estaba muy mal con mi aceptación, canté en los temas a medias con algún amigo. Con los años, cantar se me fue volviendo una necesidad. Se trata de no renunciar a ciertos sueños de uno. No se trataba de que fuera un éxito. También por dar lo mejor de uno e ir mejorando. Aceptarse no es solo cuestión de ampliar tu aceptación sino también de estudiar y mejorar tu performance.

En la Balzo, cuando cantaste en el show con Chapital, lloré de principio a fin de tu canción. Fue increíble el salto que diste con el canto en unos meses. ¿Qué pasó ahí?

Fui encontrándole el disfrute. También fui aprendiendo algunas cosas, como por ejemplo a manejar el micrófono. Además pasó que toqué tanto fondo que en un momento me dije: “Vo, si quiero tocar mis canciones, es ahora”. Te juro, hubo un momento en que pensé en no cantar más.

¿Cuál fue ese fondo?

Tristeza. Este año pasado fue muy fuerte para mí: separación, mudanza, se murió mi abuela que era muy querida, y los cuarenta. Ahora voy a cumplir 44.

[Risas] Yo tengo 49… impresionan pero en verdad adentro no se sienten.

Claro, para nada. Y creo que es ahora, estamos en la flor de la edad [más risas] pero a veces caen fichas como “no tengo todo el tiempo que quiero para hacer algunas cosas”.

También durante muchos años tuve una contradicción muy extraña: me daba cuenta de que necesitaba cantar mis canciones pero no sabía si iba a poder disfrutarlo.

Pero cuando cantás solo en tu casa lo re disfrutás, porque si no, ni se te ocurriría.

Sí, claro. Es eso.

¿Y cuando estás en el escenario qué pasa?

Pah, pasan muchas cosas. Me hiciste acordar a la película “Roma Amor”, de Woody Allen, en la que el loco canta bien en la ducha pero no en el escenario y le llevan una ducha al escenario. [Risas] Por ahí necesitaría eso, ¡una ducha! Hay que intentar hacerlo adentro, como una ducha interna.

También se aprende mucho de grandes maestros. Por ejemplo, tipos como Mandrake, que no son perfectos cantando pero a mí me encanta como canta. Tiene una soltura y a nivel de expresión es buenísimo. Lo prefiero a algunos cantantes súper técnicos que no te mueven nada.

¿Podrías tomar algo de tu relación con la guitarra y pasarlo a tu relación con el canto?

Tremenda pregunta. ¿Sabés? Me di cuenta de algo que me sirvió para desbloquear. Vi un tributo a Buscaglia que hicimos en la televisión, donde toqué dos temas de él. Con la guitarra muy seguido agarro la melodía y cambio la métrica, la hago a mi aire. Si vos la hacés tuya, muchas limitaciones se desvanecen. Y eso es lo que estoy tratando de hacer. Tratar de hacer en la voz esa adaptación que hago en la guitarra.

Cuando te veo con la guitarra, no parece que sean dos entidades. Son una sola. ¿Vos lo vivís así?

Sí, por momentos lo vivo así. La guitarra para mí es como parte de mí. Por ejemplo, cuando me siento algo desbalanceado, o enojado o triste, o re eufórico, agarro la viola. Con un amigo bromeábamos con el concepto de “guitairbag”. Cuando te vas a dar contra algo, agarrás la guitarra. Y sí… sin duda esa naturalidad que me pasa con la guitarra es completamente diferente con la voz. ¿Viste que para dormir hay gente que cuenta ovejas? Yo sigo tocando la viola.

Cuando logro eso mismo, esa conexión, con la voz me hace mucho bien. Es terapéutico, sanador.

Con la viola me pasa que me voy. Con la voz me voy dando cuenta de pequeñas cosas. En realidad lo importante termina siendo no estorbar. Es confiar y sin querer que te salga perfecto.

Hay una película alucinante, llamada “Contacto”. Una novela de Carl Sagan que la hicieron película. A los tipos les llega un plano para hacer una nave espacial y como ven que no tiene asientos, le ponen a la mina, que es Jodie Foster, una silla con un cinturón. Bueno, el cinto casi la mata. Es eso, a veces querer aferrarse, estar más seguro, es lo que más te obstaculiza.

Vos hablaste de tener éxito. ¿Qué más éxito se puede pedir que el que ya tenés vos con la música?

Estoy muy agradecido. Si a mí me hubieran dicho hace diez años que yo iba a tener dos discos míos e iba a poder tocar ahora en El Solís con Rossana como dos propuestas de cancioneros, a la par, más allá de que Rossana es una genia, que me lleva años luz en un montón de cosas… Para mí es alucinante.

Porque está el falso éxito, que nos tratan de encajar en la cabeza: que ser exitoso es hacer guita con la música, o la cantidad de personas que te van a ver, que seas masivo. A mí me importa el respeto de mis amigos, de mis colegas y las devoluciones que he tenido de la gente. Estar logrando cosas de a poquito, cantando, me llena de felicidad. En ese sentido sin duda me siento exitoso.  Y nunca transé ni transaré con hacer música que no me gusta, porque me haría muy infeliz. Imaginate que lo peor que puede pasarte es meter un hit con algo que no te gusta. Ahí te arruinás la vida, porque después tenés que volver a hacer esa fórmula.

Esta canción que termina y uno la tiene que volver a poner: “Mapa Tesoro”. ¿De qué habla?

En realidad está hecha para mi hijo y con mi hijo. Él me tiró un par de frases y todo. La hice desde un lugar de mucha tristeza, que atravesaba en aquel momento. Y a la vez habla también de la amistad, de parejas, pero primordialmente de mi hijo. Cuando dice “el mapa que encontré se volvió tesoro, se fundió en el oro de los ojos que te vieron crecer” es para mi hijo. Y también es para uno mismo. Cuando te ves crecer. El premio de poder usar lo malo para crecer.

¿Y el viento?

Bueno, la búsqueda de las canciones como para poder transitar las tormentas. Dice “aprendí a escuchar la canción del viento, por necesidad, como respirar, y eso que escuché se volvió velero”… o sea, para poder surfar el tsunami. En un momento entendí que venía por ahí, que yo inconscientemente tocaba para eso. Escuché canciones que había hecho antes y noté eso. Como una canción que le hice a una casa queridísima en Atlántida, otras que le hice a amores. Y cuando lo ves así, claro, pasa a ser una forma de vida.

Es muy fácil cuando pasa como nos pasó a nosotros cuando empezamos a tocar con Jaime, que haya veinte lucas de gente, te arman la viola, los pedales… en parte empezamos así. Y después de haber vivido todo eso, vas a hacer lo tuyo y con suerte hay dos mesas. Entonces te planteás por qué tocás. Y a la vez, la satisfacción es muy grande a medida que vas logrando que a alguien le guste un tema tuyo o que se acerque más gente a tus toques.

¿Y qué hay de tocar en el exterior?

Bueno, ahora estamos moviéndonos un poco en ese sentido. Incluso aprovechar que la imagen internacional de Uruguay ha cambiado mucho, en forma positiva (algo para reconocerles a los gobiernos del Frente, inclusive también al Maestro Tabárez). Pero también generar cosas desde acá.

En la época de Fito también era muy tentador quedarme allá. Sin embargo, me gusta vivir acá.

¿Cómo fue que Fito Páez te llamó para tocar con él? Vos eras un chiquilín.

Surreal. Fue en el 99 y 2000. Tenía 24, 25 años. Claro, ahí yo me había ido a la casa de Martín, que vivía en Holanda. Me llamó el manager de Fito a la casa de Martín. Creí que era joda. En un momento me pasó con Fito, que me tiró terrible onda. Para mí era como un sueño; no podía entender.

En aquel momento Fito era zarpado. Justo después de “Euforia”. Él había sacado “El Amor después del Amor”, “Circo Beat” y “Euforia”, que son los dos discos más zarpados de Fito. Y el tercero, que fue una recopilación en vivo de todo. Yo toqué en las presentaciones en vivo de los dos discos siguientes: “Abre” y “Rey Sol”. En estudio grabé en 9 temas del disco “Mi vida con ellas”. Fueron dos años increíbles.

¿Y Martín?

Martín hizo los últimos 15 shows, en el 2000. Ahí fue cuando Fito se abrió de la música unos meses y nos volvimos a tocar acá, con Jaime y demás. Pero fue increíble todo. Conocer a Guillermo Vadalá, Claudio Cardone (que tocaba también con Spinetta) y trabajar así, como en primera, en Argentina. Tremenda experiencia.

¿Cuánto público había en los shows?

El más zarpado que recuerdo fueron 120.000 personas. Además Fito de locatario, en Rosario. Era todo como muy delirante.

Hoy me siento muy identificado con la cosa más artesanal, de autogestión. Porque esas giras son muy impersonales. Inclusive toqué en muchas ciudades que no pude conocer. Ahora, en las giras de autogestión, vas y compartís. Siempre hacés talleres, te quedás en la casa de la gente, cocinás con ellos, te reciben con otro cariño, y eso ¡sabés cómo te alimenta! Obviamente tratando de cobrar lo que uno merece pero para mí ahora eso tiene más sentido que los contratos.

[Se hace el primer breve silencio en una hora de conversación… y Nico retoma una idea sobre el show del Solís]

Con respecto a este show, que vamos a hacer en El Solís, me gustaría aclararte que es un show de la banda de Rossana y de mi banda. Algún tema vamos a hacer juntos también pero la idea es que toquen las dos bandas.

[La banda de Rossana Taddei en esta oportunidad estará integrada por Gustavo Etchenique, Santiago Montoro, Alejandro Moya y Gastón Ackermann, y presentarán el trabajo “Cuerpo Eléctrico“]

¿Tocarán una banda primero y luego la otra o un poco y un poco?

Bueno… en realidad tuvimos una pelea porque los dos queríamos tocar primero [risas]. Al revés de siempre, ¿no? Es que para mí Rossana es alucinante. Tiene una conecta tremenda con la gente. ¡Cómo la hace cantar! Y con el Cheche, que es una hermosura verlos juntos. Un superpoder, porque es el amor y la música en su máximo esplendor. Cheche, que es uno de los mejores bateristas de la historia…

Bueno, vos también tenés a uno de los mejores bateristas de la historia.

¡Que fue alumno de Cheche! Yo no me puedo quejar [se ríe]. Ando flojito de batero.

¿Puedo hacerte otra pregunta con respecto a la guitarra?

Sí, claro.

Cuando estás tocando uno de esos solos que desarman el alma. Ahí algo tenés que pensar, ¿no? Pero… ¿estás pensando o no estás pensando?

Buena pregunta. Son como momentos. Yo puedo, por un tema de oficio y de muchos años de tocar, tocar un solo que esté más o menos bueno sin estar re colocado. Pero hay veces que logro otra cosa, que es como un viaje astral. Y ahora me doy cuenta de las cosas que me llevan ahí. Por ejemplo, hacer una especie de diálogo conmigo mismo. Tocar una frase y contestar esa frase yo mismo.

O cuando estoy en ese coloque, que no es siempre, a veces veo imágenes. Por suerte cada vez sé mejor cómo llegar. Es con el sentido melódico. Lo que me lleva ahí es escuchar a los demás instrumentos, estar conectado en esa sintonía, y viajar.

¿Qué tipo de imágenes ves?

A veces veo como los dibujos de la viola [hace gestos como que está tocando] pero como proyectados en colores, o en otras cosas.

¿En serio? [asombro de mi parte]

[Se ríe]. Bueno, debo reconocer que fumo bastante también [se ríe más].

¿Fumar para vos es necesario?

No, no es imprescindible. Es como un aliado en algunas situaciones. Por ejemplo, fuimos a tocar a La Cúpula de La Tahona, que es una cúpula de barro. Ahí tenés que entrar descalzo, se toca acústico, no hay amplificación, y veníamos de un día en que habíamos hecho meditación y para mí fue un viaje increíble, sin haber fumado nada. Pero cuando estás tocando en un boliche en el que prenden la licuadora… son sistemas para amortiguar.

¿Los músicos se conectan con un sentido diferente a los cinco?

Sí, yo creo que la música es una de las pruebas de que existe la telepatía. Obviamente en Occidente, con todo el escepticismo hemos retrocedido en ese tipo de potencialidades que hay en el ser humano. Cuando podemos cortar un poco el ego, el ¿qué piensan de mí?, ¿qué pienso de lo que piensan de mí?, si te podés alinear, afloran cosas que uno ni se imagina.

Y ahí el que te está escuchando se muere, porque si vos te conectás, podés ayudar al que escucha a conectarse también.

Fa, sí, lo que pasa con la música en ese sentido es muy fuerte. La música no es para entenderla, es para sentirla.

 

Entrevista por Patricia Schiavone
Fecha: 31 de enero de 2019

Publicada también en COOLTIVARTE.com.

Visita al planeta Sara Sabah, en el Ciclo Cuerdas

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Apenas sentarse, llamaba la atención la cantidad de lugares musicales dispuestos y la cantidad de micrófonos. A vuelo de pájaro, conté 9 lugares y 14 mics. Ese dato a secas no implica algo necesariamente, pero como sabíamos un poco de la trastienda de este concierto, ver eso desató un frotarme de manos ilusionado. Entonces, empecé a percibir que había algo diferente en estos minutos pre-show. Sentí que aquello vibraba a expectativa feliz generalizada, a algarabía. Más tarde, durante el toque, me fascinaría la atención sin distracciones, que no volara una mosca cuando no tenía que volar, que a nadie se le ocurriera hablar o comentar mientras sonaba la música. En resumen, el mejor público que un artista puede llegar a tener para una propuesta como esta.

Esto fue un viaje de principio a fin, con un código de belleza original: hubo dulzura que no empalagaba; fue impredecible y, sin embargo, se sintió cercano. El repertorio incluyó –pero no se limitó a– las canciones sefaradíes contenidas en el disco “Arvolera” (que actualmente puede escucharse en la página web http://www.sarasabah.com ).

Me asombró cómo desde el segundo uno la afinación de Sara Sabah fue perfecta y su centramiento musical, total, y a pesar del esfuerzo que seguramente eso le demandará, lo que transmitió desde el primer instante fue comodidad, sensibilidad, muchísimo sentimiento y alegría, diversión, disfrute del momento que se estaba generando y viviendo. Para mejor, la primera canción, “Tres ermanikas” ¡es una canción con una expansión vocal astronómica!

Ya desde aquí, desde el primer tema, la concentración de todos fue perfecta. El lugar desde el que arrancaron generando la vivencia colectiva fue de respeto, profesionalismo y esa mezcla justa de entregar y entregarse que logran quienes son músicos de corazón y tienen la suficiente maestría para confiar.

Y en cuanto a este corazón sentado en la butaca, alternó estos primeros minutos entre la alegría de un festejo y una tristeza que quizás sea ancestral, quién sabe. La combinación de una y otra, cambiando de instante a instante, durante buena parte del toque, fue una experiencia, y sacudida, nueva para mí.

El segundo tema, “Arvolera”, le infundió a ese recinto una fuerza abrumadora. El despliegue instrumental fue tan enorme que sentí la dificultad de poder prestarle la atención deseada a cada instrumento. Cuando mi atención se quería detener en el clarinete de Andrés Rubinstein, Nicolás Parrillo y Vittorio Bacchetta estaban haciendo una magia percutiva delirante, y Matías Craciun estaba descosiéndola en el violín, y Fede Righi marcando el carácter en forma magistral en el bajo, y las guitarras de Martín Ibarra y Gonzalo Durán entretejiéndose sabiamente… a veces complementándose, otras sonando juntas… y así todo el tiempo con todos los instrumentos. Tanto que fueron varias las veces que cerré los ojos para ver mejor.

Permítanme el atrevimiento de comentar que me cautivó la actitud profesional de Sara como música. Me refiero aquí al lugar desde el que hace su música en relación con los demás músicos: el relacionamiento en el escenario durante las canciones, los volúmenes al cantar, el cuidado con los sonidos que emanaban de todos los rincones…, en definitiva, la actitud de co-creación sinérgica, donde si bien hay un par de líderes (Sara y Fede), la performance es con el mismo espíritu, digamos, de una big band: nadie es más que nadie. Y todo con felicidad.

La contribución de todos los músicos fue increíble. ¡Los climas creados por todos! Matías Craciun con el violín transportó la sala entera a otra dimensión en muchísimas oportunidades. Lo mismo Andrés Rubinstein con el clarinete, y otros detalles. Fueron especiales los momentos en que tocaron juntos violín y clarinete, en esos registros de dulzura y profundidad. Gonzalo Durán y Martín Ibarra también fueron construyendo un universo de ondas, alternando entre ellos la tierra y el aire algunas veces o generando juntos corrientes impactantes. Del mismo modo los dos percusionistas aportaron un arte muy balanceado, no sobrecargando jamás, no tocando ni una sola nota superflua, y generando capas y subcapas rítmicas, afectivas. Debajo de todo y todos, el bajo alegre, profundo, decidido, groovy y cool de Righi. Y, evidentemente, detrás de toda esa magia, los arreglos hechos con amor y calidad, por Sara y Fede.

Íbamos unos 15 minutos de show, que habían sido exultantes, cuando Sara invitó a Juan Pablo Chapital a tocar con ella, a dúo, “Ríos furientes”. Él con su guitarra calada, con sus notas dulces y nostálgicas, realmente tocadas y sentidas, y ella con el sentimiento del mundo volcado en su voz magistral, haciendo unos malabares vocales maravillosos, nos conectaron, ahí mismo, con galaxias distantes.

En ese estado de éxtasis en el que nos tenían para ese entonces, llegó la siguiente invitada, con su voz privilegiada: Carmen Pi. Lo que hicieron estas dos mujeres fue una genialidad. Divinamente ajustadas entre sí, luciéndose a más no poder, desplegando todo el arte y toda la magia que se pueda desear escuchar.

El tema siguiente, que creo que se llamaba “Altísimo” (aunque para mí será “toma y bebe”) era como un rompecabezas musical, un desafío rítmico desde donde lo miraras, y sin embargo, no solo lo hicieron fluir cómodamente sino que además fue uno de los temas en que hicieron cantar al público.

Luego, Sara presentó a los músicos:

Matías Craciun (violín), Gonzalo Durán (guitarra), Martín Ibarra (guitarra), Nicolás Parrillo (percusión), Vittorio Bacchetta (percusión), Andrés Rubinstein (clarinete) y Federico Righi (bajo eléctrico).

A “Morenika” la conocía bien. La había escuchado muchas veces en los días anteriores al show y otra vez confirmé: un toque en vivo es una vivencia mucho más completa que una grabación, aunque sea una excelente, o aunque sea un video visualmente rico. Creo yo, puedo equivocarme, que cuando estamos en la misma sala que los instrumentos sonando, nos llegan al cuerpo las ondas vibratorias mucho más completamente que en un disco. No tengo prueba de esto… pero bueno, en resumen, las guitarras de Morenika me enamoraron completamente y quedé extasiada tratando de acomodar todo lo que sentía… pero no me darían mucho tiempo a acomodar nada porque poquito después entraba el siguiente invitado.

Pinocho Routin y Sara cantaron, con muchísimo amor, “Brisas” (compuesta por Hugo Fattoruso) acompañados divinamente por percusiones varias y las homenajeadas cuerdas, todo con una delicadeza superior.

Al momento siguiente, todos los músicos, incluido Pinocho Routin, cantaron sin micrófonos una canción de bodas, llamada “La Novia”, muy alegre y divertida.

El vaivén emocional continuaría con una canción de cuna, compuesta por Sara y Fede, y tocada por ellos y el enorme Nicolás Ibarburu. Me sigue impactando el poder emotivo que tienen las notas de una guitarra tocada así, como toca Nicolás. ¡No esperen que les explique lo inexplicable! Es algo que solo puede experimentarse, gozarse y quedarse admirado de cómo hace este ser para tener esa personalidad musical arrolladora.

A “Todas las palabras” también lo tenía muy escuchado pero, de nuevo, tomó una dimensión mucho más enorme en vivo. Martín Ibarra en la guitarra, Fede en bajo y Sara en voz lograron un entretejido de las tres sonoridades que no dejó ni un rincón del cuerpo inalterado.

Retornaron todos al escenario para tocar “La mal kazada del pastor”, que fue un festín en todo sentido: rítmico y melódico, para empezar, y el banquete de sonidos: el violín y el clarinete, cada uno por separado y al unísono, la percusión increíble de Parrillo y Bacchetta, más tantos detalles, como ser el triángulo, tocado aquí por Rubinstein… y todo sostenido por el bajo y las guitarras.

Como si a la noche le faltara pluralidad musical, ¡apareció un berimbau entre los chiches de Parrillo! ¡Fantástico! Así arrancó una nueva canción de bodas, a tres guitarras, para la que invitaron nuevamente a Nicolás Ibarburu. Gonzalo Durán sostuvo con una solidez impresionante esta canción en la que Martín Ibarra y Nicolás Ibarburu hicieron una especie de duelo maravilloso. La verdad que este tema le hizo mucho honor al nombre del Ciclo Cuerdas: tres guitarras, violín, bajo y berimbau. Simple: no queríamos que el tema terminara nunca.

El último tema, onda klezmer, fue otro festejo más, de la voz, de la música, de la vida, en el que Sara se lució a pleno.

Una mención aparte merece el equipo a cargo de Pablo Avellino. La paleta era enorme y sutil a la vez y se oyó absolutamente cada detalle con claridad y perfección. Los volúmenes entre instrumentos y cantantes suelen ser un desafío para los sonidistas uruguayos y Sara, para mejor, manejó una cantidad enorme de matices de volumen. Pues, lo cierto es que todo sonó como si fuera una grabación en el mejor estudio del mundo y mil veces masterizada.

Hubo bis, claro, y fue esa bonita canción que hemos venido escuchando en las redes: “La mar está en fortuna”. La generosidad sonora del planeta Sara Sabah se mantuvo hasta el último segundo y también la emocionalidad a tope, la delicadeza, la exquisitez, el cuidado, el amor hecho música.

Nada se repite jamás, por más que suceda dos veces. Lo que queda es agradecimiento real por la experiencia, admiración rotunda por cada uno de esos seres que pueden transmitir en forma de sonidos verdades humanas eternas, para algunas de las cuales ni siquiera tenemos palabras, pero sin duda laten en nosotros y hace muchísimo bien poder observarlas de esta manera.

Esta reseña fue escrita originalmente para COOLTIVARTE.

Foto: cortesía de Bruno Pesce.

 

Entrevista a Sara Sabah

Foto: Ian Elizondo

 

Entre los músicos Sara Sabah es considerada como una de las mejores cantantes uruguayas. La mención de su nombre por sus colegas viene siempre acompañada por un tono de respeto y admiración. Cantó durante muchos años con Rubén Rada, integró y dirigió el cuarteto vocal “La Otra”, ha cantado acompañada por Hugo Fattoruso, ha grabado con Urbano Moraes, Fernando Cabrera y Jorge Schellemberg, entre otros. Se ha dedicado, además, a la preparación vocal de actores. Tiene cuatro discos propios: Álbum (2008), Conexión (2010), Cerca (2015) y Arvolera (2017). En el marco del Ciclo Cuerdas, en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre, Sara Sabah dará un show que promete ser especial y diferente dentro de la cada vez más multifacética escena musical montevideana. Puede llegar a ser una de las últimas oportunidades para escuchar un proyecto ambicioso, muy bien logrado, que emociona profundamente y que puede considerarse un privilegio tener la oportunidad de vivirlo en vivo. Los músicos que acompañarán a Sara Sabah serán Federico Righi (bajo, sas y oud); Nicolás Parrillo y Vittorio Bacchetta (percusión); Gonzalo Durán y Martín Ibarra (guitarras); Andrés Rubinstein (clarinete) y Matías Craciun (violín). Este ciclo se ha caracterizado por las invitaciones cruzadas. En esta oportunidad participarán Carmen Pi, Pablo “Pinocho” Routin, Juan Pablo Chapital y Nicolás Ibarburu.

La mayoría de los temas que escucharemos en la Hugo Balzo pertenecen al disco Arvolera, que recopila canciones sefaradíes, con arreglos y sonidos exquisitos, y fue grabado en Israel con músicos de aquí y de allá.

A continuación comparto una charla distendida, de domingo.

 

Sara Sabah: El disco Arvolera necesita muchos músicos y vamos a aprovechar este toque, en la Sala Hugo Balzo, para hacerlo en el formato completo. Yo no soy de prever mucho si un proyecto es práctico. Soy apasionada y me lancé a grabar el disco. Pero claro, después no es tan fácil tocarlo, por ejemplo en boliches.

A algunos músicos no los conocía antes. Por ejemplo a Andrés Rubinstein. Y a Matías Craciun lo conocía un poco, pero no teníamos un vínculo muy cercano. Al Colo tampoco. Fue un grupo que se formó desde la búsqueda de los instrumentos, lo cual era arriesgado. El resultado fue que se armó un equipo divino y ahora me da pena que no es un formato fácil de trabajar. Por suerte en este toque del Ciclo Cuerdas, que se hace en esta sala divina, podemos hacerlo.

P.S.: ¿Se te ocurrió invitar al crowdfunding (mecenazgo colectivo) como una manera de obligarte a terminar el proyecto?

No, no lo pensé así de antemano. No soy una persona muy organizada pero soy tesonera. En la plataforma del crowdfunding les prometés a personas que no conocés que a cambio de su aporte les vas a entregar un disco, o si aportan un poco más les vas a dar un disco y una entrada al show… de un disco que todavía no se grabó. Cuando leí todas las condiciones de la plataforma, me di cuenta de que iba a ser un disparate de trabajo. Pero por suerte, por esas cosas que suceden, me encontré con una amiga, que se llama Laura Barzilai, con quienes somos amigas desde muy jóvenes, y le pregunté si quería ayudarme con el crowdfunding. Ella habla inglés perfecto y era una plataforma norteamericana, o sea que toda la logística la tenía que hacer alguien que se manejara mejor que yo con ese tema. Además es muy organizada y fue una bendición. Porque se dedicó a hacer todo lo que yo no podría hacer. Entonces me sentí más aliviada.

¿Ella hizo la página web?

No, pero ella me ayudó a actualizarme en todas esas cosas. En la página está el ojo de Gerardo Goldwasser y la calidad de Martín Tisnés, que armaron una tremenda dupla. El video de las tacitas, por ejemplo, es la estética de Gerardo. A mí me gusta mucho su obra. Le dije que hiciera y eligiera lo que a él le pareciera para la página. Porque todo el tema estético no es tanto lo mío. Lo que a mí me importa es que la música esté ahí, que los arreglos me rompan la cabeza… que yo sea feliz musicalmente.

¿Para ser feliz musicalmente no se necesita que la música llegue a mucha gente?

Más o menos. Mi meta con este disco era poder grabarlo. No sabía qué iba a suceder con estas músicas. Obviamente me pone contenta que la gente lo escuche, pero no era el motor.

¿Cuál era el motor para grabarlo?

Traer ese sonido acá a Uruguay y ver qué sucedía con eso de traer una música muy antigua, anónima, a nuestros días. Y me encantó ver lo que pasó con esas canciones. Yo quería darle ese toque cuando conocí a estos músicos. Que el sonido fuera súper moderno y que los instrumentos no fueran de acá… quería que lo hicieran ellos. En principio me pareció un delirio. Y me llevó cuatro años terminarlo. Los músicos que trabajaron en el disco son músicos que hicieron eso. Que traen música incluso litúrgica a un escenario. Esas melodías no son ajenas a mi oído porque en Israel estás todo el tiempo en contacto con la música árabe. Y cuando escuchaba estas canciones siempre me parecía que el tratamiento no era suficiente. Es que eran canciones cantadas por ejemplo por la señora de la casa, que se juntaba con otras y la cantaban con una pandereta. No hay mucha vuelta.

¿Qué sentís que les aportaste a estas canciones?

No sé si la palabra es aportar. Lo que sé es que me atravesaron. Yo siempre decía “estas músicas las voy a hacer después, cuando tenga cuarenta, cuarenta y pico”. Porque podía apreciar la melodía pero el sentido del texto lo he ido comprendiendo mejor con los años. Con este proyecto atravesé repertorios que están muy vinculados y comprendí cosas, por ejemplo, sobre el movimiento de los trovadores y la similitud que tiene esta música con eso. No fue que yo haya decidido hacer todo eso sino que lo fui cursando. También con la ayuda de amigos, que me fueron recomendando que escuchara determinadas músicas. Yo tengo una cierta inquietud constante y eso me hace hurgar. Pero no soy obsesiva. Por ejemplo, estaba cantando las canciones sefaradíes, sumamente involucrada con lo que significan, pero en el mismo momento componía otras músicas.

Por ahora no me absorben tanto las cosas. Incluso me sucede así en lo afectivo. No me ha pasado muchas veces en la vida de ahogarme en una tristeza muy profunda. Intento fluir de la mejor manera posible, aunque a veces las cosas no sean fáciles. Y con la música me pasa que no tengo una preferencia marcada. Me gusta muchísima música diferente. ¡Ahora se escucha tanta música! Igual, con el programa de Babel en el que me invitaron a elegir música, me detuve a mirar qué sacás afuera y qué elegís conservar. Ahí me di cuenta de que a pesar de que hoy no tenés una sola influencia, hay un punto de base en el que plantás una semilla de lo que sí y de lo que no. Eso es un inicio de algo. A pesar de lo diversificado y variado del universo musical, uno elige. Inclusive cuando uno navega por plataformas en las que se puede buscar cosas como “Cantante armenia pop”, uno selecciona. Y, bueno, retiene en la memoria algo que quizás luego puede ser usado en una clase de arte escénico, por ejemplo.

El teatro habilita mucha libertad, así que ahí puedo proponer cosas diferentes. Aprendo mucho con los actores. Ellos son muy, muy generosos. El actor recibe un texto y por dos o tres meses es una persona distinta. Admiro a los actores. Tienen una vida sacrificada y están muy abiertos al diálogo. En la música hay muchas cosas que ya están listas, como por ejemplo lo que tiene que ver con el tiempo. En lo escénico no.

Cuando hiciste el show de presentación de Arvolera, ¿qué efecto emocional tuvo en ti?

Ahí hubo una conjunción de emociones dadas por haber cerrado el ciclo, tener el disco en la mano, que mi papá haya cantado de invitado en una canción, también. Él es cantor litúrgico en una sinagoga. Mis padres se fueron a vivir a un kibutz por un tema ideológico, para vivir en un sistema igualitario. En el kibutz la vida no es religiosa. El contacto que teníamos con lo religioso estaba más ligado a la historia. Pero cuando yo tenía once años volvimos a Uruguay y un día fui con mi padre a la sinagoga y me sorprendí muchísimo al oírlo porque no sabía que mi papá sabía rezar, que sabía cantar el oficio.

El repertorio de Arvolera es popular, no religioso. Lo popular tiene una herencia cultural. Es como un tratamiento que tiene que ver con la espiritualidad de la música y la tradición pero no con la religión. Hay algo que me emociona muchísimo en este repertorio pero más por el lado de la tradición.

En España tuvimos una experiencia fuerte, cuando abrimos un festival sefaradí en Córdoba con Fede Righi, José San Martín, Tato Moraes y Federico Nathan. Una de las cosas que me enseñó mi maestra de canto, Nelly Pacheco, es que tenés que tener la medida justa entre decir para el otro y decir para ti. Ella dice: “hay que tener pecho frío porque si no, lloramos”. Y al pecho frío lo aprendí de chiquita, porque entendí que no puedo involucrarme a un nivel tal de no poder cantar. Pero lo que me pasó en Córdoba es que llegué ya con un nudo en la garganta, porque había amapolas y eso me trajo el recuerdo de la infancia en Israel, donde estaba lleno de estas flores. También influyó que me di cuenta de que iba a cantar ese repertorio en el lugar donde nació ese repertorio. Para mejor, nosotros abrimos el festival y se espera que quien lo abre diga algunas palabras. Así que tuve que decir unas palabras pero fue decir “Buenas noches, Sefarad” (que quiere decir España en hebreo), y me corrió toda una cosa… ahí no pude hacer pecho frío. El primer tema lo canté más o menos porque la emoción era mucha.

Antes de despedirnos, ¿estás trabajando en algo nuevo?

Sí, en un proyecto que es bien diferente a este. Es solo bajo y voz. Así que de alguna manera este show va a marcar un momento de cambio. Este proyecto nuevo es con Fede Righi. Fede tiene una precisión rítmica increíble… él me ordena mucho y aprendo mucho con él. También confío mucho en él. Puedo adelantar que esta vez no voy a hacer un disco; el resultado va a ser un objeto pero no un disco.

 

Foto de portada: Ian Elizondo

 

 

Cautivado por el Hard Rock. Entrevista a Llambo.

Llambo, cantante de Hard Rock, es de las mejores voces masculinas uruguayas. Es imposible escuchar un tema suyo y no ponerle “play again”. Sus videos en Youtube tienen cientos de comentarios de admiradores internacionales. Luego de esta charla, que comparto a continuación, también puedo afirmar que es un ser humano muy cálido y generoso.

Gracias por hacerte el tiempo para esta entrevista, Llambo. Sabemos que estás muy ocupado y es un honor poder conversar un poco contigo. Sos un referente muy admirado y querido del Hard Rock en Uruguay.

Para mí es un gusto poder compartir sobre música.

¿Cómo fue que empezó todo?

Yo ya venía escuchando bandas como AC/DC desde niño, desde que tenía diez años, pero fue una noche escuchando el “ranking 100.3” en la radio cuando todo cambió. Pasaron “Welcome to the jungle” de Guns N’ Roses y escuchar aquello me provocó algo especial. Esa música me hacía sacar algo que estaba en mí y me hacía bien. Así fue que me hice una guitarra de cartón y empecé a sacar los temas.

¿Sacabas los temas con una de cartón?

¡No! (risas). Esa guitarra me la hice antes de tener una guitarra de verdad pero con esa guitarra no sacaba los temas, solo la usaba para hacer mímica de rockero sin saber tocar. Empecé a sacar temas ya cuando mi tío me prestó su guitarra para aprender y luego mis padres me compraron mi primera Les Paul a los 14 años.

¿En aquel tiempo te imaginabas que algún músico de Guns N’ Roses pudiera escucharte?

No, la verdad que no.

Antes de meternos en ese capítulo, ¿nos contarías un poco cómo fue la experiencia con Gotthard?

A partir de un video mío que vieron en Youtube, me escribió Marc Lynn, bajista de Gotthard. Estaban seleccionando un nuevo cantante porque Steve Lee había fallecido en un accidente el año anterior. Les había gustado mi voz y me escribieron diciendo que si me interesaba, me pusiera en contacto con su manager.

Gotthard es la banda número uno de Suiza, y la parte rockera de su música se alineaba con la música que a mí me gusta. Primero me pidieron que cantara encima de unas pistas que me mandaron, también quisieron escuchar material mío y finalmente quisieron que fuera a audicionar a Suiza. La experiencia fue buenísima y quedé entre los tres finalistas de más de cuatrocientos cantantes. Me enteré que competí, por ejemplo, con Jeff Scott Soto, que es tremendo cantante.

¿Y cómo fue que Steven Adler entró en contacto contigo?

Al volver de Suiza, me llegó un e-mail de alguien que trabajaba con Steven Adler, que fue batero de Guns N’ Roses, diciéndome que Steven había visto un video mío que le había encantado y quería que fuera allá a cantar con él en una banda suya, en la que tocan temas de Guns N’ Roses. Poco después empecé a recibir mensajes diciéndome que Steven Adler había twitteado uno de mis videos, preguntándole a sus seguidores qué les parecía, así que empecé a recibir comentarios en mi video de gente que llegaba a él por Steven Adler. Pero si bien recibí esa invitación, no fui porque la propuesta no terminó de concretarse en los aspectos logísticos y me pareció arriesgado, porque no me daba mucha garantía. Pero fue interesante porque me dijeron que ya estaba seleccionado, sin audición ni nada. Unos años después lo contacté cuando estuve por Los Ángeles y llegué a audicionar con él pero tampoco esa vez se concretó una colaboración, por otros motivos.

¿Por qué te dedicás a tocar Hard Rock?

Es que yo siempre vibré con esa música. Me cautivó la expresividad, la fuerza. Por ejemplo el Rock más suave también me gusta pero no me moviliza tanto. Si bien empecé queriendo cantar Hard Rock no fue tan directo como todo sucedió, ya que yo estudiaba y tocaba la guitarra y ya había formado una banda. Cuando quise cantar, vi que tenía que estudiar canto para hacerlo mejor. Así fue que busqué una profesora de canto y terminé estudiando canto lírico durante ocho años y medio, con Alicia Pietrafesa. Ella me enseñó la técnica y vi que podía aplicarlo a lo que quisiera. El canto lírico tenía mucho de lo que me gustaba, sobre todo esa expresividad máxima. Inclusive entré al coro del Sodre allá por el año 97… pero me quedé muy poco. No era lo mío.

Luego ya me dediqué al Hard Rock y por suerte he participado de varios proyectos.

¿Cuánto has compuesto en esos proyectos?

Bastante. Los temas de la banda que tuve antes de Doberman, Muromets, son todos míos. Y con Doberman, cuando me contactaron porque buscaban cantante, una de las condiciones que puse fue que no quería ir sólo como suplente a cantar las canciones anteriores de la banda. Así que hicimos un disco nuevo, que se llamó “Insoportable”, que lo fuimos armando en mi estudio. Muchas veces los muchachos venían con ideas armadas o riffs sueltos y de ahí se iban definiendo las ideas y se iban transformando en canciones. Yo fui creando las melodías de los temas, escribí algunas de las letras y hay solamente un track que lo compuse entero yo.

También participé en varios otros proyectos en los que canto canciones de otros artistas donde lo único que pongo es mi voz y mi interpretación.

Y también he grabado varios jingles, unos sesenta hasta el momento, como por ejemplo el comercial de Pepsi que se filmó con Luis Suárez y se pasó durante el último mundial de fútbol.

Volviendo a tu música favorita, ¿qué es lo que hace que noche tras noche tengas ganas de cantar Hard Rock?

Es cómo me siento en el momento en que lo estoy haciendo. Para mí este estilo es como una válvula que me permite liberar emociones contenidas.

Cuando por ejemplo estás cantando una nota grave y le sigue una nota muy aguda, desde afuera se ve que vas hacia esa nota con una enorme confianza.

Eso lo gané con muchos años de estudio, y sigo estudiando. Soy profesor de canto hace muchos años y siempre les digo a mis alumnos que estudiar no se termina nunca. Siempre estás buscando cómo hacerlo mejor y más fácil.

¿Hay un aprendizaje muscular?

Sí, tenés al instrumento adentro tuyo. Tenés que aprender a conocer tu cuerpo. Hay un trabajo muscular para tener apoyo o soporte de aire, pero todo se trata de soltar la voz para que fluya, de no tensar los músculos de la mandíbula y cuello, mantener abierta la garganta. El músculo que realmente hay que utilizar es el diafragma, que es el que va a mover tu “combustible”, que es el aire.

¿Y cómo llegás a una nota en particular?

Las pienso, las imagino, las visualizo. También las podés buscar en el momento, pero esa manera es menos precisa.

Cuando te vemos cantar parece que para ti fuera increíblemente cómodo y fácil.

La gente me dice eso pero no es tan así. Depende de lo que vaya a hacer. La gente me dice que llego a las notas agudas con una comodidad tremenda y eso no es así. Cuando canto una nota aguda y con cierta potencia tengo que apoyarla bien con el diafragma para que no se quiebre o se debilite. A medida que se consume el aire cuesta cada vez más, y muchas veces termino haciendo una fuerza tremenda acá abajo para completar alguna frase. Lo que busco constantemente es la manera de hacerlo lo más fácil posible, que no quiere decir que sea fácil. Cantar estilos como el Hard Rock o la Ópera requiere de cierta fortaleza física en ciertos músculos, justamente para no tener que forzar otros músculos mas delicados que pueden terminar arruinándote la voz.

¿Y dónde te parece que está el secreto de realmente llegarle a la gente con lo que hacés?

Hace unos 27 años que canto. En un momento me di cuenta de que cantaba como si tuviera un vidrio adelante. Me grababa, lo encontraba bien técnicamente pero no me gustaba tanto como otros cantantes. Me di cuenta que me faltaban detalles que son los que hacen a la expresividad. [Canta una frase primero sin tanta expresividad y luego con mucha más expresividad].

¿Qué es lo que estás haciendo cuando lográs más expresividad?

Trato de transformar notas musicales, sonidos en belleza. Trato de que me genere algo a mí y transmitirlo. Si no me genera nada, no sirve.

Cuando estás cantándolo y buscando generar algo, ¿a su vez te está transformando a vos?

Sí. Por decirlo de alguna manera, es como que me hago un masaje a mí mismo pero cerebral, o al alma.

¿Energético quizás?

Sí, sin duda. En un caso no se mueve energía y en el otro sí. Algo que he hablado con varios músicos es que cuando dejás de pensar, abrís como un canal, y te conectás con, llamale como quieras: Universo, Ser Superior, lo que sea. Todo se empieza a hacer solo y ahí no te podés equivocar.

¿Entonces vos hacés esa conexión?

Sí, es lo que más busco, siempre. A veces sale mejor y otras no tanto. Pero tomé conciencia de eso.

¿Y cómo escuchás cuando estás tocando con la banda?

Antes escuchaba con detenimiento qué tocaba cada uno y luego fui aprendiendo a aflojar. Es como nadar en un fluido. Vos tenés que transformarte en parte de. Se canta, se toca para la canción. Hay que escuchar a los demás músicos y participar de eso.

Gracias de nuevo, Llambo. Hasta pronto.

Hasta pronto. Gracias a ustedes.


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Entrevista hecha para COOLTIVARTE.

Juan Pablo Chapital en abril 2018

 

¿Ya escuchaste en vivo a Juan Pablo Chapital?
Si sí y tenés gustos similares a los míos, me vas a amar por esta información. Si no, podrías aprovechar que en los próximos días tenés la oportunidad.

En lo personal encuentro que su música es de las más bellas que nos regala este paisito querido y considero que somos verdaderamente afortunados de poder escucharlo en espacios reducidos y con entradas muy accesibles o incluso gratuitamente.

Entrevista a Mateo Ottonello: “Tocar lo que la oreja te dice que toques”

Foto: Rafael González

A continuación compartimos una conversación por demás disfrutada con el músico, baterista y compositor, Mateo Ottonello. La excusa para la misma fue conocer sobre su proyecto Mateo Ottonello Grupo, que se presentará en Inmigrantes el próximo 23 de marzo de 2018. El interés personal en esta charla involucraba aspectos de su formación y manera de encarar la música. Pasen y lean, y disfruten.

 

¿De qué se trata este proyecto que presentás el 23 de marzo?

Bueno, es mi banda, que recién ahora la pude concretar.

¿Son músicas tuyas?

Sí, son todas músicas mías. Yo compongo en el piano, todo de oído. Obviamente amigos como Manuel [Contrera] o el Chancho [Peyrou], que son pianistas y estamos en bandas juntos, me pasaron piques y me ayudaron en muchas cosas. Las melodías son todas mías, muchas armonías son mías también y otras me las mejoran, o aportan sus colores. En la banda toca Marcos [Caula], que es de mis mejores amigos, y siempre aporta mucho.

¿Cómo te nace un tema?

Siempre que compuse fue porque me salió. Muchas veces me encuentro cantando una melodía. Un par de veces me pasó de sentarme a componer. Por ejemplo hubo uno que quise componer en 7 e inspirado en un pianista, Brad Mehldau, con la forma de componer de él. Es como un tema para él en el que quise generar eso. Pero tengo temas que me llevaron dos años terminarlos. De hacerlos y dejarlos ahí, y al otro año, porque me pasó algo, lo terminé.

Por ejemplo, cuando me fui a trabajar en un crucero compuse dos de los temas que van a estar en el disco. Y los compuse justo en un momento en que estaba mal, me sentía un poco solo, pensando en cómo me sentía. Uno se llama “Día de mar”. En un momento el barco se fue de Alaska para Hawaii y fueron como cuatro días en el mar… ya un día arriba del barco sin tocar tierra te volvés loco, y cuatro fue como mucho. El otro se llama “Solo quedan las gaviotas”. El barco repetía el recorrido cada semana. Yo fui en el verano de Alaska pero en las últimas semanas estaba llegando el otoño y había menos gente, todo estaba solitario… y solo quedaban las gaviotas. También tenía que ver con cómo estaba yo.

Tengo otro que se llama “Cicatrices”. Ese tema tuvo que ver con cosas que me pasaron de guacho, que me marcaron en la forma de ser, aprendizajes. Primero tenía una melodía, con una intro, pero no estaba del todo cerrado. Pasaron dos años, fui cambiando, y hubo un momento en que se cerró la cicatriz. En este tema, por ejemplo, primero me imaginé el riff de bajo, un afro en 5.

¿Cuántos años tenés?

22.

¿Estudiaste batería?

Empecé a tocar la batería a los 3 años. Pero estudié a partir de los 16 años. Hasta los dieciséis toqué todo de oído. Ta, porque todo el tiempo veía tocar a mi viejo. Ese era mi aprendizaje, porque con él nunca pudimos tener clase.

¿A qué edad te juntaste por primera vez con gente para tocar?

En la escuela. Iba a la escuela 83, Dr. Martín Etchegoyen. En fin de año siempre se tocaba porque muchos alumnos de ahí tenían padres músicos. Algunos de los padres eran Gustavo Ripa, Nelson Cedrez, y mi viejo, Rúben Ottonello. Entonces llegaba fin de año y las maestras invitaban a algún padre a tocar con alumnos. Yo tenía de profesor de música a Benjamín, que fue uno de los coristas de Jaime. En la última fiesta de 6º armamos una bandita con la banda y esa fue la primera vez que ensayé con niños de mi edad. Después por un tiempo dejé de tocar la batería, de los 13 a los 15. Y a los 15 o 16 tuve mi primera banda, con gente más grande. Se llamaba “La tapa del libro”. Tocábamos murga, rock, música de Jaime, de Rada. Como trabajo, salí a tocar a los 17. Ahí empecé y no paré. Yo había empezado UTU de Ingeniería en Sistemas. Me estaba yendo muy bien y cuando estábamos por terminar el año estaba charlando con una profesora, le dije que quería tocar la batería y no quería estar más ahí, y ella llamó a mi vieja… una crack. Ahí empecé a cursar el liceo y ya sabía que esto era a lo que me quería dedicar. Me quedaron dos materias para terminar el liceo… las tengo que terminar… es un debe.

¿Con quién empezaste a estudiar a los 16?

Con Juan Ibarra. Me lo presentó mi hermano Camilo, que también es baterista, y que fue quien me llevó a Jazz a la Calle a los 15. Y en Jazz a la Calle me volví loco. No podía creer cómo estaban mezclando el candombe con el jazz y la bossa nova… Por el lado de mi viejo yo venía re del palo del rock; también toqué metal. Ahí me volví loco; no lo pude creer. Me volví loco con el candombe funk, que nunca lo curtí en vivo porque era chico y no iba tanto a los toques. Y en la adolescencia, de los 12 a los 15, entré en la bobera de los bailes, cumbiancha, y cuando escuché eso no lo podía creer. Ahí quise tocar candombe y funk, porque el jazz realmente no lo podía tocar porque no lo entendía. Pero siempre tenía esa pica con el estilo, quería tocarlo. Ahí empecé clases con Juan, que me ayudó muchísimo. Al principio yo era medio boludo, iba de vez en cuando, dejaba de ir. Después empecé a ir más seguido y Juan me empezó a decir “Ey, estudie”, y llegó un momento en que me empezó a pasar piques de laburos y todo. Y en un momento me dijo: “No vengas más”. Aunque yo cada tanto le digo que tengamos alguna clase, porque siempre se aprende.

A eso de los 18 dejé de ir a clase y ya estaba laburando, y a los 19-20, empecé clases con Santiago Lenoble, gran jazzero. Santiago me dijo: “está buenísimo todo lo que tocás pero tenés que ordenarte” [se ríe]. Y ahí empezó a pasar el borrador, a limpiar la hoja, y sentí que me ayudó muchísimo para seguir, para el enfoque.

En un momento, más de chico, quise tomar clases con Martín [Ibarburu] pero no pudimos coincidir. Ahora nos juntamos cuando podemos. La semana pasada se vino y estuvimos tocando y charlando. Fue una clase de filosofía.

Se dio también que conocí a un baterista argentino que es uno de mis ídolos: Sergio Verdinelli. Sergio es magia. Me lo presentó Pepe Canedo, que lo trajo a dar unas clínicas, y lo llevó a la jam de candombe que teníamos. Pintó tremenda onda con Sergio. Tomé una clase con él. En la clase solo me pasó un ejercicio: tocar swing e improvisar en el tambor con máximo tres corcheas. Después hablamos del cosmos de la música… una locura.

Es que cuando ya estás en un cierto nivel, ¿qué ejercicio te van a pasar?

Claro, es la forma de cómo ver la música, me parece.

En una le pregunté “¿Cómo hacés para ser híbrido sin intoxicarte de las músicas o perder el norte? ¿Cómo hacías para ir a tocar con el flaco Spinetta a un estadio lleno de gente, tocar a un volumen descomunal, con piques de Bonham, y al otro día ir a tocar con Ernesto Jodos a un bolichito, con todo el lenguaje de jazz del mundo, o tocar free, todo abierto, improvisar?” Y el loco me dice: “Pasa que yo veo la música de la misma manera. La música es una. No seas prejuicioso. Es todo lo mismo. Para mí es lo mismo tocar un groove, que es una melodía, repetirla las veces que la tenga que repetir, que el momento de improvisar”. Me dijo: “Yo conseguí poder meterme en el momento, sea con quien sea que esté tocando, y sea la música que sea”. Y te das cuenta de eso cuando él toca.

¿Y vos lograste eso, Mateo?

Todavía no. Yo siento que no.

Pensando, por ejemplo, en el toque de GAS en el Solís, ¿en qué estaba tu atención?

Bueno, creo que lo logro en algunos lugares y otros no. Todavía no puedo lograrlo en cualquier situación. Justo en esos toques, en el de GAS y en el de Marcos [Caula], estuve muy enfocado. Fueron toques buenos. Pero muchas veces depende del día y de las condiciones. Hay días que siento que no puedo ser el canal, que no puedo conectar. Y a veces me pasa antes de salir para el lugar, tanto en un sentido como en el otro. Antes de ayer ya al salir de casa presentí que iba a estar todo bien, fue muy loco.

¿Puede ser algo a trabajar el lugar de dónde colocarse antes de un toque?

Bueno, esto de cómo entrar nos lo venimos cuestionando mucho entre varios amigos músicos. Nos estamos empezando a tomar la música de un lado más espiritual. Obviamente nos tenemos que matar estudiando para poder tener todas las herramientas para poder tocar esa música que se genera ahí, para poder ser un buen canal para transmitir. El otro día, con mi amigo Nino Restuccia, nos pusimos a hablar de un pianista que se llama Kenny Werner, que tiene unas charlas acerca de algo así como la yoga en la música. Y dice que capaz que hace un mes que no tocaste, o no tocás hace dos horas, no importa, la primera nota y todo lo que vayas a tocar tiene que ser lo más hermoso que escuchaste en la vida, como cualquier persona que está escuchando. O sea, no le hagas un juicio a lo que estás tocando. Tocá y sentilo como lo más hermoso que estás haciendo, que es el momento sagrado de hacer música. Entonces yo ya fui así al último toque. Son cosas que vas empezando a darte cuenta y empezás a ver cómo podés trabajarlas. También cerrar los ojos, borrar los pensamientos, realmente escuchar todo lo que está sonando. ¿Cuántas veces escuchamos todos, todos los instrumentos? Son pocos.

Otra frase, que creo que me la dijo Juan: “Cuando estés tocando, pensá qué es lo que te gustaría escuchar a vos”.

Y otra cosa que me dijo Sergio, que me mató realmente, fue: “Vos tenés que escuchar lo que tocás y tocar lo que escuchás”. O sea, realmente tocar lo que te está diciendo la oreja que toques.

También se dan toques mágicos. Hace pocos días, una jam con un saxofonista estadounidense fue impresionante. Todos conectados. Mucha magia.

¿Hay un estudio aparte para hacer ahí, sobre ese aspecto de la conexión? Que parece que fuera individual y colectivo.

Totalmente. Claro. Vos podés estar muy conectado pero si el solista no está escuchando… ahí estábamos todos enfocados, era como una flecha, que iba para adelante, e íbamos todos juntos.

¿Y con tu banda cómo van con este tema?

Bueno, estamos en eso. Como la música es de batero, tiene muchas cosas rítmicas y los estoy volviendo un poco locos. Pero por suerte en el grupo todos pensamos de esta manera y queremos generar esto.

¿Quiénes son los músicos?

Son Marcos Caula en guitarra, Antonino Restuccia en contrabajo, Ignacio Labrada en teclados. Y van a tocar dos invitados: Santiago Coby Acosta en percusión y Hernán Peyrou, que va a tocar el acordeón y va a cantar un tema. Mi banda es Mateo Ottonello Grupo. La idea es que la banda según la ocasión se agrande o achique. O sea, Coby es parte de la banda pero en este toque va a tocar en un par de temas. Yo lo amo. Le digo: “Avisale a tu mujer que también sos mío” [risas]. Y Hernán es como mi tío segundo, algo así. La idea es esa, que el formato se adapte, siempre buscando entrar en ese viaje.

Cuando decís “entrar en ese viaje”, relativo a lo que venimos hablando, ¿con o sin marihuana?

Bueno, ahora cada vez le tengo más respeto. Antes fumaba siempre para tocar, siempre. Y ahora dejé de fumar para tocar y también dejé de tomar. Ahora dejé de tomar alcohol no solo en los toques sino en la vida. Como muchos nos estamos cuestionando estas cosas… La otra vez lo hablaba con músicos más grandes y decíamos que las generaciones más jóvenes están tomando más conciencia.

Esa búsqueda de conexión de la que vos estás hablando me la imagino sin ningún estupefaciente. 

Es que es así. Totalmente. Dejé de fumar para tocar. Capaz que si estamos en una jam, me fumo una pitada y subo, pero tranquilo. No es que lo necesite para el viaje. Y cada vez le tengo más respeto. No fumo cuando quiero tocar bien y meterme de determinada manera, cuando quiero estar claro, realmente sintiendo todo. Muchas veces cuando fumaba me colgaba a escuchar un instrumento y podía pasar que nos perdiéramos un poco.

¿Vos sos de escuchar música?

Sí, todo el tiempo. Y de todo.

¿Tu escucha es analítica o más afectiva?

Según. Hoy, por ejemplo, puse una banda de rock, que se llama Beck, mientras hacía mis cosas, y yo estaba de fiesta, disfrutándolo, sin analizar nada. Me lo pedía el cuerpo. Otro día me puse Zeppelin, porque tenía ganas de escucharlo. Otras veces mientras armo la batería me puedo poner un disco de Chet Baker, o también pongo música antes de dormir. Según. También me gusta escuchar música antes de estudiar, para ya estar enfocado en lo que quiero. Ahí sí pongo un disco de jazz.

¿Y qué bateristas de jazz admirás?

Me gustan de todos los tiempos. Soy fan de Elvin Jones. La forma de tocar, la forma de agarrar los palos, el sonido, la energía, lo escuchás gritar en los discos de Coltrane, lo que innovó tocando jazz… todos venían tocando de una manera y él ya cambió la llevada del ride para otro lado. De los jefes es mi favorito. Después obviamente Tony Williams y muchos otros.

Paul Motian es un batero que me gusta mucho. Él venía tocando todo muy limpito, muy tremendo y después empezó a agarrar su camino para el lado free y era como un niño tocando la batería. Ya dejaba la técnica de lado, le pegaba a los aros, los solos eran todos desarmados, solo tímbrica, muy intuitivo. Estaba realmente improvisando. El viaje es el cambio de cómo venía todo prolijito y cuando arranca con la banda de él, es un demonio, muy personal.

Bonham también. Después ya salto a modernos. Tengo varios. Ahora estoy como loco con Mark Guiliana, soy megafan. Empecé a tocar candombe desde ese lado. Desde las tímbricas a tocar todo muy subdividido, como hace él. Brian Blade también, a morir, que es todo lo contrario. Brian Blade es todo aire y canción. Los dos polos opuestos. Tengo varios de los que soy fan. Ari Hoenig, que es otro viaje totalmente diferente a ellos dos. Todo polirritmias y melodías en la batería.

Me estoy volviendo loco con la cantidad de información que hay. Pero soy de escuchar un disco mucho tiempo, para entenderlo realmente.

¿Dónde van a tocar el 23?

En Inmigrantes, que queda en Paullier y Guaná. Es un boliche que está bueno, porque además de ir a escuchar jazz podés sentarte a comer y tomar algo rico. Y suena bien.

Estamos muy contentos de que este toque lo vamos a compartir con Patricio Carpossi, que es un violero argentino, tremendo, clase A, que toca con gente como Mariano Otero, Guillermo Klein o Sergio Verdinelli. Primero vamos a tocar sus composiciones con el formato Patricio, Nino y yo. Después tocamos con mi grupo.

¿Dónde se compran las entradas?

Las tengo yo a la venta, me pueden contactar por Facebook, y también se pueden comprar en el bar.

 

 

Entrevista a Daniel Drexler: composición y unicidad en dimensión poética

Foto: Santiago Epstein

 

Hoy los invito a leer sin apuro una entrevista que resultó en lo mejor que, desde mi preferencia, puede resultar: una auténtica y ensimismada conversación. Mi deseo para quien la lea es que la disfrute tanto como la disfruté yo.

 

¿En qué ha cambiado tu forma de componer a lo largo de tu trayectoria musical?

Cambió bastante. Porque cuando empecé a componer fue de una manera un poco inconsciente. Lo cual me parece que está bueno. Cuando quise ver, estaba con una guitarra en la falda y estaba tratando de hacer una canción yo con los tres acordes de la primera canción que había aprendido, que era “Girl” de los Beatles. De atrevido. Después me di cuenta de que el atrevimiento en la composición es necesario, porque vos vas caminando por un camino que nadie antes transitó. Cada canción, cada hecho compositivo, cada hecho creativo es un evento único y absolutamente novedoso en la historia del universo. [Se ríe y aclara:] Le estoy dando una trascendencia grande pero es realmente así. No tenés a quién preguntarle: “Che, y ahora en esta encrucijada, ¿qué elijo?” Y eso exige tener espíritu de aventura y ser un poquito desfachatado. Cuando daba clases de música siempre les decía a mis alumnos: “no esperen saber todo lo que hay que saber para componer, porque si toman esa actitud, no van a componer nunca”. La composición es mayoritariamente un evento en el que uno está saltando a lo desconocido.

Al principio básicamente encontraba secuencias de acordes, arriba de eso empezaba a tararear una melodía, y a embocar palabras en esas melodías, casi como con calzador. A ver qué palabra podía enganchar en lo que yo estaba tratando de tararear. [Se ríe]. Ahora que lo miro para atrás, es una forma rara de componer. Ahora empecé a componer de una forma diferente: a partir de ideas. Por ejemplo en este disco, “Uno”, empecé a pensar en la unicidad de todo lo que existe. Fue una revelación medio epifánica, en una noche de verano, estar viendo las estrellas y de golpe —es una sensación rara de explicar, porque no es racional— tenés esa sensación de “yo formo parte de algo que me trasciende”. Dicho con palabras suena raro pero a veces uno lo siente. Entonces a partir de esa idea que aparece, empiezo a componer. De ahí se van desprendiendo varias canciones del disco: “El más laico catequismo”, “Uno”, “Amo”. Y, de una manera ya no tan directa, cinco o seis canciones más que están incluidas en el disco, que están relacionadas con ese concepto.

Lo otro que también cambió mucho es que empecé a componer a partir de la melodía. Me entré a dar cuenta —tarde por cierto— que la canción es básicamente melodía y la música es básicamente melodía. Eso es una constatación de los últimos diez años. Fijate que la música existe para la humanidad desde que la humanidad es humanidad. Estamos hablando de más de cien mil años, de los Sapiens. Durante la gran mayoría la música es solo melodía. Melodía y ritmo, pero la superposición de notas, la formación de acordes es algo que por ejemplo en la música occidental empieza recién en la Edad Media. Entonces si lo pensás desde el punto de vista evolutivo, como un concepto medio darwiniano, es raro saltearte algo que estuvo y está tan presente en tu genoma.

¿Por qué te parece que pasa eso?

A mí me pasó por ignorancia. Me pasó porque desde mis diez años —que fue cuando empecé a componer canciones— hasta mis treinta no entendí que esto para mí era una cosa central. Me daba cuenta de que me fascinaba, que no lo podía evitar. Era una especie de “Puertita del Señor López”, en la que yo entraba y respiraba aire. Imaginate que estaba por ejemplo estudiando para un examen seis meses, no sé cuántas horas por día… cuando agarraba la guitarra era una sensación de vértigo, de emoción, de adrenalina. Pero no me imaginaba viviendo de esto. No imaginaba centrando mi vida y armando mis vínculos sociales, mis relaciones amorosas, todo alrededor de la música. Ahora estoy mucho más involucrado, mirando con más calma, con más reposo. Estoy estudiando de otra manera las cosas que hago y, bueno, llegué a esas conclusiones de una forma un poco tardía. En realidad en los últimos años llegué a dos conclusiones grandes en cuanto a lo compositivo. Una, la importancia central de la melodía. Una canción se reconoce por la melodía, no por la armonía. Y también me di cuenta de que muchas veces las melodías que funcionan bien son aquellas que respetan la propia prosodia del lenguaje. Nosotros no nos damos cuenta cuando hablamos entre nosotros pero cuando hablás con un cordobés, por ejemplo, ahí decís, “¡estás cantando!”. Y el cordobés te dice que sos vos el que estás cantando. Si escuchás lo que estás diciendo con oído musical, te das cuenta de que sí, que hay música en lo que decimos.

¿También te fijás en los sonidos que integran una palabra?

Muchas veces te pasa que ponés una palabra en un lugar y no emboca. Y ponés otra en ese mismo lugar y todo enganchó. Ahora intento explicar ese fenómeno por el lado de que cada palabra tiene su música interna, tiene su propio color, su propia tímbrica, y cuando uno logra que los acordes, la melodía y el ritmo estén en consonancia con ese germen semántico que tiene la palabra y aporten dimensiones… Que no resten, ¿no? Porque a veces cuando generás contradicciones, se generan cancelaciones y la palabra termina perdiendo poder. Pero si vos lográs que se genere una consonancia entre lo que tiene adentro la palabra y lo que le estás poniendo alrededor, bueno ahí pasan cosas preciosas.

Cuando vos decís que ahora tenés más calma para la música, ¿en qué se traduce esa mayor calma en términos concretos?

No sé en qué se traduce en la música. Porque la estoy mirando demasiado desde adentro y a veces no me doy cuenta. Además son procesos muy dinámicos y a veces uno entiende lo que está pasando diez años después. Ahora escucho mis discos de hace diez años y entiendo cosas que en ese momento no sabía. Y que ya estaban dichas adentro del disco. Tengo canciones que, por ejemplo, anuncian separaciones bastante antes de que pasaran. Tengo canciones que me anuncian a mí mismo qué va a pasar más adelante. Canciones como “Full Time”, por ejemplo. Son canciones que ahora las miro y digo: “Mirá, era esto lo que estaba queriendo decir”. De la letra de “Vacío”, por ejemplo, que es una canción fundacional de mi tercer disco, una canción muy importante en muchos sentidos para mí, terminé de entender varios aspectos diez años después.

En cierta manera cuando uno compone entra en contacto con esferas de la psiquis con las que habitualmente no tenés un diálogo muy fluido. Y a veces la composición te abre un canal para entrar en contacto con cosas y para poder volcar arriba de un papel, ya te digo, necesidades, que a veces son fuerzas psíquicas que están operando en el silencio, en la oscuridad, y vos todavía no las estás viendo. Te están diciendo cosas a través del papel y vos demorás todavía un tiempo en comprender. Tengo un caso para mí muy llamativo, que es “Linda”, una canción que le hice a una pareja que tuve en el momento en el que nos estábamos conociendo, en el pico máximo de enamoramiento, y adentro de la canción, cuando leés la letra, está anunciando que eso va a terminar mal, que va a haber dolor, y una separación, y que no va a ser dentro de mucho tiempo. Y así fue.

¿Sabiendo eso ahora estás aprovechando tus canciones actuales de otra manera?

No, no. No, porque aprendí que de las canciones, no solo en la composición sino también en cómo las producís, hay que saber soltarse. Porque cuando uno pone demasiada maquinaria racional, en particular yo que tengo una tendencia grande a tratar de controlar lo que está pasando, hay algo que se muere.

Este disco para mí fue todo un acto de confianza. Me subí a un avión, me fui a Rio de Janeiro, a grabar con una persona a la que admiro hace años: un productor muy importante para mí y en general. Lo llamé dos meses antes, cuando ya sabía que íbamos a trabajar juntos, y le pregunté si le mandaba maquetas. Me respondió que no, que él no trabajaba de esa manera. Me dijo: “Yo trabajo con la espontaneidad. Vení y cuando estemos acá vemos qué hacemos”. Yo tomé aire y dije: “Bueno, vamos, a ver con qué me encuentro” [risas]. Y fueron veinte días de montaña rusa. Yo me levantaba de mañana, entraba al estudio y él me decía: “Bueno, justo está este amigo acá, vamos a grabar esta canción con él” y así se fue llevando. Los primeros días yo estaba dejando las uñas marcadas sobre la mesa, tratando de frenar aquello. Al tercer o cuarto día dije: “Pero, por favor, soltemos”. Y solté y, realmente, lo que estaba buscando en el disco, que era una dosis de espontaneidad, frescura, algo con la sensación de cosa viva, lo escucho en el disco.

Al escucharlo también se encuentra mucha cosa muy pensada. ¿Cómo hacés para balancear esa cantidad importante de pensamiento con lo que te hace componer, que evidentemente va por el lado del sentimiento?

En particular en este disco yo quise resaltar la esfera más emocional, ya desde la apertura del disco.

Ah, qué precioso tema “La rambla de Montevideo”. Sorprende que la música da esa sensación de dinamismo que tiene la rambla, con su gente corriendo y los autos pasando.

Vos sabés que yo ya había hecho una canción que se llama “La rambla de Montevideo” en “Micromundo” (dos discos para atrás). Pero me di cuenta de que la rambla es un lugar tan, tan importante en mi vida, que siempre estuvo presente. Es un lugar fundacional. Entonces dije: “¿Qué pasa? Voy a escribirle veinte canciones a la rambla… las que haya que escribirle”. Esta es la segunda pero ya tengo la sensación de que van a venir más. Mi productor brasileño me decía que no la sentía adentro del disco. Y cuando la grabamos en Brasil, fue raro. Claro, podría haberla ahogado si la hubiese hecho demasiado montevideana. La grabamos en Brasil con Kassin tocando el bajo, Danilo Andrade tocando el clavinet, Leo Reis y Suzano en percusiones y se armó una cosa candombe pero muy funk al mismo tiempo. Después, cuando vinimos a Montevideo, me di el enorme placer de sumar a Martín Ibarburu en la batería y a Jhonny Neves tocando tambores de candombe, y mezclar esos dos mundos y ver que hablaban bien entre sí. Después sumamos los coros de Carmen Pi y Camila Ferrari. Y de golpe la canción empezó a tomar gran espesor y terminamos poniéndola de primera. O sea, cuando uno decide con qué canción abrir un disco es un tema.

Yo coincido contigo que en el disco conviven dos universos. Lo que pasa es que para mí no es difícil construir densidad racional. Es una cosa para la cual estoy entrenado. Quizás por eso me fui para Brasil. Porque necesitaba que apareciera también la otra ala. Por ejemplo, “Febril Remanso”, que es el corte de difusión del disco, es una canción compleja, que tiene muchos acordes, una veintena, pero no me interesaba que quedara en el disco como una canción rebuscada. Y Kassin logró darle un aire pop, bien liviano, desde que arranca hasta el final. A no ser que uno le preste mucha atención, no se da cuenta de la complejidad que tiene atrás esa canción. Y esa era la idea. Cada vez detesto más la complejidad como ostentación. Cada vez lo simple me llama más la atención y en este disco la idea era esa.

¿Quién produjo “Uno”?

Mis dos primeros discos los produje con Gonzalo Gutiérrez. Después a “Vacío” y “Micromundo” los grabé con Matías Cella en Buenos Aires, y “Mar Abierto” y “Tres Tiempos”, a pesar de que fueron grabados en Buenos Aires y Porto Alegre, con Dany López. En este disco trabajé con los cuatro, lo cual sinceramente lo considero un orgullo. “Uno” está producido por Kassin y coproducido por Gonzalo Gutiérrez, Dany López y Matías Cella. Y logré armar un puente entre Montevideo, Buenos Aires y Rio de Janeiro. Siento que inclusive Kassin, que lo acabo de conocer, es un amigo que va a durar en el tiempo. Y bueno, Gonzalo, Dany y Matías son hermanos. Entonces estoy contento, porque en buena medida de eso también se trataba “Uno”, de unificar cosas que en la apariencia están separadas.

Yo viví quince, veinte años de mi vida en dos mundos aparentemente irreconciliables y recién en los últimos diez, doce años, me entré a dar cuenta de que las mejores cosas que me pasaron en ciencia y en medicina estuvieron relacionadas con la música y que las mejores cosas que me pasaron en la música estuvieron relacionadas con la ciencia y la medicina también. En cierta medida, estar parado en una encrucijada no era lo que yo percibía como un sufrimiento y una flaqueza de carácter, de no saber decidir para dónde iba. De golpe vi que quien está en una encrucijada ve las dos calles. Lo vi como una bendición.

Musicalmente, ¿tenés un ideal? ¿Adónde te gustaría llegar?

En los próximos cuarenta años —ojalá que los tenga— me gustaría mantener este equilibrio que tengo ahora. Esto incluye: poder seguir teniendo una disponibilidad importante de tiempo, porque creo que el bien más preciado de todos es el tiempo, y poder seguir teniendo una libertad creativa absoluta. Quizá sí me gustaría poder abrir un canal de comunicación un poquito más amplio con el público.

¿En qué sentido?

Siempre tuve un canal de comunicación muy limitado. Siempre me dirigí a públicos muy pequeños y muy frágiles. Lo que me permitió vivir de la música es que tengo un público pequeño en diferentes ciudades: en Buenos Aires, San Pablo, Porto Alegre, en el DF, en Lima, Medellín, Santiago de Chile, otro más pequeño en Madrid, y otro más pequeño todavía en Barcelona. Pero todo ese circuito me permite funcionar. Bueno, si eso se pudiera acrecentar un poco, la verdad que me gustaría. Pero no mucho más que eso.

¿Tu pasión mayor es grabar o tocar en vivo?

Creo que lo que me terminó metiendo en la música es que me gusta todo el proceso. Por ejemplo de la ciencia me encanta la idea, el debate, la confrontación de ideas pero el proceso en sí de trabajo en ciencia me resulta aburrido. Este disco, justamente, es una declaración de deseo de vivir en dimensión poética.

Te quiero consultar sobre una de las canciones. ¿Cómo se te ocurrió ponerle esa música a la letra “Los peones de la guerra”? 

Es la canción más bizarra.

¡Es tanguera!

Bueno, mirá, eso que acabás de decir ya me pasó en no menos de cinco entrevistas y la canción no es un tango. Te diste cuenta, ¿no?

Pero tiene un aire de tango.

Mirá, te voy a decir una cosa. Si la escuchás, no tiene ninguna intención de ser un tango. El universo armónico de la canción, y esto te va a sorprender, tiene todo que ver con los Beach Boys.

¡No! ¿En serio?

Sí. Escuchá la canción “God Only Knows”. Pero dejame contarte esto primero: el arreglo que estamos preparando para el show del 23 es un tango, con lo cual me sorprende más todavía lo que me decís. El guitarrista me dijo: “esto es un tango”. Él toca muy bien tango. Empezó a tocarla y yo a cantar arriba y todo encajó.

Esta fue una canción particular. Por ejemplo, es la única canción de todo el disco que canté de un tirón y la única que canté en Rio de Janeiro. A todas las demás las canté acá.

Bueno, es una temática que uno tiene frente a los ojos todo el tiempo. Primero me di cuenta de que vos llegás a una ciudad en Europa y llegás inmediatamente a la ciudad. En América del Sur primero llegás a la periferia, y atravesás un cinturón de exclusión, de violencia… también de mucha vitalidad; recién después llegás a la ciudad. También estaba leyendo un libro de Mario Delgado Aparaín, que se llama “No robarás las botas de los muertos”, sobre el sitio de Paysandú. Describe todo ese episodio espantoso. Y cuando termina el sitio de Paysandú, después de que los tipos se mataron, sufrieron, con el calor del verano en Paysandú —no me quiero ni imaginar lo que debe de haber sido eso—, el ejército de Venancio Flores fusila a los oficiales, entre ellos a Leandro Gómez, y a la tropa la incorpora al ejército colorado y se van a la guerra del Paraguay. Entonces vos decís: “¿Y esa gente no valía nada?” Imaginate, yo me estuve jugando la vida en un ejército y cuando termina la guerra, me incorporan en otro y me llevan. Por eso lo de “vida sin valor”, ¿no? Como si fueran los peones del ajedrez: los que van adelante que se sacrifican. Entonces escribí la letra y pensé qué hacía con ella… podía ser un rap, y hubiera funcionado, de hecho al final pasa eso. Pero ta, no me convencía; parecía una salida fácil. Y seguí probando cosas. Hasta que un día estábamos volviendo de La Paloma con Zelito, que es con quien hice la canción “Febril Remanso”, y empezamos a escuchar, obsesivamente, “God Only Knows”. Prácticamente escuchamos solo esa canción los doscientos diez kilómetros. Veníamos hablando de la secuencia armónica de la canción: cómo en el estribillo baja, que es algo que también remarcó mucho McCartney, que dice que esa es su canción favorita de todos los tiempos. Es algo que pasa también en Penny Lane [tararea]. En un momento, veníamos cruzando el puente de Parque del Plata, me di cuenta de que esa era la estructura para “Los Peones”, que volviera para abajo. Y de hecho la forma en que sale, que sale a través del séptimo grado para volver al estribillo, es el mismo acorde que utiliza “God Only Knows”. Hace el mismo recorrido.

¡Y qué fuerza que tiene eso cuando baja!

Para mí es una cuestión taoísta. ¿Viste que Lao Tsé decía: “si querés que te escuchen, no grites”? Uno a veces piensa que si el estribillo va para arriba… y a veces es al revés. Agarra un dramatismo el estribillo que no tendría si hubiera resuelto para arriba, ¿no?

Mirá, es una canción rara en muchos aspectos. Porque es la primera vez que escribí una canción entera en partitura antes de tenerla hecha. [Me muestra la partitura, que es todo un librillo]. Es un cuarteto de violín, viola, cello…

¿Vos ya las pensás con los instrumentos?

Esto es nuevo. Yo llegué al estudio con la canción afuera del disco. Sobre todo porque mi productor y yo estábamos de acuerdo que no iba. Y el último día antes de irme del estudio de Kassin, él me dijo: “¿No tenías una canción más?” Me pidió que se la mostrara y saqué este cuadernito. Le expliqué: aquí entra el trombón, acá más adelante…

¿Pero ya te viene así la canción a vos? ¿Te la imaginás con todo eso cuando la estás componiendo?

No, yo la compuse desde la guitarra. Mirá, si no te aburre, te lo muestro.

¡Qué me va a aburrir! Me fascina.

En realidad lo que hice fue agarrar la guitarra. Lo que tenía hecho era esto [toca unos compases en la guitarra] y se me ocurrió hacer un movimiento cromático…  escuchá los bajos, por semitonos. Y esto, que a vos te suena a tango, ¿conocés Eleanor Rigby? Es ese pulso. Y es el pulso de “God Only Knows”. Y como estaba tomando un curso de contrapunto, le dije al profesor que iba a intentar armar algo para tres voces. Y de repente empecé a sumar voces y empecé a jugar con total inconsciencia. Me llevó un mes de trabajo, porque no tengo oficio de compositor en esta área. Y fue completamente inesperado cómo se resolvió, porque Kassin me preguntó si lo tenía en midi. Entonces lo pasó por un procesador con sonido de melotrón. Y le encantó. Lo grabamos en melotrón. Después en Buenos Aires grabamos con un cuarteto de cuerdas, y clarinete, y flauta traversa. Entonces la canción va todo el tiempo oscilando entre una cuestión orquestal y una cuestión electrónica. Pero en ningún momento juega con el tango y sin embargo la gente la escucha como un tango. Yo estoy muy sorprendido. Es una cuestión que me agrada.

Es que también al tango por acá lo tenemos incorporado hasta sin darnos cuenta.

Totalmente.

[Daniel pone “play” en su computadora y me muestra cómo era el archivo original de la composición, hecho con un programa de computadora. Y explica:]

Entonces, le llevo esto a Kassin y se le ocurrió pasarla por unos filtros de voces rarísimos. Mirá. [Me muestra la grabación y me va indicando dónde hay más filtro y menos filtro de la voz, a la que se le agrega un sonido fantasma, por momentos y más y por momentos menos notorio].

Esta canción tiene otro detalle: es de tiempo variable. Arranca en 120, baja a 108 y sube a 150. Todo el tiempo se está moviendo.

¡Pero eso en vivo no lo podés hacer!

No, no. Obviamente. En vivo es otro capítulo.

Mmm. Pero vos componés canciones que luego grabás y luego presentás en vivo. ¿Vos grabás el disco como se te canta y después ves cómo las presentás en vivo?

Sí.

¿Y eso es inteligente?

No. [Risas]

[Yo me quedo pensando lo fascinante que es todo ese largo proceso desde la composición hasta la presentación en vivo y las muchas adaptaciones entre medio].

Comentaste que te encantó escribir prosa cuando acompañaste el DVD “Tres Tiempos” con un libro. Me intriga, ¿seguís escribiendo?

Vos sabés que había agarrado impulso para sacar un libro sobre “Uno” también. Y ahora lo perdí. Quedó no sé dónde.

¿Pero siempre tenés unida la prosa a tus discos? ¿No se te ocurre escribir un libro de cualquier otra cosa?

Tengo un par de temas de novelas en la cabeza, dándome vueltas. Uno de ellos apareció hace una semana. No sé si algún día lo haré. Calculo que en algún momento pero me parece que no va a ser pronto. Ahora tengo un envión muy fuerte con las canciones y con tocarlas.

La experiencia de escribir “Tres tiempos” fue un regalo. Yo pensé que iba a ser un librito que iba a acompañar un DVD y terminó siendo un libro que está acompañado casualmente por un DVD. Pensaba escribirlo en quince días en La Paloma y estuve tres meses encerrado en un living, en silencio, escribiendo… y fue increíble.

¿Te pareció que es la misma conexión cielo-tierra que te genera una canción cuando empezás a crearla?

Me pareció que en algunos aspectos es más fuerte.

 

Si no fuese por la variable tiempo, le habría seguido preguntando cómo compuso cada tema de los del disco. Quedé enormemente agradecida por la generosidad de Daniel, justamente con lo que él considera más preciado.

A ustedes que han leído esta charla, les sugiero que vayan a ver la presentación del disco “Uno” el día 23 de noviembre en la Sala Zavala Muniz y que en cuanto encuentren el disco, obtengan un ejemplar. El objeto físico está hecho con un cuidado increíble, con un papel de buenísima calidad y un nivel de diseño que me resultó extraordinario. En cuanto a la música, puedo decirles que es un disco que los mantiene atentos, que sorprende para bien, que nutre en varios niveles y que siendo muy uruguayo, es también cosmopolita.

 

Foto de portada: Santiago Epstein.

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Jardín de folclore, rock y jazz: Entrevista a Santiago Montoro

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Foto: Victoria Giménez

 

Cuando la entrevistadora practica cada vez más libertad y está genuinamente interesada en conocer más del entrevistado y coincide que el entrevistado es un ser muy amable y generoso con su tiempo, se corre el riesgo, para mí hermoso, de que la entrevista se parezca mucho a una conversación y con una extensión considerable. Dudo qué acto será más piadoso con ustedes, lectores, si recortarles la conversación sensiblemente, como para que puedan terminar rapidísimo de leer esta nota y puedan saltar de inmediato a leer sobre los cangrejos clonados de Groenlandia o, en cambio, compartir cada momento de esta larga conversación. Concluyo que tomaré una posición salomónica: recortaré algo pero, también, tendré en cuenta la opinión que recibí del gran Hugo Fattoruso cuando durante una entrevista le comenté que sería mejor no extendernos mucho, para que la nota fuera leída. Palabras más o menos me dijo: “En una época, si los temas musicales duraban 3 minutos y 20 segundos, te los hacían cortar. Podían durar máximo 3 minutos. Pero en algún momento se empezaron a escuchar temas de 15 minutos. Todo depende del arte que le pongas”. Les pediré que sean ustedes quienes hoy hagan un acto artístico: permítanse leer esta charla sin apuro. Es entre los renglones que se perciben los ingredientes más sabrosos.

 

Ya no grabás CDs físicos pero hiciste un álbum digital de tus canciones al que llamaste “Jardín”. ¿Cuánto hace que estás trabajando en él?

Vengo preparándolo desde hace tiempo. Tenía reservada la sala hace un año. Cuando la reservé no había grabado el álbum todavía… lo grabé enero.

¡Qué raro!

No es tan raro, porque en una sala como la Hugo Balzo te dan fecha para muy adelante, entonces tenés que hacerlo con tiempo. Pero es algo que no voy a hacer más. No voy a reservar una sala para presentar un trabajo que todavía no hice. Porque es un estrés. Es algo que he hecho muchas veces, algo que me autoimpongo, porque me ayuda tener una fecha límite. En este trabajo estoy haciendo todo yo. Desde la composición, los arreglos, grabarlo, producirlo, mezclarlo. Por suerte ahora Rafa Hofstadter está haciendo el máster y está buenísimo, porque yo ya no podía más de la subjetividad del asunto.

Entonces ahora estoy metido en un evento que se programó hace un año más o menos. Todo esto es el resultado. Todavía estoy haciendo correcciones de las mezclas, o sea que el álbum no está terminado [Nota: Esta conversación sucedió hace una semana; hoy sí está terminado]. Pienso que en el futuro voy a hacer las cosas diferentes.

Antes de adentrarnos más en Jardín, permitime preguntarte: ¿Por qué te viniste de España? Siendo músico ¿no tenés mejores posibilidades en cualquier otro país que en este?

Bueno, depende de cómo se mire. Económicamente, por supuesto. Yo me fui en el 2001 y me volví en el 2010. Me fui con mi pareja del momento, tuve una hija allá, tuve un cierto arraigo. Yo ya tenía estudio acá pero rearmé un estudio allá, toqué con mucha gente, viví de la música esos 10 años, exclusivamente, y la realidad es que fue una decisión familiar la de volver, fue más que nada una cuestión afectiva y era un buen momento porque nuestra hija tenía siete años. Después no iba a querer venir, o sea que había que hacerlo en ese momento. Y bueno, vine. En realidad acá yo vivo de la música y creo que las cosas que hago me gustan más acá que allá. El problema es que la remuneración es mucho peor acá y vivo mucho peor acá que allá. Pero musicalmente me interesa mucho más lo que hago acá. Es otra cosa. Allá yo con mi proyecto tenía una banda y tocaba habitualmente. No te digo que tocara todos los días, pero tocaba acá y allá y no tenía que andar arreando gente a los conciertos porque eso sucedía naturalmente. No era una panacea pero iba funcionando. Esa realidad acá no tiene nada que ver. Pero bueno, yo qué sé, acá tengo la posibilidad de colaborar con gente que me interesa mucho lo que hace, aprender muchísimo de ellos. Acá en el estudio tengo la posibilidad de que todo el tiempo esté viniendo gente que me copa. Eso no tiene mucho precio, la verdad. Allá también tocaba con músicos muy buenos pero es diferente.

Te he visto colaborando muchas veces con Rossana y Cheche. Cuando entrás en escena, entra una polenta impresionante con vos y tu guitarra. ¿Hay una intención consciente de agregarle polenta a ese toque o es lo que surge de ti naturalmente?

Cuando toco me gusta en lo posible entregar todo lo que pueda entregar. O sea que lo vivo con intensidad, en general, y me gusta estar haciéndolo con gusto y copado. Por eso me gusta tocar con músicos que me interesen. Yo hago lo que me sale, obviamente.

Pero he escuchado otras cosas tuyas que son mucho más dulces y menos rockeras, por eso me intriga.

No soy un músico virtuoso pero sí creo que he aprendido con el tiempo a trabajar sobre una canción tratando de darle lo que yo pienso que precisa y no adaptar la canción a lo que yo quiero hacer o lo que yo sé hacer. De alguna manera siempre pongo esa cabeza.

Hoy estuve escuchando “Carta para un fantasma” y me sorprendió justamente eso: que la canción tiene lo que necesita y nada más.

Sí, es curiosa esa canción porque no tiene nada. Lo único que tiene es la guitarra y un coro de muchas voces.

Pero con esa guitarra generaste muchas cosas. Por ejemplo las últimas notas, que acompañan la última frase de la canción, me parecieron impecables. Llevan una intención cargada de significado.

Bueno, esa canción es especial. Es una canción de amor para alguien que ya no está. Frente a un hecho que en general produce un poco de miedo.

A ti te produjo un poco de miedo, ¿no?

Sí, sobre todo porque después me vine a vivir acá [risas]. Dije: “¿Para qué le habré hecho la canción a este?” [más risas]. Pero no se quiso manifestar. Pero no, hablando en serio, fue desde un punto de confianza, de apertura, de luminosidad. Entonces lo que intenté transmitir con el arreglo fue eso, un poco ese punto de vista diferente de un hecho que habitualmente a mí me produciría una reacción diferente, digamos. Lo del coro es la parte más cómo mística, espiritual, pero el pedido es directo, es personal y es con amor.

Cuando vos definís que querés dar determinada intención, ¿ya sabés que determinados acordes o armonías van a generar eso y entonces las usás o es algo que te surge? ¿Es más mental o más directo?

Hay muchos elementos para uno poder definir eso pero yo soy muy intuitivo. Al tocar, al componer, en todo. No racionalizo demasiado las cosas sino que más bien intento generar que las cosas fluyan de una manera. Con el tiempo de tocar me he dado cuenta de que si yo genero un cierto estado, en el momento en que toco o compongo, hay algo que baja, que no sé de dónde viene, pero fluye y es maravilloso. Entonces quiero cuidar y enfocar eso. A veces se puede, a veces no. A veces es más, a veces es menos. Eso es como controlar algo mágico que no sabés cómo va a salir. Pero desde que me di cuenta de que era así, tengo mucha más seguridad. A ver, me puedo tirar al vacío tocando en un lugar y sin miedo, porque tengo confianza en que va a estar eso. Es un poco raro.

No, no. ¡Está buenísimo! En “Carta para un fantasma” hay una frase que es: “Siempre arruino todo buscándole una explicación” y en “Te alimenta” hay otra que dice “Prefiero una emoción a un pensamiento”.

Ahí va. Eso describe un poco eso.

¿Es una búsqueda personal tuya concreta?

En el caso de “Carta para un Fantasma”, sí, porque es eso de darle a la cabeza tanto y al final no llegás a profundizar ni a entender nada de lo que pasa. En el caso de “Te alimenta” es más una cuestión que si bien es un poco eso, también es una presentación de intenciones respecto a lo que pienso que pasa hoy por hoy en general en la sociedad y en todo lo que me rodea. Pienso que esa confianza en la intuición y en entender lo que uno siente, en toda la parte emocional, y saber manejar eso uno mismo, puede ser mucho más valioso en general que la racionalización. Ojo, digo que prefiero pero no digo que no debería estar. Obviamente que el pensamiento es una cosa maravillosa también. Pero la emoción es algo que viene y que uno por lo general lo maneja o lo gestiona de una manera u otra. Y en eso se derivan diferentes actitudes o formas de ser. Por poner un ejemplo, si yo siento que hay que hacer una cosa que es absurda, no es rentable, por ejemplo esto de dedicarme a la música [risas], lo hago porque lo siento, no porque lo piense. Si lo pienso, capaz que no lo hago. O capaz que lo hago igual… pero posiblemente no.

La gestión de las emociones condiciona todo lo que pasa. La relación entre las personas, contigo mismo, entender lo que te pasa. Hasta se relacionan con enfermedades físicas.

Folclore, rock y jazz. ¿Cómo viven adentro tuyo esas tres corrientes musicales?

El folclore viene de mi infancia. Porque yo nací en el campo y empecé a tocar de niño. Mi primer profesor se llamaba Adolfo Santurio, que era el guitarrista de Los Carreteros. Creo que Ayuí publicó hace poco algo de ellos. Era una agrupación folclórica de San José. Yo vivía en Progreso. Él fue mi influencia folclórica. Él me tiró mucho para adelante. Tengo que agradecerle eso. Él ya falleció. Por ejemplo, él tenía un programa de radio en Las Piedras, y no me llevaba a la radio pero me grababa tocando y cantando y me pasaba. Imaginate, yo con 7, 8 años, salía en Progreso, que era un pueblo chiquito, y todo el mundo sabía que yo salía por la radio. También organizaba kermesses y me llevaba a tocar.

Después hubo un proceso intermedio en el que yo vivía en el campo pero venía todos los días a estudiar acá, lo cual era matador; unos viajones tremendos. En esa etapa dejé de tocar la guitarra. Y después emigré a la ciudad.

Cuando retomo la guitarra, allá por el año 83, ¿por qué la retomo? Por el rock. Porque veo a gente que toca y me gusta. En ese momento me compré una guitarra eléctrica. En el 85, cuando empezó la democracia, más allá de las razias y todo eso, había una efervescencia impresionante, se tocaba por todos lados. Y ahí empecé a tocar y de ahí viene el rock en mi música. Mi actitud de ese momento era sobre todo punky. Yo no era punky porque siempre escuché de todo. Cuando empecé a tocar la guitarra eléctrica me interesaba el rock más clásico, escuchaba Led Zeppelin, Pink Floyd, todas esas cosas.

Ah, esa influencia es lo que se te oye a veces.

Sí, Pink Floyd fue, por ejemplo, un grupo de cabecera durante años. Y bueno, con el tiempo se mezclan esas cosas.

El lado jazzístico es el lado que me interesó después. Primero empecé a conocer la Bossa Nova y toda la música de Brasil, que me apasionó. En esa época no había internet pero tuve la suerte de que yo tenía un amplificador de guitarra que se lo prestaba a Pablo Notaro para ensayar los sábados. El padre tenía una colección de vinilos impresionante. Entonces yo le decía: “Vos vení a buscar el equipo pero traeme un par de vinilos” y yo me los copiaba. Y así conocí a Gilberto Gil, a Caetano, Hermeto Pascoal, Milton Nascimento, Djavan.

Fue en esa misma época que empezamos a curtir esas músicas de manera conjunta con otro músico que va a tocar justo ahora, José Luis Yabar, que es el guitarrista de Santullo actualmente. Era compañero de liceo y nos juntábamos a tocar. Había también otros compañeros de liceo que hoy también están en la música, como Marcelo el de Los Buenos Muchachos, el Topo y otros. Pero principalmente “el Jota” era el bastión. Le caíamos todos en la casa. Era el que tenía la mejor guitarra eléctrica e íbamos todos a tocar. Y el tema del jazz empezó sobre todo cuando escuché OPA. Porque escuché primero a Mateo, y me enfermé. Tendría que haberlo conocido antes pero lo conocí a los 16 o 17 años y me partió la cabeza. No podía entender. Me enfermé. Quería escuchar más. Y a partir de ahí me fui interesando por otros artistas. Conocía a Fernando Cabrera, que tocaba en ese momento, que me encantaba. También a Jaime Roos. Había muchos artistas fuera del rock estrictamente, que me interesaban. Pero cuando conocí a Mateo, ta. Por suerte lo pude ver muchas veces. Al Darno también, por suerte. Está buenísimo que eso no me quede en el debe.

Nunca me dediqué a tocar jazz. Tuve cierta preparación para hacerlo, porque tuve, por ejemplo, de profesor a Alberto Magnone, que siempre me tiró para adelante, pero yo ya estaba determinado para otro lado, para el lado de la canción. Escuché mucho jazz. Miles Davis, por ejemplo, es uno de mis artistas favoritos. Esa influencia capaz que no se nota tanto en los trabajos anteriores y creo que en este se nota un poquito más. No es ni de cerca un disco de jazz, por supuesto. Pero tiene esos tintes.

¿De chico vivías en contacto con la naturaleza?

Vivía en una chacra, en una bodega, además. Había vid. Vivía bastante solo, en el sentido que los amigos de mi edad no estaban cerca.

¿Vos sentís que la música te acerca un poquito a la naturaleza?

Sí, pienso que sí. Desde hace un tiempo tengo como una vuelta a la naturaleza. De la manera que puedo. De hecho acá arriba tengo una huerta.

¡Qué bueno! Ojo no vayas a vender semillas. Ahora hay un revuelo bárbaro con que para vender semillas tenés que cumplir con cierta reglamentación y hay varios viveros que están complicados con eso.

Sí, pero viste que las semillas de Monsanto sí se pueden vender, ¿no?

La verdad que no puedo entender qué pasa con nuestros gobiernos. Supongo que no tienen hijos, ni nietos…

Mirá, me asombran muchísimas cosas. Al final yo pienso que los políticos de alguna manera son títeres y marionetas del poder económico. Hacen lo que les digan. Y ya está. Entonces los cambios no van a venir por ahí. Lamentablemente lo veo así. ¿Qué se puede hacer? Yo creo que lo único es tratar de tener una actitud personal acorde con lo que pensás y tener la esperanza de que todo el mundo haga lo mismo a ver si cambian las cosas. Porque otra cosa no sé.

Sí, tiene que venir del individuo, que cuando sean muchos sumados…

Sí. Cuando yo digo eso me miran como diciendo que soy muy iluso, pero bueno, yo no veo otra manera.

¿Qué más podés contarme de “Jardín”?

“Jardín” es un trabajo introspectivo, muy personal, porque es la primera vez que cumplo todos esos roles en un trabajo mío. Porque siempre quería tener la seguridad y el apoyo de un Productor Artístico que lo haga conmigo. En “Vida Breve” fueron Daniel Carini y Fernando Ulivi, en “Trampolín” fue Nacho Mateu. Y acá, de alguna manera quería demostrarme varias cosas. Por eso es introspectivo. Por ejemplo, no invité a un montón de músicos que podría haber invitado, que hubiera estado buenísimo, como lo hice en “Trampolín”, pero en este álbum quería estar yo ahí; sentía la necesidad.

Y cuando invitás a muchos músicos a grabar, ¿cómo lo presentás en vivo?

Ah, bueno, los invitás a todos. A la presentación, claro, después ya no. Pero ahora es lo mismo: yo grabé más de una guitarra en casi todos los temas.

¡Ah! ¿Y cómo hacés?

Bueno, a la presentación van a ir invitados, a tocar mis guitarras, pero además las versiones van a ser diferentes. En lo esencial son lo mismo pero adapto. Porque también pienso que una grabación y un concierto son cosas diferentes. Si bien es muy válido presentar un trabajo tal cual fue grabado, me parece que no es necesario, no hay por qué. Entonces algunos temas van a quedar un poco más rockeros de lo que son en el álbum, porque no hay guitarra acústica, que había, y después hay otros que quizás queden un poco más íntimos y pasa lo contrario. Y está buenísimo, porque va a existir otra cosa.

¿El disco ya está a la venta? 

Pienso ponerlo para que se pueda escuchar unos días antes de la presentación. Y con la entrada del concierto va la descarga de regalo.

¿Podrías contarme cómo fue que te diste cuenta que una composición tuya le quedaba perfecto a un poema de Eduardo Nogareda?

Por un lado, tenía la canción compuesta y Sebastián Petruchelli, que toca el violín en esa canción, que ahora vive en España, cae acá por el estudio, es un amigo, y lo lié, digamos, usando el modismo español, para grabarla. Entonces grabamos ese tema como tema instrumental, la guitarra y el violín. Ahora otros músicos le añadieron contrabajo, batería y otras cosas. Entonces tenía esa idea guardada. Me pongo a musicalizar los poemas de Nogareda y empiezo a coparme con eso. Porque me metí y no podía parar. En realidad musicalicé casi todo ese libro, lo que pasa es que elegí cinco. En principio pensé que quizás hacía dos álbumes pero después elegí y seleccioné. De repente, no sé cómo fue, me di cuenta. Es curioso, sí. Me sentí muy bien musicalizando esos textos. No tuve que modificar nada. Nogareda me decía que otras personas por lo general le pedían alguna licencia para modificar alguna cosa. Yo no cambié nada. Algunas cosas se las cambié sin querer pero porque me iba acordando de la letra de memoria y con el tiempo la iba deformando.

¿Sos de leer poesía?

No soy un lector súper ávido que se pasa el día leyendo. Me encanta leer pero no leo demasiado. Me encanta la poesía pero tampoco tengo un conocimiento literario de poesía muy amplio.

¿Qué se te dio?

Porque es un amigo y me interesa mucho lo que hace. He trabajado con él. En España toqué con él en un espectáculo que tenía y hay una relación afectiva. Es como el abuelo de mi hija en España, una cosa así. Por ahí viene el conocimiento de su obra.

Vos sabés que yo uso mucho ese ejercicio de musicalizar a nivel docente. Nunca lo había hecho para algo que yo fuera a publicar.

El proceso de composición mía en general tiene una parte que para mí es muy fácil, fluye muy bien, que es la parte musical. Y una parte que me torturo, me cuestiono todo, tiro y voy para atrás y para adelante, que es la parte letrística. Porque soy muy inseguro con eso, porque no estoy formado para escribir. Siento más legitimado el yo mostrar algo musical. Y de hecho, mal o bien, no estoy incómodo con las cosas que he escrito. Pero musicalizar los textos de Eduardo, además de que están muy bien escritos, fue muy liberador. Viste que en la creación, cuando acotás uno de los aspectos, definís una línea mucho más rápido que si tenés todo el universo y no sabés por dónde ir.

Y además la poesía tiene música, ¿no?

Sí. Yo en algunos casos aproveché esa musicalidad. En otros casos la rompí. Y creo que cualquiera de las dos cosas fueron interesantes.

Yo presenté estas músicas en la Felisberto el año pasado. Eran los temas compuestos, todavía muy en pañales, porque todavía no había empezado a grabar el álbum, ni yo sabía que iba a hacer el álbum. Y por ejemplo hubo un tema que no le gustó a él y era porque yo no había captado la intención de lo que quería decir. Por supuesto que ese tema no lo incluí.

Qué interesante debe de ser que te musicalicen tus textos, ¿no?

Sí, y en este caso él me decía que a él en general le musicalizan sus textos músicos más del folclore. Y aquí hay mucha cosa experimental también. Por ejemplo el tema “Pregunta” es un tema que está en 11. Muchos temas tienen estructuras rítmicas raras.

¿Y por qué quedó en 11? ¿Por la letra?

Porque yo soy medio enfermo con esas cosas. Me encanta. Ese es el tema que era instrumental antes. Hay temas en 5, en 7, en 11.

¿Es por experimentar?

Sí, siempre fui de experimentar con ritmos no convencionales o con claves rítmicas no convencionales. Es una investigación que me hace feliz, simplemente.

¿Pero es mental o emocional?

Creo que es las dos cosas. Yo suelo estar en la búsqueda de algo original y suelo ir por ese lado porque me encanta. Estoy todo el día haciendo percusión en todo. Los que están al lado mío me odian en ese aspecto. Entonces también diariamente estoy jugando con esas cosas. Para mí es un juego. En “Trampolín” pasa también, aunque no tanto. La canción “Trampolín”, por ejemplo, es un juego métrico entre compases de 2 y de 3, subdivididos de distintas maneras, y estructuras que son muy raras. En realidad me odian después cuando hay que tocarlo.

Bueno, pero tocás con Cheche así que no tenés ningún problema.

No, Cheche es un genio. Y con Nino y con Nacho, con cualquiera de ellos, que son unos cracks. Gracias a que cuento con ellos es que puedo tocar esos temas.

 

La presentación del álbum digital “Jardín”, de Santiago Montoro, será el martes 24 de octubre en la Sala Hugo Balzo. Las entradas se venden en Tickantel y en la Boletería de la sala. Lo mágico de estas instancias musicales es que no hay dos iguales. Ni siquiera cuando tocan los mismos músicos y tocan las mismas canciones.

 

 

 

Entrevistadora: Patricia Schiavone

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