“Nadie sabe lo que va a pasar” – Dany López

La invitación hoy es a detenernos juntos en la canción “Nadie sabe lo que va a pasar” de Dany López. Cuando digo “juntos”, digo: ustedes, el autor de la canción y yo. Espero que se enganchen tanto como yo. Y si pueden, sacúdanse esa timidez y comenten abajo. Si son amables, todo comentario es bienvenido.

Antes de que arranquemos el tren, sugiero darle click a la canción, para que todos sintonicemos la misma frecuencia.

 

¿Cuál es la primera sensación que les genera? ¿Y la segunda? Sería ideal que se lo preguntaran antes de seguir leyendo.

Ahora les voy a contar mi viaje de escucha y luego lo más preciado: la mirada del autor. Si se aburren con mi viaje, lo bueno de un texto escrito es que se pueden saltar líneas. 😉

En mi caso cuando escucho por primera vez una canción casi nunca entiendo el mensaje global de la letra. Oigo quizás combinaciones de palabras que me llaman la atención pero solo leyendo la letra logro hincarle cerebro al mensaje de la palabra. El acercamiento que me resulta natural es prestarle atención más que nada a cómo me hace sentir y luego empezar a desmenuzar los elementos sonoros que me lo generan.

Con esta canción lo primero que siento es una combinación bastante balanceada de alegría e introspección. Es como si tuviera el potencial para desbocar el sentimiento de alegría pero aparecieran elementos que te la contienen, con algún matiz de tristeza, y con otros tintes de aceptación y despreocupación.

El siguiente nivel de escucha al que fui es la voz de Dany y la batería juntos. Es como si en esta instancia fueran una unidad indivisible. Y ahí empiezo a comprender un poco más cómo es que me genera todo eso.

La voz de Dany tiene en sí esa misma mezcla de emociones: dulzura e introspección por un lado, optimismo y liviandad por otro. O será mi interpretación, que ya sabemos que es lo único con lo que contamos los seres humanos.

Todas las voces son particulares, claro, en su timbre, en todas sus características, pero la de Dany a mí me impacta especialmente. Me paré a tratar de comprender un poco más su efecto y lo que vi fue que por un lado me llega como con un deseo de comunicación muy honesto, muy directo, como si no estuviera midiendo ni retaceando nada. También recibo inexistencia de miedo y eso me resulta sanador… como si por lo que dura la canción yo pudiera deshacerme del miedo también. En cuanto al sonido en sí, es muy, muy cercano y agradable, es entrañable, es dulce y sincero. Tiene una cualidad amorosa hacia todo: hacia la canción, hacia él mismo, y de algún modo hacia la vida toda. Es como si en una nota se condensara la existencia humana. Sé que suena exagerado pero realmente lo siento así y me emociona.

El mismo doble efecto de disfrute y profundidad introspectiva me llega desde la batería con tres elementos sonoros.

Primeramente, hay un impacto directo al centro del pecho con la apertura de los platos del charleston. Aquí ese sonido es maravilloso porque cumple dos funciones. Por un lado, te moviliza nada más ni nada menos que el centro del pecho, te abre a sentir, casi que a la fuerza. Por otro lado te genera a la perfección esa sensación de algo “que pasa”… casi como si uno estuviera sentado en una ventanilla de un coche o tren atravesando el campo uruguayo y viera pasar un árbol, un poste, una vaca, una casa. Me resulta fascinante que eso lo logra con dos platillos que se abren, disimulando el golpe del palillo que ni se adivina, con un efecto similar al de las escobillas pero mucho más brillante y decidido. Si hubiesen sido escobillas, pasaba a tener un tinte completamente introspectivo y con mucha menos vitalidad. Y, no puedo obviarlo, esos palos que sí se sienten en algunas subdivisiones aquí y allí en el HH me maravillan… le ponen un toque de polvo mágico, a lo Campanita de Peter Pan, que conjuga perfecto con la ternura de la voz de Dany.

En segundo lugar, cada golpe del palo en el redoblante tiene, fíjense, ¡la mismísima intención sonora que la voz de Dany! Sospecho que comparten armónicos porque la semejanza es enorme. Además, esos golpes en el tambor son grandes responsables de la sensación de alegría y vitalidad. Ese “backbeat” de Ibarburu es buen responsable de mi fascinación por muchísimos temas. Tiene un efecto sensorial muy específico e identificable.

En tercer lugar, el gran toque introspectivo lo recibo del sonido del bombo. Ese sonido -mezcla perfecta de grave y agudo- me conecta hacia adentro.

A esta altura, me abro a los demás sonidos de la canción.

El bajo de Gerardo Alonso le da contundencia de principio a fin y, por ejemplo, acompaña genialmente esas aperturas del HH. Pero al escucharlo más detenidamente descubro que el bajo tiene la misma textura sonora del bombo de la batería y me genera una clara excitación, en algunos momentos por el groove y en otros también por el sonido. Y me cuelgo con algo: noto que es el bajo el que me genera un anclaje a la tierra… ¿será gran responsabilidad del bajo que mi alegría no se desboque y se vuelva insoportable? Por momentos creo que sí pero hay otros en los que es lo opuesto: por ejemplo cuando quedan solo el bajo y la voz, el bajo es el que me sigue empujando hacia una zona exaltada.

Entonces voy a prestarle atención a las guitarras. No soy capaz de identificar claramente qué guitarra es la de quién a excepción de algunas notas que tienen un nombre y apellido clarísimo: Palito Elissalde. Y entonces creo sentir su impronta de energía poderosa atravesando toda la canción. Identifico “momentos Elissalde” que en esta escucha a nivel micro me dejan con las ganas de más, pero que en la escucha a nivel macro queda claro que están en la medida justa.

Como paso siguiente busco las voces femeninas, que las encuentro aparentemente muy sutiles, aunque sabemos que esas sutilezas pueden ser definitivas a la hora del efecto final. [Un paréntesis: ¿Vieron la peli “Twenty Feet from Stardom”? Si no, tienen que.] El efecto del teclado es de alguna manera similar al de las voces: para notarlo tengo que poner empeño y una vez que lo descubro digo: “Fa, ¡cómo aporta!”

En fin… todo eso sucedió conmigo antes de saber genuinamente de qué iba la letra. Aquí la comparto:

Pasa algo mientras prendo el fuego
pasan cosas que no sé explicar
pasatiempos de un duende noruego
fin de año y viene Navidad

Pasa un tren y te corta el aliento
pasó el día ni cuenta te das
todo cambia mientras va pasando
nadie sabe lo que va a pasar

Pasa un árbol y allá viene un perro
oigo un tango saliendo de un bar
pasamanos y pasamontañas
pasaplatos y publicidad

Mientras cambias algo va pasando
lo que fue ya nunca más será
pestañás y lo perdés de nuevo
otro tren ya volverá a pasar

Pasa algo que detiene el tiempo
pasa algo que lo pone a andar
las agujas van blanqueando el pelo
mi tatuaje biomolecular
el reloj se anuncia en el espejo
y el espejo también cambiará

Algo raro debe andar pasando
si no algo raro pasará 
todo cambia mientras va pasando
solo es cierto que habrá novedad

Nadie sabe lo que va a pasar

Del CD Acuario – del año 2007

Músicos:

Batería: Martín Ibarburu
Bajo: Gerardo Alonso
Guitarras eléctricas y acústica: Palito Elissalde
Percusión, guitarra eléctrica: César Lamschtein
Teclados, programaciones y voz: Dany López
Voz: Carmen Pi, Inés Saavedra y María José Bentancur
Guitarra acústica y voz: Dany López
Ingeniero de sonido: César Lamschtein

 

Letra hermosa, ¿eh? Pero no me voy a detener en ella, no por falta de interés, porque verdaderamente me colgué con esta letra mucho más que con otras, sino porque prefiero ahora darle paso a las impresiones de Dany López acerca de su canción.

 

Filosóficamente y del modo que vivo la vida, veo la cosa bastante así. No tengo un librito que me explique el universo. Me desapego de querer comprender el misterio y me entrego bastante a eso. Trato de vivir una vida con una ética que se corresponda con esa forma de ver las cosas.

Hay varios libritos de esos por ahí (desde el 3.000 ac). Son todos lindos, muy poéticos y con su porción de sabiduría. Uno aprende cosas de ellos. Pero conservo una distancia prudencial y me atengo a mi religión personal, a mi forma de re-ligar con lo trascendente, que es absolutamente personal y muy agnóstica. 

Uno va cambiando de perspectiva. Yo con 18 o 20 años tenía un cristianismo liberal y a mi modo, por llamarlo de alguna manera. Había visto “Jesucristo Superstar” siete veces. El Nuevo Testamento era libro de cabecera y tenía una versión de un neocristianismo que en definitiva quería parecerse a lo que supongo sería la verdadera filosofía de Jesús, no la de los concilios a partir del siglo II, que empezaron a hacer mierda todo lo que el tipo realmente pensaba, por lo menos en lo que dejan entrever los evangelios.

Luego se me pasó el cristianismo. Me quedé con algunos cuantos valores rectores que aún conservo: el amor al prójimo, la empatía, el no sentirse mejor que el otro, no tirar la primera piedra (tolerancia), el desapego, etc.

Desde que se me pasó el cristianismo soy agnóstico (con algunas ideas borderline con el budismo).

Pero esta canción habla más de cómo tomar la vida en general, sin sentir todo acabado, predefinido o predestinado. Da libertad.

Una de las cosas que más me divierte de esta canción es la estructura. Se sale del formato clásico A B A B. Es A A2 A3 A4 A5 A6 B 2 B2 B3 B4 B5, etc. La propia estructura habla como el texto: no es predecible. Todas las estrofas son distintas rítmicamente, muda el groove, la escena poética, los riffs… Musicalmente está construida sobre un riff groove en 3 x 4
toda la primera parte. Hay un slow down como en la estrofa 6, donde cambia a 4 x 4. 

El final también podría ser pensado en 12, quién sabe, pero lo importante es que tiene un punto de partida minimalista: la celula de groove de la guitarra de nylon, medio folky, en 3. Luego se va deformando: entran riffs rock, arreglos. 

El groove tiene el bombo en el tiempo 1 y el redoblante en el 3.

El tipo de poesía, más allá de lo filosófico, toma prestado del concretismo usar la propia palabra como objeto sonoro, la palabra cosa, que es algo que también uso mucho en mis canciones. Y la permanente tensión de opuestos
dentro de los propios versos, o entre las estrofas.

Lo otro que hago es no tratar de dar lecciones de vida. Más allá de que acá hay una generalización: ¨Nadie sabe lo que va a pasar¨, no pienso aleccionar a nadie acerca de qué hacer con su vida. 

Mis canciones por lo general escarban en:

mí mismo
mis propios monstruos
mis fantasmas
mis paraísos
mis visiones

 

Bueno, suena el silbato de la locomotora y el tren va frenando. Llegamos a la estación de destino. Ojalá hayan disfrutado el viaje. Si lo desean, pueden tomar el espacio para comentarios como si fuera un cuaderno en el que compartir impresiones con futuros pasajeros.

Sepan que la música de Dany López se puede comprar o regalar a través de Bandcamp. Aquí el link a esta canción:

https://danylopez.bandcamp.com/track/nadie-sabe-lo-que-va-a-pasar

Mimos para el alma: Carmen Pi

Foto: Fati Velazco

Foto: Fati Velazco

 

Hay músicas montevideanas que funcionan como cables al cielo. Son esenciales para mantenerse conectado al universo, para no caer en la trampa de creernos que lo que vemos es lo que es, o que los días tienen sentido por cualquiera de las tareas —en definitiva nimias— que nos tocan hacer. Cerebro y corazón a veces se despistan uno de otro y lo mejor del mundo para alinearlos es un toque musical que a uno le colme de felicidad. La alineación es inmediata y el efecto dura por horas y horas.

Tengo un listadito de “píldoras musicales montevideanas para el alma” y Carmen Pi está entre mis “top 4”. Cuatro músicos uruguayos a los que no podría rankear entre sí. Están allá arriba en el ranking de mi alma. Bendigo su existencia.

Carmen Pi suele presentar sus canciones en diferentes formatos. La he visto a dúo, a trío, con una banda enorme y un coro fantástico. Anoche me tocó verla y escucharla por primera vez en formato cuarteto, con un grupo de músicos hermosos: Nacho Imbellone en guitarra, Gerardo Alonso en bajo y Juan Ibarra en batería. Eso sucedió en El Tartamudo, un lugar que está teniendo una gran oferta musical, que además de ser amplia, es buenísima para mi gusto.

Carmen hizo un recorrido por los temas de sus dos discos: Puntos Cardinales y  Jardín Carmín y también nos regaló algunos temas inéditos.

Hasta acá venimos bien, digamos. Una descripción razonable… “periodísticamente” hablando. Les aviso que lo que viene ahora no es tan razonable. Siempre pueden parar de leer aquí mismo. Pero aquí es donde yo empiezo a revivir y divertirme, así que.

La última vez que había visto a Carmen había sido desde la primera mesa, justito en frente a ella. Me fui de aquel toque sintiendo que ella me había cantado solo a mí. Anoche me tocó sentarme en el punto más lejano al escenario, desde donde tenía una perspectiva perfecta del local lleno de gente y toda la banda. Me fui pensando que habría que poder ver todos los toques desde ambas perspectivas.

Comenzó con “Blue Cadillac”: solo Carmen con Juan. Este es uno de los inéditos y es impresionantemente bello. Carmen tiene una versatilidad estilística impresionante y con Blue Cadillac muestra una de sus tantas aristas mágicas. Ahí nos colocó donde nos quería tener y a partir de ahí nos configuró y desconfiguró a su antojo. Fueron pasando las canciones y tuvimos que parar de respirar, amar con locura, lagrimear (¡tengo que recordar no maquillarme la próxima vez!), creernos coristas por un ratito y reírnos con ganas.

Me detengo un instante en Juan en la batería. El mismísimo Juan Ibarra. Juan no es un baterista más de la ciudad. Yo imagino que todos ya lo saben, pero por si hay cualquier ser humano por ahí que todavía no lo tiene claro: si ven que toca Juan, no se lo pierdan. Tiene una musicalidad encima que emociona, rotundamente. Y le mete a todo el toque un ingrediente… que yo llamaría “amor optimista”. Los bateristas hacen música dando golpes, pero los golpes que da él son golpes amorosos. Lo juro. Es como si cada vez que desciende uno de sus palos, escobillas, hot rods y demás sobre un plato o sobre un parche, fuera más un mimo que un golpe. Aunque sea a volumen alto, ¿eh? Igual es con amor. Y eso para acompañar a Carmen, que es “música y amor” personificada, es algo que clarísimamente está arreglado desde el cielo.

El segundo tema fue “Canción Madre”, que es una canción en la que ella se pasea por notas que van desde los bastante graves a los grandes agudos con una comodidad insólita y todo se siente naturalísimo.

Cuando empiezan las notas de “Buen Día” a mí se me ajusta la existencia.  La dulzura hecha canción y la canción hecha dulzura. Y morí especialmente con la dulzura de Juan acompañando esta belleza. Aquí es cuando no tengo más remedio que parar y decirles GRACIAS. La vida es más fácil con músicos como ustedes.

El hit “Dance” no podía faltar y nos distrajo un poquito de la introspección. Pero no era más que una artimaña estratégica. Je.

“A Don Prudencio Navarro” es la canción por la que no puedo maquillarme más. Cuando la oigo es tan brutal la conexión que siento con la tristeza de las despedidas. Para mejor Carmen la canta con un grado de ternura, amor, ¡hasta toques de alegría! y acompañándose tan divinamente con esa guitarra que suena como los dioses… A mí me descalabra, y de manera muy extraña me conecta con ese hombre al que no conocí pero de quien escuché muchos cuentos a través de seres que quise mucho y que hoy ya no están cerca de mí.

Carmen se pasa toda la noche de la guitarra al piano, del piano a la guitarra, y así. Y, pffff, es hermoso ver cómo se acompaña con ambos instrumentos. “Esta vidalita” fue en el piano y es otra canción que si te agarra medio floja, te tambalea el corazón.

Nos pasamos la vida haciendo de cuenta que las emociones son controlables. Pero entonces vas al Tartamudo, te sentás a ver a Carmen, y ta, sin escape, te conectás con todas y cada una de tus alegrías, tristezas, pasiones, miedos, amores, etc. Ni te cuento con “Si supiera” de Galemire. Es algo muy enorme ese tema en sí y la versión de Carmen, con guitarra y batería. Lamentablemente este todavía tampoco está grabado y es imperioso que lo esté, porque dan muchas ganas de escucharlo en loop. Ojalá lo grabe pronto, junto con Blue Cadillac.

Luego cantó un tema de Jaime Roos, que se llama “Una vez más”. Yo particularmente no le había encontrado hasta el momento el punto a esta canción. Es como que no me llega. Y no me alegra que no me llegue, porque es probable que si no me llega es porque yo no estoy suficientemente conectada con la emoción concreta que esta canción transmite… y eso no está bueno de mi parte. Anoche le puse más empeño que nunca a recibir sus notas y con lo único que pude quedarme, pero que no fue poco, fue la belleza infinita que transmitieron las notas tocadas al unísono por Gerardo en el bajo y Nacho en la guitarra. Ya me llegará esta canción por otro lado algún día, pero anoche esos unísonos me hicieron vibrar de manera muy especial.

¿Viste cuando admirás de acá a la luna a alguien? ¿Viste cuando estás extasiado mirando un show? Imaginate que en ese momento el objeto de tu admiración dice algo así como: “Este tema se lo quiero dedicar a una amiga…” y ahí suena tu nombre. Ahh. El tema que me dedicó este ser de luz es una versión de “Can’t Buy Me Love” que me da taquicardia de tanta admiración. Versionar a The Beatles ya no es sencillo, pero ¿hacerlo en clave de jazz? ¿A vos te parece que eso es de seres terrenales? Mmm, en Uruguay no tenemos “crop circles” hechos por platillos voladores pero tenemos a Carmen Pi versionando este tema como lo hace. Todo me emociona de esta versión. El piano de Carmen! El solo bestial de bajo de Gerardo!! Seguido de un solo pre-cio-so de Nacho en la guitarra!!! ¡El sonido de la guitarra en este tema fue algo brutal! Me encantó todo. Magia. Magia pura. Ídolos.

Como si nuestros corazones fueran invencibles, lo que siguió fue algo que al menos a mí me desborda de alegría: la unión de dos mundos que amo por completo, con ingredientes especiales. “Bring on the Night”, de Sting, en versión candombe. Sting en la voz de Carmen es algo muy, muy bello. Juan candombeando en la batería con sus hot rods, con el volumen exacto para no interferir con la voz pero lo suficientemente alto para que a una le dieran muchas ganas de pararse y bailar, y Gerardo y Nacho tocando bellísimo, bellísimo. La reflexión es: tenemos que traer a Sting a Uruguay. Lo que le falta a ese muchachito es conocer el candombe y componer en este ritmo por un rato. Hay que decírselo lo más pronto posible.

Haciendo gala de su comodidad musical, luego Carmen cantó “Angel Eyes”. Anoche ella venía saliendo de un resfrío y fue bien interesante escuchar su voz un poco transformadita.

Las letras de las composiciones de esta mujer son hermosas. Fluyen tan cómodas como sus agudos increíbles y cuentan historias con un contenido, con el que es fácil identificarse. Flor en 6/8 anoche me convenció tanto que aunque hice un esfuerzo no pude acordarme de Flor en 4/4 (que antes me gustaba más). Lo que sigue sonando hasta ahora, quince horas después, y dirán que estoy loca, es el HH abierto de Juan en esta canción. Una belleza absoluta ese sonido. Gracias, Juan.

“No tiene nada que ver conmigo”, dijo Carmen al presentar “Carmín”. Y ahí se cantó con la misma belleza y dulzura con la que canta Buen Día. Me viene el recuerdo de un ejemplo que ponía Wayne Dyer en sus conferencias: Si exprimes una naranja, ¿qué sale? Jugo de naranja. Y ¿por qué no sale jugo de zanahoria o de cualquier otra cosa? Porque lo que tiene adentro es jugo de naranja. O sea, no puede salir de uno lo que uno no es. Esta mujer obviamente es ternura y belleza. Y nosotros tenemos la suerte de tenerla tan cerca.

“Doctor” es un tema con inspiración brasileña, fresco, bonito, que se siente bien. Se nota que Gerardo Alonso lo disfruta a pata suelta y ese goce de él es contagioso. Sonó especialmente bello el bajo en este tema a ritmo de samba. Y Juan Ibarra se mandó un acompañamiento divinísimo con la mano izquierda (sin palo). El sonido de la guitarra de Nacho tiene una cuestión archi interesante, que lamento no tener mejores palabras para describir… es que hay cosas que no se explican, hay que escucharlas y dejarlas que se manden para adentro sin filtros.

Ahí pasamos a viajar por la luna: “Aire lunar”. Me quedé con lo siguiente como hitos: la combinación de la voz de Carmen con las notas en la guitarra… unísonos hermosísimos. Los agudos que otra vez me impactaron. Y una última nota imaginaria, que nadie tocó ni cantó, pero que Carmen marcó con su dedo en el aire, y que fue la nota que más presencia tuvo de todo el tema. ¿Suena muy loco, esto? Y bueno, quienes estuvieron saben que no miento.

Y ahí llegó, así, como agazapadito, “Puntos Cardinales”. Es uno de mis temas favoritos en la vida. Si Carmen fuera norteamericana, este tema estaría entre los más escuchados, sin lugar a duda. Acá ni lo pasan en la radio seguramente [digo “seguramente” porque no escucho radio jamás, así que me encantaría equivocarme]. El bombo y el tambor de Juan: ahh. Su toque con el “pompón”: ahh. Su palo en el aro: ahh. El acompañamiento de este tema grandioso de Juan en la bata fue increíblemente creativo. Y lo insólito fue ver la cara de Juan al final del tema, como pensando: “mmm, no sé…”. Come on, Juan! La des-co-sis-te.

“Pasos semifusos” se anda peleando adentro mío con “Puntos Cardinales” en cuanto al favoritismo. La versión de anoche fue buenaza. En esta canción Gerardo hizo un coro con una segunda letra que fue impresionantemente bueno.  Nacho tocó algo divinísimo en la guitarra, con una fuerza rockera que impulsaba a saltar de la silla (pero ta… lamentablemente estamos todos muy domesticados). Morí con esa guitarra. Y el ritmo de la bata era en seis pero con una impronta absoluta de rock and roll. Algo mágico, algo muy polentoso, muy atrapante. ¡Quiero escucharlo de nuevo, por favor!

Y ahí, cuando el corazón estaba en jirones, aparece ese tema del cual estoy absolutamente enamorada: “Completely Wasted”. No falla, cada vez que escucho a Carmen tocándolo, pienso: “Se impone un disco todo de rock hecho por ella”. En esta canción pasa algo rarísimo y transportador a otra dimensión: existen notas fantasmas. Si uno anota las notas que se tocan, juro que son un cincuenta porciento de las que uno percibe en el cuerpo. No entiendo cómo es que sucede eso pero juro que pasa y pasa. ¡Me siento el pájaro de Lenine que escuchaba notas antes de que sonaran! Qué sé yo… es raro, pero hace un efecto que… pffff, mi dios… es algo muy fuerte y ¡muy adictivo! Este tema en particular me transporta a una reunión que sucedió hace flojo 25-30 años, en la que había gente muy conectada con la vida, y las charlas eran fascinantes… iban de filosofía a literatura, a dioses, a cuestiones místicas y terminamos meditando. Cuál será la conexión emocional entre esas notas que suenan pero no y aquella reunión es un enorme misterio para mí… por ahora. Un detallito de este tema que me puede es la voz cargada de desgarro en un momento y el pasaje inmediato a una dulzura increíble en el piano y en la voz. Entre su compositor (Dany López) y Carmen que la versionó han creado una maravilla musical.

Terminó el show con “Cafet et Chocolat”, dos elementos que me habrían venido muy bien para acompañar la escritura de esta crónica pero que, sin embargo, no tuve a mano.

Hubo dos bises: “Petit Nounours” (en el que me reí a carcajadas por cosas que no quiero contar pero que fueron un deleite) y “Por Ejemplo”.

Ya termino. Solo déjenme contarles un detalle más. Cuando empecé a escribir este relato me dije: “esta vez, breve, Patricia”. Ja. Creo que no me salió mucho la brevedad.

Gracias a los cuatro seres que generaron esta magia anoche. Me hicieron viajar y viajar y viajar. Hacia adentro, hacia el cielo, hacia el pasado y el futuro. Gracias.

 

Foto: Fati Velazco

 

Esta crónica también fue publicada en COOLTIVARTE.

Gerardo Alonso Trío (en El Tartamudo)

Gerardo Alonso trío se presentó en El Tartamudo anoche, 17 de setiembre de 2015.

Foto: cortesía de Sara Diano

Foto: cortesía de Sara Diano

Como suele suceder en esta ciudad maravillosa, aquellos que resolvimos acercarnos, nos fuimos agradecidos por haber presenciado un momento musical muy interesante y disfrutable, creado por tres grandes músicos de la escena jazzera montevideana: Gerardo Alonso (composiciones, arreglos y bajo eléctrico), Martín Ibarburu (batería) y Alfredo Monetti (teclados y autor de uno de los temas).

Fue una noche diferente desde el punto de vista musical. Pero antes de entrar en más detalles, comparto aquí una breve conversación con Martín Ibarburu en la cual, antes de comenzar el toque, nos contó un poco sobre lo que pasaría después. Sabiendo el músico inquieto que es, aprovechamos a preguntarle también algo sobre sus otros proyectos actuales.

Breve nota a Martín Ibarburu

Una de las grandes diferencias entre los músicos con mucha experiencia y los que recién comienzan es que no tienen un período de ajuste. Desde el momento en que tocan la primera nota ya están en una simbiosis con su instrumento. Es entonces bien interesante cómo uno, desde la audiencia, suele apresurarse también a entrar en la conexión, para no perderse ni un segundo de lo que se está creando en el escenario.

Desde el primer instante la noche vino con alegría. Los dos primeros temas fueron muy vibrantes y los músicos demostraban complicidad, sonrisas y un disfrute contagioso de estar haciendo eso que hacían. Me llamó la atención la habilidad de Alfredo Monetti y Martín Ibarburu para estar concentrados en sus partituras pero no perdiéndose detalle de la dinámica que se estaba dando todo el tiempo en ese espacio conformado por los tres.

Como nos adelantó Martín, tocaron temas que Gerardo Alonso grabó en su disco “El día antes”.

En general me fascina cuando el bajo está a un volumen alto en la música. Pero eso no suele suceder en los grupos, excepto si el grupo fue armado por un bajista. Así que anoche me gocé escuchando con toda nitidez el sonido del bajo de cinco cuerdas de Gerardo.

El tercer tema que sonó fue “PaJohnPa”, un tema inspirado en John Patitucci. Me encantó la combinación de sonidos del slap de Gerardo, el backbeat re-funkero de Martín y las creaciones para mí misteriosas pero fascinantes de Alfredo en el teclado. Zambulléndome en un área de la que no entiendo mucho, que me dio la impresión de que Alfredo va pasando  con una libertad absoluta entre armonías nada obvias y melodías muy bonitas a la vez que todo su cuerpo, y seguramente alma también, están entregados al proceso de creación. En cuanto a Gerardo, en este tema, como en otros, me sorprendió su virtuosismo que, por suerte, no limita para nada su expresividad.

Luego tocaron una balada llamada “Melodioso”, que fue el único momento algo más tranquilo del show.  El diálogo entre el bajo y el teclado por momentos fue genial y de cierto momento en adelante apareció ese toque mágico del palo sobre el aro del tambor que me resulta una maravilla.

Estos tres seres anoche hicieron un verdadero trío, en el sentido de que no había un protagonismo marcado de ninguno de ellos, sino que las músicas fluían con la participación de los tres por igual de una manera muy agradable, muy placentera para los oídos. Hubo también una unidad tímbrica entre los instrumentos de los tres. Dudo que haya sido buscada pero sucedió.

Luego tocaron un tema llamado “En 5”, por razones obvias. Aquí me disculpan pero hice un poco de foco en la batería y al juego de movimientos del palo en la mano izquierda de Martín (grip tradicional), que fue desde completamente vertical hasta unas acentuaciones muy bonitas volcando la baqueta con ese movimiento tan perfecto suyo para las acentuaciones. Se mandó un solo de batería interesantísimo, por completo impredecible.

Tocaron un tema hermoso de Alfredo Monetti, llamado “Mi Santa Rita”. Toda la noche el piano de Alfredo se me antojó como algo muy elaborado de cabeza pero tocado a puro corazón. Fue un gran gusto escuchar su composición.

Apareció una samba en 7 y para finalizar el toque el tema La Floresta.

Por suerte alguien insistió en que siguieran tocando pues el tema “El día antes” fue para mí uno de los mejores momentos. Los tres se pasaron con lo que hicieron en esta canción. Gerardo con sus slaps maravillosos, Alfredo estuvo absolutamente genial con el teclado y Martín, digámoslo así: le dio razón de ser a la música disco. Un goce, posta.

Si tuviera que resumir la música de anoche con una palabra, para mí sería impredecible. No se podía adivinar la nota que vendría después. Sin embargo, al sonar, nos llevaba a un muy buen lugar. Un lugar relativamente nuevo, con aristas reconocibles en músicas de otros lugares (a mí se me vinieron a la mente algunos músicos como Gismonti, por ejemplo).

El último bis fue un tema de Hermeto Pascoal. Como en todos los temas anteriores, en este la descosieron los tres haciendo una música no superflua ni prescindible, compacta, balanceada y que te deja con las ganas de más.

Después de que terminó el toque pudimos robarle unos minutos a Gerardo y nos contó algunas cosas sobre su música y su disco. En el audio hay un ruido de fondo de ciudad un tanto molesto, así que les sugiero hacer un esfuerzo de abstracción del ruido ambiente.

Breve nota a Gerardo Alonso

La recomendación para ir a ver a este trío la próxima vez que se presente queda hecha con convencimiento.