The Köln Concert (de Keith Jarret, 24 de enero de 1975)

Cuando mi cerebro está cansado tiendo a extrañar este CD.

El principio del primer tema me hace mucho bien cuando estoy liquidada. Creo que me conecta con la tierra.Ahora, mientras lo escuchaba de nuevo para no decir disparates, se me dio por prestarle atención un poco a la cuestión formal de la cosa, y vine a descubrir (corríjanme si no es así) que el apoyo de ese principio que me hace tanto bien es en los tiempos 1 y 3. Esos tiempos que según Bob Moses son puntos de anclaje, que detienen el movimiento. Seguramente sea ese anclaje el cable a tierra que me hace bien. Y la cantidad relativamente modesta de notas divinamente rítmicas, que además quedan sostenidas y me permiten disfrutarlas unos instantes más.

Y las notas, al menos al principio, hablan de inocencia, de pajaritos… me hacen ver un arroyito cristalino, una sucesión de nubes blancas apuradas… y un montón de golondrinas volando en un caos completamente controlado.

Sonará exagerado, pero siento que mis neuronas se aflojan, se estiran… que queda lugar entre ellas después de que este disco empieza a sonar. ¡Amo su combinación de notas agudas con esa base grave! ¡Y amo esa libertad que se respira al escucharlo!

Claro que todos los discos son viajes interiores de los músicos que los componen y ejecutan, pero en este da mucho más esa sensación de viaje que en otros. Uno se sabe metido en una marejada de emociones ajenas, pero están transmitidas de una manera tal que no solo me subo con gusto en el asiento del acompañante, sino que termino apropiándome del paseo y sintiendo que dice exactamente lo que yo querría decir con un piano, si supiera cómo. Los cambios son a veces graduales y otras completamente temperamentales, y me encuentro afirmando con la cabeza y pensando: “claro que sí”.

Sé, con certeza total, que aquellos amigos que puedan llegar a leer este post no solo conocen este disco sino que se lo saben de memoria. Es probable que para muchos sea de los primeros discos de Jarret que hayan escuchado y seguramente sean varios quienes lo tengan en su biblioteca como uno de esos discos que hay que tener a mano. Así que obviamente no tengo la intención de presentarles nada nuevo hoy, sino simplemente compartir un compañero de ruta que ha sido más que importante para mí por ya 24 años. Es de los poquitos discos que sé exactamente cuándo lo escuché por primera vez y fue en una noche completamente mágica, de esas que el Universo nos manda para cambiarnos la vida. Y no, no tengo ganas de contarla, pero puedo develar que a este disco maravilloso lo conocí una noche de primavera, en una sala de teatro completamente a oscuras y llena de expectativas. Y aquí estamos, 24 años después, este objeto cuadrado y yo, este Jarret con los ojos cerrados e inclinado sobre el piano y yo dejándolo que me acaricie el corazón y me alivie la cabeza.

A priori un tema de 26 minutos 15 segundos parece un poco brutal, ¿no? Pero qué sé yo… es un bálsamo vital.

Algunas palabras vienen con carga según nuestra experiencia y en mi caso la palabra Köln viene con un cuarto de mi historia familiar. Mi abuelo materno vivía en Köln cuando era niño y aunque me contó muy poquito de esos tiempos, Köln es una ciudad que tiene un lugar especial en mi sistema emocional. (Por suerte tuve la oportunidad de ir y la conexión que sentí con ese lugar fue arrolladora… me gustaría ir de nuevo, esta vez un poco más preparada para volver a visitar aquellas tumbas tan particulares, en aquel cementerio tan particular, y ahora ya no asustarme con aquel par de caras que sin haber visto jamás se me aparecieron clarísimamente al acercarme hasta ahí).

En fin… no me inclino frente al piano, porque no tengo ninguno aquí, pero sí estoy en uno de esos días en que la vida no me pasa desapercibida. Esperemos que el mundo me trate con cariño lo que resta de día, porque no podría resistir ningún ataque hoy. La noche exacta para escucharte, Köln Concert.

 

 

Posdata (año 2016):

En una documental llamada “The Art of Improvisation”, hablando de este disco Keith cuenta:

“Köln was different because there were just so many negative things on a row. Manfred and I had not slept for two nights. I remember Manfred and I sitting in the lobby the afternoon of the concert. We hadn’t yet learned there was the wrong piano.”.

“The piano Keith ordered had not arrived and the one in the hall seemed not to […] and didn’t have the tonal range he wanted. But then, after all, he decided to play the piano and we decided to put the mics on and try to make the best out of it. In the evening Keith played that wonderful concert that became history. And he played it the way it is now because it was not a good piano. Because he couldn’t laugh with the instrument he had to find the way to make the best scene out of it.”

O sea: sorprendente.