NauMay: un disco colosal

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Hoy estoy admirada por la creatividad, los significados y las dimensiones que puede encerrar un objeto circular de 12 cms de diámetro y 3 mm de espesor. Cuando en el primer minuto del primer tema encontrás una realidad multidimensional que te atrapa, no queda otra chance que abandonar toda distracción y sumergirte a experimentar el embrujo hasta las últimas consecuencias. Te invito a acompañarme en la escucha de “NauMay”, de Juan Ibarra.

Juan es un excelente baterista. Quienes sentimos afinidad por el instrumento sabemos que un disco de baterista corre un riesgo claro: para empezar, que haya sonidos percutivos de más. Así que cuando le ponemos “play” por primera vez a un disco de batero, lo hacemos con ese temorcillo conocido. Lo genial sucede cuando el disco sí tiene una razón musical para existir y además es de un baterista. Esa para mí, y para varios seres que conozco, es la mejor combinación del mundo.

“NauMay” es un disco para escucharlo con dedicación, porque si se lo permites, te llevará por caminos emocionales múltiples y con varios niveles de profundidad.

Este viaje arranca con el tema “REM”. Es una aventura en sí misma observar las elecciones tomadas para el orden de los temas y que REM abra el disco es un indicador notable de qué tipo de experiencia te propone. Intentaré llevarte un poco por los caminos que yo anduve, a sabiendas de que solo podrás vivir algo parecido si lo haces sonar y resuelves escucharlo de verdad.

El primer contacto se establece a través de unos arpegios en el piano, a los que gradualmente se suman la batería y el saxo tenor. No sé qué te estarás imaginando, pero seguro que estás lejos de adivinar la magia de los primeros segundos. El sonido de estas primeras notas del piano te transmite una cierta inquietud, energía y decisión. Entra un plato expansivo que podría quizás invitarte a un ánimo exultado si no fuera porque enseguida ingresa el saxo, guiándote irremediablemente hacia un lugar íntimo y profundo. Entre los tres comienzan una danza cuidada pero vital, en la que Juan arpegia también y entra en el diálogo con las notas de sus toms, y se va generando un clima que contiene todas esos espacios: inquietud, curiosidad, vitalidad, intriga, profundidad y conversación. Entonces se van incorporando el contrabajo y la guitarra… y suenan los platos del hi-hat y es imposible no notar la belleza en ese sonido, al volumen perfecto. La aventura comienza, con sensibilidad y decisión. La técnica exquisita de Juan puesta al completo servicio de la música es algo que te impacta ya al primer minuto de disco, cuando apoya y estira unas frases de guitarra y saxo con unos “mini rulos” o rebotes en el redoblante. O sea, está claro que tiene en sus manos la posibilidad de extender tu éxtasis lo que a él se le antoje.

En este primer tema, a la altura de 1 minuto 20, comienza a darse algo que es bastante poco típico y me resultó atrapante: el bajo, el piano y los vientos pujan una base rítmica con insistencia y la batería es la que endulza y colorea, aportando capas y capas de significado con todo tipo de sutilezas musicales. Luego siguen una serie de solos, en los que se repite esta misma forma y cada vez con resultados emocionales diferentes: los instrumentos que no solean hacen una base muy rítmica y bastante enérgica y el solista si bien se destaca con soltura, siempre dialoga con creatividad con los demás instrumentos.

“REM” tiene un balance no tan común: por un lado, te coloca, ¡eureka!, en un lugar emocional de optimismo, por otro en un lugar intelectual nada frívolo, de interés y curiosidad. Su duración de 9 minutos no se sufre sino que se agradece.

Aunque cuesta soltar a “REM”, llega un momento en el que pasamos a “Angkor”. Este segundo tema empieza con una lógica muy similar: primero el piano, luego entra la batería… y una teme que la cosa se vuelva un poco aburrida. Sin embargo, a los 50 segundos sucede algo muy estimulante: una melodía muy llamativa, tocada por el saxo, que no cae en ningún lugar común, y que de base tiene una locura de batería, algo insólitamente mágico. Como una clase magistral de qué significa hacer música desde la bata. Y eso sigue sucediendo y multiplicándose durante el solo del saxo. Este solo es genial en todos los sentidos: un sonido espectacular, una intención llena de energía explosiva, pura certeza, que se siente fantástico. Y encima enmarcado de esa manera por la bata, el bajo, el piano… Es aquí que me detengo a observar la dupla bajo-batería. La comunicación entre ellos asombra, máxime a esa velocidad. “Qué demonios”, pienso, y justo cuando la emoción se sentía subir muchísimo, pasa un ángel y todo se detiene. Lo agradezco y pienso: “esta pausa fue un gesto muy amable, para poder saborear un poquito eso que acabo de escuchar”. Luego, tímidamente, se asoma la guitarra, muy dulce, muy cálida. Como si fuera un tren aumentando lentamente su velocidad, retoma un ritmo y un lugar vibratorio intenso, liderado por la guitarra y con toda una realidad mágica detrás, que va en aumento, incluyendo un saxo que dialoga con la guitarra y una batería, piano y bajo que entre sí generan un bosque encantado. Llega un solo de batería que combina a la perfección con el solo anterior de la guitarra: dulce, cálido y muy bello. Asombrada veo que dura 10 minutos y que no los noté. Sin duda eso quiere decir mucho.

La pista 3 se llama “Índigo”. La introducción se me hace un poco larga y con demasiadas notas pero luego entiendo que fue la mejor introducción para que yo disfrutara más de lo que sigue: un solo de contrabajo muy sentido, muy calmo, muy hermoso… que sin apremio te acaricia el corazón. Y termina el solo y vuelvo a escucharlo otra vez. Ahí noto el piano condimentando también con calma centrada y aportando unos agudos que hacen resaltar más los graves del bajo. Los platos de la batería aportan un brillo moderado sobre el final del solo. A lo que sigue lo asocio con la música de la película “Underground”, de Kusturica. No porque sea igual pero sí por el espíritu: una base muy ágil, con notas que evocan una alegría nada superficial, y una melodía que narra toda una historia de personajes y tiempos que se despliegan en mil capas. A ese momento eufórico sigue un solo de piano maduro, con el virtuosismo puesto al servicio del significado musical. Entonces el piano, desde su misión percutiva, hace una base enérgica y la batería vuela a gusto… y la oreja con ella. El tema termina calmo, amable, con una sencillez apacible.

La pista 4, que se llama “Océanos”, le aporta a lo que va del disco un matiz más introspectivo, con más espacios entre nota y nota. Me quedo pensando en el título del tema y siento que la composición es acerca de las profundidades de los océanos, donde llegan apenas unos pocos rayos de luz. Paradójicamente se me viene también la imagen de una chimenea encendida en una noche de invierno. Cada nota de este tema resuena con mi nostalgia y me envuelve de tal forma que en la primera escucha prefiero quedarme con la globalidad sonora, con la sensación de un abrazo envolvente.

Es al escucharlo por segunda vez que comienzo fascinándome con los matices de Juan con sus escobillas. El barrido es muy, muy dulce y los golpes son firmes y decididos. Esa capacidad para hacer convivir dos emociones diferentes y volcarlo a la música es, probablemente, uno de los generadores de las múltiples capas emocionales que se generan al escuchar NauMay. A la guitarra le agradezco con todo mi ser la elección de notas, pocas en cantidad y bellas en su cualidad, que luego empuja al saxo y al piano en la misma dirección. Me detengo en el contrabajo y me saco el sombrero de cómo Antonino Restuccia, con ese sonido tan fantástico, sostiene a lo largo de todo el disco esta máquina arrolladora. Con una sutileza que solo la música puede lograr, me encuentro en medio de un solo, impresionantemente hermoso, de Ignacio Labrada, con quien Juan Ibarra y la batería murmuran con delicadeza, apoyando y generando, otra vez, la multidimensionalidad. El sonido y las elecciones musicales de Juan en la batería son algo tan bello que por momentos dudo si resistiré una nota más. Hablo de esa fascinación extática que solo los grandes músicos logran en nosotros. Mencionar la hermosura de los platos en todo el disco, su sonido, cada colocación, cada aporte, es una obviedad que sería imperdonable no comentar.

“Pepper Blade” es la pista 5. Al empezar a escucharla me cae la ficha de que este es un disco con composiciones desafiantes: intimistas, elaboradas y maduras, con una paleta emocional maravillosa. Los temas no tienen nada de predecibles y a la vez da satisfacción ir acompañándolos. Los varios cambios de dirección, tanto en los temas como a lo largo del disco, tienen alguna cosa que no los hace violentos. Una va aquí y allá cómodamente, con alegría, algunos toques de intriga y pizcas de sorpresa. La conclusión a la que llego a esta altura del disco es que es una obra increíblemente elaborada, con un gusto musical majestuoso. Este disco no se merece quedar archivado en los cajones uruguayos, ¿eh? Porque si se queda acá, lo escuchamos ¿cuántos?… un puñado. Sí o sí hay que hacerlo llegar a lugares más poblados. “Pepper Blade” es hermosísimo y de nuevo me abre la imagen de múltiples capas de conocimiento, de emociones, de profundidad y diversión, alegría, introspección, etcétera. No dejes que yo te cuente este tema… escúchalo sin más, que me lo vas a agradecer. Hay una melodía por ahí que bien podría haber sido creada por un Herbie Hancock, de la que otro compositor podría haberse colgado y no soltar pero que Juan, dando cátedra de estabilidad emocional, la deja ser, meterse en uno por unos momentos breves, y sigue hacia caminos mucho más intrincados. Pero esa melodía no te suelta y sentís la imperiosa necesidad de volver. Este tema, con saxo y trompeta, es un estallido de belleza, digno también de ser tocado en formato big band. ¡Por momentos suena a big band en este formato!

Luego llega el primero de los únicos dos temas del disco que no fueron compuestos por Juan Ibarra: “Te abracé en la noche” (como sabemos, de Fernando Cabrera). Hacía un tiempo que no se me caían lágrimas escuchando un disco… me pasa más seguido en vivo. Me pudo la ternura y hondura de esta versión y encontré sublime la elaboración que conjuga una sencillez aparente, que es característica necesaria de esta canción, con toda una construcción sofisticada encima de la estructura. Al comienzo, la guitarra expresa con todo el arte del mundo la contradicción inherente a esta obra maestra, que nos desgarra y nos enamora al mismo tiempo. Después el saxo toma el lugar central pero con una gozadera de interacción con la batería, el bajo, el piano y la guitarra. El viaje continúa con una infinidad de elementos sutiles en los que el pecho se expande y contrae, dándole un sentido mayor a la experiencia de gozar gracias a los oídos.

“Nair” es una composición de Martín Ibarra. Escuchándola recordé las palabras de uno de mis dioses de la batería en una clínica que dio hace tiempo, en la que mencionó a Juan Ibarra como alguien que estaba llevando el candombe a otro nivel. Vaya que sí. Este tema me impresionó como una amalgama perfecta entre el jazz y el candombe y como una de esas composiciones que pasan a ser parte de la historia de la música. Lo que toca Juan en este tema es algo insólito, algo verdaderamente virtuoso y con un gusto exquisito, finísimo, extraordinario.

El último tema del disco se llama “Pataskala”. Lo escucho y re-escucho pensando que la próxima vez que vuelva a poner el disco voy a empezar por este tema, para poder dedicarle una atención más plena. Aquí me atrapan tanto la guitarra como el saxo y todo el interjuego del bajo, batería y piano pasando detrás de ellos. El final es impredecible, generando en una las ganas de volver a ponerle play, quizás al tema, quizás al disco todo.

Me detengo a notar que en todo el disco Juan no se salió ni en una sola nota de la zona de musicalidad plena. No hay una sola nota suya que no sea demandada por ese ente, de algún modo misterioso, llamado Música.

“Pataskala” ejemplifica en sí mismo una característica llamativa de “NauMay”: la convivencia perfecta de melodías bonitas y elaboradas y el ritmo atrapante y gozado.

Para terminar quiero compartir mi entusiasmo de que este disco tenga la particularidad de tener un ánimo festivo y a la vez hondo, intenso, penetrante.

Para terminar quiero avisarte que este disco es esencial y que no será de los que escuches una vez, ni dos, ni tres.

Para terminar quiero aseverar, convencida y exaltada, que este será un disco escuchado por muchas generaciones.

Para terminar quiero expresar que este disco me hechizó como pocos.

Comparto para que puedas escuchar y comprar:

https://www.juanibarramusic.com

http://juanibarra.bandcamp.com/album/naumay

 

Juan Ibarra Quinteto está formado por:

Antonino Restuccia – Contrabajo

Ignacio Labrada – Piano

Martín Ibarra – Guitarra

Gonzalo Levin – Saxos tenor, soprano y alto

Juan Ibarra – Batería

 

Invitados:

Benjamín Barreiro – Saxo tenor en temas 1 y 5

Federico Lazzarini – Trompeta en 1 y 5

 

Grabado por Gastón Ackermann en Mastodonte, los días 2 y 3 de diciembre de 2017.

Mezclado por G. Ackermann y J. Ibarra.

Masterizado por Dave Darlington en Bass Hit Studios, New York.

El tema Angkor obtuvo el primer puesto en los Premios Nacionales de Música, convocatoria 2017, séptima edición, categoría jazz.

Foto y diseño del disco: Marcos Mezzottoni.

Producido por Juan Ibarra.

Juan Pablo Chapital en abril 2018

 

¿Ya escuchaste en vivo a Juan Pablo Chapital?
Si sí y tenés gustos similares a los míos, me vas a amar por esta información. Si no, podrías aprovechar que en los próximos días tenés la oportunidad.

En lo personal encuentro que su música es de las más bellas que nos regala este paisito querido y considero que somos verdaderamente afortunados de poder escucharlo en espacios reducidos y con entradas muy accesibles o incluso gratuitamente.

Entrevista a Mateo Ottonello: “Tocar lo que la oreja te dice que toques”

Foto: Rafael González

A continuación compartimos una conversación por demás disfrutada con el músico, baterista y compositor, Mateo Ottonello. La excusa para la misma fue conocer sobre su proyecto Mateo Ottonello Grupo, que se presentará en Inmigrantes el próximo 23 de marzo de 2018. El interés personal en esta charla involucraba aspectos de su formación y manera de encarar la música. Pasen y lean, y disfruten.

 

¿De qué se trata este proyecto que presentás el 23 de marzo?

Bueno, es mi banda, que recién ahora la pude concretar.

¿Son músicas tuyas?

Sí, son todas músicas mías. Yo compongo en el piano, todo de oído. Obviamente amigos como Manuel [Contrera] o el Chancho [Peyrou], que son pianistas y estamos en bandas juntos, me pasaron piques y me ayudaron en muchas cosas. Las melodías son todas mías, muchas armonías son mías también y otras me las mejoran, o aportan sus colores. En la banda toca Marcos [Caula], que es de mis mejores amigos, y siempre aporta mucho.

¿Cómo te nace un tema?

Siempre que compuse fue porque me salió. Muchas veces me encuentro cantando una melodía. Un par de veces me pasó de sentarme a componer. Por ejemplo hubo uno que quise componer en 7 e inspirado en un pianista, Brad Mehldau, con la forma de componer de él. Es como un tema para él en el que quise generar eso. Pero tengo temas que me llevaron dos años terminarlos. De hacerlos y dejarlos ahí, y al otro año, porque me pasó algo, lo terminé.

Por ejemplo, cuando me fui a trabajar en un crucero compuse dos de los temas que van a estar en el disco. Y los compuse justo en un momento en que estaba mal, me sentía un poco solo, pensando en cómo me sentía. Uno se llama “Día de mar”. En un momento el barco se fue de Alaska para Hawaii y fueron como cuatro días en el mar… ya un día arriba del barco sin tocar tierra te volvés loco, y cuatro fue como mucho. El otro se llama “Solo quedan las gaviotas”. El barco repetía el recorrido cada semana. Yo fui en el verano de Alaska pero en las últimas semanas estaba llegando el otoño y había menos gente, todo estaba solitario… y solo quedaban las gaviotas. También tenía que ver con cómo estaba yo.

Tengo otro que se llama “Cicatrices”. Ese tema tuvo que ver con cosas que me pasaron de guacho, que me marcaron en la forma de ser, aprendizajes. Primero tenía una melodía, con una intro, pero no estaba del todo cerrado. Pasaron dos años, fui cambiando, y hubo un momento en que se cerró la cicatriz. En este tema, por ejemplo, primero me imaginé el riff de bajo, un afro en 5.

¿Cuántos años tenés?

22.

¿Estudiaste batería?

Empecé a tocar la batería a los 3 años. Pero estudié a partir de los 16 años. Hasta los dieciséis toqué todo de oído. Ta, porque todo el tiempo veía tocar a mi viejo. Ese era mi aprendizaje, porque con él nunca pudimos tener clase.

¿A qué edad te juntaste por primera vez con gente para tocar?

En la escuela. Iba a la escuela 83, Dr. Martín Etchegoyen. En fin de año siempre se tocaba porque muchos alumnos de ahí tenían padres músicos. Algunos de los padres eran Gustavo Ripa, Nelson Cedrez, y mi viejo, Rúben Ottonello. Entonces llegaba fin de año y las maestras invitaban a algún padre a tocar con alumnos. Yo tenía de profesor de música a Benjamín, que fue uno de los coristas de Jaime. En la última fiesta de 6º armamos una bandita con la banda y esa fue la primera vez que ensayé con niños de mi edad. Después por un tiempo dejé de tocar la batería, de los 13 a los 15. Y a los 15 o 16 tuve mi primera banda, con gente más grande. Se llamaba “La tapa del libro”. Tocábamos murga, rock, música de Jaime, de Rada. Como trabajo, salí a tocar a los 17. Ahí empecé y no paré. Yo había empezado UTU de Ingeniería en Sistemas. Me estaba yendo muy bien y cuando estábamos por terminar el año estaba charlando con una profesora, le dije que quería tocar la batería y no quería estar más ahí, y ella llamó a mi vieja… una crack. Ahí empecé a cursar el liceo y ya sabía que esto era a lo que me quería dedicar. Me quedaron dos materias para terminar el liceo… las tengo que terminar… es un debe.

¿Con quién empezaste a estudiar a los 16?

Con Juan Ibarra. Me lo presentó mi hermano Camilo, que también es baterista, y que fue quien me llevó a Jazz a la Calle a los 15. Y en Jazz a la Calle me volví loco. No podía creer cómo estaban mezclando el candombe con el jazz y la bossa nova… Por el lado de mi viejo yo venía re del palo del rock; también toqué metal. Ahí me volví loco; no lo pude creer. Me volví loco con el candombe funk, que nunca lo curtí en vivo porque era chico y no iba tanto a los toques. Y en la adolescencia, de los 12 a los 15, entré en la bobera de los bailes, cumbiancha, y cuando escuché eso no lo podía creer. Ahí quise tocar candombe y funk, porque el jazz realmente no lo podía tocar porque no lo entendía. Pero siempre tenía esa pica con el estilo, quería tocarlo. Ahí empecé clases con Juan, que me ayudó muchísimo. Al principio yo era medio boludo, iba de vez en cuando, dejaba de ir. Después empecé a ir más seguido y Juan me empezó a decir “Ey, estudie”, y llegó un momento en que me empezó a pasar piques de laburos y todo. Y en un momento me dijo: “No vengas más”. Aunque yo cada tanto le digo que tengamos alguna clase, porque siempre se aprende.

A eso de los 18 dejé de ir a clase y ya estaba laburando, y a los 19-20, empecé clases con Santiago Lenoble, gran jazzero. Santiago me dijo: “está buenísimo todo lo que tocás pero tenés que ordenarte” [se ríe]. Y ahí empezó a pasar el borrador, a limpiar la hoja, y sentí que me ayudó muchísimo para seguir, para el enfoque.

En un momento, más de chico, quise tomar clases con Martín [Ibarburu] pero no pudimos coincidir. Ahora nos juntamos cuando podemos. La semana pasada se vino y estuvimos tocando y charlando. Fue una clase de filosofía.

Se dio también que conocí a un baterista argentino que es uno de mis ídolos: Sergio Verdinelli. Sergio es magia. Me lo presentó Pepe Canedo, que lo trajo a dar unas clínicas, y lo llevó a la jam de candombe que teníamos. Pintó tremenda onda con Sergio. Tomé una clase con él. En la clase solo me pasó un ejercicio: tocar swing e improvisar en el tambor con máximo tres corcheas. Después hablamos del cosmos de la música… una locura.

Es que cuando ya estás en un cierto nivel, ¿qué ejercicio te van a pasar?

Claro, es la forma de cómo ver la música, me parece.

En una le pregunté “¿Cómo hacés para ser híbrido sin intoxicarte de las músicas o perder el norte? ¿Cómo hacías para ir a tocar con el flaco Spinetta a un estadio lleno de gente, tocar a un volumen descomunal, con piques de Bonham, y al otro día ir a tocar con Ernesto Jodos a un bolichito, con todo el lenguaje de jazz del mundo, o tocar free, todo abierto, improvisar?” Y el loco me dice: “Pasa que yo veo la música de la misma manera. La música es una. No seas prejuicioso. Es todo lo mismo. Para mí es lo mismo tocar un groove, que es una melodía, repetirla las veces que la tenga que repetir, que el momento de improvisar”. Me dijo: “Yo conseguí poder meterme en el momento, sea con quien sea que esté tocando, y sea la música que sea”. Y te das cuenta de eso cuando él toca.

¿Y vos lograste eso, Mateo?

Todavía no. Yo siento que no.

Pensando, por ejemplo, en el toque de GAS en el Solís, ¿en qué estaba tu atención?

Bueno, creo que lo logro en algunos lugares y otros no. Todavía no puedo lograrlo en cualquier situación. Justo en esos toques, en el de GAS y en el de Marcos [Caula], estuve muy enfocado. Fueron toques buenos. Pero muchas veces depende del día y de las condiciones. Hay días que siento que no puedo ser el canal, que no puedo conectar. Y a veces me pasa antes de salir para el lugar, tanto en un sentido como en el otro. Antes de ayer ya al salir de casa presentí que iba a estar todo bien, fue muy loco.

¿Puede ser algo a trabajar el lugar de dónde colocarse antes de un toque?

Bueno, esto de cómo entrar nos lo venimos cuestionando mucho entre varios amigos músicos. Nos estamos empezando a tomar la música de un lado más espiritual. Obviamente nos tenemos que matar estudiando para poder tener todas las herramientas para poder tocar esa música que se genera ahí, para poder ser un buen canal para transmitir. El otro día, con mi amigo Nino Restuccia, nos pusimos a hablar de un pianista que se llama Kenny Werner, que tiene unas charlas acerca de algo así como la yoga en la música. Y dice que capaz que hace un mes que no tocaste, o no tocás hace dos horas, no importa, la primera nota y todo lo que vayas a tocar tiene que ser lo más hermoso que escuchaste en la vida, como cualquier persona que está escuchando. O sea, no le hagas un juicio a lo que estás tocando. Tocá y sentilo como lo más hermoso que estás haciendo, que es el momento sagrado de hacer música. Entonces yo ya fui así al último toque. Son cosas que vas empezando a darte cuenta y empezás a ver cómo podés trabajarlas. También cerrar los ojos, borrar los pensamientos, realmente escuchar todo lo que está sonando. ¿Cuántas veces escuchamos todos, todos los instrumentos? Son pocos.

Otra frase, que creo que me la dijo Juan: “Cuando estés tocando, pensá qué es lo que te gustaría escuchar a vos”.

Y otra cosa que me dijo Sergio, que me mató realmente, fue: “Vos tenés que escuchar lo que tocás y tocar lo que escuchás”. O sea, realmente tocar lo que te está diciendo la oreja que toques.

También se dan toques mágicos. Hace pocos días, una jam con un saxofonista estadounidense fue impresionante. Todos conectados. Mucha magia.

¿Hay un estudio aparte para hacer ahí, sobre ese aspecto de la conexión? Que parece que fuera individual y colectivo.

Totalmente. Claro. Vos podés estar muy conectado pero si el solista no está escuchando… ahí estábamos todos enfocados, era como una flecha, que iba para adelante, e íbamos todos juntos.

¿Y con tu banda cómo van con este tema?

Bueno, estamos en eso. Como la música es de batero, tiene muchas cosas rítmicas y los estoy volviendo un poco locos. Pero por suerte en el grupo todos pensamos de esta manera y queremos generar esto.

¿Quiénes son los músicos?

Son Marcos Caula en guitarra, Antonino Restuccia en contrabajo, Ignacio Labrada en teclados. Y van a tocar dos invitados: Santiago Coby Acosta en percusión y Hernán Peyrou, que va a tocar el acordeón y va a cantar un tema. Mi banda es Mateo Ottonello Grupo. La idea es que la banda según la ocasión se agrande o achique. O sea, Coby es parte de la banda pero en este toque va a tocar en un par de temas. Yo lo amo. Le digo: “Avisale a tu mujer que también sos mío” [risas]. Y Hernán es como mi tío segundo, algo así. La idea es esa, que el formato se adapte, siempre buscando entrar en ese viaje.

Cuando decís “entrar en ese viaje”, relativo a lo que venimos hablando, ¿con o sin marihuana?

Bueno, ahora cada vez le tengo más respeto. Antes fumaba siempre para tocar, siempre. Y ahora dejé de fumar para tocar y también dejé de tomar. Ahora dejé de tomar alcohol no solo en los toques sino en la vida. Como muchos nos estamos cuestionando estas cosas… La otra vez lo hablaba con músicos más grandes y decíamos que las generaciones más jóvenes están tomando más conciencia.

Esa búsqueda de conexión de la que vos estás hablando me la imagino sin ningún estupefaciente. 

Es que es así. Totalmente. Dejé de fumar para tocar. Capaz que si estamos en una jam, me fumo una pitada y subo, pero tranquilo. No es que lo necesite para el viaje. Y cada vez le tengo más respeto. No fumo cuando quiero tocar bien y meterme de determinada manera, cuando quiero estar claro, realmente sintiendo todo. Muchas veces cuando fumaba me colgaba a escuchar un instrumento y podía pasar que nos perdiéramos un poco.

¿Vos sos de escuchar música?

Sí, todo el tiempo. Y de todo.

¿Tu escucha es analítica o más afectiva?

Según. Hoy, por ejemplo, puse una banda de rock, que se llama Beck, mientras hacía mis cosas, y yo estaba de fiesta, disfrutándolo, sin analizar nada. Me lo pedía el cuerpo. Otro día me puse Zeppelin, porque tenía ganas de escucharlo. Otras veces mientras armo la batería me puedo poner un disco de Chet Baker, o también pongo música antes de dormir. Según. También me gusta escuchar música antes de estudiar, para ya estar enfocado en lo que quiero. Ahí sí pongo un disco de jazz.

¿Y qué bateristas de jazz admirás?

Me gustan de todos los tiempos. Soy fan de Elvin Jones. La forma de tocar, la forma de agarrar los palos, el sonido, la energía, lo escuchás gritar en los discos de Coltrane, lo que innovó tocando jazz… todos venían tocando de una manera y él ya cambió la llevada del ride para otro lado. De los jefes es mi favorito. Después obviamente Tony Williams y muchos otros.

Paul Motian es un batero que me gusta mucho. Él venía tocando todo muy limpito, muy tremendo y después empezó a agarrar su camino para el lado free y era como un niño tocando la batería. Ya dejaba la técnica de lado, le pegaba a los aros, los solos eran todos desarmados, solo tímbrica, muy intuitivo. Estaba realmente improvisando. El viaje es el cambio de cómo venía todo prolijito y cuando arranca con la banda de él, es un demonio, muy personal.

Bonham también. Después ya salto a modernos. Tengo varios. Ahora estoy como loco con Mark Guiliana, soy megafan. Empecé a tocar candombe desde ese lado. Desde las tímbricas a tocar todo muy subdividido, como hace él. Brian Blade también, a morir, que es todo lo contrario. Brian Blade es todo aire y canción. Los dos polos opuestos. Tengo varios de los que soy fan. Ari Hoenig, que es otro viaje totalmente diferente a ellos dos. Todo polirritmias y melodías en la batería.

Me estoy volviendo loco con la cantidad de información que hay. Pero soy de escuchar un disco mucho tiempo, para entenderlo realmente.

¿Dónde van a tocar el 23?

En Inmigrantes, que queda en Paullier y Guaná. Es un boliche que está bueno, porque además de ir a escuchar jazz podés sentarte a comer y tomar algo rico. Y suena bien.

Estamos muy contentos de que este toque lo vamos a compartir con Patricio Carpossi, que es un violero argentino, tremendo, clase A, que toca con gente como Mariano Otero, Guillermo Klein o Sergio Verdinelli. Primero vamos a tocar sus composiciones con el formato Patricio, Nino y yo. Después tocamos con mi grupo.

¿Dónde se compran las entradas?

Las tengo yo a la venta, me pueden contactar por Facebook, y también se pueden comprar en el bar.