Rossana Taddei: ReUnión. Treinta años de música.

Entró Rossana Taddei al escenario, sola con su guitarra, y al sonar la primera nota comenzaron unos de los aplausos más largos que he oído al comienzo de un show. Treinta y cinco segundos de aplausos sostenidos son muestra de que el público que llenó El Solís la aprecia mucho.

La iluminación fue intimista toda la noche. Un escenario casi a media luz nos mantuvo muy atentos a cada sonido que partía desde ahí.

Rossana Taddei

Como les decía, el show arrancó con Rossana sola. Ya desde el comienzo cantó toda una canción haciendo magia con unas luces verdes que movía y hacía desaparecer a la vez que cantaba con una voz super dulce. Rossana para mí representa la conjunción perfecta entre una mujer muy bien plantada en el mundo y una niña traviesa y divertida.

Luego se fueron agregando los diferentes músicos que la fueron acompañando en formato de dúo, trío, cuarteto, quinteto y sexteto: Gustavo Etchenique, Herman Klang, Alejandro Moya, Santiago Montoro y Alejandro “cubano” Reyes.

Como suele hacer, Rossana invitó en varias oportunidades a que participáramos en la creación de sus canciones. La primera invitación fue a chasquear los dedos y crear el sonido de una lluvia de domingo, apasiguada. El resultado del tema “Llueve” fue realmente bonito.

Entre canciones nos regaló, como nos tiene acostumbrados, sus anécdotas disparatadas y alegres, que le dan un dinamismo bien interesante al show.

Fue escuchando “Luz que llega” que me impresionó algo que me sorprendería todo el resto de la noche: Ella canta con total comodidad cualquier tipo de nota a la vez que toca (cada vez mejor) la guitarra. Al mismo tiempo, levanta pierna derecha, levanta pierna izquierda, levanta hombro izquierdo, etc. como señales para que el público produzca sus partes previamente establecidas (por ej., caballos, vacas, gaviotas). Y en otras canciones pone y saca cosas de su baúl mágico, tira papelitos picados, le tira burbujas a Cheché, toca una corneta, toca un timbre, silba como los dioses, etcétera, etcétera. Y está atenta a que si el músico que tenía que entrar está enchufado, o si tiene que presentar a otro… es un disparate de despliegue de gestión, arte, creatividad, musicalidad y humor que hipnotiza.

 

Rossana y Gustavo

 

burbujas

El viaje musical abarcó una cantidad enorme de ritmos y estilos. Hablando desde una perspectiva más cerebral, es admirable el dominio de ritmos tan variados y que todos le suenen tan pero tan hechos a su medida. Hablando desde mi perspectiva completamente personal, cuando el viaje hacía escala en el rock and roll, me resultó monumental. Creo que la primera escala de ese tipo fue con el tema “Prímulas rubias”. No sé por qué diablos ese tema me tocó tanto. Quizás por la anécdota que contó Rossana antes sobre esa canción… no lo sé, pero terminé lagrimeando.

Al sonar “Imposibles” (de Fernando Cabrera), lo que se siente por encima de todo es la libertad extraordinaria que despliega Rossana cantando, en todo: las notas (agudas y graves), los ritmos, las velocidades y los efectos especiales que va metiendo mientras tanto, como ser trompetas cantadas, shakers producidos con la boca y más. Eran otra vez Rossana y Cheche, solos los dos, sonando como si fueran una banda gigante.

La esperanza y la alegría que me llegan a través del tema “Uruguay/Lo dedo negro” son algo impresionante, así como el deleite de escuchar la percusión candombera por parte de Gustavo Etchenique, tan impecable, tan sentida y tan musical. Bien dicen los bateristas que Gustavo tiene un reloj en la cabeza. Qué gustazo fue tener la oportunidad de escuchar unos compases de Gustavo solo, tanto en este tema como al comienzo del siguiente. Él toca y al público se le moviliza todo.

Pero no fue solo Gustavo el que impactó. Cada uno de los otros músicos aportó algo archipersonal a los temas en los que participaron: Alejandro Moya se lució con su bajo toda la noche. Fue un placer escucharlo contribuir como lo hizo a ese todo mágico que fue este show. Tremendo ritmo y muy buen sonido. Herman Klang, desde el teclado, aportó notas magníficas que generaron en más de una ocasión un clima atrapante. Santiago Montoro siempre me llama mucho la atención tocando con Rossana porque lo que él toca le da una polenta estupenda pero con gran personalidad musical. Anoche, además, colaboró con unos coros geniales en un par de temas. La voz de él con la de Rossana queda buenísima. Y el aporte de Alejandro “cubano” Reyes es monumental por donde se lo mire, o mejor dicho, se lo escuche: rock and roll a tope y con un buen gusto sublime. Desde acá me saco el sombrero porque todos los músicos se pasaron anoche. Temas como “La Celestina” fueron fantásticos, donde a pesar de haber mucha nota de varios músicos, cada una tenía su razón de ser, su lugar, su magia.

Alejandro “cubano” Reyes, Santiago Montoro y Alejandro Moya.

 

Herman Klang

La ruta polifacética recorrió temas de los diferentes discos y etapas y nos mantuvo a todos atentísimos todo el tiempo. En mi opinión, la experiencia de treinta años de música quedan evidenciados en dos aspectos: la soltura y libertad de la que hablé más arriba para jugar con las notas que se le antoja y con toda la parafernalia extramusical y por otro lado la sabiduría de elegir solamente los sonidos y notas que realmente aportan a la música y ni uno más. Eso es algo que suele no suceder en los comienzos de la carrera de un artista y que hacen una gran diferencia en el efecto general de un toque.

Su musicalización de poemas me resulta una genialidad importante. Los poemas de Humberto Megget transformados en canciones, por ejemplo, son brillantes. Es muy misterioso que ella juega con sus sonidos extraños y una los recibe como una sucesión lógica de acontecimientos musicales. La guitarra de “cubano” Reyes en “Legión de girasoles” fue algo de alquilar balcones. Si recuerdo bien, fue en ese tema que Rossana se acostó en el piso a gozarse con esas notas. Fue un deleite.

Estuvo presente Teresa, claro. Acompañada por Herman, Rossana cantó tremenda canción lírica a la vez que manejaba al títere. Son esas cosas suyas que te dejan helada.

Más adelante sucedió algo hermoso: desde el público, con un micrófono que alguien le acercó, su mamá cantó con ella el tango Cambalache. Fa. ¡Qué preciosa la voz de su mamá! ¡Muy bueno estuvo eso! Me dieron ganas de un día verlas juntas en el escenario.

Pocos temas después Rossana y sus músicos se despidieron diciendo que nos esperan encontrar el 4 y 5 de setiembre en el Tartamudo. Así que ya saben… si alguien se perdió este show, puede ir agendando, cosa que de corazón le recomiendo. Rossana es una artista como pocas y tiene la buena costumbre de estar acompañada por músicos excelentes. Todo en sus shows es disfrutable, todo.

Esta crónica fue escrita para Cooltivarte.com, a quienes les agradezco la confianza que depositan en mí para narrar las maravillas musicales que pasan en esta ciudad.

Todas las fotos que aparecen en esta crónica son de Ivonne Morales (Jáibon Fotografía).

Sálvense ustedes: Herman Klang y Gustavo Etchenique

Llegar a un lugar nuevo genera cierta expectativa. Mucho más si uno está llegando algo tarde y nota, a medida que sube los escalones de una escalera con aire algo misterioso, que hay un silencio absoluto.

Así llegué a un espacio muy agradable a varios sentidos. Para el olfato, incienso. Para los oídos, Mandrake y El Príncipe. Para la vista, medias luces, vinilos, botellas, alfombras, espejo, velas y luces tenues de colores. Para el gusto, beberaje. Para el tacto y la cinestesia: almohadones, colchones, un puf.

Seres humanos todavía no había. Fue un acierto haber llevado mi acompañante fiel, mi Kindle, pues aproveché para leer, en ese ambiente que invitaba a la introspección, durante una hora y media, uno de los libros que tengo empezados. Mientras tanto, muy de a poquito, iba llegando más público a la que sería mi primera experiencia de exposición a la música de Herman Klang.

La primera vez que escucho a alguien en vivo paso buena parte del toque adaptándome a su manera de viajar. Si bien eso me sucedió en ocasiones, de alguna manera el paisaje no me era del todo extranjero, evidentemente por la presencia de Cheche, pero también por algo más que se le podría llamar “uruguayez musical”. Hoy convergieron el candombe, la murga y el tango, y un montón de cosas no etiquetables pero reconocibles como nuestras.

Algo que leí hoy antes de que empezaran fue lo siguiente: “No busques el porqué. En el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay soluciones” (de Anaïs Nin, Henry y June). Es evidente que en la música tampoco. Y aquí sería coherente que se terminara esta narración.

Pero como hoy no viene de coherencia la cosa, les cuento que había dos velas. Una bien cerca de Herman, adentro de un vaso con tallado vertical, encima de una mesa baja que estaba a la altura de y cerca de un parlante. Otra vela, también adentro de un vaso, una pizca más alejada. La vela que estaba más cerca se pasó toda la noche acompañando la música tanto con su llama danzante como con la sombra particular que reflejaba en la pared: una especie de teclado movedizo. La segunda vela estaba casi impávida. Apenas la movían algunas notas especiales. Con los humanos que estamos del lado del público es igual. Algunos dejamos el alma con cada nota que cruza el aire y otros somos más calculadores, quizás “robamos piques”, y salimos a opinar sobre esto o aquello. Hoy estoy más cerca del parlante, así que aténganse a la ubicación.

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Me resultó fascinante que no hubo un tema que me llevara por el mismo lugar del otro. Cada uno requería partes diferentes de mí. Eso es muy interesante de experimentar desde el público. Cada pocos minutos uno se tiene que instalar en una nueva forma de escucha.

Me gustó un montón la relación de Herman con sus notas en el teclado, con la ejecución de esas composiciones que parecen muy complejas desde mi rincón de ignorancia consciente en cuanto a armonías y construcciones musicales. Y para ponerle el moño a esas genialidades, quién mejor que Cheche con su musicalidad apabullante.

Cheche ponía y sacaba partituras. Pero no eran la típica partitura de batero: Intro (tantos compases), Parte A (voz), fill, Parte B, etc. Eran las mismas partituras de Herman. Los apoyos de Cheche a las melodías, y también a las armonías, son algo extraterrestre. Estos dos seres de luz se mandaron unas series de compases tocados al unísono que a mí me dejaron el corazón al galope.

Para Cheche cada golpe es un sonido, no hay ninguna nota que no tenga una razón musical de existencia. Él está completamente por dentro de la canción todo el tiempo de una manera extrema, tanto que la batería parecía afinada con el teclado y con la voz, y con las notas específicas que necesitaría para acompañarlas. Claro que no era así, pero el arte de Gustavo es tal que parece que se hubiese comprado los platos afinados en la nota exacta para poder tocar ciertas notas. Hasta los aros parecían afinados, jua. Me río porque suena loco, pero juro que parecían.

Hubo unísonos que me emocionaron tanto que tuve que anotarlos para poder revivir la sensación: el High-Hat (HH) abriéndose apenas un poquito, apoyando el acento de las escobillas sobre el tambor. El HH con el splash. El HH con el bombo. El HH con el aro del redoblante. El bombo con el aro del redoblante. Y contratiempos que me hicieron emocionar.

Hubo candombes que me arrancaron el alma y la dejaron bailando encima de la vela. La versión de “La luna vino al candombe” fue de una belleza tal… Los dos se mandaron unas creaciones conjuntas en este tema que fueron una delicia. Cheche tocando con un hot rod en la mano derecha y con la mano izquierda, apoyando las melodías de una manera deliciosa y por momentos sonando a una cuerda completa de tambores, mientras Herman hacía magia (que lamentablemente no sé describir con palabras) con su instrumento.

Me vine de este toque profundizando algo que vengo observando en mí y en otros: El lugar desde el que surgen las cosas, en este caso la música. No siempre surge del mismo. Por momentos surge de la mente y es algo netamente cerebral. Por momentos viene del corazón (y llega al corazón sin pedir permiso). A veces nace más de las tripas y otras veces surge de un lugar más sexual, conquistador. Otras veces aparece muy plantada en la tierra. A los sonidos graves del cajón peruano tocado por Cheche en uno de los temas lo sigo sintiendo, dos horas más tarde, en mi plexo solar. Y así, cada canción o parte de canción me fue paseando por todos los estados y lugarejos energéticos. Tremendo viaje, que agradezco.

No estoy del todo segura de si hubo improvisación o no. Si la hubo, fue de una perfección indescriptible. Y si no hubo improvisación, entonces es igual de apabullante el efecto de libertad y comodidad que estos dos músicos lograron con algo muy ensayado.

En fin, me queda claro que quiero escuchar más de Herman Klang. Y que a Cheche lo seguiré yendo a escuchar y ver en cada oportunidad que tenga. Momentos musicales como el de hoy son un privilegio extraordinario que me alegro muchísimo de haber presenciado.

El sentido del oído

Por vueltas (sic) que da la vida estuve unos días sin poder y, para mi asombro, sin querer escuchar música. Muchas vueltas dio la vida estos días… muchas, literalmente.

Por causas no del todo claras sufrí una crisis de vértigo. La palabra crisis, al menos para los optimistas, trae aparejada la sensación de brevedad pero esta no lo fue tanto. Hubo días eternos con los que la subjetividad del tiempo me quedó clarísima. Durante ese período me impresionó cómo se vive la pérdida del disfrute de la música y lo traigo acá con el único objetivo de que tomen conciencia de la bendición que tienen a ambos lados de sus cabezas y de cómo no serían los mismos sin su sentido del oído.

Los primeros cuatro días ni siquiera podía ocurrírseme pararme, mucho menos ir a poner música. Pero a medida que los mareos y náuseas fueron espaciándose, quise aventurarme al mundo sonoro. Fue entonces que descubrí una realidad aterradora, completamente nueva para mí: por el oído izquierdo entraban apenas algunas frecuencias sonoras–las más agudas–y cada poco ingresaban una especie de chillidos mezclados con pitidos que me hacían sentir tremendamente incómoda. De alguna manera contribuían a la sensación de inestabilidad e incomodidad espacial.

Hoy es el primer día en varios (tres semanas y algo) que oigo algo mejor, al menos hasta el nivel en que pude disfrutar de un par de discos. Me nace un agradecimiento profundo, pues si bien no era muy probable, existía un riesgo de haber perdido la audición izquierda para siempre. Al principio pensé: “bueno, tengo dos oídos”, pero no… los dos hacen un trabajo conjunto absolutamente incomparable al trabajo de uno solo.

Una ironía es que hace ya meses que estoy con un solo parlante funcionando en mi equipo de música. El otro sufrió una caída espectacular y mortal. Me sospecho que pronto iré a comprar dos parlantes iguales y que el mundo se transformará en un paraíso sin igual.

Sigo oyendo menos del lado izquierdo pero lo suficiente como para que haya regresado la percepción ampliada por ondas, y junto con ella algunos anhelos que están indisolublemente unidos. La vida sin música no tiene comparación. No es que sea mala, vamos, porque es cierto que me ocupé de otros asuntos y tuvo lo suyo, pero hay toda una dimensión sensorial y extrasensorial que sin música se esconde en vericuetos inaccesibles.

No es difícil imaginar que lo mismo sucede cuando falta cualquiera de los otros sentidos, así que la invitación al agradecimiento y a la conciencia la extiendo a todos los sentidos, a todas nuestras capacidades, a todos nuestros disfrutes, a cada uno de esos instantes placenteros que tenemos la bendición de tener.

 

Reseña del show “Atemporal” de Carmen Pi

Todos los sentidos al mango (más que cinco) y el corazón al galope; el pecho abriéndose y cerrándose al antojo de la música; un enorme agradecimiento que lo envuelve todo. Así viví Atemporal.

A continuación voy a intentar contarles a los que no fueron qué pasó en ese espacio atemporal. Los que sí fueron quizás quieran comentar algo más. Los comentarios siempre son bienvenidos. Ya sabemos que los monólogos que se transforman en diálogos son mucho más interesantes.

La noche arrancó con “Dance”: empezaba la fiesta. El primer tema para mí suele ser un acomodo a la situación. Algo así como la afinación de mí misma como si fuera un instrumento… en este caso resonador. Carmen con esa sonrisa arrolladora y esa mezcla de niña feliz jugando a su juego favorito y mujer tierna y todopoderosa al frente de una banda de gigantes musicales. Los colores: rojo carmín y negro. El escenario: prístino, con una austeridad maravillosa que destacaba a los músicos pero con unos detalles rojos que le daban un toque de femineidad y de fineza: íbamos a deleitarnos con sabores exóticos, otros simples, pero todos sutiles y cuidados.

En el tema siguiente participó como invitado Maxi Suárez en el teclado. Uno de los aspectos, si se quiere logísticos, de la noche que me sorprendió fue que los músicos de la banda y los invitados iban y venían pero el concierto tuvo una unidad indiscutible, tremendamente armoniosa. Lo que tocó Maxi no era extranjero en ningún sentido. Tuvo todo el carácter Carmen Pi y un toque especial de frescura y alegría. Esta segunda canción fue “Flor” (para mí “Flor 6/8”). Me llamó especialmente la atención el arreglo de voces muy hermoso con los coros de Janisse Richard y Camila Ferrari ya abrió la puerta al intimismo.

Como ya sabemos el disco Jardín Carmín incluye una canción de Carmen para varios de sus seres más queridos. Dany López, productor e impulsor del disco en varios sentidos, se subió al escenario con la guitarra para compartir la “Canción madre”. Cada sonido encajó exactamente en un rinconcito diferente de los corazones. La guitarra de Dany súper, súper dulce. La voz de Carmen, llena de sentimiento, de ternura, de bondad y de admirable virtuosismo al servicio exclusivo de la canción. Federico Blois y su alegría percutiva se lucieron toda la noche. Los sonidos que eligió para esta canción fueron perfectos y la cantidad de sonidos también. Eso es algo para valorar muchísimo. Hay excelentes percusionistas que meten la pata tocando demasiadas notas, ergo arruinando canciones hermosas. Cuando un percusionista puede tocar lo que la música demanda y encima lo hace con la delicadeza y buen gusto que lo hizo Federico, se merecería que el público lo aplaudiera de pie solo a él por espacio de unos minutos. Yo desde este rinconcito lo hago: clap clap clap. Te pasaste. Te felicito. Te agradezco en nombre de la música. Y también de los ánimos, porque verte gozar mientras tocabas como hacías era contagioso. Una sonreía contigo.

Dijo Carmen: “Dentro de esta noche de emoción y de felicidad extrema que tengo para mí es un honor contar con estos compañeros y especialmente con un excelente guitarrista, un excelente chef, un excelente papá, un excelente compañero de vida que es Nacho Imbellone”. Entonces surgieron los sonidos de “Buen Día”, la ternura hecha canción y la canción hecha ternura. La voz de Carmen impacta aquí porque transmite una pureza enorme, una belleza clara. La guitarra de Nacho delicada a más no poder, traduciendo sentimientos amorosos en notas que surcaban el aire. La percu preciosa de Federico y la batería certera de Martín Ibarburu, con el bajo impecable de Gerardo Alonso.

Dentro del mundo del escenario hay submundos que presenciamos y gozamos. En este show cada submundo generaba disfrute. Uno especialmente bonito fue el del Martín y Gerardo. Gerardo miraba de reojo a Martín y se sonreía, y Martín miraba de reojo a Gerardo y lo mismo. Había una comodidad y una complicidad hermosas entre ellos dos. Otro submundo que fue de otro planeta fue el de Martín y Federico. Desde las butacas se sentía el respeto mutuo, el disfrute compartido cuando tocaban juntos y el disfrute de cada uno de ellos en los momentos en que no tocaban y escuchaban lo que hacía el otro. Martín no se perdía ni un solo sonido de Federico, y Federico se gozaba con la batería de Martín. Qué combinaciones más hermosas. Hubo hermosas miradas de complicidad entre las dos coristas, entre Dany López y Palito Elissalde, entre Nacho y Palito, entre Carmen y Nacho.

“Buen día” le dio el paso a “Carmín” sin aviso previo, en un fluir sencillo, en una especie de abrazo cálido.

El cariño de Dany por Carmen y de Carmen por él fue tan bonito de atestiguar. “Baguala de la Piedra”, un precioso tema de Dany, sonó inundándonos de folclore y de emoción.

Dany (teclado), Carmen (guitarra y voz) y Martín (cajón y una escobilla) nos regalaron una versión divina de “Si supiera” de Jorge Galemire, con una trompeta cantada por Carmen increíblemente afinada. Qué bueno este gesto de motivación a la memoria colectiva. En ese momento se me encogió un poquito el corazón, porque cada vez que un músico se muere me da una tristeza profunda.

Estando yo en ese estado medio tristón, escucho que Carmen anuncia “A Don Prudencio Navarro”, canción hermosa que le escribió para su padre. Ella solita, con su guitarra, con su voz enorme, nos ató un nudo en la garganta. Demasiado bella la canción, bello su silbido y muy grande la ola de emoción que nos arrasó por completo. Se nota que no consciente de ese efecto, nos invitó a corear el final con ella: “todos conmigo”, dijo. Pero las gargantas se negaban a producir sonido.

Después, desde el teclado Carmen nos regaló “Esta vidalita” de Dana Nicola. Siempre es un gusto especial escucharla acompañándose en el piano. Existe una simbiosis mágica en esa dupla.

“Puntos Cardinales” por suerte no faltó y la versión fue archigenial. El piano de Carmen, la percu “aireada” de Federico Blois y las voces de Carmen y Yisela Sosa hicieron una versión muy especialmente bella del tema que le dio el nombre al primer disco. Es hermoso cuando dos cantantes cantan a coro amalgamándose bonitamente pero cada una manteniendo su personalidad.

Una de las características de Carmen Pi que me fascina es que tiene un virtuosismo logrado a base de mucho estudio musical (unos cuantos años de canto lírico en el Conservatorio Universitario de Música, estudios de piano, guitarra, etc.) y que habiéndose volcado a la música popular, y más recientemente a sus temas propios que navegan por varios estilos musicales, consciente o inconscientemente es una embajadora de estilos musicales frente a públicos que quizás no los conocen tanto. El siguiente invitado fue Gustavo Reyna y su archilaúd (instrumento de origen italiano, de fines de S XVI). La inclusión de un instrumento así podría sonar forzada en otro contexto, pero en el concierto de Carmen era una necesidad natural. Ella reúne varios mundos musicales en una convivencia completamente cómoda y el resultado general es el banquete exótico y sutil del que hablaba yo al comienzo.

Gustavo y Carmen estrenaron “Aire lunar”. La conjunción de los agudos de Carmen con las cuerdas más graves del archilaúd y los intervalos al unísono de voz e instrumento fueron una fiesta para los sentidos. Este tema (breve) tiene un aire nostálgico, pero como la dulzura desborda, la mezcla genera una emoción para la que no hay nombre. Sería algo así como “nostalzura”; la simultaneidad de dos emociones relativamente contrapuestas resonando a la vez en el alma.

Siempre con el archilaúd, lo que pasaría inmediatamente después fue una maravilla musical. La soprano Isabel Barrios, Carmen, Gustavo y Noelle Fostel (teclados) hicieron una versión reducida de una canción de François Couperin (nacido en 1668, fallecido en 1733): “Troisième Leçon de Ténèbres” a dos voces. Gracias, Carmen, por presentarnos a este compositor y por presentarnos esta experiencia alucinante de escuchar algo tan diferente y tan pero tan hermoso. ¡Qué magia hacen con esas gargantas! Desde mi butaca se vivió como un despertar a un mundo musical al que pienso sumergirme sin salvavidas.

Como leyéndome la mente, cuando pensaba lo genial del pluralismo musical de su propuesta exquisita, después de esa canción de 1600, Carmen aparece en el escenario con Fede Blois y Martín Ibarburu para cantar a capela la canción “Blue Cadillac”. Los juegos de la voz entre los graves y los agudos generaban un escalofrío de emoción. Fede y Martín hicieron “percusión corporal”, algo poco visto por estos lares y hecho con tremendo buen gusto y musicalidad. La expresión de goce de Carmen, Fede y Martín es algo que espero recordar por mucho tiempo.

¿Qué les parece que hacía falta a esta altura para poder decir que esta mujer toca y canta lo que se le ocurra? ¡Sí! Un rock and roll. Fa. La Carmen rockera es exactamente el mismo deleite que la Carmen folclórica, jazzera, popera, barroca. ¿Cómo un solo ser se puede mover así de fácil de un estilo a otro en apenas unos segundos? ¿Y cómo le pueden quedar todos tan pero tan a la medida? El nombre del tema: “Completely Wasted”, de Dany López. Una Carmen crack se colgó la guitarra Les Paul y sacó de las entrañas a la más divina rockera. El tema en sí es realmente hermoso. Dany se mandó unas voces fascinantes y me sorprendió la habilidad del técnico de sonido (Diego Rey) para que el volumen fuera tan exacto como para que la voz de Dany complementara la de Carmen al volumen justo, justo. Lo que hicieron todos los músicos fue un goce en este tema, porque además de impartirle toda la polenta que el tema pedía, lograron mantener la claridad de cada sonido y no hubo ni un solo sonido superfluo. ¡Qué buenas las notas en el tom de pie de Martín! Qué bueno el bajo. Qué bueno todo. Era un derroche de perfección saliendo de cada rincón del escenario.

Luego Carmen nos regaló una versión de un tema de Jaime Roos. Palito Elissalde con su guitarra eléctrica (“endiablada”, al decir de Carmen) fue algo genial en cada intervención, y en esta canción especialmente.

Tuvimos la alegría de escuchar “Pasos semifusos”, de autoría de Carmen, que tiene una letra muy bonita, con una autodescripción y poesía muy bellas.

Lamentablemente todo lo que empieza termina, así que llegó “Café et Chocolat”. Nina, quien supo estar en la panza de su mamá en la presentación del CD “Puntos Cardinales”, esta noche subió al escenario, con toda la ternura del mundo, a acompañar a su mamá en el final del toque.

¡Claro que pedimos un bis! Fue “Dance”.

Así despedimos todos una noche que se hizo corta, una noche que nos paseó por varios universos musicales, todos hermosos, todos gozosos, todos interesantes, desafiantes, emocionantes y disfrutables.