Los conciertos como templos

Hola, hola. ¿Me permiten compartir con ustedes lo que me fascina (últimamente) de los conciertos?

Como en todo acontecimiento humano, la experiencia concierto sucede en al menos tres planos: físico y energético, mental y emocional.

En el plano físico la música tiene un efecto muy perceptible: nuestro cuerpo se vuelve una caja de resonancia que recibe las vibraciones que llegan del escenario y vibramos en la misma frecuencia. Según el caso, también a veces sumamos armónicos propios a ese mar de frecuencias. Ese aumento llega a ser tan fuerte que en ocasiones perdemos totalmente la conciencia de nuestra piel o huesos, y nos sentimos flotar.

En el plano mental sucede una convergencia poderosísima de atención. Las decenas, cientos o miles de personas escuchando juntas una misma canción focalizan su mente en un trozo idéntico o muy cercano del continuum de pensamientos posibles. Y, entre las tantas posibilidades, existe también esa chance divina de que por un lapso determinado toda la audiencia deje de pensar, que esté completamente atenta a una frase sonora o a una cualidad de sonido específico y los pensamientos se detengan.

Por último pero para nada menor, en el plano emocional lo que emana del escenario va descorriendo cortinas, abriendo y cerrando ventanas, iluminando y oscureciendo zonas superficiales y profundas, generando conexiones previamente olvidadas o inclusive completamente nuevas. En los conciertos se da un acercamiento emocional común hacia un mismo punto. Por ese tiempo y en ese espacio todos estamos unidos en emoción y sentimos que el mundo está en perfecto orden. Los problemas individuales o colectivos o desaparecen o toman una relevancia primordial, según la propuesta del músico. Se da una conjunción de sentires que en términos físicos nos lleva otra vez a lo vibratorio, a lo energético.

Es así que encuentro una decisión verdaderamente importante a qué música exponerse y de cual abstenerse.

Es así que a la hora de comprar una entrada, yo evalúo que estoy anotándome para un retiro espiritual.

Es así que cada uno de los músicos con los que quiero invertir tamaña movilización se vuelve un líder espiritual y el facilitador de un espacio-tiempo que solo puedo comparar con un templo.

En fin… era eso que quería contarles.

 

PS: Si tienen ganas, fíjense cómo cada aplauso fuerte les sacude la sintonía en la que entraron con la canción.

 

 

Christian Cary: Solo voz y guitarras

Chri


Christian Cary
, bien conocido como líder de la banda La Triple Nelson, se presentó en formato unipersonal, con invitados especiales, el pasado 31 de julio, en su show titulado “Solo voz y guitarras”, frente a un público que agotó las entradas de la sala principal del Teatro Solís.

La experiencia comenzó con la artista argentina Roma Roldán, quien abrió la noche con sus canciones propias. Para quienes no la conocíamos fue un muy agradable descubrimiento. Con su voz cristalina, tono brillante, excelente manejo rítmico, letras significativas y poéticas, y con una gran cancha para manejar situaciones imprevistas, Roma –acompañada muy profesionalmente, por Gonzalo de Lizarza en la guitarra en algunas canciones– hizo de una presentación telonera un show hermoso que fue un gusto vivir.

Christian Cary eligió comenzar su concierto “Solo voz y guitarras” cantando al piano. Me encantó ese guiño a la razón –quien sabe si decidido como tal o no–. Desplegó desde ese primer momento su abanico de virtudes, que en conjunto forman el fenómeno tan particular que es este artista.

Le gusta jugar con los sonidos, divertirse, nadar a sus anchas por todo el espectro de posibilidades. Cary no tiene ni miedo ni dudas con respecto a la música, o mejor dicho tiene puras certezas, convicción plena de que tiene que estar exactamente ahí y haciendo exactamente eso. Se entrega por completo, en cuerpo, mente y espíritu.

El despojo de toda traba y ese afán de vivirlo enteramente genera en la audiencia una fuertísima conexión individual y colectiva con muchas cosas. Menciono apenas algunas de ellas.

En primer lugar, con la libertad. Todos fuimos libres esa noche, durante ese tiempo-espacio generado por este ser especial.

Con la autenticidad. Cary le canta y toca de frente a tu corazón, así que no hay forma de hacerse el distraído, no hay manera de que no veas clara y sensiblemente tu paleta emocional, a medida que él va abriendo las puertas para que vayan apareciendo tu amor, tristeza, rabia, esperanza, aceptación, calma y todo lo que necesite ser visto, reconocido, transmutado o no según el caso.

Con el momento presente. De alguna manera hay de su parte un sacrificio de su intimidad y una apertura completa a compartirla con toda la masa de gente que lo escucha. A cambio, el impulso para ser conscientes de ese aquí y ahora es irresistible. Te embarga una especie de fuerza en espiral que te coloca en el centro mismo del instante.

Con la honestidad y nuestro sentir de compañía. Todos los matices de la vida pasan por delante a través de las diferentes canciones y una se siente acompañada en la Montaña Rusa de la vida. Lo llamativo es que en un concierto de estas características te sentís escoltada no solo por Cary, sino por todas esas almas que están ahí en ese momento, vibrando con lo mismo. Es entonces cuando se comprende que no se fue solo a escuchar, no. Se fue a confirmar que no estamos solos en la necesidad de conectar con lo que nos hace humanos, y que alcanza que nos juntemos físicamente con el mismo objetivo, para recordar lo que tenemos en común.

Déjenme detenerme un momento en su canto.

Es de lo más llamativo cómo hace lo que quiere con los graves y los agudos. El concepto de escala parece ser parte fundamental de su música y siento que eso le pone ese condimento especial de libertad del que hablaba antes. Por otra parte, tiene un dominio admirable del volumen, y tiene la capacidad para ser desgarrador o increíblemente dulce, de movilizar multitudes en reclamos enojados o de regalarte una canción de cuna que te haga sentir completamente a salvo.

¿Y qué hay del manejo archipersonal de los tiempos? ¡Y de los silencios! Si tuviera que elegir una característica como su marca personal, creo que sería esta. Estira o acorta las notas a su antojo, con maestría, con una creatividad infinita. Es impredecible [aunque mi vecina de asiento, que por cierto cantaba muy bien, acompañaba su extravagancia a la perfección] y a la vez, tiene una singularidad musicalmente hermosa. El secreto, creo, está en que nada de su originalidad surge para destacarse. Parece una necesidad auténtica que crece en las entrañas y desborda en forma de sonidos que bien podrían ubicarse sobre pentagramas ondulantes, con barras corredizas, cayendo, eso sí, misteriosamente a tiempo.

De la mano con su capacidad vocal está su relación con sus guitarras (¡sus varias guitarras!). Son una unidad indivisible, cómplices de pura creación. [Si nos ponemos exquisitos, claro… todas son cuerdas, solo que algunas están adentro del cuerpo y otras afuera].

Hubo varios invitados. Roma Roldán, Gonzalo de Lizarza [hermosa la intención sobre esas notas; disfrutable a más no poder ese sonido profundo], Laura Canoura [¿Cómo no amarla? Su espontaneidad, esa voz que nos identifica, esa fuerza… toda ella], Fernando “Paco” Pintos [hermosísima canción, “Caballos”, y dupla querible con Cary], Rafael Ugo [¡qué placer escucharlo tocar así el piano! y un lujo en la percusión], Manuel Contrera [gran arreglo para piano y cuerdas de un tema fantástico y siempre un gusto escucharlo en el piano o teclados], Camila Suárez y Lucía Arimon (violín), Bruno Genta (viola), Matías Fernández (cello) [impecables esas capas de profundidad, esas múltiples dimensiones vibratorias], Mariana Labrada y Lucas Cary [tremenda garra, buenas voces y muy buen ensamblaje con Christian], Luciana Mocchi [siempre es transformador escucharla y comparte con Cary la entrega absoluta con su voz y la frontalidad sin negociaciones, también el sentido de libertad y juego].

Hubo también un momento memorable, de Cary a solas, con sus loops, pedales, guitarras y demás, que bien podría abrir otra ventana más de posibilidades. Yo iría también, y con avidez, a un toque enteramente instrumental liderado por este musicazo con mayúsculas.

Porque queremos más, Cary, mucho más. Y te agradecemos con una reverencia por todo lo que entregás, por tanto talento, por tanta generosidad.

Foto de portada: Mathías Arizaga

De Espinas y Flores – Carmen Pi y Gustavo Reyna

Aquí es sábado de noche, de una semana tremendamente exigente en todo sentido, y tuve la bendita buena idea de ponerle “play” al video que comparto. Sé que vengo atrasada con esta escucha, así que pregunto: ¿escucharon esta belleza sideral?

¡Hacía tanto que venía esperando tener el tiempo para esto! Y como no llegaba más, y gracias a mi querida intuición, hoy, con un gran agotamiento encima, puse “play”.

Hace rato que perdí la objetividad con esta mujer divina, porque además de amar su música, la quiero mucho a ella. Así que desde un lugar archisubjetivo, escribo estas palabras, seguramente torpes, para compartir y decirles, de corazón: disfruten este masaje al alma.

No les quiero estropear la sorpresa a quienes aún no lo hayan escuchado. Para mí fue hermosa la experiencia de que fueran apareciendo las joyitas sonoras, sorprendiéndome en cada track, así que si quieren, paren de leer, pongan “play”, cierren los ojos… y permítanse viajar. Permítanse mimar… permítanse soñar y volar a un espacio sin tiempo, o a un espacio multitemporal y multiespacial.

La voz de Carmen a mí me hace de trapo. Su registro me encanta… se ve que tengo una cantidad de células a las que les gusta vibrar en esa misma frecuencia.

En este disco, además, todos los sonidos y no solo la voz tienen una textura especial.

Los hechiceros que hacen la magia con ella (¡y cómo!) son otros músicos enormes, genios increíbles: Gustavo Reyna en el archilaúd, Gastón Gerónimo en violín moderno y barroco (tracks 03, 04, 11, 12), Nicolás Ibarburu en guitarra y voz (tracks 07, 11 y 12), Diego Carbonell en laúd y guitarra (tracks 09, 10, 11 y 12) e Isabel Barrios en voz (tracks 10, 11, 12).

Es muy sorprendente que fue grabado en vivo (en la Sala Hugo Balzo, en 2018). Suena tan impecable que si no te cuentan que es en vivo, no podrías adivinarlo. La sabiduría de Gastón Ackermann y su estudio Mastodonte seguramente hayan influido en este producto impecable.

Las canciones forman un tapiz hecho de composiciones uruguayas de los últimos 40 años y obras compuestas en los años 1700 y 1800. Algo que dicho así parece raro y difícil se despliega con total naturalidad y belleza. Cosas que solo músicos muy genios pueden lograr.

En Carmen se combinan muchas características que permiten una obra como esta, a saber: su formación musical clásica, su experiencia con la música popular uruguaya, su habilidad para versionar, su buen gusto compositivo y esa voz bellísima, con la que hace lo que quiere.

Quienes la acompañan lo hacen con exactamente la misma intención, el mismo detenimiento, cuidado y amor que su voz.

Me llamaré a silencio porque no quiero que usen ni un minuto más de su tiempo de vida para leer este palabrerío. Es momento de usar los oídos y dejar que el corazón sea feliz con esta hermosura.

Abrazos, y un brindis por la música: la de Carmen, la de Cabrera, la de Eduardo Mateo, la de Nico Ibarburu… y la de quienes vivieron hace 300 años. De otra forma este planeta sería inhabitable.

Patricia

PS: El 21/9/19 se presentan en El Solís!!! (Sala Zavala Muniz)