“Nadie sabe lo que va a pasar” – Dany López

La invitación hoy es a detenernos juntos en la canción “Nadie sabe lo que va a pasar” de Dany López. Cuando digo “juntos”, digo: ustedes, el autor de la canción y yo. Espero que se enganchen tanto como yo. Y si pueden, sacúdanse esa timidez y comenten abajo. Si son amables, todo comentario es bienvenido.

Antes de que arranquemos el tren, sugiero darle click a la canción, para que todos sintonicemos la misma frecuencia.

 

¿Cuál es la primera sensación que les genera? ¿Y la segunda? Sería ideal que se lo preguntaran antes de seguir leyendo.

Ahora les voy a contar mi viaje de escucha y luego lo más preciado: la mirada del autor. Si se aburren con mi viaje, lo bueno de un texto escrito es que se pueden saltar líneas. 😉

En mi caso cuando escucho por primera vez una canción casi nunca entiendo el mensaje global de la letra. Oigo quizás combinaciones de palabras que me llaman la atención pero solo leyendo la letra logro hincarle cerebro al mensaje de la palabra. El acercamiento que me resulta natural es prestarle atención más que nada a cómo me hace sentir y luego empezar a desmenuzar los elementos sonoros que me lo generan.

Con esta canción lo primero que siento es una combinación bastante balanceada de alegría e introspección. Es como si tuviera el potencial para desbocar el sentimiento de alegría pero aparecieran elementos que te la contienen, con algún matiz de tristeza, y con otros tintes de aceptación y despreocupación.

El siguiente nivel de escucha al que fui es la voz de Dany y la batería juntos. Es como si en esta instancia fueran una unidad indivisible. Y ahí empiezo a comprender un poco más cómo es que me genera todo eso.

La voz de Dany tiene en sí esa misma mezcla de emociones: dulzura e introspección por un lado, optimismo y liviandad por otro. O será mi interpretación, que ya sabemos que es lo único con lo que contamos los seres humanos.

Todas las voces son particulares, claro, en su timbre, en todas sus características, pero la de Dany a mí me impacta especialmente. Me paré a tratar de comprender un poco más su efecto y lo que vi fue que por un lado me llega como con un deseo de comunicación muy honesto, muy directo, como si no estuviera midiendo ni retaceando nada. También recibo inexistencia de miedo y eso me resulta sanador… como si por lo que dura la canción yo pudiera deshacerme del miedo también. En cuanto al sonido en sí, es muy, muy cercano y agradable, es entrañable, es dulce y sincero. Tiene una cualidad amorosa hacia todo: hacia la canción, hacia él mismo, y de algún modo hacia la vida toda. Es como si en una nota se condensara la existencia humana. Sé que suena exagerado pero realmente lo siento así y me emociona.

El mismo doble efecto de disfrute y profundidad introspectiva me llega desde la batería con tres elementos sonoros.

Primeramente, hay un impacto directo al centro del pecho con la apertura de los platos del charleston. Aquí ese sonido es maravilloso porque cumple dos funciones. Por un lado, te moviliza nada más ni nada menos que el centro del pecho, te abre a sentir, casi que a la fuerza. Por otro lado te genera a la perfección esa sensación de algo “que pasa”… casi como si uno estuviera sentado en una ventanilla de un coche o tren atravesando el campo uruguayo y viera pasar un árbol, un poste, una vaca, una casa. Me resulta fascinante que eso lo logra con dos platillos que se abren, disimulando el golpe del palillo que ni se adivina, con un efecto similar al de las escobillas pero mucho más brillante y decidido. Si hubiesen sido escobillas, pasaba a tener un tinte completamente introspectivo y con mucha menos vitalidad. Y, no puedo obviarlo, esos palos que sí se sienten en algunas subdivisiones aquí y allí en el HH me maravillan… le ponen un toque de polvo mágico, a lo Campanita de Peter Pan, que conjuga perfecto con la ternura de la voz de Dany.

En segundo lugar, cada golpe del palo en el redoblante tiene, fíjense, ¡la mismísima intención sonora que la voz de Dany! Sospecho que comparten armónicos porque la semejanza es enorme. Además, esos golpes en el tambor son grandes responsables de la sensación de alegría y vitalidad. Ese “backbeat” de Ibarburu es buen responsable de mi fascinación por muchísimos temas. Tiene un efecto sensorial muy específico e identificable.

En tercer lugar, el gran toque introspectivo lo recibo del sonido del bombo. Ese sonido -mezcla perfecta de grave y agudo- me conecta hacia adentro.

A esta altura, me abro a los demás sonidos de la canción.

El bajo de Gerardo Alonso le da contundencia de principio a fin y, por ejemplo, acompaña genialmente esas aperturas del HH. Pero al escucharlo más detenidamente descubro que el bajo tiene la misma textura sonora del bombo de la batería y me genera una clara excitación, en algunos momentos por el groove y en otros también por el sonido. Y me cuelgo con algo: noto que es el bajo el que me genera un anclaje a la tierra… ¿será gran responsabilidad del bajo que mi alegría no se desboque y se vuelva insoportable? Por momentos creo que sí pero hay otros en los que es lo opuesto: por ejemplo cuando quedan solo el bajo y la voz, el bajo es el que me sigue empujando hacia una zona exaltada.

Entonces voy a prestarle atención a las guitarras. No soy capaz de identificar claramente qué guitarra es la de quién a excepción de algunas notas que tienen un nombre y apellido clarísimo: Palito Elissalde. Y entonces creo sentir su impronta de energía poderosa atravesando toda la canción. Identifico “momentos Elissalde” que en esta escucha a nivel micro me dejan con las ganas de más, pero que en la escucha a nivel macro queda claro que están en la medida justa.

Como paso siguiente busco las voces femeninas, que las encuentro aparentemente muy sutiles, aunque sabemos que esas sutilezas pueden ser definitivas a la hora del efecto final. [Un paréntesis: ¿Vieron la peli “Twenty Feet from Stardom”? Si no, tienen que.] El efecto del teclado es de alguna manera similar al de las voces: para notarlo tengo que poner empeño y una vez que lo descubro digo: “Fa, ¡cómo aporta!”

En fin… todo eso sucedió conmigo antes de saber genuinamente de qué iba la letra. Aquí la comparto:

Pasa algo mientras prendo el fuego
pasan cosas que no sé explicar
pasatiempos de un duende noruego
fin de año y viene Navidad

Pasa un tren y te corta el aliento
pasó el día ni cuenta te das
todo cambia mientras va pasando
nadie sabe lo que va a pasar

Pasa un árbol y allá viene un perro
oigo un tango saliendo de un bar
pasamanos y pasamontañas
pasaplatos y publicidad

Mientras cambias algo va pasando
lo que fue ya nunca más será
pestañás y lo perdés de nuevo
otro tren ya volverá a pasar

Pasa algo que detiene el tiempo
pasa algo que lo pone a andar
las agujas van blanqueando el pelo
mi tatuaje biomolecular
el reloj se anuncia en el espejo
y el espejo también cambiará

Algo raro debe andar pasando
si no algo raro pasará 
todo cambia mientras va pasando
solo es cierto que habrá novedad

Nadie sabe lo que va a pasar

Del CD Acuario – del año 2007

Músicos:

Batería: Martín Ibarburu
Bajo: Gerardo Alonso
Guitarras eléctricas y acústica: Palito Elissalde
Percusión, guitarra eléctrica: César Lamschtein
Teclados, programaciones y voz: Dany López
Voz: Carmen Pi, Inés Saavedra y María José Bentancur
Guitarra acústica y voz: Dany López
Ingeniero de sonido: César Lamschtein

 

Letra hermosa, ¿eh? Pero no me voy a detener en ella, no por falta de interés, porque verdaderamente me colgué con esta letra mucho más que con otras, sino porque prefiero ahora darle paso a las impresiones de Dany López acerca de su canción.

 

Filosóficamente y del modo que vivo la vida, veo la cosa bastante así. No tengo un librito que me explique el universo. Me desapego de querer comprender el misterio y me entrego bastante a eso. Trato de vivir una vida con una ética que se corresponda con esa forma de ver las cosas.

Hay varios libritos de esos por ahí (desde el 3.000 ac). Son todos lindos, muy poéticos y con su porción de sabiduría. Uno aprende cosas de ellos. Pero conservo una distancia prudencial y me atengo a mi religión personal, a mi forma de re-ligar con lo trascendente, que es absolutamente personal y muy agnóstica. 

Uno va cambiando de perspectiva. Yo con 18 o 20 años tenía un cristianismo liberal y a mi modo, por llamarlo de alguna manera. Había visto “Jesucristo Superstar” siete veces. El Nuevo Testamento era libro de cabecera y tenía una versión de un neocristianismo que en definitiva quería parecerse a lo que supongo sería la verdadera filosofía de Jesús, no la de los concilios a partir del siglo II, que empezaron a hacer mierda todo lo que el tipo realmente pensaba, por lo menos en lo que dejan entrever los evangelios.

Luego se me pasó el cristianismo. Me quedé con algunos cuantos valores rectores que aún conservo: el amor al prójimo, la empatía, el no sentirse mejor que el otro, no tirar la primera piedra (tolerancia), el desapego, etc.

Desde que se me pasó el cristianismo soy agnóstico (con algunas ideas borderline con el budismo).

Pero esta canción habla más de cómo tomar la vida en general, sin sentir todo acabado, predefinido o predestinado. Da libertad.

Una de las cosas que más me divierte de esta canción es la estructura. Se sale del formato clásico A B A B. Es A A2 A3 A4 A5 A6 B 2 B2 B3 B4 B5, etc. La propia estructura habla como el texto: no es predecible. Todas las estrofas son distintas rítmicamente, muda el groove, la escena poética, los riffs… Musicalmente está construida sobre un riff groove en 3 x 4
toda la primera parte. Hay un slow down como en la estrofa 6, donde cambia a 4 x 4. 

El final también podría ser pensado en 12, quién sabe, pero lo importante es que tiene un punto de partida minimalista: la celula de groove de la guitarra de nylon, medio folky, en 3. Luego se va deformando: entran riffs rock, arreglos. 

El groove tiene el bombo en el tiempo 1 y el redoblante en el 3.

El tipo de poesía, más allá de lo filosófico, toma prestado del concretismo usar la propia palabra como objeto sonoro, la palabra cosa, que es algo que también uso mucho en mis canciones. Y la permanente tensión de opuestos
dentro de los propios versos, o entre las estrofas.

Lo otro que hago es no tratar de dar lecciones de vida. Más allá de que acá hay una generalización: ¨Nadie sabe lo que va a pasar¨, no pienso aleccionar a nadie acerca de qué hacer con su vida. 

Mis canciones por lo general escarban en:

mí mismo
mis propios monstruos
mis fantasmas
mis paraísos
mis visiones

 

Bueno, suena el silbato de la locomotora y el tren va frenando. Llegamos a la estación de destino. Ojalá hayan disfrutado el viaje. Si lo desean, pueden tomar el espacio para comentarios como si fuera un cuaderno en el que compartir impresiones con futuros pasajeros.

Sepan que la música de Dany López se puede comprar o regalar a través de Bandcamp. Aquí el link a esta canción:

https://danylopez.bandcamp.com/track/nadie-sabe-lo-que-va-a-pasar

Blues a todo trapo con Chris Cain y Chapital Grooving the Blues

Chris-Cain-Chapital-Grooving-The-Blues-Camacua-foto-Daniel-Arregui

 

El 16 de noviembre se presentaron Chris Cain y Chapital Grooving the Blues en la Sala Camacuá.

Tuvimos una suerte bastante increíble, pues habíamos podido vivir un show genial de estos musicazos en mayo y apenas seis meses después, ahí estábamos otra vez, preparados para lo mejor.

La banda formada por Juan Pablo Chapital (en guitarra), Camila Ferrari (en voz), Valentín Cabrera (en bajo), Sebastián Zinola (en teclado) y Gerónimo de León (en batería) abrió el show, con muchísima calidad. Desde la primera nota, ya estaban colocados ahí, en ese lugar misterioso en el que viven los buenos músicos. Camila Ferrari se pasó. Cantó esos dos temas con una musicalidad y actitud muy impresionantes. Ya he dicho esto, pero lo repito para quienes no lo hayan leído antes: Camila está por dentro de la cosa y en la banda es un músico más. Su actitud es de respeto total por la música. Chapeau para Camila, por escuchar como escucha, por su voz, por su actitud, su garra bluesera y por su profesionalismo adentro de la banda.

Luego de esos dos temas impecables, muchas palmas emocionadas recibieron al gran Chris Cain, quien saludó con su simpatía y amabilidad características y arrancó de una, junto con la Chapital Grooving the Blues, la locomotora a vapor que nos tendría viajando por el resto del show.

Esta vez lo que más me impactó fue su relación con la guitarra. Sin mirar ni una sola vez, sus dedos caían perfectos, sin titubeo alguno, en acordes, melodías y escalas, como si se tratara de un miembro más de su cuerpo. Esta unidad increíble entre músico e instrumento me asombró toda la noche. Por otro lado, fue notoria la montaña rusa de emociones que nos fue generando: por momentos, la tristeza más desgarrada, y al instante siguiente estábamos a punto de ebullición con el acúmulo de tensión eufórica.

Dio todo arriba de ese escenario: volvió a desbordar simpatía con el público y con los demás habitantes del escenario; se cantó y tocó todo; y estuvo muy atento a todo lo que pasaba arriba y abajo del escenario… siempre acompañado de una tocaya mía de 250 ml, con la cual de a ratos hablaba, poniéndosela en la oreja como si fuera un teléfono.

La sinergia generada entre Cain y la Chapital Grooving the Blues es bonita de vivir. Da gusto estar ahí sintiendo el respeto entre todos, la actitud de entrega total y la preocupación por ofrecer un show verdaderamente pro. Zinola nuevamente le metió toda su alegría musical, que dialogó muchísimo con Cain. De León estuvo al firme con la batería, logrando que todo se mantuviera en su cauce y sosteniendo con muchísimo control un caballo que sin él tendría grandes chances de salir desbocado quién sabe adónde. Cabrera otra vez me dejó boquiabierta con lo que nos hace bailar en la butaca y con su capacidad para percibir todo lo que le llega y traducirlo en magia con su bajo. Y Chapital, definitivamente mi guitarrista uruguayo preferido, con su sensibilidad y ese algo inexplicable que acontece cuando toca. Camila también participó en algunos temas con Cain, haciendo un excelente papel.

Si bien en Montevideo venimos recibiendo a muchos músicos extranjeros, no es tan común recibir blueseros de este nivel. Las oportunidades de tener a un embajador del blues como él en una sala de tamaño tan amigable como es la Camacuá, que además tiene una acústica privilegiada, hacen que podamos sentirnos bendecidos y las aprovechemos con agradecimiento.

Fue una noche en la que nos transportaron al sur de Estados Unidos. Al salir del toque, daba trabajo entender cómo era que íbamos caminando por la calle Juncal y que no veíamos el delta del río Mississippi.

 

Foto: Cortesía de Daniel Arregui

 

 

 

COSSI: una banda para escuchar

COSSI_Tractatus_nov_2017_foto_soledad_avila

 

Los integrantes son:

Carlos Cossi: composiciones, voz y guitarra

Waldo Melgar: bajo eléctrico

Pablo Nión: batería

Nacho Imbellone: guitarra eléctrica

También estuvieron de invitados:

Dany López: teclado y guitarra (Productor del disco de COSSI que está por salir)

Carmen Pi: voz

Fernando Cortizo (telonero)

La noche abrió con Fernando Cortizo tocando algunos de sus temas, a quien también escuché por primera vez. En ese contacto relativamente fugaz, lo sentí cómodo y cercano, con un sonido nítido de guitarra y con un toque muy rítmico e interesante.

Luego comenzó el show de Cossi. No con afán de etiquetar sino con el interés de ubicar estilísticamente a quienes no los han escuchado, cuento que es una banda de rock. El sonido general tiene algo de rock inglés, aunque tiene algunos ingredientes de latitudes más cercanas. Como buena parte de la música uruguaya tiene ese no sé qué ya conocido y ese otro no sé qué nuevo e intrigante.

Una de las cosas que más admiré fue lo empastados que suenan, siendo que son una banda que está empezando (este era uno de sus primeros toques en vivo).

La batería (Pablo Nión) y el bajo (Waldo Melgar) tienen, para mi deleite, una presencia destacada y desde el mejor lugar: la contundencia del sonido, la confianza y el engranaje cómodo entre ambos. A esta dupla potente se suma Nacho Imbellone con un sonido poderoso y con unas intervenciones especiales que dan tremenda fuerza y riqueza musical.

Todos los temas son de Carlos Cossi, quien me sorprendió en varios sentidos. Por un lado, los temas están buenísimos. Bueno, nobleza obliga, a mí hay uno que no me gusta, pero que de una banda de rock haya un solo tema que no me guste es que la banda me gusta un disparate. Son temas con la elaboración justa, con melodías no tan predecibles y amigables, y con un aprovechamiento de cada instrumento que me pareció ideal. Por el momento los dos temas que más me conmovieron fueron “Diez mil pies” y “Cinemascope”, aunque hay otros como “Espía” que me llaman mucho la atención. Por otro lado, Carlos Cossi canta requete bien. Tiene una cualidad maravillosa: canta cómodo, sin estrés aparente, y ¡proyecta su voz con confianza! Cómo se agradece esto último desde la butaca. Es eso que si no está, le quita buena parte del disfrute a la experiencia musical. Carlos canta para compartirse, para realmente llegarle al otro y, encima, canta bien. Por eso les digo, de verdad: estén atentos a COSSI y vayan a escucharlos, que está buenísimo lo que hacen.

Dany López contribuyó tanto con el teclado como con la guitarra y con la voz. Disfrutó muchísimo y metió gozadera a full, aquí y allá, en cada tema. Su versatilidad musical no deja de asombrarme. Lo vi dos veces esta semana y lejos de repetirse, se adaptó como un guante a ambas propuestas, que no eran similares.

La genia de Carmen Pi fue invitada en un tema. Cantaron con ella el tema “Completely Wasted”, de Dany López. Fa, fue un momento potente, superlativo. Carmen Pi y Dany López generan algo especial juntos y las voces de Carmen y Carlos son muy compatibles. Este es un temazo de López que si el mundo fuera justo, ya estaría entre los número más altos de los charts internacionales. Es una canción que me tiene agarrada por completo durante todo el tema y que cuando termina, indefectiblemente, quiero que empiece otra vez.

Waldo Melgar me fascinó con el bajo eléctrico. Es la primera vez que lo veo en vivo y ya lo puse en la lista de bajistas a tener en cuenta para ir a escuchar. Toca con alegría y con creatividad y, lo menciono de nuevo, con el baterista hicieron una dupla muy genial. Waldo también hizo algunos coros que quedaron buenísimos. Para mejor, contribuyó con una actitud distendida y alegre, que generaba una buena vibra general.

Detrás del escenario hubo proyecciones. Vengo deteniéndome en este tema pues lo siento delicado: si son pocas, quedan descolgadas; si son demasiadas, la atención se dispara para ahí y lo musical pierde protagonismo. Las proyecciones estuvieron bien elegidas y dosificadas. En definitiva, fueron un condimento que además de aportar estímulos visuales, hablan de los intereses del compositor y a los que tenemos más de cuarenta años nos genera un acercamiento emocional nada menor.

La iluminación del toque fue especialmente buena. Como público a veces me incomoda que los focos me den de lleno en la cara pero el juego de luces, a pesar de tener eso cada tanto, estuvo creativo y realmente le aportó belleza de ambiente y de color.

El sonido de la sala de Tractatus estuvo bien también y la sala en sí es cómoda y de un tamaño ideal para bandas que estén comenzando. Anoche estaba llena con un público por demás colaborador, respondió algunas preguntas que les llegaban del escenario y también acompañó efusivamente con palmas.

Fue un toque sorprendentemente disfrutado para ser una banda que casi no se conoce y cuyos temas estamos empezando a incorporar. Habrá que seguir yendo a verlos, porque si arrancan así, dentro de un par de años van a ser algo increíble.

Foto de portada: gentileza de Soledad Ávila

Presentación de UNO, de Daniel Drexler

Daniel_Drexler_UNO_nov_2017

 

Genera una gran expectativa estar sentada unos minutos en medio de las butacas vacías, con los instrumentos en silencio pero tan alertas que alguno brilla su lucecita roja. Es el instante antes de la eternidad, ese que contiene todas las infinitas posibilidades. “Espero que este sea uno de esos shows que me acomode todas las células”, pedí… y confié.

En el centro, Daniel Drexler. A mi derecha, Nicolás Parrillo, Gonzalo Gutiérrez, Camila Ferrari y Analía Parada. A mi izquierda al fondo, Eduardo Mauris; más adelante, Dany López. Detrás nuestro, en el sonido, Paio Robles.

La noche abrió con la misma canción que UNO: “La rambla de Montevideo”. Es aquella que cuando termina el disco, tenés que poner de nuevo, para escucharla aunque sea una vez más. Es un tributo muy genial a nuestra rambla, con sus muchas capas. Por un lado, es facilísimo identificarse con la letra. En lo personal recuerdo que fue al regresar de mi primer viaje largo a un lugar sin costa que tomé conciencia de su belleza. Musicalmente, es un candombe indudable pero tiene otros ingredientes, algo electrónicos quizás. La canción resulta muy uruguaya pero ¡eureka! la nostalgia no está y sí aparecen rasgos de juventud y aventura. Los sonidos aquí generan imágenes en movimiento: las luces de los autos pasando, las olas de temporal pegando sobre el paredón y las palmeras sacudiéndose con el viento fuerte del sur. Por supuesto una no puede dejar de ver a las parejas abrazadas, a los amigos tomando mate, a los niños en bicicleta. Todo está misteriosamente contenido en esta canción.

He aquí la pista en Soundcloud. Pónganle “play” y fíjense qué ven, qué oyen, qué sienten: https://soundcloud.com/danieldrexlerofficial/la-rambla-de-montevideo

Durante la mayoría del show el público estuvo bastante iluminado. Por eso, los ojos de los músicos se posaban en unos y otros oyentes, en un contacto muchísimo más cercano al típico de un show. Cada tanto alguno de ellos asentía un saludo hacia alguno de los rincones de la platea, siempre con una sonrisa. Se sintió la comunión entre los músicos y el público. En el escenario, la alegría y camaradería burbujeaba en cada pequeña vuelta de tuerca sonora.

Hubo proyecciones gráficas detrás del escenario muy bien pensadas y utilizadas con buen ritmo y con una dosificación que me resultó cómoda.

Me sorprendió un montón que la voz de Daniel Drexler sonó muy similar a su sonido en el disco. Su voz me llega cariñosa, dulce, optimista, íntima y profunda y no cambió un ápice en el show en vivo. Apuesto que el buen trabajo de Paio Robles en el sonido habrá influido en eso. También constatar esa similitud sonora a mí me habló de honestidad artística, y sentí agradecimiento por eso.

En “La rambla”, además, fue notorio el arte para que una canción que en su versión grabada tiene varias percusiones no perdiera ni un ápice de carácter, con Nicolás Parrillo en la batería. Él tiene una energía divina al hacer música. Aporta vitalidad y positivismo. Me traje del toque el sonido precioso del aro del tambor (por ejemplo en la canción “Palermitana” y en la versión bis de “Febril Remanso”), sus candombes hermosos, cómodos y libres, su bonito cajón con escobillas, y el sonido del jarrón. Me dio la impresión de que el cambio musical al pasar de la bata al jarrón va más allá del instrumento en sí… es como que su actitud pasa a ser otra, mucho más intimista, donde aparecen gran dulzura y cariño. Todo el toque tuvo muchos matices y dinámicas, lo cual es un lindo desafío para el baterista. Otro detalle que se quedará conmigo es la dulzura increíble de los ¿caracoles? ¿o semillas? al final de “El misterio del Mburucuyá”.

Camila Ferrari y Analía Parada le agregaron colores importantes a la noche con sus coros bellos y con el toque femenino en el escenario. Es brutal cómo cambia el sentimiento de un toque cuando hay hombres y mujeres y cuando hay solo personas de un género. Inclusive se notaba esa diferencia cuando en algunas canciones ellas no participaban. Su actitud acompasó el espíritu de todo el toque. Le aportaron algo muy valioso al show.

Otra complementación que fue notoria y bienvenida fue el sonido del piano acústico contribuyendo a todo lo eléctrico. La sensación corporal de esas notas en particular es de caricia, de abrazo. En la canción “Palermitana”, y no solamente en esta, fue un goce especial el diálogo y la construcción compartida entre Dany López y Eduardo Mauris. El sonido amoroso del piano y el sonido impresionantemente dulce de la guitarra de Mauris fueron algo que me encantaría recordar durante muchos años.

En este show me quedó claro que Daniel Drexler tiene muy buen gusto sonoro y una visión musical admirable. Desde los músicos que convocó hasta cada arreglo, diálogo, solo y detalle se vivió desde la audiencia como un producto sentido, cuidado, querido y muy respetado. Y ya sabemos, así como nace del escenario, llega a la butaca. Sería injusto no mencionar que Gonzalo Gutiérrez y Dany López son coproductores de UNO, por lo cual seguramente tengan también su cuota de responsabilidad en ese producto tan bello. Ahora, el material de base, las composiciones de Drexler son hermosas. No son canciones para pasar el rato sino para sentirlas y dejarlas trabajar en los corazones.

El bajo es el principal responsable de que una mueva la cabeza, que sienta la necesidad desesperante de pararse y bailar, y también de que algunas canciones lleguen a lo más profundo del corazón. Gonzalo Gutiérrez nos hizo bailar en la butaca. Me encantó sentirme acompañada en el movimiento inevitable. Bailamos con todos los ritmos y disfrutamos de un sonido de bajo de los que me gustan: claro y profundo, y tendiendo a agudo. Clarísimo, ¿no? Ja. Traten de explicar cómo suena un bajo y después me critican, ¿ta? Explicar qué es lo que me mueve tanto de un bajo es la parte más desafiante para mí de narrar estas instancias mágicas. Es parte de lo “indecible” que sucede al exponerse a la magia musical.

La noche tuvo invitados especiales: Andrés Rubinstein en clarinete, Pato Olivera en trompeta y desde Argentina, Pablo Grinjot en piano y voz. Los tres aportaron mucho valor.

Los vientos en “Los peones de la guerra” fueron para mi gusto muy importantes. Dicho sea de paso, ¡definitivamente es un tango, Drexler! Tremenda polenta tiene ese tema y cala hondo en el alma también. Incomoda un poco, también, porque la guerra desgarra incluso siendo mención en una canción.

Andrés Rubinstein hizo mucha belleza con el clarinete. En la canción “Sheiko”, que si bien tiene un toque de optimismo a mí me genera una tristeza especial, el clarinete le puso una dulzura positiva, un toque extra de esperanza, que me hizo bien. En “El misterio del Mburucuyá” él y Nico Parrillo (con escobillas) hicieron algo muy mágico y muy dulce juntos.

Pablo Grinjot al piano y Daniel Drexler en la guitarra cantaron “Lo que siempre fue”. Pablo aportó una inyección interesante de energía diferente, con una impronta algo más extrovertida y algo más impulsiva. Me fascinó ese contraste entre él y Daniel al cantar. Queda la reflexión de cómo los contrastes humanos pueden ser enriquecimiento si se aprovechan con arte y se tratan con amor.

Hubo mil otros momentos destacables pero, con la mano en el corazón, son para vivirlos, no para narrarlos, y seguramente mucho menos para leerlos. ¿Cómo hago para explicarte con palabras cómo Eduardo Mauris con su guitarra estuvo todo el toque creando maravillas? ¿Cómo hago para narrarte el solo endiablado y maravilloso que se mandó Dany López con el teclado en el último de los bises? ¿Cómo transmitirte en blanco y negro la sensibilidad que se te incorpora en la piel al recibir la palpable honestidad y sensibilidad de Daniel Drexler con su canto y su guitarra? ¿Cómo te explico el tremendo trabajo rítmico de Drexler con su mano derecha en “Mar Abierto”? ¿Cómo hago para que vivas en tu piel la sofisticación y poderío del tema “Dinero”? ¿Cómo hago que te llegue la amplificación de conciencia esencial que sucede cuando escuchás la frase “feliz al menos un segundo”… y cuando te quedás sintiendo que si se puede asir la felicidad de un segundo, UNO mediante, podemos asir la felicidad eterna?

“¿Fueron felices al menos un segundo durante el show?”, preguntó Daniel. Lo fuimos muchísimo más tiempo que eso. Seguramente por la iluminación de la sala los músicos pudieron verlo. Por si acaso la concentración los distrajo, yo les cuento que hubo abrazos, besos, muchas sonrisas, mucho bailoteo en la butaca y coreamos lo mejor que pudimos, resonando con la alegría que venía del escenario. Dos días después, seguimos tarareando internamente “de poema en poema”.

Quizás pueda interesarte leer la entrevista a Daniel Drexler.