Mateo x 6, o por siete

Hay conciertos que despiertan toda la verborragia y hay otros que te dejan tartamudeando impresiones fuertes.

Mi primer resumen de lo vivido es así:

  • Respetuoso, cuidado, elegante, solemne.
  • Maduro y humilde.
  • Natural y orgánico.
  • Dulce, sentido, cómodo.

En la celebración de los 25 años de Mateo x 6, en el Auditorio Nacional del Sodre, el martes 29 de mayo de 2018, la esencia de Eduardo Mateo estuvo presente en el escenario, y de a ratos también sentado entre las butacas, seguramente agradecido, admirado y emocionado por la dedicación, los arreglos hermosos y la fidelidad, musical y humana.

Hay teorías que dicen que el tiempo no es lineal como creemos, sino circular. Que pasado, presente y futuro conviven simultáneamente y que solo es nuestra percepción la que es lineal. Buda, por su lado, dijo que lo que alguna vez existió no puede dejar de existir, sino que pasa a formar parte del todo. Que no lo podamos percibir es apenas un tema de limitaciones. En las dos horas del concierto, sin embargo, las capacidades humanas se expandieron y fue muy evidente la convivencia en tiempo-espacio de Mateo, estos seis músicos y el público.

Hace mucho tiempo que entro a los conciertos como a un templo pero no hace tanto que comprendí por qué. La conexión que les sucede a algunos músicos con su propio espíritu tiene un efecto bellísimo y poderoso sobre los que escuchamos. Se da esa comunicación entre lo terrenal y divino en el músico, entre todos ellos, y en nosotros que estamos resonando. En Mateo x 6 pasó todo eso y además estuvo presente esa conexión con este ser tan excepcional llamado Eduardo Mateo, que para este país significa nada más ni nada menos que una de nuestras identidades musicales.

Como sabemos, Mateo x 6 son:

Ney Peraza – guitarra y voz

Alberto “Mandrake” Wolf – guitarra y voz

Jorge Schellemberg – guitarra y voz

Popo Romano – bajo, guitarra y voz

Edú “Pitufo” Lombardo – percusión, guitarra y voz

Martín Ibarburu – batería

Todo el toque fue un placer, con un sinfín de detalles especiales. Compartiré algunos, pero sepan que hubo muchos más.

La noche abrió con “Canción para Renacer”. Me enamoró por completo la dulzura de la voz de Mandrake. Él suele usar una postura más rebeldona, que también tiene su atractivo, pero anoche lo sentí diferente, más cercano que nunca, esparciendo abundante amor y tocando desde un lugar de enorme respeto y cariño.

En esta primera canción, Pitufo generaba el sentimiento de anclaje a la Tierra y Martín aportaba el aire. Eso para mí fue llamativo, porque esos roles suelen estar al revés, y sentí cómo el efecto celular de esa combinación particular fue novedoso y muy agradable.

Las últimas notas de esta primera canción fueron del bajo. Pero no hay caso; el público no ha aprendido a darle el lugar al bajo. Ese final tan sentido se perdió entre un aplauso efusivo que yo hubiese querido “mutear” por unos segundos. Permítanme decirles que el mejor aplauso, siempre, siempre, es el que se ofrece esperando que se haya extinguido la última nota.

Las tres guitarras tocando juntas tienen un efecto muy expansivo, de plenitud en todo sentido. Asombran la cantidad de arreglos diferentes. La alternancia de acordes entre unos y otros, la rotación del protagonismo melódico, el manejo genial de los volúmenes y la habilidad increíble para que, entre tantas, no haya una sola nota redundante.

También me llamó muchísimo la atención, durante todo el toque, que cada uno de los seis se puso al hombro por igual la responsabilidad rítmica y melódica de la banda. El resultado fue algo exquisito, que desde la dulzura y cariños extremos, con volúmenes muy medidos y cuidadosos, resulta con un nivel de fuerza y poder de aplanadora. Fue muy bueno vivir en la piel esa aparente contradicción entre algo delicado y suave que a la vez te atraviesa y desarma.

Otro punto a destacar es cómo podían cantar hasta cuatro, y a veces cinco, voces a la vez con la mejor regulación de los volúmenes, la coordinación perfecta de tiempos, el fraseo, la intención, la proyección, absolutamente todo amalgamado. El rol del sonidista evidentemente también estuvo muy bien desempeñado por Daniel Canoura.

Hubo temas como “Lalá” en el que la excelencia musical de todos se pudo apreciar multiplicada: la voz de Jorge, que me llega tan profundo, con esa mezcla de graves y agudos tan especial, que se siente como “estar en casa”. Hacía tiempo que no lo escuchaba y el rencuentro con su voz fue hermoso. Noté que la siento parte de mi historia. Me emocionó especialmente cuando cantó al unísono con la guitarra de Popo y en otros momentos con el bajo… en esas combinaciones sucedía gran magia. También siento que a través de Jorge el candombe es, sin vueltas, feliz.

El aporte de Popo fue de alquilar balcones. Principalmente tocó el bajo pero también la guitarra en varios momentos. Con ambos instrumentos aportó esa dulzura sensible que evidentemente era parte de Mateo también. Su base rítmica hecha principalmente de melodía me conmovió muchísimo. Y la combinación musical de esa melodía rítmica con las guitarras y la percusión para mí fue una obra maestra en sí misma.

Hablando de ritmo, el manejo rítmico de Ney Peraza en la guitarra es atrapante. El despliegue creativo de esa mano derecha… ¡no hay palabras que puedan describirlo! Y siempre por dentro de la música y en consonancia perfecta con los demás instrumentos, dialogando con guitarras, voces, bajo, percusión y batería. Las canciones cantadas por él también se sintieron muy especialmente emotivas. Me animo a aventurar que en esos momentos, como en “Voz de Diamantes” o en “El Tartamudo”, Mateo estaba parado a su lado, quizás pasándole un brazo por el hombro. Su canto llegó derecho al corazón, sorteando a la mente, al ego, y a todo lo que pudiera interponerse.

Mandrake, Pitufo y Martín le pusieron a buena parte del toque un ingrediente más liviano, que podríamos decir de diversión.

En “Espíritu Burlón” Mandrake nos regaló toda su genialidad expresiva e histrionismo fascinante. A Popo le agradecimos los slaps maravillosos. Martín tocó un patrón candombero de los suyos con perfecta consistencia y una homogeneidad insólita durante todo el tema. Aquí todo se multiplicó: el ritmo, las capas de voces, la intensidad… y las ganas de bailar.

Pitufo lleva la música puesta en su cuerpo y tanto con la guitarra como cantando, o con la percusión, es un manantial de ideas no predecibles y riquísimas, que a mí me llegan como una combinación de alegría de estar vivo y gran diversión por un lado y por otro, la inmensa seriedad y responsabilidad musical. O sea, la receta perfecta para un show profesional y creativo. Nos cautivó con su versión unipersonal y archiexpresiva de “Los Yuyitos”.

Uno de los hitos de la noche para mí fue “La Mama Vieja” a percusión y bajo únicamente. Por contar apenas un detalle, cualquier otro percusionista habría abusado del crash, ya que era el sonido más agudo de su set y el que más resaltaba junto al bajo. Pitufo lo administró a la perfección. Creo que lo tocó en cuatro momentos apenas. Fue una mama vieja tan candombera como rockera y maravillosa. Y déjenme contarles algo que sé que será difícil imaginar sin haberlo escuchado ahí: tanto uno como el otro dio cátedra de cómo manejar los silencios para lograr la emoción más profunda.

Martín es Martín… si él toca la batería, el show es excelente, conmovedor y con un nivel aumentado. Porque la música lo atraviesa como la estela de una varita mágica y él tiene siempre ese detalle sonoro que marca la diferencia. Que su llevada con la mano derecha en la chancha, o sus grooves “martinísticos”, candomberos, con un toque rockero por aquí, popero por allá, el detalle disco, y el otro folclórico. Y una auténtica maestría, aquí compartida con Pitufo, en la convivencia sonora, respetuosa y significativa, entre la bata y la percusión. Debe de ser el único baterista uruguayo, y quizás de un área mucho mayor del planeta, que no se equivoca y que jamás se emociona metiendo un palo de más… ni de menos. Mi eterna reverencia ante su maestría musical que a mi gusto en este toque llegó a su cúspide con ese tema que tocaron chiquito, chiquito… terminando casi en susurro y que solo un master de ese instrumento puede lograr de esa manera.

Es seguro que estoy olvidando algún detalle memorable pero como mencioné antes, este toque me entró directo a un espacio sensorial no tan conectado con la mente y sí mucho con el corazón.

Ah, sí, quería contarles también que los seis cerraron el concierto con “Cuerpo y Alma”, ese mantra que te agarra y no te suelta, y trabaja en ti mientras se sigue repitiendo muchas horas después de terminado el concierto.

Reseña escrita por Patricia para COOLTIVARTE, donde también pueden ver las fotos sacadas por Ivonne Morales.

Chapital Quinteto en Inmigrantes

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Foto: Carlos Cossi

Tú tendrás tus razones por las que te gusta Montevideo. La mía es la posibilidad que me regala muy seguido de escuchar y ver, a metro y medio, a músicos que me generan un estado emocional que justifica pasar por esta experiencia 3D.

La cita de anoche fue en Inmigrantes (en la esquina de Paullier y Guaná), donde Juan Pablo Chapital tocó temas de su autoría, y algunas versiones exquisitas de temas de otros grandes músicos (Mandrake y Rada, por ejemplo).

El quinteto está formado por:

Juan Pablo Chapital en guitarra y voz

Martín -Dios- Ibarburu en la batería

Fernando “Pomo” Vera en el bajo eléctrico

Hernán Peyrou en teclados

Guillermo Olivera en trombón

Les cuente lo que les cuente, caeré en repetirme, pues lo que me generan Chapital e Ibarburu es algo que ya describí mil veces. O sea, seré brevísima para no aburrir.

Sí quiero contarles algunas cosillas:

La combinación de sonidos del trombón  y la guitarra está buenísima. Guillermo le mete mucha alegría, pero también un gran cuidado a no aplastar a todo el mundo con ese sonido fuerte que tiene el trombón. Un placer su contribución.

La base rítmica (y, obvio, no solo rítmica) de Fernando Vera y Martín Ibarburu fue perfecta, también muy respetuosa y con momentos de brillantez, que son como codazos en las costillas que te ponen súper alerta y te aceleran el ritmo cardíaco (ta, codazos que no duelen).

Hernán, con el teclado, aportó mucho a generar el clima místico de la noche.

Juan Pablo presentó dos temazos nuevos, alucinantes. Tanto que cuando el público le pidió “otra”, le pidió justamente su nuevo tema “Bushido”. ¿Cuántas veces creen que pasa que se pida de bis un tema nuevo? ¡Ninguna!!!! Solo Juan Pablo logra eso.

Mi foco de atención suele irse siempre hacia la batería, y anoche fue brutal verles las caras de goce a Pomo Vera y a Juan Pablo Chapital cuando Martín tocaba una genialidad. Martín logra eso, que el resto de los músicos disfruten especialmente de las notas de la batería, que es algo que tampoco es tan común de observar. Justamente en el tema “Bushido” el aporte de la batería fue algo endemoniadamente disfrutable.

Al presentar a Martín, Juan Pablo dijo: “Tocar con el mejor baterista del mundo es…” No completó la frase, pero seguro que el final era algo parecido a “impagable”, “fascinante”, “algo de no creerse”.

¿Que resuma qué me gusta de la música de Juan Pablo? Es muy sencillo:

  • Que sus temas no son demostraciones de virtuosismo sino que son expresiones de emociones y son significativos para el corazón
  • Que cuando toca cada nota la hace sonar como si fuera la única nota que va a tocar en su vida, que la sostiene, que su sonido es límpido, vibrante, amoroso. Anoche en particular, algunas notas no le sonaron, quién sabe por qué. Y sin embargo esos silencios no fueron nada incómodos. Es como si la música anoche hubiese necesitado pausitas extras.
  • Que si bien son temas instrumentales, tienen mucho de canciones, por las melodías hermosas
  • Y creo que lo que más me toca el alma es la actitud general de veneración hacia la música

Esperemos que sigan presentando estos temas. Es un regalo que yo les agradezco.

Gracias a Carlos Cossi tenemos estos recuerdos gráficos de la noche:

 

 

 

Magia Ibarburense en formato de CD: Ultramarino

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Foto: Florencia Veres

El Trío Ibarburu: Andrés en el bajo, Nicolás en la guitarra, Martín en la batería, junto con Juan Pablo Di Leone en armónica y flauta se mandaron tremenda presentación del disco “Ultramarino” en la Sala Hugo Balzo, el día 29 de julio. Tocaron todos los temas de este último disco y también algunos de “Huella Digital”.

El aplauso del público al terminar el primer tema, y el segundo, y el tercero, duró lo que normalmente dura un aplauso al final de un concierto. Su música es algo descomunalmente bella a lo que se le agrega un cariño enorme por parte del público. Son queribles por su calidez y por esa sencillez y humildad que no deja de asombrar.

Entre el 29 de julio y hoy, 25 de agosto, una sucesión de hechos me fue impidiendo escribir esta reseña. Hoy finalmente encontré el momento perfecto. Sin embargo constaté, con gran desilusión, que la grabación ayuda-memoria en la que confiaba para este relato trasnochado decidió no existir.

Ante esta circunstancia, me quedan dos opciones: una, dejar la página en blanco; la otra, hacer una reseña del disco en sí. Con cierto atrevimiento, opto por la segunda, con la esperanza de animarlos a buscarlo y escucharlo, porque es, de veras, un disco esencial y demasiado hermoso como para pasar por esta vida sin conocerlo.

El universo “Ultramarino” está constituido por 9 galaxias, que se llaman: Membrana, Komora, Otro mar, Neurology, Mandala, El zorro, Nuevas cuerdas, Snorkel y Para rumbear mi camino. En los nueve temas se oye algo nuevo, que complementa perfecto lo que ya conocíamos de ellos: un saboreo más pausado de los sonidos y una maestría muy particular en cuanto a cómo los sonidos comparten y conviven en ese espacio multidimensional. Hay menos urgencia y hay en general menos cantidad de sonidos que antes y un arte aumentado en cuanto a la creación musical en su totalidad.

Membrana es una composición de Nicolás que tiene una magia increíble. Lo más sano para hacer con la música es sentirla y no describirla, pero haré mi intento de explicar lo que en esta canción me hizo sentir especialmente feliz. Este tema podría tomarse como ícono de lo que constituye a estos músicos y sus influencias. La canción tiene en igual medida carácter de candombe, de folclore y de jazz, y es en cinco tiempos. Además, tiene un ritmo marcado y simultáneamente una melodía dulcísima que comparten entre la guitarra y la armónica. En la entrevista que pudimos hacer antes del toque, contaron que no fue una búsqueda consciente la de conjugar todos esos elementos; la aventura de Membrana sí estuvo guiada por los cinco tiempos pero el resto emergió simplemente porque es su esencia, y ya sabemos que solo puede surgir a la superficie aquello que se posee en el interior. En este tema Nicolás toca guitarra eléctrica, también con ebow, y acústica. Los sonidos que logra él con sus guitarras y la combinación de ellos con la armónica de Juan Pablo son un deleite melódico, que cala tan profundo que emociona muchísimo. A su vez, la conjunción de Nicolás con Martín en especial pero también con Andrés en cuanto a la intención de cada apoyo, de cada corte y de cada arreglo es perfecta. El si se quiere “contraste” entre el agudo de la armónica y las guitarras y la profundidad de los toms de la batería es algo bellísimo. Eso y que ninguna nota topa a ninguna nota. No hay ni por un instante una insistencia ni petulancia por parte de ninguno de los instrumentos. Cada nota está en su sitio, compartiendo el espacio ese, multidimensional, y juntas, en perfecta armonía de presencias, crean esta belleza extraordinaria. Me parece especialmente llamativo que las frases musicales están verdaderamente co-construidas por todos los instrumentos. Algunas son rematadas por el redoblante o algún tom de la batería, otras por el bajo. Por supuesto que la guitarra y la armónica también, pero eso es más esperable. Lo de que frases que comienzan dichas por la guitarra o la armónica terminen de decirse por el bajo o la batería es algo que me resultó maravilloso. Hay una musicalidad aquí que supera cualquier cosa que yo haya escuchado en mi vida.

Komora es una composición de Andrés, extraordinaria. Arranca con el charleston de la bata y la guitarra y por esos instantes una siente, auténticamente, que no hace falta nada más. Suena hermosa esa dupla hasta con algo tan minimalista. Luego se transforma en la antesala perfecta para que cuando entra el bajo, una casi se quede sin respiración. Cuán bello suena ese bajo. ¿Y cómo puede a la misma vez ser el ritmo y ser la melodía, haciendo tan hermosas ambas funciones? Otra cosa que se disfruta desde el primer instante es el balance de la batería en los dos canales. Está muy bien grabado y no sé si es solo por mi chifladura natural pero que la batería se administre de esa manera entre el canal derecho y el izquierdo a mí me dio la sensación de algo cuatridimensional (las 3D que conocemos tan bien y una dimensión extra que incluye esa otra cosa que se genera en este disco). El diálogo entre la bata y el bajo en este tema es impactante al comienzo. Después entra con más garra la guitarra de Nicolás y una ya no sabe cómo hacer para poder absorber todo eso y no perderse detalle. Nicolás solea y el mundo se detiene. A eso hay que agregarle que el bajo y la bata siguen haciendo una magia impresionante y auténticamente dan ganas de pasar el tema en cámara lenta. Entonces los demás achican un poco y Andrés se manda un solo hermosísimo. Y cuando ya se siente que aquello es demasiado, Martín nos regala un solo de su instrumento mágico y el mundo no puede ser más perfecto. El charleston en este tema me deleitó. En esta pista Agustín Ibarburu toca “monotron”, que lamentablemente yo no pude diferenciar. Me recuerda a la época en que, decenas de años atrás, no era capaz de diferenciar el sonido del bajo. El observador crea su mundo según los recursos que tiene. En lo personal por ahora me faltan recursos para poder identificar al monotron.

Otro mar es súper alegre, súper para arriba. El candombe sigue diciendo presente y fusionándose con el jazz. En la tapa dice: “Cuando nos juntamos en Praga por primera vez, Nico completó este tema una noche en el jardín”. Seguramente estaban muy felices por el rencuentro porque lo que se siente al escucharlo es una alegría emocionada. Martín toca batería, tambor piano y chicos. ¡Cómo suena! Es como si hubiesen diecisiete músicos y no uno. Candombe que podríamos bautizar como “Candomartín” o “Martímbe”: fresco, alegre, bailable, contundente, con su ingrediente pop y jazz a la vez y con una profundidad esencial que lo identificará siempre. ¡Belleza de la vida musical uruguaya! Nicolás produce perfección sonora, que auténticamente acomoda células y almas a su paso. Las notas que surgen de su guitarra tienen una convicción total y un cuidado muy bonito. Siento como si una mano firme me agarrara, con delicadeza, y me llevara a conocer mundos nuevos. Y Andrés la descose con ese bajo que es también firme, creativo, melódico, increíblemente poderoso, siendo a la vez dulce y sensible. Qué sé yo… por momentos es demasiado el éxtasis que genera este disco.

Neurology es un tema con gran densidad de notas. Lo loco del asunto es que a pesar de tener muchísimas notas a una velocidad importante, el aplomo del que hablaba al principio sigue presente. Encontrar aplomo en un candombe tan rápido debe ser cualquier cosa menos fácil, pero no da la sensación de que les resulte un esfuerzo ni nada parecido. Creo que se puede decir sin riesgo a equivocarse que estamos siendo testigos de algo muy especial que hacen estos tres seres de luz. Una amiga muy querida, a quien le agradezco con el corazón exaltado y agradecido que me haya regalado esta joya de disco, me dijo el día de la presentación: “En un futuro los van a estudiar como un fenómeno musical”. Es muy probable que tenga razón. Yo agrego: el fenómeno está sucediendo ahora. Si recién los estudian en el futuro es por ese empecinado gesto de idiotez que los seres humanos desarrollan frente a los artistas especiales. Pero volviendo a Neurology, me resulta algo insólito cómo pueden tocar tantas notas a esa velocidad y que ninguno pise a ninguno, que cada nota tenga su razón de ser y su lugar específico, y que cada uno de los tres pueda contribuir como lo hace a la creación de una pieza tan pero tan hermosa. Creo que el mejor resumen es que es un tema para pirar, para gritar, para saltar de la alegría.

El quinto tema del disco es Mandala. Aquí, Nicolás toca guitarra acústica, Andrés un bajo fretless y Martín el cajón. Este es un tema más manso que Neurology, como para que no nos estalle el corazón (gesto que se agradece), pero el detalle es que igual, a medida que van pasando los segundos, el corazón empieza a desbordarse, a pesar de la inicial aparente inocencia de Mandala: el sonido del cajón es demasiado bonito como para no sentir alteración, y la guitarra y el bajo tocan unos unísonos de esos que te desgarran el alma a fuerza de belleza. Por momentos vuelven a hacer esto impresionante de que la guitarra arranca una frase y el bajo la termina o viceversa y ¡pffff! No hay palabras ni que se acerquen a explicar la sensación física que se vive escuchándolo. Alineación circular y vibración total, quizás. Con Mandala me permití observar en qué centros energéticos sentía más cada instrumento y si bien hay momentos en que la guitarra resuena solo en los chakras superiores (al principio, sobre todo) y momentos en que el cajón resuena claramente en el tercero, tengo la impresión de que es el bajo el que los junta a todos en un efecto mágico que a partir de unos poquitos segundos de haber empezado el tema hace que los siete centros se sensibilicen de un modo supremo e increíblemente disfrutable.

El zorro tiene un fraseo archioriginal y genial y es el tema en el que escuchando el disco, me pongo a llorar cada vez. Me encantaría saber si fue el mismo en el que pianté el lagrimón (que después no podía detener) en el concierto. Todo es perfecto: las melodías tocadas por el bajo son impresionantes, el sonido y la penetración en las células de la guitarra es de morirse y la batería tiene indudable influencia divina. ¿Cómo puede Martín oír todo eso en su alma? Y después, ¿cómo lo plasma así?… es demasiado. Esta galaxia tiene un groove tan gozado que da gusto estar vivo un ratito extra solo para poder escucharlo una vez más.

En la tapa dice que Nuevas cuerdas fue un experimento sonoro grabado de a partes, un poco acá y otro poco allá. La verdad que no hay manera de darse cuenta de que fue grabado así. Podrían estar los tres en la misma sala. Lo que más me sorprendió es que tiene un dejo de tristeza y es extraño que un experimento grabado por partes pueda transmitir esa emoción de esa manera, con una unidad muy potente. Pero bueno, aceptemos que no todo en la vida tiene explicación.

La galaxia 8 se llama Snorkel y es un tema de Nicolás Ibarburu y Nicolás Varela. Está grabado con Martín en cajón, Andrés en bajo fretless y Nicolás en guitarra acústica. Con este tema en particular me pasa que al escucharlo, lo veo a Martín tocando el cajón en el concierto. Es una demencia lo bien que toca, cómo genera matices asombrosos con esa caja de madera, y el sonido tan increíblemente dulce que produce. Y como me sucede a veces, la realidad es que en este tema se me nublan los sentidos para los otros instrumentos. Por instantes noto la belleza del conjunto pero en primerísimo plano tengo al cajón y tan empecinadamente que finalmente opto por dejarla por esa y admitir que ese sonido de mano y madera me pudo tanto que por más que puedo sentir una guitarra hermosa y un bajo bastante juguetón, me voy con el ritmo y sus matices perfectos, que dicen tanto.

Y así llega, sin anestesia, el final de un disco que una no querría que terminara nunca. El último tema se llama Para rumbear mi camino. Martín en la batería, Andrés en bajo y cellos, Nicolás en guitarra acústica, R. Jochmann en piano y Juan Pablo Di Leone en armónica. Es un tema lleno de sensibilidad. Tiene una mezcla de optimismo y nostalgia. Tiene una melodía hermosísima extrapolada con la dulzura del cello y la armónica, y una delicadeza zarpada del piano y de la guitarra. Yo no creo que sea a propósito que se oyen los dedos de la guitarra desplazarse sobre algunas cuerdas en algún momento, pero ¡qué efecto bello tiene eso en mí! En cuanto al cello, amo tanto su sonido en esta creación mágica que va desde acá un pedido especial a incluir más a este instrumento en futuras creaciones del trío. Del minuto 2:20 en adelante hay una creación conjunta entre el piano y la batería que eriza el alma y me hace encargarle al Universo que por favor me permita ser música en la próxima vida. Dudo que haya sido pensado pero bien podría haberlo sido: el final de este tema es de esos que te obligan a ponerle play de nuevo al disco. Es un final que queda suspendido, como diciéndote: “no tenés otra que volver a escucharme”. Y supongo que es por ese final que este disco no se ha movido de mi reproductor en un mes.

A esta joya la podría haber grabado el sello ECM perfectamente. Que estos seres estén tocando en Montevideo es un capricho del destino que bien haríamos en agradecer a conciencia y aprovechar a ultranza. Desde este rinconcito yo les digo un tímido “gracias por existir, Ibarburus… y por las múltiples dimensiones que nos regalaron con Ultramarino. Es enorme la admiración y el agradecimiento”.

Foto: Patricia

Foto: Patricia

Foto de portada: Florencia Veres.

Gozadera de Free Jazz por maestros: Ackermann, Righi e Ibarburu

Si de casualidad tú tenías pensado hacer alguna otra cosa los martes entre las 19:30 y las 00:00 hrs, debo advertirte: cancelá cualquier compromiso, porque surgió algo mucho más interesante e imperdible.

Resulta que está sucediendo algo buenísimo. Los martes, en El Tartamudo, está habiendo un ciclo, que se llama “Free Jazz”. Consiste en toques de excelentes músicos de nuestra ciudad con el adicional, maravilloso, de que los músicos ofrecen una clínica antes del toque. El público puede optar si desea asistir a ambas actividades o no. Esto es algo muy común en otras ciudades pero que no se venía viendo en Montevideo todavía. Buenísima iniciativa que aplaudo y agradezco.

El martes 28 de junio la propuesta fue de: Gastón Ackermann, Federico Righi y Martín Ibarburu

Trío

Seguramente haya sido porque este ciclo recién empieza que a las 19:30 hrs, al comenzar la clínica, el público consistía en tres seres humanos. Sí, como lo leyeron: tres. Ahí estaban tres de los mejores músicos montevideanos en el escenario, y dos músicos y una curiosa pellizcándose de la oportunidad insólita que se nos estaba ofreciendo. Evidentemente, no es lo deseable que tres musicazos como ellos ofrezcan una clínica para tres personas. Inclusive propusimos que se cancelara pero ellos quisieron hacerla de todos modos. ¡Quién sabe si imaginaron que tres locos sueltos les íbamos a preguntar tantas cosas! Nosotros pasamos genial. Ojalá que ellos hayan pasado bien también.

Lo que hicieron estos seres de luz fue contarnos, mostrarnos y enseñarnos los piques que tenían un interés especial dentro de la música que tocarían después en el show, además de respondernos todas las inquietudes.

Los tres tuvieron una actitud divina, generosa, didáctica a más no poder. Explicaron, por ejemplo, cómo hacían ciertos desplazamientos y luego tocaron un poco para que lo oyéramos. Luego preguntaron si lo habíamos notado. Lo tocaron más lento para que lo notáramos mejor. Y así siguió la clínica, pique tras pique, demostrándolo y ofreciéndolo con esa actitud tan impresionante y hermosa.

Luego, a las 21:30, comenzó el toque. Ahí sí ya había una cantidad de público muy razonable y ¡cómo se gozó! Fue brutal cómo después de la clínica nuestro ojo observador estaba muy modificado. Íbamos descubriendo cada una de las cosas que se habían hablado y mostrado antes. Ya al final del primer tema, luego de haber reconocido los desplazamientos mágicos, los tres estábamos con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Gracias por esa experiencia!

Ellos tienen un conocimiento brutal, de años de tocar juntos, y se percibe la comodidad y la tranquilidad con la que se zambullen en sus vericuetos musicales. No hay caso, para el público la música que más se disfruta es la música que se toca con soltura y con certeza, sin temores ni dudas. Anoche fue una de esas noches musicales gozadas a pleno.

El repertorio estuvo súper bien armado en cuanto al balance entre tensiones y distensiones. Al tema más funky del mundo le seguía la balada más tranqui, y así sucesivamente.

Me vine con dos temas especialmente instalados en el corazón. El primero fue de Maceo Parker, en el que Gastón grabó una base en el teclado, lo pasó con el loop y encima de eso se tocó todo, todo con la trompeta. Un sonido increíble el de los tres. La base de Martín y Federico no podía ser más funky de lo que fue en ese tema. Luego Federico se mandó un solo de bajo que me desbordó de felicidad: gigantemente rítmico, funky y musical. Hermosísimo. En este tema lo que más me sorprendió de Martín fue cómo mantuvo su HH a mil durante todo el tema, sosteniendo la misma intensidad y el mismo feeling, con una maestría que solo él puede. Enormes ganas de bailar. Y pire total, pero eso no es nuevo, con el backbeat de Martín. No existe otro tambor que suene en dos y cuatro como el de él. No hay. No lo busquen. No lo encontrarán.

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Todo el toque fue un ir y venir entre ánimos, intenciones, velocidades, matices, etc. Gran maestría en esos virajes de coloque, que desde el público se viven con gran agradecimiento y resultan en una noche de gran espectro de experiencias emocionales.

La segunda parte arrancó con un tema de Sting: “Consider me gone”. En este tema reparé por primera vez en que el volumen del bajo estaba bastante alto, cosa que me gusta mucho, mucho. La combinación de Martín y Federico fue algo muy salado. Mi recomendación es que aprovechen a ver a Martín Ibarburu en vivo porque el día que Sting se lo cruce, se nos va de gira permanente. ¡Es tan bello lo que toca! La descosió toda la noche pero el final de este tema fue de alquilar balcones. Después no digan que no les avisé.

Gastón se pasó con la trompeta, el teclado y la voz (y en algún tema también con el saxo). Es tal el despliegue de dominio musical que hace este hombre, que impacta. Destila creatividad armónica y rítmica, madurez y aplomo, sea en el instrumento que sea. Y su voz al cantar es archi interesante. También imagino que tuvo mucha incidencia en las versiones que tocaron.

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Uno de los temas fue “Sorry seems to be the hardest word”, de Elton John. Tremendo viaje lo que hicieron con ese tema, cuya versión original es, para mi gusto, bastante insípida. Un pire la voz de Gastón en este tema… un viaje, mismo. En el teclado generó una enorme tensión y de a ratos tristeza, por momentos hasta sensación de desgarro. El bajo nos hizo vibrar de pies a cabeza durante todo el tema. Y manteniendo todo eso un aro fantástico de redoblante, clavado directo al centro del corazón.

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Una de las bellezas más notorias del repertorio, el segundo de los temas que decía arriba que me gustaron especialmente, fue un tema de Federico, que pude averiguar que se llama “Fuego lento”. Generalizar no está bueno pero ¡los temas compuestos por bajistas son un regalo de la vida! Volviendo a Federico, su sonido es vibrante, enérgico, limpio. Él es de los que sostiene las notas y eso me gusta porque a quienes amamos el sonido del bajo, nos da la oportunidad de disfrutarlas unos instantes extra. Encima el tema tuvo ingredientes maravillosos: unas notas y un timbre del teclado muy fantásticos, slaps en el bajo, solo de bajo muy bonito, y ritmo de candombe tocado por Martín Ibarburu. ¿Se le puede pedir algo más a la vida? No, no mucho más.

Sin embargo, de yapa nos regalaron un tema disco con chispazos de funk, que nos dejó enchufados a 220.

Es principalmente por estas noches musicales que yo amo Montevideo.

Quiero dejar un agradecimiento especial a Maximiliano Davyt (POGO TV) por las fotos.

Y no quiero cerrar esta nota sin contarles lo que sé que se viene en estos ciclos en El Tartamudo, como para que puedan aprovechar las próximas instancias mágicas. Y con cariño les digo: no marquen bobera; ¡no se pierdan las clínicas!

FREE JAZZ

05/07: Caula, Pigatto, Lenoble

Clínica: Balada jazzística. Conceptos básicos, acompañamiento, estilos e improvisación. La clínica estará a cargo del trío.

+ info:: https://www.facebook.com/events/1063006703783999/

12/07:  Andreucho Grupo

Clínica: Texturas, colores, alturas, contrastes y pautas para la improvisación. La clínica estará a cargo de Andrés Lena y Jeremías Di Polito. (Llevar instrumento).

+info: https://www.facebook.com/events/548202478720697/

19/07: Gabriel Estrada Trío

Clínica: La melodía y la armonía. Cómo vestir la melodía y el ritmo, tipo de compases. La clinica estará a cargo de Gabriel Estrada.

+ info: https://www.facebook.com/events/804756402988600/

26/07: El Conversatorio

Clínica: Práctica de Conjunto en Músicas Populares. La clínica estará dirigida por Andrés Bedó.

+ info: https://www.facebook.com/events/123446998083984/

CANDOMBE

Todos los miércoles, también en El Tartamudo, hay jam de candombe a cargo, del Combo Candombero. Los músicos que integran el Combo Candombero son:
Alejandro Luzardo (guitarra); Rodrigo Calzada (bajo); Leo Mendez (saxo); Martín Ibarburu (batería); Jhonny Neves (repique); Leroy Pérez (chico); Diego Paredes (piano) y algunos miércoles hay algunos cambios con otros monstruos del estilo.

Reservas: 097-293-333
Contacto: jamdecandombe@gmail.com
+info: https://www.facebook.com/events/1818722538350985/

Miercoles 6 de julio: Taller de Candombe
Vol 1. Introducción al Toque de Acompañamiento. A cargo de la batea del Combo: Jhonny Neves (repique); Leroy Pérez (chico); Diego Paredes (piano)

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Imágenes: Pogo TV. Fotógrafo: Maximiliano Davyt

Entrada escrita para COOLTIVARTE.

Luis Salinas (en La Trastienda)

Reseña escrita para COOLTIVARTE.COM

Anoche, 24 de setiembre de 2015, se presentó Luis Salinas en La Trastienda de Montevideo, junto a cuatro grandes músicos uruguayos y su hijo, Juan Salinas.
En teclados: José Reinoso. En bajo: Francisco Fattoruso. En la batería y percusión, alternadamente: César Durañona y Martín Ibarburu.

Abrió la noche Luis Salinas a solas con su guitarra, tocando una versión muy suya, jazzeada a más no poder, del tango “Volver”. Este fue mi primer contacto con la música de Salinas en vivo. Ese primer momento me impactó por la combinación de dulzura y decisión, de emocionalidad y temperamento. En los últimos compases se acompañó por la voz. La verdad es que no me convenció escucharlo cantar en ninguna de las oportunidades que lo hizo. Entiendo que como músico le nazcan las ganas de cantar pero me parece que no le aporta a su música.

Para el tema siguiente invitó a Martín Ibarburu, diciendo: “Tengo la dicha de tocar con gente que quiero y admiro mucho, como Martín Ibarburu. Fuerte el aplauso”.
Ahí comenzaron los problemas de sonido que se mantuvieron casi toda la noche: acoples varios y volúmenes bastante mal manejados. La guitarra en este tema estaba por allá arriba y la bata no suficientemente clara. La sensación en el cuerpo que yo tuve al ver este primer tema fue de algo improvisado. Esto es entendible, ya que están juntándose músicos de diferentes orillas del río, pero no estamos muy acostumbrados a ver a Martín Ibarburu tocando con poca decisión y mirando a ver qué es lo que va a pasar el segundo siguiente. Por ahí me equivoco, y siéntanse completamente libres de comentar abajo en ese caso, pero así lo percibí. Evidentemente fue una improvisación genial, con momentos muy lúcidos y muy sensibles por parte de ambos, pero la sensación de inseguridad me resultó un poco incómoda.

Luego Martín salió y Salinas invitó al escenario a José Reinoso. El sonido del teclado de José y de la guitarra de Salinas hacen una combinación muy fantástica. Además del sonido, también hay una sintonía notoria de intención musical en ambos. De todos modos también en este primer tema con José la sensación era de estar en una jam. Las jams tienen lo suyo, claro. Fue en esta canción donde me cayó la ficha de que la guitarra de Salinas es una extensión de su cuerpo. Músico e instrumento, en este caso, no se ven como dos entidades sino como una..

Entraron Francisco Fattoruso (bajo) y César Durañona (batería). Para mi gusto el volumen del bajo estaba demasiado alto (se acomodó recién en la bossa nova), el del teclado demasiado bajo, y la batería tendiendo a baja también y continuaba mi sensación extraña de estar viendo a músicos que siempre vemos confiados y decididos, en una actitud de “¿qué va a pasar ahora?”. El sonido de Francisco es maravilloso y su toque también. Lo mismo con César… es un espectáculo lo que toca y cómo lo toca. Pero, independientemente de la ejecución en sí, para mí faltaron dos ensayos para que pudieran soltarse y transmitir un poco más.

En cuanto a César en la batería, cada vez que lo veo me sorprende con los saltos cuánticos que va dando. Anoche tocó algunos pasajes a una velocidad rapidísima y a un volumen bajito, bajito, que es algo muy difícil de hacer, y lo tocaba con una comodidad asombrosa y envidiable. Tremendo buen gusto mostró en una cantidad de pasajes y me impactó, una vez más, la solidez de su sonido. Esa combinación de sutileza, dulzura, firmeza y velocidad es algo de otro planeta. Qué genio. La descosió.

Y en un momento llegó el candombe, que para mí fue lo mejor hasta ese momento. Fue cuando me engancharon. Martín Ibarburu en la batería y César Durañona en la percusión, Francisco Fattoruso en bajo, José Reinoso en teclado. Así quién puede perder, ¿no? El solo de bajo de Francisco en el candombe fue de alquilar balcones. Pfff, una belleza. Las melodías de Salinas fueron realmente hermosísimas, el solo de José genial y Martín (bata) y César (congas) hicieron algo realmente bello entre los dos. Martín bancó estoicamente un ritmo de candombe rapidísimo por no sé cuántos minutos de manera brutal. Y sobre el minuto 50 se mandó el primer momento mágico baterístico: un solo Ibarburu de los mejores. Tanto que amagó a terminarlo y Salinas le gritó que no, y lo siguió una vuelta más. Me gusta que Salinas valore a Martín como se merece.

El eclecticismo rítmico de la noche nos llevó a un bolero con la mejor sección rítmica de la historia. Los sonidos de Reinoso y Salinas resaltaron en esta canción como igualmente claros, dulces, calmos, muy agradables.

Luego pasó César a la batería y entró Juan Salinas al escenario. Este tema fue un disfrute importante. Todo sonó bien amalgamado y se sintió desde el público el disfrute de todos. Juan Salinas, que no debe tener más de 16 años, tocó fantástico, con mucha energía y muy buen gusto. En las teclas y en la bata José y César tocaron genialidades. Cuando empezó su solo Juan a todos se les dibujó una sonrisa. Fue una inyección de vida que los animó y nos animó a todos.

Y ahí, cuando estábamos diciendo “ah, qué bueno”, vino un descanso. Iba como una hora y cuarto de toque.

Ese último tema de la primera parte y la segunda parte para mí fueron otro toque diferente, y más gozado. No faltó algún acople y en algún momento necesité otro balance de volúmenes (¡la percu!!!) pero estuvo muy bueno.

La segunda parte comenzó con Martín en la bata y César en la percusión (estuvo buenísima esa variación toda la noche entre los dos músicos e instrumetnos), Francisco, José y Luis Salinas. Jazz a full. El lenguaje de jazz de Martín en este primer tema fue realmente exquisito. Algo comparable al castellano de Borges, por decir algo. Francisco le metió toda la alegría del mundo y Salinas se pasó con su guitarra. Melodías hermosas y virtuosas también. La dupla Martín y Francisco en este tema fue algo muy, muy genial. Ahora sí le dieron más volumen a la batería (¡se necesitó desde el comienzo!).

Para el segundo tema volvió Juan Salinas, quien participó en casi toda la segunda parte, y continuó despertando gestos de aprobación entre los músicos y generando un impacto en el público que modificó completamente su energía. Los temas de esta segunda parte también fueron diferentes, con otra fuerza, otro carácter. El sonido y la intención de Juan en la guitarra son bien diferentes a los de su padre. Más vivaz, con más energía y a mí me dijo más cosas. Por ahí los volúmenes, de nuevo, se desequilibraron: la guitarra era lo que se oía. La percu y el teclado como que no existían. La bata y el bajo se perdieron.

César y Martín hicieron enroque y fue la primera vez que vi a Martín tocando percusión. Hubo una seguidilla de solos que emocionaron corazones: Juan Salinas primero (revitalizante), Francisco Fattoruso después (slaps a full, fascinante, gozado), César (solidez total, impresionante creatividad… ¡esos compases mechados de murga fueron geniales!), José Reinoso (ahora con otra vitalidad, muy muy lindo).

Pasado ese pico de éxtasis, vino una balada muy hermosa, una especie de canción de cuna, con Martín en la bata (y su backbeat rompecorazones) y César en la percu. La guitarra de Luis Salinas con una dulzura extrema. Todos los instrumentos sonaban muy, muy dulces y llamaba alegremente la atención el marcado del tiempo firme de Martín. Combinación maravillosa. Francisco de nuevo se mandó un solo divinísimo. Y finalmente el público contribuyó con un coro afinado y todo.

Siguió todo el groove. Todos los músicos dejaron salir lo mejor de sí a esta altura, y la gente se levantó de las sillas ¡y bailó! Los que conocemos a los uruguayos sabemos cuán meritorio es eso para un músico.

Luego hubo bises y el toque terminó con un César divinamente poseído en la batería.

Fue como ir a dos toques diferentes, uno antes del corte y otro después; para mis preferencias personales el segundo estuvo mucho mejor.

Gerardo Alonso Trío (en El Tartamudo)

Gerardo Alonso trío se presentó en El Tartamudo anoche, 17 de setiembre de 2015.

Foto: cortesía de Sara Diano

Foto: cortesía de Sara Diano

Como suele suceder en esta ciudad maravillosa, aquellos que resolvimos acercarnos, nos fuimos agradecidos por haber presenciado un momento musical muy interesante y disfrutable, creado por tres grandes músicos de la escena jazzera montevideana: Gerardo Alonso (composiciones, arreglos y bajo eléctrico), Martín Ibarburu (batería) y Alfredo Monetti (teclados y autor de uno de los temas).

Fue una noche diferente desde el punto de vista musical. Pero antes de entrar en más detalles, comparto aquí una breve conversación con Martín Ibarburu en la cual, antes de comenzar el toque, nos contó un poco sobre lo que pasaría después. Sabiendo el músico inquieto que es, aprovechamos a preguntarle también algo sobre sus otros proyectos actuales.

Breve nota a Martín Ibarburu

Una de las grandes diferencias entre los músicos con mucha experiencia y los que recién comienzan es que no tienen un período de ajuste. Desde el momento en que tocan la primera nota ya están en una simbiosis con su instrumento. Es entonces bien interesante cómo uno, desde la audiencia, suele apresurarse también a entrar en la conexión, para no perderse ni un segundo de lo que se está creando en el escenario.

Desde el primer instante la noche vino con alegría. Los dos primeros temas fueron muy vibrantes y los músicos demostraban complicidad, sonrisas y un disfrute contagioso de estar haciendo eso que hacían. Me llamó la atención la habilidad de Alfredo Monetti y Martín Ibarburu para estar concentrados en sus partituras pero no perdiéndose detalle de la dinámica que se estaba dando todo el tiempo en ese espacio conformado por los tres.

Como nos adelantó Martín, tocaron temas que Gerardo Alonso grabó en su disco “El día antes”.

En general me fascina cuando el bajo está a un volumen alto en la música. Pero eso no suele suceder en los grupos, excepto si el grupo fue armado por un bajista. Así que anoche me gocé escuchando con toda nitidez el sonido del bajo de cinco cuerdas de Gerardo.

El tercer tema que sonó fue “PaJohnPa”, un tema inspirado en John Patitucci. Me encantó la combinación de sonidos del slap de Gerardo, el backbeat re-funkero de Martín y las creaciones para mí misteriosas pero fascinantes de Alfredo en el teclado. Zambulléndome en un área de la que no entiendo mucho, que me dio la impresión de que Alfredo va pasando  con una libertad absoluta entre armonías nada obvias y melodías muy bonitas a la vez que todo su cuerpo, y seguramente alma también, están entregados al proceso de creación. En cuanto a Gerardo, en este tema, como en otros, me sorprendió su virtuosismo que, por suerte, no limita para nada su expresividad.

Luego tocaron una balada llamada “Melodioso”, que fue el único momento algo más tranquilo del show.  El diálogo entre el bajo y el teclado por momentos fue genial y de cierto momento en adelante apareció ese toque mágico del palo sobre el aro del tambor que me resulta una maravilla.

Estos tres seres anoche hicieron un verdadero trío, en el sentido de que no había un protagonismo marcado de ninguno de ellos, sino que las músicas fluían con la participación de los tres por igual de una manera muy agradable, muy placentera para los oídos. Hubo también una unidad tímbrica entre los instrumentos de los tres. Dudo que haya sido buscada pero sucedió.

Luego tocaron un tema llamado “En 5”, por razones obvias. Aquí me disculpan pero hice un poco de foco en la batería y al juego de movimientos del palo en la mano izquierda de Martín (grip tradicional), que fue desde completamente vertical hasta unas acentuaciones muy bonitas volcando la baqueta con ese movimiento tan perfecto suyo para las acentuaciones. Se mandó un solo de batería interesantísimo, por completo impredecible.

Tocaron un tema hermoso de Alfredo Monetti, llamado “Mi Santa Rita”. Toda la noche el piano de Alfredo se me antojó como algo muy elaborado de cabeza pero tocado a puro corazón. Fue un gran gusto escuchar su composición.

Apareció una samba en 7 y para finalizar el toque el tema La Floresta.

Por suerte alguien insistió en que siguieran tocando pues el tema “El día antes” fue para mí uno de los mejores momentos. Los tres se pasaron con lo que hicieron en esta canción. Gerardo con sus slaps maravillosos, Alfredo estuvo absolutamente genial con el teclado y Martín, digámoslo así: le dio razón de ser a la música disco. Un goce, posta.

Si tuviera que resumir la música de anoche con una palabra, para mí sería impredecible. No se podía adivinar la nota que vendría después. Sin embargo, al sonar, nos llevaba a un muy buen lugar. Un lugar relativamente nuevo, con aristas reconocibles en músicas de otros lugares (a mí se me vinieron a la mente algunos músicos como Gismonti, por ejemplo).

El último bis fue un tema de Hermeto Pascoal. Como en todos los temas anteriores, en este la descosieron los tres haciendo una música no superflua ni prescindible, compacta, balanceada y que te deja con las ganas de más.

Después de que terminó el toque pudimos robarle unos minutos a Gerardo y nos contó algunas cosas sobre su música y su disco. En el audio hay un ruido de fondo de ciudad un tanto molesto, así que les sugiero hacer un esfuerzo de abstracción del ruido ambiente.

Breve nota a Gerardo Alonso

La recomendación para ir a ver a este trío la próxima vez que se presente queda hecha con convencimiento.

 

Clínica de Martín Ibarburu en Kalima el 3/8/2012

Hola, amigos de Atresillado.

Hoy decidí contarles sobre algo que se está dando en mi ciudad, que me tiene de lo más contenta y que seguramente varios de ustedes valorarán positivamente también.

Martín Cruz, reconocido baterista uruguayo, hace un tiempo decidió hacer un grupo de Facebook que lo tituló “Club de Bateristas del Uruguay”. En ese grupo terminé yo también (el único mérito es que me gusta mucho todo lo relativo con el instrumento) y veía que se daban dos cosas simultáneas y para mi gusto geniales: las ganas de compartir que tenían todos sus miembros y la buena onda entre todos ellos. Sin importar que algunas personas son muy jóvenes y otras tienen muchísima experiencia profesional con la batería, el intercambio que se da en ese grupo es realmente fructífero, positivo, activo y lo que se palpa siempre es la necesidad de compartir el placer por aprender más de la batería y también el compartir material que resulta interesante. Es aquello de que lo lindo compartido es dos veces más lindo. Y como en ese grupo hay unos 300 miembros, es 300 veces más lindo.

La imaginación de varios empezó a volar y empezamos a tirar ideas de cosas que podríamos hacer todos juntos. Pero cosas no virtuales, sino reales. Varias veces aparecieron ideas, pero faltaba concretarlas. Así que yo, en uno de mis arranques de no se sabe qué, convoqué a una reunión de bateristas en Kalima.  A la cual fue una multitud! José Schmid y yo, jaja. Eso fue todo. Ni siquiera Martín Cruz pudo ir porque ese día tenía un compromiso realmente muy importante. El asunto es que de esa mini reunión, que rayaba lo ridículo por razones obvias, José y yo empezamos a tirar ideas. ¿Y si…? Y ahí surgieron y surgieron ideas de todo tipo. Una de las ideas que manejamos fue arrancar a hacer clínicas de batería (o sea, master classes de batería). En realidad esa idea no era nuestra, sino que había surgido ya en el grupo de Facebook. Pero había que darle forma y decidir muchos aspectos. Y ahí mismo en esa reunión, decidimos encarar el asunto de las clínicas. Le contamos todo esto a Martín Cruz quien quedó fascinado y nos explicó que él venía con esta idea desde hacía mucho tiempo, así que le parecía maravilloso que por fin se plasmara. De a tres era más fácil.

Otra de las ideas que salió en la reunión era que como comunidad baterística era imperioso hacerle un homenaje a Osvaldo Fattoruso. Se nos ocurrieron cosas que estaban muy buenas, pero que lamentablemente no se pudieron plasmar porque Osvaldo ya se sentía muy mal y no estaba para cosas raras. Esto me quedará atragantado para el resto de mi vida… lamentablemente. Yo hacía mucho tiempo que venía con esa idea rondándome la cabeza, pero claro… nunca pensé que yo podía encarar algo así, hasta que no apareció el grupo de Facebook y vi que había una actitud de colaboración baterística en el aire. La verdad que me molesta mucho no haberlo intentado hace dos años. Ahora solo espero que sirva de experiencia y que no me vuelva a pasar algo así.

Las 5 ó 6 semanas siguientes fueron semanas interesantísimas. En primer lugar, Martín Cruz, José y yo teníamos que aprender a trabajar juntos y a conocernos. Porque nos habíamos embarcado en una aventura conjunta sin siquiera conocernos! Fue de lo más interesante y divertido, y creo yo que estamos los 3 aprendiendo mucho entre nosotros. Además somos bien diferentes, lo que le agrega desafío y diversión a la cosa.

Ahora los planes inmediatos son seguir organizando estas clínicas cada un tiempo razonable para la plaza. Estas clínicas son muy formadoras para todos los instrumentistas. Se dan con relativa frecuencia, pero es más común que las clínicas que haya sean de extranjeros que vienen a dar un concierto y de paso dan una clase. Que nuestros bateros uruguayos -que están inmersos en esta realidad musical y laboral- den clínicas resulta especialmente valioso. Hablan nuestro mismo idioma… y no me refiero solo al castellano.

Además de las clínicas, mi deseo personal es que podamos hacer muchas cosas más entre todos. ¿Por qué? Simplemente, porque es divertido hacer algo donde cada uno ponga su granito de arroz y que entre todos obtengamos algo gigante.

Y así fue como el viernes 3 de agosto tuvimos el placer y el honor de tener la primera clínica, nada más ni nada menos que con Martín Ibarburu. Escribí una reseña para el blog del Club https://clubdebateristasdeluruguay.wordpress.com/, que copio a continuación para mis amigos de Atresillado, quienes no necesariamente andarán leyendo blogs de bateristas 😉

Abrazos,

Patricia

Reseña de la clínica de Martín Ibarburu

El viernes 3 de agosto, con lleno total, tuvimos la clínica de Martín Ibarburu que se constituyó en la primera actividad del Club en el mundo analógico.

Tempranito llegó José con su bata personal y Martín Cruz y yo lo ayudamos a bajarla, repitiendo cada poco rato cosas como “Al fin llegó el día; Valió la pena el esfuerzo; Qué bueno va a estar esto”. Es que de afuera se puede ver fácil, pero nos dio un buen trabajito organizar todo.

A pesar de la noche invernal, gélida y lluviosa, los bateros llenaron por completo el querido sótano de Kalima con calor humano, expectativas y buena energía. Escaleras abajo se respiraba alegría y cierta ansiedad colectiva.

Luego de la bienvenida de Martín Cruz, José Schmid les contó a los participantes que cuando empezamos a hablar de las clínicas, nuestro deseo era que Osvaldo Fattoruso diera la primera y queríamos hacerle un homenaje. José le consultó a Osvaldo y él le pidió que esperáramos un tiempo, porque no se sentía bien. Que arrancáramos con otro baterista y él nos avisaría cuando se sintiera con fuerzas. Fue muy doloroso no poder hacerle el homenaje que sentíamos que se merecía. Las primeras palabras de Martín Ibarburu también fueron de gran respeto y mucha admiración hacia Osvaldo, a quien volvió a nombrar en varios momentos posteriores.

Y arrancó la master class de Martín. Y no volaba una mosca en ese recinto. Todo el mundo estaba atento, intentando no perderse ni un sonido ni una palabra.

Martín, con ese modo de ser tan atento, tan generoso, mantuvo todo el tiempo un diálogo con el público, ejemplificando con la batería.

Comenzó hablando de la improvisación y dejó claro desde el principio que dejaría la cosa fluir para donde la llevaran entre todos. Y así fue. Escuchó cada pregunta y la respondió a fondo, ofreciendo en cada oportunidad toda su experiencia y calidez. La clínica se podría resumir en una frase: “Estuvo 1 hora y 45 minutos pasando piques sobre cada aspecto que surgía en el intercambio”.

Las preguntas fueron todas muy interesantes y demostraron el nivel musical del público que estuvo a la altura del maestro. Todas las preguntas aportaron para transitar durante casi dos horas un camino interesantísimo de aprendizaje colectivo.

Estuvo muy presente la comparación de la música con el lenguaje. Como proceso de aprendizaje y con respecto al hilo conductor necesario en una obra musical. También relacionado al desarrollo de una idea en un solo y a la adquisición inicial de ideas ajenas que luego se interiorizan y sirven para generar cosas propias y nuevas.

Otro aspecto que fue permanentemente resaltado fue la musicalidad y el tocar el instrumento al servicio de la música.

Hay mucho de lo que te hace valioso como baterista que es el cómo tocás las cosas“, dijo.

Habló de la importancia de trabajar diferentes tempos y diferentes volúmenes, como para gradualmente salir de las zonas de comodidad personal a las que involuntariamente tendemos a volver.

Compartió sus experiencias de trabajo en vivo y grabación con metrónomo y dio sugerencias para establecerse en el tempo adecuado de cada tema.

Martín mencionó a varios colegas uruguayos y extranjeros. Ante una pregunta sobre candombe, Martín habló de Osvaldo Fattoruso y Gustavo Etchenique como sus más grandes referentes de este ritmo. Ante otra pregunta sobre su backbeat, habló de cómo estudió a Stewart Copeland en profundidad. Pero no solo nombró a bateristas de tan larga trayectoria. También mencionó a Juan Ibarra como un batero muy interesante que en su opinión seguramente hará un buen aporte al candombe.

Recomendó varios libros, dejando claro que es un estudioso de su instrumento desde muchos ángulos y motivando en este sentido al público a profundizar en todos los aspectos que mejoran a un instrumentista. Algunos de los libros que mencionó fueron:

“Drum Wisdom” de Bob Moses, refiriéndose a varios de los conceptos presentes en él.

“The Art of Bop Drumming” y “Beyond Bop Drumming” de John Riley con respecto a la independencia y coordinación, y la incorporación del vocabulario del jazz.

“The New Breed” de Gary Chester.

Para deleite de varios de nosotros, Martín llegó incluso a contar sus desafíos personales actuales con el instrumento e hizo una demostración de esto con la batería que fue impactante.

La verdad que la experiencia fue muy disfrutable y una real instancia de aprendizaje.

¡Ya estamos prontos para la próxima!

Agradecimientos del Club:

Muchísimas y sentidas gracias a todo Kalima, y en particular a Paula, por ofrecernos su casa para poder llevar a cabo todo esto y por tratarnos con tanto profesionalismo y cariño al mismo tiempo.

Miles de gracias a Agustín Cuervo (Crowpix) y a Josefina Tramontín por haber tomado estas fotografías que nos ayudarán al recuerdo de una clínica memorable.