Respeto y veneración musical: Ibarburu-Chapital en Ciclo de Cuerdas

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Se apagaron las luces y se sostuvieron apagadas un poco más de lo acostumbrado. La calidad de ese lapso de silencio, visual y auditivo, nos hizo saber que por esa noche el público estaba a la altura de los músicos. Atención plena, evidente expectativa y mucho respeto. Alguien aventuró un silbido y un aplauso apretado les dio la bienvenida a Nicolás Ibarburu y Juan Pablo Chapital. Desde el suelo, dos focos blancos y tímidos iluminaban justo lo suficiente, generando un efecto íntimo, que invitaba a agudizar el oído y toda la kinestesia.

A partir de la primera nota de la primera canción que ofrecieron hasta que se volvió inaudible el último sonido de la noche, vivimos un maridaje de profesionalismo, enorme cuidado, profundo amor y total veneración a la música.

Tanto de la grabación “Amanecer en Tandil” como de este show de presentación en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre me impresionó que siendo la mitad de temas de uno y la mitad de temas compuesto por el otro el disco tiene una unidad y personalidad indiscutible. No es para nada un rejunte de canciones sino que se siente como si hubiese sido una obra creada como una unidad. Si a eso le agregamos que estamos hablando de dos guitarristas profesionales que ya tienen sus carreras individuales muy desarrolladas, resulta muy destacable que se hayan conjugado de tal forma como para que resulte esta obra tan uniforme y por cierto muy hermosa, que se asienta en nuestro interior como pocos discos instrumentales de estos lares.

De alguna manera me trajo a la memoria el “Friday Night in San Francisco” (de John McLaughlin, Paco de Lucía y Al Di Meola). No porque sean discos similares, que no lo son, sino por esa cualidad de guitarras amalgamadas de tal manera que uno siente un efecto celular que no es “ni Ibarburense ni Chapitalteco”, sino otro, nuevo, e increíblemente hermoso.

El concierto entero fue una delicadeza amorosa, una reverencia a la creatividad sensitiva. Me encantaría, aunque sé que es difícil, que entre líneas pudieran oír las notas sostenidas, apoyadas con garra y misticismo; el recogimiento de los silencios… y el homenaje implícito a la sensibilidad humana.

Juan Pablo iba presentando los temas y él y Nicolás nos hicieron reír muchas veces con sus comentarios. Con ambos sucede que siendo esos gigantes musicales que son para algunos de nosotros, al oírlos hablar en el mismo tono que podríamos oír en un amigo o vecino, nos resulta sorprendente y divertido. A mí me genera admiración que sean así de cercanos siendo que a la vez están a años luz de nosotros los terrícolas.

En medio de la noche invitaron a Pablo Pinocho Routin a cantar un tema de Atahualpa Yupanqui. La presencia de Routin aportó un color diferente a la noche y creo que fue muy acertado, dándonos la oportunidad de un pequeño cambio de frecuencia que nos permitiría retomar la segunda parte con curiosidad renovada. Pinocho también se presentará en este ciclo, cerrándolo, el día 7 de noviembre.

En el público se encontraban Carmen Pi (que se presentará en este ciclo el día 8 de agosto) y Sara Sabah (que se presentará el 10 de octubre). Por su parte Nico Ibarburu el 5 de setiembre participará nuevamente con su banda.

Al llegar a los agradecimientos, que incluyeron a todos los involucrados en el CD y en el show, me conmovió especialmente la mención a Evaristo Martínez y Gastón Gauna, quienes fueron instrumento para la magia. Las palabras del Chapa fueron más o menos así: “Queremos agradecer especialmente a un amigo que está en la sala, que fue un poco el que se dio manija para que hiciéramos el disco, que se vino a mitad de semana de la ciudad de Azul: Evaristo Martínez. Todo surgió así. En un show que hicimos con Nico en la Sala Zitarrosa hace un par de años, donde los dos presentábamos el proyecto de cada uno y en un momento del show presentábamos algo a dos guitarras. Cuando Evaristo se enteró de eso dijo: ‘Yo los voy a traer acá y vamos a grabar el disco’. Y nos armó una gira que terminaba en la ciudad de Tandil, donde conocimos a otro loco de la guerra, amigo, que se llama Gastón Gauna, que es el dueño de Nido Records, que es su estudio, todo hecho a mano por él. Todo lo que ves fue puesto por él, todo de madera, increíble. Y el día del show Gastón vino a presentarse y nos dijo que teníamos las puertas abiertas para grabar. Y ahí estuvimos dos días amaneciendo en Tandil. Así que bueno, Gastón Gauna fue también fundamental en este proyecto“.

Por suerte nos regalaron algunos temas más. Uno de ellos fue “Quiero” de Chapital, que es la primera canción cantada por él que ha grabado hasta ahora. Es una canción súper bonita, muy sensible y muy introspectiva, con una melodía que queda sonando y resonando por días.

Después Nico cantó su canción “Mapa Tesoro”, que ha recibido una avalancha de crítica positiva de parte de los músicos. Su canto me conmovió de principio a fin y me fascinó ver su evolución en su actitud al cantar en apenas unos meses. Lo que empezó con una cuota de timidez está desarrollándose en un sentido muy generoso. Está pasando eso que era esperable que sucediera: que su voz nos sacudiera las células parecido a sus notas en la guitarra. El contenido de dulzura y amor que trajeron esas notas me desarmó por completo y logró eso que considero lo máximo al escuchar música: me detuvo todo pensamiento. Sonreí feliz, de principio a fin de la canción, y solo sentía el corazón transformándose bajo un embrujo nuevo.

Una belleza de concierto. Un par de guitarristas y compositores que tanto individualmente como en conjunto son un deleite absoluto.

Ahora tenemos “Amanecer en Tandil” que nos acompañará toda la vida. De corazón espero que no sea el último disco de esta yunta genial.

Reseña escrita para COOLTIVARTE, donde pueden encontrar las fotos del show tomadas por Ricardo Gómez.

No te lo querés perder: “Amanecer en Tandil” de Ibarburu y Chapital

Una de las maravillas de vivir en Uruguay es tener la oportunidad de ver en vivo conciertos como este que tendremos en pocos días.

Nicolás Ibarburu y Juan Pablo Chapital presentarán su disco “Amanecer en Tandil” en la Sala Hugo Balzo, siendo la suya la primera presentación del Ciclo de Cuerdas organizado por el Auditorio Nacional del Sodre. Esto sucederá el próximo miércoles 13 de junio a las 20:30h.

Siento una gran responsabilidad sobre mis hombros: por un lado, necesito contarles un poco acerca de este disco, para que por nada del mundo se pierdan esta presentación que sin duda será única, y por otro lado deseo que se sorprendan y deleiten como yo al escucharlo por primera vez. La única manera que se me ocurre de lograr eso es contarles apenas un poco de mi experiencia personal al escucharlo, y permitirles que descubran el resto directamente. Espero sin embargo poder transmitirles mi entusiasmo, como para que ni uno de quienes disfrutan de este tipo de delicatessen musical se lo vaya a pasar por alto por falta de información.

Mis amigos y yo lo diríamos así: si estos dos guitarristas fueran europeos y a este disco lo escuchara el sello ECM, inmediatamente los incluiría en el catálogo de sus artistas. Entre paréntesis aclaro que el 90% de los discos que edita ECM me fascinan. En este caso quien notó el potencial sonoro de esta dupla genial fue Gastón Gauna, dueño de un estudio de grabación en Tandil, Argentina, a quien aquí le agradezco que tengamos esta joya musical. Con orgullo y felicidad incluiremos “Amanecer en Tandil” en nuestras discotecas personales.

El disco tiene la misma cantidad de composiciones de Chapital que de Ibarburu y una versión de una canción de Eduardo Mateo.

No hay bajo, no hay batería. Los sonidos son principalmente de guitarras, seleccionadas con un gusto excelente, y con notoria cuota de dedicación y de amor. Es un disco que te arropa, que te mima el corazón, que te hace respirar más lento y profundo. Es un disco que siento que me hacía falta. Es un disco que sí o sí tenía que existir.

La primera canción del disco, que se llama “Quiero”, es una composición de Chapital con una letra hermosa también cantada por Juan Pablo. Es su primera incursión en cantar uno de sus temas. El efecto de su canto es como una caricia al alma. Es cercano, con una voz muy cálida y muy sincera, que resulta inocente y madura a la vez y me generó comodidad y un sentimiento de naturalidad y transparencia. Esta canción cuenta con la bellísima participación en el acordeón del gran Hugo Fattoruso, que entrelaza sus sonidos a los de Nicolás y Juan Pablo con la calidad que ya conocemos y con una cuota redoblada de dulzura y cariño.

Juan Pablo toca la guitarra de acero y Nicolás la de nylon en todo el disco. Lo que me impacta mucho es cómo conviven las dos personalidades clarísimas de ambos en su instrumento, sin mimetizarse una con la otra, y cómo la combinación de ambas genera además una tercera realidad sonora, y por lo tanto también emocional, que es paradisíaca.

Me parecería extraño pero supongo que alguno de ustedes puede no haber escuchado todavía a alguno de los dos. Así que intentaré contarles lo incontable. Los dos tienen un sonido increíblemente personal en la guitarra. El alma del sonido de Nicolás Ibarburu tiene una garra especial, una tensión que, aunque esté tocando algo dulce o muy melódico, te hace mantenerte atento sí o sí, cala hondo, metiéndose derecho en tu cuerpo energético, sin pedir permiso ninguno y generándote el deseo de que dure para siempre. El sonido de Nicolás te impulsa a arriesgarte a vivir, es poderoso, es impulsor de realidades nuevas. En cuanto a Juan Pablo Chapital, lo que me llega a mí cuando toca él es una combinación 50/50 de amor y poder. La imagen que se me viene en este momento es un cielo de Cabo Polonio con fuertes rayos intermitentes anunciando tormenta y debajo un mar sereno llenísimo de noctilucas. Cada nota suya existe para desarmarte, para que hagas un camino hacia tus confines interiores y, si lográs sobrevivir a la emoción, el goce es grandioso.

Más o menos así es la experiencia de escuchar el segundo tema, el temún “Huella Digital” de Ibarburu. No les cuento más para que puedan experimentarlo de primera mano y sin expectativas concretas. Aunque, pensándolo bien, es imperioso contarles que una guitarra y otra se van entrelazando mágicamente y el efecto de las vibraciones en el cuerpo abarca todos los doce chakras, sin saltarse ni uno solo. Es un pasaje directo a un amanecer de esperanza, de confianza, de existencia.

Podría seguir contándoles sobre los demás temas del disco pero no sería un buen gesto de mi parte. Es de corazón que les recomiendo que vayan a escuchar esta maravilla en vivo. Yo esperaré pacientemente hasta después de esta presentación para quizás comentarles más. Lo que sí, insisto: es un disco que querrás tener, que te hará bien tener, que escucharás muchísimas veces, porque te resultará una compañía fantástica y sanadora.

En el EPK, que puedes ver aquí, Hugo Fattoruso comenta: “Hay mucha alma ahí, mucho sentimiento, mucha verdad, así… de amor”. Suscribo completamente. Es un disco lleno de todo eso, un discazo precioso.

Magia Ibarburense en formato de CD: Ultramarino

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Foto: Florencia Veres

El Trío Ibarburu: Andrés en el bajo, Nicolás en la guitarra, Martín en la batería, junto con Juan Pablo Di Leone en armónica y flauta se mandaron tremenda presentación del disco “Ultramarino” en la Sala Hugo Balzo, el día 29 de julio. Tocaron todos los temas de este último disco y también algunos de “Huella Digital”.

El aplauso del público al terminar el primer tema, y el segundo, y el tercero, duró lo que normalmente dura un aplauso al final de un concierto. Su música es algo descomunalmente bella a lo que se le agrega un cariño enorme por parte del público. Son queribles por su calidez y por esa sencillez y humildad que no deja de asombrar.

Entre el 29 de julio y hoy, 25 de agosto, una sucesión de hechos me fue impidiendo escribir esta reseña. Hoy finalmente encontré el momento perfecto. Sin embargo constaté, con gran desilusión, que la grabación ayuda-memoria en la que confiaba para este relato trasnochado decidió no existir.

Ante esta circunstancia, me quedan dos opciones: una, dejar la página en blanco; la otra, hacer una reseña del disco en sí. Con cierto atrevimiento, opto por la segunda, con la esperanza de animarlos a buscarlo y escucharlo, porque es, de veras, un disco esencial y demasiado hermoso como para pasar por esta vida sin conocerlo.

El universo “Ultramarino” está constituido por 9 galaxias, que se llaman: Membrana, Komora, Otro mar, Neurology, Mandala, El zorro, Nuevas cuerdas, Snorkel y Para rumbear mi camino. En los nueve temas se oye algo nuevo, que complementa perfecto lo que ya conocíamos de ellos: un saboreo más pausado de los sonidos y una maestría muy particular en cuanto a cómo los sonidos comparten y conviven en ese espacio multidimensional. Hay menos urgencia y hay en general menos cantidad de sonidos que antes y un arte aumentado en cuanto a la creación musical en su totalidad.

Membrana es una composición de Nicolás que tiene una magia increíble. Lo más sano para hacer con la música es sentirla y no describirla, pero haré mi intento de explicar lo que en esta canción me hizo sentir especialmente feliz. Este tema podría tomarse como ícono de lo que constituye a estos músicos y sus influencias. La canción tiene en igual medida carácter de candombe, de folclore y de jazz, y es en cinco tiempos. Además, tiene un ritmo marcado y simultáneamente una melodía dulcísima que comparten entre la guitarra y la armónica. En la entrevista que pudimos hacer antes del toque, contaron que no fue una búsqueda consciente la de conjugar todos esos elementos; la aventura de Membrana sí estuvo guiada por los cinco tiempos pero el resto emergió simplemente porque es su esencia, y ya sabemos que solo puede surgir a la superficie aquello que se posee en el interior. En este tema Nicolás toca guitarra eléctrica, también con ebow, y acústica. Los sonidos que logra él con sus guitarras y la combinación de ellos con la armónica de Juan Pablo son un deleite melódico, que cala tan profundo que emociona muchísimo. A su vez, la conjunción de Nicolás con Martín en especial pero también con Andrés en cuanto a la intención de cada apoyo, de cada corte y de cada arreglo es perfecta. El si se quiere “contraste” entre el agudo de la armónica y las guitarras y la profundidad de los toms de la batería es algo bellísimo. Eso y que ninguna nota topa a ninguna nota. No hay ni por un instante una insistencia ni petulancia por parte de ninguno de los instrumentos. Cada nota está en su sitio, compartiendo el espacio ese, multidimensional, y juntas, en perfecta armonía de presencias, crean esta belleza extraordinaria. Me parece especialmente llamativo que las frases musicales están verdaderamente co-construidas por todos los instrumentos. Algunas son rematadas por el redoblante o algún tom de la batería, otras por el bajo. Por supuesto que la guitarra y la armónica también, pero eso es más esperable. Lo de que frases que comienzan dichas por la guitarra o la armónica terminen de decirse por el bajo o la batería es algo que me resultó maravilloso. Hay una musicalidad aquí que supera cualquier cosa que yo haya escuchado en mi vida.

Komora es una composición de Andrés, extraordinaria. Arranca con el charleston de la bata y la guitarra y por esos instantes una siente, auténticamente, que no hace falta nada más. Suena hermosa esa dupla hasta con algo tan minimalista. Luego se transforma en la antesala perfecta para que cuando entra el bajo, una casi se quede sin respiración. Cuán bello suena ese bajo. ¿Y cómo puede a la misma vez ser el ritmo y ser la melodía, haciendo tan hermosas ambas funciones? Otra cosa que se disfruta desde el primer instante es el balance de la batería en los dos canales. Está muy bien grabado y no sé si es solo por mi chifladura natural pero que la batería se administre de esa manera entre el canal derecho y el izquierdo a mí me dio la sensación de algo cuatridimensional (las 3D que conocemos tan bien y una dimensión extra que incluye esa otra cosa que se genera en este disco). El diálogo entre la bata y el bajo en este tema es impactante al comienzo. Después entra con más garra la guitarra de Nicolás y una ya no sabe cómo hacer para poder absorber todo eso y no perderse detalle. Nicolás solea y el mundo se detiene. A eso hay que agregarle que el bajo y la bata siguen haciendo una magia impresionante y auténticamente dan ganas de pasar el tema en cámara lenta. Entonces los demás achican un poco y Andrés se manda un solo hermosísimo. Y cuando ya se siente que aquello es demasiado, Martín nos regala un solo de su instrumento mágico y el mundo no puede ser más perfecto. El charleston en este tema me deleitó. En esta pista Agustín Ibarburu toca “monotron”, que lamentablemente yo no pude diferenciar. Me recuerda a la época en que, decenas de años atrás, no era capaz de diferenciar el sonido del bajo. El observador crea su mundo según los recursos que tiene. En lo personal por ahora me faltan recursos para poder identificar al monotron.

Otro mar es súper alegre, súper para arriba. El candombe sigue diciendo presente y fusionándose con el jazz. En la tapa dice: “Cuando nos juntamos en Praga por primera vez, Nico completó este tema una noche en el jardín”. Seguramente estaban muy felices por el rencuentro porque lo que se siente al escucharlo es una alegría emocionada. Martín toca batería, tambor piano y chicos. ¡Cómo suena! Es como si hubiesen diecisiete músicos y no uno. Candombe que podríamos bautizar como “Candomartín” o “Martímbe”: fresco, alegre, bailable, contundente, con su ingrediente pop y jazz a la vez y con una profundidad esencial que lo identificará siempre. ¡Belleza de la vida musical uruguaya! Nicolás produce perfección sonora, que auténticamente acomoda células y almas a su paso. Las notas que surgen de su guitarra tienen una convicción total y un cuidado muy bonito. Siento como si una mano firme me agarrara, con delicadeza, y me llevara a conocer mundos nuevos. Y Andrés la descose con ese bajo que es también firme, creativo, melódico, increíblemente poderoso, siendo a la vez dulce y sensible. Qué sé yo… por momentos es demasiado el éxtasis que genera este disco.

Neurology es un tema con gran densidad de notas. Lo loco del asunto es que a pesar de tener muchísimas notas a una velocidad importante, el aplomo del que hablaba al principio sigue presente. Encontrar aplomo en un candombe tan rápido debe ser cualquier cosa menos fácil, pero no da la sensación de que les resulte un esfuerzo ni nada parecido. Creo que se puede decir sin riesgo a equivocarse que estamos siendo testigos de algo muy especial que hacen estos tres seres de luz. Una amiga muy querida, a quien le agradezco con el corazón exaltado y agradecido que me haya regalado esta joya de disco, me dijo el día de la presentación: “En un futuro los van a estudiar como un fenómeno musical”. Es muy probable que tenga razón. Yo agrego: el fenómeno está sucediendo ahora. Si recién los estudian en el futuro es por ese empecinado gesto de idiotez que los seres humanos desarrollan frente a los artistas especiales. Pero volviendo a Neurology, me resulta algo insólito cómo pueden tocar tantas notas a esa velocidad y que ninguno pise a ninguno, que cada nota tenga su razón de ser y su lugar específico, y que cada uno de los tres pueda contribuir como lo hace a la creación de una pieza tan pero tan hermosa. Creo que el mejor resumen es que es un tema para pirar, para gritar, para saltar de la alegría.

El quinto tema del disco es Mandala. Aquí, Nicolás toca guitarra acústica, Andrés un bajo fretless y Martín el cajón. Este es un tema más manso que Neurology, como para que no nos estalle el corazón (gesto que se agradece), pero el detalle es que igual, a medida que van pasando los segundos, el corazón empieza a desbordarse, a pesar de la inicial aparente inocencia de Mandala: el sonido del cajón es demasiado bonito como para no sentir alteración, y la guitarra y el bajo tocan unos unísonos de esos que te desgarran el alma a fuerza de belleza. Por momentos vuelven a hacer esto impresionante de que la guitarra arranca una frase y el bajo la termina o viceversa y ¡pffff! No hay palabras ni que se acerquen a explicar la sensación física que se vive escuchándolo. Alineación circular y vibración total, quizás. Con Mandala me permití observar en qué centros energéticos sentía más cada instrumento y si bien hay momentos en que la guitarra resuena solo en los chakras superiores (al principio, sobre todo) y momentos en que el cajón resuena claramente en el tercero, tengo la impresión de que es el bajo el que los junta a todos en un efecto mágico que a partir de unos poquitos segundos de haber empezado el tema hace que los siete centros se sensibilicen de un modo supremo e increíblemente disfrutable.

El zorro tiene un fraseo archioriginal y genial y es el tema en el que escuchando el disco, me pongo a llorar cada vez. Me encantaría saber si fue el mismo en el que pianté el lagrimón (que después no podía detener) en el concierto. Todo es perfecto: las melodías tocadas por el bajo son impresionantes, el sonido y la penetración en las células de la guitarra es de morirse y la batería tiene indudable influencia divina. ¿Cómo puede Martín oír todo eso en su alma? Y después, ¿cómo lo plasma así?… es demasiado. Esta galaxia tiene un groove tan gozado que da gusto estar vivo un ratito extra solo para poder escucharlo una vez más.

En la tapa dice que Nuevas cuerdas fue un experimento sonoro grabado de a partes, un poco acá y otro poco allá. La verdad que no hay manera de darse cuenta de que fue grabado así. Podrían estar los tres en la misma sala. Lo que más me sorprendió es que tiene un dejo de tristeza y es extraño que un experimento grabado por partes pueda transmitir esa emoción de esa manera, con una unidad muy potente. Pero bueno, aceptemos que no todo en la vida tiene explicación.

La galaxia 8 se llama Snorkel y es un tema de Nicolás Ibarburu y Nicolás Varela. Está grabado con Martín en cajón, Andrés en bajo fretless y Nicolás en guitarra acústica. Con este tema en particular me pasa que al escucharlo, lo veo a Martín tocando el cajón en el concierto. Es una demencia lo bien que toca, cómo genera matices asombrosos con esa caja de madera, y el sonido tan increíblemente dulce que produce. Y como me sucede a veces, la realidad es que en este tema se me nublan los sentidos para los otros instrumentos. Por instantes noto la belleza del conjunto pero en primerísimo plano tengo al cajón y tan empecinadamente que finalmente opto por dejarla por esa y admitir que ese sonido de mano y madera me pudo tanto que por más que puedo sentir una guitarra hermosa y un bajo bastante juguetón, me voy con el ritmo y sus matices perfectos, que dicen tanto.

Y así llega, sin anestesia, el final de un disco que una no querría que terminara nunca. El último tema se llama Para rumbear mi camino. Martín en la batería, Andrés en bajo y cellos, Nicolás en guitarra acústica, R. Jochmann en piano y Juan Pablo Di Leone en armónica. Es un tema lleno de sensibilidad. Tiene una mezcla de optimismo y nostalgia. Tiene una melodía hermosísima extrapolada con la dulzura del cello y la armónica, y una delicadeza zarpada del piano y de la guitarra. Yo no creo que sea a propósito que se oyen los dedos de la guitarra desplazarse sobre algunas cuerdas en algún momento, pero ¡qué efecto bello tiene eso en mí! En cuanto al cello, amo tanto su sonido en esta creación mágica que va desde acá un pedido especial a incluir más a este instrumento en futuras creaciones del trío. Del minuto 2:20 en adelante hay una creación conjunta entre el piano y la batería que eriza el alma y me hace encargarle al Universo que por favor me permita ser música en la próxima vida. Dudo que haya sido pensado pero bien podría haberlo sido: el final de este tema es de esos que te obligan a ponerle play de nuevo al disco. Es un final que queda suspendido, como diciéndote: “no tenés otra que volver a escucharme”. Y supongo que es por ese final que este disco no se ha movido de mi reproductor en un mes.

A esta joya la podría haber grabado el sello ECM perfectamente. Que estos seres estén tocando en Montevideo es un capricho del destino que bien haríamos en agradecer a conciencia y aprovechar a ultranza. Desde este rinconcito yo les digo un tímido “gracias por existir, Ibarburus… y por las múltiples dimensiones que nos regalaron con Ultramarino. Es enorme la admiración y el agradecimiento”.

Foto: Patricia

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Foto de portada: Florencia Veres.