Presentación de UNO, de Daniel Drexler

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Genera una gran expectativa estar sentada unos minutos en medio de las butacas vacías, con los instrumentos en silencio pero tan alertas que alguno brilla su lucecita roja. Es el instante antes de la eternidad, ese que contiene todas las infinitas posibilidades. “Espero que este sea uno de esos shows que me acomode todas las células”, pedí… y confié.

En el centro, Daniel Drexler. A mi derecha, Nicolás Parrillo, Gonzalo Gutiérrez, Camila Ferrari y Analía Parada. A mi izquierda al fondo, Eduardo Mauris; más adelante, Dany López. Detrás nuestro, en el sonido, Paio Robles.

La noche abrió con la misma canción que UNO: “La rambla de Montevideo”. Es aquella que cuando termina el disco, tenés que poner de nuevo, para escucharla aunque sea una vez más. Es un tributo muy genial a nuestra rambla, con sus muchas capas. Por un lado, es facilísimo identificarse con la letra. En lo personal recuerdo que fue al regresar de mi primer viaje largo a un lugar sin costa que tomé conciencia de su belleza. Musicalmente, es un candombe indudable pero tiene otros ingredientes, algo electrónicos quizás. La canción resulta muy uruguaya pero ¡eureka! la nostalgia no está y sí aparecen rasgos de juventud y aventura. Los sonidos aquí generan imágenes en movimiento: las luces de los autos pasando, las olas de temporal pegando sobre el paredón y las palmeras sacudiéndose con el viento fuerte del sur. Por supuesto una no puede dejar de ver a las parejas abrazadas, a los amigos tomando mate, a los niños en bicicleta. Todo está misteriosamente contenido en esta canción.

He aquí la pista en Soundcloud. Pónganle “play” y fíjense qué ven, qué oyen, qué sienten: https://soundcloud.com/danieldrexlerofficial/la-rambla-de-montevideo

Durante la mayoría del show el público estuvo bastante iluminado. Por eso, los ojos de los músicos se posaban en unos y otros oyentes, en un contacto muchísimo más cercano al típico de un show. Cada tanto alguno de ellos asentía un saludo hacia alguno de los rincones de la platea, siempre con una sonrisa. Se sintió la comunión entre los músicos y el público. En el escenario, la alegría y camaradería burbujeaba en cada pequeña vuelta de tuerca sonora.

Hubo proyecciones gráficas detrás del escenario muy bien pensadas y utilizadas con buen ritmo y con una dosificación que me resultó cómoda.

Me sorprendió un montón que la voz de Daniel Drexler sonó muy similar a su sonido en el disco. Su voz me llega cariñosa, dulce, optimista, íntima y profunda y no cambió un ápice en el show en vivo. Apuesto que el buen trabajo de Paio Robles en el sonido habrá influido en eso. También constatar esa similitud sonora a mí me habló de honestidad artística, y sentí agradecimiento por eso.

En “La rambla”, además, fue notorio el arte para que una canción que en su versión grabada tiene varias percusiones no perdiera ni un ápice de carácter, con Nicolás Parrillo en la batería. Él tiene una energía divina al hacer música. Aporta vitalidad y positivismo. Me traje del toque el sonido precioso del aro del tambor (por ejemplo en la canción “Palermitana” y en la versión bis de “Febril Remanso”), sus candombes hermosos, cómodos y libres, su bonito cajón con escobillas, y el sonido del jarrón. Me dio la impresión de que el cambio musical al pasar de la bata al jarrón va más allá del instrumento en sí… es como que su actitud pasa a ser otra, mucho más intimista, donde aparecen gran dulzura y cariño. Todo el toque tuvo muchos matices y dinámicas, lo cual es un lindo desafío para el baterista. Otro detalle que se quedará conmigo es la dulzura increíble de los ¿caracoles? ¿o semillas? al final de “El misterio del Mburucuyá”.

Camila Ferrari y Analía Parada le agregaron colores importantes a la noche con sus coros bellos y con el toque femenino en el escenario. Es brutal cómo cambia el sentimiento de un toque cuando hay hombres y mujeres y cuando hay solo personas de un género. Inclusive se notaba esa diferencia cuando en algunas canciones ellas no participaban. Su actitud acompasó el espíritu de todo el toque. Le aportaron algo muy valioso al show.

Otra complementación que fue notoria y bienvenida fue el sonido del piano acústico contribuyendo a todo lo eléctrico. La sensación corporal de esas notas en particular es de caricia, de abrazo. En la canción “Palermitana”, y no solamente en esta, fue un goce especial el diálogo y la construcción compartida entre Dany López y Eduardo Mauris. El sonido amoroso del piano y el sonido impresionantemente dulce de la guitarra de Mauris fueron algo que me encantaría recordar durante muchos años.

En este show me quedó claro que Daniel Drexler tiene muy buen gusto sonoro y una visión musical admirable. Desde los músicos que convocó hasta cada arreglo, diálogo, solo y detalle se vivió desde la audiencia como un producto sentido, cuidado, querido y muy respetado. Y ya sabemos, así como nace del escenario, llega a la butaca. Sería injusto no mencionar que Gonzalo Gutiérrez y Dany López son coproductores de UNO, por lo cual seguramente tengan también su cuota de responsabilidad en ese producto tan bello. Ahora, el material de base, las composiciones de Drexler son hermosas. No son canciones para pasar el rato sino para sentirlas y dejarlas trabajar en los corazones.

El bajo es el principal responsable de que una mueva la cabeza, que sienta la necesidad desesperante de pararse y bailar, y también de que algunas canciones lleguen a lo más profundo del corazón. Gonzalo Gutiérrez nos hizo bailar en la butaca. Me encantó sentirme acompañada en el movimiento inevitable. Bailamos con todos los ritmos y disfrutamos de un sonido de bajo de los que me gustan: claro y profundo, y tendiendo a agudo. Clarísimo, ¿no? Ja. Traten de explicar cómo suena un bajo y después me critican, ¿ta? Explicar qué es lo que me mueve tanto de un bajo es la parte más desafiante para mí de narrar estas instancias mágicas. Es parte de lo “indecible” que sucede al exponerse a la magia musical.

La noche tuvo invitados especiales: Andrés Rubinstein en clarinete, Pato Olivera en trompeta y desde Argentina, Pablo Grinjot en piano y voz. Los tres aportaron mucho valor.

Los vientos en “Los peones de la guerra” fueron para mi gusto muy importantes. Dicho sea de paso, ¡definitivamente es un tango, Drexler! Tremenda polenta tiene ese tema y cala hondo en el alma también. Incomoda un poco, también, porque la guerra desgarra incluso siendo mención en una canción.

Andrés Rubinstein hizo mucha belleza con el clarinete. En la canción “Sheiko”, que si bien tiene un toque de optimismo a mí me genera una tristeza especial, el clarinete le puso una dulzura positiva, un toque extra de esperanza, que me hizo bien. En “El misterio del Mburucuyá” él y Nico Parrillo (con escobillas) hicieron algo muy mágico y muy dulce juntos.

Pablo Grinjot al piano y Daniel Drexler en la guitarra cantaron “Lo que siempre fue”. Pablo aportó una inyección interesante de energía diferente, con una impronta algo más extrovertida y algo más impulsiva. Me fascinó ese contraste entre él y Daniel al cantar. Queda la reflexión de cómo los contrastes humanos pueden ser enriquecimiento si se aprovechan con arte y se tratan con amor.

Hubo mil otros momentos destacables pero, con la mano en el corazón, son para vivirlos, no para narrarlos, y seguramente mucho menos para leerlos. ¿Cómo hago para explicarte con palabras cómo Eduardo Mauris con su guitarra estuvo todo el toque creando maravillas? ¿Cómo hago para narrarte el solo endiablado y maravilloso que se mandó Dany López con el teclado en el último de los bises? ¿Cómo transmitirte en blanco y negro la sensibilidad que se te incorpora en la piel al recibir la palpable honestidad y sensibilidad de Daniel Drexler con su canto y su guitarra? ¿Cómo te explico el tremendo trabajo rítmico de Drexler con su mano derecha en “Mar Abierto”? ¿Cómo hago para que vivas en tu piel la sofisticación y poderío del tema “Dinero”? ¿Cómo hago que te llegue la amplificación de conciencia esencial que sucede cuando escuchás la frase “feliz al menos un segundo”… y cuando te quedás sintiendo que si se puede asir la felicidad de un segundo, UNO mediante, podemos asir la felicidad eterna?

“¿Fueron felices al menos un segundo durante el show?”, preguntó Daniel. Lo fuimos muchísimo más tiempo que eso. Seguramente por la iluminación de la sala los músicos pudieron verlo. Por si acaso la concentración los distrajo, yo les cuento que hubo abrazos, besos, muchas sonrisas, mucho bailoteo en la butaca y coreamos lo mejor que pudimos, resonando con la alegría que venía del escenario. Dos días después, seguimos tarareando internamente “de poema en poema”.

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Entrevista a Daniel Drexler: composición y unicidad en dimensión poética

Foto: Santiago Epstein

 

Hoy los invito a leer sin apuro una entrevista que resultó en lo mejor que, desde mi preferencia, puede resultar: una auténtica y ensimismada conversación. Mi deseo para quien la lea es que la disfrute tanto como la disfruté yo.

 

¿En qué ha cambiado tu forma de componer a lo largo de tu trayectoria musical?

Cambió bastante. Porque cuando empecé a componer fue de una manera un poco inconsciente. Lo cual me parece que está bueno. Cuando quise ver, estaba con una guitarra en la falda y estaba tratando de hacer una canción yo con los tres acordes de la primera canción que había aprendido, que era “Girl” de los Beatles. De atrevido. Después me di cuenta de que el atrevimiento en la composición es necesario, porque vos vas caminando por un camino que nadie antes transitó. Cada canción, cada hecho compositivo, cada hecho creativo es un evento único y absolutamente novedoso en la historia del universo. [Se ríe y aclara:] Le estoy dando una trascendencia grande pero es realmente así. No tenés a quién preguntarle: “Che, y ahora en esta encrucijada, ¿qué elijo?” Y eso exige tener espíritu de aventura y ser un poquito desfachatado. Cuando daba clases de música siempre les decía a mis alumnos: “no esperen saber todo lo que hay que saber para componer, porque si toman esa actitud, no van a componer nunca”. La composición es mayoritariamente un evento en el que uno está saltando a lo desconocido.

Al principio básicamente encontraba secuencias de acordes, arriba de eso empezaba a tararear una melodía, y a embocar palabras en esas melodías, casi como con calzador. A ver qué palabra podía enganchar en lo que yo estaba tratando de tararear. [Se ríe]. Ahora que lo miro para atrás, es una forma rara de componer. Ahora empecé a componer de una forma diferente: a partir de ideas. Por ejemplo en este disco, “Uno”, empecé a pensar en la unicidad de todo lo que existe. Fue una revelación medio epifánica, en una noche de verano, estar viendo las estrellas y de golpe —es una sensación rara de explicar, porque no es racional— tenés esa sensación de “yo formo parte de algo que me trasciende”. Dicho con palabras suena raro pero a veces uno lo siente. Entonces a partir de esa idea que aparece, empiezo a componer. De ahí se van desprendiendo varias canciones del disco: “El más laico catequismo”, “Uno”, “Amo”. Y, de una manera ya no tan directa, cinco o seis canciones más que están incluidas en el disco, que están relacionadas con ese concepto.

Lo otro que también cambió mucho es que empecé a componer a partir de la melodía. Me entré a dar cuenta —tarde por cierto— que la canción es básicamente melodía y la música es básicamente melodía. Eso es una constatación de los últimos diez años. Fijate que la música existe para la humanidad desde que la humanidad es humanidad. Estamos hablando de más de cien mil años, de los Sapiens. Durante la gran mayoría la música es solo melodía. Melodía y ritmo, pero la superposición de notas, la formación de acordes es algo que por ejemplo en la música occidental empieza recién en la Edad Media. Entonces si lo pensás desde el punto de vista evolutivo, como un concepto medio darwiniano, es raro saltearte algo que estuvo y está tan presente en tu genoma.

¿Por qué te parece que pasa eso?

A mí me pasó por ignorancia. Me pasó porque desde mis diez años —que fue cuando empecé a componer canciones— hasta mis treinta no entendí que esto para mí era una cosa central. Me daba cuenta de que me fascinaba, que no lo podía evitar. Era una especie de “Puertita del Señor López”, en la que yo entraba y respiraba aire. Imaginate que estaba por ejemplo estudiando para un examen seis meses, no sé cuántas horas por día… cuando agarraba la guitarra era una sensación de vértigo, de emoción, de adrenalina. Pero no me imaginaba viviendo de esto. No imaginaba centrando mi vida y armando mis vínculos sociales, mis relaciones amorosas, todo alrededor de la música. Ahora estoy mucho más involucrado, mirando con más calma, con más reposo. Estoy estudiando de otra manera las cosas que hago y, bueno, llegué a esas conclusiones de una forma un poco tardía. En realidad en los últimos años llegué a dos conclusiones grandes en cuanto a lo compositivo. Una, la importancia central de la melodía. Una canción se reconoce por la melodía, no por la armonía. Y también me di cuenta de que muchas veces las melodías que funcionan bien son aquellas que respetan la propia prosodia del lenguaje. Nosotros no nos damos cuenta cuando hablamos entre nosotros pero cuando hablás con un cordobés, por ejemplo, ahí decís, “¡estás cantando!”. Y el cordobés te dice que sos vos el que estás cantando. Si escuchás lo que estás diciendo con oído musical, te das cuenta de que sí, que hay música en lo que decimos.

¿También te fijás en los sonidos que integran una palabra?

Muchas veces te pasa que ponés una palabra en un lugar y no emboca. Y ponés otra en ese mismo lugar y todo enganchó. Ahora intento explicar ese fenómeno por el lado de que cada palabra tiene su música interna, tiene su propio color, su propia tímbrica, y cuando uno logra que los acordes, la melodía y el ritmo estén en consonancia con ese germen semántico que tiene la palabra y aporten dimensiones… Que no resten, ¿no? Porque a veces cuando generás contradicciones, se generan cancelaciones y la palabra termina perdiendo poder. Pero si vos lográs que se genere una consonancia entre lo que tiene adentro la palabra y lo que le estás poniendo alrededor, bueno ahí pasan cosas preciosas.

Cuando vos decís que ahora tenés más calma para la música, ¿en qué se traduce esa mayor calma en términos concretos?

No sé en qué se traduce en la música. Porque la estoy mirando demasiado desde adentro y a veces no me doy cuenta. Además son procesos muy dinámicos y a veces uno entiende lo que está pasando diez años después. Ahora escucho mis discos de hace diez años y entiendo cosas que en ese momento no sabía. Y que ya estaban dichas adentro del disco. Tengo canciones que, por ejemplo, anuncian separaciones bastante antes de que pasaran. Tengo canciones que me anuncian a mí mismo qué va a pasar más adelante. Canciones como “Full Time”, por ejemplo. Son canciones que ahora las miro y digo: “Mirá, era esto lo que estaba queriendo decir”. De la letra de “Vacío”, por ejemplo, que es una canción fundacional de mi tercer disco, una canción muy importante en muchos sentidos para mí, terminé de entender varios aspectos diez años después.

En cierta manera cuando uno compone entra en contacto con esferas de la psiquis con las que habitualmente no tenés un diálogo muy fluido. Y a veces la composición te abre un canal para entrar en contacto con cosas y para poder volcar arriba de un papel, ya te digo, necesidades, que a veces son fuerzas psíquicas que están operando en el silencio, en la oscuridad, y vos todavía no las estás viendo. Te están diciendo cosas a través del papel y vos demorás todavía un tiempo en comprender. Tengo un caso para mí muy llamativo, que es “Linda”, una canción que le hice a una pareja que tuve en el momento en el que nos estábamos conociendo, en el pico máximo de enamoramiento, y adentro de la canción, cuando leés la letra, está anunciando que eso va a terminar mal, que va a haber dolor, y una separación, y que no va a ser dentro de mucho tiempo. Y así fue.

¿Sabiendo eso ahora estás aprovechando tus canciones actuales de otra manera?

No, no. No, porque aprendí que de las canciones, no solo en la composición sino también en cómo las producís, hay que saber soltarse. Porque cuando uno pone demasiada maquinaria racional, en particular yo que tengo una tendencia grande a tratar de controlar lo que está pasando, hay algo que se muere.

Este disco para mí fue todo un acto de confianza. Me subí a un avión, me fui a Rio de Janeiro, a grabar con una persona a la que admiro hace años: un productor muy importante para mí y en general. Lo llamé dos meses antes, cuando ya sabía que íbamos a trabajar juntos, y le pregunté si le mandaba maquetas. Me respondió que no, que él no trabajaba de esa manera. Me dijo: “Yo trabajo con la espontaneidad. Vení y cuando estemos acá vemos qué hacemos”. Yo tomé aire y dije: “Bueno, vamos, a ver con qué me encuentro” [risas]. Y fueron veinte días de montaña rusa. Yo me levantaba de mañana, entraba al estudio y él me decía: “Bueno, justo está este amigo acá, vamos a grabar esta canción con él” y así se fue llevando. Los primeros días yo estaba dejando las uñas marcadas sobre la mesa, tratando de frenar aquello. Al tercer o cuarto día dije: “Pero, por favor, soltemos”. Y solté y, realmente, lo que estaba buscando en el disco, que era una dosis de espontaneidad, frescura, algo con la sensación de cosa viva, lo escucho en el disco.

Al escucharlo también se encuentra mucha cosa muy pensada. ¿Cómo hacés para balancear esa cantidad importante de pensamiento con lo que te hace componer, que evidentemente va por el lado del sentimiento?

En particular en este disco yo quise resaltar la esfera más emocional, ya desde la apertura del disco.

Ah, qué precioso tema “La rambla de Montevideo”. Sorprende que la música da esa sensación de dinamismo que tiene la rambla, con su gente corriendo y los autos pasando.

Vos sabés que yo ya había hecho una canción que se llama “La rambla de Montevideo” en “Micromundo” (dos discos para atrás). Pero me di cuenta de que la rambla es un lugar tan, tan importante en mi vida, que siempre estuvo presente. Es un lugar fundacional. Entonces dije: “¿Qué pasa? Voy a escribirle veinte canciones a la rambla… las que haya que escribirle”. Esta es la segunda pero ya tengo la sensación de que van a venir más. Mi productor brasileño me decía que no la sentía adentro del disco. Y cuando la grabamos en Brasil, fue raro. Claro, podría haberla ahogado si la hubiese hecho demasiado montevideana. La grabamos en Brasil con Kassin tocando el bajo, Danilo Andrade tocando el clavinet, Leo Reis y Suzano en percusiones y se armó una cosa candombe pero muy funk al mismo tiempo. Después, cuando vinimos a Montevideo, me di el enorme placer de sumar a Martín Ibarburu en la batería y a Jhonny Neves tocando tambores de candombe, y mezclar esos dos mundos y ver que hablaban bien entre sí. Después sumamos los coros de Carmen Pi y Camila Ferrari. Y de golpe la canción empezó a tomar gran espesor y terminamos poniéndola de primera. O sea, cuando uno decide con qué canción abrir un disco es un tema.

Yo coincido contigo que en el disco conviven dos universos. Lo que pasa es que para mí no es difícil construir densidad racional. Es una cosa para la cual estoy entrenado. Quizás por eso me fui para Brasil. Porque necesitaba que apareciera también la otra ala. Por ejemplo, “Febril Remanso”, que es el corte de difusión del disco, es una canción compleja, que tiene muchos acordes, una veintena, pero no me interesaba que quedara en el disco como una canción rebuscada. Y Kassin logró darle un aire pop, bien liviano, desde que arranca hasta el final. A no ser que uno le preste mucha atención, no se da cuenta de la complejidad que tiene atrás esa canción. Y esa era la idea. Cada vez detesto más la complejidad como ostentación. Cada vez lo simple me llama más la atención y en este disco la idea era esa.

¿Quién produjo “Uno”?

Mis dos primeros discos los produje con Gonzalo Gutiérrez. Después a “Vacío” y “Micromundo” los grabé con Matías Cella en Buenos Aires, y “Mar Abierto” y “Tres Tiempos”, a pesar de que fueron grabados en Buenos Aires y Porto Alegre, con Dany López. En este disco trabajé con los cuatro, lo cual sinceramente lo considero un orgullo. “Uno” está producido por Kassin y coproducido por Gonzalo Gutiérrez, Dany López y Matías Cella. Y logré armar un puente entre Montevideo, Buenos Aires y Rio de Janeiro. Siento que inclusive Kassin, que lo acabo de conocer, es un amigo que va a durar en el tiempo. Y bueno, Gonzalo, Dany y Matías son hermanos. Entonces estoy contento, porque en buena medida de eso también se trataba “Uno”, de unificar cosas que en la apariencia están separadas.

Yo viví quince, veinte años de mi vida en dos mundos aparentemente irreconciliables y recién en los últimos diez, doce años, me entré a dar cuenta de que las mejores cosas que me pasaron en ciencia y en medicina estuvieron relacionadas con la música y que las mejores cosas que me pasaron en la música estuvieron relacionadas con la ciencia y la medicina también. En cierta medida, estar parado en una encrucijada no era lo que yo percibía como un sufrimiento y una flaqueza de carácter, de no saber decidir para dónde iba. De golpe vi que quien está en una encrucijada ve las dos calles. Lo vi como una bendición.

Musicalmente, ¿tenés un ideal? ¿Adónde te gustaría llegar?

En los próximos cuarenta años —ojalá que los tenga— me gustaría mantener este equilibrio que tengo ahora. Esto incluye: poder seguir teniendo una disponibilidad importante de tiempo, porque creo que el bien más preciado de todos es el tiempo, y poder seguir teniendo una libertad creativa absoluta. Quizá sí me gustaría poder abrir un canal de comunicación un poquito más amplio con el público.

¿En qué sentido?

Siempre tuve un canal de comunicación muy limitado. Siempre me dirigí a públicos muy pequeños y muy frágiles. Lo que me permitió vivir de la música es que tengo un público pequeño en diferentes ciudades: en Buenos Aires, San Pablo, Porto Alegre, en el DF, en Lima, Medellín, Santiago de Chile, otro más pequeño en Madrid, y otro más pequeño todavía en Barcelona. Pero todo ese circuito me permite funcionar. Bueno, si eso se pudiera acrecentar un poco, la verdad que me gustaría. Pero no mucho más que eso.

¿Tu pasión mayor es grabar o tocar en vivo?

Creo que lo que me terminó metiendo en la música es que me gusta todo el proceso. Por ejemplo de la ciencia me encanta la idea, el debate, la confrontación de ideas pero el proceso en sí de trabajo en ciencia me resulta aburrido. Este disco, justamente, es una declaración de deseo de vivir en dimensión poética.

Te quiero consultar sobre una de las canciones. ¿Cómo se te ocurrió ponerle esa música a la letra “Los peones de la guerra”? 

Es la canción más bizarra.

¡Es tanguera!

Bueno, mirá, eso que acabás de decir ya me pasó en no menos de cinco entrevistas y la canción no es un tango. Te diste cuenta, ¿no?

Pero tiene un aire de tango.

Mirá, te voy a decir una cosa. Si la escuchás, no tiene ninguna intención de ser un tango. El universo armónico de la canción, y esto te va a sorprender, tiene todo que ver con los Beach Boys.

¡No! ¿En serio?

Sí. Escuchá la canción “God Only Knows”. Pero dejame contarte esto primero: el arreglo que estamos preparando para el show del 23 es un tango, con lo cual me sorprende más todavía lo que me decís. El guitarrista me dijo: “esto es un tango”. Él toca muy bien tango. Empezó a tocarla y yo a cantar arriba y todo encajó.

Esta fue una canción particular. Por ejemplo, es la única canción de todo el disco que canté de un tirón y la única que canté en Rio de Janeiro. A todas las demás las canté acá.

Bueno, es una temática que uno tiene frente a los ojos todo el tiempo. Primero me di cuenta de que vos llegás a una ciudad en Europa y llegás inmediatamente a la ciudad. En América del Sur primero llegás a la periferia, y atravesás un cinturón de exclusión, de violencia… también de mucha vitalidad; recién después llegás a la ciudad. También estaba leyendo un libro de Mario Delgado Aparaín, que se llama “No robarás las botas de los muertos”, sobre el sitio de Paysandú. Describe todo ese episodio espantoso. Y cuando termina el sitio de Paysandú, después de que los tipos se mataron, sufrieron, con el calor del verano en Paysandú —no me quiero ni imaginar lo que debe de haber sido eso—, el ejército de Venancio Flores fusila a los oficiales, entre ellos a Leandro Gómez, y a la tropa la incorpora al ejército colorado y se van a la guerra del Paraguay. Entonces vos decís: “¿Y esa gente no valía nada?” Imaginate, yo me estuve jugando la vida en un ejército y cuando termina la guerra, me incorporan en otro y me llevan. Por eso lo de “vida sin valor”, ¿no? Como si fueran los peones del ajedrez: los que van adelante que se sacrifican. Entonces escribí la letra y pensé qué hacía con ella… podía ser un rap, y hubiera funcionado, de hecho al final pasa eso. Pero ta, no me convencía; parecía una salida fácil. Y seguí probando cosas. Hasta que un día estábamos volviendo de La Paloma con Zelito, que es con quien hice la canción “Febril Remanso”, y empezamos a escuchar, obsesivamente, “God Only Knows”. Prácticamente escuchamos solo esa canción los doscientos diez kilómetros. Veníamos hablando de la secuencia armónica de la canción: cómo en el estribillo baja, que es algo que también remarcó mucho McCartney, que dice que esa es su canción favorita de todos los tiempos. Es algo que pasa también en Penny Lane [tararea]. En un momento, veníamos cruzando el puente de Parque del Plata, me di cuenta de que esa era la estructura para “Los Peones”, que volviera para abajo. Y de hecho la forma en que sale, que sale a través del séptimo grado para volver al estribillo, es el mismo acorde que utiliza “God Only Knows”. Hace el mismo recorrido.

¡Y qué fuerza que tiene eso cuando baja!

Para mí es una cuestión taoísta. ¿Viste que Lao Tsé decía: “si querés que te escuchen, no grites”? Uno a veces piensa que si el estribillo va para arriba… y a veces es al revés. Agarra un dramatismo el estribillo que no tendría si hubiera resuelto para arriba, ¿no?

Mirá, es una canción rara en muchos aspectos. Porque es la primera vez que escribí una canción entera en partitura antes de tenerla hecha. [Me muestra la partitura, que es todo un librillo]. Es un cuarteto de violín, viola, cello…

¿Vos ya las pensás con los instrumentos?

Esto es nuevo. Yo llegué al estudio con la canción afuera del disco. Sobre todo porque mi productor y yo estábamos de acuerdo que no iba. Y el último día antes de irme del estudio de Kassin, él me dijo: “¿No tenías una canción más?” Me pidió que se la mostrara y saqué este cuadernito. Le expliqué: aquí entra el trombón, acá más adelante…

¿Pero ya te viene así la canción a vos? ¿Te la imaginás con todo eso cuando la estás componiendo?

No, yo la compuse desde la guitarra. Mirá, si no te aburre, te lo muestro.

¡Qué me va a aburrir! Me fascina.

En realidad lo que hice fue agarrar la guitarra. Lo que tenía hecho era esto [toca unos compases en la guitarra] y se me ocurrió hacer un movimiento cromático…  escuchá los bajos, por semitonos. Y esto, que a vos te suena a tango, ¿conocés Eleanor Rigby? Es ese pulso. Y es el pulso de “God Only Knows”. Y como estaba tomando un curso de contrapunto, le dije al profesor que iba a intentar armar algo para tres voces. Y de repente empecé a sumar voces y empecé a jugar con total inconsciencia. Me llevó un mes de trabajo, porque no tengo oficio de compositor en esta área. Y fue completamente inesperado cómo se resolvió, porque Kassin me preguntó si lo tenía en midi. Entonces lo pasó por un procesador con sonido de melotrón. Y le encantó. Lo grabamos en melotrón. Después en Buenos Aires grabamos con un cuarteto de cuerdas, y clarinete, y flauta traversa. Entonces la canción va todo el tiempo oscilando entre una cuestión orquestal y una cuestión electrónica. Pero en ningún momento juega con el tango y sin embargo la gente la escucha como un tango. Yo estoy muy sorprendido. Es una cuestión que me agrada.

Es que también al tango por acá lo tenemos incorporado hasta sin darnos cuenta.

Totalmente.

[Daniel pone “play” en su computadora y me muestra cómo era el archivo original de la composición, hecho con un programa de computadora. Y explica:]

Entonces, le llevo esto a Kassin y se le ocurrió pasarla por unos filtros de voces rarísimos. Mirá. [Me muestra la grabación y me va indicando dónde hay más filtro y menos filtro de la voz, a la que se le agrega un sonido fantasma, por momentos y más y por momentos menos notorio].

Esta canción tiene otro detalle: es de tiempo variable. Arranca en 120, baja a 108 y sube a 150. Todo el tiempo se está moviendo.

¡Pero eso en vivo no lo podés hacer!

No, no. Obviamente. En vivo es otro capítulo.

Mmm. Pero vos componés canciones que luego grabás y luego presentás en vivo. ¿Vos grabás el disco como se te canta y después ves cómo las presentás en vivo?

Sí.

¿Y eso es inteligente?

No. [Risas]

[Yo me quedo pensando lo fascinante que es todo ese largo proceso desde la composición hasta la presentación en vivo y las muchas adaptaciones entre medio].

Comentaste que te encantó escribir prosa cuando acompañaste el DVD “Tres Tiempos” con un libro. Me intriga, ¿seguís escribiendo?

Vos sabés que había agarrado impulso para sacar un libro sobre “Uno” también. Y ahora lo perdí. Quedó no sé dónde.

¿Pero siempre tenés unida la prosa a tus discos? ¿No se te ocurre escribir un libro de cualquier otra cosa?

Tengo un par de temas de novelas en la cabeza, dándome vueltas. Uno de ellos apareció hace una semana. No sé si algún día lo haré. Calculo que en algún momento pero me parece que no va a ser pronto. Ahora tengo un envión muy fuerte con las canciones y con tocarlas.

La experiencia de escribir “Tres tiempos” fue un regalo. Yo pensé que iba a ser un librito que iba a acompañar un DVD y terminó siendo un libro que está acompañado casualmente por un DVD. Pensaba escribirlo en quince días en La Paloma y estuve tres meses encerrado en un living, en silencio, escribiendo… y fue increíble.

¿Te pareció que es la misma conexión cielo-tierra que te genera una canción cuando empezás a crearla?

Me pareció que en algunos aspectos es más fuerte.

 

Si no fuese por la variable tiempo, le habría seguido preguntando cómo compuso cada tema de los del disco. Quedé enormemente agradecida por la generosidad de Daniel, justamente con lo que él considera más preciado.

A ustedes que han leído esta charla, les sugiero que vayan a ver la presentación del disco “Uno” el día 23 de noviembre en la Sala Zavala Muniz y que en cuanto encuentren el disco, obtengan un ejemplar. El objeto físico está hecho con un cuidado increíble, con un papel de buenísima calidad y un nivel de diseño que me resultó extraordinario. En cuanto a la música, puedo decirles que es un disco que los mantiene atentos, que sorprende para bien, que nutre en varios niveles y que siendo muy uruguayo, es también cosmopolita.

 

Foto de portada: Santiago Epstein.

Entrevistadora: Patricia Schiavone