Santiago Montoro presentó su álbum Jardín en un show impecable

santiago-montoro-sala-hugo-balzo-24-oct-2017-foto-patricia-schiavone.jpg

 

Santiago Montoro presentó su álbum “Jardín” en un show impecable, con una calidad de sonido fantástica y con el volumen perfecto, lo que permitió apreciar el todo y cada parte de la mejor manera.

Sus canciones tienen una particularidad fascinante: son obras de arte musicales, con un entretejido sonoro muy, muy cuidado, muy pensado también, con características rítmicas si se quiere extrañas, a veces muy variables, y sin embargo uno se abstrae muy fácilmente de la “cocina” de la cosa y se descubre acompañando el show entero con la cabeza, el pie, o inclusive sintiendo la necesidad de bailar algunas de las canciones. Desde mi punto de vista esto habla de una cuota extra de arte musical.

Este álbum tiene cinco canciones que son musicalizaciones de poemas de Eduardo Nogareda. El resultado de esa combinación del arte de un poeta más el arte de un músico dio en este caso un producto que se siente natural y que fluye con comodidad y belleza. En esta presentación Nogareda participó leyendo algunos de sus otros poemas otorgándole al show un toque diferente, disfrutable y muy cómodo.

El concierto fue dinámico. Santiago iba presentando cada tema con una simpatía muy especial y entregando una cuota de energía y alegría que se sintió genial. Lo acompañaron varios músicos que iban alternando su participación:

Gustavo Etchenique en batería

Antonino Restuccia en bajo eléctrico y contrabajo

Álvaro Fenocchi en coros

José Luis Yabar en guitarra

Rafael Hofstadter en teclado

Sebastián Cannavo en violín

Camila Montoro en voz

Rossana Taddei en voz

Todos los músicos jugaron un rol súper importante y súper creativo en este show. No hubo nada que pudiera ser prescindible.

Cuando uno ve tocar a Antonino Restuccia, quizás porque aparenta una gran calma, parece que lo que toca es muy sencillo. Pero la música de hoy tenía todo menos sencillez y su contribución con el bajo fue espectacular, haciendo una yunta perfecta con la batería.

Los coros de Álvaro Fenocchi complementaron súper bien el canto de Santiago. Él también tocó un tema en bajo eléctrico y estuvo buenísimo.

La participación de José Luis Yabar en guitarra fue muy exquisita. Los sonidos de las guitarras de él y de Santiago se complementaban hermosamente y no hubo ni por un momento ninguna nota, de ninguno de los dos, que no fuera una necesidad musical. Además, verlos mientras tocaban, transmitía gran aplomo y confianza.

Rafael Hofstadter tocó órgano en un par de temas. Santiago contó que su participación en el álbum fue muy importante, pues se ocupó del master. Creo que su participación en estos temas les dio un carácter diferente, que completa la propuesta general del álbum.

Para mi gusto fue genial el ingrediente dado por Sebastián Cannavo en el violín. Los sonidos del violín de Sebastián y la guitarra de Santiago formaron una combinación muy, muy hermosa. Y entre otros, tocaron juntos un tema que a mí me gusta especialmente: “Sin paz”.

En varias canciones participó Camila Montoro, la hija de Santiago, en la voz. ¡Canta muy bonito! Y le puso un toque de ternura muy hermoso. Entre otras canciones, cantó en “Carta para un Fantasma”, que es un tema que a la primera escucha ya te atrapa por completo.

 

Otra invitada de lujo fue Rossana Taddei, quien cantó con Santiago el tema “Paraguas”, del cual es co-autora, que es parte del CD anterior de Santiago, llamado “Trampolín”. Fue espectacular la inyección de fuerza que le metió Rossana a ese tema y el solo de guitarra que “tocó” con la voz. Es una artista increíblemente talentosa, que brilla de una forma extraordinaria sobre un escenario.

Tener a Cheche en la batería son palabras mayores. Destila musicalidad a un nivel imposible de explicar con palabras. Me limito acá a comentar dos aspectos que me hicieron volar la cabeza. En primer lugar, cómo a través suyo fluyen las polirritmias transformándose en ríos cristalinos tan fácilmente abrazables para seres occidentales acostumbrados al 4/4. Lo otro que me hizo pellizcarme fue el arte que tuvo para en un tema en particular (puedo errarle pero me parece que su título es “Náufrago”) inyectarle una tensión rockera y aguerrida a la música, ¡tocando con escobillas y a un volumen bajo! La emocionalidad genial de esa canción estuvo dada principalmente por el carácter de la guitarra y la maestría de Cheche en trasladar una intención rockera a un sonido relativamente contradictorio con esa intención. Una genialidad más de las de este ser extraterrestre. Y por supuesto estuvo presente lo que ya hemos presenciado tantas otras veces: su sonido impecable, sus unísonos perfectos, su amor al Hi-hat, sacándole un sonido hermosísimo, sus combinaciones nuevas que suenan a patrones perfectos y su perfección en el tiempo, en los remates y en cada fill. Admiración total.

Hoy se notó mucho que el show estaba liderado por un productor musical. Cada sonido estaba en su lugar exacto, con el volumen exacto, con la cualidad exacta. Dicho así quizás pueda parecer acartonado, pero para nada. Santiago se divirtió, conversó, bailó… me atrevo a decir que se gozó todo, presentándole al público sus canciones bellas, interesantes, nada predecibles y muy, muy hermosas. Su voz tiene un brillo precioso; toca la guitarra con una impronta archi personal, archi interesante y archi movilizante; y se entrega con cuerpo y alma al acto de creación.

Mi recomendación a los lectores es que si saben que toca Montoro, vayan a escucharlo, porque se van a sorprender y los va a movilizar. Su álbum digital “Jardín” se encuentra a la venta en Bandcamp, en el siguiente enlace: https://santiagomontoro.bandcamp.com/album/jard-n

 

Si te interesó leer esto, quizás te interese leer esta entrevista a Santiago Montoro.

 

 

Jardín de folclore, rock y jazz: Entrevista a Santiago Montoro

Santiago-Montoro-foto-Victoria-Gimenez

Foto: Victoria Giménez

 

Cuando la entrevistadora practica cada vez más libertad y está genuinamente interesada en conocer más del entrevistado y coincide que el entrevistado es un ser muy amable y generoso con su tiempo, se corre el riesgo, para mí hermoso, de que la entrevista se parezca mucho a una conversación y con una extensión considerable. Dudo qué acto será más piadoso con ustedes, lectores, si recortarles la conversación sensiblemente, como para que puedan terminar rapidísimo de leer esta nota y puedan saltar de inmediato a leer sobre los cangrejos clonados de Groenlandia o, en cambio, compartir cada momento de esta larga conversación. Concluyo que tomaré una posición salomónica: recortaré algo pero, también, tendré en cuenta la opinión que recibí del gran Hugo Fattoruso cuando durante una entrevista le comenté que sería mejor no extendernos mucho, para que la nota fuera leída. Palabras más o menos me dijo: “En una época, si los temas musicales duraban 3 minutos y 20 segundos, te los hacían cortar. Podían durar máximo 3 minutos. Pero en algún momento se empezaron a escuchar temas de 15 minutos. Todo depende del arte que le pongas”. Les pediré que sean ustedes quienes hoy hagan un acto artístico: permítanse leer esta charla sin apuro. Es entre los renglones que se perciben los ingredientes más sabrosos.

 

Ya no grabás CDs físicos pero hiciste un álbum digital de tus canciones al que llamaste “Jardín”. ¿Cuánto hace que estás trabajando en él?

Vengo preparándolo desde hace tiempo. Tenía reservada la sala hace un año. Cuando la reservé no había grabado el álbum todavía… lo grabé enero.

¡Qué raro!

No es tan raro, porque en una sala como la Hugo Balzo te dan fecha para muy adelante, entonces tenés que hacerlo con tiempo. Pero es algo que no voy a hacer más. No voy a reservar una sala para presentar un trabajo que todavía no hice. Porque es un estrés. Es algo que he hecho muchas veces, algo que me autoimpongo, porque me ayuda tener una fecha límite. En este trabajo estoy haciendo todo yo. Desde la composición, los arreglos, grabarlo, producirlo, mezclarlo. Por suerte ahora Rafa Hofstadter está haciendo el máster y está buenísimo, porque yo ya no podía más de la subjetividad del asunto.

Entonces ahora estoy metido en un evento que se programó hace un año más o menos. Todo esto es el resultado. Todavía estoy haciendo correcciones de las mezclas, o sea que el álbum no está terminado [Nota: Esta conversación sucedió hace una semana; hoy sí está terminado]. Pienso que en el futuro voy a hacer las cosas diferentes.

Antes de adentrarnos más en Jardín, permitime preguntarte: ¿Por qué te viniste de España? Siendo músico ¿no tenés mejores posibilidades en cualquier otro país que en este?

Bueno, depende de cómo se mire. Económicamente, por supuesto. Yo me fui en el 2001 y me volví en el 2010. Me fui con mi pareja del momento, tuve una hija allá, tuve un cierto arraigo. Yo ya tenía estudio acá pero rearmé un estudio allá, toqué con mucha gente, viví de la música esos 10 años, exclusivamente, y la realidad es que fue una decisión familiar la de volver, fue más que nada una cuestión afectiva y era un buen momento porque nuestra hija tenía siete años. Después no iba a querer venir, o sea que había que hacerlo en ese momento. Y bueno, vine. En realidad acá yo vivo de la música y creo que las cosas que hago me gustan más acá que allá. El problema es que la remuneración es mucho peor acá y vivo mucho peor acá que allá. Pero musicalmente me interesa mucho más lo que hago acá. Es otra cosa. Allá yo con mi proyecto tenía una banda y tocaba habitualmente. No te digo que tocara todos los días, pero tocaba acá y allá y no tenía que andar arreando gente a los conciertos porque eso sucedía naturalmente. No era una panacea pero iba funcionando. Esa realidad acá no tiene nada que ver. Pero bueno, yo qué sé, acá tengo la posibilidad de colaborar con gente que me interesa mucho lo que hace, aprender muchísimo de ellos. Acá en el estudio tengo la posibilidad de que todo el tiempo esté viniendo gente que me copa. Eso no tiene mucho precio, la verdad. Allá también tocaba con músicos muy buenos pero es diferente.

Te he visto colaborando muchas veces con Rossana y Cheche. Cuando entrás en escena, entra una polenta impresionante con vos y tu guitarra. ¿Hay una intención consciente de agregarle polenta a ese toque o es lo que surge de ti naturalmente?

Cuando toco me gusta en lo posible entregar todo lo que pueda entregar. O sea que lo vivo con intensidad, en general, y me gusta estar haciéndolo con gusto y copado. Por eso me gusta tocar con músicos que me interesen. Yo hago lo que me sale, obviamente.

Pero he escuchado otras cosas tuyas que son mucho más dulces y menos rockeras, por eso me intriga.

No soy un músico virtuoso pero sí creo que he aprendido con el tiempo a trabajar sobre una canción tratando de darle lo que yo pienso que precisa y no adaptar la canción a lo que yo quiero hacer o lo que yo sé hacer. De alguna manera siempre pongo esa cabeza.

Hoy estuve escuchando “Carta para un fantasma” y me sorprendió justamente eso: que la canción tiene lo que necesita y nada más.

Sí, es curiosa esa canción porque no tiene nada. Lo único que tiene es la guitarra y un coro de muchas voces.

Pero con esa guitarra generaste muchas cosas. Por ejemplo las últimas notas, que acompañan la última frase de la canción, me parecieron impecables. Llevan una intención cargada de significado.

Bueno, esa canción es especial. Es una canción de amor para alguien que ya no está. Frente a un hecho que en general produce un poco de miedo.

A ti te produjo un poco de miedo, ¿no?

Sí, sobre todo porque después me vine a vivir acá [risas]. Dije: “¿Para qué le habré hecho la canción a este?” [más risas]. Pero no se quiso manifestar. Pero no, hablando en serio, fue desde un punto de confianza, de apertura, de luminosidad. Entonces lo que intenté transmitir con el arreglo fue eso, un poco ese punto de vista diferente de un hecho que habitualmente a mí me produciría una reacción diferente, digamos. Lo del coro es la parte más cómo mística, espiritual, pero el pedido es directo, es personal y es con amor.

Cuando vos definís que querés dar determinada intención, ¿ya sabés que determinados acordes o armonías van a generar eso y entonces las usás o es algo que te surge? ¿Es más mental o más directo?

Hay muchos elementos para uno poder definir eso pero yo soy muy intuitivo. Al tocar, al componer, en todo. No racionalizo demasiado las cosas sino que más bien intento generar que las cosas fluyan de una manera. Con el tiempo de tocar me he dado cuenta de que si yo genero un cierto estado, en el momento en que toco o compongo, hay algo que baja, que no sé de dónde viene, pero fluye y es maravilloso. Entonces quiero cuidar y enfocar eso. A veces se puede, a veces no. A veces es más, a veces es menos. Eso es como controlar algo mágico que no sabés cómo va a salir. Pero desde que me di cuenta de que era así, tengo mucha más seguridad. A ver, me puedo tirar al vacío tocando en un lugar y sin miedo, porque tengo confianza en que va a estar eso. Es un poco raro.

No, no. ¡Está buenísimo! En “Carta para un fantasma” hay una frase que es: “Siempre arruino todo buscándole una explicación” y en “Te alimenta” hay otra que dice “Prefiero una emoción a un pensamiento”.

Ahí va. Eso describe un poco eso.

¿Es una búsqueda personal tuya concreta?

En el caso de “Carta para un Fantasma”, sí, porque es eso de darle a la cabeza tanto y al final no llegás a profundizar ni a entender nada de lo que pasa. En el caso de “Te alimenta” es más una cuestión que si bien es un poco eso, también es una presentación de intenciones respecto a lo que pienso que pasa hoy por hoy en general en la sociedad y en todo lo que me rodea. Pienso que esa confianza en la intuición y en entender lo que uno siente, en toda la parte emocional, y saber manejar eso uno mismo, puede ser mucho más valioso en general que la racionalización. Ojo, digo que prefiero pero no digo que no debería estar. Obviamente que el pensamiento es una cosa maravillosa también. Pero la emoción es algo que viene y que uno por lo general lo maneja o lo gestiona de una manera u otra. Y en eso se derivan diferentes actitudes o formas de ser. Por poner un ejemplo, si yo siento que hay que hacer una cosa que es absurda, no es rentable, por ejemplo esto de dedicarme a la música [risas], lo hago porque lo siento, no porque lo piense. Si lo pienso, capaz que no lo hago. O capaz que lo hago igual… pero posiblemente no.

La gestión de las emociones condiciona todo lo que pasa. La relación entre las personas, contigo mismo, entender lo que te pasa. Hasta se relacionan con enfermedades físicas.

Folclore, rock y jazz. ¿Cómo viven adentro tuyo esas tres corrientes musicales?

El folclore viene de mi infancia. Porque yo nací en el campo y empecé a tocar de niño. Mi primer profesor se llamaba Adolfo Santurio, que era el guitarrista de Los Carreteros. Creo que Ayuí publicó hace poco algo de ellos. Era una agrupación folclórica de San José. Yo vivía en Progreso. Él fue mi influencia folclórica. Él me tiró mucho para adelante. Tengo que agradecerle eso. Él ya falleció. Por ejemplo, él tenía un programa de radio en Las Piedras, y no me llevaba a la radio pero me grababa tocando y cantando y me pasaba. Imaginate, yo con 7, 8 años, salía en Progreso, que era un pueblo chiquito, y todo el mundo sabía que yo salía por la radio. También organizaba kermesses y me llevaba a tocar.

Después hubo un proceso intermedio en el que yo vivía en el campo pero venía todos los días a estudiar acá, lo cual era matador; unos viajones tremendos. En esa etapa dejé de tocar la guitarra. Y después emigré a la ciudad.

Cuando retomo la guitarra, allá por el año 83, ¿por qué la retomo? Por el rock. Porque veo a gente que toca y me gusta. En ese momento me compré una guitarra eléctrica. En el 85, cuando empezó la democracia, más allá de las razias y todo eso, había una efervescencia impresionante, se tocaba por todos lados. Y ahí empecé a tocar y de ahí viene el rock en mi música. Mi actitud de ese momento era sobre todo punky. Yo no era punky porque siempre escuché de todo. Cuando empecé a tocar la guitarra eléctrica me interesaba el rock más clásico, escuchaba Led Zeppelin, Pink Floyd, todas esas cosas.

Ah, esa influencia es lo que se te oye a veces.

Sí, Pink Floyd fue, por ejemplo, un grupo de cabecera durante años. Y bueno, con el tiempo se mezclan esas cosas.

El lado jazzístico es el lado que me interesó después. Primero empecé a conocer la Bossa Nova y toda la música de Brasil, que me apasionó. En esa época no había internet pero tuve la suerte de que yo tenía un amplificador de guitarra que se lo prestaba a Pablo Notaro para ensayar los sábados. El padre tenía una colección de vinilos impresionante. Entonces yo le decía: “Vos vení a buscar el equipo pero traeme un par de vinilos” y yo me los copiaba. Y así conocí a Gilberto Gil, a Caetano, Hermeto Pascoal, Milton Nascimento, Djavan.

Fue en esa misma época que empezamos a curtir esas músicas de manera conjunta con otro músico que va a tocar justo ahora, José Luis Yabar, que es el guitarrista de Santullo actualmente. Era compañero de liceo y nos juntábamos a tocar. Había también otros compañeros de liceo que hoy también están en la música, como Marcelo el de Los Buenos Muchachos, el Topo y otros. Pero principalmente “el Jota” era el bastión. Le caíamos todos en la casa. Era el que tenía la mejor guitarra eléctrica e íbamos todos a tocar. Y el tema del jazz empezó sobre todo cuando escuché OPA. Porque escuché primero a Mateo, y me enfermé. Tendría que haberlo conocido antes pero lo conocí a los 16 o 17 años y me partió la cabeza. No podía entender. Me enfermé. Quería escuchar más. Y a partir de ahí me fui interesando por otros artistas. Conocía a Fernando Cabrera, que tocaba en ese momento, que me encantaba. También a Jaime Roos. Había muchos artistas fuera del rock estrictamente, que me interesaban. Pero cuando conocí a Mateo, ta. Por suerte lo pude ver muchas veces. Al Darno también, por suerte. Está buenísimo que eso no me quede en el debe.

Nunca me dediqué a tocar jazz. Tuve cierta preparación para hacerlo, porque tuve, por ejemplo, de profesor a Alberto Magnone, que siempre me tiró para adelante, pero yo ya estaba determinado para otro lado, para el lado de la canción. Escuché mucho jazz. Miles Davis, por ejemplo, es uno de mis artistas favoritos. Esa influencia capaz que no se nota tanto en los trabajos anteriores y creo que en este se nota un poquito más. No es ni de cerca un disco de jazz, por supuesto. Pero tiene esos tintes.

¿De chico vivías en contacto con la naturaleza?

Vivía en una chacra, en una bodega, además. Había vid. Vivía bastante solo, en el sentido que los amigos de mi edad no estaban cerca.

¿Vos sentís que la música te acerca un poquito a la naturaleza?

Sí, pienso que sí. Desde hace un tiempo tengo como una vuelta a la naturaleza. De la manera que puedo. De hecho acá arriba tengo una huerta.

¡Qué bueno! Ojo no vayas a vender semillas. Ahora hay un revuelo bárbaro con que para vender semillas tenés que cumplir con cierta reglamentación y hay varios viveros que están complicados con eso.

Sí, pero viste que las semillas de Monsanto sí se pueden vender, ¿no?

La verdad que no puedo entender qué pasa con nuestros gobiernos. Supongo que no tienen hijos, ni nietos…

Mirá, me asombran muchísimas cosas. Al final yo pienso que los políticos de alguna manera son títeres y marionetas del poder económico. Hacen lo que les digan. Y ya está. Entonces los cambios no van a venir por ahí. Lamentablemente lo veo así. ¿Qué se puede hacer? Yo creo que lo único es tratar de tener una actitud personal acorde con lo que pensás y tener la esperanza de que todo el mundo haga lo mismo a ver si cambian las cosas. Porque otra cosa no sé.

Sí, tiene que venir del individuo, que cuando sean muchos sumados…

Sí. Cuando yo digo eso me miran como diciendo que soy muy iluso, pero bueno, yo no veo otra manera.

¿Qué más podés contarme de “Jardín”?

“Jardín” es un trabajo introspectivo, muy personal, porque es la primera vez que cumplo todos esos roles en un trabajo mío. Porque siempre quería tener la seguridad y el apoyo de un Productor Artístico que lo haga conmigo. En “Vida Breve” fueron Daniel Carini y Fernando Ulivi, en “Trampolín” fue Nacho Mateu. Y acá, de alguna manera quería demostrarme varias cosas. Por eso es introspectivo. Por ejemplo, no invité a un montón de músicos que podría haber invitado, que hubiera estado buenísimo, como lo hice en “Trampolín”, pero en este álbum quería estar yo ahí; sentía la necesidad.

Y cuando invitás a muchos músicos a grabar, ¿cómo lo presentás en vivo?

Ah, bueno, los invitás a todos. A la presentación, claro, después ya no. Pero ahora es lo mismo: yo grabé más de una guitarra en casi todos los temas.

¡Ah! ¿Y cómo hacés?

Bueno, a la presentación van a ir invitados, a tocar mis guitarras, pero además las versiones van a ser diferentes. En lo esencial son lo mismo pero adapto. Porque también pienso que una grabación y un concierto son cosas diferentes. Si bien es muy válido presentar un trabajo tal cual fue grabado, me parece que no es necesario, no hay por qué. Entonces algunos temas van a quedar un poco más rockeros de lo que son en el álbum, porque no hay guitarra acústica, que había, y después hay otros que quizás queden un poco más íntimos y pasa lo contrario. Y está buenísimo, porque va a existir otra cosa.

¿El disco ya está a la venta? 

Pienso ponerlo para que se pueda escuchar unos días antes de la presentación. Y con la entrada del concierto va la descarga de regalo.

¿Podrías contarme cómo fue que te diste cuenta que una composición tuya le quedaba perfecto a un poema de Eduardo Nogareda?

Por un lado, tenía la canción compuesta y Sebastián Petruchelli, que toca el violín en esa canción, que ahora vive en España, cae acá por el estudio, es un amigo, y lo lié, digamos, usando el modismo español, para grabarla. Entonces grabamos ese tema como tema instrumental, la guitarra y el violín. Ahora otros músicos le añadieron contrabajo, batería y otras cosas. Entonces tenía esa idea guardada. Me pongo a musicalizar los poemas de Nogareda y empiezo a coparme con eso. Porque me metí y no podía parar. En realidad musicalicé casi todo ese libro, lo que pasa es que elegí cinco. En principio pensé que quizás hacía dos álbumes pero después elegí y seleccioné. De repente, no sé cómo fue, me di cuenta. Es curioso, sí. Me sentí muy bien musicalizando esos textos. No tuve que modificar nada. Nogareda me decía que otras personas por lo general le pedían alguna licencia para modificar alguna cosa. Yo no cambié nada. Algunas cosas se las cambié sin querer pero porque me iba acordando de la letra de memoria y con el tiempo la iba deformando.

¿Sos de leer poesía?

No soy un lector súper ávido que se pasa el día leyendo. Me encanta leer pero no leo demasiado. Me encanta la poesía pero tampoco tengo un conocimiento literario de poesía muy amplio.

¿Qué se te dio?

Porque es un amigo y me interesa mucho lo que hace. He trabajado con él. En España toqué con él en un espectáculo que tenía y hay una relación afectiva. Es como el abuelo de mi hija en España, una cosa así. Por ahí viene el conocimiento de su obra.

Vos sabés que yo uso mucho ese ejercicio de musicalizar a nivel docente. Nunca lo había hecho para algo que yo fuera a publicar.

El proceso de composición mía en general tiene una parte que para mí es muy fácil, fluye muy bien, que es la parte musical. Y una parte que me torturo, me cuestiono todo, tiro y voy para atrás y para adelante, que es la parte letrística. Porque soy muy inseguro con eso, porque no estoy formado para escribir. Siento más legitimado el yo mostrar algo musical. Y de hecho, mal o bien, no estoy incómodo con las cosas que he escrito. Pero musicalizar los textos de Eduardo, además de que están muy bien escritos, fue muy liberador. Viste que en la creación, cuando acotás uno de los aspectos, definís una línea mucho más rápido que si tenés todo el universo y no sabés por dónde ir.

Y además la poesía tiene música, ¿no?

Sí. Yo en algunos casos aproveché esa musicalidad. En otros casos la rompí. Y creo que cualquiera de las dos cosas fueron interesantes.

Yo presenté estas músicas en la Felisberto el año pasado. Eran los temas compuestos, todavía muy en pañales, porque todavía no había empezado a grabar el álbum, ni yo sabía que iba a hacer el álbum. Y por ejemplo hubo un tema que no le gustó a él y era porque yo no había captado la intención de lo que quería decir. Por supuesto que ese tema no lo incluí.

Qué interesante debe de ser que te musicalicen tus textos, ¿no?

Sí, y en este caso él me decía que a él en general le musicalizan sus textos músicos más del folclore. Y aquí hay mucha cosa experimental también. Por ejemplo el tema “Pregunta” es un tema que está en 11. Muchos temas tienen estructuras rítmicas raras.

¿Y por qué quedó en 11? ¿Por la letra?

Porque yo soy medio enfermo con esas cosas. Me encanta. Ese es el tema que era instrumental antes. Hay temas en 5, en 7, en 11.

¿Es por experimentar?

Sí, siempre fui de experimentar con ritmos no convencionales o con claves rítmicas no convencionales. Es una investigación que me hace feliz, simplemente.

¿Pero es mental o emocional?

Creo que es las dos cosas. Yo suelo estar en la búsqueda de algo original y suelo ir por ese lado porque me encanta. Estoy todo el día haciendo percusión en todo. Los que están al lado mío me odian en ese aspecto. Entonces también diariamente estoy jugando con esas cosas. Para mí es un juego. En “Trampolín” pasa también, aunque no tanto. La canción “Trampolín”, por ejemplo, es un juego métrico entre compases de 2 y de 3, subdivididos de distintas maneras, y estructuras que son muy raras. En realidad me odian después cuando hay que tocarlo.

Bueno, pero tocás con Cheche así que no tenés ningún problema.

No, Cheche es un genio. Y con Nino y con Nacho, con cualquiera de ellos, que son unos cracks. Gracias a que cuento con ellos es que puedo tocar esos temas.

 

La presentación del álbum digital “Jardín”, de Santiago Montoro, será el martes 24 de octubre en la Sala Hugo Balzo. Las entradas se venden en Tickantel y en la Boletería de la sala. Lo mágico de estas instancias musicales es que no hay dos iguales. Ni siquiera cuando tocan los mismos músicos y tocan las mismas canciones.

 

 

 

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Rossana Taddei: ReUnión. Treinta años de música.

Entró Rossana Taddei al escenario, sola con su guitarra, y al sonar la primera nota comenzaron unos de los aplausos más largos que he oído al comienzo de un show. Treinta y cinco segundos de aplausos sostenidos son muestra de que el público que llenó El Solís la aprecia mucho.

La iluminación fue intimista toda la noche. Un escenario casi a media luz nos mantuvo muy atentos a cada sonido que partía desde ahí.

Rossana Taddei

Como les decía, el show arrancó con Rossana sola. Ya desde el comienzo cantó toda una canción haciendo magia con unas luces verdes que movía y hacía desaparecer a la vez que cantaba con una voz super dulce. Rossana para mí representa la conjunción perfecta entre una mujer muy bien plantada en el mundo y una niña traviesa y divertida.

Luego se fueron agregando los diferentes músicos que la fueron acompañando en formato de dúo, trío, cuarteto, quinteto y sexteto: Gustavo Etchenique, Herman Klang, Alejandro Moya, Santiago Montoro y Alejandro “cubano” Reyes.

Como suele hacer, Rossana invitó en varias oportunidades a que participáramos en la creación de sus canciones. La primera invitación fue a chasquear los dedos y crear el sonido de una lluvia de domingo, apasiguada. El resultado del tema “Llueve” fue realmente bonito.

Entre canciones nos regaló, como nos tiene acostumbrados, sus anécdotas disparatadas y alegres, que le dan un dinamismo bien interesante al show.

Fue escuchando “Luz que llega” que me impresionó algo que me sorprendería todo el resto de la noche: Ella canta con total comodidad cualquier tipo de nota a la vez que toca (cada vez mejor) la guitarra. Al mismo tiempo, levanta pierna derecha, levanta pierna izquierda, levanta hombro izquierdo, etc. como señales para que el público produzca sus partes previamente establecidas (por ej., caballos, vacas, gaviotas). Y en otras canciones pone y saca cosas de su baúl mágico, tira papelitos picados, le tira burbujas a Cheché, toca una corneta, toca un timbre, silba como los dioses, etcétera, etcétera. Y está atenta a que si el músico que tenía que entrar está enchufado, o si tiene que presentar a otro… es un disparate de despliegue de gestión, arte, creatividad, musicalidad y humor que hipnotiza.

 

Rossana y Gustavo

 

burbujas

El viaje musical abarcó una cantidad enorme de ritmos y estilos. Hablando desde una perspectiva más cerebral, es admirable el dominio de ritmos tan variados y que todos le suenen tan pero tan hechos a su medida. Hablando desde mi perspectiva completamente personal, cuando el viaje hacía escala en el rock and roll, me resultó monumental. Creo que la primera escala de ese tipo fue con el tema “Prímulas rubias”. No sé por qué diablos ese tema me tocó tanto. Quizás por la anécdota que contó Rossana antes sobre esa canción… no lo sé, pero terminé lagrimeando.

Al sonar “Imposibles” (de Fernando Cabrera), lo que se siente por encima de todo es la libertad extraordinaria que despliega Rossana cantando, en todo: las notas (agudas y graves), los ritmos, las velocidades y los efectos especiales que va metiendo mientras tanto, como ser trompetas cantadas, shakers producidos con la boca y más. Eran otra vez Rossana y Cheche, solos los dos, sonando como si fueran una banda gigante.

La esperanza y la alegría que me llegan a través del tema “Uruguay/Lo dedo negro” son algo impresionante, así como el deleite de escuchar la percusión candombera por parte de Gustavo Etchenique, tan impecable, tan sentida y tan musical. Bien dicen los bateristas que Gustavo tiene un reloj en la cabeza. Qué gustazo fue tener la oportunidad de escuchar unos compases de Gustavo solo, tanto en este tema como al comienzo del siguiente. Él toca y al público se le moviliza todo.

Pero no fue solo Gustavo el que impactó. Cada uno de los otros músicos aportó algo archipersonal a los temas en los que participaron: Alejandro Moya se lució con su bajo toda la noche. Fue un placer escucharlo contribuir como lo hizo a ese todo mágico que fue este show. Tremendo ritmo y muy buen sonido. Herman Klang, desde el teclado, aportó notas magníficas que generaron en más de una ocasión un clima atrapante. Santiago Montoro siempre me llama mucho la atención tocando con Rossana porque lo que él toca le da una polenta estupenda pero con gran personalidad musical. Anoche, además, colaboró con unos coros geniales en un par de temas. La voz de él con la de Rossana queda buenísima. Y el aporte de Alejandro “cubano” Reyes es monumental por donde se lo mire, o mejor dicho, se lo escuche: rock and roll a tope y con un buen gusto sublime. Desde acá me saco el sombrero porque todos los músicos se pasaron anoche. Temas como “La Celestina” fueron fantásticos, donde a pesar de haber mucha nota de varios músicos, cada una tenía su razón de ser, su lugar, su magia.

Alejandro “cubano” Reyes, Santiago Montoro y Alejandro Moya.

 

Herman Klang

La ruta polifacética recorrió temas de los diferentes discos y etapas y nos mantuvo a todos atentísimos todo el tiempo. En mi opinión, la experiencia de treinta años de música quedan evidenciados en dos aspectos: la soltura y libertad de la que hablé más arriba para jugar con las notas que se le antoja y con toda la parafernalia extramusical y por otro lado la sabiduría de elegir solamente los sonidos y notas que realmente aportan a la música y ni uno más. Eso es algo que suele no suceder en los comienzos de la carrera de un artista y que hacen una gran diferencia en el efecto general de un toque.

Su musicalización de poemas me resulta una genialidad importante. Los poemas de Humberto Megget transformados en canciones, por ejemplo, son brillantes. Es muy misterioso que ella juega con sus sonidos extraños y una los recibe como una sucesión lógica de acontecimientos musicales. La guitarra de “cubano” Reyes en “Legión de girasoles” fue algo de alquilar balcones. Si recuerdo bien, fue en ese tema que Rossana se acostó en el piso a gozarse con esas notas. Fue un deleite.

Estuvo presente Teresa, claro. Acompañada por Herman, Rossana cantó tremenda canción lírica a la vez que manejaba al títere. Son esas cosas suyas que te dejan helada.

Más adelante sucedió algo hermoso: desde el público, con un micrófono que alguien le acercó, su mamá cantó con ella el tango Cambalache. Fa. ¡Qué preciosa la voz de su mamá! ¡Muy bueno estuvo eso! Me dieron ganas de un día verlas juntas en el escenario.

Pocos temas después Rossana y sus músicos se despidieron diciendo que nos esperan encontrar el 4 y 5 de setiembre en el Tartamudo. Así que ya saben… si alguien se perdió este show, puede ir agendando, cosa que de corazón le recomiendo. Rossana es una artista como pocas y tiene la buena costumbre de estar acompañada por músicos excelentes. Todo en sus shows es disfrutable, todo.

Esta crónica fue escrita para Cooltivarte.com, a quienes les agradezco la confianza que depositan en mí para narrar las maravillas musicales que pasan en esta ciudad.

Todas las fotos que aparecen en esta crónica son de Ivonne Morales (Jáibon Fotografía).