Entrevista a Popo Romano

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La música de Popo Romano ha sido gran compañía en varias etapas de mi vida y es de los músicos a los que más veces he ido a escuchar en vivo. Por esta razón cuando supe que se abría la oportunidad para entrevistarlo sentí que se me abría una ventana muy grande: la posibilidad de conocer un poco más sobre el ser que compone y toca músicas que me emocionan tanto. Los invito a ustedes a mirar a través de esta ventana de palabras y luego, sin duda alguna, los animo a que vayan a ver “En Esencia”, el 21 de octubre, en la Sala Hugo Balzo. No ha habido un solo toque de Popo Romano en el que no me haya emocionado muchísimo. Poder verlo en vivo es uno de los privilegios que tenemos los montevideanos que vivimos en este tiempo.

 

Te he oído contar cómo de jovencito te encerrabas a oscuras a escuchar música y viajabas con eso. ¿Qué condimento le agrega a tu viaje el tocar en vivo?

Me gusta tocar; amo tocar. Y es como compartir una película que te gustó ver. Creo que debe de ser muy aburrido ir al cine solo, ver algo bueno y no tener a quién codear, a quién hacerle una guiñada o un comentario. Una película o un concierto… lo que sea. Tocar para mí es un día de fiesta. Es como compartir ese viaje muy íntimo con todos, con la gente de escenario, con el iluminador, el sonidista, con el público y con los músicos. Es hacerlos partícipes de algo que yo disfruto mucho y de comprometerlos a vivirlo de una forma más abierta pero muy íntima también. Porque la condición que implica un concierto, independientemente de la cantidad de gente que haya, siempre tiene esa cuota de sacar los pañales al sol.

Cuando vos te ponés a componer un tema muy íntimo, ¿calculás si a ese tema lo vas a mostrar?

En realidad no. Cuando estoy haciendo eso no tengo mucha conciencia de lo que está pasando. Donde vivo tengo todas las herramientas para que cerca de mi mano, y sin mucha complicación, yo pueda estar prendiendo un grabador o tomando un instrumento.

Como para poner un ejemplo de algo más cotidiano, es como cuando nos levantamos y decimos “algo va a pasar hoy” y no sabemos bien qué. Es un estado en el cual yo disfruto mucho estar y donde las personas que conviven conmigo han aprendido a respetarlo, porque es mi vida y lo necesito. Puedo pasar un par de días sin eso pero inmediatamente algo sucede que necesito irme a ese lugar. Mis hijas, de chiquititas, tenían muy claro que a veces el padre estaba físicamente ahí sentado pero no estaba. No podían llamarme fuerte. Ellas venían, me observaban y tenían que llamarme muy suave. Era como despertarme de un sueño profundo. Siendo chiquititas habían aprendido a ver el botón rojo del “rec” prendido. Si estaba prendido, tenía que venirse la casa abajo para interrumpir.

Y después me tengo que aprender lo que grabé. Tengo que escuchar y volver a sacarlo. Viste que hay muchos comentarios de lo que es la “toma cero”, que por ejemplo Jaime habla mucho de Hugo. En mi caso, cuando me invitan a grabar yo también valoro mucho la primera pasada de la música, pues ahí hay un estado muy natural, en lo que tiene que ver con la interpretación o la improvisación, o el arreglo, dependiendo de lo que uno tenga que hacer. Porque después uno se aprende a sí mismo, se repite. La toma cero está cargada de una cantidad de afecto, emoción, rabia, tristeza, todo. Después de que vos pasaste varias veces eso empieza a decantar. Puede estar buenísimo, ser calificado altísimo analíticamente pero emocionalmente a mí no me cuelga tanto. Hasta la propia imperfección de lo que produce eso está bueno. Tengo que aprenderme las cosas y eso produce otro resultado. Y después juntarme con los colegas y pasarles las músicas que quiero tocar en vivo es otro delay, otro tiempo de lo que fue ese estado. Afortunadamente cada una de las veces vuelvo a revivir parte de ese estado emocional, o cuando estoy solo, tocando para mí nomás. Está buenísimo que eso pase.

Cuando estás en tu casa, ¿te ponés a tocar temas viejos tuyos?

Ahora tengo menos tiempo del que desearía tener para dedicarle a tocar, pero sí. Y toco como cuando toco en el escenario: toco lo que tengo ganas. Y no es irrespetuoso, sino muy natural. Nunca tengo muy definido el repertorio. Tocando solo se ha potenciado esa característica, porque me tengo que poner de acuerdo conmigo mismo y es mucho más fácil. Me subo al escenario y mi cabeza o mi estado dice: “vamos para acá”. Y voy para ahí.

¿Esas decisiones pueden tener algo que ver con lo que recibís del público?

Tienen mucho que ver, sí. La meditación es un ejercicio que uno puede practicar en el ómnibus o caminando por 18 de Julio en una manifestación rodeado de muchas personas. Vos sí que te metés en ti mismo pero seguro que somos seres sociables, por más huraños que pretendamos ser. Todo el entorno nos contamina para bien o para mal. Entonces el estado en el que esté la gente que esté escuchando influye.

La faceta jazzera promueve la invitación a ir a tocar en lugares donde la gente está comiendo, por ejemplo. Toco muy poco en lo que puede ser restaurantes. No es que lo haya dejado del todo pero lo hago menos. Porque se producen dos situaciones. Una es el hecho de que yo esté mostrando mi trabajo y lo que implica si recibo el silencio de quien está en ese lugar, comiendo con unos amigos. Eso potencia mi concentración. De la misma forma que si alguien está hablando potencia otra cosa. No la incomodidad de que esa persona esté hablando sino que yo me siento incómodo de que estoy molestando a alguien que está en otro viaje distinto al mío. Eso me afecta también. Intento hacer este ejercicio de meditar en el ómnibus, meterme en mí y no hacer mucho caso de lo que sucede afuera porque eso me contamina emocionalmente para abajo.

Toqué la semana pasada en un lugar así y dentro de lo que es el jazz hubo mucha atención. La gente aplaudía los solos, los temas. Pero había un sector mínimo donde la gente obviamente estaba en otra. Y sí, con el tiempo adquirís herramientas de seducción para conquistar. Y se produce pero no deja de ser una distracción de lo que sería tu propio viaje si no tuvieras que focalizarte en intentar conquistar a esas personas con tu trabajo. ¿Sabés lo que hago? Toco bien bajito. En lugar de subir el volumen, empiezo a bajar, a meterme más en mí. Y produce un efecto interesante. Porque se escuchan mucho hablando y hacen que presten atención a lo que está sucediendo. Pero me gusta mucho más tocar en salas donde el público va expresamente a escuchar esa propuesta.

Tengo una anécdota divertida. Fuimos a tocar jazz a un evento. Que el jazz se presta más para que la gente esté comiendo, charlando. Que la música sea el recibimiento de una fiesta. Esa música, el jazz, tiene esa característica, que funciona como música de película. La película está y los tipos están tocando. Nos contrataron para un evento muy importante en Las Cumbres, el hotel en la sierra. Y estaba de invitado Danilo Astori, un individuo melómano. Yo lo conozco a Danilo desde cuando tocaba con Jaime de ir él a saludar a los músicos al camerino, con una cultura musical y general muy grande. No me acuerdo si en ese entonces era ministro. Y ¿qué pasó? Era una cena. No era un concierto. Cuando él ve que estoy yendo yo al escenario, se para, me saluda y en vez de sentarse en su mesa se puso de espalda a la mesa y de frente al escenario. La nuestra era una música funcional, no era un concierto. Entonces los mozos quedaron desconcertados. Mientras yo tocaba y veía a Danilo escuchándonos con toda atención, había un alboroto con los mozos, porque no sabían si servir o no [risas]. Tocamos 30 o 40 minutos, Danilo aplaudía todos los temas y eso contagió a los demás. Estuvo divino. Cuando terminamos de tocar, él se puso en su lugar, y ahí los mozos corrieron para servir la cena. En el segundo set ya sabían, entonces vinieron a decirme: “Popo, esperá, todavía no empieces que todavía están comiendo”. Eso habla de lo que significa la música, a nivel general, según el lugar donde lo estés haciendo.

Por mi actividad me encuentro con gente que me dice que grabó un disco y me lo da para que lo escuche. Les aclaro “mirá que no soy crítico de música”. Y me dicen “Bueno, pero me gustaría tener tu opinión”. Y entonces les aviso: “Bueno, tené paciencia porque yo lo voy a escuchar el día y en el momento en que tenga tiempo para dedicarle atención a lo que vos me estás dando. Entonces cuando escucho música, yo escucho música. No hago otra cosa. Y tiene que ver con el estado mío aquel, al que vos hacías referencia. Silencio, música, y me voy del planeta. Y así escucho también las cosas que me traen. Pero tienen que esperar.

¿Cuántos años de carrera musical estás celebrando?

Cuarenta y cinco.

En esta etapa, luego de tantos años, ¿hay más búsqueda o más hallazgo?

Yo no busco nada con la música. Sí he encontrado. Al día de hoy creo que la sensación que tengo es la misma que cuando tenía 10 años. Lo que me producía, esa energía que se mueve por el aire, que son los sonidos. Sinceramente no busco nada. Estoy bien, quizás por ahí va la búsqueda.  Yo me sigo poniendo nervioso antes de un concierto. Un nervio lindo, ¿no? De alerta, de atención. Que además me gusta que suceda, porque me confirma que todavía tengo ganas, que todavía está en mí una cuota de preocupación de querer tener una buena performance. El día que yo no sienta ese nervio me cuestionaré si estoy para subir a un escenario. De la misma forma que tengo la manía de grabar el concierto entero con cámara fija, y luego de que se termina, me siento a verlo. Es la evaluación única que hago del concierto desde la perspectiva afuera de mí. Viste que nosotros podemos ejercitar eso, tener la fantasía o la capacidad de salir de uno y mirarte de afuera. Y ahí vos analizás las cosas de otra perspectiva, en todo sentido en la vida. Es bastante más sencillo darle un consejo a un amigo o a un alumno que a vos mismo. Cuando salís, ahí sí, ya es otro ese y podés decirte cosas a vos mismo. Miro el concierto, todavía tengo la adrenalina de haberme bajado del escenario y entonces me doy cuenta: “pah, esto sí y esto no”. Y punto. Después no lo veo más; no lo escucho más. Pero espero no sentirme cómodo ni seguro.

A mí me encanta encontrarme defectos y considero que está bueno porque me muestra que todavía tengo mucho más para seguir creciendo. No sé si crecí mucho o poco, pero espero nunca escuchar algo tocado por mí y pensar: “fa, qué bueno que está esto; me toqué todo”. Hay como dos tipos ahí. Yo estoy buscando si algo me emociona y si puedo llegar al estado ese y está el otro, el analítico en mí que dice por qué me metí por este lado si podía haber ido por el otro. O, por ejemplo, si estoy pisando muy fuerte.

La dulzura con la que vos tocás las cuerdas del bajo ¿es una decisión consciente o sucede porque las amás? Porque las cuerdas del bajo precisan de cierta presión para sonar pero uno te ve y siente que es todo muy suave y con dulzura.

Hay una cosa física que te la da las horas de estudio y el entrenamiento. Eso te hace mucho más amigo del instrumento en lo que tiene que ver con lo concreto, la fuerza que implica apretar esas cuerdas y que suenen. Sin duda que los años y el tiempo que vos estás con el instrumento en la mano ayudan. Cuando yo era niño mi padre trabajaba en televisión y entonces en casa había aparatos, por ejemplo grabadores a cinta, a cassette (¡mirá lo que te estoy diciendo!), muy vanguardistas. Y yo grababa los ensayos cuando tocaba con la banda. Una de las primeras cosas que yo recuerdo de niño es haber grabado algo que estábamos zapando y haberme quedado colgado con una frase de bajo que había tocado yo y repetirla muchas veces preguntándome qué pasaba ahí, por qué esa frase de bajo a mí me producía ese efecto. Y trataba de copiarlo tocando lo que había hecho antes y no podía conseguirlo. Tu pregunta iba por…

Uno te ve tocando muy dulce un instrumento que es un poco percutivo también pero que vos tocás con gran suavidad.

Pero mirá que también piso fuerte a veces. No sé… es muy difícil hablar de uno mismo. Lo agradezco porque lo siento como un elogio. Pero bueno, si bien yo estoy con un bajo en la mano, yo no toco la función clásica de un bajista. Por eso es que en las bandas hay otro bajo que cumple esa función. Y el bajo, sobre todo el de seis cuerdas, se mueve en un registro muy similar al de la voz humana y yo me muevo en una parte melódica en la que el instrumento o yo estaría cantando. Yo creo que lo que vos visualizás es una vida con ese instrumento.  Es una parte de mi cuerpo.

Si un extranjero te preguntara cómo es la música uruguaya, ¿qué le dirías?

La música uruguaya implica un espectro amplísimo, pero lo que está al día de hoy más reconocido, que es el candombe, la murga y el tango, nos identifica. Eso es lo que le impresiona a la gente que viene de afuera. Todavía nos falta muchísimo más reconocer las cualidades y hermosura de lo que aquí se hace. Porque es una característica del uruguayo decir “No, qué va a tocar si se toma el ómnibus en la esquina de casa”. ¿Y el candombe? “No, pero si se tocan los tambores ahí en el Barrio Sur”. Hasta que de afuera se ganan premios, o Jorge se gana un Oscar, o los NTVG y El Cuarteto de Nos reciben ese reconocimiento en el exterior.  Tocar bien cualquier instrumento requiere de mucho esfuerzo. Por más que ves tocar a Hugo y parece que no les da ningún trabajo hacerlo, pero hay una vida con ese instrumento. No hay una conciencia muy grande del esfuerzo que eso implica. Y sí, tocar bien jazz, Debussy, Mozart, Bach, una plena, una vidalita, una milonga implica un esfuerzo.  Pero frente a eso, ¿dónde nos destacamos nosotros? En la originalidad de esa combinación de sonidos, en la particularidad que tiene frente a otras propuestas. A mí me ha pasado de salir de gira con Rada o con Jaime, o de ir a Europa y tocar algo que aquí tocamos todos los días y gente, público o músicos muy salados para mí, quedar maravillados. ¿Por qué? Porque acá se toca de una forma que no se toca en otros lados. Te dije que eso ha cambiado pero si pudiéramos potenciar todavía más esa cualidad que tenemos… Porque el planeta es enorme y está lleno de músicas. Por eso es una bendición que en este país tan chiquito donde nosotros vivimos además haya estilos que nos identifican perfecto. Por más que después tengamos que estar compartiendo cosas porque tenemos hermanos grandes, poderosos, que se mimetizan de las cosas buenas, afortunadamente, y muchas veces se adueñan. Pero eso es de aquí. Es divino. Entonces a cualquier extranjero le puedo decir que vaya a Las Llamadas, o si es verano, al Teatro de Verano, o a una Milonga.

Cuando alguien desconocido viene y te dice que le gusta tu música, ¿para vos es menos desconocido o no?

Sin duda que sí. A través de los sonidos yo estoy hablando con el corazón, expresando cosas que siento muy profundo. Claro, vos me hacés esta pregunta y yo digo “claro, si hay un individuo que escuchando eso se identifica o gusta de eso que está pasando, está gustando de algo que sale muy de adentro mío, ¿no?” Yo tendría que hacer como una regresión muy grande en toda mi vida y tratar de buscar algún hecho en el que me haya encontrado con alguien que se haya aproximado a mí por la música y que yo no haya tenido feeling… por la contraria, ¿no?

¿A vos te pasa que escuchando la música hecha por alguien te parece que un poco lo conocés a ese músico?

Mirá, lo primero que se me viene a la mente es la música de Jaco Pastorius. Cuando se murió yo estaba muy enojado con él. Porque lo matan muy joven y yo decía: “¿Cómo puede ser? Un individuo que toca así, con ese talento, con ese don, que haya desperdiciado su futuro, su vida, todo lo que nos podría haber dado si no hubiese pasado eso”. Y en mí, algo muy personal, lo perdoné cuando me enteré que tenía una patología. Ahí sentí que yo había sido muy injusto. Y me pregunto, ¿yo habría sido amigo de Jaco? Sé que conocí al hijo y que en un disco sacado por Neil Weiss hay un tema en el que toco yo y en otro toca el hijo de Jaco. Y el gurí es divino… No sé, a mí me gusta Miles Davis y he leído cosas de él que no me copan mucho. Es reflexiva la pregunta. No sé si todos. Al menos en ese tipo de lenguaje sí hay afinidad.

Cuando tocás con Miguel, ¿qué sentís que aporta a tu música?

Nos peleamos pila.

Sé que se pelean pila [Risas]. Pero imagino que por algo le decís que toque contigo.

Hay una sincronía con Miguel única. Nos sabemos todo los dos. Miguel es un año y medio menor que yo. Entonces, obviamente, nos criamos juntos. Ahora últimamente ya no nos estamos peleando [más risas]. En el escenario, en lo que tiene que ver con la música, él es el batero. Y es al tipo al que convoco primero. Si en la banda no está Miguel es porque Miguel no puede, no porque yo no lo haya llamado.

Creo recordar una Zitarrosa en la que Miguel metió palo a lo loco y vos ponías cara de que se le había ido la mano.

Dentro de lo que tiene que ver con esto que hablamos de las peleas, tenemos peleas como cualquier hermano, pero en lo musical tuve mucho debate con Miguel en lo que era la dinámica y el volumen. Aquel atorrante se pone algodones en los oídos desde hace pila, cuidándose los oídos, y después pide monitoreo fuertísimo y nos mata a palos. Entonces yo le decía: “Vo, ¡sacate los algodones de los oídos; nos estás matando a palos!”. Con todo el amor, ¿viste? Así. Pero en la última Zitarrosa, del año pasado, yo le pedí lo contrario: “Vo, loco, quiero que repartas, que toques fuerte. Y cuando hicimos la prueba de sonido le decía: “No, Miguel. Más fuerte, repartí, repartí”.  Pero bueno, en mi trabajo manejo mucho las dinámicas. La batería es un instrumento con un volumen natural fuerte. Hay individuos que tienen muchas cualidades rítmicas y todo pero de repente tocan a un volumen muy parejo y yo necesito dinámicas.

Miguel suele tener que leer mucho con los demás músicos que toca. Me imagino que cuando toca contigo debe de disfrutar no tener que leer.

Tocamos juntos la semana pasada y pasamos fantástico, divino. Y él me conoce. Conoce todo mi repertorio pero me conoce a mí. Puedo estar tocando algo nuevo que él ve mi cara, mi postura o mi gesto y ya sabe, telepáticamente.

¿Y Julieta qué le aporta a tu música?

¿Tenés tiempo? [Risas]. Yo empiezo a hablar de Juli y… cuando veo que la gente ya empezó a mirar para otro lado o a bostezar tengo que parar. Mirá, Juli hoy está tocando mucho guitarra. Empezó tocando percusión; sigue siendo bajista. Y ahora arrancó a aprenderse mis temas, pero no para ser parte del concierto, que ha sido ya, como bajista, sino que me pide las cosas como las toco yo. Cuando hablábamos de identidad y hablábamos de búsqueda, de repente es eso lo que me seduce. No cuando veo un bajista que puedo calificarlo como impresionante porque tira fuegos artificiales. Lo que más me seduce es cuando veo a alguien que toca algo que no lo vi en otro lado. Creo que de la forma que yo compongo con el bajo tiene una particularidad, al punto que uno de los mejores elogios que puedo recibir es que alguien me diga: “Escuché el disco de fulano, ¿vos sos el que tocás el bajo?”, sin haber leído la ficha técnica. Y puede sonar un poco pillado pero con objetividad te digo que sé que la manera en que yo hago las inversiones, cuando no estoy como bajista, cuando estoy haciendo acordes, la manera que tengo de invertir y de mover mis dedos, tanto la mano izquierda como la derecha, tiene esa cuota de originalidad. Y cuando toca Juli toca igual que yo. Y no hay un esfuerzo de mi lado. Yo jamás le pasé nada. Es ella que me pregunta y yo veo su atención y su aspiradora prendida. Después ella se va y labura sola, y me manda las filmaciones de lo que está haciendo.

Hace bien poquito tocamos en la Plaza de los Olímpicos, en Malvín. Reflotamos ese dúo Juli y Popo. Y tocamos muchos temas a dúo pero donde no era la función que yo hago habitualmente cuando toco con el grupo y Juli haciendo lo que ella hace cuando toca como bajista. No, era Juli haciendo lo que yo hacía. Es más, ella me sacó mi bajo de seis cuerdas y yo me llevé uno de cinco cuerdas con la misma afinación. Y me impresiona eso… Hay una emoción que tiene que ver con la inmortalidad. Somos finitos. Nuestros trabajos pueden perdurar un mes, dos meses, o nada. Con Juli tenemos, sin dudas, un amor incondicional gigantesco el uno del otro pero me emociona que ella está tocando esas cosas que no sé si alguien más se va a tomar el trabajo de estudiarlas y analizarlas e interpretarlas así. Ahora está pasando esto. Cumplí 60 años y me aporta ver reflejado en un ser que adoro esa cosa de “bueno, al menos cuando yo palme, va a haber alguien que va a seguir tocando esas cosas de la misma forma que yo”. La emoción que me produce es muy grande.

***

Como decía al comienzo de esta nota, Popo Romano se presentará el 21 de octubre a las 21 horas en la Sala Hugo Balzo del Auditorio Nacional del Sodre. El espectáculo se llama “En Esencia”. Las entradas se venden en Tickantel y atentos que hay descuentos para anticipadas y otros beneficios.

Foto de portada: cortesía de la producción.

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Entrevista a Sebastián Caldas y Antyram

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En un sábado soleado e hiperventoso —hace un tiempo que los vientos y Montevideo se atraen— nos encontramos con Sebastián Caldas, Andrés Montaldo y Diego Fernández para conocerlos un poco más, en vistas al toque de este jueves 13 de abril.

Sebastián Caldas y Antyram se presentarán en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís, a las 21 horas. Las entradas se pueden comprar en Tickantel o en la boletería del teatro.

Sebastián Caldas es un músico uruguayo, guitarrista de formación fundamentalmente clásica, que hace años vive en Suecia, que viaja con cierta frecuencia a estas latitudes.

Antyram está integrado por Popo Romano (tiple), Andrés Montaldo (contrabajo) y Diego Fernández (guitarra). Para esta presentación se unirá también a la formación Ismael Bértola (percusión).

¿Cómo conociste a Popo Romano?

Sebastián: Este caballero [Andrés Montaldo] es mi primo segundo. Nos pusimos en contacto por Facebook. La verdad es que yo no sabía que Andrés había estudiado música. Hacía mil años que no nos veíamos. Yo me fui primero para Suecia y después para España y perdimos contacto. Luego, cuando nos contactamos él venía estudiando con Popo Romano y me contó del proyecto Antyram, con quienes venían tocando hacía unos años. Y por ahí salió la propuesta de hacer algo conjuntamente. Yo ya había trabajado con Ismael Bértola y Fernanda Bértola, de Latasónica, haciendo un proyecto que llamamos “Moviendo horizontes”, en el que aproximamos la guitarra clásica a la percusión montevideana, latinoamericana. Esto va a incluir un paso más, que es la improvisación. Mi experiencia en improvisación fue en los grupos de rock que tuve cuando fui adolescente, también estudié improvisación en el conservatorio en el País Vasco pero nunca lo apliqué en un concierto. Por lo cual la colaboración con Antyram busca llevar la improvisación a la guitarra clásica y viceversa, aproximar mis piezas a Antyram.

¿Qué te pareció interesante de las obras de Antyram?

Sebastián: Me gusta el ambiente que crean y el sonido. Me gusta la aparente sencillez pero que a la vez no es tan sencillo crear el ambiente que crean ellos, realmente con melodías muy interesantes y una armonía no siempre evidente. Y a la vez es un lenguaje tonal, con lo cual es más sencillo aproximarse a la improvisación que lo que sería, por ej., improvisar música que modula muy seguido, que sería un paso muy grande para mí. Entonces, por un lado el repertorio es interesante y por otro, es posible para mí.

¿Cómo se dio tu aproximación a la improvisación?

Sebastián: En la carrera que hice en el Centro Superior de Música del País Vasco hay dos años de materia obligatoria de improvisación pero con lenguaje clásico. Y es una tradición que no se conoce mucho, pero en la música clásica siempre ha habido buenos improvisadores. Nosotros estudiamos improvisación con Löic Mallié, discípulo de Olivier Messiaen. Mallié continúa la tradición del órgano, que siempre ha tenido grandes improvisadores… Bach era un gran improvisador también. Creo que es un fenómeno del Romanticismo fijarse más en la partitura y no desarrollar tanto la habilidad de improvisar, también por el virtuosismo que implicó el Romanticismo, que se centraba mucho en la ejecución perfecta de las obras y del estilo.

¿De qué estilo son las piezas que vos componés?

Sebastián: “Es una buena pregunta” —dice y lo mira a Andrés, animándolo a que él responda.

Andrés: El lenguaje es bien clásico. Pero es una fusión interesante, porque Sebastián agarra músicas populares, que no tienen por qué ser siempre uruguayas o suecas. Si bien tiene candombes, etc., pero les da ese color de su formación que los hace muy distintos. Si les das un candombe de Sebastián a alguien del Barrio Sur, no va a saber qué hacer. Ya su música es muy interesante y creo que eso lo hace más abierto a proyectos colaborativos. Porque si fuera simplemente un guitarrista clásico que solamente ejecuta perfectamente piezas que otros escriben, sería bastante más difícil trabajar con él y para él trabajar con nosotros.

Cuando tocás una pieza netamente clásica ¿en qué parte del cuerpo sentís esa música principalmente?

Sebastián: Es muy interesante la pregunta pero yo creo que es diferente en cada interpretación. La psicología de la interpretación en público es todo un mundo. Dependiendo de cómo te prepares y cómo lo afrontes, vas a tener una experiencia u otra. Y te podés entrenar para miles de variantes diferentes. Ha sido todo un proceso. Cuando empecé era muy muscular la cosa, de memoria muscular, y de evadirse. Hoy en día es más entrar en estado meditativo, de relajación, y luego ir como un halcón mirando hacia dónde voy y tratar de armar esa cosa que uno va armando. Eso es lo interesante, el arte del tiempo. Según lo que hiciste antes, armás lo que viene. Es en la mente y en los dedos. El ritmo dicen que se siente en las vísceras, en el estómago. Para mí es ir rearmando ese castillo, ver lo que toqué recién y ahí es donde yo siempre he improvisado. No cien por ciento, porque están pensadas, pero nunca salen dos interpretaciones iguales, porque justamente lo vas armando en el tiempo. No es como un cuadro que lo pintaste y ya está, sino que cada vez vas a pintar el cuadro y va a salir diferente.

Cuando tocás una música netamente clásica  o un candombe, ¿notás alguna diferencia en el lugar en que te coloca una música o la otra?

Sebastián: La verdad que no. Pero cuando toco solo, puedo ser mucho más flexible, puedo jugar mucho más con la intensidad del tiempo, que es un parámetro que me gusta mucho. Y cuando toco con percusión, por ejemplo, tengo que ser mucho más estricto, con lo cual gano algo y pierdo algo.

Y para ustedes, Andrés y Diego, ¿qué le aporta a Antyram tocar con Sebastián?

Diego: Le aportó muchas cosas que nosotros no tenemos. Ya desde el punto de vista clásico, la parte de técnica, cómo se para él frente a las piezas que compone, que es un enfoque distinto al que tenemos nosotros. Nosotros trabajamos más armando temas particulares y encastrándolos dentro de un todo. Sebastián tiene una manera muy particular, muy interesante, de ensamblar, y eso nos provocó a nosotros algo muy interesante.

Desde que estuvimos tocando en Suecia a mí Sebastián me marcó desde el punto de vista interpretativo. Eso que dice él, de la flexibilidad que maneja, cuando uno lo escucha tocar solo entiende los motivos por lo que lo hace y entiende la belleza también.

¿Qué prima para ti? ¿La melodía, la armonía, etc.?

Sebastián: Según el momento. Como compositor no siento que prime ninguna en especial. Como intérprete hay que ver cuál es la jerarquía que buscó el compositor. A veces es un timbre, o el color que crea un cluster. Un cluster son varias notas a la vez que crean un color en sí. Normalmente están cerca, con lo cual la relación armónica de la serie armónica es muy compleja, con lo cual muy poca gente puede distinguir qué notas están ahí pero el efecto es el color. Ahí si buscás dónde está la melodía, no es lo principal sino ese color.

Me tomó por sorpresa el tiple. ¿Hace mucho que Popo toca este instrumento? ¿Y por qué el tiple?

Andrés: Hará unos cuatro o cinco años que Popo toca el tiple. Yo estudié con Popo, como te dijo Sebastián, y luego nos hicimos amigos. Yo vivía afuera y un día que estaba Diego en casa él fue y lo escuchó y como tenía los instrumentos nos pusimos a tocar algo y cuando quisimos acordar habían pasado como cuatro horas. Y ahí él dijo que teníamos que armar algo. Después, como a los seis meses, un día yo fui por la casa y lo primero que me dijo fue: “Tenemos que armar algo con aquello que hicimos. Ya estuve pensando y voy a tocar el tiple”. Y a la semana siguiente nos juntamos con él y con Diego y empezamos a armar esos temas con ideas que teníamos. Y creo que el tiple fue primordial en el trío.

¿Qué características sonoras tiene un tiple?

Andrés: Son cuatro cuerdas triples, de metal, de sonido muy agudo.

¿Y qué guitarra tocás vos, Diego?

Diego: Toco de seis cuerdas y de doce. Los registros son diferentes. La diferencia del tiple con la guitarra va más que nada en el hecho que sean triples. Es distinto cuando son dobles. Al ser tres entra mucho más la variación de la afinación, que son variaciones mínimas, entonces hace un sonido más lleno, más completo, y también la forma del instrumento, que es una guitarra bastante más chica, pero la caja es también bastante más gruesa. Tiene varias particularidades que hacen que la sonoridad se distinga de la guitarra de Sebastián y de las que toco yo. Y en conjunto con el contrabajo genera un montón de sonidos dentro de las cuerdas, un registro súper amplio.

Andrés: Tanto en Antyram como en lo que estamos armando en conjunto la voz tanto melódica como al momento de solear va rotando. Ese fue uno de los feedbacks que tuvimos en Suecia. Una persona dijo que lo que le había encantado era que nunca sabía de dónde iba a venir lo que iba a pasar. Que es también la idea. Así como Seba es súper metódico para componer y para estudiar, lo nuestro es más de sensación. A veces nos pasa que él nos manda una partitura y le decimos “nos estás matando” y a veces le pasamos una cosa a él y nos pregunta qué estamos haciendo. Por ej., nos dice: “Ese fa sostenido, ¿qué está haciendo ahí? Es una ambigüedad armónica” [risas]. Eso es lo que más disfrutamos de trabajar en conjunto.

Hay temas que preparamos específicamente para el Solís pero el año pasado estuvimos en Suecia, Dinamarca y Noruega. Y estuvo divino. Buscándole el valor a lo que estamos haciendo, creemos que no hay muchas formaciones como la nuestra, que hagan una amalgama de estos estilos de música yendo a un punto medio.

¿Cómo es la escena musical sueca en este momento?

Sebastián: Hay de todo. Suecia se caracteriza por tener una buena escuela de jazz. Yo además soy profesor, ¿no? y hay mucho apoyo a la formación, desde muy pequeños, y sin cerrar ni poner etiquetas. Yo doy clase de guitarra. Y puede ser que arregle un tema de ABBA para mi orquesta de guitarras y que toque con teorías clásicas. Todo esto se ve en la escena también. En lo que más tiene éxito Suecia es en sacar músicos pop, rock y compositores, pero compositores en la música popular. Hay un montón. En lo que es la música clásica creo que ahora tiene problemas de formar nuevos músicos, por lo que están viniendo músicos de otro lados de Europa a las orquestas, pero igual es una crisis de los instrumentos tradicionales global, no sé. Pero ahora tienen una nueva estrategia para eso. Hay mucho apoyo. Yo he recibido mucho apoyo del Estado Sueco, del Ministerio de Cultura. Cinco proyectos me han aprobado. Esto es muy importante para alguien que hace una música que no va a vender lo que vende Max Martin para Madonna, por ejemplo. Ese es un compositor sueco, pop, de los que llaman del milagro musical sueco.

Volviendo entonces a Montevideo, creemos que el encuentro de Sebastián Caldas y Antyram de este jueves será una buena oportunidad para escuchar una música diferente que puede resultar atractiva e interesante tanto a músicos de tradición clásica como a músicos de tradición más popular y, por supuesto, a aquellos que disfruten de ampliar los horizontes de su escucha musical.

Foto de portada: Patricia Schiavone

Foto final: gentileza de la producción

Entrevistadora: Patricia Schiavone

Supernova y Federico Nathan Project: viaje y pico

Reseña hecha para COOLTIVARTE.

En la Sala Camacuá del Teatro Aebu se está llevando adelante un Festival de Música Instrumental con propuestas buenísimas. En ese marco, el viernes pasado, 3 de junio, tuve la dicha de escuchar a Supernova y a Federico Nathan Project. Suelo escribir al regresar de los toques. Esta vez no pude hacerlo hasta ahora y han sido cuarenta y ocho horas de ansiedad burbujeante, así que aquí me dispongo no solo a contarles lo que sucedió sino también a liberar un poco de esa energía que acumulé pantagruélicamente y sin empacho.

Para quienes todavía no lo sepan, les cuento que Supernova es una agrupación de musicazos que hace quince años que se juntan a improvisar en público. Por lo tanto la experiencia Supernova siempre es un signo de interrogación, lo cual da un toque extra de expectativa y curiosidad.

El otro día escuche a Stewart Copeland decir, en una entrevista, que le parecía que el jazz era mucho más divertido de tocar que de escuchar. Si bien es fácil tanto entender desde dónde lo dijo este ídolo —a quien le encanta ser provocador— como no estar de acuerdo con él, debo admitir que no todas las jams están buenas para la audiencia, por razones varias. Sin embargo, presenciar una jam cuyos integrantes son todos muy buenos músicos, que se conocen y tocan juntos desde hace mucho tiempo, y que tienen un gusto musical finísimo, es un verdadero placer. Si le agregamos el ingrediente de que esta presentación fue en una sala de teatro con una acústica privilegiada, entonces ya pueden empezar a hacerse una idea del disfrute que generaron.

En la noche de este viernes Supernova estuvo formada, nombrándolos de derecha a izquierda —según su posición en el escenario— por Claudio Martínez (guitarras), Daniel Escanellas (vientos), Miguel Romano (batería), Luis Gutiérrez (percusión) y Popo Romano (bajo). Considero que ser testigo del acto de creación musical entre estos músicos es un privilegio enorme, que haríamos bien en valorar como tal y aprovecharlo al máximo.

Los colores fueron variados: desde la música hindú hasta el candombe, pasando por áreas jazzeras y varios momentos no etiquetables. Daniel con sus múltiples instrumentos de viento tuvo un papel enorme en la variedad de propuestas, porque bastaba que él dejase el saxo y agarrase la flauta traversa o la flauta Bansuri para que transportase a todos a otros mundos. Claudio, a su vez, tenía todo un universo de sonidos adentro de una de sus guitarras… y una entrega al presente que da gusto observar. La combinación Popo y Miguel es maravillosa: apenas precisan mirarse y saben lo que quiere uno y otro. En lo personal tengo gran debilidad tanto por el sonido de Popo en el bajo como por Miguel en la batería. Es interesante cómo en este grupo Popo toma un perfil mucho más bajo a como lo vemos cuando está tocando con los grupos que lidera, pero solo en cuanto a su actitud, porque su estilo empuja a todo Supernova a arriesgarse por caminos especiales: a veces alternativos, de a ratos más funk y con algo que yo llamo “optimismo profundo”, o sea una música positiva pero que no pierde por eso cierta elaboración y profundidad. En cuanto a Miguel, es una hermosura poder escucharlo en vivo. El viernes tocó en una batería que no era la suya y sin embargo él y el instrumento eran una unidad indivisible, mágica. En Miguel conviven de la mejor manera el jazz, el candombe, los matices de volumen, el buen gusto a la hora de elegir silencios, y un arte especial para hacer todo eso que hace un baterista y que incluye tantas y tantas elecciones. En este toque me enamoré especialmente de su relación con los platillos y de algunos bombos que hicieron una diferencia real en la experiencia general. Participando activamente del mundo percutivo, Luis hizo una contribución de mucha importancia al todo y se notó maestría tanto en él como en Miguel al no pisarse y no pecharse, cosa que no es deseable pero que sí es común que suceda entre batería y percu en una improvisación. Los dos fueron construyendo, respetando el todo musical. Ese creo que es el hilo conductor más fuerte de estos seres:  además de que son excelentes en lo que hacen, el gran respeto con que lo viven y lo transmiten.

 

Luego de un entretiempo, el escenario pasó a ser de Federico Nathan Project.

Todavía me emociono recordando el viaje que Federico y sus colegas nos hicieron dar con su música… de hecho creo que sigo viajando, y que seguiré por bastante tiempo más, gracias a que tuve la buena idea de traerme su CD “FNQ”.

Comenzaron su toque con un tema increíblemente dulce y bello, tocado por Federico Nathan con su violín encantado y Joaquín Baranzano con sus teclas. Solo haber escuchado este tema habría sido una buena razón para salir un viernes tan frío. Les aseguro que generó una calidez que bien puede durar hasta octubre. No nos daban las manos para aplaudir.

Todos los temas que tocaron fueron de autoría de Federico. En vibráfono tocó Maximiliano Nathan y en batería Felipe Badaró. (Sí, así mismo como te lo estás preguntando, me lo pregunté yo: ¿no hay bajo? No, no había bajo, y no se acabó el mundo).

Me impresionó mucho la cantidad de emociones que me generaron. Hacía tiempo que no escuchaba una música que me movilizara así en este sentido: me dio un sacudón, me recordó que acá venimos a experimentar cosas y que hay muchísimo por descubrir.

El segundo tema me llevó por áreas circenses… me generó mucha intriga y me corrió de la zona de confort a un lugar de expansión, de avidez de aventuras. ¡Cómo agradezco esta experiencia! La música es transformadora y no hay caso.

El grupo tiene un estilo propio que está formado por muchos estilos: jazz, candombe, tango, funk y hasta algún ritmo caribeño pero está lejos de parecer un “recorte y pegue”… tienen un sonido bien particular y definido que hace de la combinación un resultado disfrutable al máximo, evidentemente porque todos los músicos son especialmente buenos.

Las músicas y las emociones fueron sucediéndose. Hubo una gran comunicación entre estos cuatro músicos e hicieron entre todos algo diferente para la escena montevideana. Presenciar la ejecución de Federico es algo notable, porque vive todo lo que está transmitiendo. En lugar de contarles yo más sobre esto, prefiero invitarlos a hacer click en el enlace de abajo, así pueden escuchar al propio Federico, que me hizo el honor de responderme a unas pocas preguntas inmediatamente después del show.

 

Breve entrevista a Federico Nathan:

 

Hablar de la música queriendo transmitir al lector las emociones que generan los sonidos es muy complicado. Sí, ya sé… yo me meto sola en este baile, pero conozco mis límites. De veras, les recomiendo contactar a Federico Nathan y comprar su disco y estar atentos a cualquier oportunidad en la que toque cerca de ustedes para ir a experimentar esto que es algo digno de ser vivido.

Desde acá, va un agradecimiento a la Sala Camacuá por una noche súper especial y el deseo de que el público aproveche este Festival de Música Instrumental durante junio, que incluirá los próximos viernes a Gabriel Estrada Quinteto y Trío Nolé; Gustavo Ripa y Horacio Di Yorio Cuarteto; Nacho Mateu y los Ents y Gerardo Alonso (entradas por Tickantel o en Tienda Inglesa).

POPO ROMANO

Popo es un bajista, contrabajista y compositor uruguayo que hay que conocer. Su música es para todos los días a toda hora y para toda la vida.

Sus composiciones son hermosísimas, la improvisación tiene un lugar importante en su música y la combinación de todo esto con la calidad de los músicos que se rodea hacen de cada disco y de cada concierto de Popo una experiencia fascinante. En sus conciertos tiene la costumbre de hablar de vez en cuando y cada una de sus palabras transmite la persona especial que es y el amor en el cual y por el cual vive. Absolutamente todo en él es amor. Ese amor seguramente sea el que recibimos – cuando estamos abiertos a recibirlo – al escuchar sus temas o lo vemos tocar en vivo.

Ser bajista o contrabajista y tener su propia banda que toque sus temas es un mérito importante para el medio uruguayo. Y haber editado cuatro discos, todos super exitosos, es otro mérito. Y hacer varios conciertos al año y llenar las salas es obviamente otro. Bueno, jaja, a no ser que justo haya un clásico de fútbol, contra lo que nadie puede en este país… (ver nota al pie).

Sus CDs:

Cuarto de Música

Temas:

1          Rápido por la rambla

2          Bajos de blanco

3          Amiga Danzarina

4          Fin de octubre

5          Las tres piedras

6          Lento

7          Marímbula

8          Cuarto de música

9          Itacumbú

10        Bassurdando

11        Estudio para bajo

12        Xymptobuayé

Cortinas

Temas:

1          Amigo bajo natural

2          Ausentes

3          Murga un 3 de febrero

4          De antes

5          Un color basta

6          En fin vuelta sin fin

7          De día

8          Porfiada carrera

9          El día que lloró

10        Jugando sonar

11        Como parte de un todo

12        Camino sin marcas

13        Comienzo de un fin

14        Puente (Carrasco)

15        Malísimos tonos

16        Tocando el frío

Otra mañana

Temas:

1          Nuevo noviembre

2          Otra Mañana

3          No todavía

4          Tapas azules

5          Fin de octubre

6          Falla el robot

7          Ese lugar

8          Prince Gabriel

9          Patricios

10        Entrevero

11        En la sombra de tu vela

Susurro montevideano

Temas:

1          Vivo de vivo

2          Susurro montevideano

3          Veredicto

4          Alejo

5          Patricios

6          Salsa para dos

7          Bajos de blanco

8          Falla el robot

9          Su-in

10        Ausentes

Popo vive de su música y se lo tiene muy merecido porque lo que entrega vale oro. Es por eso que no voy a colgar aquí ningún disco de él y a cambio sí les ofrezco a quienes no estén en Uruguay que me pidan ayuda logística si quieren comprar sus discos y no los llegan a encontrar.

En el listado de enlaces que aparece a la izquierda (Blogroll) cargué su playlist, para que escuchen algunos de sus temas. A mí me gustan todos, pero “Ausentes” y “Bajos de Blanco” me emocionan muy seguido.

Aquí también comparto algunos videos de Popo, en sus diferentes etapas, que pueden encontrarse en Youtube y que me gustan especialmente. Hay varios más que los encontrarán al ver estos.

Bajos de Blanco:

Este tema tiene (al menos) dos versiones diferentes: la del CD Cuarto de música (que es la del video de abajo) y la del CD Susurro Montevideano (que es más jazzera). Las dos son excelentes.

Nuevo Noviembre

Video del año 2006

Popo va cambiando de músicos, pero en muchas oportunidades toca con el baterista Miguel Romano, su hermano, que me fascina. Tiene muchísimo gusto, es un genio del candombe, y su sonido es super personal. Aquí les dejo un link a su MySpace: Miguel Romano

A Popo le gusta mucho usar un aparatejo que graba lo que toca. Luego pasa lo que grabó y toca encima… hace cosas mágicas con esa “cajita” (jaja, re-técnico lo mío). Aquí va una muestra:

“Homenaje a Eduardo Darnauchans y Horacio Buscaglia”

Hay dos “versiones” de Popo: el jazzero y el rockero. Por suerte no hay que elegir entre las dos, porque las dos son un goce.

Vivo de vivo

Popo siempre dice en los conciertos en que presenta este tema que “Vivo de vivo” es porque agradece mucho poder vivir de hacer lo que le gusta, vivir de tocar música. ¡Y nosotros le agradecemos a él que lo haga!

En este video el trío es fabuloso: Popo, Hugo Fattoruso (piano) y Martín Ibarburu (batería). Los dos músicos que lo acompañan merecerían un post aparte porque son dos leyendas uruguayas.

Pueden encontrar muchos detalles sobre Popo Romano, notas de prensa, más multimedia y hasta una transcripción en www.poporomano.com

Bueno, ¡espero que les guste la quinta parte de lo que me gusta a mí! Seguro que andarán con una sonrisa de oreja a oreja por la vida.

drummergirl

Nota: He aquí una anécdota que ilustra mi comentario. El 17 de diciembre de 1939 el mundo entero estaba pendiente de lo que sucedería con el Graf Spee, que luego de una batalla con los buques Exeter, Achilles y Ajax, que sería una de las primeras batallas de la Segunda Guerra mundial, quedó averiado frente a las costas Montevideanas. Estaba anclado desde el 13 de diciembre y se esperaba ansiosamente el desencadenamiento de los hechos porque el gobierno uruguayo le había dado al Capitán un plazo de 72 horas para repararlo y abandonar la costa, que vencían el 17 de diciembre a las 20 horas.

A pesar de esas circunstancias, un gran número de uruguayos fue el 17 de diciembre de 1939 a la tarde al Estadio Centenario para presenciar un clásico de fútbol (Nacional-Peñarol).