Pedro Aznar: Resonancia

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Foto: Alexandra Monges

 

He tenido la fortuna de haber cruzado el charco y que mi cruce coincidiera con el show “Resonancia – 35 años” de Pedro Aznar, en el Teatro Ópera de Buenos Aires. La invitación ahora es a detenernos un momento en aquello particular que tuvo el show del sábado 30 de septiembre. Esa “p” va en honor a Aznar; los uruguayos solemos ahorrárnosla.

Fue un show doblemente especial. En primer lugar, porque fue mi primera experiencia de poder verlo en vivo con banda. En Montevideo siempre lo he visto solo, a excepción del año 1989, cuando vino a Laskina con Suna Rocha y Julio Gordillo, pero evidentemente me faltaba experimentar el formato quinteto. La expectativa de ver a la banda me generaba una insistente ebullición adrenalínica que al fin ha sido saciada. Por otra parte, si llegase a ser mi única oportunidad, es posible que haya sido el show más disfrutable de todos en este formato, pues el repertorio incluyó un repaso por absolutamente toda su carrera musical, desde el año 1982 hasta el presente, en orden cronológico.

Si bien yo sabía que repasaría su carrera, a mis células las alteró completamente el comienzo del show. “Conduciendo una locomotora” y “Septiembre” fueron dos temas que gasté en el año 1988, cuando tuve mi primer contacto con el disco Pedro Aznar, editado en 1982. Fue con ellos que comenzó la noche. ¡Qué impacto! Y qué maravilla poder sentir la interpretación con esos años de diferencia. Quien los ejecuta no es el mismo y yo tampoco, evidentemente. “Conduciendo una locomotora” trajo el mismo arrojo y vitalidad de la juventud pero la interpretación derrochó una cuota extra de solidez musical y emocional que me puso la piel de gallina. Qué maravilla poder vivir esa presencia y firmeza de cada nota. “Septiembre”, por su lado, quizás me llegó con un poquito menos de la enorme dulzura del disco pero, también, impactó desde otro lugar, quizás más real o, mejor dicho, más cercano a mi presente.

No reseñaré tema por tema, como he hecho en otras oportunidades, porque esta vez tengo ganas de transmitir desde otro lente. Es posible que el haber estado sentada bastante arriba y lejos me haya dado esta perspectiva algo diferente.

La banda de Pedro de esta gira está formada por:

Coqui Rodríguez (guitarra)

Federico Arreseygor (teclado y voz)

Alejandro Oliva (percusión) [¡Un genio!]

Julián Semprini (batería) [¡Solo Dios sabe cuánto yo quería tener la oportunidad de verlo en vivo!]

De la banda como un todo hay que decir que es como una máquina suiza. Si se miran, es más para gozarse juntos que por necesidad de coordinación; da la impresión de que los músicos hubieran tocado estos mismos temas durante milenios. Suenan como si fueran diez y no cinco. A su vez, cada uno por su lado es perfecto. Cada nota tiene la intención y el matiz exactos. No sobra ni falta nada de nada.

Disfruté muy especialmente de la dupla Oliva-Semprini. De Semprini me admiró la efectividad para generar todo lo imaginable y en particular la versatilidad de actitud e intención al pasar de un tema a otro, sosteniéndolos a rajatabla por la duración del tema. De Oliva, la enorme atención y cuidado al detalle, y el buen gusto en cada instante. Creo que de la interacción de ambos emergía una cuota enorme de la eficacia, emocionalidad y contundencia del show. Del teclado y la guitarra se sostuvieron buena parte de los climas de la noche.

A Pedro Aznar lo noté especialmente cómodo y pareció disfrutar mucho de sus temas. Quizás fuera mi perspectiva distante, pero me llamó la atención cuánto acompañó con su cuerpo y, en particular, cómo su movimiento corporal era fluido. De alguna manera me resultó contradictorio –nada incómodo; solo interesante– su movimiento con respecto a las notas del bajo, como si su cuerpo generara una onda más expandida sobre la cual el bajo cumplía su rol, obligatoriamente algo más rígido.

No quiero contar mucho del show para no arruinarle la sorpresa a quien todavía no lo haya visto. Apenas quiero mencionar que su trabajo para películas estuvo presente y me resultó un elemento emotivo muy importante.

Durante todo el toque se proyectaron imágenes encima del escenario. Por momentos las sentí excesivas y en ocasiones me descubrí ante la disyuntiva de prestarle atención a la música o a las imágenes. A pesar de este sentir algo tirante, el complemento visual resultó muy efectivo para acompasar los mensajes de ciertas canciones. Es muy difícil que puedas escuchar la canción “La Trampa” y que no te sacuda pero si a la música y letra le sumás la imagen que se mostró mientras la tocaban, la movilización es aún mayor.

Admiré el trabajo de iluminación de todo el show y cuatro días después me sigo sacando el sombrero con el efecto logrado al final de cada una de las canciones con cada postura física de Pedro y su correspondiente juego de luces. Si bien ya no necesito más confirmaciones de que es excepcional, me sigue sorprendiendo que pueda estar en ese tipo de detalles con esa exactitud al mismo tiempo que disfruta su fiesta musical e interpreta cada tema con el corazón en la mano.

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Foto: Alexandra Monges

Fotos: Alexandra Monges Fotografía.

 

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