Manu Katché presentó “Unstatic” en Montevideo

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Foto: Ricardo Gómez

 

El cuerpo entero sigue vibrando por más que hace ya un buen rato que terminó el conciertazo alucinante que tuvimos la suerte de poder presenciar hoy de noche en la Sala Zitarrosa. ¡Qué experiencia fantástica!

Ya cuando iba llegando a la sala sentía ese asunto inexplicable que anticipa un toque memorable. Por un lado, el corazón va más acelerado y por otro, se percibe como algo en el aire. La sensación aumentaba a medida que se acercaba el comienzo y para cuando las luces se apagaron, a mí me daba la impresión de que algo verdaderamente grande iba a suceder. Se respiraba; se percibía. No me equivoqué.

La música comenzó con Nino Restuccia (contrabajo) y Marcos Caula (guitarra) tocando tres temas bellos, calmos, que llegaban profundo y que hicieron un gran papel en ayudar a centrarnos y dejarnos completamente abiertos y receptivos a lo que vendría después. Vaya desafío que es comenzar un toque con un contrabajo. Estos dos músicos uruguayos tocaron tres temas con una gran delicadeza y musicalidad. Fue particularmente hermoso y dulce, sin prisas, sin nervios, con mucho disfrute y presencia. Quien haya elegido a estos teloneros, tuvo una excelente idea.

Luego de un impasse que volvió a elevar un poco el nivel adrenalínico, comenzó a sonar una base alegre, rítmica, y emergieron en el escenario y fueron poniéndose en sus puestos: Tore Brunborg (saxo), Luca Aquino (trompeta), Ellen Andrea Wang (contrabajo) y Jim Watson (piano y teclados). Unos segundos después entró el Maestro Manu Katché… Y comenzó la diversión con la contundencia y certeza personificadas en este baterista grosso.

El primer tema fue lo más groovy que pueda imaginarse, con los dos vientos sonando a pleno, el bajo con toda la polenta, el piano alucinante. Y la batería. A ver… ¿por dónde empezamos?

Empecemos por la sonrisa de Manu Katché. ¡Estaba feliz!!!! Y nos contagió a todos la felicidad increíble que traía encima. Desde la fila 19 me sorprendió cuán atrás agarra sus palos y cómo estos se ven como extensiones flexibles de sus brazos y manos. Ciertamente es de los bateristas que usan la gravedad a su favor y es un deleite ver esos palos ondear en el aire.

No habían pasado más que unos compases y ya se sabía que sería un toque para bailarlo de principio a fin. Si bien no podíamos hacerlo con los pies, sí que lo hicimos con el corazón.

En el segundo tema me fascinó cómo dejó sonar las notas ese segundo extra tan pero tan bienvenido desde la butaca. A esta altura parecía que la batería estaba un poquitín más fuerte que los demás instrumentos, cosa que a algunos nos asustó, pero ya para el tema siguiente los volúmenes quedaron divinamente amalgamados y el show sería una lección de musicalidad para todos.

El toque de Manu Katché es juguetón, atrevido, impulsivo, enérgico, alegre, increíblemente vital y completamente vibrante. Para quienes investigamos un poco en las elecciones de apoyos: los crashes y apoyos varios tendieron a ser o bien en un tiempo 3, o en un “4y”, etc… con lo cual estábamos todos expectantes, alertas, bien despiertos… gozados. Pero lejos de tocar todo “al palo”, Manu dio cátedra de matices: el bombo súper definido y por momentos a un volumen hermosamente alto, por momentos su toque fue increíblemente “chiquito”, incluyendo unos bombos a una velocidad increíble y a un volumen casi de caricia… y cada tanto un latigazo divertido, estimulante, impactante.

Lo que tocó con las escobillas es un caso aparte. La cosa más creativa que se puedan imaginar, lo más dulce y lo más sensible del mundo. Es bien interesante cómo su toque con las escobillas también es tremendamente vibrante y enérgico, y dulce a la vez.

Me encantó cómo en alguna balada, que en principio uno esperaría que el baterista “haga molde”, Manu se divertía metiendo asuntos inesperados pero que resultaban completamente musicales, como ser un montón de notas juglarescas en el charleston, o un par de notas en los toms (¿a tierra? Jajá, ¡jamás!). Qué deleite de toque. Un verdadero placer musical, donde la batería tenía una libertad que pocas veces tiene. Evidentemente esas son las bondades de que el baterista sea el líder de la banda y ¡bien que se lo merece este monstruo! Y cómo se le agradece que se dé estos gustos… porque somos muchos los que disfrutamos como locos de su diversión.

Pero no quiero pecar en algo: si bien mi foco indefectiblemente se va hacia la batería, y hoy en particular más que otras veces, quienes estuvimos hoy en la Zitarrosa podemos coincidir plenamente en dos cosas: por un lado, que fue un toque enormemente musical, donde todos los músicos tuvieron un protagonismo importante. Por otro, que el nivel musical de todos ellos es enorme y que fue una hermosura total lo que tocó cada uno. Cada uno tuvo sus momentos de protagonismo y creo que hablo por todos cuando digo que uno no podía aplaudir a ninguno luego de un solo pues no se quería perder ni una nota de lo que seguía después. De todos modos hubo algún momento en que era imposible no estallar en aplausos, pero la mayoría de la noche aplaudimos solo al final de los temas.

Creo que lo que marcó el perfil de la noche íntegra fue la gran presencia de cada músico y su instrumento, la enorme confianza de cada uno de ellos, y las muchas horas de ensayo que estos músicos seguramente tienen juntos y que se traducen en esta comodidad y diversión total.

Cada uno de los músicos nos regaló una enorme dulzura, una claridad cristalina en el sonido de sus instrumentos, una musicalidad arrolladora y una actitud maravillosa de entrega y respeto, tanto por su creación como por la instancia que estábamos compartiendo. Fue un enorme regalo el que nos hicieron esta noche con el sonido hermoso del saxo, de la trompeta, el bajo y el piano.

La música fue tan atrapante durante toda la noche que por más que parezca extraño, ni siquiera esperaba un solo de batería. Los otros músicos sí habían hecho ya sus propios solos (por cierto, muy, muy bellos todos) pero la bata no, y sin embargo no era algo que yo estuviera esperando. Pero no les voy a mentir… cuando al segundo bis se apagaron todas las otras luces y quedó Manu Katché bajo los focos plateados, el corazón arrancó a galopar. Tocó un solo muy, muy hermoso, que fue un divino remate.

Nadie quería dejarlo ir… pero, bueno, dijo que le gustaría volver en un par de años. Ojalá así sea.

 

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