Disfrutables a más no poder. Inés Estévez y Javier Malosetti en la Sala Zitarrosa

Inés-Estévez-Javier-Malosetti-Sala-Zitarrosa-foto-KAREN-BERNARDI

Foto: Karen Bernardi

Entrada escrita para COOLTIVARTE.

Hace unos días los montevideanos tuvimos la asombrosa oportunidad de escuchar y ver en la Sala Zitarrosa a Inés Estévez y Javier Malosetti, quienes nos ofrecieron un show divino.

Somos muchos los que admiramos a Javier Malosetti, en mi caso por su trayectoria como bajista increíble. A Inés Estévez también somos un montón quienes la admiramos, solo que como actriz, pues no le conocíamos la veta musical. Cuando vi el afiche me intrigó un montón la propuesta así que allá fui a despejar mi curiosidad.

No hay nada mejor en materia de arte que ir a ver algo sin saber de qué se trata, ¿no? Fui completamente despojada de expectativas y ni siquiera hice una búsqueda previa para tener una idea de lo que iba a escuchar. Hoy me felicito; fue la mejor decisión.

Ahora, en lo que sigue, me voy a dedicar a estropearles la sorpresa a quienes todavía no los hayan visto. [Perdón, perdón… no pude evitar darme cuenta de que había una contradicción entre lo que estaba diciendo y lo que estaba a punto de hacer].

La noche tuvo todos los ingredientes necesarios para un show excelente y algunos otros muy extraordinarios.

Ya en el momento en que este par de seres bonitos salieron al escenario, se generó una atmósfera transportadora en tiempo y espacio: él, vestido con un traje oscuro, muy elegante, con corbata por supuesto, y ella con un vestido de color plateado, con muchísimo brillo. Ese primer instante ya nos colocó en un lugar nuevo que prometía un toque diferente, un toque cuidado, un show en el sentido más completo de esa palabra. Y vaya si cumplieron esa promesa.

Es cierto que no lo pensé mucho pero mi inconsciente esperaba escuchar a Javier en el bajo únicamente. Bueno, los primeros compases de la noche fueron con él tocando la guitarra divina, divinamente, y cantando con un estilo y un encanto arrolladores. A su lado, Inés parecía un poco intimidada o tímida, pero ¡cuando empezó a cantar! Qué belleza de voz, por favor. Qué viaje que fue escucharla y verla. Una experiencia súper especial, súper bonita, que desde acá agradezco con todo mi corazón.

Estuvieron acompañados por tres músicos fantásticos: Javier Martínez Vallejos (batería), Ezequiel Dutil (contrabajo) y Mariano Agustoni (piano). Los tres la rompieron, haciendo que el todo sonara impecable. Mi corazoncito siempre tiende hacia la batería y en este caso me invadió por completo la alegría, creo que mitad por contagio del regocijo que se notaba que sentía Javier Martínez y mitad la alegría que me generaban las elecciones musicales preciosas que hacía con sus palos y sus escobillas (por dar un ejemplo de todas las fascinaciones: gran misterio cómo hacía para tocar en un mismo tiempo y con la misma mano el ride y el tom de pie… y que sonaran tan bien y tan a tiempo). Mariano Agustoni se lució hermosamente con el piano de la Zitarrosa toda la noche y nos regaló algunos momentos de introducción y solos que fueron un deleite para los oídos. Javier Malosetti contó que Ezequiel Dutil tocó música con su padre, Walter Malosetti. A mí me dio la sensación de que Dutil era el que proporcionaba la cuota necesaria de aplomo para que nos mantuviéramos medianamente conectados con la tierra. Con el cielo había muchas conexiones.

Tomando una pizca de distancia, lo que me surge con mucha fuerza es que fue un toque en el que sentí muy notorio que los músicos eran argentinos y no uruguayos. Sin querer generalizar, pero generalizando, el músico uruguayo tiende a tener una actitud de introspección pseudo nostálgica -muchas veces sin pseudo-, que invita a un viaje distinto. Lo que hicieron estos cinco músicos en la Zitarrosa tuvo una impronta de energía absoluta que se me antojó argentina. ¿Vieron que cuando vamos a Buenos Aires volvemos recargados? Bueno, el toque transmitió eso mismo. Desde mi lugar, me pareció que esa característica en particular venía especialmente de la mano de los dos Javieres (Malosetti y Martínez), que con sus notas transmiten algo muy potente y muy para arriba.

El repertorio consistió más que nada en standards de jazz, con algunos toquecitos de bossa nova y canción francesa.

La voz de Inés Estévez es una belleza en varios sentidos. Por un lado es muy, muy dulce. Su sonido en sí es cristalino, fresco y absolutamente directo. No cabe ninguna duda de que esa música viene dirigida directamente a uno. Por otro lado, la actitud con la que canta parte de un lugar que me pareció completamente despojado de ego; desde un deseo auténtico de generar algo hermoso para los oídos, para ser compartido. Eso se agradece muchísimo, porque en este ir y venir energético que se genera entre el escenario y la platea, todos nos nutrimos de lo que parte de un lado y del otro. El efecto en el cuerpo de quien estaba escuchando el otro día era una enorme comodidad y tranquilidad, todos los músculos relajados, permitiéndonos disfrutar de aquello que a poco de empezar ya no teníamos duda de que sería muy agradable durante todo el concierto.

A los veinte minutos de show me sorprendí especialmente disfrutando de Corcovado como nunca antes. Es una canción que, quizás por sobreexposición, no suelo disfrutar. Bueno, esta vez la disfruté y mucho, porque la dulzura con la que me llegaba la voz de Inés (¡y el contrabajo! ¡y la guitarra! ¡y las escobillas de a ratos dulces y de a ratos muy decididas de Javier!) fue realmente especial. Estos músicos me reconciliaron con ese tema.

Al principio yo decía que nos habían trasladado en tiempo y espacio. Tanto el repertorio como la puesta en escena y la intención que llegaba eran típicos de un club de jazz en Estados Unidos, en los años 50 o 60. Y la vocecita tan dulce de Inés supo transformarse por momentos en una de esas voces típicas de las cantantes de jazz al estilo de Ella, o de Billie. ¡Fascinante transformación! Temas como Moonglow nos hicieron emigrar por un rato pero con una autenticidad jazzera que me parece que nunca antes había experimentado en estas tierras.

Mariano Agustoni tocó una introducción de La Vie en Rose en el piano que me enamoró por completo. Fue algo muy, muy hermoso. Y, puede parecer extraño pero les juro que sus sonidos tenían las mismas características de dulzura, humildad y cristalinidad de la voz de Inés.

Fue una noche de glamour y desenfado, en la que la pasamos verdaderamente bien, con un show musicalmente impecable, con momentos de distensión, chistes, y algún disparate también (bienvenidos sean).

Javier Malosetti tocó la guitarra durante la mitad del show (¡y qué bonito!). Mezcla de dulzura con garra… algo bastante difícil de explicar. Hay que escucharlo. Y a la mitad del show, cuando yo ya no pensaba que pudiera pasar, agarró el bajo. Qué brutal ese primer tema solo de bajo (y voz) que tocó. No les puedo explicar lo que fue. Bestial y sublime. Desde mi ignorancia yo siento que hay dos tipos de sonidos en el bajo eléctrico, que supongo que los bajistas elegirán por preferencia personal. Están los que eligen un bajo que tiende a un sonido grave y están los que eligen un bajo que tiende a un sonido agudo. Sí, sí… no se emocionen con mis tecnicismos… ni me los envidien, porque estoy dispuesta a compartirlos sin problemas. Bueno, en mis términos pobres es así que puedo explicarlo: me gusta el sonido agudo de su bajo, con esa impronta de “me llevo el mundo por delante pero con conocimiento de lo que hago, con certeza de que vos querés que yo te empuje un poquito para sentir cosas que están un poco más allá de lo que vos acostumbrás a sentir”. Me permito hacer una reverencia en este plano de papel y agradecerle a este ser impresionante que me haya hecho sentir lo que me hizo sentir cuando tocó y cantó este tema, Roble (de los Fabulosos Cadillacs), con esa introducción imponente.

No contento con la guitarra, el bajo, su canto y su charme, Javier terminó sacando una cigar box guitar -la primera que me cruzo en la vida-, instrumento que me dejó hipnotizada. No se puede creer lo divino que suena.

Sobre el final del toque, invitaron a Juan Pablo Chapital a tocar un blues. Juan Pablo la descosió, con toda esa entrega que le pone a la música y con esa presencia muy especial… y esas notas sostenidas, nada tacañas, que permiten un saboreo especial con el corazón.

Durante todo el show Inés y Javier tuvieron un gesto que desde mi perspectiva fue el mejor regalo que nos podían hacer a todos los presentes: compartir una parte de su amor. A este mundo le hace falta que todos pongamos de moda al amor. A este mundo le hace falta que aquellos que tienen la suerte de encontrar en el camino una compañía que los haga felices, lo compartan y así planten en los demás la semilla necesaria para que ese sentimiento y esa actitud se multipliquen. Yo les agradezco especialmente por ese ejemplo bello de felicidad.

Foto de Portada: Karen Bernardi

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