Martín Buscaglia y sus Bochamakers

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Foto: Lucía Coppola

 

La manera más efectiva de sobrevivir a este invierno larguísimo viene siendo ir a escuchar buena música. Es eso o emigrar, y elegir el destino para lo segundo viene complicado, inclusive para quienes no leemos muchas noticias.

Al entrar al Teatro Solís el jueves 21 de julio, a eso de las 20:30 horas, yo me sentía como en un teatro de Buenos Aires, o como me imagino un teatro en París. ¡Había una cantidad maravillosa de personas! Se habían juntado dos toques interesantes y el hall y las escaleras estaban repletos de gente. Una ebullición linda de vivir, verdaderamente.

Quienes habíamos optado por la Sala Zavala Muniz nos acomodamos en nuestras butacas, en mi caso frotándome las manos con expectativa. La sala estaba completa y prometía.

El toque comenzó con Martín Buscaglia candombeando con su guitarra en el centro del escenario debajo de un foco que solo lo iluminaba a él. Encima de su ritmo Martín hablaba, como habla él, al ritmo de la música, con su poesía tan personal, ocurrente y que a una le dibuja una sonrisa de inmediato. “El unísono es una disciplina cuyo mismo nombre te indica cuando la estás realizando correctamente, ¿no? Cuando se canta juntos así, unís o no”.

Luego de un par de temas, Martín agarró un lap steel, lo apoyó en su falda y con un slide tocó un blues buenazo, con una maravillosa letra cabopoloniense y con la compañía percutiva exquisita de su Bochamaker Martín Ibarburu en el bombo legüero. La cadencia de la música y la letra fue un traslado inmediato a ese paraíso que algunos atesoramos. Muchas imágenes soñadas se me representaron mientras tocaron esa canción. Belleza para todos los sentidos.

Buscaglia te sorprende todo el tiempo. Si tomás casi cualquiera de sus canciones, las letras te van sorprendiendo a medida que van avanzando. Por dar un ejemplo de los que sonaron:

Cuando dice “El agua está divina”, uno se imagina a alguien metiéndose en el agua de la playa, una temperatura impecable, un cielo celeste y un paisaje de verano. Pero lo que sigue es: “Piensa el gallo en su veleta”, y ahí nos trasladamos a un día lluvioso, un cielo atiborrado de nubes negruzcas copiosas y poniéndonos en el lugar del gallo pensamos que no debe ser un día de tormenta ni lluvia torrencial… seguramente el gallo disfruta más de una lluvia tranquila. Entonces la letra sigue: “Y yo pienso en tu silueta”, lo que nos traslada a otra situación y lugar, y así continúa toda la noche.

El siguiente tema que tocó me pareció una obra de arte. Se llama “Muy feo” y es muy genial. Al parecer el compositor estaba muy molesto con alguna persona por alguna actitud o acción y en lugar de componer algo rabioso, algo que transmitiera con las notas o con el ritmo cualquier emoción negativa, compuso una canción que es alegre, divertida y que a la vez se burla con altura del objeto de la molestia, tanto con la música y su ánimo como con la letra: “Lo tuyo ni siquiera no me gusta”; “Te está faltando ejercicio… te está faltando satisfacción, estás muy solo en tu colchón”; “Pero tranquilo, no pasa na’, te quiero”. Escrito así y fuera de contexto sé que pierde gracia; tienen que escuchar ese tema.

Todos sabemos que no hay dos toques iguales (gracias al cielo, claro) y generalmente eso se asocia con el momento o el coloque de los músicos cada noche. Este toque del jueves tuvo la particularidad de que los músicos estaban conectados entre sí, entregando todo, y les tocó en suerte un público insólitamente tímido o reprimido, váyase a saber. Eso influyó un montón en que un toque que tenía todo para ser explosivo, y para mudarnos al calorcito por dos horas, fuera un toque manso, intachable desde el punto de vista musical, pero al que le faltó la colaboración activa de la otra mitad del show: el público.

La invitación de Buscaglia siempre es a que participemos, a que coreemos, etc. y es algo que se goza mucho, por la energía que se genera entre todos. Bueno, el jueves Martín la remó de una manera impresionante, tanto que me saco el sombrero y le hago una reverencia, pero la tarea era completamente titánica. Al público le costó tres cuartas partes del toque soltarse y formar parte de la propuesta.

Momento religioso ese en que entraron al escenario sus Bochamakers de la noche: Herman Klang (teclados), Matías Rada (guitarra), Mateo Moreno (bajo) y Martín Ibarburu (batería).

Musicalmente fue un toque buenísimo. Mateo Moreno y Martín Ibarburu juntos hacen la base más musical y copada del planeta. Lo que toca Mateo es cool, funky, tiene un sonido espectacular, tiene todo el groove del mundo y está todo el tiempo atento a la batería y a Buscaglia y a lo que pasa en todo el escenario. Herman Klang le puso mucha polenta y un carácter extraño y bien interesante al todo, que me dio la impresión que le dio una vuelta de tuerca diferente a los Bochamakers esta vez. Hubo un tema sobre el final que tocaron Buscaglia y él solos que despertaron varios “qué divino” a mi alrededor. Y Matías Rada tocó cosas buenísimas en la guitarra, se mandó unos solos que erizaban la piel y unas voces buenísimas también.

En cuanto al agite del show, Martín Buscaglia y Mateo Moreno le pusieron toda la garra que se puedan imaginar para que aquel show le llegara al público con todo. Le pusieron onda, le pusieron energía, se bailaron todo como acostumbran, había complicidad entre ellos y en el escenario, todo impecable.

Martín en la batería es algo indescriptible, ya. Y combinado con el ritmo que lleva en la sangre Buscaglia, y con los otros músicos termina siendo demoledor, arrollador, una propuesta verdaderamente disfrutable y muy prolija.

Fue después de una hora y media aproximadamente que Buscaglia tuvo la idea brillante de decirle al público más o menos esto: “Ahora se levantan, aplauden, cantan y reaccionan”. Jajajá. No, no. No dijo así. La invitación fue muy delicada y amable… y tremendamente efectiva. El público se levantó, y ¡bailó un montón!, y acompañó con palmas y cantaba. ¡Y no se volvió a sentar! Sinceramente fue inexplicable para mí por qué gente que sí conocía las canciones y sí le gustaba Buscaglia estuvo como anestesiada por tanto rato. ¿Serán los agroquímicos que nos están poniendo en la comida y en el agua? Quién sabe.

En definitiva: una propuesta musical buenísima, como nos tienen acostumbrados estos músicos maravillosos, pero un toque raro, que tenía una barrera energética misteriosa que partía desde el público. Ojo, así lo viví yo. Quizás otras personas observaron algo diferente y lo vivieron distinto… ojalá que en otros rincones de la sala se haya vivido con más frescura y con más recepción que desde mi butaca.

Desde acá hago un pedido especial a los músicos: no paren nunca, sigan cantando, sigan tocando, sigan desmorrugando, sigan componiendo y sigan confiando en que lo que hacen está muy pero muy bueno.

***

Crónica escrita para COOLTIVARTE.

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