Entrevista a Nano Stern

¿Cómo viviste el show de anoche?

Ah, con mucha alegría. Muy rico, muy rico. Yo venía saliendo de tres semanas sin hacer concierto, que es lo más que he pasado sin tocar en el último tiempo, porque justo ha sido un verano muy intenso en Chile. Entre medio fui a Nueva York, también, que fue un concierto muy grande. Fue muy ajetreado. Luego paré. Entonces ayer era esa sensación como de nerviosismo que da solamente una vez al año, si es que, ¿no?, como decir: “Uh, ¿me acuerdo o no me acuerdo?”. Me pillé en el camarín también repasando algunas canciones, que es algo que no hago nunca, porque toco tres, cuatro veces a la semana. Y por lo mismo fue un concierto para el cual tuve mucho más tiempo que lo normal para imaginármelo, como para prepararme psicológicamente, para decir: “Bueno, es importante, vamos a Montevideo con Loli. Es un lugar muy hermoso con una tradición gigantesca, que admiro mucho pero que no conozco en profundidad, y que por otro lado también me parece que no me conoce nadie aquí”. Lo cual es como un contexto muy ideal para mí, porque es venir a tocar a una sala linda, que estaba llena, con un público que no conoce mucho mi música pero que conoce mucho de música y siento que es una energía con la cual me es muy natural sincronizar. Con lo que pasa acá, con las miradas de la gente. Yo creo que testimonio de eso es el silencio, así, impresionante que había cuando tenía que haberlo y la efusividad y cariño que había también en otros momentos. Fue muy lindo eso. Así que muy feliz, creo que también es un privilegio tocar con Loli también. Yo creo que el arte de ella es muy sublime. Esa sería la palabra que elegiría para describirla a ella y a lo que ella hace. Y somos muy amigos y nos queremos mucho, entonces es muy natural subirnos a un escenario y cantar juntos. Era la primera vez que hacíamos un concierto así, entero, compartido. Tocar juntos fue muy lindo, muy refrescante. Por ejemplo, lo dije ayer en el concierto, que es muy emocionante que “Luchín” –la canción con la que abrimos– y “Puerta de los dos” –con la que cerramos– son canciones que nos hemos enseñado el uno al otro. Entonces es muy genuino, ¿no? Y como estamos recién haciendo un concierto así, quién sabe si se repite, no solo es genuino sino también es único. Como una joyita, una cosa que me dan ganas de haber ido también a escuchar ese concierto. Así que estoy muy contento, con una sensación linda. También pudimos cubrir nuestros pasajes que no es algo que uno dé por hecho. Muchas veces los músicos terminamos pagando de nuestro bolsillo para poder vivir situaciones como esta, de ir a otro país a mostrar lo que uno hace. Ayer apostamos y la gente nos acompañó. Entonces también eso se agradece mucho porque implica la posibilidad de seguir haciéndolo. Que no estamos inventándonos unas ideas como medio locas en la cabeza, sino que de verdad hay un lenguaje en común y hay unas ganas de conocer lo que está pasando en otros lados.

Durante esta estadía ¿pudiste escuchar algo de música de acá?

Sí, la primera noche que estuve acá, con Pablo Fagúndez, mi compadre, fuimos a La Terca, y hubo una sesión de esas cuando se junta la gente a tocar. El formato era muy lindo: un guitarrista tremendo, un trompetista español, un cajón, Pablo en el contrabajo, dos violines (con el primer violín de la Filarmónica de la ciudad), y un bandoneón. Entonces también era muy especial porque de repente tocaban milonga, tango, y yo decía: “Bueno, para mí esto es como un safari”. Es decir, escuchar música que para nosotros existe como en el mundo del costumbrismo, como de la imagen que uno se hace de este lugar, pero venir acá e ir a un lugar súper under y terminar en eso me pareció muy real. Y eso versus la opción de no ir, conscientemente, al Estadio, de repente. Yo atesoro mucho más estar en un subterráneo escuchando lo que se toca acá que en un estadio, con las luces y todo. En ese sentido fue muy nutritivo.

Cuando tocás vos, ¿a ti te gusta más también un lugar chico?

A mí me gusta tocar en todo tipo de lugares. Este verano quedé un poco traumado de los festivales muy masivos, donde no hay mucho criterio de curatería, de lo que está pasando, sino que hay lo que sea. Y ahora yo en Chile estoy entrando de a poco a un nivel de masividad que me permite ir a esos festivales, que en realidad son importantes por dos razones: una, porque pagan bien, y es importante poder sustentar los proyectos. Es un tema muchas veces tabú, pero para ser músico hoy día hay que bancársela y en pos de poder tener un proyecto, de hacer cosas lindas, como decir “voy a Uruguay a riesgo, vamos a ver qué pasa”, también hay que hacer lo otro. Pero por otro lado, mucho más importante, es que son festivales que te permiten acceder a todo el público, a toda la gente. Y por supuesto que eso también es exponerse. Hay un riesgo de llegar a lugares donde las cosas que yo hago en Chile, a pesar de que ya soy más conocido, no es una música directamente masiva. Por ejemplo no me tocan mucho en la radio, ni salgo mucho en la tele, sin embargo hoy se puede prescindir de eso porque obviamente existen muchas otras maneras de promocionar lo que uno hace. Pero respondiendo a tu pregunta, me gusta tocar en todos lados. Y sobre todo el cambio, porque pasar de una a otra te hace mantenerte en punta de pie. Si no, uno puede achancharse. Yo he tenido la experiencia de hacer giras grandes, de quince conciertos seguidos con el mismo equipo, el mismo crew, en teatros. A veces se vuelve un poco irreal… la maquinaria ya te traga. Entonces cambiar de chico a grande, solo, trío, en otro idioma, es como que hay que estar despierto y estar presente. Y estar muy atento a lo que está sucediendo.

Y también para que no se vuelva rutinario.

Ahí yo creo que también está el oficio, de no solo hacerlo bien hacia afuera sino también de tocar esa fibra, el lugar desde el cual uno comunica de verdad. Que tampoco necesariamente significa desangrarse cada vez, porque no tiene sentido, y no es un camino sustentable. Ayer, por ejemplo, con Loli, cantando La Flor del Cactus: Si yo me sumerjo en lo que realmente me estaba pasando cuando escribí esa canción, entonces no la puedo cantar. Entonces hay que aprender también a encontrar ese lugar en el cual uno canta de verdad pero uno se mantiene a cargo. En ese sentido yo admiro mucho, mucho el oficio de los chamanes. Y creo que el escenario tiene un poco de eso también. Yo creo que el concierto es un rito, estoy muy convencido de eso y nosotros por ese momento, por el rato que nos toca estar ahí, estamos a cargo de llevarlos a todos, de guiarlos a todos. Y los chamanes en las ceremonias de medicina ancestrales, ellos toman la misma medicina que todos pero tienen el oficio para mantenerse a cargo, para llevar las riendas del bicho y decir: “Por más intenso que sea lo que yo estoy provocando, yo tengo la capacidad de dar un pasito para afuera, mirarlo, observarlo, entenderlo…” casi con una frialdad pero una frialdad que no es calculadora, sino que es cauta. Es como de decir “estamos muy exaltados, pero aun así tengo una parte de mí que está mirando todo y diciendo ‘después vamos a ir allá’ ” y agarra el timón.

Eso no se aprende en un día, ¿no?

No. Yo creo que no se termina de aprender nunca. Porque además depende completamente del contexto al cual te enfrentas. Quizás uno aprende a ir manejando la situación, pero la situación es siempre otra. No es como una receta. Es más bien herramientas que uno va desarrollando. Y bueno, a mí me pasa todavía, no mucho pero me pasa. Que de repente se me va de las manos, ya sea porque no logro emocionar, o porque me emociono demasiado y como que me involucro más de la cuenta y entonces eso tampoco está bueno. Bueno, a veces sí, ¿no? Pero creo que hay una línea también en pos de la música. Quizás antes, más pendejo, yo también tenía más esa búsqueda de ir a la máxima intensidad emocional todo el rato, todo el concierto, dos horas de absoluta… pero ahora entiendo que es como la vida misma. Hay momentos en que hay que ir ahí y momentos en que no, porque si no, no hay contraste, entonces uno pierde la noción de la intensidad. No se puede ser completamente intenso todo el rato, no tiene sentido, duele. Termina por hacer como un daño, igual.

Con lo que estás diciendo estás hablando de lo que entregás. ¿Y cuánto recibís vos del público?

Uno de mis propósitos actuales y de los desafíos que me planteo es recurrir menos al recurso de “vamos, participemos juntos”, que yo lo hago mucho. Incluso anoche, dentro de lo que acostumbro, fui tranquilo. Tengo un poco la necesidad de escuchar que cantan fuerte, aplauden, y se involucran. Y de repente yo digo: “no es necesario, ¿no?”. Es como tener la certeza de que uno está calando sin tener que recibirlo de manera explícita de vuelta. Porque tampoco es que me interese llegar al contexto ese de música de salón en que la gente educadamente solo aplaude al final. Pero un punto medio. Siento que por mis propias inseguridades de repente abuso del recibir la energía de vuelta. Y también es como una energía muy adictiva. Como es mucha, te nutre. Pero insisto, y tiene que ver nuevamente con los chamanes: Yo creo que lo que intento ser es un canal, más que una fuente. No me interesa sacar de mi energía para entregarla, sino que me interesa utilizar mi energía para poder canalizar la energía y compartirla. Siento que uno es como el centro de un reloj de arena. Hay que saber convertir eso que está ahí y entregarlo, y eso por supuesto es mucho menos carga que si uno fuera a poner esa energía. Es algo más energizado que cansado.

¿Me contarías alguna experiencia musical que vos te acuerdes y consideres que ha sido de las mejores que has vivido?

Uh, me acuerdo de muchas. Me acuerdo del abuelo tocar el acordeón. Se murió cuando yo cumplí 5 años, entonces fue por ahí… no sé cuándo pero me acuerdo de eso. Mi primer recuerdo nítido es mi primera clase de violín a los 4 años. No me acuerdo de la clase, me acuerdo saliendo de la clase y que iba saltando de alegría por una calle. Y de grande son muchos momentos muy sublimes, muy increíbles. Muchas veces me ha pasado de decir “qué mierda estoy haciendo acá”, y me sigue pasando. Y espero que me siga pasando siempre. Procuro mantener una inocencia al respecto. Y creo que parte de eso es no darlo por hecho. Todos los días decir “qué suerte más tremenda; qué privilegio; qué regalo de la vida poder hacer esto”. Es lo que hablaba ayer de los espejos, de verse… y claro, cuando me siento una mierda también me recuerdo de lo afortunado que soy, que tengo que ser consciente de eso.

La tristeza forma parte de ser ser humano, tengas la vida que tengas.

Sí, pero más allá de la tristeza o la alegría es la certeza de que la vida nos sonríe. Yo pienso que la vida está llena de catástrofes y cosas que pasan pero mientras no pasen, que nosotros estemos felices. Un amigo mío, Joe Vasconcellos, dice: “La alegría es algo que yo me tomo muy en serio”. Es una frase muy, muy bella.

¿Qué otras cosas, además de la música, te hacen feliz?

Bueno, hacer un asado con los amigos. Por supuesto que el amor, el enamoramiento, la complicidad, la intimidad tranquila. Y por sobre todo, pero por lejos, la naturaleza. El momento en el que uno se quita el velo y se vuelve a dar cuenta de lo que uno es. Que no estamos en, sino que somos. Y en Chile, afortunadamente, eso es una realidad bastante cotidiana para mí, porque de partida tenemos los Andes, cerca. Yo voy mucho al cerro. Y el país que es gigantesco, con 6 millones de personas que están la mitad en Santiago y la otra mitad repartidas muy de a pocos. Entonces siempre que voy de gira procuro ir a los parques. Yo creo que nada me hace más feliz que eso en la vida. Es lo máximo. Para mí eso es la máxima expresión de ser humano. Bien lo dijo un amigo mío en Australia: “Yo creo que nosotros estamos aquí para contemplar”. Somos la conciencia de este mundo. Nos tocó, nos tocó esa habilidad de ser conscientes de la belleza que nos rodea.

Cuando componés, ¿se da un patrón de que siempre compongas desde el mismo lugar emocional o no?

Hay varios distintos. Soy poco eufórico. Más bien diría que hay algunos lugares desde los que no me surge. Tengo hace un tiempo un cierto bloqueo con escribir canciones de amor. Hace mucho que no escribo. Y ahora estoy muy enamorado. Entonces como que me es raro. Pero también me doy cuenta que entre más canciones he hecho, me voy frenando más también. Como que aporta madurez pero quita ingenuidad. Algunas de mis canciones más conocidas en Chile son muy, muy inocentes, muy ingenuas. Anoche de esas no toqué casi ninguna, pero yo digo: “Al día de hoy, ni cagando escribiría esa canción, … pero imposible”. Pero sí las canto y hago el ejercicio consciente de amigarme con ese mismo que era yo un tiempo atrás y soy capaz de aprender de esa persona que ya no soy yo pero que cantó honestamente eso y que resuena con la gente. En ese sentido sí que me viene de vuelta más que de ida. Como que yo canto la canción, como cuando uno está triste y sonríe por sonreír y te hace bien y te sientes mejor… es como eso. Bueno, yo la voy a cantar a ver qué pasa e inevitablemente pasa, y después me pasa a mí de vuelta.

Es que a medida que avanza la carrera de un artista la responsabilidad empieza a pesar, ¿no?

Sí, la exposición también. Yo siento que los cabros de 19 años que están tocando en la calle están parados en una esquina contándote su máxima intimidad y yo cuando estoy en un estadio y hay 10.000 personas cantando la canción… como que chucha, no sé si te quiero contar mi verdadera intimidad, porque la protejo también. Pero lamentable, porque claro, ahí está el condicionamiento un poco inevitable en el mundo mercantilizado que vivimos, y más encima el mundo del espectáculo, en que es imposible en realidad ser un artista exitoso y no ser famoso como persona. Es una mierda, también. Porque ser famoso te roba o te hace muy celoso de tu intimidad, y eso no necesariamente te hace bien como artista. Pero también a mí me ha enseñado a escribir desde otro lugar. Desde una noción quizás menos intimista y más descriptiva con respecto a lo que nos pasa como sociedad. O de repente apreciaciones muy puntuales pero de cosas que nos pasan a todos. En ese sentido yo creo que Cabrera es como el Máster. Cómo saber sintetizar en una poesía y en una música muy sutil algo que en el fondo es lo que le está pasando a través de él pero que está pasando ahí afuera. Es muy hermoso. Es muy bello. Por eso lo admiro mucho, mucho. Tanto que es como un pintor o un fotógrafo, en realidad, más que un músico.

¿Y musicalmente qué te dice la música de Cabrera, más allá de las letras?

Me dice que menos es más. Si alguien quiere hablar de eso, ahí está. Basta con escucharlo a él. Yo he tenido la suerte enorme de poder  –una vez en realidad– tocar con él. O sea, hemos tocado en conciertos un par de veces, pero una vez fue a mi casa y pasamos la noche entera cantando y fue una experiencia muy transformadora. Poder conversar juntos de música, de su música. Que él mismo me explicara por qué toca esa nota en ese momento y no antes ni después, ni el acorde. Siendo que es un guitarrista que podría hacer cosas muy complejas y ser muy barroco, es todo lo contrario. Como un minimalismo muy increíble. Y yo siento que tengo mucho que aprender porque mi instinto es más bien barroco.

Pero llega lindo, llega lindo.

Sí, y tampoco tengo cómo negar mi manera de ser. Es lo que es. Pero qué rico que es poder aprender de alguien que es tan distinto, tan hermoso y poderoso al mismo tiempo. Cómo generar tanta, tanta energía con algo tan sutil. Cabrera es algo así como la mariposa que causa el huracán del otro lado del mundo.

¿Querés contarme algo de tu último disco, “Mil 500 Vueltas”?

Es un disco que me gusta mucho. Estoy muy orgulloso de él. Fue una producción muy grande, con más de treinta músicos y varios invitados y ahora, a fin de mes, vamos a presentarlo en vivo. Yo todavía no tengo la distancia suficiente como para poder hablarte mucho más.

No soy de escuchar mucho mi música. Quizás al principio lo hacía un poco más pero ahora no. Y eso está bueno porque como dejo pasar bastante tiempo, cuando la escucho, ya se me olvidó, y entonces me llevo sorpresas.

Ahora dejo pasar más tiempo entre grabar un disco y otro. Antes hacía uno al año, algo así. Y ahora pasan dos o tres años. Incluso ahora me pregunto si volveré a hacer discos. Porque en realidad no tiene mucho sentido. A menos que uno de verdad haya escrito un disco, como una obra. Pero en realidad mis discos son más bien colecciones de canciones. Y las canciones van surgiendo a su ritmo. Hoy en día tenemos la posibilidad de producirla y compartirla al toque. El otro día escribí una canción, la grabé en el estudio porque justo fui y la filmamos en video con el iPhone. Se veía increíble y ta… la escribí ayer y la puedo compartir mañana a todo el mundo. Creo que está bueno hacer eso. Tiene sentido. Cada tiempo tiene sus soportes técnicos y te permiten distintas cosas. Y da un poco de risa ver a los viejos estandartes de la industria retorciéndose para detener el cambio. Es tan ridículo. Si el cambio está, siempre ha estado y siempre estará. Claro, siempre que ha habido un cambio mayor de formato, que permite siempre mayor accesibilidad, ha habido reaccionarios, pero siempre son los que en algún momento irrumpieron con uno nuevo. O sea, capaz que cuando los de mi generación seamos viejos, los jóvenes inventen otra cosa y nosotros queramos proteger internet. Espero que no pero parece que siempre pasa. Es parte de ser joven y ser viejo. Será. No sé todavía.

¿Qué proyectos tenés para adelante?

Este año tengo el proyecto de girar mucho. Voy a estar tres meses entre Canadá, EEUU y México. Voy a estar en Argentina, en La Trastienda, pronto. Mucho por Chile, por supuesto. Por ahí sale una gira por Europa. Ahora voy a tocar en Madrid y en Roma, en abril. Entonces tengo de aquí a octubre: gira, gira, gira, mucho fuera de Chile. Y luego ya empieza la temporada de conciertos en Chile, durante todo el verano. Y entre medio voy a cantar como solista en un concierto sinfónico de tributo a la obra de Congreso, que es una banda emblemática del rock en Chile. Así que eso me tiene muy contento también. Si no conoces Congreso, te la recomiendo. Las bandas más importantes de Chile serían: Quilapayún, Illapu, Inti Illimani, Los Jaivas y Congreso. Y también tengo ganas de meter segunda, dar una vuelta y… porque siento que en los últimos dos años de mi carrera, hablando en sentido figurado, es como que ampliamos la casa mucho. Ahora toca decorarla, ponerle las velitas… toca habitarla. Tengo que sentirme cómodo.

Muchas gracias por tu tiempo y por tu calidez, Nano. Fue un placer.

Entrevista publicada también en COOLTIVARTE.

 

1 comentario

  1. marzo 23, 2016 a 1:30 pm


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