Sálvense ustedes: Herman Klang y Gustavo Etchenique

Llegar a un lugar nuevo genera cierta expectativa. Mucho más si uno está llegando algo tarde y nota, a medida que sube los escalones de una escalera con aire algo misterioso, que hay un silencio absoluto.

Así llegué a un espacio muy agradable a varios sentidos. Para el olfato, incienso. Para los oídos, Mandrake y El Príncipe. Para la vista, medias luces, vinilos, botellas, alfombras, espejo, velas y luces tenues de colores. Para el gusto, beberaje. Para el tacto y la cinestesia: almohadones, colchones, un puf.

Seres humanos todavía no había. Fue un acierto haber llevado mi acompañante fiel, mi Kindle, pues aproveché para leer, en ese ambiente que invitaba a la introspección, durante una hora y media, uno de los libros que tengo empezados. Mientras tanto, muy de a poquito, iba llegando más público a la que sería mi primera experiencia de exposición a la música de Herman Klang.

La primera vez que escucho a alguien en vivo paso buena parte del toque adaptándome a su manera de viajar. Si bien eso me sucedió en ocasiones, de alguna manera el paisaje no me era del todo extranjero, evidentemente por la presencia de Cheche, pero también por algo más que se le podría llamar “uruguayez musical”. Hoy convergieron el candombe, la murga y el tango, y un montón de cosas no etiquetables pero reconocibles como nuestras.

Algo que leí hoy antes de que empezaran fue lo siguiente: “No busques el porqué. En el amor no hay por qué, no hay razón, no hay explicación, no hay soluciones” (de Anaïs Nin, Henry y June). Es evidente que en la música tampoco. Y aquí sería coherente que se terminara esta narración.

Pero como hoy no viene de coherencia la cosa, les cuento que había dos velas. Una bien cerca de Herman, adentro de un vaso con tallado vertical, encima de una mesa baja que estaba a la altura de y cerca de un parlante. Otra vela, también adentro de un vaso, una pizca más alejada. La vela que estaba más cerca se pasó toda la noche acompañando la música tanto con su llama danzante como con la sombra particular que reflejaba en la pared: una especie de teclado movedizo. La segunda vela estaba casi impávida. Apenas la movían algunas notas especiales. Con los humanos que estamos del lado del público es igual. Algunos dejamos el alma con cada nota que cruza el aire y otros somos más calculadores, quizás “robamos piques”, y salimos a opinar sobre esto o aquello. Hoy estoy más cerca del parlante, así que aténganse a la ubicación.

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Me resultó fascinante que no hubo un tema que me llevara por el mismo lugar del otro. Cada uno requería partes diferentes de mí. Eso es muy interesante de experimentar desde el público. Cada pocos minutos uno se tiene que instalar en una nueva forma de escucha.

Me gustó un montón la relación de Herman con sus notas en el teclado, con la ejecución de esas composiciones que parecen muy complejas desde mi rincón de ignorancia consciente en cuanto a armonías y construcciones musicales. Y para ponerle el moño a esas genialidades, quién mejor que Cheche con su musicalidad apabullante.

Cheche ponía y sacaba partituras. Pero no eran la típica partitura de batero: Intro (tantos compases), Parte A (voz), fill, Parte B, etc. Eran las mismas partituras de Herman. Los apoyos de Cheche a las melodías, y también a las armonías, son algo extraterrestre. Estos dos seres de luz se mandaron unas series de compases tocados al unísono que a mí me dejaron el corazón al galope.

Para Cheche cada golpe es un sonido, no hay ninguna nota que no tenga una razón musical de existencia. Él está completamente por dentro de la canción todo el tiempo de una manera extrema, tanto que la batería parecía afinada con el teclado y con la voz, y con las notas específicas que necesitaría para acompañarlas. Claro que no era así, pero el arte de Gustavo es tal que parece que se hubiese comprado los platos afinados en la nota exacta para poder tocar ciertas notas. Hasta los aros parecían afinados, jua. Me río porque suena loco, pero juro que parecían.

Hubo unísonos que me emocionaron tanto que tuve que anotarlos para poder revivir la sensación: el High-Hat (HH) abriéndose apenas un poquito, apoyando el acento de las escobillas sobre el tambor. El HH con el splash. El HH con el bombo. El HH con el aro del redoblante. El bombo con el aro del redoblante. Y contratiempos que me hicieron emocionar.

Hubo candombes que me arrancaron el alma y la dejaron bailando encima de la vela. La versión de “La luna vino al candombe” fue de una belleza tal… Los dos se mandaron unas creaciones conjuntas en este tema que fueron una delicia. Cheche tocando con un hot rod en la mano derecha y con la mano izquierda, apoyando las melodías de una manera deliciosa y por momentos sonando a una cuerda completa de tambores, mientras Herman hacía magia (que lamentablemente no sé describir con palabras) con su instrumento.

Me vine de este toque profundizando algo que vengo observando en mí y en otros: El lugar desde el que surgen las cosas, en este caso la música. No siempre surge del mismo. Por momentos surge de la mente y es algo netamente cerebral. Por momentos viene del corazón (y llega al corazón sin pedir permiso). A veces nace más de las tripas y otras veces surge de un lugar más sexual, conquistador. Otras veces aparece muy plantada en la tierra. A los sonidos graves del cajón peruano tocado por Cheche en uno de los temas lo sigo sintiendo, dos horas más tarde, en mi plexo solar. Y así, cada canción o parte de canción me fue paseando por todos los estados y lugarejos energéticos. Tremendo viaje, que agradezco.

No estoy del todo segura de si hubo improvisación o no. Si la hubo, fue de una perfección indescriptible. Y si no hubo improvisación, entonces es igual de apabullante el efecto de libertad y comodidad que estos dos músicos lograron con algo muy ensayado.

En fin, me queda claro que quiero escuchar más de Herman Klang. Y que a Cheche lo seguiré yendo a escuchar y ver en cada oportunidad que tenga. Momentos musicales como el de hoy son un privilegio extraordinario que me alegro muchísimo de haber presenciado.

2 comentarios

  1. pepejazzy2 said,

    agosto 22, 2015 a 11:03 pm

    Hola D punto G punto…..Te envidio…..ya sabes de mi imposibilidad de ir a conciertos….cualquier dia de estos aparezco en Montevideo y me voy a hartar de ver super-musicos….excelente post once again….saludos,PPJZZ.

  2. agosto 23, 2015 a 2:24 am

    Ahhh, será tremenda gozadera llevarte por los boliches montevideanos a escuchar música conmigo, Pepe. Vengo de otro toque, pero la crónica tendrá que esperar por lo menos hasta mañana. Gracias por comentar, Pepe. Que algunas veces me siento como si estuviera medio chiflada, hablándole a la nada. Abrazo, D.G.


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