El sentido del oído

Por vueltas (sic) que da la vida estuve unos días sin poder y, para mi asombro, sin querer escuchar música. Muchas vueltas dio la vida estos días… muchas, literalmente.

Por causas no del todo claras sufrí una crisis de vértigo. La palabra crisis, al menos para los optimistas, trae aparejada la sensación de brevedad pero esta no lo fue tanto. Hubo días eternos con los que la subjetividad del tiempo me quedó clarísima. Durante ese período me impresionó cómo se vive la pérdida del disfrute de la música y lo traigo acá con el único objetivo de que tomen conciencia de la bendición que tienen a ambos lados de sus cabezas y de cómo no serían los mismos sin su sentido del oído.

Los primeros cuatro días ni siquiera podía ocurrírseme pararme, mucho menos ir a poner música. Pero a medida que los mareos y náuseas fueron espaciándose, quise aventurarme al mundo sonoro. Fue entonces que descubrí una realidad aterradora, completamente nueva para mí: por el oído izquierdo entraban apenas algunas frecuencias sonoras–las más agudas–y cada poco ingresaban una especie de chillidos mezclados con pitidos que me hacían sentir tremendamente incómoda. De alguna manera contribuían a la sensación de inestabilidad e incomodidad espacial.

Hoy es el primer día en varios (tres semanas y algo) que oigo algo mejor, al menos hasta el nivel en que pude disfrutar de un par de discos. Me nace un agradecimiento profundo, pues si bien no era muy probable, existía un riesgo de haber perdido la audición izquierda para siempre. Al principio pensé: “bueno, tengo dos oídos”, pero no… los dos hacen un trabajo conjunto absolutamente incomparable al trabajo de uno solo.

Una ironía es que hace ya meses que estoy con un solo parlante funcionando en mi equipo de música. El otro sufrió una caída espectacular y mortal. Me sospecho que pronto iré a comprar dos parlantes iguales y que el mundo se transformará en un paraíso sin igual.

Sigo oyendo menos del lado izquierdo pero lo suficiente como para que haya regresado la percepción ampliada por ondas, y junto con ella algunos anhelos que están indisolublemente unidos. La vida sin música no tiene comparación. No es que sea mala, vamos, porque es cierto que me ocupé de otros asuntos y tuvo lo suyo, pero hay toda una dimensión sensorial y extrasensorial que sin música se esconde en vericuetos inaccesibles.

No es difícil imaginar que lo mismo sucede cuando falta cualquiera de los otros sentidos, así que la invitación al agradecimiento y a la conciencia la extiendo a todos los sentidos, a todas nuestras capacidades, a todos nuestros disfrutes, a cada uno de esos instantes placenteros que tenemos la bendición de tener.

 

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